Los riesgos de un discurso: La correspondencia de Juan Gabriel Perboyre

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elie Delplace, C.M. · Traductor: Víctor Landeras, C.M.. .
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Introducción

En la Vie du bienheureux Jean-Gabriel Perboyre, su autor escribe:

En nuestro beato, el alma reinaba sobre todo su ser. Todos sus órganos la servían con edificante fidelidad; todos sus sentidos le obedecían, o más bien, ella los tenía en severa y dura esclavitud. Era un alma que no tocaba, por así decir, la tierra, y que vivía en medio de las debilidades de la humanidad, como un ángel que toma sus formas, cuando viene acá abajo para cumplir una misión celeste.1

De la misma manera, podemos citar también, como característica de este tipo de hagiografía, otro pasaje significativo:

Él hacía su gran estudio de Jesús crucificado; a sus pies, buscaba la luz y la fuerza, lloraba sus pecados y los de los demás, olvidaba todo, se olvidaba de sí mismo y se encontraba, por así decir, en otro mundo.2

¿Puede darse uno cuenta, como historiador, de las motivaciones profundas de un hombre que, situado en un contexto particular, compromete toda su vida en el seguimiento de Cristo, evitando las trampas de esta historia teleológica tan bien caracterizada por estas citas? Dejando sin salida a estos condicionamientos humanos de la misma manera que reduciendo la vida de un hombre a un lacónico es de su tiempo, sin ser cauto en ello, se corre el riesgo de dejar de lado lo que constituye la singularidad de un encuentro. ¿Podemos evitarnos reducir lo que puede molestarnos al integrarlo en nuestras categorías familiares para aceptar entrar en diálogo con este representante de una época revuelta que nos recuerda, sin embargo, la actualidad del mensaje cristiano?

Para esto, nos proponemos, dentro de los límites de este artículo, dar cuenta, de manera precisa y concisa, de la weltanschauung(como «visión metafísica del mundo, subyacente en una concepción de la vida»)3 de Juan Gabriel Perboyre y, para ello, partir de lo que él mismo expresa de manera explícita. La correspondencia del santo es manantial preciso para captar este discurso -fundamento de una acción- ya que, dentro de la diversidad de los destinatarios, nos da acceso a esta representación. Al abordarlo, evitaremos separar las realidades de lo alto y las terrestres, para dialogar con este presupuesto unificado del pensamiento y de la acción.

Grandeza de Dios; indignidad del hombre

En las cartas de Juan Gabriel Perboyre, encontramos, ante todo y masivamente, una conciencia viva de la grandeza de Dios. Se trata ciertamente de una religión severa4 que tiene en cuenta la unidad de Dios, como es el caso en el siglo XIX. Dios es Aquel que está en el centro de esta weltanschauung,y todo converge hacia Dios. Esto se caracteriza, ante todo, por una lectura providencialista de la historia del mundo,5 de la misión en China,6 de la Congregación,7 e incluso de la historia individual y personal.8

La justicia y la misericordia de Dios caracterizan esta providencia que ordena todo en el mundo. Para ilustrar esta concepción fundamental, podemos citar este pasaje de una carta del 27 de octubre de 1830 a su hermano Luis que, en Le Havre, está a punto de embarcar para la China. Haciendo referencia a una profecía que corre en nuestros países y que anuncia la conquista de París por los árabes, Juan Gabriel expone lo que puede aparecer como el presupuesto fundamental de su concepción de la historia:

Sea lo que sea de todas estas predicciones verdaderas o falsas, somos dichosos, en medio de las conmociones políticas y de las calamidades temporales, de tener a un Dios por Padre que sólo nos castiga para hacernos buenos, que tan sólo permite el mal para sacar bien de él. Que el que introdujo el desorden en el mundo perturbe y trastorne todo, Dios sabe llegar a sus fines y procurar, por su providencia adorable, su mayor gloria y la santificación de sus elegidos. En Él solo, nuestra esperanza, nuestro único recurso. Él es nuestro todo, que Él lo sea eternamente.9

Se trata aquí de la clave esencial para comprender el pensamiento y la acción del santo y, ciertamente también, de la Iglesia de Francia al salir de la Revolución que trastornó el orden del Antiguo Régimen.

Si Dios está en el centro, en consecuencia, el tiempo se encuentra como orientado para permitir la realización del proyecto divino. El hombre es invitado a entrar en esta dinámica, tanto más cuando se trata del misionero. Juan Gabriel, en una carta del 25 de septiembre de 1837, expresa este dinamismo al P. Martin, Director del Seminario Interno:

No puedo dejar de expresar, ante Dios, el gran deseo que tengo de que haga, al fin, llegar el día en que este vasto Imperio deba convertirse en su heredad, participar de las gracias que le están reservadas en los tesoros de sus misericordias10

En lo opuesto a Dios está el mundo. Uno queda sorprendido hoy ante esta perspectiva esencialmente pesimista pero, en la medida que la finalidad última del hombre es volverse hacia Dios y trabajar por su grandeza, el mundo representa la vía opuesta o, al menos, esta opción del rechazo del Dios Uno. A la misericordia de Dios, se opone la desolación de nuestro mundo. Juan Gabriel Perboyre escribe así a uno de los Asistentes de la Congregación, Juan Grappin, el 18 de agosto de 1836:

Cuanto más uno recorre la tierra más se sorprende de la verdad de estas palabras: misericordia Domini plena est terra; pero más también de la verdad de esto: desolatione desolata est terra. Sí, de cualquier lado que uno se vuelva, la encuentra infestada de vicios y sucia de iniquidades. Hay santos que han muerto de dolor por ver a Dios tan ofendido de los hombres.11

Para el hombre, se trata entonces de escoger: Dios o el mundo. La salvación es el gran negocio12 y se prepara aquí abajo. El menosprecio de los valores terrestres es una consecuencia de tal predicación. Es lo que expresa a Antonio, su hermano menor, de manera directa:

No olvides, mi querido hermano, que nuestra vida desaparece como una sombra, y que, en la muerte seremos tratados como lo hayamos merecido por nuestros pecados o por nuestras virtudes. Ten horror de los placeres de este mundo. Busca siempre, por encima de todo, los intereses eternos; todo lo demás sólo es vanidad.13

Esto es también expresado, de manera más directa, cuando anuncia, a sus padres la muerte de su hermano Luis, en la carta del 15 de febrero de 1832:

Despreciemos el mundo, desprendámonos de todas las cosas de la tierra, consagrémonos a Dios solo y a su servicio; tan sólo recogeremos, al morir, lo que hayamos sembrado durante la vida.14

Asimismo, cuando se entera de que su padre está enfermo, en una carta del 14 de enero de 1834 a su hermano Antonio, escribe:

El buen Dios no le aflige sino por su bien, puede estar seguro de ello. Al sufrir expía las penas que tendría que soportar en el Purgatorio y merece una mayor gloria para el cielo. Así, le ruego que aproveche estas gracias de la enfermedad con una santa resignación y una paciencia perfecta. Le aconsejo mucho que haga, durante su convalecencia, una confesión general de toda su vida.

Y Juan Gabriel se aprovecha para desarrollar esta espiritualidad tradicional, en ambiente cristiano, de este arte de morir:

En el instante que el Padre celeste juzgue a propósito para llamarnos a Él, debemos encontrarnos enteramente dispuestos. Toda enfermedad debe ser una preparación continua para una santa muerte; nos ha sido concedida para obtener una muy preciosa eternidad. En cuanto a ti, mi querido hermano, aunque seas todavía joven, piensa que puedes morir todos los días. Vive como si cada día fuera el último de tu vida. Por otra parte, no podemos, ni demasiado pronto ni demasiado cuidadosamente, amontonar tesoros para el cielo. En lugar de imitar a quienes pierden el tiempo de la juventud en vanos placeres, aplícate, con lo mejor de ti, a observar la Ley de Dios.15

El sufrimiento está integrado en esta espiritualidad y Juan Gabriel resume este principio a su primo de Montgesty en 1833:

El buen Dios castiga a los que ama: considera los sufrimientos como regalos del cielo y como excelentes medios de santificación y de salvación.16

Esta imposibilidad del hombre para salvarse en el mundo es asimismo lo que experimenta él a nivel de su propio itinerario. Antes de entrar en el Seminario de Montauban, en la carta a su padre del 16 de junio de 1817 -la primera de las que disponemos-, escribe:

He consultado a Dios para conocer el estado que debía abrazar para ir más seguramente al cielo. Después de muchas plegarias, he creído que el Señor quería que entrara en el estado eclesiástico.17

Cuando ya es sacerdote, hace poco menos de dos años, comparte con su hermano Luis esta confidencia, el 11 de julio de 1828:

Me veo en mi vigésimo séptimo año: ¡ay, en mi vida pasada, qué horrible vacío para la eternidad!18

Finalmente, en su última carta a Juan Bautista Torette, Procurador en Macao, fechada el 16 de agosto de 1839, da testimonio del mismo sentimiento a propósito de gastos para comprarle bragueros de hernia:

En suma, que los gastos hechos para mí en esto, son ciertamente inútiles, lo creo y lo confieso, con tanta menos dificultad cuanto que concibo, cada vez más, la inutilidad de todos los que he ocasionado a la Congregación después de veinte años que estoy a su cargo, y le aseguro que es ésta una de mis mayores penas, que durará sin duda mientras el buen Dios me soporte en este mundo.19

Esta conciencia de la vacuidad de la existencia humana -sentimiento de la criatura ante su Creador-, ya que, en todas las cosas, le es deudora, se ve redoblada por la carga pastoral. Para anunciar la fecha de su ordenación sacerdotal, escribía a su padre el 24 de agosto de 1926:

Está pues determinado, mi queridísimo padre, y no está ya muy lejano, el día en que el Señor debe imponer, para siempre, sobre mi cabeza, el yugo del sacerdocio; ese día será el más grande de mi vida. ¡Qué dicha para mí si pudiera recibir el presbiterado con todas las disposiciones requeridas! ¡Qué manantial de gracias para mí y los demás! Es preciso que la misericordia de Dios sea muy grande para escoger ministros tan indignos; usted sabe qué poco había merecido yo este insigne favor. Suplique, se lo ruego, a nuestro Señor, que no permita que yo abuse de las gracias que tiene a bien concederme.20

La majestad de Dios da la medida de la insignificancia del hombre en cuanto que ella recuerda también la grandeza y la belleza de este proyecto de Dios para el hombre.

Historia

Encontramos esta misma perspectiva pesimista en referencia al tiempo presente. A su hermano Luis que le anuncia que va a enseñar filosofía, Juan Gabriel le responde en su carta del 24 de mayo de 1828:

No es pequeña tarea ser profesor de filosofía en una época en que cada cual se forma, sobre este saber, las ideas que le place, en que cada cual tiene su sistema, sus opiniones; en que hay tantas escuelas como maestros.21

La ruptura fue introducida por la Revolución francesa, y el santo reitera el mismo diagnóstico alarmista que los adversarios de la revolución y los defensores del catolicismo ultramontano. A su hermano Luis, le escribe en julio de 1831, a Macao:

El señor Conde de Maistre22 decía, en 1820, que Europa se iría con él a la tumba; tú, que para no ser engullido con ella, te has apresurado a alejarte de la misma, has de tener curiosidad por saber si le queda todavía un soplo de vida. He aquí el parte facultativo; en él, verás que la enferma se encuentra aún en estado de sufrimiento; y, por las crisis que ha tenido que padecer, juzgarás qué debe quedarle de vigor en sus miembros languidecientes.23

El mundo está como arrastrado por esa ley de la entropía que le lleva inexorablemente hacia el desorden. Esta carta de julio de 1831 a su hermano Luis24 es ciertamente la más interesante para percibir la concepción política del misionero. En ella, en efecto, desarrolla un discurso de defensa de la legitimidad y de la legalidad:

Desde la Revolución de julio, han venido sucediéndose los ministros con la rapidez del relámpago. El gobierno ha tenido que batirse a menudo con los anarquistas de las calles de la capital y que espiar las maquinaciones reales o pretendidas de los partidarios del Antiguo Régimen.25

En un mismo movimiento, rechaza al populacho de París y al cismático Gregorio. A este respecto, refiere a su hermano:

Con ocasión del servicio fúnebre que había sido realizado imprudentemente en el aniversario de la muerte del duque de Berry, el populacho de París saqueó horriblemente la iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois, el palacio del Arzobispo y su casa de campo.

La iglesia de la Abbaye au Bois ha sido indigna y legalmente profanada. El Ministro del Interior introdujo en ella, por medio de la fuerza, el cadáver del cismático Gregorio,26 antiguo obispo constitucional, que persistió hasta la muerte en todos sus errores.27

Lo primero es ciertamente el respeto al orden y a la tranquilidad. De hecho, toda forma de desorden es contraria a las santas ocupaciones. Por otra parte, lo esencial se encuentra a este nivel. De manera significativa, saca las enseñanzas morales de esta situación política para su hermano menor Antonio, en la carta del 14 de abril de 1834

Ha habido estos días, en París, algunos disturbios; ahora está acabado. Ha habido unos hombres muertos, otros heridos. […] Nuestro barrio está muy tranquilo; además, nos hallamos bajo la protección de San Vicente de Paúl, nuestro buen padre, cuyo cuerpo está expuesto a la veneración del público en nuestra iglesia. Una gran muchedumbre de pueblo se presenta todos los días, esta semana, con motivo de la novena que se celebra en su honor. Esto te prueba que, en todas partes, mientras unos trabajan por su perdición, otros se ocupan en su salvación. Trata, querido hermano, de imitar a estos últimos.28

La Revolución, que aparece como una pérdida de tiempo y un desperdicio de energía, es temida. En la carta a su hermano Luis del 24 de agosto de 1830 -justamente después de la Revolución de julio que derrocó a los Borbones para implantar una monarquía constitucional con Felipe de Orleans -, escribe no sin cierta pizca de exageración:

He estado en trances mortales desde la primera noticia de la Revolución, ¡hasta el momento de saber que estabas seguro!

Prosigue aún, refiriendo un rumor:

Derramé asimismo un torrente de lágrimas cuando me dijeron que el cuerpo de San Vicente de Paúl había sido arrojado al Sena, y no me consolé hasta verme perfectamente desengañado. ¡Que el Señor siga favoreciendo con su divina protección a ti y a todos los hijos de San Vicente!29

Si no hay nunca cuestión, en la correspondencia de Juan Gabriel Perboyre, de los riesgos fundamentales de la Revolución francesa, ella ocasionó fundamentalmente una laguna funesta,30 perjudicial al plan de Dios mismo. Afortunadamente que, al final,

el Señor, habiendo restablecido en Francia la familia de San Vicente y habiéndola puesto en estado de cumplir todos sus compromisos, ella acudió de nuevo en socorro de los chinos.31

Lo político no ofrece ningún interés; sólo cuenta lo sobrenatural y, para el hombre concretamente, se trata de asegurar su salvación.

L’Avenir, el «sistema del Señor de Lamennais»

En este contexto, la sola actitud favorable donde son tal vez abordadas las cuestiones de fondo, se sitúa en referencia al diario L’Avenir de Félicité Robert de Lamennais,32 cuya divisa era Dios y la libertad y aparece después de la Revolución de julio, desde el 16 de octubre de 1830 al 15 de noviembre de 1831. Es la característica de la actitud del clero de Francia que manifiesta un gran interés por tal diario. Es en la carta a Luis, en Macao, escrita hacia julio de 1831, donde Juan Gabriel Perboyre es lo más explícito sobre esta cuestión:33

Una palabra sobre el diario L’Avenir. Como tú sabes, es redactado por un ejército de intrépidos ultramontanos cuyo capitán es el Señor de Lamennais. Las doctrinas que se difunden en él no son otras que los principios mejor desarrollados que el Señor de Lamennais había expuesto ya en su obra de los progresos de la Revolución. No te puedes dar una idea de cuánto ha removido este diario los espíritus. A la generalidad de los obispos de Francia no les agrada. Con todo, pasa poco más o menos en todas las diócesis. Hay, por todas partes, fervientes partidarios y numerosos adversarios. Ha hecho fortuna en Bélgica. En Roma, los hay en pro y en contra. Los señores redactores han dirigido una declaración a la Santa Sede en la que exponen sus principios filosóficos, teológicos y políticos, suplicando al Santo Padre que decida sobre las cuestiones delicadas que le someten. Pero Roma no ha respondido nada, desde hace cuatro o cinco meses que tal declaración le fue enviada.34

Desde 1828, en su carta del 24 de mayo, el sistema del Señor de Lamennais era un tema de intercambio con su hermano Luis, y Juan Gabriel Perboyre, al corriente de la actualidad literaria, precisaba:

En cuanto a la doctrina de éste último […] existe un buen número de obras que pueden satisfacerte perfectamente sobre esto.35

Finalmente, en una carta a su primo, párroco de Jussies, en el cantón de Catus, encontramos otra referencia importante que permite reconocer su actitud:

Nuestro tío de Montauban acaba de escribirme que ha surgido una gran tormenta contra nuestros señores de Cahors, a causa de las opiniones lamenesianas. Yo tengo cierta dificultad en creerlo, sea porque su gran aversión hacia el Señor de Lamennais hubiera podido ciertamente hacerle caer en la exageración, sea porque nuestros cohermanos son muy reservados al respecto. Y ¿cómo se puede perseguir a unos hombres que no creen tener sino las opiniones de la Santa Sede, y que a ellas se atienen en su corazón hasta que la Santa Sede haya pronunciado que se equivocan? Está bien a tu alcance conocer la verdad, yendo con frecuencia a Cahors. ¿Querrías decirme lo que hay de esto?

He leído los dos primeros números de la Gazette du Clergé. Ella se acerca mucho a L’Avenir en cuanto al fondo de las doctrinas, pero es más moderada y más suave en las formas, y le es inferior respecto al talento de la redacción. Te diré que los célebres peregrinos han llegado a Roma. Pasarán allí un mes antes de presentarse ante el Papa, para ver, en la espera, cuál es la atmósfera burocrática. El Señor de Lamennais ha estado muy fatigado del viaje. En cuanto el Legado de Florencia se enteró de que había llegado a esta ciudad, se apresuró a invitarle a su mesa y le recibió de la manera más espléndida en medio de los más distinguidos comensales. Te gustará saber que el autor del Essai sur l’ indifference36 ha compuesto un ensayo sobre la filosofía católica, que -dicen- eclipsará todas sus otras obras. Pero, antes de hacerlo aparecer, quiere resolver la querella de L’Avenir.37

Es solamente en este marco donde J. G. Perboyre manifiesta y expresa un interés por las cuestiones socio-políticas, más para, a imagen del joven clero, difuminarse rápidamente con la condenación de Roma.

Misionero

Esta actitud de ruptura respecto al mundo se manifiesta concretamente con la marcha del misionero a otro país. Para comprender esta espiritualidad misionera, podemos referirnos a dos pasajes significativos de las cartas de Juan Gabriel: está primeramente la carta a su hermano Luis del 8 de octubre de 1830, donde reacciona ante la noticia de su salida para la China:

La naturaleza se aflige, pero la fe viene a dar consuelo. Para sostener mi debilidad y aliviar mi pena, me represento la gloria que demostrarás a Dios y la salvación de las almas que tendrás la dicha de arrancar de la esclavitud del demonio. La esperanza de volverte a ver, si no aquí abajo, al menos, en la patria celestial, endulza la amargura de mi dolor. Vete, pues, mi queridísimo hermano, vete adonde la voz de Dios te llama. Te llevas mis pesares, pero mis felicitaciones te seguirán por todas partes.

[…] ¡Que los ángeles tutelares de los países infieles que estás destinado a evangelizar te saluden a tu llegada, te secunden en todas tus empresas y te obtengan inmensos éxitos en el establecimiento del Reino de Dios! ¡Que podamos uno y otro vivir la vida de los santos y morir la muerte de los elegidos!

Temo no haber sido fiel a la vocación que te ha dado el Señor. Pídele que me dé a conocer su santa voluntad y me conceda que corresponda a ella. Consígueme de su misericordiosa bondad el perdón de mis miserias y el espíritu de nuestro estado, a fin de que llegue a ser un buen cristiano, un buen sacerdote y un buen misionero.38

Luego, está el anuncio, a su tío, de su propia salida para esta misma misión, en una carta fechada en febrero de 1835:

Tengo una gran noticia que anunciarle. El buen Dios acaba de favorecerme con una gracia muy preciosa y de la que yo era bien indigno. Cuando se dignó darme la vocación para el estado eclesiástico, el principal motivo que me decidió a responder a su voz fue la esperanza de poder predicar a los infieles la buena noticia de la salvación. Desde entonces no había perdido completamente de vista esta perspectiva, y la idea de las misiones de China sobre todo ha hecho palpitar siempre mi corazón. Pues bien, mi querido tío, al fin, mis deseos han sido escuchados hoy. Fue el día de la Purificación cuando se me otorgó la misión para la China, lo que me hace creer que, en este asunto, debo mucho a la Santísima Virgen. Ayúdeme, por favor, a darle gracias y a pedirle que dé gracias al Señor por mí. Voy, pues, a partir con dos de nuestros jóvenes cohermanos y varios sacerdotes de las Misiones Extranjeras.

[…] Que Dios se digne concederme las gracias que necesito para hacer una feliz travesía, para vivir y morir como verdadero misionero.39

Dios está al comienzo y al término de todo compromiso. En este espacio, se inscribe la tarea del misionero que consiste en establecer el Reino de Dios. No hay ninguna autonomía porque, en toda iniciativa del hombre, se trata de reconocer la acción de Dios.

Con la salida hacia la China el 21 de marzo de 1835, la ruptura que no ha dejado de vivir se hace efectiva. Unos días antes de embarcar, escribe a su tío, el 18 de marzo:

Me apresuro a enviarle de nuevo mis adioses antes de dejar esta patria que va a dejar de ser la mía.40

Él realiza este ideal de separación que asume toda su vida espiritual de manera radical.41

La vida, para Juan Gabriel, es considerada como un combate por Cristo. La obediencia enteramente militar del misionero se inscribe en esta perspectiva. Al señor Torrette, le escribe el 15 de julio de 1835:

Muy dichoso de combatir bajo sus banderas, me entrego sin reserva. Trabajaré bajo el cohermano que usted quiera, iré adonde a usted guste, incluso a la Tartaria o más allá. Será suficiente con que pueda usted sacar de mí algún partido.42

Al Superior General, Juan Bautista Nozo, le declara en una carta del 19 de diciembre de 1835:

Soldado en quien la temeridad tiene lugar de coraje, he sentido estremecerse mi corazón al acercarse el combate. Nunca he estado más contento que en esta circunstancia. No sé lo que me está reservado en la carrera que se abre ante mí: sin duda bien de cruces, es el pan diario del misionero. Y ¿qué puede uno desear mejor, yendo a predicar a un Dios crucificado? ¡Que Él me haga gustar las dulzuras de su cáliz de amargura! ¡Que Él no permita que alguno de nosotros degenere de los bellos modelos que nuestra Congregación nos presenta en estos países lejanos!43

Aprendiendo las sutilezas de la lengua china, el misionero añade, en una carta a su hermana Antonieta de noviembre de 1835:

Cuando la sepamos un poco pasablemente, nos serviremos de ella para hacer la guerra a Satán en el vasto Imperio de la China, donde hay tantos millones de infieles.44

El misionero que se arriesga en tierra enemiga45 debe perseverar:

No era del todo inútil acordarse desde entonces que sufrir hace la mitad del misionero.46

Recogiendo la imagen de san Pablo, y conectando con sus largos y penosos desplazamientos, escribe a su tío el 10 de agosto de 1836:

Si he venido de tan lejos, es indudablemente para correr en esta arena. Quiera Dios que corra en ella de modo que alcance la incorruptible corona.47

El misionero, familiar del sufrimiento, coopera así en el proyecto de Dios. Si respecto a su persona Juan Gabriel cuida de no magnificar sus ruines esfuerzos –él no es nada por sí mismo: pobre aborto48 le basta con ser un animalito de trote menudo–,49 se complace en describir las cualidades y las virtudes que encuentra en sus cohermanos (en particular los señores Laribe y Rameaux)50 y propone un cuadro exigente para el misionero: al señor Martin, que es director del Seminario Interno, le describe los riesgos de la formación en una carta del 4 de noviembre de 1835:

Ve usted qué devoción debe inspirar a los sujetos que forma para nosotros. Deben estar llenos de santidad y de prudencia. Quien dice un santo, dice un hombre que posee todas las virtudes en un alto grado de perfección. La prudencia supone una gran rectitud y cierta fuerza en el juicio; abarca el espíritu de discernimiento y de buena conducta y requiere, para la realización del bien, la fuerza de alma y una constancia invencible. Esta prudencia no debe ser simplemente una cualidad natural, sino también un don sobrenatural, debe ser una mente celestial. Después de todo, si la misión da a los apóstoles la autoridad, sólo la comunicación del Espíritu de Dios les da el poder de convertir el mundo.51

En toda cosa, se trata de reconocer la iniciativa y la obra de Dios.

Dos cosas son, pues, inseparables para el misionero: trabajar en su propia santificación y dedicarse a la salvación del prójimo. A sus padres, les escribe el 22 de agosto de 1836:

Mis queridísimos padres, no tengáis otra preocupación por mí que la de rezar para que me salve yo y contribuya a la salvación de los demás.52

Pidiendo a un sacerdote que siga rezando para que él obtenga la protección del Señor, Juan Gabriel añade en una carta del 22 de agosto de 1837:

a fin de que tenga yo la dicha de contribuir un poco a su gloria realizando mi salvación y cooperando a la del prójimo.53

En esta perspectiva, la oración es tan importante como la acción, ya que se trata ciertamente de vivir esa disponibilidad en Dios. En carta a su tío, haciendo referencia a la Obra de la Propagación de la Fe,54 insiste sobre la doble dimensión de la oración: de una parte, como súplica para permitir la conversión de la China:

Si usted ve elevarse de todas partes oraciones cada vez más numerosas, cada vez más fervientes, puede juzgar mejor de lejos que nosotros de cerca si el Reino está próximo a esta gran nación.55

Y, de otra parte, como lucha contra Satán, formula este deseo:

¡Que todos sus hermanos en Jesucristo se inflamen en un mismo celo por los intereses de nuestro divino Rey, se alisten en la misma milicia espiritual, y tomen las armas de la oración para seguir arruinando el imperio de Satán!56

Misión

El reflejo que consiste en idealizar el pasado, parece característico del presente posrevolucionario. El presente es degradación y toda la cuestión es ciertamente hallarse a la altura de este prestigioso pasado. Respecto a la misión, Juan Gabriel Perboyre lamenta ante todo la situación del comienzo del siglo XVIII: al Vicario General de Saint-Flour, le escribe el día 16 de agosto de 1836:

Los misioneros tienen ahora, en la misión de Pekín, una posición muy diferente de la que allí ocuparon antes. Entonces, aunque sólo fueron admitidos en Pekín como sabios europeos, llamados a formar una academia de ciencias y de artes, podían, en consideración a este título, ejercer, en el interior de la Capital, todas las funciones del misionero: dirigir un seminario, predicar continuamente la religión en su iglesia, recibir en su casa a más de doscientos ejercitantes por año, formar catequistas, explicar a diario los casos de conciencia a los sacerdotes chinos -durante dos meses de vacaciones que tomaban junto a ellos al volver de misión-, atender a los cristianos en los diversos barrios de la ciudad, de donde sabían asimismo escaparse secretamente, a pesar de las prohibiciones del Emperador, para ir a misionar al campo, etc.57

A nivel de las misiones, Juan Gabriel insiste, por una parte, sobre la miseria de los cristianos de China. Desde Macao, escribe, sin haberlo constatado de visu: Nuestras cristiandades se encuentran generalmente en grandísima miseria.58

A su tío, desde el Honan, el día 16 de agosto de 1836, le precisa: Los que no mueren, viven casi de nada.59 Recuerda la extrema miseria60 a su primo Caviole, párroco de Catus, en una carta del 12 de septiembre de 1838. Por otra parte, como asociado a esta miseria material, está el pequeño número de los cristianos:

Dispersos por toda la superficie del Imperio, [los cristianos] son, dentro de la multitud de los paganos, como unos pececitos en el mar; entre mil trescientos o mil cuatrocientos, apenas encontramos un solo cristiano.61

Describiendo la misión de China, escribe en una carta del 22 de agosto de 1837 a un sacerdote de la parroquia de Saint-Eustache:

Hay, en China, una cuarentena de sacerdotes europeos y unos 80 chinos. Tal número de obreros no es suficiente para atender a los únicos cristianos que, no obstante, en medio de esta innumerable población china que sirve al demonio, sólo aparecen como raras espigas que escapan de la hoz del segador. En las diversas provincias, se convierten de vez en cuando paganos, pero todavía en una tan grande masa, es un punto insensible. Es necesario esperar de Dios, cuyos juicios son impenetrables, que haga entrar un día esta gran nación en el seno de su Iglesia. La vida de los misioneros en China es totalmente apostólica; transcurre en medio de las fatigas y de los peligros; los tres cuartos del año hay que recorrer vastos distritos para dirigir las cristiandades, predicando, administrando todos los sacramentos, etc., viviendo frugalmente en un país donde el rico come bien como en todas partes, pero donde el pobre no tiene siempre un poco de arroz para alimentarse…62

Un año más tarde, en una carta a su primo Caviole, párroco de Catus, escribe el 12 de septiembre de 1838:

Ella es, tú lo sabes, un vasto campo convertido en una gran mies; pero sus obreros evangélicos son, en proporción, un muy pequeño número. Aun perteneciendo a diversos cuerpos y a diversas naciones, trabajan todos concertadamente, en unidad de miras y de doctrina, unidos por los lazos de un mismo espíritu, con un celo igual e infatigable en sostener los mismos trabajos y en llevar la misma cruz, igualmente convencidos de que, si la mano de Dios no se mete en ello, nada puede la del hombre. Tales disposiciones secundadas por las oraciones fervientes y continuas que se hacen en la Iglesia en pro de la conversión de la China, son tal vez el mejor presagio que podemos tener, hoy, de que se preparan días de misericordia para esta inmensa población, hasta ahora extraña a la vida de Dios. Si no ha de otorgársenos ver lucir tales dichosos días, no cesemos, al menos, de llamarlos con todo el ardor de nuestros deseos.63

En estas presentaciones que insisten sobre todo en el pequeño número, encontramos una descripción idealmente apostólica del trabajo misionero. Éste, con toda la Iglesia, está como en tensión hacia la realización del proyecto de Dios.

A manera de conclusión

La misión vivida por los misioneros en China en el siglo XVIII se inscribe dentro de un contexto preciso, tanto a nivel interior – el catolicismo en Francia debe recuperar sus señas tras el desorden de la Revolución – como de cara al exterior: la llamada a convertir este vasto Imperio donde reina Satán. De un lado como del otro, Dios todopoderoso es el actor principal. No obstante, a nivel de Occidente, el tiempo parece llevar a la muerte, mientras se anuncia: felices días del otro lado. El misionero se encuentra comprometido es esta lucha de dimensiones mundiales.

Uno se da cuenta asimismo de la unidad de la weltanschauung de Juan Gabriel Perboyre, la cual podemos caracterizar como una espiritualidad del sufrimiento y de la ruptura, del combate y de la gloria. En efecto, lo que es determinante es la salvación, es decir, la elección definitiva de Dios. El mundo no presenta ya otro interés que ser lugar de paso, arena donde se prepara la eternidad. No tiene interés ninguno en sí mismo y presenta el riesgo considerable de hacer olvidar la finalidad última del hombre.

Recogiendo las palabras de Paul Ricoeur:

Lo que nosotros queremos honrar a título del pasado, no es que él ya no es, sino que fue. Entonces, el mensaje de la historia a la memoria, de la historia al hombre de memoria, es añadir al trabajo de memoria no sólo el duelo de lo que ya no es, sino la deuda de lo que fue.64

Podemos, finalmente, reconocer la importancia de este estudio, a partir de la correspondencia de Juan Gabriel Perboyre. Este trabajo de historia nos permite tomar la medida de la distancia que hay entre un testigo de la fe – Juan Gabriel Perboyre – y nuestra época contemporánea. Y, al mismo tiempo, hemos de reconocer la deuda que tenemos con él. Entregarse a esta tarea es escuchar otra invitación y dejar que tenga eco en nuestra propia vida diaria –que es lo más cercano a nosotros –; en otras palabras que son más familiares a nuestra cultura, una Buena Noticia.

  1. La Vie du bienheureux Jean-Gabriel Perboyre, Paris, Gaume et Compagnie, 1889, p. 53.
  2. Ibid. p. 79.
  3. Petit Larousse 2001.
  4. Cf. CHOLVY G. – HILAIRE Y.-M., Histoire de la France contemporaine 1800-1880, Toulouse, Privat,1985, pp. 58-65.
  5. A modo de ejemplo, podemos recordar lo que escribe el 8 de noviembre de 1838 al procurador de Macao: Debemos abandonarnos a los cuidados de la Providencia, que gobierna todo en este mundo con o sin o contra la destreza humana. Saint Jean-Gabriel Perboyre, Correspondance, Roma, Congrégation de la Mission, 1996 (nueva edición revisada y corregida), p. 192.
  6. En su carta del 16 de agosto de 1836: ¿Cuándo habrá penetrado en esta enorme masa este poco de levadura? Es el secreto de Aquel que tiene los tiempos en su poder, op. cit. p. 203.
  7. Al final del año1837 escribe: No es sin un designio particular que Ella (la Providencia) les ha hecho entrar los primeros [Laribe y Rameaux a quienes J. G. Perboyre propone como Vicarios] en nuestras misiones de China, que se ha servido de ellos para resucitarlas y ponerlas en un estado que podemos llamar ya próspero, a pesar del triste deterioro en que las habían encontrado, pp. 262-263.
  8. Durante su viaje rumbo a China, el barco atraviesa una tempestad y J.G. Perboyre propone esta lectura en una carta del 29 de junio de 1835: Aunque manteníamos nuestra alma en paz, queriendo abandonarnos al beneplácito de Aquel que conduce a las puertas del sepulcro y retira de ellas, Él tuvo a bien hacernos salir a todos sanos y salvos de aquel trance, p. 104. Cf. p. 122. Él precisa más a su tío, el 10 de agosto de 1836: Poníamos tanto más nuestra confianza en la Providencia de Dios cuanto menos contábamos con la nuestra y la de nuestros guías, p. 176.
  9. p. 44.
  10. p. 251.
  11. pp. 222-223.
  12. CHOLVY – HILAIRE, op. cit., pp. 59-60.
  13. 20 de enero de 1835, p. 97.
  14. p. 56.
  15. pp. 78-80
  16. p. 65.
  17. p. 3
  18. De Saint-Flour, p. 22
  19. p. 303.
  20. p. 7.
  21. p. 20. La filosofía, demasiado mundana, corre el riesgo de hacer perder de vista la idea de esta adorable Majestad, p. 59.
  22. Joseph de Maistre (1753-1821) jugó un papel esencial en la evolución del catolicismo después del episodio trágico de la Revolución francesa. Sola la Iglesia puede permitir una restauración, porque lo que está en causa es el fundamento mismo de la sociedad.
  23. p. 47.
  24. Luis había muerto poco después de su salida de l’Ile de France, el 2 de mayo de 1831. Juan Gabriel lo supo en febrero de 1832 como lo indica la carta a su tío, p. 57, y la dirigida a sus padres, del 15 de febrero de 1832, p. 56.
  25. p. 48
  26. Henri Gregoire (1750-1831), diputado de la Constituyente, se batió por la reunión de los tres órdenes. Vota la Declaración de los derechos del hombre y la Constitución civil del clero. Fue consagrado obispo constitucional de la diócesis de Blois. Inflexible, en su lecho de muerte, se negó a retractar el juramento constitucional.
  27. p. 48.
  28. p. 88.
  29. p. 39.
  30. p. 200.
  31. Ibid.
  32. Lamennais (1787-1854) es uno de los primeros representantes del catolicismo liberal con Montalembert. El periódico intenta acercar los principios revolucionarios de los que el primero es ciertamente la libertad: el diario reclamaba la libertad de conciencia y, como corolario, la separación de la Iglesia y del Estado, la libertad de enseñanza, la libertad de prensa y la de asociación… Desde diciembre de 1831 hasta julio de 1832, los peregrinos de la libertad están en Roma para obtener el apoyo del Papa. Después de una entrevista sin alusión al diario, de vuelta de Roma, se enteran de la publicación de la bula Mirari Vos, del 15 de agosto de 1832. Gregorio XVI, sin mencionar nunca directamente el diario, condenaba las doctrinas de L’Avenir y, en particular, el liberalismo esa máxima falsa y absurda, o mejor, ese delirio, según el cual, se debe procurar y garantizar a cada cual la libertad de conciencia.
  33. La actitud de los biógrafos de Juan Gabriel Perboyre es significativa: por ejemplo, La vie du bienheureux Jean-Gabriel Perboyre, op. cit., pasa en total silencio esta cuestión de su interés por Lamennais y el diario L’Avenir, mientras que, recogiendo el comentario de François Vauris, Le disciple de Jésus, ou vie du Vénerable Perboyre, Paris, 1853, la nota de la p. 53 de la Correspondance, op. cit., comenta: Siendo Superior de Saint-Flour, el Santo había adoptado el sistema del abate de Lamennais porque lo creía propio para contribuir al bien de la Iglesia, para citar enseguida la primera biografía, poniendo en evidencia la fidelidad de Juan Gabriel a la decisión del Papa.
  34. pp. 58-49.
  35. p. 21.
  36. Se trata de dos volúmenes, editados en 1817 y 1820, donde Lamennais impugna la filosofía desarrollada por los enciclopedistas.
  37. pp. 53-55.
  38. p. 41.
  39. p. 100.
  40. pp. 100-101.
  41. Ya en el momento de la partida de su hermano Luis, escribía a su tío el 23 de agosto de 1833: «Los que parten se hallan en el colmo de la alegría. Los que quedan sólo se consuelan con la esperanza de seguirles más tarde», p. 69.
  42. p. 110.
  43. p. 148.
  44. p. 145.
  45. p. 176.
  46. p. 103. El sufrimiento posee virtudes curativas al nivel de la salvación: pág. 79. Cf. Carta a su primo en Montgesty, p. 65. Cf. más arriba.
  47. p. 197.
  48. Carta a su tío del 24 de julio de 1835, p. 112.
  49. A su hermano Santiago, 18 de septiembre de 1838, p. 274.
  50. Carta a su tío del 10 de agosto de 1836, p. 182. Rameaux, que es verdaderamente el padre de los cristianos (p. 195). Al Superior General, carta del 18 de agosto de 1836, p. 217. Describiendo el trabajo apostólico de sus cohermanos, Juan Gabriel añade: Quisiera ciertamente, sin embargo, recoger unas espigas para ponerlas al lado de los grandes haces de mis cohermanos en la era del Padre de familia, a fin de tener una pequeña parte de su recompensa, p. 223.
  51. p. 138.
  52. p. 225.
  53. No sin humor, reitera, en un bellísimo pasaje, esta misma invitación a su hermana Antonieta, que no podemos dejar de citar, al menos, en esta nota: No vayas a figurarte que a cada instante tengo a todos los chinos pisándome los talones, y que ellos sólo piensan en acabar conmigo. Son hombres a los que amo mucho más que temo. Te aseguro que no temo ni siquiera al Emperador, ni a los Mandarines, ni a sus satélites. Tengo, no obstante, en este país, un enemigo particular, del que debo desconfiar mucho. En cuanto a éste, hay verdaderamente que temer: es el peor sujeto que conozco; no es un chino, es un europeo. Fue bautizado desde su infancia; luego ha sido ordenado sacerdote. De Francia vino a China con nosotros en el mismo navío. No puedo dudar que me persigue por todas partes y causaría ciertamente mi ruina, si yo tuviera la desgracia de caer solo en sus manos. No te lo nombraré porque le conoces; si pudieras obtener su conversión, le harías un gran servicio y tu hermano te debería su dicha, noviembre de 1835, pp. 145-146.
  54. La Obra de la Propagación de la Fe fue fundada en Lyon en 1819 y, en 1822, aparecen los Annales para dar a conocer este espíritu misionero. Es la ocasión de movilizar las oraciones y los donativos de los católicos para la misión.
  55. Carta a su tío del 16 de agosto de 1836, pp. 203-204.
  56. Ibid.
  57. p. 201.
  58. Carta del 6 de noviembre de 1835, p. 143.
  59. p. 195.
  60. pp. 269-270.
  61. Carta del 16 de agosto de 1836, p. 203.
  62. p. 235
  63. p. 266.
  64. RICOEUR P., Definición de la memoire d´ un point de vue philosophique, en Academie universelle des Cultures, Pourquoi se souvenir? , Paris, Grasset, 1999, p. 32.

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