Lucía Rogé: La identidad de la Hija de la Caridad, hoy como ayer

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Junio de 1984

Voy a tratar de presentarles muy sencillamente, los rasgos caracterís­ticos de las primeras Hermanas y los interrogantes que nos plantean res­pecto a nuestra actitud actual. Vivieron siempre primeras situaciones. No tenían la impresión de hacer experiencias, tan total era su disponibilidad para los pobres. Vivían en función de ellos y de Cristo, en obediencia.

EN LOS ORÍGENES: LA SITUACIÓN

Se puede decir que el conjunto de actividades de las primeras Hijas de la Caridad se reagrupan en torno a implantaciones rurales, donde predominan las escuelitas y la atención a enfermos a domicilio, y desde 1639-1640, en torno a los hospitales.

1. LA RESPUESTA A UNA LLAMADA

El envío de las Hermanas a misión es la respuesta a una llamada en favor de los pobres, que proviene, la mayoría de las veces, de los repre­sentantes de la Iglesia: Obispos, Caridades de las Parroquias, «Padres de los pobres» o bienhechores.

Las Hermanas no escogen ni el lugar ni el género de actividad. Las peticiones, por otra parte, conllevan a veces exigencias concretas, si no en el orden de los títulos como hoy, sí, por ejemplo, se precisa que tiene que enviar: «Una Hermana de 35 a 40 años, que sepa leer bien y sangrar…».

Lo que es digno de mención, es la acogida de los Fundadores a algu­nas llamadas en favor de los pobres, como el caso de Calais, ejemplo de heroicidad de las Hermanas, y de valentía para asumir la situación. Hay que leer la carta de María Poulet, que escribe en su nombre y en el de Sor Clau­dia. Escribe desde la cama para anunciar la muerte de Sor Francisca y de Sor Margarita y para decir que también ellas dos prevén que van a morir.

A veces, su heroísmo será de otro orden, ante las resistencias huma­nas que se oponen a su servicio. Unas Hermanas que fueron a Le Mans en mayo de 1646, regresaban de allí al mes siguiente, y el señor Portail escribía a la señorita Le Gras, el primero de junio:

 

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«Yo creo que no tienen menos mérito por su no hacer que si hubieran rea­lizado acciones heroicas; aun cuando no hubieran hecho otra cosa en esta región que haber predicado por su modestia y por su igualdad de ánimo en las tempestades, no estaría mal empleado el tiempo y el dinero de este viaje, aparte de que Dios sabrá pagarlo bien a su tiempo, en provecho de nuestra querida familia y de toda nuestra pequeña Compañía».

2. LAS ACTIVIDADES

Una mirada dirigida a las actividades nos muestra la diversidad de situaciones y nos deja entrever el comportamiento de las Hermanas.

Actividades con riesgo

En su servicio, aceptan los riesgos y hacen frente al temor. No se trata solamente de su encuentro con epidemias, la peste en Angers, Calais y otros lugares. Cada viaje tiene sus pruebas.

La señora Courcelles envía sus lacayos a Tours para reprender al barquero que maltrataba a las Hermanas durante el viaje. Conocen uste­des también las aventuras de las Hermanas que iban a Polonia. Moral­mente, deben hacer frente con bastante frecuencia a la calumnia, como en Nantes, a las persecuciones.

El 20 de marzo de 1655, Margarita Chétif anima a Maturina Guérin que está en Belle Isle:

«Dichosa de que Dios la haya escogido entre las Hijas de la Caridad para ser digna de sufrir afrentas, persecuciones por la justicia cristiana y por la caridad hacia el prójimo y en consecuencia por su amor…»2.

Actividades con sobrecarga de trabajo

Con la mayor frecuencia, tienen que hacer frente a una tal sobre­carga, que la salud no puede resistir. Las cosas se irán agravando, de manera que, el 30 de julio de 1675, Maturina Guérin presenta un infor­me referente al hospital de Angers, en el que, por una parte, expone la evolución de los servicios desde 1639 y por otra, da detalles del enor­me trabajo que ha conducido al agotamiento de las Hermanas.

La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes, Documentos, n. 405, CEME, Salamanca, 2000.

2 Archivos de la Casa Madre.

 

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Actividades con responsabilidades diversificadas

La relación de actividades da testimonio de una responsabilidad diversificada según los lugares. Santa Luisa recomienda a las Herma­nas de Bernay, en 1654, que sean siempre «las más pequeñas y últimas en el hospital»3, mientras que en 1648, había mandado una Hermana como supervisora de todas las mujeres de las lavanderías (había casi 200 camas en el hospital de Angers) con vistas a remediar los desór­denes, y en 1650, Sor Ana asumía la administración del Hospital de Hennebont.

Actividades retribuidas

Vemos también muy claramente que las Hermanas recibían un sala­rio. San Vicente escribe a la señorita Le Gras a propósito del contrato del hospital de Angers:

«En cuanto a las condiciones, no sé qué decirle sin haberlas visto, única­mente que, si quieren que sea según los artículos de su reglamento y a su costa, creo que necesitarán al menos cien francos o veinticinco escudos para cada una».

Actividades que requieren iniciativas

A veces, surgen iniciativas inesperadas para ayudar a los pobres. Sor María Joly escribe, desde Sedan, a la Señorita, el 22 de agosto de 1652, que ha «comprado tres vacas, gallinas y, con perdón, dos cerdos. Cuando ha visto que todos los pobres pueblos estaban tan arruinados, he comprado todo esto…»5.

Sin embargo, cuando las Hermanas no percibían los salarios que se les debían, san Vicente «no es de parecer de que se envíen Hermanas para hablar a la reina»6. Se comprende que en este caso hay que aban­donarse a la Providencia y no estar demasiado apegados al dinero.

Las Hermanas son muy realistas. Margarita Chétif expresa su pen­samiento a la Señorita a propósito de su casa de Arras, el 18 de noviem­bre de 1658:

3 SLM, p. 222.

4 II, 12.

5 Documentos, n. 544.

6 VI, 583.

 

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«Para describir nuestro ajuar le diré que es como el de nuestras Hermanas de París. Aunque es verdad que nosotras estamos mejor alojadas, nos gus­taría mucho más que la señorita Des Lions hubiera dado una buena renta para empezar la fundación de la caridad, que no esta casa tan hermosa y, esto por varias razones…»7.

Actividades limitadas en el tiempo

Hay actividades a tiempo limitado para responder a una urgencia. Dos Hermanas mueren en Calais a principios del verano de 1658. Sor Gesseaume va el 8 de agosto a ayudar a las otras Hermanas, y el 10 de septiembre, escribe a la Señorita para anunciar que, dentro de quince días pueden volver pues «hay muy pocas cosas que hacer entre los sol­dados… Le suplico nos diga qué quiere que hagamos»8.

Actividades expuestas a persecuciones

El señor cura de Chars «ha dicho que haría lo posible para hacer salir a las Hermanas»9. Era jansenista. Las Hermanas, efectivamente, se marcharon en 1657. En Nantes, por otro lado, las calumnias son conti­nuas10. La falta de comunicación es un sufrimiento. Esto no ocurre sola­mente en el caso de Calais, sino en numerosas implantaciones.

Cuando hay dificultades, las Hermanas cuentan los días. Sor Juana Lepeintre, desde Nantes, dice a la Señorita el 5 de agosto de 1650, que ha «escrito al señor Vicente, el 29 de julio, y que no ha recibido ninguna carta suya desde la del 25 de julio (11 días antes) y de vuestra caridad, del 13 de julio (23 días)»11.

II. RASGOS DE IDENTIDAD DE LA HIJA DE LA CARIDAD, EN LOS ORÍGENES

Los rasgos que marcan la identidad de nuestras primeras Hermanas comienzan a sernos bien conocidos. Las cartas completan los datos de las notas biográficas. Su vida se trasluce en ellas más auténticamente.

7 Documentos, n. 737.

8 Documentos, n. 729.

9 Documentos, ns. 692, 693, 694.

10 Documentos, n. 490.

11 Documentos, n. 512.

 

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Estas cartas nos revelan el origen rural de la mayor parte de las Her­manas. Esto se ha explicado ya muy bien. Son campesinas, de ahí, sin duda, ese sentido tan fuerte en ellas, de lo concreto, de las cosas de la tierra.

Una gran sencillez, con su pizca de reserva

Son campesinas en el modo de decir las cosas. Tienen sí, una gran sencillez, pero con un poco de reserva muy característica. Todas uste­des han leído la carta de Juana Dalmagne, aparecida en los Ecos, con la historia del hurto a la otra Hermana que sale destinada. Primeramen­te, esta confesión que acontece después de la meditación sobre el viaje de la Virgen María, es muy bella. En último lugar, surge la historia, tan bien contada, con la pregunta final: ¿cuál es la más culpable de las tres?

Pero Sor Juana se guarda muy bien de decir a la Señorita a cuál de las tres se le ocurrió esta idea, los nombres de las dos Hermanas que estaban al acecho, el nombre de la que lo cogía. Volvemos a encontrar análoga disposición en María Joly, que no precisa de dónde le ha veni­do el dinero para todas sus adquisiciones de cierta importancia para la granja. Escribe solamente:

«Este dinero me ha venido por la gracia de Dios. Lo he empleado en esto para tratar de sustentar a los pobres. Y Dios me conceda la gracia de no tener jamás dinero si quisiera usar mal de él»12.

Se advierte también en algunas Hermanas una cierta rudeza de expresión, unida sin embargo a una gran sensibilidad. Así, en una carta de Margarita Chétif, no fechada, enviada de Fontenay y que parece ir dirigida a la Superiora General, se lee: «¡Usted lo quiere hacer todo y agobiarse cuando sólo de usted depende el dejarse ayudar!»13.

Por el contrario, san Vicente enfrenta a veces a las Hermanas con las exigencias de su vocación:

«Temo que seamos demasiado sensibles a los pequeños males, y que no tengamos bastante resolución para vencer las dificultades que se encuentran en el servicio a Dios y a los pobres»».

12 Documentos, n. 544

13 Archivos de la Compañía.

14 VII, 209.

 

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Amor a los pobres en Jesucristo

Pero, por encima de todo, el amor a los pobres en Jesucristo domi­na la vida de nuestras primeras Hermanas hasta el desgaste total de sus fuerzas, como lo atestiguan los informes de las visitas por el señor Lam­berto a Angers y a Nantes. Los testimonios de las personas externas a la Compañía precisan siempre este punto. El señor Lamberto añade: «Las Hermanas trabajan maravillosamente bien»15.

Lo específico de este amor está bien claro. Por ejemplo, el señor Ratier explica que Sor Catalina, que ha huido, quiere dejar la Compañía porque «no cree tener vocación para los pobres»16.

La razón para estar presente en el hospital, es servir a los pobres. Se constata en la elaboración del contrato para el establecimiento de las Hijas de la Caridad en el hospital San Juan de Angers (1640), redactado por santa Luisa, bajo la supervisión de san Vicente:

«Que los señores administradores les den toda la libertad para vivir según su Regla, la cual, sin embargo, les obliga a dejarlo todo, si la necesidad del servicio a los pobres lo requiere, ya que ésta es su primera obligación, según el fin del Instituto»17.

La misma preocupación inspira la respuesta del señor d’Horgny a Sor Genoveva en Brienne, en 1655 (se trataba de lavar la ropa de la sacristía).

«No debe dedicarse a otras personas sino a los pobres, pues ésa es su obra, es por los pobres y para los pobres a quienes Dios la ha entregado, y lo que debe hacer en esa reunión es decir al señor prior que lo siente mucho pero no puede prestarle ese servicio, porque su Instituto no se lo permite»18.

Solidarias de las condiciones de vida de los pobres

Se hacen solidarias de las condiciones de vida de los pobres. El señor obispo de Cahors que deseaba que las huérfanas tuvieran una ali­mentación muy pobre, pan negro y un poco de tocino o de carne de buey, ordenó que las Hijas de la Caridad comieran como las que las habían

15 Documentos, n. 471.

16 Documentos, n. 403.

17 Documentos, n. 280.

15 Archivos de la Casa Madre.

 

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precedido en este servicio, no otro pan y otra carne. Pero Sor María Marta, la Hermana Sirviente y las demás Hermanas que siguieron su ejemplo, prefirieron ser tratadas como las huérfanas, según lo atestiguan el señor Fournier, sacerdote de la Misión: «Han querido imitarla, aunque la alimen­tación que se les había propuesto no era mejor que la de la Casa Madre»19.

Como pobres, pedían prestado, ya que no tenían siempre las cosas de primera necesidad. Juliana Loret, en 1654, recuerda a la señorita Le Gras que le devuelva («pues no es nuestro») un cestillo en el que le han enviado higos y otro en el que le había enviado uvas, excusándose de que «no tiene otro». Descubren las necesidades de los pobres desde su propia vida. La dureza de la época hace que las Hermanas sufran a tra­vés de su familia. Algunos parientes se ven obligados a mendigar. Tam­bién ellas son naturalmente pobres y se mantienen en la pobreza, sobre­naturalmente, por amor a los pobres y al Padre de los pobres, nuestro Señor Jesucristo.

Una castidad perfecta

El servicio a los pobres y la pobreza, sellan su don total a Dios, pero también la castidad y la obediencia. En una carta del 8 de junio de 1649, en la que se muestra «muy consolado por la protección particular de Dios» sobre la persona de santa Luisa y toda «su caritativa familia» (se trata del suelo hundido en la casa del barrio de San Germán) el señor Portail hace notar

«los efectos extraordinarios sobre su comunidad, especialmente con res­pecto a la castidad perfecta que en ella se ve, a pesar de las grandes oca­siones que hay de alterarla. Aun cuando, repito, todo esto no se diera, esta última protección sería capaz de hacerme creer firmemente que su peque­ño Instituto es verdaderamente de Dios»20.

Una gran disponibilidad

Son de una disponibilidad extraordinaria como se ha visto ya. Luisa de Marillac escribe a Juliana Loret, el miércoles 31 de mayo de 1645:

«Mi querida Hermana: Le ruego que sin dilación, salga de ahí el viernes Sor
Margarita para venir a hablar con nosotros. Tenemos tan pocas Hermanas
y tantas enfermas, que esto hace que la necesitemos. Va ahí por ahora Sor

19 Documentos, n. 779, p. 895.

20 Documentos, n. 493.

 

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Micaela hasta que podamos enviarle a otra. Ya comprende usted que no tengo tiempo de ser más extensa puesto que estoy haciendo mis Ejercicios Espirituales»21.

Igualmente, Sor Maturina Guérin escribe a Sor Juana Loret, de parte de la Señorita, el 17 de abril de 1654, para decirle que

«al señor Vicente le parece bien que cambie de casa. La Señorita le ruega que venga usted aquí para decirle las razones. Y como la cosa apremia, que venga usted lo más pronto que pueda»22.

La práctica de la obediencia parece más difícil a determinadas Her­manas. A Juliana Loret le cuesta mucho trabajo convencer a su Hermana para que vaya todos los meses a París. El argumento de la Hermana para no ir es muy sencillo: «que no tiene ganas de ir tan frecuentemente»23.

La señorita Le Gras pide al señor Luis Endo de Hennebont, que «dé dinero a Sor Marta y que deje el hábito de Hija de la Caridad», pues se ha marchado de Nantes sin permiso, para irse a Hennebont. El corres­ponsal aboga por la causa de la culpable, el 12 de agosto de 1653,

«para que continúe en la Compañía, ya que ama su vocación, tiene una gran paciencia, incluso es de carácter apacible. Y también por la toleran­cia que tiene con respecto a las que están con ella». Añade: «su carta le ha extrañado mucho»24.

Es bastante significativa la siguiente observación de Juliana Loret, que escribe el 2 de septiembre de 1660 a Maturina Guérin, asegurán­dole que no dejará de darle noticias de los Superiores, en particular de Vicente de Paúl, «pero sabe usted que estando bajo la obediencia, no se hace lo que se quiere»25.

El sentido de pertenencia a una familia espiritual

Las primeras Hermanas tienen un sentido muy vivo de pertenencia a una misma familia espiritual, que tiene su vida propia. Encontramos en una carta de Sor Juana Delacroix al señor Portail, acentos que nos resul­tan hoy familiares:

21 sal, p. 346.

22 Documentos, n. 584.

23 Documentos, n. 597.

24 Documentos, n. 559.

25 Documentos, n. 816.

 

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«El señor Almerás me había dado esperanzas de tener muy pronto nues­tras Reglas. ¿Tendré que morir sin la dicha de verlas? Le ruego, señor, que se las pida para mí al señor Vicente. Le pido en nombre de Dios y por su amor, de rodillas y con las manos juntas, se digne su caridad dar a la Com­pañía un bien tan importante»26.

La colaboración tan total entre Vicente de Paúl y la señorita Le Gras, contribuye a dar este sentido de familia y esta confianza en la Compa­ñía. San Vicente escribe a los Padres de los pobres de Nantes, en 1656, en momento de fuertes tensiones, pero antes hace pasar la carta a la señorita Le Gras, con esta recomendación, que aparece varias veces, casi con las mismas palabras:

«Haga el favor la señorita Legras de ver si este borrador de carta para

Nantes está como es debido; si no, que cambie, añada o quite lo que crea conveniente»27.

La colaboración estrecha es factor de unión y permite que se man-

tengan las directrices. Sin embargo, no es siempre fácil, como lo demues-

tra una carta del señor Portail a la señorita Le Gras, en 1656 (parece que

el señor Portail había reprochado alguna cosa a las Hermanas):

«Si yo he faltado al respeto y la discreción, expresándole mis pensamientos, le pido muy humildemente perdón»28.

Y más adelante:

«Quizá inspire Su Divina Bondad al señor Vicente algún medio eficaz para

terminar con nuestras dificultades. Dios le conceda esa gracia»29.

Esta unidad en el gobierno es subrayada por san Vicente en una carta, un poco profética, del 3 de marzo de 1660. Anuncia a Maturina Guérin la muerte del señor Portail y la gravedad de la enfermedad de la señorita Le Gras:

«Son golpes muy duros para su pequeña Compañía, pero como vienen de

la mano paternal de Dios, hay que recibirlos con sumisión y esperar de su
bondad que las Hijas de la Caridad se aprovecharán de esta visita. Él es

26 Documentos, n. 660.

27 V, 506.

23 Documentos, n. 638. 23 Ibídem.

 

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el que las ha llamado y Él es el que las conservará. Jamás destruye su obra
sino que la perfecciona. Él hará de padre y de madre, será su consuelo»3°.

Las palabras de afecto son frecuentes en el siglo XVII. Pero más sig­nificativo que las demostraciones afectuosas es este pasaje de Francis­ca Douelle a la Señorita:

«He estado tentada varias veces de no volver a Polonia, y pedirle a la Reina que me dejase en Dantzig para regresar cerca de usted, y lo hubiera hecho si no hubiera creído que usted no iba a encontrarlo bien»31.

Cristianas totalmente entregadas a Dios, a través de sus debilidades

La Hija de la Caridad, de los orígenes, nos aparece como una buena cristiana al servicio de los pobres, con un sentido muy fuerte de su per­tenencia total a Dios y a la Compañía que la envía a los pobres.

Este servicio lo vive en una pobreza austera y una humildad perse­verante. Su disponibilidad se proclama valientemente ante todas las peticiones de san Vicente y santa Luisa, con una obediencia libre.

La castidad vigilante no es para ella un empequeñecimiento del corazón, como lo atestiguan sus numerosos rasgos de delicadeza y de afecto hacia los pobres y hacia sus Hermanas.

Hay que señalar, sin embargo, que no se trata de santas «de vidriera». Las Hermanas son humanas y viven en la realidad de la vida. Los infor­mes de las visitas del señor Lamberto son sugerentes, como éste:

«Sor Juana es una mujer de un gran corazón, con tal de que obre a su mane­ra; pues, por lo demás, está un poco llena de sí misma y abunda en prontos. El fondo, sin embargo, es bueno»32.

O aquella otra Hermana que va a hurtar en los jardines de Saint-Ger­main-en-Laye, frutos reservados para el Rey.

Algunas veces, es todo un grupito quien se pone en estado de opo­sición, como ocurrió respecto a Maturina Guérin:

«Cuando fue elegida Superiora la primera vez, no la aceptaba toda la Comu-
nidad; hubo a veces espíritus torcidos que la hicieron sufrir mucho. Unas
pensaban que era demasiado firme y las otras decían que era demasiado

3° VIII, 243.

31 Documentos, n. 786, p. 903-904.

32 Documentos, n. 471.

 

blanda en ciertas ocasiones. Criticaban así todas sus acciones, y añadían a esto un desprecio abierto hacia su persona, de manera que la llamaban la maturina, y cuando pasaban cerca de ella en los pasillos, le daban gran­des codazos, y le hacían mil mofas. Por lo demás, se puede creer que no pudo ocupar un cargo durante tantos años sin haber sufrido muchas veja­ciones y descontentos, tanto dentro como fuera de la comunidad»33.

Descubrir sus puntos débiles a través de las peripecias de las comu­nidades de Nantes, Richelieu, Ussel y otras, desarrolla nuestro senti­miento «familiar», como igualmente el deseo de coincidir con ellas en su aspecto generoso del totalmente entregadas.

En resumen, encontramos en la vida de nuestras primeras Hermanas:

*  el eje de la fe en Jesucristo, a quien aman, reconocen y sirven en los pobres;

*  una proximidad con estos últimos por el servicio, el tipo de traba­jo, el estilo de vida;

*  una gran libertad interior para permanecer fieles a su vocación a la que aman afectiva y efectivamente.

III. HOY, UNA FIDELIDAD CRECIENTE

Con miras a nuestra fidelidad de hoy, les propongo que nos detenga­mos, juntas, en algunos puntos:

*  El sentido de pertenencia,

*  la libertad espiritual o la resistencia a las presiones exteriores,

*  el espíritu de iniciativa.

LA PERTENENCIA A LA COMPAÑÍA

El sentido de pertenencia a la Compañía proviene del sentimiento pro­fundo de que, a través de la Compañía, es la fidelidad a los designios de Dios sobre nosotras lo que está en juego. Esto lo vio muy claro Margarita Naseau y, sin embargo, la Compañía aún no había nacido entonces ver­daderamente. Las primeras Hermanas, reconocieron implícitamente en su interior, la fusión entre el carisma de la Compañía y su llamada personal. La vocación de Hija de la Caridad nace de esta fusión.

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33 Archivos de la Compañía.

 

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La vocación de Hija de la Caridad, un estado permanente

Tan es así, que podemos decir que la Hija de la Caridad no presta un servicio a los pobres, sino que es la sierva de Cristo en los pobres. Esto es para ella un estado permanente, cualquiera que sea su servicio en la Compañía, puesto que todo en la Compañía ha sido concebido con tal fin. Este estado permanente va a determinar pues, la manera de ser de la Hija de la Caridad en todos los tiempos y lugares, en particu­lar, por la humildad, humildad hasta la exageración.

Se comprometen libremente en la Compañía

Hoy como ayer, la Compañía es instrumento de Dios, yo me he comprometido libremente a permanecer en ella para coincidir con los designios de Dios sobre mí. Aunque se creen otros vínculos de perte­nencia, este compromiso tiene que seguir siendo el vínculo primordial de mi solidaridad.

La Compañía, incluso como instrumento de Dios, puede ser defi­ciente, es decir, presentar defectos e incluso faltas a través de sus miembros. Sus imperfecciones no vienen de Dios sino de las personas. Sin embargo, Dios se sirve de quien quiere y como quiere. Esto no es una llamada a la pasividad, sino al contrario, una invitación a observa­ciones constructivas, al conocimiento, al interés, por todo lo que viene de la comunidad, lo que pide, lo que vive aquí y en otras partes. Y nos incita a un esfuerzo, dictado por el amor, para superar las apariencias.

El sentido de una misma pertenencia se fortalece con la confianza mutua. En ella se adquiere la certidumbre de que tratar de alcanzar una fidelidad mayor al carisma es algo a lo que hay que llegar todas juntas. El sentido de una misma pertenencia es además, la certeza de que un mismo amor de Dios y de los pobres anima a todos los miembros, cua­lesquiera que sea la situación en que se encuentren, porque respondie­ron a una misma vocación.

El sentido de pertenecer a la Compañía nos vuelve más fuertes para descubrir, juntas, lo que, en un aspecto o en otro, esté en contradicción con nuestro espíritu específico y podría conducirnos hacia compromisos ambiguos. Esta pertenencia se vive en la humildad que exige la revisión (como Nantes, como Calais…) y la confrontación con la realidad de las situaciones. La Compañía es instrumento de Dios, reconocida como tal por la Iglesia. No se puede pertenecer a ella sin recurrir constantemente a Jesucristo, Luz de Vida.

 

La comunidad, lugar en que se enraíza la vocación

La Compañía, en sí misma y a través de mi comunidad local, es el lugar donde se enraíza mi vocación y el medio en el que constante­mente la vivo y la realizo con mis Hermanas, totalmente entregadas a Dios, como yo, para el servicio a los pobres. Es lugar de comunión (Cfr. C.17), de intercambio, lugar donde se rehacen las fuerzas, lugar de muerte y de vida.

Con todo esto, queda suficientemente subrayado el papel primordial del proyecto comunitario, del clima de vida fraterna, de una fidelidad expresada y compartida, al carisma que se vive. Las primeras Herma­nas hicieron esta experiencia.

«Yo creo que lo hará bien», escribe el señor Lamberto con relación a Juana Lepeintre, nombrada Hermana Sirviente de Nantes, y que la experiencia del gobierno y de la dirección la formará. He encontrado su reglamento (su proyecto comunitario local) un poco forzado; en parte por culpa suya y en parte por la poca ayuda de algunas de sus Hermanas»34.

Pero la comunidad local no es una isla, ni la Provincia un archi­piélago. Es la Compañía quien envía a las Hermanas a los pobres para cumplir su misión específica, ser sierva de los pobres, humildes y bondadosas. Es a la Compañía a quien corresponde más especial­mente transmitir el impulso de los orígenes, y hacer eco a todo lo que se vive en ella. Las Asambleas Generales, en particular, son tiempos fuertes de esta transmisión. A la Compañía, corresponde además fijar los tiempos y los métodos de evaluación y de confrontación, para detectar eventuales deformaciones y servir de apoyo a las audacias misioneras.

La Compañía permanece como lazo de unión entre las comunida­des y las Provincias. Todas y cada una deben sentirse en ella, acogidas y escuchadas. La Compañía sostiene el conjunto, propagando en él la vida en la fidelidad a las Constituciones, que modelan con la gracia de Dios, a la Hija de la Caridad.

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34 Documentos, n. 471.

 

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LA LIBERTAD ESPIRITUAL O LA RESISTENCIA A LAS PRESIONES

Este sentido tan vivo de pertenencia a la Compañía, permite a las primeras Hermanas resistir a las presiones exteriores y a las posibles desviaciones. Su vigilancia concierne tanto a las cuestiones materiales -el señor Vicente les había enseñado a fundamentarlas en los principios como a la integridad de la fe o a la pureza del carisma-:

«La Reina me ha dicho varias veces que me ponga una cofia, pero no puedo resolverme a ello. Sin embargo, por condescendencia, me he pues­to unas siete u ocho veces una de abrigo forrada»35.

A pesar de todas la vejaciones del cura de Chars, las Hermanas de este lugar no ceden a la doctrina jansenista; la persecución de la que son objeto sólo termina con su partida. Santa Luisa comunica al cura de Chars (borrador hecho por san Vicente) que retira a las Hermanas:

«Al señor Vicente le ha parecido bien que obremos así, por la dificultad que tienen nuestras Hermanas de acomodarse a su dirección, y porque usted, señor, manifiesta que no le resulta agradable el servicio que han tratado de prestar a los pobres»36.

Conocemos todas, la magnífica respuesta de Sor Bárbara a la Du­quesa de Aiguillon:

«Señora, yo salí de casa de mi padre para servir a los pobres, y vos sois una gran señora, poderosa y rica. Si fuerais pobre, señora, os serviría muy gustosa37«.

Las Hermanas oponen resistencia a toda clase de presiones. Sepa­mos nosotras también adquirir esta libertad interior que nos recuerdan las mártires de Angers.

ESPÍRITU DE INICIATIVA

Las primeras Hermanas, poseídas por la íntima convicción de que el servicio a los pobres es su primera obligación según el fin de la

35 Documentos, n. 786.

36 Documentos, n. 694. Cfr. N. 692.

37 IX, 1164.

 

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Compañía, por amor al pobre de los pobres, Jesucristo nuestro Señor, se muestran ingeniosas para asegurarlo. María Joly se lanza a la explotación de una granja. Otra Hermana encuentra y utiliza con fruto un método pedagógico para enseñar a leer rápidamente en año y medio. Todo el mundo está admirado. Es verdad que la misma señorita Le Gras había creado el primer taller de laborterapia en el Santo Nom­bre de Jesús, estableciendo toda una pequeña organización para pro­curar a los pobres una ocupación útil, como fabricar tejidos, desem­peñar los oficios de botonero, zapatero, zapatero remendón, y para las mujeres el de encajeras, costureras de guantes. Citemos también a Francisca Fanchon, que hacía jalea para venderla fuera, porque tenía a su cargo a los niños expósitos.

Podríamos citar numerosas delicadezas, como el hecho de ir jun­tas, en plena noche, en tiempo de nieve, a dejar haces de leña ante la puerta de los pobres, para que los encontraran al despertar, sin verse humillados.

Me parece en verdad, que en el tiempo de los Fundadores, las jóve­nes pudieron ver en Francia comunidades evangélicas, pobres al servi­cio de los pobres, activas, comprometidas, orantes, sencillas, y vinieron a unirse a ellas.

¿Cómo conseguir hoy esa imagen atrayente que llama?

La creatividad en el servicio no puede ser fecunda más que si emana del espíritu de amor, de una búsqueda comunitaria en la oración junto a Jesucristo, Luz de vida, Camino, Verdad. Se realiza por la morti­ficación y la ascesis, es decir, por el don mortificante de sí misma, por amor para que el otro viva. La dimensión ascética, en la vida de las pri­meras Hermanas, es superior a todas las demás virtudes. Con la fe, todo se les vuelve posible. Ocurre lo mismo en la vida, tan dolorosa humana­mente, que exige hoy, por ejemplo, la presencia entre los refugiados de todos los países, guatemaltecos, camboyanos, vietnamitas, ugandeses, y tantos otros. Son unos 16 millones en el mundo.

La vida de las primeras Hermanas nos invita también a una mayor interiorización y a profundizar en nuestra fe, frente a los obstáculos que encuentra la evangelización, injusticia, violencia, pero también secula­rismo, desvalorización, indiferencia. La ansiedad de los Fundadores, en lo que concierne al servicio espiritual, se manifiesta constantemente en sus cartas. ¿Y nosotras? La Iglesia del silencio ha pasado al oeste, dice el P. Guy Gilbert. ¿Será esto verdad para nosotras también?

 

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IV. CONCLUSIÓN

Veamos algunos últimos puntos a modo de conclusión. Les ofrezco sencillamente, mi pensamiento, tal como, en prolongadas oraciones ante Dios, me ha parecido justo presentárselo.

Llamada al amor

Contemplar a las primeras Hermanas en su vida cotidiana, es oír interiormente la llamada a un amor sencillo, profundo, verdadero, auténti­co, a Dios y a los pobres. Un amor cuyo impulso se obtiene de una fe muy firme en Jesucristo encarnado, en Dios Providencia, en el Espíritu de Luz. Así se hace posible vivir dificultades desconcertantes. Las primeras Her­manas realizaron con su vida la fórmula vicenciana: «Amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente»38. Amaron a Dios por encima de las persecuciones, de las calum­nias, del desprecio, del rechazo, de las humillaciones, de las murmura­ciones de los pobres. Lo amaron y sirvieron en medio del frío, del hambre, de la peste, del miedo. Quizá nosotras tengamos que hacer más profun­da nuestra fidelidad por el amor a Jesús Crucificado, por la integración en nuestras vidas de la ascesis y de la mortificación, como preferencia dada a Dios y a los pobres. Allí donde el amor no sacrifica nada, muere. Es la paradoja de la alegría en la ascesis. Cada una de nosotras sabe bien lo que tiene que dar personalmente para entrar en esa alegría.

Llamada a la libertad interior

En esta contemplación, oigo también una llamada a una mayor libertad interior. Nuestra fe en Jesucristo, como la de nuestras primeras Hermanas, sitúa nuestra jerarquía de valores de una manera determinada. Sepamos recogernos interiormente para permanecer presentes a la otra realidad. Entremos en una toma de conciencia de la servidumbre invisible que nos está amenazando. Sepamos guardar las debidas distancias y concedámo­nos tiempos de reflexión y de oración. Yo soy solidaria de Jesucristo, de la Iglesia, de mi comunidad de Hermanas que viven conmigo el mismo caris­ma. Me comprometo siempre con los tres, jamás sola. Esta libertad espiri­tual me permite hablar, tomar iniciativas en la línea de mi adhesión, por la que me he pronunciado, a Jesucristo, a su Iglesia, a mi comunidad.

38 XI, 733.

 

Llamada a la solidaridad, ante todo, con Jesucristo

Las proposiciones de eficacia humana y material en el servicio ejer­cen un cierto poder de atracción y hay que tenerlas en cuenta, pero es preciso saber asimismo que ésa no es la única aspiración de los pobres. Aspiran también al respeto, a ser tomados en serio, a la amis­tad, que son otros tantos caminos para hacer a las almas amigas de Dios. Tengo que permanecer libre en mi palabra, para expresarme sin intolerancia con relación a los demás, y lúcida para discernir a tiempo las posibles desviaciones. Mantengo así mi solidaridad primordial con Jesucristo, con la Iglesia, mi referencia a las Bienaventuranzas y a mis Constituciones: «Si pues el Hijo de Dios os da la libertad, seréis verda­deramente libres»39.

Las primeras Hermanas tuvieron ese sentido de pertenencia a un «haz» indisociable para ellas: Dios, los pobres, la Iglesia, la Compañía. Supieron expresarse con convicción e, incluso, morir con convicción por esta pertenencia. Así sucedió realmente en tiempo de los Fundadores y ha continuado realizándose a través de los años en numerosos lugares del globo. Como apoyo de esta pertenencia, existía una comunicación de tipo familiar, facilitada por el reducido número de Hermanas, pero que tenía que afrontar las dificultades de un servicio de correos lleno de incertidumbres. Las noticias circulaban, se esperaban, los vínculos eran afectuosos, de una gran sencillez. Las Hermanas vivían de ello y de ello sacaban fuerzas y puntos de referencia. Indudablemente, la personalidad de los Fundadores contribuía a crear este clima y facilitaba ese sentido de pertenencia.

Hoy, tenemos que profundizar en el conocimiento de la doctrina de los Fundadores, tenemos que meditarla. Nuestra fidelidad renovada, una fidelidad nueva, está vinculada a la profundización leal, a la acogi­da de todos los temas vivificantes contenidos en la totalidad de los escri­tos de los Fundadores y de los orígenes. El árbol vicenciano no puede tener brotes nuevos si no surgen de la corriente de savia que le ha hecho vivir siempre: la fe en Jesucristo Salvador, el recurso al Espíritu de Luz y de Amor, tan activo en santa Luisa. ¿Qué podemos hacer sin ellos? Tenemos que crecer en el espíritu de oración y de caridad.

La renovación de la comunidad se hará por la profundización de nuestra fe y por nuestras decisiones personales de conversión. Somos Hijas de la Caridad, emanación del amor de Dios hacia los pobres. Que

 

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39 Jn 8, 36.

 

la única Madre de la Compañía, que acogió al Espíritu Santo con un amor sencillo y humilde, disponga nuestros corazones a recibir los designios desconocidos de Dios sobre la Compañía en este nuevo período de su historia, en el que entramos con confianza, según el pensamiento de santa Luisa:

«Me parece que nuestro Señor ha de querer siempre, para conservar la Compañía, más confianza que prudencia y que esa misma confianza será la que haga actuar a la prudencia cuando sea necesario, y casi sin que lo advirtamos»4°.

 

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40 SLM, p. 503.

 

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