Lucía Rogé: Circular de Renovación, 1979

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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CONSAGRACIÓN DE LA HIJA DE LA CARIDAD

París, 2 de febrero de 1979

Mis queridas Hermanas:

Nuestro Superior General, conociendo nuestro profundo deseo de entregarnos nuevamente a Dios, nos concede la gracia de renovar los votos el próximo 24 de marzo. A imitación de la Virgen María, diremos de nuevo sí a todos los deseos del Señor sobre nosotras. Y en un afán de buscar un amor más absoluto, renovaremos nuestro compromiso de vivir entregadas por completo a Dios para el servicio de los pobres.

La vida de la Hija de la Caridad se desenvuelve, por así decirlo, entre estos dos polos: Dios y los pobres. Pero no tiene que escoger entre los dos porque, en la fe, estos dos polos no forman más que uno. Nues­tra atención a Jesucristo y nuestra atención a los pobres son insepara­bles. El punto de vista de la Hija de la Caridad es el de la fe simple­mente, el de la fe más sencilla y más profunda: «En una mirada de fe, ven a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo, y se esfuerzan por servirlo en sus miembros dolientes».1

Las Constituciones son eco de las palabras de san Vicente: «Desde toda la eternidad estabais destinadas a servir a los pobres de la misma manera que nuestro Señor lo hizo».2

Es éste el punto fundamental sobre el que insiste continuamente: que imitemos a Jesucristo en nuestras actitudes y en nuestros actos. Tenemos que vivir de Él y modelar nuestra existencia sobre la suya; «reproducir a Jesucristo, sencillamente», o mejor, «revestirnos de Jesu­cristo»: «Hijas mías, habéis sido llamadas a la misma vida que Él llevó; por tanto, tenéis que obrar como Él».3

Ser «buenas cristianas», expresión de san Vicente, supone una adhesión a Jesucristo, pero nuestro santo Fundador añade a esto una dimensión más, una exigencia de totalidad en el amor. Siguiendo al Hijo de Dios, el Amor tiene que ser absoluto, un amor «soberano» que reine sobre todos los demás afectos: «quizá no sepáis, pregunta san Vicente, cómo se puede amar a Dios soberanamente… Se trata de amarlo más que a cualquier cosa, más que al padre, a la madre, a los amigos… más que a sí mismo».4

  • Amarle más que a todas las cosas, eso es la pobreza.
  • Amarle más que a nadie, eso es la castidad.
  • Amarle más que a sí mismo, eso es la obediencia.

De este modo, san Vicente pone a las Hijas de la Caridad ante la radicalidad de los Consejos Evangélicos. Y ellas los seguirán a imitación de Jesucristo, «manantial y modelo de toda caridad». A través de Él, descubren cómo vivir la consagración a Dios por amor y a su servicio, a fin de cumplir sus designios. «Dios, desde toda la eternidad, tenía sus pensamientos y sus designios sobre vosotras… ¡Qué verdad es que, desde toda la eternidad tenía Dios el designio de utilizaros en el servicio de los pobres!».5

Para realizar tal designio, la Hija de la Caridad va a aprender de Jesucristo la pobreza auténtica, sin afectación, pero de manera concre­ta. Cristo no poseía nada: ni un techo bajo el que guarecerse, ni ingre­sos fijos. San Vicente subraya que ni siquiera su doctrina le pertenecía, sino que la había recibido de su Padre: «Mi doctrina no es mía»6 o tam­bién: «Yo nada puedo hacer por mí mismo».7 Pobreza de total desposei­miento para dejar actuar a su Padre a través de Él. Cristo está presente en medio de los hombres, sin poder y sin apoyo, sin prestigio y sin pri­vilegio alguno. Sólo tiene una cosa que ofrecernos: Su amor salvífico. A imitación suya, la Hija de la Caridad busca una actitud de pobre y des­prendimiento. Sabe que así está más cerca de los pobres y que es capaz de compartir fraternalmente con ellos el amor que, incesante­mente, recibe de su Dios.

Prosiguiendo su meditación sobre la pobreza de Jesucristo, la Hija de la Caridad va a encontrar las exigencias de la castidad que la libe­rarán para cumplir los designios de Dios. Hemos de contemplar deteni­damente al Hijo de Dios, sopesar la densidad de su atención a cada persona, la plenitud de su presencia junto a los pecadores y, sin embar­go, su desprendimiento de toda atadura. Vive en permanente intimidad con su Padre y, a la vez, totalmente presente a los hombres, entera­mente entregado al cumplimiento de su obra de salvación. Del mismo modo, la Hija de la Caridad se entrega por completo a Dios y a los pobres. Para Dios y para los pobres, se conserva disponible, sin apego de ninguna clase: «…Apego quiere decir un afecto… continuo del cora­zón hacia alguna criatura, que hace que le neguemos a Dios el amor que le debemos y que apartemos de Él lo que le habíamos prometido voluntariamente».8

Amar soberanamente a Dios conduce a hacerle la ofrenda total de nuestra libertad y a reproducir la actitud de Jesús, «que se hizo obe­diente hasta la muerte».9 «Ser Hijas de la Caridad es ser hijas de Dios, jóvenes que pertenecen por entero a Dios, porque el que está en cari­dad, está en Dios y Dios en él».10

Este pertenecer a Dios, justificado por el amor, se traduce en un compromiso de sierva: «Hermanas mías, tenéis la dicha de ser siervas de Dios…, para ser buenas servidoras de Dios».11

La Renovación de la Hija de la Caridad constituye el tiempo fuerte y el medio privilegiado de este compromiso personal y comunitario. Nada, humanamente hablando, puede justificar todos los años, este volver a comprometerse el día de la Anunciación. Sólo un impulso de fe y de amor, cada vez más fuerte, puede explicarlo. Nos sentimos impulsadas por el deseo de que nuestra vida se haga, día tras día, unión con Dios, ofrenda de cuanto somos y de cuanto hacemos. Este don de todo nues­tro ser, deseamos realizarlo con una actitud de sierva, dulce y humilde de corazón y a través de la diversidad de actividades realizadas con sencillez y amor.

El pasaje de las Constituciones: «Se mantienen ante los pobres en una actitud de siervas»12 nos llama a un movimiento permanente de con­versión, a fin de aproximarnos sin cesar a Cristo, Servidor, y a María, la sierva del Señor.

Progresivamente nuestras conversiones de actitud deben arrastrarnos hacia la disponibilidad y hacia una auténtica aceptación de funciones.

Este servicio humilde, a imitación del de Cristo, se realiza en una dependencia que se caracteriza por el cumplimiento de una tarea enco­mendada por otro. La transformación de nuestro corazón comienza con el rechazo de nuestros reflejos de poder y de autoafirmación. Continuamen­te hemos de rechazar todos los puntos de referencia que giran en torno a nosotras y que dejan traslucir una confianza demasiado grande en nosotras mismas, muy cercana a la suficiencia de la persona que sabe, que puede, que juzga… ¡Qué difícil resulta a veces a los que nos rodean entrar en diálogo con nosotras! La sierva, sin embargo, está siempre a la escucha, siempre disponible sin imponerse: permanece eminentemente accesible a los demás. Dentro de una gran sencillez, se hace cercana, reduce las distancias y da el primer paso para responder a las llamadas.

El compromiso que vamos a renovar significa que queremos y acep­tamos esta condición de siervas, humildemente y con gran libertad inte­rior. Nuestra libertad es el fruto de la entrega total de nuestra vida a Dios, del amor soberano que actúa en nosotras. La Hija de la Caridad deja que Dios se haga cargo de su existencia. No se preocupa demasiado del porvenir, ni busca la seguridad a través de múltiples garantías. El exceso de prudencia y de previsión perjudica la disponibilidad y ensombrece la alegría del servicio fraternal. La Hija de la Caridad actúa por amor a través de un servicio desinteresado con sabor de gratuidad.

La Hija de la Caridad se dirige, por vocación y por elección, a los más sencillos, a los más desgraciados, a los que no salen de la miseria. Aunque sabe, como sabía san Vicente, que los que sirven a los pode­rosos, se benefician de su gloria y prestigio, sabe también, que no es ése el camino a que ha sido llamada: «Tenéis que pensar con frecuen­cia que vuestro principal negocio y lo que Dios os pide particularmente, es que pongáis mucho cuidado en servir a los pobres».13

Estas palabras de san Vicente resuenan como un eco en nosotras:

  • «Tenéis que pensar con frecuencia» es decir, no debéis olvidar nunca
  • «que vuestro principal negocio», al que hay que subordinar todo lo demás
  • «lo que Dios os pide particularmente»: es decir, lo que desea de vosotras por encima de todo,

ES QUE TENGÁIS GRAN CUIDADO EN SERVIR A LOS POBRES

¡Que esta idea se encarne en nosotras, hagamos lo que hagamos!

Una Hija de la Caridad está siempre al servicio de los pobres,14 pero también se puede afirmar que una Hija de la Caridad, cualquiera que sea su oficio, encuentra siempre pobres en su camino porque sabe per­cibirlos y reconocerlos. ¡Es una gracia que Dios le ha hecho! Y ante ellos, ¡qué fraternal debe ser su mirada, cómo debe invitar a la comuni­cación y permitir que expresen una llamada, que pidan un servicio! Todo lo que atañe a los pobres, repercute en ella y la lleva a la práctica de la solidaridad. Por vocación, pertenece a su misma «raza». «Es Dios quien os ha confiado el cuidado de sus pobres; y es a él también a quien encontramos en ellos: con esta creencia tenéis que servirles. ; alegraos y decid dentro de vosotras mismas: me acerco a esos pobres para hon­rar en sus personas a la persona de Nuestro Señor».15

La actitud de sierva va acompañada de una actitud de serenidad en medio de las tareas más duras y monótonas, repetitivas y austeras. Serenidad, porque esas tareas están iluminadas por la alegría de «hon­rar a Nuestro Señor Jesucristo». Ser sierva imitando a Cristo Servidor, es aceptar «no reservarse» nada, como nos dice san Vicente, pero sin sen­tirse por ello «molesta ni forzada» porque se hace por amor. El estilo de vida de la «sierva» que pertenece a sus «Amos» y se consagra a su ser­vicio, lo ha expresado san Vicente en una serie de siete proposiciones:

«Tendrán ordinariamente

  • por monasterio, las casas de los enfermos;
  • por celda, un cuarto de alquiler;
  • por capilla, la igleia de la parroquia;
  • por claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales;
  • por clausura, la obediencia;
  • por rejas, el temor de Dios;
  • por velo, la santa modestia».16

Estas proposiciones aparecen como disposiciones misioneras de orden temporal y espiritual plenamente actuales. El monasterio y el claus­tro, lugares donde están habitualmente las Religiosas, son, para las Hijas de la Caridad, «las calles de la ciudad y las salas de los hospitales», como un eco de la frase evangélica: «Jesús recorría las ciudades y aldeas».17

La celda -un cuarto de alquiler- determina el estilo de vida misio­nera…, en la que no cabe «instalarse»: ya se trate de una implantación o de una institución, nunca la Hija de la Caridad es propietaria, sino que siempre ha de estar dispuesta a dejar su sitio a una nueva inquilina.

La iglesia de la parroquia, nos recuerda que somos misioneras, como miembros de la Iglesia y todos juntos.

Pero capilla, monasterio, claustro y celda, son también lugares donde se ora, donde se encuentra a Dios. Y así ha de ser también en el caso de Hijas de la Caridad: «Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios».18 Sabe también encontrar a Dios en su celda interior.

Las disposiciones espirituales están representadas por la clausura, las rejas y el velo. La clausura y las rejas, son los límites que no se pue­den franquear. Para la Hija de la Caridad existen también esos límites, fuertes y sellados con el Amor de Dios, la fidelidad activa y libre, la obe­diencia a su Voluntad. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»…19 «es la misma señal que nos dio nuestro Señor».20

Las Reglas, y hoy las Constituciones, con lo que nuestra Madre Gui­Ilemin llamaba «el imperativo soberano de los santos votos», representan igualmente la clausura interior.

El velo, la santa modestia, significa el compromiso adquirido y asu­mido de vivir la radicalidad de la consagración a Dios, la entrega, ya hecha, sin embargo siempre renovada. «Esta radicalidad es necesario para anunciar de manera profética, aunque siempre muy humilde, la humanidad nueva según Cristo, totalmente disponible a Dios y total­mente disponible a los hombres».21

Por tanto, la nota dominante de nuestra consagración es:

LA RADICALIDAD DE LA ENTREGA A DIOS Y A LOS POBRES

«He aquí la esclava del Señor». Este versículo del Angelus recoge la espiritualidad de la Hija de la Caridad y resume su vida, que imita a la Virgen María.

Como María, hemos de acoger y aceptar libremente la Palabra de Dios: comprender y reconocer humildemente, gozosamente, que toda nuestra vida viene de Dios, se sitúa en Dios y se dirige hacia Dios. De María, cuando marcha apresuradamente a casa de su prima Isabel para prestarle servicio, tenemos que aprender a caminar en la presencia de Dios. ¡San Vicente y santa Luisa nos han insistido tantas veces en que hemos de estar atentas a la presencia de Dios en la vida cotidiana! Esta presencia de Dios, lejos de ser un ejercicio espiritual aislado, es una constante que da a nuestra vida diaria su dimensión profunda. Nos per­mite «hacer a Dios presente a los pobres»,22 siendo pobres nosotras mis­mas, que lo recibimos todo de Él.

«El Señor es contigo»… Buscando y sabiendo reconocer esta pre­sencia de Dios, conseguiremos ser auténticas siervas de sus designios sobre nosotras y sobre la Compañía…

Pidamos esta gracia, por intercesión de María, al aproximarse la Asamblea General y en el CL aniversario de su aparición a santa Cata­lina Labouré. Acudamos a ella para que nos obtenga la gracia de dejar que el Espíritu Santo actúe en nosotras, en la Asamblea y en toda la Compañía.

Por ello, trataremos de estar, en cierta manera «disponibles a lo impre­visible»; a la vez que solicitamos la gracia de la unidad en el amor, ten­gamos confianza, tengamos fe en esta unidad. Mantengámonos estre­chamente unidas unas a otras por el amor de Jesucristo y por nuestros sentimientos de humildad, de sencillez y de disponibilidad, como sier­vas que somos.

Está ya muy próximo un acontecimiento tan importante para la Com­pañía, como es la Asamblea General. Dirijamos nuestra mirada hacia Nuestro Señor Jesucristo, a quien debemos honrar y servir. Él es la fuen­te de nuestra esperanza. San Vicente y santa Luisa quieren que siempre y en todo recurramos a Él. En Él, se renovará la Compañía. Hacia Él, con nuestra vida, hemos de orientar a los pobres.

¡Que María nos obtenga también esta gracia!

Expresemos, con nuestras oraciones, nuestra gratitud al P. Richard­son, Superior General y al P. Lloret, Director General. Oremos igualmente, llenas de agradecimiento, por el P. Slattery, el P. Jamet y nuestra Madre Chiron.

Quedo afectuosamente unida a ustedes en la confianza y en la esperanza.

SOR LUCÍA ROGÉ
Hija de la Caridad

 

  1. C. 1. Ed. de 1975.
  2. IX, 535.
  3. IX, 772.
  4. IX, 37.
  5. IX, 231.
  6. Jn 7, 16.
  7. Jn 5, 30.
  8. IX, 775.
  9. Flp 2, 8.
  10. IX, 33.
  11. IX, 572.
  12. C. 33. Ed. de 1975.
  13. IX, 125
  14. Sor S. GUILLEMIN, pp.163-180.
  15. IX, 750.
  16. Reglas I, 2; IX, 1178-1179.
  17. Mt 9, 35.
  18. IX, 240.
  19. Jn 14, 15.
  20. IX 425.
  21. Juan Pablo II, a la UISG (Unión Internacional de Superiores Generales), 16 de noviem­bre de 1978.
  22. Pablo VI, junio 1965.

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