Lucía Rogé: La fidelidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Author: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

Melilla, marzo de 1976Para nosotras, Hijas de la Caridad, la fidelidad consiste en perma­necer en esa decisión primera de aceptación del proyecto que nos dio san Vicente: «Las Hijas de la Caridad, en fidelidad a su bautismo y en respuesta a una llamada divina, se consagran enteramente y en comu­nidad al servicio de Cristo en los pobres».1 Todo esto nos lleva a consi­derarnos consagradas en comunidad y en espíritu de humildad, senci­llez y caridad para un servicio de pobres.

Fuera de esto no existe la Hija de la Caridad. Por tanto, la fidelidad consiste en aceptar la presencia de alguien y ese alguien es Cristo en los pobres, en una perfecta comunión de espíritu que nos va a empujar hacia el servicio.

Pero la fidelidad es también un riesgo. Supone algo desconocido, un futuro por vivir. Tenemos ejemplo de fidelidad como la de san Pedro que, a pesar de sus caídas, fue fiel. Lo cual significa que las caídas no deben ser para nosotras una ruptura de la fidelidad, sino una fuerza para volver a empezar. El Señor pregunta tres veces a Pedro «ame amas?» y sólo después de haberle preguntado por tercera vez es cuan­do le dice que cuide de sus ovejas y sus corderos.

La fidelidad, realmente, viene después del amor, y porque se ama, nos comprometemos a servir. Es también confianza; es una especie de respuesta al amor siempre nuevo de aquél en quien hemos puesto toda nuestra confianza. Y a su vez, es una confianza en la fidelidad de aquél a quien nos hemos entregado.

Pero la fidelidad también es una renuncia, es renunciar a una parte de nosotras mismas que comprometemos y damos a otro. Y sabemos que cuando nos comprometemos en el seguimiento de Cristo, habremos de pasar por el sufrimiento de la traición, de la pasión y de la muerte. Es la imagen de Cristo en su fidelidad al Padre.

Y quizá aquí debiéramos detenernos un poco. Las Constituciones nos dicen que la ascesis y, por tanto, el renunciamiento personal y comunitario, es también exigencia de amor, imitación de Cristo.

¿Qué sería de una fidelidad que no aceptara la ascesis y el renun­ciamiento? Tenemos demasiada costumbre de ver la ascesis como una disciplina de vida. En realidad la ascesis es la manera concreta de demostrar que se prefiere a Dios antes que a aquello a que se renuncia. Y si no somos fieles hasta el punto de renunciar a algo por Cristo, en ese caso tenemos que hacer una revisión.

Quizá hoy más que nunca hemos de buscar la posibilidad de mos­trar que nos hemos dado a Dios y somos capaces de renunciarnos. Hoy toda la civilización nos lleva a dar gran importancia a una multitud de cosas. Sin embargo, para una Hija de la Caridad, lo más importante es la contemplación de Cristo en el pobre y el servicio. Y esto debe ser el centro de nuestras preocupaciones, lo que ha de ocupar nuestro espíri­tu y nuestro corazón.

Esto quiere decir que nosotras mismas no nos hemos de tener en cuenta, que toda esa serie de cosas pequeñas que nos rodean, han de desaparecer de nuestro mundo.

Viendo cómo viven los pobres, como hemos tenido ocasión de ver en Marruecos, y cómo se conforman con poquísimo, las Hijas de la Caridad que tenemos tantas cosas, ¿podemos decir que estamos al servicio de los pobres? ¿Podemos seguir viviendo de la misma manera viendo cómo viven los pobres? Por eso, en vísperas de la Renovación, las animo fuer­temente a que hagan revisión personal y comunitaria de esta pobreza.

Comprendo que tiene que haber un equilibrio de vida, tener horas de sueño y comida suficiente, pero me refiero a esas pequeñas cosas que no valen para nada. Si sólo necesitamos un bolígrafo, ¿para qué tener un montón de ellos? El compromiso con Dios es una cosa muy seria.

La fidelidad no es un hábito ni una pasividad, sino que tiene que ser algo que se renueva todos los días. Decimos en la Eucaristía, Señor, quiero pertenecerte totalmente. Cuando vine a la Compañía quise pre­ferirte a todo, ¿y hoy? Y aquí hay que recordar aquellas palabras del evangelio: antes cuando eras joven ibas donde querías, pero hoy otro te conducirá a donde tú no quieres ir. Esto es lo que aceptamos desde el principio, dejarnos conducir por Dios para servirle en los pobres. Pero sabemos que los caminos de Dios no son nuestros caminos, sino que nuestros caminos nos llevan siempre a una actitud de facilidad. Aunque Dios nos propone una subida difícil y dura, sabemos que a lo largo de todo ese camino encontraremos también la alegría.

Esta fidelidad que vamos a renovar dentro de poco, también supo­ne una lucidez y hemos de reconocer humildemente que no somos capaces de ser fieles solas. Sólo la oración y la gracia que obtenemos por la oración y también la gracia que obtenemos por la comunión de los santos nos permitirán ser fieles.

La idea de hablarles de la fidelidad me ha venido porque las he encontrado fieles en el servicio de los pobres y esto es una gran espe­ranza para la comunidad y para la Iglesia. Mientras las Hijas de la Cari­dad escojan la vía de la fidelidad en el amor, habrá siempre gran espe­ranza en la Compañía. En algunas Provincias donde ha subido la pirámide de las edades, a la vez que hay una cierta melancolía hay tam­bién una fuente de esperanza, porque las Hermanas mayores ponen con sus vidas un mayor número de oraciones y de ofrendas. La fidelidad de ustedes a los pobres se une también a la de esas otras Hermanas de países como Vietnam, Rumanía, Hungría, donde las Hermanas perma­necen fieles a pesar de todo. Y otra razón de esperanza es que en todas las Provincias he visto Hermanas e implantaciones muy pobres, muy sencillas. Y eso me parece una señal de ser fieles a los carismas de la Compañía.

En todas partes, en instituciones grandes o pequeñas implantaciones, se ve esa donación de la Compañía, esa fidelidad al servicio de los pobres; los pobres son ante todo para ellas la presencia misma de Cristo.

Para encontrar esta presencia viva de Cristo en el pobre hay que contemplarlo largamente en la oración. Y es aquí donde encontrarán las ideas para servirlo bajo otra forma, de otra manera, y también aquí es donde encontrarán y oirán las llamadas de los pobres y comprenderán lo que les es necesario.

Hay otra esperanza aún en la Compañía y es que en todas partes encuentro una devoción renovada a la Santísima Virgen, a la que las Hijas de la Caridad reconocen como maestra de vida espiritual, lo cual no significa solamente rezar, sino también ver cómo ella llegó a ser sier­va de Dios. Y si la consideramos como maestra de vida espiritual, vere­mos que fue verdaderamente la humildad la que la hizo ser sierva de Dios, una humildad confiada, que la lleva a reconocerse pobre, a saber que no puede nada, pero que sí puede ser sierva del Señor. También la Santísima Virgen nos estimula a seguir ese compromiso que hemos con­traído de vivir sencillas, humildes y confiadas.

Esto es lo que quiero decir en la víspera de la renovación. Hay que volver a hacer una revisión de esos compromisos contraídos de pobreza, castidad, obediencia, vida común, de vivir una vida pobre y sencilla, una vida casta, abierta a la renuncia, una vida obediente, de modo activo como dicen las Constituciones, con diálogo, por supuesto, pero también con la sencillez y la humildad de reconocer lo positivo y lo negativo.

Éste es el resumen del compromiso contraído un día y que con una fidelidad activa nos disponemos a renovar. Pero hay que descender a lo concreto de la vida, lealmente, para ver si realmente estamos en la ver­dad de lo que hablamos, hemos de tomar nuevas resoluciones para ser cada vez más fieles porque también queremos amar cada vez más a nuestro Señor. Si no, correríamos el riesgo de escuchar aquella frase: «¿También vosotros queréis marchar?».2 ¿Podríamos nosotras dar como Él la respuesta de la fidelidad?

  1. C 1, p. 15. Ed. de 1975.
  2. Jn 6, 67.

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