Lucía Rogé: Humildad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

París, marzo, 1977

Realizan ustedes sus ejercicios espirituales en cuaresma, tiempo en el que Dios, nuestro Padre, nos invita a la conversión del corazón, tiem­po de autoexaminarnos personal y comunitariamente. Preguntémonos juntas cuál es nuestra respuesta.

Este tiempo se nos ha dado para sintonizar nuestra vida con la llamada que hemos recibido, como dice san Pablo a los Efesios. La llamada que hemos recibido consiste en

  • «la entrega total a Dios para el servicio de los pobres, en la Com­pañía de las Hijas de la Caridad».
  • y «no basta con ser Hijas de la Caridad de nombre, hay que serlo de verdad».1

Este tiempo se me ha dado, pues, para confrontar mi vida con la res­puesta que debo dar, y para convertir mi corazón. Para esta confrontación de mi vida con el ideal vicenciano, tengo dos puntos de referencia.

  • El evangelio, san Vicente y santa Luisa, por un lado;
  • y, por otro, ejemplos y testimonios de vida, desde los orígenes hasta ahora: Margarita Naseau y las primeras Hermanas de las que nos habla san Vicente y, más próximas a nosotras todavía, Sor Rosalía y Sor Catali­na Labouré, o también, alguna Hermana que he conocido personalmente y que ha sostenido mi propio camino espiritual, a través de su vida total­mente entregada a Dios y a los pobres, en un mismo impulso de amor.

Su programa era:

  • escuchar, dialogar, servir al pobre;
  • renunciarse en lo concreto de la vida diaria;
  • perdonar y orar.

Todo eso partía de un mismo impulso, del don total a Aquél a quien amaban más que a todas las cosas: «Dios mío, te amo con todo mi cora­zón y por encima de todas las cosas». Este acto de amor era una reali­dad concreta y cotidiana. Porque no nos podemos convertir sin un ardiente deseo de:

  • seguir a Cristo y servirlo,
  • conocerlo cada vez más,
  • entrar en su intimidad y amarlo sin medida.

¿Podemos decir, de verdad, que seguimos las huellas de las que nos precedieron? ¿No está, a veces, en nosotras, un tanto descolorida nuestra «identidad de Hijas de la Caridad», como ocurre con las viejas fotos amarillentas, en las que ya no se distinguen muy bien los rasgos? Y como consecuencia, no sabemos manifestar a través de nuestra vida lo específico de las Hijas de la Caridad.

Lo específico de la «Hija de la Caridad» es el amor de Dios, manifes­tado en el servicio a los pobres y a los más pobres, pero humildemente, sencillamente y pobremente. Éste es el llamamiento que hemos recibido y la conversión que se nos pide. Se trata de sintonizar nuestra vida con la espiritualidad particular de la familia a la que Dios nos ha llamado.

Me parece que los tiempos que vivimos, así como es recuerdo de lo que fue la vida de santa Catalina Labouré, nos incitan a trabajar muy especialmente en la virtud de la humildad. La lucha permanente contra el orgullo, bajo todas sus formas, entra en el «proyecto de vida» que nos propone san Vicente. Esto se ve clarísimo en los aspectos en que la falta de humildad tiene repercusiones graves sobre lo que pretendemos rea­lizar, como sucede en:

  • el humilde servicio a los pobres;
  • la caridad fraterna;
  • la disponibilidad.

1. El servicio a los pobres

…»Crear en el alma la semejanza con Cristo, manso y humilde de corazón».2

En un envío a misión, el día 29 de julio de 1656, san Vicente, des­pués de haber avisado a las Hermanas que tienen que humillarse porque Nuestro Señor las ha llamado para hacer lo que él hizo en la tierra, insiste: «Uno de los medios para realizar bien la obra de nuestro Señor es humillarse mucho, pero con una verdadera y sólida humildad»3 (ya que existen, en efecto, falsas humildades).

San Vicente precisa más adelante: «Podrá suceder que se quejen de vosotras, que os desprecien». Y no sólo en el plano personal, sino también en el plano comunitario: «es preciso amar el desprecio en un sentido más amplio, hasta abarcar toda la Compañía».4

Se trata de honrar el estado de humillación del Hijo de Dios en la tie­rra, no amando el desprecio por el desprecio, sino aceptándolo con paz y serenidad, en unión con Jesucristo, a quien amamos, y quien sufrió en su Pasión vejaciones, desprecios y torturas. Nuestra vocación de sier­vas de los pobres arranca de la actitud de Jesucristo que lavó los pies de los apóstoles, dándoles así ejemplo de servicio. La actitud de Cristo es la de servidor del Padre, enraizada en la humildad por la Encarna­ción. A su vez, la Hija de la Caridad, dispone su corazón a la actitud de humildad de la sierva sumisa a sus amos, en quienes por la fe recono­ce a Dios. «Sumisión» es un término que nos viene del evangelio: «Les estaba sumiso».5

Es decir, que Él, el Hijo de Dios, aceptó someterse (lo que literal­mente significa «ponerse bajo») a sus criaturas, María y José. Es preci­so entrar en el camino de la auténtica humildad, al que Cristo nos invita continuamente. Sí, debemos aceptar humildemente la dependencia en el servicio de los pobres e igualmente, en la relación de obediencia cuyo voto renovamos. Una misión libre y deseada es signo de amor. La inde­pendencia, la mayoría de las veces, no es más que la esclavitud, no reconocida, a nuestro egoísmo.

2. La humildad en la vida fraterna comunitaria

El orgullo, lo sabemos bien, crea la desunión, la discordia, la división de mentes y corazones. San Vicente nos previene continuamente y, a veces, de manera solemne: «Si sucediera la desunión entre vosotras, tal vez, Dios irritado, destruyera vuestra Compañía».6

Ése es el resultado del orgullo, porque: «Este ambiente fraterno se construye todos los días gracias a la confianza recíproca y gracias tam­bién a una voluntad de conversión».7

San Vicente aclara que las que no poseen las verdaderas señales de auténticas Hijas de la Caridad perjudican esta unión, ya que la señal de lasverdaderas Hijas de la Caridad, hijas de Dios, consiste: «Tened una baja estima de vosotras mismas y desead ser las menos estimadas».8

Junto con esta otra exigencia, de la que hoy no se habla ya porque parece muy dura: «Una hermana que se ve criticada en la Compañía, en las parroquias, con razón o sin ella, si acepta esas críticas es que quie­re su humillación»…9

Las verdaderas señales consisten también en:

  • considerarse indigna de pertenecer a la Compañía,
  • escoger siempre lo peor,
  • gustar de las alabanzas.

Es todo el programa de la conferencia del 24 de febrero de 1653 sobre el espíritu de la Compañía.

San Vicente nos indica igualmente los medios eficaces para hacernos crecer en la humildad, a fin de restablecer la caridad fraterna, especial­mente por la práctica del «perdón». Actitud de perdón, actitud de conver­sión, a la que nos invitan no sólo las Constituciones, sino también el tiempo de cuaresma. San Vicente, aludiendo al pasaje del evangelio: «Si vas, pues, a presentar tu ofrenda ante al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconci­liarte con tu hermano»,10 dice a las Hermanas: «Apreciad mucho esta prác­tica, y hacedlo lo antes posible, apenas os deis cuenta de que alguna hermana se ha enfadado o tiene motivos para enfadarse con vosotras».11 ¿Somos sensibles a estas faltas de caridad entre nosotras, que se podrían reparar con un poco de humildad?

El primer signo misionero por excelencia es la caridad, el «que todos sean uno». ¿Cómo buscar la reconciliación con Dios, cómo acercarnos al sacramento del perdón sin esta actitud diaria de perdón mutuo, mediante la caridad fraterna y la humildad?

3. La humildad es también indispensable para vivir la disponibilidad

Ésta es la disposición íntima que hace que nos adhiramos a toda proposición o acontecimiento que se reconoce como venido de parte de Dios. Así, podemos también decir que la prosecución obstinada de un «proyecto personal» sin referencia a la Compañía no puede encontrar justificación en san Vicente. Todo lo contrario, san Vicente nos pone en guardia contra el orgullo que sólo quiere seguir su propio juicio, lo que es lo mismo, el juicio de las personas que van en el mismo sentido que nosotros: «Por el contrario, si dais oídos a vuestra propia voluntad, inclu­so en las mejores cosas del mundo, os ponéis en peligro de seguir la voluntad del diablo que, al cambiarse en ángel de luz, nos excita al bien para llevarnos a algún mal».12

Es una actitud de orgullo tan grave que puede ocasionar la ruina del carisma de la Compañía: «Y si Dios quisiese castigar a la Compañía, permitiendo que alguna prefiriese

  • un cargo a otro,
  • una parroquia a otra,

y se negase a ir a donde se la enviase… En aquella hora, deberíais poneros en oración, hacer penitencia».13

Numerosos textos de san Vicente van en este sentido, de total y defi­nitiva disponibilidad: «Ya habéis oído que se las enviará y se las mandará volver cuando se juzgue conveniente. Tenéis que estar en esta disposi­ción de ir a cualquiers parte».14

Ese mismo día 29 de septiembre de 1655, por dos veces interro­gará a sus hijas para asegurarse de que están «dispuestas a ofrecerse a Nuestro Señor para ir adonde le plazca».15 Esto es, según su modo de ver, fundamental para el servicio de los pobres.

Puesto que Dios nos ha llamado a la Compañía, ¿cómo iba a con­tradecirse pidiéndonos que hiciéramos algo que no correspondiera a la expresión de sus designios sobre la Compañía, es decir, a las Cons­tituciones? Sólo el orgullo puede incitarnos a considerar nuestro pro­yecto personal como algo absoluto, que tiene prioridad sobre las Constituciones. Nuestro ingreso en la Compañía fue un gesto libre con el cual reconocíamos haberla escogido para cumplir en ella la volun­tad de Dios.

Al renovar nuestro compromiso de servir a Dios en los pobres, nues­tros proyectos personales quedan vinculados al proyecto de la Compa­ñía, proyecto que, repetimos, está determinado en las Constituciones.

Al hablar de la pertenencia a la Compañía, san Vicente se expresa con toda claridad, no dando lugar a ambigüedad alguna: «Os habéis entregado vosotras mismas a Él en la Compañía con la intención de vivir y morir en ella; y cuando entrasteis, así lo habéis prometido».16

Procuremos conservar nuestra identidad de Hijas de la Caridad, manifestando con nuestra vida los valores fundamentales sobre los que la estableció san Vicente. Lo conocemos. En estos momentos, hagamos hincapié sobre la humildad, sin la cual «estamos muertas» («Una Hija de la Caridad que no tiene ni humildad ni caridad, está muerta»), es decir, no existimos ya. Abramos los ojos a la actualidad de la Iglesia y, sin juz­gar a las personas, preguntémonos si nuestro orgullo no combatido, no podría hostigarnos algún día a tomar posiciones insostenibles.

Santa Luisa respondía así a una cuestión que le proponía san Vicen­te, en el transcurso de la conferencia del 17 de julio de 1653: «Padre, después de lo que su caridad ha dicho, yo no tengo otra cosa que decir sino que he observado que eso siempre es verdad, y que todas las que se han salido de la Compañía no se han salido por otra cosa sino por el apego a su propia voluntad».17

Procuremos liberarnos de nuestros temores, especialmente del temor a la humillación. Llegamos hasta aceptarla de buen grado, pen­sando en las de Jesucristo. No tengamos miedo de la oración, sobre­salto de amor que reconoce verdaderamente que Dios es nuestro Dios, que se lo debemos todo y que nos ama. No tengamos miedo a conver­tirnos continuamente al evangelio a través de san Vicente. Liberadas del miedo, reencontraremos, a la luz del Espíritu de amor, tan querido por santa Luisa, todas las exigencias de la respuesta que nuestra vida debe dar al llamamiento divino. Y, entonces, entraremos en esa verdadera dis­ponibilidad que engendra misioneras. La Misión no puede sobrevivir sin ese abandono voluntario a la voluntad del Padre: «Cuando seas viejo, otro te ceñirá».18 A nosotras, nos corresponde dejarnos conducir, con un acto de confianza ilimitada, por el poder del amor de Dios. Por esta superación, podremos seguir a Jesús manso y humilde de corazón.19

Mas, en ese camino de superación, de conversión hacia la humil­dad, nos hace falta realizar actos. Sin decisión, traducida en hechos, no hay verdadera conversión. Realicemos cada día, en la dinámica de una adhesión cada vez más fuerte y auténtica a Cristo pobre y humilde -y según la línea de san Vicente, santa Luisa, santa Catalina y tantos otros-, gestos, actos de lucha contra nuestro orgullo, que dispongan nuestro corazón a la humildad. Entonces, viviremos realmente cada vez un poco más conscientes de nuestra identidad de Hijas de la Caridad. Y escapando a la rutina y a las diversas presiones, que nos empujan en sentido contrario, podremos esperar ser Hijas de la Caridad auténticas, de verdad: «Una señal muy segura de que sois verdaderas Hijas de la Caridad, es que amáis el desprecio, porque no os faltará ocasión de recibirlo».20

Demostraremos con ello que el amor no es una palabra vana, que la fuerza que habita en nosotras proviene de él y que su plenitud se reali­za en nuestra vida.

Pidamos a santa Luisa llegar, como ella, a tener un corazón vacío de toda suficiencia, capaz de humillarse y así afianzarse en la fe, crecer en ella y arrastrar a los demás por ese camino.

«Señor, danos un corazón nuevo, que te amemos de verdad hasta el renunciamiento de nosotras mismas, dependiendo sólo de ti y renun­ciando a cualquier otra seguridad que no provenga de Ti. Porque el amor, según Tú, es «pobreza, dependencia y humildad».

  1. IX, 64.
  2. C. 4. Ed. de 1975.
  3. IX, 808.
  4. IX, 809.
  5. Lc 2, 51.
  6. IX,  108.
  7. C. 23. Ed. de 1975.
  8. IX, 157-158.
  9. IX, 544.
  10. Mt 5, 23-24.
  11. IX, 114.
  12. IX, 83-84.
  13. IX, 244.
  14. IX, 743.
  15. IX, 743.
  16. IX, 566.
  17. IX, 589.
  18. Jn 21, 18.
  19. C. 4. Ed. de 1975.
  20. IX, 94.

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