Lucía Rogé: La humildad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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París, mayo 1975

Estoy muy contenta de saludarlas, ya que las he tenido abandona­das durante todos los Ejercicios, pero ya conocen las razones por las que no me ha sido posible dedicarles más tiempo.

Se han reunido los Consejos Provinciales de Francia, para, siguien­do los surcos trazados por la Asamblea General, profundizar en los pun­tos principales de las nuevas Constituciones.

Estamos ahora en una segunda etapa. Ya ha terminado la de infor­mación general. Ahora, entramos en el de la profundización de los pun­tos más destacados o que se han señalado a la atención de las Visita­doras, con un matiz especial.

Esta reunión había tenido ya un precedente en España, donde tuve la alegría de poder ir a finales del año pasado, lo mismo que el P. Jamet, y cuyos consejos Provinciales se reunieron en la Provincia de Gijón. En Italia, durante esos mismos días, se ha celebrado una reunión de Visita­doras y Directores.

Vean este gran movimiento de convergencia en la Compañía, que trata de profundizar en lo que el Señor le pide. Nuestro Superior Gene­ral ha participado en dos de estas reuniones, la de Francia y la de Italia.

A propósito de las Constituciones, temo que esta palabra se inter­prete en el sentido que se le daba en tiempos pasados.

Ustedes saben que, para 1968, las Constituciones eran, en cierta manera, la parte jurídica de la vida de la Compañía y que, junto a ellas, teníamos las santas Reglas. Cuando ahora, hablamos de «Constitucio­nes» queremos expresar las Reglas actuales. Contienen también una parte jurídica, pero las Constituciones de 1975 son las Reglas. El supe­rior General insiste mucho en ella, en la carta, que verán al principio de esta segunda edición.

«Tienen el valor de normas obligatorias, constituyen nuestro código de vida».

Las Constituciones, hasta 1968, se leían para recordar, por ejemplo, cómo se elegía la Madre General, cómo se constituía una Provincia, etc. Se leían sólo dos veces al año, el 15 de marzo y el 27 de septiembre.

Mientras que las Reglas, se leían todos los meses, eran el alimento de nuestra vida y de nuestro pensamiento. Ahora, las actuales Constitucio­nes ocupan el lugar de las santas Reglas.

Estas nuevas Constituciones, que la comisión internacional acaba de terminar, serán para nosotras lo obligatorio en conciencia, si quere­mos vivir como verdaderas Hijas de la Caridad. Creo que, en la Asam­blea de 1980, habrá que hacer muy pocas modificaciones. Tenemos un texto sólido, dinámico, puntualizado con citas de san Vicente y de las Reglas antiguas, que debe alimentar nuestra meditación siempre y de forma particular en estos primeros tiempos en que acabamos de recibirlas.

En esta nueva edición, encontrarán reafirmado un punto de nuestro espíritu sobre el que breve, pero intensamente, quiero llamar su atención hoy. Son las tres virtudes evangélicas de humildad, sencillez y caridad. Me gustaría insistir sobre la humildad, haciendo alusión a la conferencia que pronunció san Vicente el 9 de febrero de 1653, hace casi 322 años, día por día.

En efecto, en esta Conferencia, san Vicente responde a una pseu­doprotesta de las Hermanas, a propósito de esas virtudes. Imita el inte­rrogante que podría plantear una Hermana: «¿No tienen que ser tam­bién los cristianos humildes, sencillos y caritativos?» A lo que san Vicente responde: «Las Hijas de la Caridad están obligadas a ello de una manera especial».1 Y continuando ese diálogo imaginario, añade: «Estamos obligados a practicar todas las virtudes no solamente la humildad, la sencillez y la caridad, pero estas tres de una manera especial».2

Para esto, da dos medios:

  • La oración: Hay que pedir la gracia de ser humilde.
  • La revisión de vida. Según san Vicente, debe ser casi continua. Cuando hagamos algo, preguntémonos: «¿Hago esta acción con bas­tante humildad y sencillez?». En la revisión de la noche, en el examen de conciencia, preguntémonos: «Señor, ¿he imitado hoy bastante vuestra actitud permanente de humildad desde la Encarnación?».

En la práctica de la humildad, querría insistir, y hacerlo con fuerza, sobre un punto particular: el de la humildad en la vida fraterna y común.

La vida fraterna y común, como ha proclamado de nuevo la última Asamblea, y que la última edición de las Constituciones destaca, es base fundamental de cada célula de la Compañía, representada por cada comunidad local.

Para ser Hija de la Caridad, entre otras obligaciones, hay que vivir en «comunidad fraterna». Las excepciones son por tiempo limitado, estando justificadas por motivos de caridad o de servicio apostólico, pero son siempre transitorias. A partir de la última Asamblea, ya no se aceptan razones personales para vivir fuera de una comunidad. Ya no se aceptan, ni siquiera las razones de orden psicológico, debido a que se ha proclamado que, para ser Hija de la Caridad, es necesario vivir en comunidad de vida fraterna.

Sin humildad, en efecto, la vida fraterna no puede realmente existir. Pero allí, donde cada Hermana se esfuerza por vivir la humildad esa pobreza interior profunda, la vida fraterna existe, resiste e irradia.

Existen hoy día, entre nosotras, numerosas fuentes de diferencias que pueden fomentar las tensiones:

  • diferencias entre generaciones,
  • diferentes experiencias apostólicas,
  • incluso, diferencia de lenguaje, por la que las palabras ya no encierran una misma realidad.

Ni siquiera en materia de evangelización, porque ya no tenemos la misma visión, no vemos igual las cosas, las unas y las otras. Porque no enfocamos lo mismo el mundo que nos rodea, ni el trabajo que tratamos de hacer, ni la manera de hacerlo, ni la Compañía, cuyas últimas Asam­bleas modificaron un poco la forma de vivir, ni la Iglesia, en donde el Concilio suscitó las naturales efervescencias que, a veces, nos deso­rientan.

Pero no importa si cada una dice que su visión tiene limitaciones, y que hay muchas razones para que su punto de vista no sea exacta­mente el mismo de su Hermana. Lo verdaderamente importante para una y para otra, es encontrarse en la manera vicenciana de presentar a Cristo al mundo.

Esas diferencias de enfoque de la misión, proviene de nuestros tem­peramentos, de nuestra edad, de nuestra mentalidad. Pero lo que nos une, es esa espiritualidad, específicamente vicenciana, de la contem­plación de Cristo en el pobre, y la seguridad de que, sirviendo al pobre, servimos a Cristo.

Es la puesta en práctica del «totalmente entregada a Dios para el servicio de los pobres».

  • Lo que nos une es, por consiguiente, una misma apertura para la misión con los pobres, en espíritu de humilde servicio.
  • Lo que nos une lo encontraremos en la conferencia del 9 de febre­ro de 1653, y es el mismo san Vicente quien habla: «Es ese espíritu que consiste en el amor a nuestro Señor, el amor a los pobres, vuestro amor mutuo, la humildad y la sencillez».3 Esto es lo que nos une.

Esa humildad será garantía de nuestra vida fraterna, es la toma de conciencia de nuestra pobreza personal. Será, pues, la que sostendrá nuestras actitudes de reconciliación todos los días. Nada más evangéli­co que la sugerencia de san Vicente en las primeras Reglas: «no dejéis que el sol se oculte teniendo entre vosotras un malentendido, una frial­dad o con más razón una resistencia».4 En efecto, al ir a la celebración eucarística, al día siguiente, nos acordemos de la recomendación del evangelio: «Si te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, etc. …»

Una vez más, como en tantas otras búsquedas que para estar más dentro de nuestra vocación, una vez más, pobres. Su sensibilidad per­sonal es muy diferente de la nuestra, de lo que se nos resiste. Los pobres buscan lo esencial para vivir, buscan una mayor justicia, más respeto y más libertad. ¿Cuáles son nuestras reivindicaciones al lado de las de los pobres? Todo, como toda nuestra persona, se lo hemos entre­gado libremente al Señor para que él disponga de ello como quiera.

Para una Hija de la Caridad, el servicio de los pobres no puede separarse del amor a Dios y del amor a sus Hermanas, pero el amor mutuo de las Hermanas supone la práctica cotidiana del perdón, la práctica constante de la humildad.

Si no nos decidimos a practicar la humildad, veremos deteriorarse nuestra vida comunitaria. Ahora bien, sabemos perfectamente que lo que nos bloquea espiritualmente son nuestras resistencias a la gracia, que nos hacen alejarnos unas de otras.

Debemos unirnos dirigiendo nuestra mirada en una única y misma dirección. Se trata, como lo pide san Vicente, de contemplar a Cristo que nos ha dicho: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».5

Si centramos nuestros esfuerzos en la humildad, ella nos llevará a perdonarnos mutuamente. La humildad en la caridad crea ese clima de amistad que, aunque no resuelve todos los problemas, permite al menos que todas se expresen con confianza, se conozcan y se comprendan para acabar por amarse.

Planteémonos la cuestión: el criterio de la caridad fraterna, entre nosotras, ¿no radicará un poco en la manera de aceptar humildemente nuestras diferencias en comunidad? El espíritu de riqueza es el que nos hace sentirnos seguras de nosotras mismas, de que tenemos razón. De que estamos en lo cierto, cuando, en realidad, nuestra única seguridad, la única que estamos ciertas que no ha de fallarnos, es Dios, su amor y su gracia.

Si realmente hiciéramos ese esfuerzo de humildad, abandonando nuestras obstinaciones, abandonando nuestras suficiencias, los pobres percibirían un reflejo de la bondad y de la ternura de quien nos ha enviado hacia ellos.

Y, para terminar, querría citar otra vez a san Vicente. Nos dice: «El amor efectivo no está completo sin el amor afectivo», que es «la ternura en el amor».6

Ese fruto, esa ternura en el amor, no puede venir nada más que de la humildad de quien sabe que no posee gran cosa, que no es gran cosa, pero que todo se lo ha entregado al Señor para que de todo dis­ponga como quiera.

  1. IX, 537.
  2. Ibídem.
  3. IX, 537.
  4. Cfr. IX, 128,218.
  5. Mt 11, 29.
  6. IX,  534.

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