Lucía Rogé: Cursillo Mariano Internacional, conclusión

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.
Sor Lucía Rogé, H.C.

20 de julio de 1981

Hemos llegado al término del Cursillo. Durante estos días, han escu­chado ustedes, han discutido, orado y caminado juntas. Ya se ha hecho la recolección; les queda separar el grano y molerlo en la reflexión y la oración para que pueda servirles de alimento, a ustedes y a las Herma­nas de su Provincia.

Esta reflexión puede orientarse según tres líneas que convergen.

1. Ahondar en la doctrina mariana

En primer lugar, me parece que el Cursillo nos ha dejado en el fondo del corazón el deseo de ahondar en la doctrina mariana:

  • por medio de la contemplación y meditación de la vida de la Virgen María en su unión con Cristo;
  • por la meditación del mensaje dejado a santa Catalina para transmitirlo a la comunidad y al mundo;
  • por el descubrimiento en la vida y escritos de los Fundadores, de la referencia que hacen a la Virgen en lo tocante a la Compañía y a la Misión.

2. Una línea de acción

Cuando nos limitamos a un estudio en el plano intelectual y no lo hacemos pasar a la vida, eso no corresponde ya a la espiritualidad de una Hija de la Caridad. De la contemplación y de la meditación de la vida de la Virgen, tiene que surgir en nosotras una actitud permanente de fidelidad a la Palabra de Dios,1 de acogida hecha al Espíritu, de dis­ponibilidad, de donación total. De ello se desprende para la Misión una actitud de apertura y acogida al otro, para responder a sus aspiraciones y necesidades.

La meditación del Mensaje es para nosotras, interpelación, espe­cialmente en el plano de la juventud. ¿Que hacemos? La parte del men­saje que se refiere a los jóvenes es de una actualidad sorprendente. En efecto, en la parte IV del Documento de Puebla, capítulo 2, leemos:

«La pastoral de juventud buscará que el joven crezca en una espiritualidad auténtica y apostólica, desde el espíritu de oración y conocimiento de la Palabra de Dios y el amor filial a María Santísima, que uniéndolo a Cristo, lo haga solidario con sus hermanos».2

Tendríamos que leer todo ese capítulo que también nos recuerda que «la Virgen Madre, bondadosa, creyente fiel, educa al joven para ser Iglesia».3

En este 150 aniversario, la petición de la Virgen cobra el tono insis­tente de la urgencia…. ¿Cómo vamos a responder?

San Vicente y santa Luisa no escribieron un tratado de devoción a María, pero en su vida se dieron actos que traducían su amor y confian­za en María Santísima. Le consagraron la Compañía, le dirigieron espon­táneamente, en la fe, súplicas que brotaban de su corazón. Caminaron con ella y por ella hacia su Hijo Jesucristo. Hicieron nacer y crecer ver­daderas células de Iglesia por todas partes a donde enviaron a sus Hijas. ¿Y nosotras? ¿Qué nos inspira la actitud de los Fundadores para nuestra vida diaria con María en la Iglesia?

3. Una línea de decisión, de resolución

Se trata en primer lugar de decisiones o propósitos en el plano per­sonal. Hace cuatro años, el Padre Director decía a las Hermanas jóve­nes reunidas en un Cursillo: «No se acuesten ningún día sin haber reza­do el rosario». Esta resolución conserva todo su valor para nosotras también. Y se acompaña con la de dejarnos interrogar a partir de los misterios de Cristo, que el rosario propone a nuestra meditación. Deten­gámonos en la Anunciación. En este misterio, la Virgen María nos apa­rece al servicio de Dios de una manera definitiva y radical. Libre y cons­ciente, acepta y se adhiere a la propuesta que Dios le hace, sin volverse ya nunca atrás. Entra en relación de amor con el Padre, el Hijo y el Espí­ritu Santo. Toda su vida queda vuelta hacia Dios, orientada por Él. A par­tir de todas las decenas, podemos preguntarnos: ¿Y yo?

Ese lazo de amor con Dios establece también la unión fraterna si nos fijamos sobre todo en la Visitación. Porque Dios está presente en medio de ellas, el diálogo generacional entre María e Isabel se hace comunión. Y nosotras, que todos los días recibimos también a Cristo en la Eucaristía, ¿nos vemos impulsadas, como lo fue María, a llevarlo a nuestros herma­nos los pobres, para demostrarles el amor con que nos colma día tras día? ¿Qué hacemos de tantas comuniones? «Una Hija de la Caridad que comulga bien, lo hace todo bien».

En la Presentación en el templo, vemos a María y José hacer la ofrenda prescrita por la Ley. María cumple la Ley, se somete a ella. Ese cumplimiento se hace adhesión de amor a la voluntad del Padre. Hace la ofrenda prescrita y se ofrece al mismo tiempo. Ante las Constitucio­nes y Estatutos que se nos van a presentar como nuestra ley, tomemos la resolución de realizar cada día un cumplimiento lúcido del que hagamos una ofrenda de amor que pueda unirse a la ofrenda de Jesús a su Padre.

Jesús encontrado en el Templo trae a nuestra memoria estas dos frases: «Ellos no entendieron» y «su madre conservaba todo esto en su corazón».4 Estos dos pasajes del evangelio nos invitan a tomar una reso­lución que el mensaje de santa Catalina encierra: la de la interioridad, el silencio, la escucha meditativa de la Palabra de Dios, el discernimiento interior y personal de lo que el Señor quiere hacernos descubrir. Cuan­to menos entendemos, más sorprendidas quedamos, como José y María al encontrar a Jesús en el templo; y más debemos resolvernos a pen­sarlo delante de Dios, en silencio, a venir al pie de este altar. Entremos en el plan de Dios sobre nuestra vida y aceptémoslo.

Otras invitaciones del Espíritu a su libertad, otras muchas resolucio­nes personales subirán a su corazón solicitando la determinación de su voluntad. A ustedes corresponde escoger.

Resoluciones en el plano comunitario

Este Cursillo es materia que hay que compartir en comunidad. En un primer momento, bueno será en efecto que comuniquen lo que han vivi­do, lo que han recibido y descubierto. En otro segundo intercambio, ¿por qué no habrían de buscar juntas lo que el Señor les dice como comunidad local de tal Provincia? Buscar juntas cuál es la respuesta que espera de ustedes aquí y ahora.

¿Qué puesto reserva a María su Proyecto Comunitario local? A nivel de ahondar en doctrina, textos actuales, oración.

¿Sentimos que el mensaje de 1830 se dirige también a nosotras, sobre todo, por lo que se refiere a la juventud? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué vamos a tratar de hacer?

¿Nos interpela lo que nos transmite santa Catalina a nivel de la Com­pañía? ¿Cómo nos estamos preparando a recibir las Constituciones? ¿Somos conscientes de que tenemos una identidad particular en la Igle­sia, presentada precisamente en las Constituciones? ¿Qué podemos hacer para seguir a santa Catalina y vivir los valores fundamentales de la vocación de siervas de los pobres hoy?

Este Cursillo Mariano Internacional ha querido ser ante todo una reu­nión de familia en torno a María, con miras a progresar juntas en el cono­cimiento de su mensaje. Lo han vivido ustedes entre Hijas de la Caridad y como Hijas de la Caridad a una Hija de la Caridad se dirigió la Virgen.

Juntas, demos gracias a Dios por la presencia y ayuda de los Sacer­dotes de la Misión en este Cursillo, por la venida de nuestro Superior General, por la presencia y enseñanzas del Padre Director, del Padre Jamet, del P. Álvaro y de tantos otros. Han contribuido a que compren­damos mejor, a que saboreemos más la alegría de nuestra pertenencia vicenciana, la fuerza de una espiritualidad específica de servicio y de amor humilde a Cristo en los pobres.

A lo largo del Cursillo, hemos sentido como la provocación, el desa­fío que nos lanzaba la disponibilidad de María a la Palabra de Dios y la fidelidad activa y humildemente tenaz de santa Catalina a su Misión.

Al ponernos ante estas enseñanzas de María y de santa Catalina, el Cursillo nos ha recordado las exigencias de la vocación vicenciana para la Misión:

  1. La percepción de nuestra identidad específica de siervas de Cristo en los pobres, dentro de la Iglesia;
  2. La disponibilidad a las Constituciones y Estatutos, en obediencia;
  3. La maduración del hacer misionero en la interioridad.

Pidamos a María la gracia de poder corresponder a esta vocación.

  1. Lc 1, 35; 2,27-28.
  2. Puebla, n. 1195.
  3. Puebla, n. 1184.
  4. Lc 2, 50-51.

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