Lucía Rogé: Apertura del seminario en Venezuela

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

6 de julio de 1980

Comienzan ustedes su Seminario y quisiera que comprendieran su responsabilidad. El mismo san Vicente decía a las primeras Hermanas que los comienzos son la Edad de Oro, por eso tienen que ser ustedes muy fieles a las exigencias de la vocación, porque las que vengan des­pués harán lo que ustedes hayan hecho. Serán ustedes para ellas, modelo y referencia. Si son mediocres, ellas serán mediocres; si son verdaderas siervas de Cristo en los pobres, ellas, a su vez, se esfor­zarán para entrar en esta verdad de la vocación, dadas a Cristo con amor de verdaderas siervas. En efecto, la vocación a la que ustedes responden hoy, es una vocación de siervas de Cristo en la persona de los pobres.

Los pobres no tienen costumbre de tener sirvientas, lo que hace su servicio más difícil; tienen ustedes que servirles como si formaran parte, y de hecho forman parte, de su familia. Hay que estar lo más cerca posi-ble de ellos, de manera fraternal. Nadie rechaza la ayuda de su herma­no, su hermana, es una cosa natural. Así es como deben ir ustedes a los pobres, considerándose como familiares, sí, como parte de su familia, y es verdad.

Vivan pues, lo más sencillamente posible, próximas a ellos, espe­cialmente por la humildad. ¡San Vicente nos ha recomendado tantas veces la humildad! Con frecuencia insiste en los peligros del orgullo. Esta humildad debe florecer en la sencillez de sus relaciones con ellos. Al mismo tiempo, ustedes deben sentirse, como decía san Vicente, indignas de la gracia que se les concede de servir a Dios en su pre­sencia, porque, como dice san Vicente también, los pobres son los miembros dolientes de Cristo, es a Cristo a quien ustedes sirven en ellos con amor, devoción y compasión, delicadeza y amistad. Reconózcanse indignas de un honor tan grande, de una gracia tan grande, como decía san Vicente, pero a la vez, alégrense por esta gracia; alégrense de poder manifestar su amor a Dios a través de ellos; sírvanlos humilde-mente, con alegría y amor.

Para encontrar la fuerza con que combatir cada día el orgullo y entrar cada vez más en estas disposiciones de humildad y de mansedumbre, a ejemplo de Cristo, miren a María, mediten su vida, escuchen lo que les dice su Magníficat. Comprenderán así que lo esencial es ir a los pobres y servirles con humildad, alegría y amor.

Empiezan ustedes con el entusiasmo de una respuesta generosa a la llamada del Señor; pero esta respuesta debe continuar a lo largo de toda su vida. Por eso, debe repetirse todos los días. Todos los días ten­drán ustedes que esforzarse para mostrar en ustedes lo absoluto de Dios, para vivir su consagración con la misma lealtad en cualquiera de las situaciones en que puedan encontrarse.

Mostrar lo absoluto de Dios en nosotros, es vivir la pobreza. Pre­guntémonos acerca de nuestras posesiones interiores y cómo nos deja­mos esclavizar por el consumo que nos envuelve, como a los demás.

Mostrar lo absoluto de Dios es vivir la obediencia y la aceptación de una dependencia, de una entrega de sí a otro, a Jesucristo a través de mediaciones humanas, deficientes a veces, en una lealtad total, en una fidelidad al proyecto de la Compañía, las Constituciones.

Mostrar lo absoluto de Dios es vivir el voto de castidad en medio de una gran alegría, acogiendo a los demás en nuestras vidas, sin perder de vista nuestra vulnerabilidad y sin creer que podemos permitírnoslo todo; es vivir la mortificación dando a Dios preferencia sobre todas las demás cosas y todos los demás seres. Entonces, con esta perspectiva, ningún detalle es mínimo.

Por último, es orar. No dejar nunca la oración, como decía san Vicen­te, dirigir de continuo nuestra mirada hacia Él: «Dios mío, eres mi Dios», decía el Fundador enseñando a las primeras Hermanas a hacer oración.

Lo absoluto de Dios en nosotras es la contemplación en la acción, la visión de fe que acompaña al gesto de caridad y amor.

Pero la identidad de la Hija de la Caridad requiere que todo se haga con espíritu de pobreza interior, es decir, de humildad, que puede llegar hasta amar el desprecio, según una frase de san Vicente; porque así la vivió el Hijo de Dios. Éste es el espíritu de sencillez que coincide con la pobreza. Una Hija de la Caridad es sencilla cuando su espíritu ve a Dios en todo, personas, acontecimientos; cuando profesa el culto a la Provi­dencia y gusta de ponerse bajo la dependencia de Dios. Es sencilla en sus pensamientos, sus palabras, su comportamiento, sin afectación de ninguna clase. Es sencilla en su trabajo, disponible; sencilla en toda su vida, se contenta con poco.

San Vicente, para hablar de disponibilidad, emplea la palabra indi­ferencia. Contestando a una pregunta de santa Luisa, dice: «Estad siem­pre y en todo tiempo dispuestas a ir a todas partes y con cualquier Hermana». Esforcémonos por vivir nuestra vocación vicenciana en toda su amplitud; aceptemos el riesgo de encontrarnos con incomprensiones y críticas; esto es vivir el amor de Dios, esto es permanecer fiel al amor de Cristo.

Bueno, Hermanitas, traten de profundizar cada vez más, durante este año de Seminario, en la doctrina de san Vicente y de santa Luisa, doctrina que corresponde al designio de Dios sobre ustedes.

La Virgen será la que sostendrá siempre su marcha hacia Él, a tra­vés de toda su vida de siervas de los pobres. Que María las ayude, y que la alegría de pertenecer a Dios esté siempre con ustedes.

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