Los desafíos de una sociedad injusta

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Cristiana1 Comment

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Autor: Juan N. García-Nieto París · Año publicación original: 1988 · Fuente: XVI Semana de Estudios Vicencianos.
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I. Hablar de la justicia desde la caridad

Permítanme, ante todo, comenzar con una advertencia cau­telar, necesaria para comprender el tipo de reflexión que vamos a hacer sobre los DESAFÍOS DE UNA SOCIEDAD INJUSTA. Hablar de injusticia, de lucha por la justicia, por suerte no es infrecuente. Para los políticos, para los trabajadores sociales, para quienes viven o vivimos cerca del mundo de la marginación y de la exclusión social es algo normal. Y sin embargo, con no poca frecuencia, también, se habla de la injusticia, se buscan solucio­nes para combatir sus consecuencias con la lógica fría del aca­demicismo o de cierto profesionalismo desencarnado o mal en­tendido. En este caso es imposible ir a la raíz del problema que es eminentemente humano. Por otra parte las soluciones que puedan proponerse no irán más allá de los simples parches o arreglos a corto plazo.

Viene esto acuento porque en determinados ámbitos de la Administración o del Trabajo Social suele contraponerse «jus­ticia» a «caridad». La justicia como el aumento eficaz y la caridad como la beneficiaria que no soluciona nada. No se trata de hacer juicio de intenciones ante afirmaciones que pueden ser fruto de la ignorancia o de la desinformación. En cualquier caso para nosotros hay algo muy claro: toda reflexión sobre la injusticia, todo intento de dar una respuesta eficaz han de ir acompañados por una identificación con el hermano. Por eso afirmamos, al comenzar esta reflexión, que sin esta identificación humana o sin esta Caridad cristiana cualquier acción en favor de la justicia puede resultar vana y vacía. Y por eso vamos a hablar y a reflexionar sobre Los desafíos de una sociedad injusta «desde la Caridad»; es decir, desde una opción previa en favor de los que sufren, y desde una voluntad sin intereses egoístas o partidistas. Esto es absolutamente necesario para ir más allá del pragmatismo con que hoy se enfocan y diseñan muchas de las políticas sociales. Es absolutamente necesario, también, para proponer alternativas eficaces, —serias y científicas, desde luego—, pero con cierta dimensión utópica y realista al mismo tiempo.

Todas y todos ustedes, por su propio trabajo y compromiso con el mundo de la marginación y de los que sufren, entienden de sobra este lenguaje, y saben muy bien que lo demás son palabras vacías que no conducen a parte alguna. «No hay Caridad que no se acompañe con Justicia», decía San Vicente de Paúl. O lo que es lo mismo, «no hay Justicia que no se acompañe con Caridad, con Pasión, con Utopía».

«Lejos de ser contradictorias —Justicia y Caridad— (nos recuerda el Comentario de la edición francesa a la Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl, 1975), son preferentemente complementarias ¿Qué Justicia podemos calificar de auténtica si no está motivada por el Amor? y ¿qué Caridad puede merecer tal nombre si no tiende al reino de la Justicia?»

Dicho esto, como punto de partida, entremos ya en materia. En primer lugar hablaremos del carácter institucionalizado de la injusticia hoy en nuestra sociedad, para pasar después al análisis cuantitativo y cualitativo de esta realidad.

II. Una sociedad que institucionaliza la injusticia

Cuando hablamos de sociedad injusta queremos decir pre­cisamente que tal sociedad institucionaliza diversas formas de injusticia. ¿Quién va a negar que a lo largo de la historia de la humanidad la injusticia ha estado siempre, de una u otra forma, incrustada en su mismo seno? Diversas formas de pobreza y marginación, opresión de unos pueblos sobre otros, esclavitud, y ese largo etcétera que constituye la historia amarga y oscura de los hombres. Frente a tales injusticias ha habido protestas, ha habido levantamientos, luchas valientes y generosas. La llamada «causa de los pobres» (de la que mañana les hablará Luis Gon­zález Carvajal) ha estado protagonizada por Profetas, hombres y mujeres de toda religión y raza que no se han conformado con la injusticia institucionalizada.

Pues bien, a nosotros nos ha tocado vivir una época concreta, con sus formas específicas de injusticia, y estamos llamados a continuar los pasos de los que nos han precedido en la fidelidad a la «causa de los pobres». ¿Cuál es la realidad específica de nuestra sociedad injusta? En la Semana de Estudios del año pa­sado ya se analizaron las llamadas «Nuevas Formas de Pobreza». No se trata, lógicamente, de repetir lo dicho entonces. Pero sí se trata de dar un paso más y ver cómo la sociedad actual ins­titucionaliza y estructuraliza de forma implacable esas nuevas formas de injusticia y de pobreza. Y se trata, por supuesto, de preguntarnos si ello ha de ser necesariamente así, o si, por el contrario, existen alternativas para combatir y erradicar las in­justicias de hoy. Soy consciente de que es excesivamente pre­tencioso intentar dar respuestas definitivas a estos interrogantes. Pero sí que podemos perfilar algunas pistas y podemos hacernos eco de diversas propuestas que en estos momentos se presentan como alternativas esperanzadoras.

¿Cómo podrían describirse las características y rasgos espe­cíficos de las injusticias de hoy?

En primer lugar los contrastes y desigualdades tienden a agu­dizarse. Tanto en el ámbito planetario (la brecha Norte/Sur, Pri­mer Mundo frente a Tercer Mundo) como en el seno mismo de las Naciones y de los Estados. A nosotros nos toca referirnos a la realidad de nuestro Primer Mundo. Por desgracia hablar de pobreza y de hambre en los países del Tercer Mundo no es una tarea difícil: Bangladesh, India, Etiopía, Sudán, el Chad y tantas regiones de Africa y de América Latina son testigos de la brecha, cada vez más honda y ancha entre Norte y Sur. Sin olvidar esta realidad, no por más conocida menos inquietante e interpelante, nos referimos ahora a la pobreza más cercana…, a ese Cuarto Mundo, a esas múltiples y amplias bolsas de extrema pobreza incrustadas en el próspero Primer Mundo y que afloran de múl­tiples formas: los pobres de siempre, excluidos de toda vida social, los ancianos, los adultos sin trabajo, jóvenes sin esperanza de futuro y situados ante un fácil deslizamiento hacia la margi­nación total, en las ciudades y en el campo… (véase Pobreza y exclusión social, 1987, p. 4).

En segundo lugar los contrastes crecientes, a que acabo de referirme, tienen como consecuencia lógica que el tejido social sufra un proceso de «dualización» o de «polarización», de tal forma que se consolida un núcleo permanentemente marginado y excluido de la vida social, económica y cultural. Dicho con otras palabras, la sociedad actual para poder funcionar necesita de este núcleo. Tal fenómeno es conocido por el nombre de sociedad dual o de los tres tercios. A ello me referiré más ade­lante. En realidad significa, ni más ni menos, que, para que puedan existir situaciones de privilegio y de riqueza en volumen creciente, es necesario que aumenten las situaciones de preca­riedad y de pobreza de forma permanente. Los ricos se hacen más ricos y los pobres se hacen más pobres. Los que tienen poder, económico o político, consiguen más poder, y los que no tenían poder se quedan, cada vez, con menos poder.

En tercer lugar puede decirse que, relativamente hablando o, incluso para determinados colectivos, en términos absolutos, las nuevas situaciones de injusitica o de carencia de derechos sociales y humanos son peores que en épocas anteriores. Todo el mundo conoce las terribles condiciones de trabajo y los enormes costes sociales en la época de la primera revolución industrial, durante los siglos XVIII y XIX y buena parte del siglo presente. Pues bien, una gran parte de los avances que se dieron, gracias a las luchas sociales en favor de la justicia, se están perdiendo, tanto por lo que se refiere a las condiciones de trabajo como a los mismos derechos sociales.

En cuarto lugar las situaciones de injusticia de hoy conviven con unas insospechadas posibilidades de creación de riqueza. Es decir, hoy más que nunca se está en condiciones económicas y técnicas de superar la injusticia y la pobreza. Los avances tec­nológicos, junto a un mayor conocimiento de las leyes econó­micas pasadas son, entre otros, factores que permiten afirmar lo que les acabo de decir: técnicamente es hoy posible superar las situaciones de injusticia, es posible vencer la pobreza.

No estoy haciendo afirmaciones gratuítas. Todavía podrían añadirse otras características sobre la naturaleza de la «injusticia hoy». El catálogo, por desgracia, es largo. Pero las cuatro que acabo de señalar son suficientes como marco de referencia para entrar ya en el estudio cuantitativo y, sobre todo, cualitativo y analítico de esa realidd y, desde luego, para proponer pistas alternativas de lucha contra la injusticia y la pobreza.

III. ¿Se puede cuantificar la injusticia?

No es difícil manejar cifras. Las hay y abundantes. Nuestra sociedad informatizada no tiene especial dificultad en resumimos encuestas, aportar datos, hacer estadísticas. Llegan incluso a abrumarnos y, lo que es peor, se consigue que las mismas cifras nos resbalen y todo aquello que se esconde detrás de ellas quede en un segundo plano sin relevancia alguna.

Dicho de otra forma «nos estamos acostumbrando a las es­tadísticas que nos hablan del PARO y del HAMBRE… Nos estamos acostumbrando a que se nos hable de OCHO MILLONES DE POBRES en nuestro país… Nos estamos acostumbrando a las CIFRAS MUN­DIALES DEL HAMBRE… Nos estamos acostumbrando a considerar a nuestros ANCIANOS como a seres inútiles… Nos estamos acos­tumbrando a todo tipo de ECONOMÍA SUMERGIDA…» (Pobreza y exclusión social, p. 4).

Datos que, en épocas pasadas, hubiesen sido noticias de pri­mer orden hoy ocupan sólo los rincones de la prensa. Por poner un ejemplo. Hace unas pocas semans (el 5 de junio) solamente un periódico (El Periódico de Barcelona) que yo sepa, se hizo eco, pero en el rincón de una página, de un comunicado de la Comisión Europea sobre la Pobreza en la Comunidad Económica Europea. Decía: «El número de pobres ha aumentado en la ma­yoría de los países de la CEE, hasta alcanzar un total de 44 millones en 1985. El experto Gerard de Selys cree que, si no se toman medidas drásticas, Europa tendrá en 1992 el gran mercado de la pobreza, con más de 54 millones de pobres en los 12 países de la Comunidad».

Podrían citarse muchos ejemplos, conocidos de sobra por ustedes, para ilustrar esta alarmante insensibilidad ante los fe­nómenos de la injusticia y de la pobreza en nuestro propio en­torno. Acerquémonos, pues, a los datos no con curiosidad aca­démica, sino buscando en ellos lo que las cifras frías no dicen: la experiencia y el sentido del dolor, de la humillación, de la impotencia, de la marginación.

Pero tampoco quisiera cansarles con cifras y datos. En la Semana del pasado año, (Nuevas Formas de Pobreza), tuvieron ocasión de manejar las cifras abrumadoras sobre la pobreza y marginación en nuestro país. Solamente completaré algunos datos o los ajustaré de forma que nos ayuden para nuestro objetivo principal: el «análisis del carácter estructural de la injusticia hoy y los desafíos que plantea».

He aquí algunos de los indicadores más relevantes de la in­justicia hoy:

— La desigualdad y la pobreza severa

Un primer dato a retener, según el conocido estudio de CA­RITAS (1984): mientras sólo un 10 por ciento de las familias españolas acumulan un 40 por ciento de la renta, un 21.6 de las familias, las más pobres, tan sólo disponen de un 6.9 por ciento del total de los ingresos.

Dato más significativo, no sospechoso de posible demagogia, por la fuente de que se trata, es el que aporta el Servicio de Estudios del Banco de Bilbao (1987) de acuerdo con el Avance de la Contabilidad Nacional (1987): la renta per capita española se situaría en las 911.138 pesetas. Una cifra optimista, se co­menta, que es sólo un indicador y, en cierto modo, un espejismo. La realidad es que la mayoría de los españoles, alrededor de 27 millones de personas, no supera esas míticas 900.000 pesetas. Y que, por el contrario, otros 12 millones de españoles sobre­pasan, con creces, la media, mientras 11.5 millones están vi­viendo desesperadamente con una renta anual inferior a las 500.000 pesetas. Otros 15 millones, que podrían coincidir con la clase media baja, se encuentran a las puertas del la renta per capita, arreglándose con unos ingresos que oscilan entre las 500.000 y las 900.000. El grupo de los que sobrepasan la media nacional serían unos 8 millones, a la vez que la clase privilegiada «formada por los privilegiados de toda la vida y los nuevos ricos, tendría cerca de 4 millones de socios».

Dicho de otra manera: según las apreciaciones del Banco de Bilbao «el 30 por ciento de los hogares españoles vive en con­diciones de pobreza, el 40 por ciento se sitúa entre los límites de la estrechez y del bienestar, el 20 por ciento vive bien y el 10 por ciento vive estupendamente bien.

En este mismo orden de cosas, las cifras que nos ofrece el «Programa 2000» (PSOE, 1988) coinciden con el estudio de CÁRITAS (1984). Recuérdense los 8 millones de pobres que, se­gún CÁRITAS, estarían bajo el umbral de la pobreza, bastante menos que ese 30 por ciento de que nos habla el Banco de Bilbao. Por otro lado 4 millones se encontrarían en situación de pobreza «severa» o «absoluta» (en torno a un 12 por ciento de la población total española). Según las estimaciones del «Programa 2000», de estos 4 millones, dos y medio son personas que han accedido a la pobreza absoluta al perder su puesto de trabajo (situación de paro de larga duración). De entre estos últimos un millón de personas no ingresa nada por ningún concepto, y 980.000 tienen ingresos por subsidio o pensiones de menos de 25.000 pesetas.

Retengamos ahora estos datos. Luego sacaremos las conse­cuencias.

— La precariedad y las condiciones de trabajo

Se trata de un indicador importante, ya que es en torno al trabajo (no nos referimos ahora al «paro») donde se están ma­nifestando situaciones de injusticia manifiesta. Sólo me referiré a dos aspectos: la pérdida de la estabilidad en el trabajo y las condiciones de trabajo en la economía sumergida.

Una de las reivindicaciones más justas por las que se ha luchado en los últimos cien años ha sido por la estabilidad en el trabajo: garantías contra el despido injusto, no a la eventualidad y a la incertidumbre. Poco a poco las legislaciones laborales fueron recogiendo estos derechos de los trabajadores. ¿Qué está pasando en estos momentos? Las «necesidades» del sistema han impuesto prácticamente la abolición del derecho a la estabilidad en el trabajo. Cada vez hay más trabajadores que se ven sometidos a una penosa rotación. Hoy aquí, dentro de un mes en otro sitio, luego una temporada de paro, y luego a otro sitio…, sin ningún derecho a la antigüedad, sin poder ejercer el propio oficio en la mayoría de los casos, incertidumbre en los ingresos salariales, pérdida de profesionalidad, miedo, no protestar, no exigir nin­guna mejora salarial para que la «buena conducta» sirva de ga­rantía para una posible renovación del contrato… Este sería, aproximadamente, el retrato del trabajador eventual. Aquí sí que se puede decir que el «sistema», (es decir, «el gran capital»), ha transformado al trabajador en una simple mercancía, desperso­nalizada y sin derechos.

¿Exageración? los datos son los datos. Hace sólo quince años el 98 por ciento de los contratos eran fijos. En estos momentos el 20 por ciento son ya eventuales. Más aún: las estadísticas laborales que mensualmente ofrece el Ministerio de Trabajo y de Seguridad Social confirman’ que durante los últimos cinco años los contratos fijos (indefinidos) alcanzan sólo el cinco por ciento en el conjunto de España. El resto está formado poi las variadas formas de contratación que autoriza la nueva legislación. Se ha calculado , que para final de siglo (dentro • de unos diez años), de seguir el actual ritmo en los tipos de contratación, la población activa ocupada se encontrará segmentada de la forma siguiente: un 25 por ciento serán asalariados fijos (los mejor retribuidos y con una cualificación profesional elevada), un 50 por ciento lo constituirían los eventuales (normalmente peor retribuidos y con las características antes descritas), y el otro 25 por ciento serían los «sumergidos», a los que ahora voy a referirme.

Hablar de la economía sumergida, este gran «amortiguador» del paro, tolerado e, incluso, fomentado por el «sistema», podría robarnos mucho tiempo a nuestra reflexión. Pero es menester decir algo, ya que constituye otra de las grandes injusticias ins­titucionalizadas por el «sistema». Aquí hablar de las condiciones de trabajo es afirmar que el trabajador sumergido se encuentra en la más total indefensión social: «lo tomas o lo dejas». Claro que no todos los sumergidos lo pasan mal. Sumergido lo es también el evasor de capitales, el traficante de drogas, los agu­jeros de los bancos, el dinero negro, etc. No nos referimos a éstos. Cuando hablamos del trabajador sumergido pensamos en los talleres escondidos, en el trabajo que se hace en casa (con­fección, calzado, bisutería, piezas pequeñas, hostelería, trabajo a domicilio, ciertas formas de ayuda familiar…), sin horario, sin seguridad social, mal pagado.

¿Son muchos los sumergidos? Precisamente porque es algo oculto no es fácil su cuantificación. Pero todo el mundo sabe de ellos. Y todo el mundo sabe que la mayoría del trabajador y de la trabajadora sumergida aceptan este tipo de trabajo porque no tienen más remedio, porque no tienen subsidio de paro, porque tienen hambre, porque tienen que vivir. Desde luego es una de las explotaciones más inocuas del «sistema». Es cierto que al­gunos sumergidos lo hacen para completar su sueldo, para com­prarse una segunda residencia y mil cosas más que impone el imperio del consumo. Tampoco nos referimos a éstos. Pues bien, de los tres millones de sumergidos (son datos del Ministerio de Economía) dos millones y medio, por lo menos, se encuentran en esa situación de injusticia y precariedad vergonzosa porque «no tienen otra salida». Fíjense en estos datos: ninguno tiene cartilla de seguridad social. Una gran parte de los trabajadores sumergidos son jóvenes sin ninguna experiencia laboral (el 43 por ciento del trabajo irregular está hecho por jóvenes, mientras que el trabajo regular solamente tiene el 11 por ciento entre 16 y 25 años). Una y otra vez tendremos que decir que el sector juvenil es una de las principales víctimas de la injusticia «ins­titucionalizada». Por lo que se refiere a los ingresos, según el mismo Ministerio de Economía, el 63.4 por ciento de los su­mergidos no pasa de las 25.000 mensuales, a pesar de horarios incontrolados y extremadamente largos. El nivel cultural de los sumergidos es mucho más bajo que en el trabajo regular: el 69 por ciento sólo tiene estudios primarios y muchos también son analfabetos. En el trabajo regular los que sólo tienen estudios primarios no sobrepasan el 42 por ciento. Un último dato: un tanto por ciento muy elevado de sumergidos son personas que han sobrepasado la edad de jubilación: ancianos y ancianas sin ningún tipo de pensión. No olvidemos que en este país (ya lo examinaron a fondo en la Semana del ario pasado) cerca de medio millón de personas de más de 65 años no dispone de ninguna pensión.

Permítanme hacerles ya ahora una observación que luego la desarrollaré con más detención: el «sistema», causa en definitiva de la injusticia que estoy analizando con ustedes, acorrala siempre a los más débiles: jóvenes sin trabajo y sin experiencia, personas con escasa o nula preparación profesional y cultural, personas que provienen de las bolsas endémicas de pobreza y marginación, personas con escasos recursos para salir adelante y abrirse camino en medio de una sociedad competitiva y agresiva como la nuestra.

— El paro como pórtico de la pobreza y de la infrasubsistencia

El «derecho al trabajo» (garantizado por el Código Universal de Derechos Humanos y por la Constitución española, art. 35) es papel mojado para tres millones de españoles, más o menos. Todos somos conscientes de esta realidad, de este «bochorno nacional». Así se ha calificado al paro masivo padecido por tantos conciudadanos nuestros (véase Paro y pobreza, en «Sal Terre, IV, 87).

No se trata ahora de repetir cosas conocidas. Tan sólo quiero compartir con ustedes la reflexión sobre algunos aspectos más puntuales y dramáticos que caracterizan al paro en estos mo­mentos. En primer lugar el paro de larga duración. Hemos al­canzado ya la cifra record: en 1977 sólo el 5.6 por ciento de los parados llevaban más de dos años sin encontrar trabajo. Los datos de comienzos de 1988 nos hablan ya del 53 por ciento (millón y medio). A estos parados se les ha calificado como desempleados «sin retorno», sobre todo en el caso de los trabajadores de más de 45 años que son la mayoría de este colectivo. Son trabajadores expulsados del mercado de trabajo, el 78 por ciento de los cuales (datos de la Encuesta de Población Activa) sólo tienen estudios primarios o son analfabetos. Imposible el reciclaje para ocua­paciones alternativas. Nadie se ha preocupado seriamente de ellos. Padres de familia que sufren en sus carnes el desgarro de la quiebra familiar, de la depresión, de la impotencia, el alco­holismo, en no pocos casos del suicidio. No son exageraciones. Estas consideraciones están recogidas en un Informe del INEM sobre el paro de larga duración.

Los jóvenes sin trabajo, muchos de ellos todavía buscando su primer empleo. Es éste otro de los colectivos más duramente golpeados por el paro. Cerca de millón y medio. Más de la mitad o nunca han trabajado, o lo están haciendo en la precariedad y en la economía sumergida o son parados de larga duración. Sólo los jóvenes con buena preparación profesional y provenientes de ámbitos culturales más selectos y elevados tienen esperanza de encontrar trabajo. Detrás quedan tres o cuatro generaciones de jóvenes «perdidas», «sin retorno», que no han tenido ninguna experiencia laboral, o si la han tenido ha sido, como decía, en el trabajo precario y sumergido. El fácil deslizamiento, de nuevo, hacia la total marginación, delincuencia, droga, alcoholismo. Sé que no les estoy diciendo nada que ustedes no conozcan. Pero es útil recordarlo y ello nos ayudará a sacer las conclusiones pertinentes en esta reflexión que hacemos sobre los desafíos de esta sociedad injusta y despiadada.

Nos encontramos, pues, ante unas circunstancias donde la «frontera entre paro y marginación» ya no existe. Estos dos colectivos a que me he referido (trabajadores adultos en paro de larga duración y jóvenes) están más en la categoría de «excluidos sociales» que en la de parados. Sólo una minoría recibe un sub­sidio (no llega a un 26 por ciento). En buena medida son esos «nuevos pobres» sobre los que ustedes reflexionaron el año pa­sado: «Hasta hace poco disponían de ingresos estables, aunque fueran modestos. Se inicia a partir de la situación de paro, un proceso sin retorno: degradación en las condiciones de vivienda, problemas de salud, quiebra familiar, pérdida de toda esperanza para escapar de la nueva situación, transmisión a los hijos de la nueva forma de vida, de pensar y de comportarse. Es el camino abierto a la exclusión social» (en «Sal Terrae», IV 87).

Todos estos datos, más los que ustedes manejaron el año pasado sobre las «nuevas formas de pobreza» y los, de sobra, conocidos sobre la pobreza clásica y tradicional nos permiten afirmar, como primera consecuencia, que la actual sociedad está colocando en sus «Márgenes» a colectivos cada vez más amplios y esto de forma estructural.

Resumiendo: se trata de colectivos muy precisos: buena parte de los parados de larga duración, jóvenes sin empleo provenientes de los sectores más pobres y populares, los jubilados y ancianos con pensiones exiguas o nulas, gran parte de la población «su­mergida», los grupos marginales clásicos, como las minorías étnicas (gitanos), inmigrantes africanos, vagabundos y «transeúntes-mendigos», prostitución marginal, el mundo de la droga y de la delincuencia, las bolsas endémicas de marginación, ha­cinamiento y hambre en los ‘cascos viejos de las ciudades o zonas periféricas, población deprimida de las zonas rurales de la meseta castellana, Extremadura, Galicia y Andalucía y de la alta montaña en Cataluña y Aragón.

¿Ha de ser necesariamente así? Esta es la pregunta angustiosa que todos nos hacemos tras la abrumadora realidad que nos presentan los datos aportados. Pues parece que sí. Todo nos induce a pensar que el «sistema» necesita de esos «márgenes», de esa «injusticia institucionalizada» para «su» desarrollo. Incluso pa­rece que lo tiene muy bien programado. No adelantemos con­clusiones. Y no piensen que estamos haciendo demagogia barata.

Nos toca, pues, dar un paso más en nuestra reflexión. ¿Qué hay detrás de todas estas realidades? ¿Por qué ha de ser nece­sariamente así? nos volvemos a preguntar. Debemos intentar ir a la raíz del problema. Desde luego no es tarea fácil. Pero ne­cesitamos hacerlo para no dejarnos engañar con falsas promesas, y para diseñar opciones alternativas.

IV. La raíz económica de esta sociedad injusta

Falsas promesas… No es infrecuente que los portavoces del «sistema» afirmen, una y otra vez, que la crisis que se ha padecido durante los últimos quince años ha sido la causa del paro, de las nuevas formas de pobreza. Pero, ahora, se nos repite, insisten­temente, la crisis ha sido superada, y nos encontramos en el camino correcto de la recuperación y del bienestar para todos los ciudadanos.

Bonita promesa. Pero no todo está tan claro. Disponemos de indicios suficientes para pensar que tal recuperación «económica» se hace a costa precisamente de la recuperación «social». Indicios que evidencian unos costes sociales «necesarios» para que tal recuperación sea posible. Costes sociales, además, no de carácter temporal sino de carácter institucional y estructural. Es decir, que van a permanecer de forma permanente incluso agravándose cualitativa y cuantitativamente. ¿Por qué les digo esto? (Véase La salida de la crisis económica, en «Sal Terrae», IX, 1988).

La explicación es sencilla. Para salir de la crisis el «sistema» necesitaba recuperar los niveles de beneficio y de acumulación capitalista que se habían perdido o habían disminuido durante la década de los años setenta. Ello exigía, entre otras cosas, abaratar los costes laborales y aumentar, hasta el máximo posible, la productividad. En términos corrientes esto quiere decir producir mucho pero con menos personas y con salarios bajos. Y esto sólo se podía conseguir teniendo las manos libres para poder despedir a los trabajadores (flexibilizar plantillas), cuando ya no fuesen ne­cesarios, porque iban a ser sustituidos por las nuevas tecnologías (máquinas herramienta, robots, computadoras…). Dos principios básicos para la salida de la crisis, según los principios «neo-libe­rales» del «sistema»: trabajo barato y renovación de la obsoleta estructura productiva mediante las «nuevas máquinas».

Estas dos políticas (innovación tecnológica y «mercado la­boral») son la clave de bóveda del «sistema». Un breve comen­tario sobre ellas nos abrirá el camino para la comprensión de la pregunta que nos hemos planteado: ¿ha de ser necesariamente así?

La innovación tecnológica, tal como se ha introducido y uti­lizado (proceso que sólo acaba de comenzar) no sólo supone un aumento espectacular de la productividad, sino que sustituye a enormes cantidades de mano de obra humana. Esto provoca y provocará un tipo de desempleo que poco tiene que ver con el paro de los años setenta. Es el llamado paro «tecno-estructural» sobre el que existe abundante literatura (Informe al Club de Roma, Informe FAST de la CEE, Schaff, A., Qué futuro nos aguarda, etc.). No es éste el momento de detenernos en algo sobre lo que todo el mundo está ya de acuerdo.

Ahora bien para la introducción de las nuevas tecnologías el «sistema» necesitaba y necesita de unas condiciones y garantías socio-laborales muy concretas. En primer lugar un movimiento sindical débil y dividido para desproteger al mercado laboral y conseguir que, también, en este mercado funcionasen libremente las leyes de la oferta y de la demanda. De esta forma los salarios podrían ser controlados a la baja, lo mismo que las condiciones de contratación y de trabajo en todos sus ámbitos. En segundo lugar el «sistema» necesitaba un cambio en las leyes laborales para poder contratar con las manos libres. Es decir, dar vía libre a todo tipo de contratos eventuales, sin ningún tipo de contrapartida en materia de reciclaje ocupacional o de compensación económica adecuada. Basta con contemplar imparcialmente la escena laboral en estos momentos para ver que TODO se ha con­seguido.

Los datos que les he presentado anteriormente y las perspec­tivas de futuro sobre la segmentación del mercado de trabajo son una prueba, más que contundente, de lo que les estoy diciendo: recuperación económica, pero ¿a costa de qué y de quienes?

Todo esto no es porque sí. Precisamente Juan Pablo II en su última encíclica Sollicitudo Rei Socialis nos recuerda cómo el «sistema» capitalista liberal hinca sus raíces en el mundo de los intereses y no en el mundo de la solidaridad. Según viene a decir el Papa las «leyes del mercado» son implacables y originan ne­cesariamente las nuevas pobrezas en el Primer Mundo y los escandalosos contrastes entre Norte y Sur. Tampoco se escapa a las advertencias de Juan Pablo II los abusos del Socialismo Co­lectivista, tal como éste ha sido llevado a la práctica hasta ahora. A fin de cuentas también pertenece al mundo desarrollado del Norte.

El drama de esta realidad es que la innovación tecnológica supone en sí misma un gran avance para la humanidad. Las posibilidades de creación de riqueza alimentaria mediante los espectaculares avances en el terreno de la biotecnología, la sus­titución del trabajo humano por las mismas máquinas, etc., abre unas expectativas insospechadas para mejorar la calidad de vida y para la superación de las situaciones de hambre y de miseria… Pero cuando el «mundo de intereses», el criterio de la «maxi­mización del beneficio» supera al mundo de la «solidaridad», de nada sirven los avances técnicos de la humanidad, conseguidos a costa de muchos sacrificios y, por desgracia, de mucha sangre. La lógica fría del «sistema» no se para aquí. Los gastos suntuarios del consumo por el consumo, la depreciación de la naturaleza, la carrera armamentista son otras tantas consecuencias lógicas de las leyes impuestas por el IMPERIO DEL MERCADO TOTAL.

La historia se repite. La primera revolución industrial supuso un avance impresionante para la humanidad por lo que se refiere a la creación de riqueza y a las posibilidades de desarrollo y de cooperación internacional. ¿Cuántos quedaron en la cuneta? ¿Cuánta expoliación del Tercer Mundo? ¿Cuantas vidas segadas por guerras absurdas? Y ahora volvemos a las andadas. La se­gunda revolución industrial que estamos viviendo, con posibi­lidades de desarrollo infinitamente superiores a las del siglo pa­sado, lejos de servir para corregir las tremendas injusticias que nos han legado el siglo XIX y el siglo XX, amplía y agudiza las diferencias, enriquece mucho, muchísimo a determinados nú­cleos y vuelve a dejar en la cuneta a los de siempre, pero todavía más empobrecidos y más humillados.

Las cuatro características y rasgos específicos de la injusticia hoy que les he presentado como pórtico a esta reflexión, vemos que se cumplen con toda precisión: aumento de la desigualdad y de los contrastes, polarización del tejido social y de las situa­ciones de riqueza y de pobreza, envuelta a situaciones peores, o por lo menos iguales, a las que se dieron en la primera revolución industrial y enormes posibilidades de creación de riqueza y de vencer la pobreza y la miseria.

En este momento de nuestra reflexión vuelve a planear in­sistentemente la pregunta ¿ha de ser necesariamente así? Per­maneciendo en el «sistema», desde luego que sí. Es su lógica. Podrán mejorarse algunas cosas, podrán «paliarse» algunas si­tuaciones más dramáticas, pero no se habrá ido a la raíz del problema: el «mundo de intereses» no se habrá reemplazado por el mundo de la solidaridad. No hay ninguna prueba en toda la historia de la humanidad, sobre todo en nuestra historia más reciente, para afirmar que el «libre mercado», el mercado total, la «ley de la oferta y de la demanda», tal como lo entiende el «sistema» garanticen y promuevan la justicia. Más bien todo lo contrario. Lo único que queda garantizado es el buen funcio­namiento del llamado «darwinismo social»: los más débiles son machacados por los más fuertes. Los datos que he examinado con ustedes, hace unos momentos, son una prueba contundente.

Pero qué salidas hay. Qué alternativas. No podemos que­darnos con la actitud fatalista del «nada puede hacerse» o del «sálvese quien pueda».

Nos queda, sin embargo, un paso previo antes de ofrecer pistas que nos conduzcan a nuevas alternativas, que sean una respuesta válida a esos desafíos de nuestra sociedad injusta. Se trata de dejar bien claro que el «sistema» tiene bien programado el tipo de sociedad que necesita, el tipo de tejido social. Para entender esto nos bastará meter en nuestra memoria y en nuestra imaginación todos los datos que conocemos, los que esta tarde estamos manejando y los que ustedes por su propia experiencia conocen, ordenarlos debidamente y contemplar el resultado. Apa­recerá no sólo un tejido social insolidario y resquebrajado, no sólo una sociedad dividida (utilizando la terminología del análisis de «clase») en burgueses y proletarios, sino una sociedad en la que emerge y se consolida un nuevo sector que podría llamarse «no-clase» (es el «sub-proletariado» en frase del sociólogo ale­mán Ralf Dahrendorf). Son los excluidos sociales (véase Pobreza y exclusión social, cp. 4), los que forman parte de la «otra» sociedad que no cuenta, que no habla. A este fenómeno se le ha llamado sociedad «dual» o sociedad de los «tres tercios» (los «instalados», los «emergentes» y los «sumergidos», en frase de Vázquez Montalbán). Es decir:

  • «Por un lado se desarrolla y se consolida una sociedad económicamente integrada, con una competitividad y agresividad crecientes, con un gran dinamismo y capaz de ofrecer bienestar y estabilidad en rápido aumento, pero que, a su vez, exige mayor sumisión a los principios y a las reglas de juego impuestos por el «sistema» («Mercado Total», «Mundo de Intereses y de Com­petencia»). Esta parte «integrada» de la sociedad alberga a sec­tores sociales, aparentemente muy diferentes —por niveles de renta, de consumo y de poder— que van desde las élites eco­nómicas, políticas y sociales, hasta los trabajadores asalariados con un empleo relativamente estable y bien remunerados. En el conjunto de estas «clases sociales», se da una cierta homoge­neidad en aspiraciones, en mentalidad, en formas de consumo. (Salvadas, claro está, las excepciones por parte de aquellos que perteneciendo al sector de «clases» no están de acuerdo con el «sistema»).
  • En el otro lado, en la otra vertiente de la sociedad, emer­gen y se van consolidando, junto a los sectores históricamente marginales y «excluidos», los nuevos pobres: desde los parados «sin retorno», los «sumergidos», muchos inmigrantes extranjeros (africanos en nuestro caso), un creciente número de jubilados y pensionistas, el mundo de la droga y de la prostitución marginal y un largo etcétera. Se trata, evidentemente, de un sector en aumento».

Si se prefiere la clasificación de los «tres tercios», en el primero se encontraría la élite social, económica y política de la sociedad, relativamente pequeña, y principal beneficiaria del sis­tema. El segundo, el más numeroso, corresponde a las clases medias profesionales, a los trabajadores asalariados con puestos de trabajo más o menos estables «que consiguen participar, aun­que sea de forma subsidiaria, de una economía boyante y del consumo masivo que les ofrece la sociedad». En el tercero se encuentran los que han quedado descritos como «no-clase», sec­tor en aumento y atrapados por el «círculo vicioso de la pobreza y de la exclusión social».

En cualquier caso ese «círculo vicioso de la pobreza y de la exclusión social» se va acomodando a las nuevas situaciones. Por eso puede hablarse de «cultura dual», de «habitat-vivienda dual», de «escuela-enseñanza dual», de «oportunidades duales», etc. Y en este sentido se endurecen, de hecho, las barreras institucionales que imposibilitan o hacen muy difícil escaparse de ese círculo vicioso. Por otro lado los grupos sociales «integrados» se cierran en sí mismos y en sus privilegios. Los corporativismos se manifiestan de forma agresiva e insolidaria. La pobreza tiende a esconderse. «No está de moda ser pobre». «No hay pobreza» se dice. «La gente viaja, llena los estadios, acude a los restau­rantes, a las discotecas, a los espectáculos…». Es la excusa de siempre. Pero allí no están los pobres y los excluidos sociales. Quienes, como ustedes, están cerca del dolor y de la marginación saben bien que no exagero.

¿Qué hacer? ¿Ha de ser necesariamente así? Vamos a soñar un poco, pero con los pies en la tierra. ¿Qué se puede hacer?

¿Qué se está haciendo ya? Por desgracia el tiempo no me va a permitir ser muy extenso. Además yo tampoco tengo recetas. Y, sin embargo, tanto ustedes como yo y muchas otras personas identificadas con la «causa de los pobres» estamos convencidos que esto no puede ser así, que, a pesar de todo, ha de haber otros caminos. Vamos a ver.

V. Combatir toda situación de injusticia en un orden social diferente

A lo largo de todo lo que les he comentado en la última parte queda de manifiesto que el actual «sistema» no sirve. En la Sollicitudo Rei Socialis Juan Pablo II nos dice que ni el capita­lismo liberal ni el socialismo colectivista, tal como han funcio­nado hasta ahora, pueden aportar soluciones válidas. Como les decía antes, en esta encíclica se nos recuerda que la causa de todas las situaciones de injusticia y de pobreza, provocadas por el «sistema», se encuentra en los valores que presiden y motivan las acciones económicas y sociales: maximización del beneficio a toda costa, caiga quien caiga, individualismo, consumo por el consumo, falta de solidaridad…

Hay una invitación expresa a buscar otra salida alternativa. Es tarea de todos nosotros. Es, por tanto, un reto y. un desafío. No partimos de cero. Experiencias de nuevas formas de política fiscal socializadora (por poner un ejemplo, el caso de Suecia), socialización de la enseñanza para evitar toda forma de discri­minación, políticas progresivas de atención a todos los jubilados y pensionistas, extensión universal de la asistencia sanitaria, etc.

Esto es muy fácil decirlo y, además, no es suficiente, porque no abarca toda la problemática que acabamos de plantear. Es menester una nueva voluntad política y ética, basada en el con­vencimiento de que las soluciones no van a venir exclusivamente, ni mucho menos, por políticas macroeconómicas. El problema, lo sabemos muy bien, tiene, sobre todo, una raíz ética, cultural y social. Por eso debemos poner en cuestión gran parte de los valores ético-sociales en los que se ha basado y sobre los que se está, todavía, construyendo la sociedad industrial moderna, el modelo de desarrollo y el orden económico internacional actual.

Decía que no es tarea fácil dar respuesta a este desafío. Di­ficultades las hay y tenemos que ser conscientes de ellas. Tan grave puede ser dejarse vencer por el fatalismo («nada se puede hacer»), como poner toda la confianza en el ajuste espontáneo de las cosas («todo se irá arreglando por sí solo»). Ya vemos lo que ha pasado y está pasando con eso del ajuste espontáneo. Y tan grave puede ser buscarse cada uno la solución individual («corporativismos», «sálvese quien pueda»), como escudarse en soluciones falsamente utópicas, sin ninguna referencia a la rea­lidad concreta. Y peligroso puede ser, también, no hacer una distinción estratégica entre lo que ya se puede hacer hoy y lo que se puede y se debería hacer a medio o largo plazo.

En concreto ¿qué?

Es ésta una reflexión que he compartido con otras personas y como tal se la presento. Intenta partir de la hipótesis que subyace en todo lo que les vengo comentando: la raíz de todo tipo de injusticia en la sociedad de hoy se encuentra en la ausencia radical de una voluntad ética de solidaridad para repartir o compartir el trabajo existente, para buscar otras formas de ocupación de uti­lidad y servicio social, para hacer que la cultura, las fuentes de riqueza lleguen a todas las personas sin ningún tipo de discri­minación por raza, sexo ó religión.

Se trata, pues, de una apuesta con una dimensión innovadora y utópica que tiene en cuenta los datos y las posibilidades reales. Se trata de una propuesta que se resiste a aceptar sin más el pragmatismo de lo posible, tal como hace el «sistema».

Me van a permitir que les resuma, para acabar, las pistas concretas que presenté hace pocos meses en un Seminario sobre caminos alternativos a las políticas económicas y culturales del «sistema», causa, como una y otra vez estoy repitiendo, de todo tipo de injusticia (La crisis actual: análisis desde una perspectiva de futuro, Fundación Santa María, 1988).

La propuesta comienza advirtiendo que de nada servirá pre­sentar opciones alternativas si al mismo tiempo no se llevan a la práctica políticas a corto o cortísimo plazo («mientras tanto ¿qué?»), para ahora mismo, con carácter urgente. Y medidas a cortísimo plazo son todas aquellas políticas orientadas a ofrecer una respuesta eficaz a situaciones concretas de hambre, de mar­ginación, de droga, de enfermedad desasistida, etc., a poner en marcha medidas «choque» para los jóvenes que buscan deses­peradamente su primer empleo, a garantizar ayudas de asistencia real a toda persona, sobre todo anciana, que se encuentra sin ningún tipo de ingreso, a aumentar la cobertura de desempleo, pero acompañada por políticas intensivas de reciclaje y de for­mación ocupacional, a diseñar una oferta educativa innovadora adecuada a las necesidades del mercado de trabajo de hoy y de mañana, a fomentar políticas de educación de adultos en pro­fundidad para que los millones de personas a quienes el «sistema» ha negado cultura universitaria o integral puedan disfrutar del patrimonio cultural de la sociedad…

Sólo a partir de estas propuestas realistas y posibles y que, en ningún caso, deberían calificarse de medidas asistenciales (en el sentido peyorativo con que suele utilizarse esta palabra) po­demos proponer pistas innovadoras de acción.

He aquí cinco grandes capítulos de política alternativa:

— Un trabajo diferente y alternativo: Afirmamos que hay trabajo. Sabemos que si en estos momentos se quisiera atender a las carencias reales en el terreno de la sanidad preventiva, de la cultura y de la enseñanza (sobre todo de adultos y de los grupos más marginados culturalmente), de la defensa de la naturaleza, de la ayuda a los colectivos en situación precaria, como la tercera edad, minusválidos, etc., serían necesarios tantos puestos de trabajo como los que se están destruyendo por las «reconversiones salvajes» y por la introducción incontrolada de las nuevas tec­nologías. «Pero, se dice, no hay dinero para financiar todo esto», ni para promover otras ocupaciones de «utilidad social»: ocu­paciones creativas, utilizando los recursos, ociosos, recuperando el medio ambiente, cooperando con las zonas o los países menos desarrollados, etc. La lista sería interminable.

Este es el primer ámbito donde la apuesta innovadora se hace necesaria frente a la impotencia y mezquindad del «pragmatismo realista». Y todo ello, si hubiese la voluntad política y cultural, de la que los dirigentes políticos y sociales del «sistema» dan la impresión de carecer, tiene ya unas concreciones y propuestas posibles que bien planificadas podrían introducirse poco a poco. Algunas de estas propuestas las voy a señalar a continuación junto con el resto de las otras pistas a que antes me he referido.

— Una nueva oferta educativa y nuevos valores: Se trata de ofrecer nuevos contenidos educacionales, orientados no tanto a los trabajos clásicos productivos que desaparecen, o a la in­formática a la que sólo algunos tendrán acceso, sino a esas nuevas ocupaciones, fomentando, al mismo tiempo, nuevas necesidades culturales que, a su vez, crearían nuevos puestos de trabajo. Pero no olvidemos que los valores culturales prevalentes que exige el pragmatismo realista nada tienen que ver con la oferta educativa alternativa que proponemos. Están impregnados de la «cultura de un trabajo que está desapareciendo». Es aquí donde adquiere todo su sentido una nueva forma imaginativa, alternativa y crea­dora de entender el paro actual: no como «carencia de trabajo» sino como «tiempo liberado por las máquinas». Esto que, en el momento presente no sería más que un eufemismo o una cínica aproximación al problema del paro, debería ser la base de nuevos valores y de nuevas políticas socio-culturales.

— Repartir el trabajo: Repartir el trabajo existente para que puedan trabajar más personas no es, desde luego, la panacea. Pero es una medida complementaria y, en según que casos, puede ser una solución. Por su parte el objetivo de las «35 horas» puede ser bueno, pero, en ningún caso, serviría para paliar el desempleo. La hipotética reducción de cinco horas quedaría absorbida au­tomáticamente por la mayor productividad que aportan las nuevas tecnologías. Es decir, el trabajar menos tiempo para que puedan trabajar más personas supone una reducción drástica de la jornada laboral. Desde luego que no es una medida fácil, ya que su implantación necesita de un consenso que va más alla de las fronteras de un sólo país. Pero, aún así, nos debemos preguntar ¿cuántos están dispuestos a compartir su trabajo, incluso su sueldo (en el caso de tener pluriempleo)? ¿Cuántos está preparados para ocupar el tiempo «liberado» en otro tipo de ocupaciones de uti­lidad social, libremente escogidas y de forma voluntaria, creativas o simplemente culturales? Este es un reto cultural-utópico, pero, no lo olvidemos, técnicamente es posible.

Una asignación básica universal: Las medidas que les aca­bo de mencionar no serán viables si no se reconoce el derecho a todo ciudadano para disponer de una renta básica (que nada tiene que ver con «la renta mínima garantizada» de asistencia a la que he hecho referencia como medida necesaria a corto plazo) a fin de que las ocupaciones de utilidad social, libremente escogidas, que no son rentables en el contexto de una economía de mercado, tal como ésta está funcionando hasta ahora, puedan ser financiadas. Todo ello quiere decir que los ciudadanos no tienen por qué ser necesariamente remunerados en función de las horas trabajadas, sino en función de la riqueza social producida y de acuerdo con las necesidades básicas y normales del ciudadano medio.

Soy consciente de que este planteamiento modifica los cri­terios y los instrumentos actuales para la distribución de la renta y supone, en cierta medida, un cambio en el concepto clásico de la propiedad privada. Otro reto utópico pero posible. A corto plazo, desde luego, esta medida es imposible. Ni los criterios fiscales, ni los criterios culturales la aceptan, ni los ciudadanos están preparados para asumir las nuevas responsabilidades so­ciales que deben acompañar a la asignación básica. Los expertos nos dicen, sin embargo, que tal política es técnicamente posible. Y cada vez lo será más, en la medida en que la innovación tecnológica sea una realidad mucho más masiva. No olvidemos que estamos todavía en la prehistoria de la «era tecnológica». En todo caso, como nos recuerda Adam Schaff, si no se acepta este objetivo (a alcanzar a principios del próximo siglo) condenamos ya, desde ahora, a millones de personas a la «inanición». Y es ahora, con una nueva voluntad política y cultural como debería empezar a planificarse una política fiscal diferente, una oferta educativa alternativa, y una progresiva remodelación del Estado de bienestar (véase A. Gorz, Los caminos del paraíso, 1986).

— Un nuevo concepto de trabajo: Resumiendo lo dicho hasta ahora. Debe irse hacia un concepto alternativo de trabajo. Hoy el trabajo está orientado y motivado, fundamentalmente, por la rentabilidad productiva y no, salvo excepciones, por la ren­tabilidad social, por la realización personal. Claro que todo esto pone en entredicho a muchos aspectos del orden cultural y de valores hoy prevalentes en nuestras sociedades avanzadas. Va­lores que están mucho más cercanos al «mundo de los intereses» que al «mundo de la cooperación y de la solidaridad».

— Un nuevo tejido social, más participativo y más descen­tralizado: para que las alternativas que se están proponiendo sean posibles debe tenderse a un orden social diferente basado en la solidaridad, en la participación, en la descentralización y en la «desjerarquización». Con unas relaciones personales fundamen­talmente horizontales, y con unas ofertas de consumo de carácter creativo y no simplemente alienante. Todo esto es algo radical­mente diferente a lo que hoy prevalece y se fomenta por el «sistema», y por sus instituciones educacionales, culturales y políticas.

VI. Un camino abierto a la esperanza

Sé que muchas de las cosas que acabamos de comentar, sobre todo en la primera parte de la reflexión, son duras y pueden dejarnos un espíritu encogido. Pero yo les decía que íbamos a reflexionar «desde la Caridad», desde nuestro empeño por iden­tificarnos con el hermano que sufre, a ejemplo del Samaritano evangélico y del capítulo veinticinco de San Mateo: estando al lado de la marginación, asistiéndola, pero intentando cortar de raíz las causas de la injusticia. Y esto es lo que nos da fuerzas para hacer una apuesta, aunque no sepamos cuando se va a realizar. Pero esta apuesta da sentido al trabajo de cada día, a las incomprensiones, a los fracasos, a las pequeñas o grandes victorias sobre la injusticia. Queremos ser parte de los que se han identificado y se identifican con este combate. Recordémoslo una vez más:

Hay alternativas posibles frente al «Imperio del Mercado To­tal», frente al mezquino pragmatismo «de lo posible» en que se basan las políticas del «sistema». Puede que alguien piense que las alternativas y el proyecto que se ha presentado no sea fácil, aunque esté muy bien, y que es inviable en el contexto de actual «sistema». Puede que haya algo de verdad en esto. Personalmente estoy convencido que ésta no puede ser una excusa para renunciar a él. Más aún, este proyecto técnicamente puede ya empezar a ser planificado y ser llevado a la práctica, por lo menos en parte, sin grandes convulsiones «revolucionarias», y en estos mismos momentos.

Sea lo que sea nadie nos puede impedir crear ya espacios de libertad y de creatividad, al margen y en contra del «sistema», como islas en las que anticipemos aquello por lo que estamos apostando. Islas que deben hacerse cada vez más grandes. No estamos sólos. Son muchos los hombres y mujeres de buena voluntad que también están apostando por la «causa de los po­bres».

One Comment on “Los desafíos de una sociedad injusta”

  1. Esto es la vida misma …y debido a la inacción de los gobiernos y de la clase alta y grandes fortunas de la sociedad que no miran hacia abajo y solo se miran a ellos mismos y entre ellos, eso les hace tan pobres y miserables que nunca sentirán el infinito placer que da el tender la mano y ayudar a los que lo necesitan, labor en la que se recibe más satisfacción que la que reciben aquellos a quienes se ayuda, pero eso a algunos de esta clase les viene grande y les incomoda.

    ¡que infelices ! Vivir así teniendo de todo que poco valor tiene y que forma de emplear la vida, amasar negocios y fortunas que dan más sinsabores que alegrías, pero claro tienen adulterados esos conceptos de tal forma que no pueden saber realmente cómo ni que placer dan… insulsa forma de vivir.
    Aunque tengo que decir que algunos pocos se implican en acciones benéficas puras en cambio hay muchos que esas acciones benéficas esconden un trasfondo de intereses sea publicidad, intereses económicos yustapuestos y sentidos promocionales que arruinan el verdadero sentido que tienen que llevar un acto así dejando fuera de la improvisación al altruismo sano por uno controlado y frío.

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