Los encarcelados, una llamada que Jesús nos sigue haciendo hoy

Francisco Javier Fernández ChentoPastoral Carcelaria0 Comments

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Autor: María Ángeles González, H.C. · Año publicación original: 2011.
Tiempo de lectura estimado: 8 minutos

“Estuve en la cárcel y fuiste a veme…”

La cárcel es como un altar de sacrificios donde expulsamos, encerramos, matamos simbólicamente a los culpables. Se los separa, encierra, vigila de manera que la cárcel nos ofrece una justificación interior, creer que somos justos y, una seguridad exterior arrojamos de la circulación social a los que nos molestan, condenados a un sepulcro viviente o mejor dicho muriente.

Nuestra sociedad ofrece independencia y bienes económicos a muchos, pero llena de violencia y de contradicciones y, sólo puede mantenerse encarcelando a los peligrosos. Esta, es la mayor mentira de nuestro sistema de bienestar, que exhibe sus bienes ante todos y promete libertad para gozarlos, pero impide que muchos los puedan disfrutar engendrando formas de violencia ilegal, a las que responde con su violencia legal-cárcel- Se mantiene expulsando a los culpables por un tiempo, casi siempre este perpetuo, a las cárceles entendidas como basureros porque los sujetos son peligroso. Es decir, que para mantener su libertad condena a la falta de libertad a otros. El modelo comunista fracasó por falta de libertad y el modelo capitalista se pierde por libertad sin justicia. Hoy, se está implantando una nueva ideología penal que quiere aplicar mano dura contra los culpables

Los presos son los preferidos de Dios.

La Escritura siempre insiste en la necesidad de liberar a los encarcelados (Is. 42, 6-7). El profeta de Dios, en su nombre, abre una esperanza de libertad para la humanidad. Desde este fondo, se entiende la oración de todos los que piden libertad, empezando por los presos. Jesús, con su vida compartida con pecadores, ofreció un mensaje y futuro de vida para todos, enseñó a sus seguidores el camino hacia Dios, llamados a ser profetas de esperanza y libertad. En (Lev. 25) seProclama el año de gracia del Señor,” es el año de la fraternidad, del perdón de las deudas, de liberación de los encarcelados.

El mismo Jesús es encarcelado en nuestro prójimo

Jesús ha recibido el Espíritu de Dios para proclamar la libertad a los encarcelados, a todos los hombres y mujeres a quienes la violencia de la vida ha esclavizado y encerrado en la cárcel. En la actualidad, los encarcelados forman parte de ese gran sub-mundo de heridos de la vida, que se amontonan a la “vera del camino” en las cárceles y lugares de opresión. En Lc.10, 25-37, en la parábola no se dice quién era el herido: bueno, malo, santo o maleante, tampoco dice quienes eran los bandidos, atracadores, servidores de la ley, simplemente dice que el hombre quedó herido, a merced de aquellos que pasaban a lo largo del camino y solo una persona “miró” al herido y quiso ayudarle haciéndose su prójimo. Fue la respuesta inmediata y sin vacilar a una necesidad urgente de una determinada situación sufriente.

Toda persona tiene como necesidad imperante el ser libre; por ello, los prisioneros, como seres humanos, anhelan su libertad y son los preferidos de Jesús porque la sociedad les expulsa totalmente de su sistema, pues no sabe, no quiere o no puede integrarlos; en definitiva, no “mira”, a los que sufren encarcelado. En Mt. 25,31.46 los prisioneros son visitados…, es uno de los contenidos más profundos bíblicos ya que Jesús, el Ungido de Dios, es el encarcelado en nuestro prójimo por lo que el servicio a los encarcelados no es una simple obra social de buen samaritano, sino un misterio, ya que el Dios del Amor está presente en ellos.

San Vicente de Paúl vive la Cristología de la Encarnación del servicio al Pobre.

En su visita a los galeotes en las mazmorras de la antigua prisión de Paris, a los más pobres de entre los pobres, encuentra a los hombres dominados por el odio, la desesperación y obtiene de la autoridad, con responsabilidad directa sobre ellos, que se les conceda un trato más humano. En Marsella, donde los galeotes son más numerosos, se presenta de incógnito en el lugar donde están encerrados y se impresiona terriblemente: “es el espectáculo más triste que se puede uno imaginar, una verdadera imagen del infierno” y, herido en lo más profundo de su alma, por el sentimiento de compasión hacia aquellos miserables forzados y se impone así mismo la obligación de consolarlos y asistirlos lo mejor que pudiera, en ese momento. Por lo que no se limita a buenas palabras sino que pasa a la acción, se ocupa de mejorar en lo que pueda las estructura social que oprime, como de costumbre. En su viaje a Burdeos, les dice a los prisioneros: “se encuentran en la más absoluta de las miserias, abandonados y rechazados por todos, pero no por Dios que les ama” y convierte los corazones de “piedra” de muchos de nosotros hacia la Solidaridad y su Justicia.

Se nos invita a quitar los miedos y los prejuicios que tenemos respecto a las cárceles, vamos a encontrarnos cara a cara con presos, que pese a sus errores y equivocaciones tienen deseos y entusiasmo por cambiar y gozar de la libertad de los Hijos de Dios.

Si no hay futuro para los encarcelados no habrá futuro para la humanidad

La institución carcelaria también hoy constituye un elemento básico del sistema económico-social de la modernidad, es la expresión más fuerte de los males de nuestra sociedad El Estado de derecho, quiere respetar los derechos de los presos, sancionando y tratándolos, de manera equitativa, sin imponerles más castigo que la privación vigilada de libertad, pero de hecho las cárceles son lugares de puro castigo, apareciendo así como el signo de enfermedad mayor de nuestro tiempo, de violencia organizada Tal como existe hoy la cárcel, es el eslabón final de una proceso de degradación de la sociedad que destruye a sus miembros más débiles, llevándoles a delinquir primero y castigándoles luego por ello. La mayor parte de los encarcelados provienen de situaciones sociales de opresión e injusticia, de manera que la cárcel constituye una forma de sometimiento para ciertos colectivos marginados de nuestra sociedad.

Presencia de la iglesia en este orden penitencial

¿Realmente es posible, en esta realidad, hacer presente al mismo Amor Encarnado? Muchos son los testimonios de aquellos que en los más sencillo de la vida así lo han constatado, el hombre y su necesitada mirada hacia Dios, sea cual sea su condición y en la mayor o menor necesidad, más tarde o más temprano, todos terminamos mirando a lo Alto, al Dios Misericordia.

El punto de partida, no el de llegada de la evangelización, es el perdón previo de la comunidad caída, como anuncio positivo e incondicional de la gracia conforme al evangelio. El perdón no brota al final, cuando el pecado ya ha recorrido un camino de arrepentimiento, sino que se ofrece desde el principio, por puro Amor de Dios, como factor desencadenante de transformación para los todos los hijos de Dios. La iglesia tiene que aparecer como portadora de de un perdón que puede trasformar y rehabilitar a todos.

La iglesia tiene que decirle al encarcelado que no tenga miedo, que no se sienta aplastado dominado por la culpa, como si fuera incapaz de asumirla y superarla. Es el momento de ofrecerle un camino de trasformación, para que asuma su vida con dignidad. La iglesia aparece así como lugar de nuevo nacimiento de gracia. Pero su aplicación no es para todos, pues muchos de los encarcelados más que culpables son víctimas, personas marginadas por razones de tipo social, psicológico, afectivo.

Si no somos capaces de revisar la situación de las cárceles, encarándonos en ellas, terminaremos destruyendo la misma humanidad. Es verdad que hay Conferencias Episcopales, diócesis con sus obispos a la cabeza que se dedican a unificar y animar el apostolado en las cárceles, ¿dónde quedan las Parroquias y los compromisos en sus programas pastorales a favor de los encarcelados?

Nuestra experiencia en Cochabamba (Bolivia)

El Departamento de Cochabamba tiene varios recintos carcelarios, cuatro en el Cercado con el mayor número de población y dos en la periferia y distintas carceletas en la zona rural. Hacen un total de 2200 personas añadiendo un total de 480 niños y en muchos casos todas las familias son condenadas a vivir la misma suerte que su familiar, supuestamente culpable de delito.

Estos recintos carcelarios, no ofrecen las mínimas condiciones como lugar habitable, a veces no se dan espacios adecuados para caminar, ni para descansar, ni para compartir. El preso, sufre por el dolor causado a su familia, por la soledad, el abandono hasta de los suyos, tienen que soportar violencia, humillación y prepotencia de sus mismos compañeros, que también tienen que sobrevivir. Lo peor es que en estos ambientes, se vive un clima de violencia, de negocios de corrupción, de inmoralidad. Nos preguntamos si la cárcel de alguna manera ayuda a rehabilitarse.

La Pastoral Penitenciaria, tiene el compromiso en comunión con la Iglesia diocesana, de una evangelización que responda integralmente a este colectivo, donde se dé el encuentro personal con Dios y se construyan comunidades fraternas que establezcan relaciones humanas, sin miedos, ni humillación, con la conciencia de que la solución a los males de nuestra sociedad no terminan con el encierro del supuesto reo.

Recordando que ellos no están en manos de la Pastoral a la que piden ayuda, sino en el orden jurídico de la sociedad que es quien tiene los medios penitenciales externos. No vamos por tanto a la cárcel para absolver a los presos de sus pecados, sino para compartir con ellos su experiencia de libertad mesiánica y de libertad salvadora de Jesucristo. Nuestra misión y tarea en el entorno de la cárcel forma parte de esta misión liberadora, partiendo de la Esperanza del Reino, ya que los encarcelados forman parte de la humanidad necesitada.

Algunos de los gestos y señales de los supuestos presos en el camino de Fe que recorremos juntos, nos ilustran la convicción de San Vicente de que los pobres nos evangelizan. En las Eucaristías del Domingo, se reflexiona juntos la Palabra de Dios y en el texto Juan 21, 6-7…pescadores, uno de los presos en su compartir nos dice que los pescadores de Galilea no habían pescado nada en toda la noche porque no estaban contando con la presencia de Jesús al igual que nosotros dice, que hicimos lo malo porque Dios estaba fuera de nuestras vidas.

El tema de compartir lo material, uno de los recién llegados al penal se encontraba tiritando de frío, no tenía ropa para abrigarse, alguien recordó: “el que tenga dos túnicas, dé una al hermano que no tiene” inmediatamente uno de su compañero del grupo de Fe, se quitó su chompa y se la dio al hermano pobre y necesitado

Otro de los internos diabético, nos informan que no se ponía la insulina todos los días porque no tenía para comer, se responde a pedido de sus compañeros que se gestione la salida de urgencia al Hospital para evitar si es posible que se ampute sus pie y una vez recuperado, gracias a Dios, hoy lucha por sus compañeros enfermos y además toma alimento todos los días con el apoyo del grupo de Fe.

Estos son algunos de los testimonios que nos muestran cómo vamos logrando entre todos, pastoral e internos, que haya discípulos de Cristo y que la presencia de Dios y su Amor sean una realidad de cambio humano y fraterno, a pesar de las historias de dolor y sufrimiento que arrastran en sus vidas de condena, tanto interna como externamente por una sociedad injusta que les excluye y condena.

La historia del joven que intento suicidarse porque su vida, creía, no interesaba a nadie. Estando en el hospital, en la visita que se le hizo y en el momento de la despedida, con el beso en la frente, vimos sus lágrimas nos dijo: Gracias por preocuparse de mí, desde los cuatro años no he recibido afecto de nadie, siempre he vivido en la calle.

Agradezco a Dios y a la Comunidad por esta oportunidad de servicio a los Pobres y pido su oración para ser fiel a nuestro carisma como Hija de la Caridad.

 

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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