1. Introducción
Más de uno se preguntará qué tiene que ver una Asociación como la nuestra, compuesta por personas que ya han traspasado el «umbral» de la juventud, con el Año de los jóvenes. Más de cuatro llegarán, incluso, a pensar que esto es una intromisión descarada o una impertinente injerencia en los asuntos ajenos. Y no faltará quien sonría con cierta benevolencia y conmiseración hacia unas personas «maduras» que vienen a dar «consejos» a los jóvenes.
Sin embargo, la respuesta es tan simple como sencilla. Las Voluntarias de la Caridad no pretendemos dar «consejos» a nadie, y menos —ilíbrenos el sentido común!— a los jóvenes que ya han alcanzado su peso específico en la sociedad y en la Iglesia y que son protagonistas de su propia y densa historia. Las voluntarias de la Caridad somos conscientes de que, en alguna medida, nos afecta el Año Internacional de la Juventud que estamos celebrando. Y nos damos cuenta de la importancia que tienen los tres conceptos claves en los que se asienta esta Año de la juventud, como cimientos urgentes e imprescindibles para la construcción de un mundo nuevo. Y, por supuesto, no somos ajenas a la necesidad urgente y perentoria de hacer realidad el contenido de esos tres conceptos. Por lo menos, para que no tenga razón el que ha definido este Año Internacional de la Juventud como el «año de las tres mentiras».
Y estos tres vitales conceptos, todos lo sabéis, son: «Paz, Participación y Desarrollo».
Por lo tanto, nuestra Asociación de Voluntarias de la Caridad de San Vicente de Paúl no pretende otra cosa más que hacer una «oferta» a los jóvenes. No con el ánimo de vender falazmente un «producto» más o menos atrayente, sino con la sinceridad de ofrecer un «cauce» de trabajo y edificación de «los nuevos cielos y la tierra nueva» a toda la comunidad humana y cristiana. Y, sobre todo, con una referencia explícita a los más arriesgados y valientes de esta comunidad: los jóvenes que buscan un «camino» para luchar por la «utopía», que ansían una «senda» para llegar a una tierra sin murallas ni opresiones, que quieren embarcarse en una «aventura» para hacer realidad todos sus sueños de fraternidad, justicia y libertad.
Y esta «oferta» tiene un contenido: nuestra Asociación de Voluntarias de la Caridad. Con todas sus luces y sombras, con todos sus defectos y esfuerzos, con todos sus pasos de renovación y todos sus fallos y cansancios, con toda su buena voluntad y todas sus aspiraciones.
Y, evidentemente, esta «oferta» tiene unos destinatarios: vosotros, jóvenes, que «sois fuertes y habéis vencido a las estructuras de malignidad», como un día os escribió Juan el evangelista. Vosotros, jóvenes, que soñáis con un mundo mejor del que os hemos dejado los adultos. Vosotros, jóvenes, con vuestras incoherencias, perezas y desilusiones. Vosotros, jóvenes, con vuestras ilusiones, esperanzas y ganas de luchar. A vosotros os brindamos este camino de «servicio y compromiso» que se llama «Asociación de Voluntarias de la Caridad».
Y, por supuesto, todo esto tiene un cimiento: Vicente de Paúl. El nos une y nos convoca a todos en una gran familia constructora de paz, participación y desarrollo. El nos insta y dinamiza a seguir siendo la familia donde los pobres encuentren un cálido hogar de fraternidad, dignidad humana y libertad; donde ellos, los desheredados, sean los «amos y maestros» de esta familia vicencianamente joven. Y, con toda modestia, en nombre de Vicente de Paúl me atrevo a exponeros su primera obra, su primer proyecto de organización solidaria para construir una sociedad de paz, participación y desarrollo. En nombre de este creyente lúcido, arriesgado y más actual que nunca, me atrevo a hablaros de esta organización de caridad socializada y creadora de fraternidad y justicia.
2. Un proyecto siempre joven para un mundo envejecido
No hace mucho, en una publicación sociorreligiosa, se presentaba el «voluntariado» como un programa y un proyecto de trabajo para cambiar las estructuras injustas de nuestro injusto y terrible mundo. Como una tarea constante para rejuvenecer nuestro insolidario y envejecido mundo. El programa se centraba, sobre todo, en la construcción de la Paz. Sin embargo, me atrevo a ampliar el abanico de ese proyecto. Y esta ampliación la hago al hilo de esos tres conceptos que vertebran y jalonan el Año Internacional de la Juventud. Porque, curiosamente, nuestra Asociación de Voluntariado arranca de la entraña misma del Año de la Juventud.
«Paz, participación y desarrollo» son las tres brújulas que quieren orientar al joven de hoy. Pero estas tres brújulas deben partir y señalar unas metas concretas. Nuestra Asociación, desde siempre, con más o menos acierto, ha comprendido y señalado esas metas que son: Justicia, Libertad y Solidaridad.
Porque la Paz se alcanza por la implantación de la Justicia. Y no puede haber Paz verdadera y duradera si no hay una Justicia auténtica y trasparente, si no hay una Justicia para los débiles y pobres, si no hay una Justicia que vaya más allá del «mero» «derecho».
Porque no hay lugar para la participación si no hay verdadera y eficiente libertad. Porque la participación sin el cimiento de la libertad o es monopolio o dictadura. Y porque no hay construcción participativa del futuro y de la historia si no se dan y se promocionan jóvenes, hombres y mujeres libres.
Porque no puede existir desarrollo sin solidaridad. Porque el desarrollo se puede quedar en una palabra hueca o en un slogan engañoso si no nace de la solidaridad y si no lleva a la solidaridad. Y el desarrollo se puede convertir en un «boomerang» de egoísmo y opresión si no se lleva a cabo por personas educadas en la solidaridad y que viven esa solidaridad. Por eso, nuestra Asociación se atreve a traducir vivencialmente este lema del Año Internacional de la Juventud: Paz, Participación y Desarrollo. Y lo hace con el evangelio y con la figura y el mensaje de Vicente de Paúl en la mano. Por eso, nuestra traducción es: Justicia, Libertad y Solidaridad. Todo un proyecto joven para nuestro envejecido mundo.
3. ¿Quiénes somos?
a) «Realizamos nuestra acción social con un sentido de caridad entendido como promoción; pretendemos impulsar a los pobres hacia su propia liberación; impulsamos a nuestros miembros a participar en la lucha contra todas las clases de pobrezas; buscamos también que los propios pobres participen en su promoción, e interpelamos a la sociedad para que tome una postura activa ante estos problemas».
Si el mejor retrato de alguien son sus obras o, por lo menos, sus serios intentos de obrar, ése podría ser el retrato de la actual «Voluntaria de la Caridad de San Vicente de Paúl». En esas palabras tomadas de Clara Delva —hace tres años Presidenta Internacional de la «Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl»– se resume el pensamiento y la obra de 200.000 mujeres en 38 países de todo el mundo.
Hasta hace poco se nos llamaba, con cierto tono ambiguo, «Damas de la Caridad». Y se tenía de nosotras una imagen sainetera y folklórica de la señora de alta alcurnia que distrae su ocia haciendo deporte caritativo. Una imagen muy típica de las películas de Berlanga. Una imagen de la señora a la que sobra tiempo y dinero. Incluso, se pensaba que usábamos a los pobres para nuestro lucimiento caritativo, para nuestra promoción sociorreligiosa o para nuestra salvación eterna.
Era éste un cliché falseado por falta de información o por prejuicios tradicionales. Una generalización superficial de algún caso aislado. Un espejo distorsionado por los tópicos de siempre. Porque la realidad es muy otra: queremos ser un inmenso grupo de cristianas que, con sus luces y sombras, tratan de ser fieles a la intuición profética de Vicente de Paúl, continuando inmersas en un compromiso por la justicia y en una acción sobre los mecanismos estructurales que generan marginación y explotación.
b) Y estas «Voluntarias de la Caridad» no pierden de vista sus raíces. Somos, modestamente, herederas de aquel primer grupo que Vicente de Paúl fundó en Chatillon-lesDombes hace trescientos sesenta y ocho años. El acontecimiento de nuestro nacimiento es ya de sobra conocido. Pero su cita es obligada porque es una pieza capital en el engranaje vicenciano y el mismo Vicente de Paúl acude a él con reiterada y machacona frecuencia. Es una fecha clave y una experiencia decisiva en la andadura de aquel creyente comprometido y lúcido, como alguien ha escrito.
El domingo 20 de agosto de 1617, en aquel pueblo francés, el párroco, Vicente de Paúl, es avisado, momentos antes de la misa, de la extrema necesidad de una familia. En la homilía hace una llamada urgente a la solidaridad. Multitud de personas se sienten interpeladas por esa «voz de Dios», y se deciden a ayudar a la familia necesitada. Una ayuda llevada a cabo con tanta generosidad como improvisación. Vicente de Paúl exclama: «He aquí una gran caridad, pero está mal organizada». Y tres días más tarde, pone en marcha su proyecto: un grupo de señoras del pueblo dispuestas a formar una asociación «para asistir a los pobres enfermos de la villa», según expresión del mismo Vicente de Paúl.
Había nacido la primera «Cofradía de la Caridad», la semilla de las «caridades», el origen de las actuales «Voluntarias de la Caridad». El 24 de noviembre de aquel mismo año, el vicario general de Lyon aprueba el «reglamento» de la «Cofradía». Y el 8 de diciembre tiene lugar la constitución pública y oficial con doce señoras como núcleo fundamental.
Se ha escrito, sin demasiada exageración, que para recorrer la historia de las «Cofradías de la Caridad» es preciso hacerlo con un ritmo adecuado: el del corazón incansable de Vicente de Paúl. Porque a ese ritmo creciente fueron creciendo las «Caridades». Y con un convencimiento profundo: que ninguna miseria podía ser ajena a la «Voluntaria de la Caridad».
Sería prolijo y supérfluo el citar detalladamente los puntos del amplio mapa por donde fueron estableciéndose las «Cofradías de la Caridad». Sirva como orientación la frase de Louis Abelly, primer biógrafo de Vicente de Paúl, cuando advierte que «la Asociación se fundó en tantos lugares que no se sabe su número». Un mapa que se amplía mucho más porque las misiones, predicadas por los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, tenían una conclusión práctica y comprometida: el establecimiento de la «Cofradía de la Caridad».
Y esta Institución vicenciana —la primera históricamente— desborda muy pronto las fronteras de Francia. Y ya se convierte en «internacional» en vida de Vicente de Paúl. Ejemplo de ello es el establecimiento en Polonia, en 1651, y muy poco después en Italia. En nuestro país se establece en el año 1915.
La evolución más moderna de la Asociación empieza hacia 1963. Cuando la Asociación francesa decide suprimir el vocablo de «Damas» o «Señoras» de su apelación. Algunos otros países le precedieron. Otros siguieron su ejemplo. La Asociación Internacional hace lo mismo. Y en octubre de 1971, durante la «reunión internacional extraordinaria», en Roma, las delegadas de 22 países votan los estatutos, eligen un comité ejecutivo y una Presidenta Internacional y trazan las líneas de acción para la renovación y actualización de la Asociación. Se adopta el nombre oficial: «Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl» («A.I.C.») y se patentiza la denominación oficial y corriente de sus miembros: «Voluntarias de la Caridad de San Vicente de Paúl».
c) En toda esta evolución histórica hay un elemento de primerá línea. Me refiero al «Voluntariado». Un fenómeno que muchos pretenden haber inventado hoy mismo y que, sin embargo, ya intuyó y proyectó Vicente de Paúl. Pero este «Voluntariado», durante mucho tiempo devaluado e ignorado, ha adquirido hoy una alta carta de ciudadanía. Es una especie de «camino» no desarrollado todavía en todas sus posibilidades. Y un «cauce» para todos aquellos, que como vosotros jóvenes, tienen una mínima inquietud por una serie de problemas vitales. Un fenómeno cada vez más pujante, formado por una amplia gama de asociaciones de ayuda social no-estatales.
Porque la sociedad puede ser próspera, los servicios sociales-institucionales pueden funcionar bien y los derechos y necesidades básicas pueden estar muy bien escritos en un marco constitucional. Pero la sangrante realidad es que el amplio abanico de marginaciones se multiplica en progresión geométrica. Entonces, se hace más necesaria la presencia y la actuación del «Voluntariado». Entonces, se hace más urgente la ayuda de unas personas «voluntarias».
Indudablemente, a muchos, esto del «Voluntariado» les puede sonar a modesto e, incluso, irrisorio. Pero una cosa es cierta: estos «Voluntarios» y «Voluntarias» se han decidido a bajar de las grandes teorías y de las abstracciones ideológicas a la complicada arena de la vida donde se juega el porvenir y la dignidad del hombre. Voy al grano, aunque sea con lenguaje aburrido y literatura prosaica y de manual jurídico: «Los «Voluntarios y Voluntarias» son personas que se comprometen de una manera desinteresada, no retribuida, a poner sus capacidades y parte de su tiempo al servicio de las demás personas necesitadas». Aun más: «Es «Voluntario» el que además de sus propios deberes profesionales, de modo continuo y desinteresado dedica parte de su tiempo a actividades no en favor de sí mismo ni de los asociados (a diferencia del asociacionismo), sino en favor de los demás o de intereses sociales colectivos, según un proyecto que no se agota en la intervención misma (a diferencia de la beneficencia), sino que tiende a erradicar o modificar las causas de la necesidad y de la marginación social».
Evidentemente, hay un retrato-robot del «Voluntario». Podría ser éste: «Persona especialmente sensibilizada ante las necesidades ajenas, tanto individuales como colectivas; integrado en una organización o participante de programas y servicios concretos de acción social; respetuoso de la libertad, creencias y valores de las personas a las que ayuda». Porque nada más lejos de una auténtica acción social que esa caricatura de «Voluntariado» superprotector, pegajoso y poseedor de «sus» pobres.
Alguien ha dicho que los «Voluntarios» son como sacos vacios a los que se rellena con dogmas de limosna tradicional y con principios burgueses de bienestar social; a los que se encauza en una dirección de ayuda social superficial y de benefactorismo tranquilizante y alienador.
Cualquiera de estas acusaciones difícilmente se mantiene en pie hoy. Porque una cosa tienen meridianamente clara la casi totalidad de los grupos de «Voluntariado» —y, por supuesto, nuestra Asociación de Voluntarias de la Caridad—: que el buen Samaritano no solamente cura al herido en el camino, sino que lucha para que no haya más heridos. Porque si uno lee cualquier escrito elemental sobre el «Voluntariado», inmediatamente se encontrará con estas o parecidas frases: «La acción del voluntario debe atender, en primer lugar, a la urgencia de la necesidad, pero también debe ayudar a tomar conciencia de la situación y ayudar asimismo a participar en la liberación de la persona, pues el estado de pobreza, las injusticias, las marginaciones, las opresiones impiden ocupar en la sociedad el puesto que debe ser reconocido a cada uno y a todos los miembros de esa sociedad. El individuo excluido, a la vez que de la posesión de los bienes necesarios para llevar una vida digna, del ejercicio de sus propias responsabilidades, no es capaz de decidir ni sobre su propio destino, ni puede desempeñar el papel que le corresponde en su comunidad. Este último punto pone de manifiesto la culminación de la labor del Voluntario como agente de denuncia social, como empeñado en la lucha contra unas estructuras perversas que generan situaciones de opresión y explotación e impiden la construcción de una humanidad nueva».
Creo que es obvio añadir que, dentro de la gama del Voluntariado, nuestra Asociación conforma un voluntariado específico: cristiano y vicenciano. Un Voluntariado marcado por el proyecto de Vicente de Paúl que, en síntesis, muy bien puede definirse como «la evangelización y el servicio a los pobres». Y aún más: «el servicio a los más humildes, a los mál abandonados y a los más colmados de miserias corporales y espirituales». Un Voluntariado que se cimenta en el estilo propio de Vicente de Paúl, un estilo de realismo y audacia. Y una especificidad apoyada en lo que él llamaba «las virtudes sólidas», es decir, el amor sencillo, humilde, cordial, comprometido, sensible a las miserias del prójimo, ilimitado, eficaz, organizado y liberador de la opresión que sufren los pobres.
4. «Contra las pobrezas, actuar junto»
Este es el lema que convoca y dinamiza, actualmente, a las «Voluntarias de la Caridad». Alguien pudiera pensar que este lema ha sido escogido al libre albedrío y que significa una especie de ruptura con la tradición y el carisma de Vicente de Paúl. Sin embargo, es la puesta al día de aquella caridad «concertada y coherente» de las primeras «Cofradías de la Caridad». Y es que nuestro actual «Documento de Base» —cuyo título es el lema citado— está en íntima conexión y en perfecta continuidad renovada con los reglamentos que Vicente de Paúl iba dando a los nacientes grupos de la Asociación. E insiste en algo que debe ser fundamental en toda Asociación de Voluntariado: la solidaridad socializada y organizada. Porque nuestra Asociación tuvo, desde Vicente de Paúl, y tiene actualmente muy en cuenta que la organización es consustancial a todo grupo de Voluntariado.
No me resisto a transcribir unas palabras lúcidas de nuestra anterior Presidenta Internacional, Clara Delva: «Una de las claves vitales del «Voluntariado» es la organización. Es la cuestión urgente si se quiere ser moderno, eficaz, si se quiere ser constante en la solidaridad y en el compromiso. Sin esa organización, corremos el riesgo de la dispersión, del cansancio y de la incompetencia. Y caeremos en la tentación del «amateurismo» que es tanto más peligroso cuanto que la acción se lleva a cabo con personas vulnerables, frágiles, que necesitan un apoyo contante y adecuado para salir por sí mismos de sus dificultades y poder promocionarse. Además, sin una actuación organizada es muy dificil ver, estudiar y profundizar las causas que generan las situaciones de miseria y marginación. Y es más dificil todavía emprender las acciones necesarias a todos los niveles: personal, colectivo y político, tanto en los planos local y nacional, como en el internacional».
Y, desde luego, este lema, «Contra las pobrezas, actuar juntos», es el mejor resumen práctico del lema de este Año Internacional de la Juventud. Yo invitaría a todos a que tratasen de concretar con una fórmula mejor el trabajo por la «Paz, la Participación y el Desarrollo».
5. Un trípode esencial de la Asociación de Caridad
Ya sé que, tradicionalmente, se nos ha asociado a la beneficencia, a la limosna y a la compasión burguesa. También sé que ha habido momentos históricos en los que nuestra Asociación se ha anquilosado en formas caritativas muy próximas a aquello de «siente un pobre a su mesa». Son pecados históricos que hay que asumir con humildad y modestia realista.
Pero también es cierto que, desde hace unos años a esta parte, el esfuerzo renovador de la inmensa mayoría de los miembros de la Asociación ha aterrizado en el descubrimiento de un trípode esencial en el que nos debemos apoyar. Un trípode formado por la Justicia, la Libertad y la Solidaridad. Mejor dicho, por la lucha de estas tres realidades esenciales. Un trípode que está en la base de esa Paz, esa Participación y ese Desarrollo por el que luchan los jóvenes.
Y este trípode no es algo teórico o meramente ornamental. Nuestra Asociación lo traduce en una práctica concreta y real. Una práctica de la «acción en tres niveles complementarios»:
a) Una acción personal, individual: Porque quien sufre es siempre una persona única, aunque sus sufrimientos sean también vividos por otros. Y cualquiera que sea el contexto social, es con aquél que esté en situación de miseria con quien debe buscarse la solución a sus problemas:
- Con una respuesta inmediata, porque el que sufre no puede esperar.
- Con un caminar atento junto a él, hasta que haya encontrado la solución a sus dificultades, un caminar que respete sus propias opciones.
- Dando un testimonio de esperanza que le permita volver a encontrar un sentido a su vida, a su destino.
b) Una acción colectiva: porque las dificultades detectadas son el signo de problemas colectivos. Y por eso buscamos respuestas colectivas:
- Con la creación de equipos, instituciones colectivas, escuelas, dispensarios, casas para ancianos, albergues, etc…
- Con la participación con otros organismos, públicos o privados, en la gestión y animación de tales equipos o instituciones.
c) Una acción sobre las estructuras: porque la lucha contra las pobrezas debe atacar las causas y los mecanismos que provocan esas pobrezas. Y nuestra Asociación no puede contentarse con paliar ciertas dificultades y dejar que la raíz siga igual; no puede continuar aceptando la miseria y el sufrimiento como una fatalidad.
Y así, actuar sobre las causas supone:
- Denunciar a los Poderes Públicos, a la opinión pública, a las comunidades eclesiales, todas las injusticias y los sufrimientos individuales y colectivos.
- Colaborar con las instituciones, públicas y privadas, para participar y hacer participar a los interesados en las acciones llevadas a cabo contra las pobrezas.
- Estar presentes en las Instituciones donde se toman las decisiones sobre las causas de las situaciones de pobreza, y actuar con miras a un verdadero cambio social.
Pero no termina aquí este trípode esencial. Porque él mismo se apoya, a su vez, en el convencimiento de que toda acción debe ser «global». Y por eso, nuestra Asociación está cada vez más convencida de la práctica de una acción «global», es decir, de que el desarrollo tiene como objetivo «a todo el hombre y a todos los hombres». Y que, teniendo en cuenta todas las dimensiones de la vida, debe llevar a cabo tres objetivos básicos:
- La acción terapéutica: porque las situaciones de miseria, como las enfermedades, piden una acción curativa inmediata.
- La acción preventiva: porque la prevención de la miseria se elabora esencialmente a nivel de las estructuras, y es en este nivel donde hay que actuar sobre las causas y raíces estructurales de la marginación.
- La acción promocional-liberadora: porque toda acción debe hacer a la persona y a los grupos de personas capaces de:
- realizar su dignidad de persona humana
- participar en su propio desarrollo
- participar en una acción comunitaria en donde puedan expresar su responsabilidad y su solidaridad con vistas a la satisfacción de sus necesidades y aspiraciones comunes.
6. Un manifiesto de hoy y para hoy
Me voy a permitir la osadía de trazar una especie de «manifiesto» de nuestra Asociación. De lo que queremos ser y nos esforzamos en ser. Y es un «manifiesto» que brindo como «cauce» de vuestras inquietudes a vosotros jóvenes que estáis en la encrucijada de varios caminos. Tal vez esto os sirva de esclarecimiento para vuestro compromiso de cristianos constructores de un mundo nuevo.
La Asociación de Voluntarias de la Caridad de San Vicente de Paúl «somos conscientes de las situaciones de sufrimiento, de injusticia, de pobreza, de violencia que degradan a los hombres y a las mujeres. Nos sentimos interpeladas por el evangelio, sobre la dignidad de la persona humana y su liberación por la resurrección de Cristo; sobre la responsabilidad de cada uno en la construcción de un mundo más fraterno y más justo; sobre el derecho de cada uno a participar en su propio destino. Tenemos presente la llamada del Concilio Vaticano II respecto a las realidades humanas y religiosas de esta hora. Somos fieles a la intuición profética y al dinamismo innovador de Vicente de Paúl. Esa intuición profética que le hizo captar que la lucha contra las pobrezas y las injusticias debe tener como objetivo la satisfacción de las aspiraciones fundamentales de la persona humana, tanto materiales como espirituales: que la justicia es uno de los preliminares y una de las exigencias fundamentales de la Caridad; que es necesario el compromiso en una acción organizada y comunitaria; que la Caridad no tiene fronteras; que las mujeres deben estar presentes, igual que los hombres, en la vida de sus comunidades. Y afirmamos la coherencia de nuestra acción, social y pastoral, al lado de los más necesitados. Nuestra preocupación por estar presentes en la lucha por la Justicia, la Libertad y la Solidaridad. Nuestra voluntad de colaboración con todos los que participan en la lucha contra las pobrezas, los sufrimientos, las injusticias, en el respeto recíproco de las responsabilidades de cada uno. Nuestra atención a las realidades sociales, religiosas y políticas de cada comunidad humana. Nuestra parte esencial en la participación y desarrollo de la persona humana».
7. Mirando al futuro
Vicente de Paúl confió un proyecto fundamental a las mujeres de Chatillon-les-Dombes en 1617. Tras haber sido llevado a cabo, a través de los siglos, a todos los continentes, por millones de mujeres, este proyecto atrae y estimula todavía hoy a más de 200.000 Voluntarias en 38 países. Y este «Voluntariado Vicenciano» ha sabido atravesar los años, los regímenes, los cambios de sociedad, las ideologías. Está abierto a todas las posibilidades para el mañana porque es dinámico, sin nostalgias de un pasado inexistente y sin precipitaciones fantasiosas. Es tenazmente realista y está atento a las mutaciones y cambios.
Y el mejor bagaje que este «Voluntariado Vicenciano» tiene para el futuro —y que os ofrece a los jóvenes— es su condición de mujeres cristianas, laicas, comprometidas con los más pobres, tanto en el mundo como en la Iglesia; es su impronta de asociación cristiana dentro de la acción social de la comunidad civil, para hacer oír las exigencias evangélicas y actuar según las opciones sociales de la Iglesia.
Y, en definitiva, nuestro telón de fondo y nuestro motor sigue siendo aquella frase interpelante, esperanzadora y urgente de Vicente de Paúl: «El amor es inventivo hasta el infinito».







