Lucía Rogé: Identidad de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

París, diciembre de 1980

Como ya saben, acabo de regresar de América Central, y voy a diri­girles una charla un tanto desordenada a partir de lo que Sor Lilia y yo hemos vivido estos días.

Precisamente, al enterarme de que tenía que ir enseguida a Roma, he pensado, como es lógico, en aquella Iglesia que acabo de dejar. ¡Cómo se aprende a amar a la Iglesia de Cristo, cuando se recorre un poco el mundo y se la ve en su diversidad y unidad! Aprende uno a amarla por todo lo que vive, por todo lo que hace y por todo lo que sufre, sobre todo, por lo que sufre, con lo que firma su unión con Cristo.

Sí, se aprende a amar a la Iglesia, la Iglesia «Institución», a la que algunos se permiten criticar. ¡Qué error! Por esa Iglesia-Institución y sólo por ella, existe todavía un lazo de unión entre un pueblo y el resto del mundo; sin ella, todo estaría cerrado.

Hemos encontrado en una Nunciatura, un Nuncio que era como un hermano mayor para todas las Hermanas y para todos los cristianos. Un Nuncio, completamente al servicio de la cristiandad perseguida y que era, en verdad, como la ¡lustración de la Iglesia-comunión, de la Iglesia-solidaria, de la misma forma que la cristiandad de aquel país es como la ilustración de la Iglesia-sacramento de unidad.

Esa Iglesia mantiene una posibilidad de presencia y de servicio a los pobres. Bien sabemos por otras experiencias, que allí donde se ha suprimido el signo visible de la Iglesia-Institución, no existe ya esa posibilidad de presencia y de servicio. La Iglesia se ve perseguida a causa de los pequeños, a causa de la liberación de los oprimidos, allí donde es peligroso pronunciar hasta la misma palabra «liberación». Basta con escuchar el relato de algunos hechos para convencerse de que es, en verdad, presencia operante del espíritu de Cristo, en unos pueblos en que la división, el odio y la violencia quieren imponerse. Oyendo hablar a las Hermanas, nos parece volver a encontrar a Sor Rosalía Rendu que también vivió en tiempos de revolución. Es maravi­lloso descubrir la permanencia del espíritu vicenciano que no es otro, sino el espíritu del evangelio, a través de los siglos y a millares de kiló­metros de distancia.

En tales circunstancias, la Iglesia reúne a sus miembros, especial­mente en torno a la Eucaristía y, verdaderamente, nos parece no formar, sino una sola familia. Dirán que estoy idealizando, pero no es así. El sufrimiento y la persecución son un factor de unión de los cristianos. Pidan ustedes por ellos, que son la Iglesia en aquellos países, donde no se sabe qué será el mañana, donde cada día tienen que enfrentarse con la violencia. He prometido a nuestras Hermanas de una de aquellas naciones que si para ellas, como para China, por ejemplo, se cerraran definitivamente las puertas, no estarían nunca solas, tendrían con ellas a la gran familia de la Compañía, rezando por ellas y obteniéndoles las gracias particulares de firmeza en la fe, pase lo que pase. Las he com­prometido, pues, a ustedes, y espero que cumplirán la promesa.

«Cristo es la cabeza del cuerpo: de la Iglesia».1 Aquellos cristianos lo han comprendido muy bien, por la fidelidad que profesan al que es su Vicario en la tierra. Se da entre ellos como una especie de avidez por todo lo relacionado con el Santo Padre. Y ¡cómo piden por él! En las intenciones espontáneas, vuelve sin cesar esa oración por el Papa. Sus palabras, como las de la Iglesia, en general, llegan hasta ellos con mucha dificultad; y a pesar de todo, no hay un sacerdote, una religiosa, que no disponga de su documento de Puebla y busque en él, alimento espiritual.

La impresión dominante que traemos de nuestro viaje es la de ese vigor de la Iglesia que, a pesar de todas las trabas, se mantiene viva y fiel al Santo Padre. Esto me mueve a pedirles que se muestren ustedes atentas en la fe, a todo lo que nos dice la Iglesia, por medio de sus docu­mentos oficiales. Nosotras, que tenemos el privilegio de poder propor­cionarnos con toda libertad esos documentos y estudiarlos en profundi­dad, ¿lo hacemos?

Esta mañana, quisiera llamar brevemente su atención sobre la asombrosa semejanza entre la identidad de Hija de la Caridad y lo que nos dice, por ejemplo, un texto como el de Puebla.

Primera observación: importancia que la Iglesia da al carisma. Bien saben que el Papa, desde el momento de su elección, ha insistido sobre la necesidad que cada Instituto tiene de conservar su carisma propio. Recientemente, en Brasil, ha afirmado que un Instituto que abandonara su identidad propia para seguir, más o menos de cerca, lo que caracte­riza a los demás, empobrecería a la Iglesia. Esa misma observación la encontramos en el documento de Puebla, donde leemos: «La riqueza del Espíritu se manifiesta en el carisma de los Fundadores que, a través de todos los tiempos, brotan en su Iglesia como expresión de la fuerza de su amor, que responde solícitamente a las necesidades de los hombres».2

¡Entonces, esta identidad, esta fidelidad al carisma, son de actuali­dad! Todos los que quisieran incitarnos a disolverlas en una especie de vida religiosa uniforme y sin color se desviarían y apartarían del pensa­miento de la Iglesia.

Tenemos que conservar nuestra identidad vicenciana. Pues bien, nuestra identidad vicenciana -san Vicente nos la propone múltiples veces- puede resumirse en los tres puntos con que siempre nos encon­tramos: amor a Dios, amor a los pobres, amor entre nosotras, en un espí­ritu de humildad y sencillez.3

San Vicente insiste y habla de «señales» (una identidad se manifies­ta siempre por señales específicas).

* La primera es: «que améis a Dios por encima de todas las cosas, que seáis por completo suyas, que no améis cosa alguna más que a él; y si se ama alguna otra cosa, que sea por amor de Dios. Si amáis a Dios de ese modo, una señal de que sois verdaderas Hijas de la Caridad es que amáis mucho a vuestro Padre».4

Puebla no dice otra cosa. Encontramos en el Documento la misma idea aunque expresada con otras palabras: «Llamados por el Señor, (los consagrados) se comprometen a seguirlo radicalmente, identificándose con Cristo».5

Y el Documento cita al Santo Padre: «No olvidéis nunca que para mantener un concepto claro del valor de vuestra vida consagrada, necesi­taréis una profunda visión de fe, que se alimenta y mantiene con la oración, la misma que os hará superar toda incertidumbre acerca de vuestra identidad propia».6

Un poco más adelante se dice: «Oración que ha de ser visible y esti­mulante».7

* La segunda señal de la verdadera Hija de la Caridad, según san Vicente, es el amor al pobre. Conocen ustedes, todas las citas de san Vicente a este respecto, se las saben de memoria y, como yo, corren el riesgo de acostumbrarse a ellas. Oigamos algunas, sin embargo:

«¡Qué felicidad, hijas mías, servir a la persona de nuestro Señor en sus pobres miembros! El nos ha dicho que considerará este servicio como hecho a Él mismo».8 O también: «Debéis pensar con frecuencia que vuestro principal negocio y lo que Dios os pide más especialmente, es que pongáis un gran cuidado en servir a los pobres, que son nuestros señores».9

Así pues, servir a los pobres es, por una parte, hacer lo que el Señor hizo y, por otra, servirle a Él porque se le ha reconocido y se le ama. Escuchemos ahora a Puebla, y creo que quedarán sorprendidas, como yo, por el sentido idéntico de las palabras: «Esta situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real, rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela».10

¿No se diría que se trata de un texto de san Vicente? San Vicente dice con frecuencia: «Volved la medalla». Pues bien, Puebla nos lo pro­pone igualmente; y para reconocer los rasgos dolorosos de Cristo Jesús, nos habla de:

«Rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad, ros­tros de indígenas (los hemos visto nosotras), que viven marginados y en situaciones inhumanas. Rostros de campesinos, que, como grupo social, viven relegados en casi todo nuestro continente. Rostros de obreros, con frecuencia mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos. Rostros de subempleados. Rostros de marginados y haci­nados urbanos. Rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuente­mente marginados de la sociedad del progreso».11

Ahí, tenemos la medalla ya vuelta.

San Vicente pone condiciones, exigencias.

La primera, es la de ser pobre uno mismo. Desde el principio de la Compañía, todos los Superiores lo han repetido tras él: «No tenéis dere­cho más que para vivir y vestiros; el resto pertenece al servicio de los pobres».12 «No es ésa vuestra condición… Las Hijas de la Caridad deben ser tratadas con sencillez, ya que pertenecéis a una Compañía pobre».13

«Evitad la superfluidad… Pero mientra guardéis esta regla y améis la pobreza, Dios bendecirá a la Compañía; y si no la guardáis, os aseguro que es muy difícil, por no decir imposible, que se mantenga».14

Y tantos otros textos: «Estamos en un tiempo en el que no se pue­den hacer gastos que no sean necesarios. La miseria pública nos rodea por todas partes».15

En Puebla, encontramos: «Este modelo de vida pobre se exige en el evangelio». «La pobreza evangélica une la actitud de la apertura con­fiada en Dios, con una vida sencilla, sobria y austera que aparta la ten­tación de la codicia y del orgullo. La pobreza evangélica se lleva a la práctica. También, con la comunicación y participación de los bienes materiales y espirituales».16

Los obispos recuerdan, en seguida, que toda la tradición de la Igle­sia presenta la vida pobre como una exigencia del evangelio, para aque­llos que creen en Cristo, y nos pide a nosotros, consagrados, que nos comprometamos a vivirla de manera radical.

Me daría por satisfecha si esta coincidencia entre lo que nos dice el Fundador y lo que nos dice la Iglesia de hoy nos incitara a una revisión de vida, primero personal, después comunitaria. Por favor, revisemos nuestro estilo de vida, consideremos toda esa superfluidad en la que es muy difí­cil que no caigamos, entremos en un camino de comunicación de bienes.

El segundo punto que quería señalar como condición para el servicio, es la disponibilidad. San Vicente insiste mucho en ella y Puebla le hace eco. La Asamblea ha pedido una revisión de nuestras actividades, pero ¿qué puede hacer un Consejo Provincial, si no cuenta con la disponibilidad de cada una de las que componen las comunidades locales? Se encuen­tra con las manos atadas, no puede hacer nada. A nosotras todas, corres­ponde, pues, entrar en esa disponibilidad, esa actitud de pobreza de cora­zón que será la que nos permita convertirnos en instrumentos en manos de Dios, para hacer lo que Él quiera. Préstense, pues, en el amor, a esa revisión de obras con una apertura de corazón, que creará en ustedes un alma libre, capaz de ir, como quería san Vicente, allá donde Dios quiera.

La tercera condición para el servicio es la de que éste sea total, es decir, no sólo temporal sino también espiritual. Ya conocen esta hermo­sa expresión de san Vicente: «Hacer a las almas amigas de Dios».17

Se trata, como dice en otro lugar, de «llevarles dos clases de comida, la corporal y la espiritual».18 También, el texto de Puebla nos recuerda ese servicio total: «El mejor servicio al hermano es la evangelización que lo libera de las injusticias, lo promueve integralmente y lo dispone a rea­lizarse como hijo de Dios. Acercándose al pobre, para acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cristo hizo por nosotros».19

Si no evangelizamos con la presencia y la palabra, con la presencia allá donde la palabra no es posible, ¿qué hacemos?

La tercera señal de la Hija de la Caridad es el amor entre nosotras. Esa caridad que debe animar a todos los miembros de la Iglesia y de la que somos testigos, ¡cuánto mayores motivos de existir tiene en el seno de nuestras comunidades! Ya saben, porque el balance de la Asamblea lo hizo oficial. Ya saben que una de las causas invocadas por las que salieron de la Comunidad ha sido la falta de caridad fraterna. La res­ponsabilidad de cada una de nosotras está aquí en juego. ¿Qué apoyo hemos aportado a la Hermana que se alejaba? ¿Qué oración hemos hecho por ella? ¿De qué delicadeza hemos sabido rodearla? ¿Qué atención nos ha merecido su alejamiento? He aquí, otras tantas pregun­tas que debemos plantearnos. Ahora bien, el amor entre nosotras es una exigencia que, como ocurría entre los primeros cristianos, constituye la señal de que el Señor está en medio de nosotras y es también el signo de las verdaderas Hijas de la Caridad.

San Vicente no ignora que es algo costoso y habla de la tolerancia, de soportarse mutuamente, haciendo de ello el tema de una conferen­cia en la que hasta llega a decir: «Digo, pues, hijas mías, que si la mitad de vosotras tuviese esa costumbre de no poder soportar los defectos de las demás y hablar mal de ellas…, me parecería bien que esta mitad se retirase, para no perjudicar al resto de la Compañía; porque, hijas mías, tendréis que dar cuenta delante de Dios, no sólo del mal que hayáis hecho, sino también del que hayáis causado, o de la disminución del bien que hubiese sido mayor sin vuestro mal ejemplo».20

Puebla insiste mucho en esta caridad fraterna: «Ante la frialdad del mundo moderno, los cristianos han de ser ese terreno abonado para la ternura, ese reflejo de la ternura, ese sentimiento por el que los demás pueden conocer el amor de Dios».

Quisiera señalar el lugar que reserva Puebla a la Virgen María. Le ha consagrado todo un capítulo magnífico. ¿Lo hemos profundizado? Voy a leerles un pasaje que puede ayudarnos a meditar.

Primero, una alusión a Lumen Gentium: «Mientras peregrinamos, María será la madre educadora de la fe».21 Y otra de Marialis Cultus: «Según al plan de Dios, en María, todo está referido a Cristo y todo depende de él».22

El documento prosigue: «Su existencia entera es una plena comu­nión con su Hijo. Ella dio su «SÍ» a ese designio de amor. Libremente, lo aceptó en la Anunciación y fue fiel a su palabra hasta el martirio del Gól­gota. María es modelo para la vida de la Iglesia y de los hombres. La vir­ginidad maternal de María conjuga en el misterio de la Iglesia esas dos realidades: toda de Cristo y, con Él, toda servidora de los hombres. María es reconocida como modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe. Es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura, res­puesta y fidelidad. Es la perfecta discípula que se abre a la Palabra y se deja penetrar por su dinamismo. Cuando no la comprende y es sobre­cogida, no la rechaza o relega: la medita y la guarda. Y cuando suena dura a sus oídos, ella persiste confiadamente en el diálogo de fe, con el Dios que le habla. Fe que la impulsa a subir al Calvario y a asociarse a la Cruz. Por su fe, es la Virgen fiel, en quien se cumple la bienaventu­ranza mayor: «Feliz tú que creíste».23

En este año del 150º aniversario, quisiera insistir en la necesidad que tenemos de alimentarnos con una doctrina mariana sólida y de seguir el ejemplo de la Virgen María.

Por otra parte, pensando en este aniversario y en el mensaje que nos trae, tengo que poner de relieve que, entre las recomendaciones de la Virgen, encontramos de manera especial la de ocuparnos de la juventud.

Tiempo es, en efecto, de que rectifiquemos lo que hemos olvidado o descuidado de este mensaje.

Ahora bien, el interés por la juventud también se menciona en el documento final de Puebla, lo que demuestra que la Iglesia sigue hoy proponiéndonos como opción prioritaria la de los jóvenes: «La Iglesia ve en la juventud, una enorme fuerza renovadora, símbolo de la misma Igle­sia. Esto lo hace por vocación y no por táctica, ya que está llamada a una constante renovación de sí misma, o sea, a un incesante rejuvenecimiento (Juan Pablo II). Este humilde servicio debe despojar a los pas­tores y a los adultos de la Iglesia de cualquier actitud de desconfianza o de incoherencia hacia los jóvenes».24

Escuchemos esta advertencia: «Lo que más desorienta al joven es la amenaza a su exigencia de autenticidad por el ambiente adulto, en gran parte incoherente y manipulador».25

Nosotras formamos parte de ese ambiente adulto. ¿No tenemos, a veces, que aplicarnos esos dos adjetivos? Nosotras que, después de haber hecho voto de pobreza, no nos privamos de nada; voto de casti­dad y no llegamos a dejar a Cristo el sitio de nuestro corazón; voto de obediencia y no hacemos más que lo que responde a nuestro pensa­miento ¿No tendrían los jóvenes muchas veces razón para llamarnos incoherentes y manipuladoras?

Puebla cita también: «El conflicto generacional, la civilización de consumo, una cierta pedagogía del instinto, la droga, el sexualismo y la tentación de ateísmo. Hoy día, la juventud es manipulada, especialmente en el campo político y en el del tiempo libre».26

¿Qué inquietud tenemos en relación con los tiempos libres de los jóvenes que conocemos? ¿Qué les proponemos a este respecto? Todos estos interrogantes que planteo, han nacido de la confrontación entre lo que dice la Iglesia de hoy y las palabras de san Vicente. También coin­ciden con el mensaje de la Virgen María de hace ciento cincuenta años.

Que este aniversario no sea para nosotras simple ocasión para manifestaciones festivas, sino llamada a reconsiderar lo que la Madre de Dios quiso comunicarnos y a hacer una revisión de vida sobre el par­ticular. Pensando en ello, el otro día, yo me decía: «¡Oh, tardos de cora­zón para creer! ¿Cuántas coincidencias necesitaremos para decidirnos a entrar realmente por ese camino que Dios nos presenta?» Nuestra vocación es el amor. Para serle fieles, entremos en esa actitud de dejarlo todo, siguiendo a nuestros Fundadores y respondiendo a lo que también hoy la Iglesia nos pide con insistencia.

  1. Col 1, 18.
  2. Puebla, n. 756.
  3. IX, 537.
  4. IX, 1015.
  5. Puebla, n. 742.
  6. Ibídem.
  7. Cfr. Puebla, n. 751.
  8. IX, 124.
  9. IX, 125.
  10. Puebla, n. 31.
  11. Puebla, nn. 32-39.
  12. IX, 99.
  13. IX, 922, 1199.
  14. IX, 826.
  15. IV, 269.
  16. Puebla, nn. 1149-1150.
  17. IX, 39.
  18. IX, 535.
  19. Puebla, n. 1145.
  20. IX, 269.
  21. Puebla, n. 290.
  22. Puebla, n. 292.
  23. Puebla, nn. 292, 294, 296.
  24. Puebla, n. 1178.
  25. Puebla, n. 1171.
  26. Puebla, n. 1171.

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