Las raíces de la espiritualidad de Don Bosco

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos cristianos1 Comment

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Autor: Carlitos Da Franca, S.D.B. .
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Don Bosco

Don Bosco

Continuamente nos preguntan por qué nos llamamos «salesianos», «salesianas»… «Familia Salesiana» si nuestro fundador es San Juan Bosco y no Francisco de Sales. Respondemos que fue voluntad de Don Bosco al fundarnos y poner como patrono principal a San Francisco de Sales, porque era el modelo de inspiración para el proyecto de caridad pastoral que emprendía esta sociedad.1 Para él era un punto de referencia obligatorio para comprender el carisma que Dios le había concedido.

Ahora, si bien es cierta esta referencia a san Francisco de Sales en aspectos fundamentales de la opción de Don Bosco, también es cierto que en él no se agotan sus referencias espirituales. El soporte de la experiencia de discípulo misionero, seguidor de Jesús, hecha por el «Padre y Maestro de la Juventud»2 es más amplio. El va a integrar de manera armónica y equilibrada una variedad de corrientes espirituales para dar respuestas a los retos que le presenta el dinamismo de caridad juvenil que arde en su corazón. Pues busca que la santidad sea de fácil acceso para los jóvenes. En un apasionante camino espiritual, bajo la guía de san José Cafasso, encontrará un humus espiritual muy rico que lo integrará en un movimiento de caridad y espiritualidad popular dentro de su iglesia local.

Como dice Valentín Viguera, «La espiritualidad salesiana de san Juan Bosco que, si bien se enraíza en esa corriente más amplia que proviene de san Francisco de Sales, es, sin embargo específica y original del santo piamontés. La espiritualidad salesiana, hoy vivida por muchos grupos de la gran familia de Don Bosco, hace referencia al espíritu del fundador, más que a la del patrono y titular.»3 Es por eso que al buscar las raíces de nuestra espiritualidad salesiana vivida por Don Bosco, no sólo debemos investigar y meditar a San Francisco de Sales, sino adentrarnos en el misterio de la vida de Juan Bosco.

La originalidad carismática de Don Bosco se fue fraguando progresivamente desde su infancia, y se definió con una síntesis propia y original en la compleja sociedad turinesa de mediados del siglo XIX, con las orientaciones espirituales y pastorales de, José Cafasso, su maestro espiritual.

La espiritualidad de san Juan Bosco es un carisma inspirado por el Espíritu Santo como respuesta a las realidades juveniles. Vibraba en el corazón del campesinito de I Becchi la caridad de Dios, con una sensibilidad por el mundo juvenil, que se fue manifestando y desarrollando desde su infancia. Ya sacerdote, Dios lo sembró en la dramática realidad de los jóvenes campesinos que habitaban los suburbios. Ellos, eran víctimas y piezas fundamentales del devenir histórico de la sociedad turinesa, que sirvió de escenario para el desarrollo industrial y los cambios políticos que harán nacer a Italia. Esta es la razón histórica de sus opciones pastorales y el contexto preciso donde crece espiritualmente y elabora su síntesis existencial entre fe y vida,4 como parte de todo un movimiento eclesial. Por ende, «para entender a Don Bosco es necesario confrontarse con su tiempo, aun a sabiendas de que él tiene una personalidad sobresaliente y unos rasgos muy originales».5

Su originalidad es fruto de la acción de Dios en su vida y de su actitud de discípulo misionero. Él mismo siente y da testimonio que Dios Padre es quien fue fraguando con paciencia, en un sinfín de acciones providentes, una propuesta original de espiritualidad y una respuesta pastoral adecuada a la realidad juvenil y popular.6

Él mismo nos cuenta que para capacitarlo Dios se valió del testimonio de seguimiento de Cristo y el acompañamiento de Mamá Margarita, Don Calosso, su amigo Comollo, el Teólogo Borel y de Don Cafasso. Y con la orientación y apoyo de Cafasso integro armónicamente una variedad de corrientes espirituales que hicieron referencia al camino de santidad de Francisco de Sales, Felipe Neri, Alfonso María de Ligorio, Vicente de Paúl, Ignacio de Loyola. Fue así, como en el dinamismo de su crecimiento personal, fue integrando elementos propios de las personas significativas que Dios puso en su camino y de las diversas corrientes espirituales que dieron origen a una síntesis original.

Como señala Desramaut, «Don Bosco fue original como todo espíritu fiel a sí mismo que no quiere reducirse a ser solamente espejo de los modelos que encuentra. Nunca buscó destacarse por su singularidad… Se sentía dentro de una tradición recibida de su mundo espiritual que le era más propio; como era, más o menos, la de los alfonsianos y, de manera general, la de los mejores autores recientes de su país hacia 1850 y 1860».7

Por eso, nos acercaremos al contexto histórico de la época posnapoleónica y neoindustrial que dio origen a la unidad italiana y transformó la organización política de la iglesia, para comprender el «humus espiritual turinés» de donde se nutrirá Don Bosco con la savia de la espiritualidad ignaciana, alfosiana, filipina, lazarista que produjo en él una espiritualidad propia, que recapitula todas las corrientes de la espiritualidad de su tiempo.8

bosco1Veremos como «Diversos rasgos de su espíritu hacen de él un maestro espiritual original del siglo XIX… Don Bosco vivió una experiencia espiritual concreta, apoyada ciertamente en las tendencias de su nación, guiado por maestros y dentro de una coyuntura histórica especial; pero, al mismo tiempo, una experiencia histórica singular, no sólo porque se sometió a las indicaciones providenciales, sino sencillamente porque le afecto personalmente. No fue ni Felipe Neri, ni Antonio María Zacaria, ni Cayetano de Thienne, ni Alfonso de Ligorio, ni José Cafasso, a pesar de la admiración incondicionada que tuvo por estos santos: él fue.»9

Descubriremos en Juan Bosco a un hombre auténtico que fiel a sí mismo fundamentó su vida en Dios, en comunión con la iglesia, como respuesta de caridad, que asume para sí el dinamismo pascual de Jesús de Nazareth, según las inspiraciones del Espíritu Santo, en lo cotidiano, haciendo referencia a la presencia materna de la Virgen María como madre, modelo y auxilio. Por eso se nos presenta como una referencia válida para hacer nuestro ese mismo dinamismo espiritual que nos permita ser auténticos y dar el aporte que Dios espera de nosotros en esta sociedad actual: «Con Don Bosco y con los tiempos», como decía el lema del centenario de la muerte de Don Bosco.

Don Bosco es padre y maestro en nuestro camino a la santidad, en él encontraremos pistas valiosas para seguir a Jesús dentro de la iglesia, en la sociedad actual, pues él enfrentó retos muy similares a los nuestros haciendo un camino de discernimiento y acompañamiento espiritual que le permitió construir una espiritualidad adecuada a los retos de la realidad juvenil de su tiempo.

Estamos convencidos de la actualidad del carisma que Dios regaló a la Iglesia a través de la vida y obra de san Juan Bosco y nos sentimos atraídos por su testimonio de tal manera que es la referencia espiritual que nos cohesiona y orienta en nuestro camino de santidad.

Basándonos en los aportes de las investigaciones de Massimo Marccocchi y del P. Fernando Peraza buscaremos acercarnos a las personas significativas que le sirvieron de modelo y están al origen de su experiencia espiritual, y de las corrientes espirituales que nutrieron la santidad de san Juan Bosco. El presente recorrido busca ayudarnos a comprender la variedad de fuentes que nutrieron este raudal juvenil de espiritualidad que Dios nos ha regalado. Esperamos que este esfuerzo de reflexión crítica nos ayude a vernos reflejados en Don Bosco y su experiencia para descubrir las invitaciones que Dios nos hace en nuestra vida personal.

1.- Escenario en el que creció su espiritualidad

Juan Bosco nace en el entonces reino de Piamonte después de la derrota de Napoleón en Waterloo. La expansión del po­derío na­po­leó­nico había llegado al Piamonte con la «campaña de Italia» emprendida por Bonaparte del 1796 al 1797. Esta do­mi­na­ción política francesa aniquiló los residuos de las viejas estructuras feu­dales, despertó la conciencia ciudadana y pa­trió­tica del pueblo, y renovó las estructu­ras administrativas y po­líticas; pero al mis­mo tiempo trajo un concepto racionalista y an­ti­clerical del Estado y de la po­lítica. La gente sufrió un fuerte desconcierto social, ético y re­ligioso, máxime con la supresión del Estado Pontificio y de los derechos de la Iglesia, la cau­tividad del Pa­­pa Pío VII en Savo­na (1809-1812), la dispersión de las órdenes religio­sas y la di­­visión del clero. Después de Waterloo (1815) comenzará la reacción del absolutismo, que estaba ya herido de muerte, que se conoce como la época de la Restaración.

Don Bosco se formó en el clima espiritual propio de la restauración. Época que pretendió reconstruir el tejido cristiano de la sociedad, desgarrado por la revolución francesa. Con el convencimiento de que estaba en acto una grandiosa operación diabólica orientada a destruir los designios de Dios, de los que la Iglesia es guardiana, y de que era necesario contener los asaltos del maligno y reconquistar la sociedad para Dios y para la Iglesia.10

Pero el rigorismo que caracterizará la espiritualidad de esta época ejercerá influencias en este humilde campesino de manera tardía, particularmente al entrar en el seminario, pues en su infancia cuenta con el cuidado espiritual de su mamá y de Don Calosso, quienes resultan significativos y determinantes en su camino espiritual y le ayudan a tener un acercamiento cálido a Dios en lo concreto y cotidiano, a formarse una visión paterna de Dios, providente, siempre presente, que nos motiva a la caridad y al perdón.

2.- Personas y Acontecimientos que lo Inspiraron

2.1.- Mamá Margarita.

Juan, nace en una familia de profunda vida espiritual, en un caserío donde se sentía el influjo laicistas de la época en la pérdida del temor de Dios.11 Es iniciado en la fe, y en el catecismo por su madre12 que fue referencia fundamental en su vida espiritual.13 Ella supo transmitirle la visión optimista de la vida basada en la paternidad providente de Dios, en los momentos trágicos de su infancia,14 le enseñó a tener una mirada contemplativa de la naturaleza y disfrutar la cercanía de Dios que nos conoce profundamente y siempre nos ve.15 Le enseñó la devoción filial y tierna a la Virgen.16

Margarita lo va orientando en cada momento con palabras oportunas, firmes y llenas de una profunda espiritualidad de seguimiento radical de Jesús. Sus orientaciones espirituales son constantes, oportunas, concretas y significativas.

Al prepararlo para la primera comunión recuerda Juan que: «durante la Cuaresma me llevó tres veces a confesarme. Me repitía: Juanito, Dios te va a hacer un gran regalo; procura prepararte bien y con­fe­sarte sin callar na­da. Dilo todo, arre­­piéntete de todo y pro­mete a nues­tro Se­ñor que vas a ser mejor. Así lo hice, y sólo Dios sabe si he sido fiel a mi pro­mesa. En casa me hacía rezar o leer algún buen libro y además me daba aquellos con­­­sejos que sólo una madre amorosa sabe dar a sus hijos.«17 Y ese día tan especial, para sellar el amor a Jesús, con su actitud y sus palabras, lo hizo un acontecimiento trascendental en la vida de Juan: «Aquella mañana no me dejó hablar con nadie. Me acompañó a la Co­munión e hi­zo conmi­go la preparación y acción de gracias, mientras el padre Sismon­di, vi­ca­rio parroquial, la dirigía fervorosamente en alta voz, y alternándola con to­dos. No quiso que durante aquel día me ocupase en nin­gún trabajo ma­nual, sino que lo em­plea­­ra en leer y en rezar. Entre otras muchas cosas que me dijo ese día, re­cuerdo sobre todo las siguientes: Hijo que­rido, éste ha sido un día muy gran­de para ti. Estoy persuadida de que Dios verdade­ra­mente ha tomado pose­sión de tu co­ra­zón. Prométele ahora que harás cuanto puedas pa­ra conservarte bue­no hasta el fin de la vida. En lo sucesivo comulga con frecuencia, pero cuída­te de cometer sacrilegios. En confesión dí siempre todo lo que tienes que decir; sé siempre obediente, participa siempre con gusto al ca­tecismo y a los sermo­nes; pero, por amor de Dios, huye como de la peste de los que tienen malas conversaciones.»18

Su madre era quien le brindó, desde pequeño, una auténtica dirección espiritual, que él descubrió como un secreto para su bienestar y crecimiento. Esto lo ayudará en el futuro a confiarse en su director espiritual, a pesar de lo fuerte de su carácter. Dice el mismo Juan: «Recordé los avisos de mi buena madre y procuré ponerlos en prácti­ca y me pa­re­ce que desde entonces hubo alguna mejora en mi vida, so­bre todo en lo to­cante a la obediencia y a la sumi­sión a los de­más, que eran cosas que me costaban mucho, de manera que, cuando al­guien me daba alguna orden o me hacía al­guna advertencia, yo siem­pre buscaba disculparme con ra­zo­nes pue­riles.». 19 No era sólo que conversaban, la relación profunda con su madre le brindaba la seguridad que necesitaba de niño para mantenerse firme en las exigencias del evangelio.20 Giacomo D’Aquino señala: «Durante su vida lo acompañarán no solamente las palabras y el ejemplo de la madre sino, sobre todo, la ‘confianza primeria’ construida en relación a ella».21

Cuándo en su adolescencia tiene la crisis por la elección de estado, y se pregunta si entrar al Seminario o al Convento de la Paz, su párroco pensaba en el apoyo económico a mamá y aconsejaba por eso el seminario, en cambio Margarita centró a Juan en Dios que está por encima de todo diciéndole: «Te aconsejo mucho que examines el paso que vas a dar y, que después, sigas tu vocación sin preocuparte de nadie. Pon por delante de todo la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta decisión teniendo en cuenta la necesidad que pudiera yo tener de ti en el porvenir. Pero yo te digo: en asunto así no entro, porque Dios está por encima de todo. No tienes que preocuparte de mí. Nada quiero de ti. Nada espero de ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Más aún te lo aseguro, si te decidieras por el clero secular y, por desgracia, llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa».22

Cuando todo estaba preparado, en medio de la alegría que motivaba la partida de Juan al seminario, mientras todos celebraban, Margarita estaba en actitud contemplativa, y antes de su partida le dice: «Querido Juan, has recibido la so­tana sacerdotal y yo he experimentado el más grande consuelo que una madre pue­de sentir al ver la felicidad de su hijo. Pero recuerda bien que no es la apa­riencia si­no las virtudes lo que honra a un sacerdote. De ma­ne­ra que si alguna vez llegaras a dudar de tu vocación, ¡por amor de Dios!, no dudes en dejar la so­tana, antes que des­hon­rar­la. Bien sabes que yo prefie­ro que seas un pobre cam­pesino y no un sa­cerdote negligente. Cuando vinis­te al mundo te consa­gré a la San­tísima Virgen y te recomendé la devoción a nuestra Madre cuan­do comenzaste los estudios, ahora te digo que te entre­gues del to­do a Ella, apre­cia a los com­pañeros devotos de María, y si llegas a sacerdote, inculca y pro­paga siempre su devoción».23

Después de celebrar su primera misa en su pueblo Juan recuerda que: «Aquel día mi madre, cuando ya estuvimos totalmente solos, me dijo estas memorables palabras: -Ya eres sacerdote: ya dices misa; en adelante estás más cerca de Jesús. Pero acuérdate que empezar a decir misa quiere decir empezar a sufrir. No te darás cuenta enseguida, pero poco a poco verás que tu madre te ha dicho la verdad. Estoy segura de que todos los días rezarás por mí, mientras yo viva y cuando muera: esto me basta. Tú en adelante, piensa solamente en la salvación de las almas sin cuidarte para nada de mí».24

Estas referencias que nos regala el mismo Juan nos hacen ver cómo, a pesar de ser analfabeta y contar como única fuente de formación el catecismo y los sermones que pudiera escuchar, cada uno de sus consejos van acompañados de la sabiduría de Dios y sirven para centrar a Juan en el seguimiento de Cristo.

Además, Juan tiene la dicha de disfrutar el testimonio de la santidad propia de Humanismo Devoto en su madre. Los principios espirituales basados en Francisco de Sales, Alfonso María Ligorio, Vicente de Paul y Felipe Neri, que estudiará en el Convitto y en los que le insistirá José Cafasso, vendrán a esclarecer y refirmar una convicción de santidad concreta y popular que para él tienen el arraigo profundo del testimonio de su madre.

Ella, en su condición laical y popular, supo estar atenta e interpretar pacientemente las inquietudes de su pequeño, se atrevió a confiar en él y apoyar su ardor de caridad, aun a costa de grandes sacrificios.25 Le dio lecciones de fe con su conducta.26 Es Margarita la referencia más Fontal en la espiritualidad de su hijo, no sólo le dio a luz para la vida terrena, lo hizo nacer a la fe y acompañó gran parte de su camino, compartiendo como María lo hiciera con Jesús, las aventuras de la misión que Dios le encomendó a su hijo.

2.2.- Las misiones populares.

Otro factor importante en su crecimiento espiritual con una visión más humanista fueron las misiones populares. Como él mismo nos cuenta, cuando niño participa de las misiones,27 que motivaban una espiritualidad popular muy distante a las ideas rigoristas. Las Misiones Populares que escuchaba con tanta atención, como bien lo expresa el P. Peraza, penetraron su mensaje evangélico hasta lo más profundo de su ser, llegando a ejercer su influencia en el llamado sueño de los nueve años.28 Estas misiones eran fundamentales en la animación espiritual del pueblo, y había echado sus raíces en ellas y otros ejercicios populares promovidos también por los institutos religiosos, como los Vicentinos y Capuchinos y la pastoral familiar de las parroquias.

Eran iniciativas promovidas por los mismos santos padres para la formación del pueblo, buscando animarlos en su vida espiritual.

2.3.- Don Calosso.

Fue en el contexto, camino de regreso de unas misiones predicadas en Butigliera que Juanito conoce a Don Calosso, como el mismo nos narra en las Memorias del Oratorio.29 Este anciano capellán de Murialdo será su prototipo sacerdotal, un padre, amigo que brindó en su relación el calor de una casa, el compartir alegre de un patio, la formación y celebración de la fe propia de una parroquia, y la maduración intelectual e información de una escuela.

Sale a su encuentro en el camino de regreso y mostrando una preocupación tierna por él, se involucra en su vida encarnando la paternidad de Dios y brindándole todo su apoyo. En corto tiempo llegó a ocupar un puesto fundamental en la vida de Juan y ser un padre espiritual para él. Lo ayudó a superar ciertas prácticas rigoristas respecto a las penitencias, la comunión y confesión, y, sobre todo le enseñó a gustar la vida espiritual. Dice él mismo, en sus memorias: «Me puse en seguida en las manos de don Calosso, que sólo hacía unos meses ha­bía venido a aquella capellanía. Me le di a conocer tal co­­mo era. Él sabía lo que yo hablaba, mi mane­ra de pensar y de com­portarme. Esto le agradó mu­chísimo pues así me podía dirigir, con fundamento, tanto en lo es­p­iritual como en lo tem­poral. Conocí en­­tonces lo que significa tener un guía es­table, un fiel amigo del al­ma, del que hasta entonces había carecido. En­tre otras co­sas, me pro­hibió en seguida una penitencia que yo acos­tum­braba hacer, por­que no era proporcionada ni a mi edad ni a mi condición. Me esti­mu­ló a la frecuencia de la confesión y de la comunión, y me enseñó a hacer cada día una breve meditación, o me­jor, un poco de lectura es­piritual. Los días festi­vos pa­saba con él todo el tiempo posible, y du­­rante la semana siem­pre que po­día le ayudaba la santa misa. Así co­­mencé también yo a gus­tar la vida es­piri­tual, pues hasta entonces la v­ivía por cos­tumbre, como una máquina, sin entender lo que ha­cía30

Experimentará por él un amor profundo, escribirá: «lo quería más que un padre, rezaba por él y con gusto le prestaba cualquier servicio. Además, gozaba cuando podía hacer algo por él, hasta diría que estaba dispuesto a dar la vida por complacerlo.«31 Su muerte va generar en él una fuerte crisis, llegando a decir que: «Con él morían todas mis esperanzas«.32 Es esta relación profunda la que se volverá paradigmática en la vida de Juan. En el esquema de los diálogos que sostiene con sus muchachos él repite a Don Calosso, el estilo de su trato busca brindar la misma caridad que le hizo experimentar la felicidad verdadera, la comunión profunda. Terminará despertando el mismo afecto entre sus muchachos, por ejemplo, haciéndole surgir espontánea la expresión «Fraile o no fraile, yo me quedo con Don Bosco» a Cagliero cuando Don Bosco le hacía la propuesta de fundar la Congregación. Las líneas que haya podido leer sobre la amabilidad de San Francisco de Sales y los testimonios de Felipe Neri, sólo reafirmarían una convicción profunda que tiene por fuente la experiencia de esta relación de paternidad espiritual centrada en Dios.

2. 4.- Luis Comollo.

Después de la muerte de Don Calosso, en su adolescencia, cuenta también con el acompañamiento espiritual de un amigo íntimo que lo ayudará a crecer y creará en él la convicción de la capacidad que hay en los jóvenes para alcanzar la santidad y orientar espiritualmente a otros jóvenes. Dice: «de él aprendí a vivir co­mo un buen cris­­tiano. Le di toda mi confianza y lo mismo hizo él conmigo. Nos ne­­cesitábamos mutuamente. Yo, de su ayuda es­pi­ritual, y él, de mi fuer­­za física, ya que Comollo, siendo muy tímido, nunca pensaba en de­fenderse, ni aún ante los peores insultos; mientras que yo, por el valor y la fuerza que te­nía, era respetado aún por compañeros de ma­yor es­tatura y más robustos que yo33

Fue Comollo quien, con gran amabilidad y firmeza, lo invitó a dominar el ímpetu de su carácter,34 cuidar sus expresiones de respeto por Jesús en los pequeños detalles.35 A su corta edad llegó a despertar tal admiración en Juan, que con sabia humildad supo acoger sus consejos. «Admirado por la caridad de mi amigo me puse en sus manos, dejándome guiar a donde quería y como quería. Junto con Garigliano nos íba­mos a con­fesar, a co­mul­gar y hacíamos la medi­ta­ción, la lectura es­­­piritual, la visita al Santísimo y aco­li­tábamos la Santa Misa. Cuan­­­do quería invitar­nos, lo hacía de una manera tal, y con tanta bon­­­dad y delicadeza, que era imposible negarnos.»36

Juega un papel providencial en la crisis de la elección de estado, cuando su confesor no quiso inmiscuirse en el tema de su vocación37 y en el período de sequedad y distanciamiento de los formadores fue un oasis de espiritualidad para él y sus compañeros de seminario, un modelo de santidad juvenil,38 construida en lo cotidiano. Llegará a afirmar: que la conducta de Comollo era la suma de pequeñas virtudes que lo hacían un espejo de singular virtud.39

Convencido de su santidad y lleno de admiración por él, tendrá por objetivo al escribir la bio­gra­fía de su amigo Luis Comollo, no sólo perpetuar la memoria del compañero re­cientemente falle­cido, sino que si­guie­ra siendo un estímulo, cercano y co­nocido, de santidad para ellos. Había sucedido, en efecto, que en Chieri la devoción a Co­mo­llo, muerto el 2 de abril de 1839, ha­­bía llega­do rápidamente a dege­nerar en fanatismo. Los mismos seminaristas sa­quea­ron su tumba para hacer de su ropa reliquias y alguno tuvo la osadía de llevar, con la misma finalidad, clandestinamente, un dedo del difunto a Don Bosco, que en­tonces vivía en el Convitto Eccle­siástico de Turín.

A través de los he­chos de la «Vida» de Comollo, Don Bosco les dice qué es lo que de veras el compa­ñe­­ro fallecido espera de ellos, para que puedan «llegar a ser óptimos sacerdotes de la viña del Se­ñor». En las tres sucesivas edi­ciones de 1854, 1876 y 1884, hace la propuesta de la santidad para todos los jóvenes. Más aún, como dice ex­plí­citamen­te en la última edición (1884), «para todo cristiano» que busque de ve­ras su salvación. Su divulga­ción se hace en­ton­ces en un fascículo de las Lecturas Ca­tólicas. En la primera edición de 1844, los he­chos or­dinarios domi­nan la na­rra­­ción. En 1884 incluye Don Bosco datos que revisten un ca­rác­ter excepcional. Lue­go, te­niendo en cuenta que hechos como los de las apariciones des­pués de muer­to podrían aparecer co­mo invenciones devotas del autor, aclara de inmedia­to que puede asegurar que todo cuanto ha es­crito «es la pura verdad». Que se tra­ta de he­chos y palabras vistos y oídos por Dan Bosco. Por eso, podemos afirmar con toda propiedad que fue una persona muy significativa en el camino espiritual de Don Bosco, un testigo que lo convenció que era posible la santidad y lo enseñó valorar los pequeños detalles de amor como algo extraordinario. Elementos esenciales en su propuesta de Espiritualidad Juvenil Salesiana.

2.5.- El Seminario de Chieri.

En su preparación al sacerdocio, una vez terminados sus estudios en Chieri, Juan hubiera podido permanecer como externo, tanto más que el am­bien­­te de la ciudad era sano y sereno. Sin embargo, había buscado la vida «prácti­ca­­­­mente claustral» del in­ter­­nado para potenciar su esfuerzo ascético y espiritual con el ansiado acompa­ña­miento de sus su­periores, después de la crisis vo­­­cacional del año anterior, a la que había contribuido la disipación en que vivió los años del Gimnasio.

Pero su deseo no logró hacerse realidad. En las Memoria del Oratorio, Don Bosco nos deja ver un juicio bastante duro sobre sus superiores de Seminario, que aun siendo bastante jóvenes, pues sus edades oscilaban entre los 28 y 45 años, tenían una men­talidad de tipo rigo­rista y disciplinar. Eran exigentes con los clé­rigos, en­­tre quienes, por desgracia, había también sujetos de mala conducta y ambiguos en sus opciones por el sacerdocio. Entonces el cli­ma humano que se respiraba era de ais­­­la­mien­to y des­confianza. Don Bosco hace notar su frustración en este sentido.

Los aspectos ne­ga­tivos que en­­cuentra, sea en el trato con los formadores, como en el ambiente moral del Se­minario, pro­­ducen en él «una cierta inhibición afectiva» que sólo puede superar gra­cias a las amistades profundas que cultiva y de las que deja algunos pincelazos significati­vos tan­to en las Memorias del Oratorio como en la biografía que en 1844 es­cri­bió de Luis Comollo y en la carta en­­viada al P. Félix Giordano el 16 de abril de 1843 sobre su compañero José Bur­zio.

Esta situación del Seminario de Chieri era la situación generalizada en los Se­­­mi­na­­rios del Piamonte y del resto de Italia. Reflejaba la compleja y desgastada rea­­lidad ecle­­­sial que si­guió a los abusos y arbitrariedades causados por la Re­vo­lu­­ción Francesa y el régimen napoleónico. No era entonces extraño que las orien­ta­­­ciones formativas en la épo­­­ca de la Restaura­ción (1814), y para el Seminario de Chie­­­ri las del obispo Colomba­no Chiaverotti, se basasen en los pi­lares de «la pie­dad, el estudio y la disciplina». Buscaban con ello la reforma y potencia­miento espiritual de los clérigos, que los hiciera ca­paces de contrarrestar la mentali­dad y las costumbres de una so­cie­­­dad no só­lo permisiva, sino disoluta.

Y, no obstante el aspecto disciplinar que revisten estas reglamentacio­nes, los Arzo­bis­­pos Chia­ve­rotti y Fransoni, que rigieron la arquidiócesis de 1818 a 1831, y des­de 1832 a 1862 res­pecti­va­mente, insisten en las «convicciones internas de fe y de amor» con las cuales hay que acercarse a la oración y a los sacramentos. La serie, pues, de prácti­cas de piedad que iban acompa­ñando la jornada de los clérigos, deberían fo­mentar en ellos ese espíritu de piedad, sólido y convencido que luego pudieran testimoniar y difundir en el pue­blo cristiano.

En Seminarios como el de Chieri, y dentro de la mentalidad «reformadora del cle­ro», se buscaba plasmar una conciencia pastoral más delicada. El no permitir la frecuente comunión tenía que ver con el respeto a la «santidad» de este Sa­cramento, dentro de una mentalidad «jansenista». Pa­re­cía, en efecto, que otra pra­­xis más «benigna» llevaba a hacer las co­sas demasiado fáciles y al relajamiento de la vi­da cristiana.

Esta orientación no cambiará hasta 1875, cuando el arzobispo Lorenzo Gas­­taldi asumiendo las nuevas exigencias pastorales realice un cam­bio significativo al respecto. No se trataba de seguir reprimiendo la vi­da sacramental por temor a los abusos y al laxismo ético, se trataba de crear una nue­­va mentalidad apostólica en el clero, con nuevos criterios pastorales, dentro de la re­vi­talización eclesial que el prelado había emprendido desde el primer Sí­no­do Dioce­sa­no, ce­lebrado en Turín del 25 al 27 de junio de 1873. Al tema dedicó cin­co Cartas Pastorales y en el «Regla­men­to» escrito por él en 1875 para sus Se­mi­­na­rios, consideraba la posibili­dad de que los clérigos, de acuerdo con su «Di­rec­tor de conciencia», pudie­ran acce­der todos los días a la Sagrada Comunión.

En el Seminario, las obras que podían ser objeto de su estudio y lectura, varias de ellas, se pue­de decir que pertenecían a una corriente de publicaciones que, bajo el título gene­ral de «Biblioteca escogida» («Scelta biblioteca«), surgió en 1829 para evitar criterios de otros autores menos «rigoristas» que pudieran llevar al relajamiento de la conciencia moral de los fieles. La visión de la historia que adquiere Juan Bosco en el Se­mi­na­rio es «religiosa». Una historia hecha de gra­cia y de pecado, de providencia de Dios y de esfuerzo personal y social del hom­bre. Don Bosco también leyó que la historia de la Igle­sia no es sólo de triunfos sino de pecado. Pero él subrayará que a pe­sar de sus llagas y de sus miserias la Iglesia supera las dificultades, se purifica en las persecu­ciones y en las lu­­chas, y triunfa de sus adversarios. La figura del Papa es para Don Bosco como la perso­ni­ficación de esta Iglesia, que él contem­pla y estudia con los ojos y los sentimientos de un hijo que, aún constatando todas sus limitaciones, la ama y respeta. Algu­nos tratados de teología estudiados en esos años son enunciados por Don Bosco: el De Eu­caristía de Pedro Gazzaniga, do­mi­nico y el De Poenitentia de Jo­sé Anto­nio Alasia.

2.6.- El «Convitto Ecclesiastico»

Una vez ordenado sacerdote Juan es invitado por Don Cafasso a entrar en el Convitto Ecclesiastico.40 De esta institución dice el mismo Juan Bosco: «Se puede afirmar que el Colegio Eclesiástico viene a ser un comple­mento de los estudios teo­lógicos ya que en nuestros seminarios sólo se estudia la dogmática es­peculativa y, en moral, las cuestiones disputadas. Pero ahí se apren­día a ser sa­cer­dote. Toda la atención se cen­tra en la meditación, la lectura es­piritual, en las dos conferen­cias dia­­rias y en las lecciones de predicación, en un ambiente tranquilo y con todas las facilidades para leer y estudiar buenos autores.«41

El Convitto se presentó como contraaltar del seminario diocesano y de la facultad de Teología de de la Universidad de Turín, que se caracterizaban por la adhesión a una moral rigorista y por una eclesiología crítica con respecto a la infalibilidad y al primado de jurisdicción del Papa.

El Convitto, iniciará su labor en Turín el año de 1817, fundado por Luis Guala, quien acabados sus estudios universitarios (1796) y ordenado sacerdote (1799), entró de inmediato en la acción social y religiosa en fa­vor de las graves necesidades del Papa y de los fieles a través de la «Amicizia«, a la que pertenecía desde cuando era univer­sitario. Esta era una aso­­ciación originaria de Francia que se interesaba por la defensa de la fe y de la educación ética del pueblo y, sobre todo, por la formación de los jóvenes sa­­cerdotes, tan necesitados de orien­tación pastoral en ese momento. Desde en­ton­ces trabajó en íntima unión con el P. Lanteri y de esa relación pastoral fue naciendo la idea del Convitto, que fue uno de los crisoles donde se plasmó el estilo eclesiástico y religioso que impulsó la segunda mitad del siglo XIX. En él se formaron: Cocchi, Borel, Cafasso, Murialdo, Bertagna, Alamano, incluido Don Bosco (1841-1844), quien lo define como «maravilloso semillero del cual proviene mucho bien a la Iglesia, especialmente, como dice Juan, para erradicar algunas raíces de jansenismo que todavía se conservan entre ellos.42

El Convitto difundió la doctrina de Alfonso María Ligorio, considerado por Cafasso y Guala como autor capaz de mediar entre las corrientes rigoristas y una cierta superficialidad benignista, pero fue también fuente de irradiación espiritual salesiana y filipina. Se origina como fruto de las iniciativas aristocráticas de la Amicizia Cristiana, que a través de Lanteri y Guala, con iniciativas como el Convitto, ensancharon su radio de acción con un rico abanico de iniciativas entre el clero y el pueblo.

2.7.- Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales: «San Ignacio» de Lanzo

Otra experiencia decisiva en crecimiento personal de nuestro joven sacerdote, fueron los retiros espirituales hechos en la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales de Lanzo, que nace fruto de las Misiones populares de dos miembros de la Compañía de Jesús, en 1610.43

En 1806, esta casa y capilla San Ignacio de Lanzo, que por la supresión de los Jesuitas había quedado en manos de la curia,44 pasa a ser Casa Diocesana de Ejercicios por el celo pastoral de Mons. Jacinto de la Torre, arzobispo de Turín. Confiada su dirección al Convitto eclessiastico, empezará a convertirse en el principal centro de los ejercicios espirituales que renovarán la vida cristiana, seglar, presbiteral y religiosa del reino sardo piamontés en la época moderna, con una orientación ignaciana en cuanto a la espiritualidad y alfonsiana en cuanto a la teología moral. Cuatro sacerdotes fueron decisivos en la organización de la Casa de Ejercicios y como directores y predicadores: Pío Brunone Lanteri, José Cafasso, José Allamano y Luis Guala.

La casa de san Ignacio ofrecía servicio para los laicos, como para los sacerdotes, para la gente del pueblo y para los señores de las más variadas condiciones, desde comerciantes hasta campesinos humildes, desde profesores y políticos hasta militares y miembros de la corte de Saboya. En mayo era la tanda del pueblo, en junio dos tandas para el clero, en julio y en septiembre ejercicios para seglares.

Las normas pontificias y de las Iglesias locales hicieron obligatorios los «ejercicios espirituales» en las casas religiosas y los seminarios y, al menos una vez al año entre el clero secular, ya en ejercicio del ministerio. En 1822, las reales patentes de Carlos Felix, exigían se hicieran tandas de retiro dos veces al año para el alumnado de los colegios del estado.

Don Bosco, que se formó en esta época, por ende, realizó sus ejercicios espirituales y también participó de los retiros mensuales de la buena muerte antes de entrar en el seminario. El mismo Don Bosco testimonia que durante su formación seminarística los ejercicios predicados por el Teólogo Borel lo impactaron por el fuego de caridad que inflamaba sus palabras, por la dedicación solícita a los demás, por su disponibilidad a la escucha y el acierto de sus consejos, por el respeto y fervor de sus celebraciones.45

En 1842 Cafasso lo lleva con él, por primera vez, a los ejercicios para el clero de san Ignacio de lanzo, y luego a las tandas para seglares donde le confía algunas predicaciones y para que le ayudara en las confesiones.12 La casa de ejercicios de san Ignacio fue desde entonces la meta por excelencia para el continuo y perseverante esfuerzo de formación espiritual de Don Bosco. Los ejercicios de lanzo contenían e interpretaban la mejor tradición formativa y espiritual del momento. En esa sucesión de semanas fue haciendo su proceso de identidad cristiana a imitación de Ignacio de Loyola,46 de cuya vida y conversión trazó un sintético cuadro en la storia ecclesiastica. Realizó los ejercicios de manera consecutiva por 32 años, desde 1842 a 1874 (con un paréntesis entre 1848-1849: año de la primera guerra de independencia italiana)

Don Bosco sistemáticamente irá a los retiros del clero, aunque a veces haya hecho los ejercicios con los muchachos o con sus salesianos en abril o en los meses siguientes hasta julio, inclusive muchas veces también en el mismo san Ignacio de lanzo. En sus ejercicios personales será constante. Y en 1847 promoverá los ejercicios en su oratorio, y los llega a considerar dentro de poco como algo básico para la formación de los jóvenes, la preparación espiritual de sus catequistas y el discernimiento vocacional de los jóvenes.

3.- Corrientes Espirituales de las que se nutre

Ante la necesaria renovación de la Iglesia frente a la crisis producida por influjo napoleónico y las transformaciones sociales del liberalismo que hizo nacer a Italia, se introduce una línea espiritual vanguardista, a través de Lanteri y Guala proveniente de las Amicizias buscando una espiritualidad popular en respuesta a las graves necesidades propias de la época. Propuesta bien recibida por Mons. Jacinto de la Torre y que encontró resistencia en Mons. Colombano Chiaverotti.

Es así como descubrimos una tensión en el ambiente el cual se forma Juan Bosco. La tensión existente entre la corriente vanguardista, que se alimenta de la espiritualidad ignaciana, alfonsiana, lazarista y filipina, y la corriente conservadora y aristocrática, propia de la restauración que seguía el rigorismo moral, que se resiente de algunos dejos jansenizantes.

Como ya hemos dicho Juan afianza sus raíces en el humus espiritual que impulsaba el Convitto Ecclesiastico, pero recibió también en su formación los influjos del rigorismo moral ante el cual reaccionó.

3.1.- El Rigorismo moral

El jansenismo en sentido estricto puede considerarse en declive en las primeras décadas de ochocientos, mientras el rigorismo sigue difundido en la praxis pastoral. Los círculos jansenistas o jansenizantes cultivan un ideal severo de la vida cristiana. Recomendaban la conversión del corazón, luchaban contra el cristianismo rutinario hecho de devociones exteriores, de entusiasmos pasajeros, de tradiciones acarameladas; reprobaban en la oración el abuso de fórmulas repetidas mecánicamente. El ideal es una religiosidad pura, libre de incrustaciones, ajena a las acomodaciones, nutrida en las fuentes bíblicas y patrísticas, que huye del contacto con el mundo envuelto en el pecado.

La dilación o el rechazo de la absolución a los penitentes de cuya perseverancia no se tuviese suficiente certeza y en todo caso a quien no hubiese cumplido la penitencia impuesta, eran considerados como medios normales para provocar el «shock psicológico» y de este modo favorecer la conversión verdadera. La gracia de sacramento de la penitencia es concebida como un premio más que como una ayuda saludable y confortante en la lucha contra el mal. Se puede recibir si el penitente ha llegado a un grado convincente de purificación. También el alejar a un penitente de la comunidad era una práctica que se imponía a aquellos que recaían fácilmente en el pecado. La eucaristía también era considerada como un premio para los santos, por eso el fiel tenía que adquirir antes de comulgar una fuerza interior que lo hiciera apto para recibir a Cristo Señor.

La práctica sacramental del Piamonte en la época de Don Bosco estaba, en general, marcada por trazos rigoristas. Escribe Cafasso: que según los pastores de la época era «difícil observar los mandamientos, difícil recibir bien la santa comunión, difícil, incluso, oír la misa con devoción, difícil rezar como se debe, difícil, sobre todo, llegar a salvarse, y que era muy pocos los que se salvaban»

Este «rigorismo moral», era una corriente teológica que tuvo su auge entre los si­glos XVII y XVIII, es conside­rado por Don Bosco como las «últimas raíces del Jan­se­­­­nis­mo». Para al­gu­nos teólogos del siglo pasado y aún de hoy día, entre jan­se­nis­­mo y rigorismo la diferen­cia es sólo de intensidad. Filosófica y teológicamente tie­­ne a su base el pesimismo antro­po­lógico, según el cual «la herida del pecado ori­­ginal» ha sido fatal para el hombre, que sin la gracia, no puede absolutamente obrar el bien. Por tanto, no podría haber una mo­ral puramente natu­ral, pues to­das las realidades y comportamientos humanos estarían im­pregnados fatalmente por el mal. Para evitar, pues, el relajamiento de las costumbres y los abusos, la práctica sacramental debía exigir exámenes y purificaciones continuas; la absolución debía ser demorada y condicionada por prácticas penitenciales pro­­por­cio­­nadas a las culpas; la comunión sería excepcional, dada la santidad que exigía este sacramento, la imagen de Dios, era la de un juez, el hombre sólo puede sentirse culpable e indigno; desconfiado de sí mismo, la perfección viene a ser un privilegio, fruto de prácticas represivas de mortifi­ca­ción y peni­tencia.

3.2.- El Humanismo Devoto

El otro gran movimiento, en el cual se inscribirá la espiritualidad de Don Bosco, es impulsado por La Amicizia que nace, entre el 1779-1780, como una asociación secreta, en ambientes aristocráticos de alta burguesía y se propone la formación espiritual de los asociados y la lucha contra el espíritu de los enciclopedistas, a través de la difusión sistemática de obras de inspiración católica («los buenos libros»), llevada a cabo mediante préstamos o con distribuciones gratuitas; promueven la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, la comunión frecuente y la meditación diaria, promoviendo los ejercicios espirituales según el método de San Ignacio, los retiros, la práctica de la oración mental y del examen de conciencia, las misiones, la elección de confesores según las directrices de Alfonso Ligorio.

Este mo­vi­miento de re­no­vación pastoral, denomi­nado genéricamente como «Las Amistades» fue organizado por el Jesuita Nicolás de Diessbach (Ber­na 1732- Vie­na 1798), desde 1769. La finalidad era proveer a una sólida y actualizada formación del pueblo cristia­no, en me­dio de la ignorancia y/o el desconcierto producido por las luchas ideoló­gicas, religio­sas, morales y po­­líticas de la época. Surgieron así diversas aso­ciaciones católicas para seglares y eclesiásticos, denominadas genéricamente, «Amis­ta­des», fie­les al magisterio pontificio, e inspiradas en la doc­trina ignaciana y de S. Alfonso. En su seno se dio origen a iniciativas, como la de la «Amistad Sa­cer­dotal» (1783), orientada y potenciada por Diess­bach para la forma­ción más profunda, apos­­tólica, práctico-pastoral y misionera del clero, que se ge­nera­ron, por inspiración y ta­lento organizativo de Pío Bru­none Lanteri y Luis Guala, tales como las «Con­fe­rencias de mo­­­ral» pa­ra sacerdotes recién ordenados, la «Pía Unión de San Pablo» (que buscaba popularizar el apos­­tolado sacerdotal en barriadas, cárceles y hospitales), y el «Con­vitto Eccle­siastico» (1817).

La Amicizia Cattolica promovió, en 1825, la edición de la obra de Alfonso María Ligorio en Turín. Y, a causa de su filojesuitismo, fue suprimida por el gobierno piamontés en 1828. Algunos de sus miembros (Provana y d’Agliano) se unirán después a las Conferencias de Vicente de Paúl, fundadas en Francia por Federico Ozanam e introducidas en Turín en 1850.

Muchos de los fines de la Amicizia fueron asumidos por el Instituto de los Oblatos de María Virgen, que fundó Pío Brunone Lanteri, quien había formado parte de los fundadores de la Amicizia siendo clérigo: promueven la predicación de los ejercicios espirituales, desarrollan las misiones entre el pueblo, preparan nuevos sacerdotes y difunden la buena prensa. Sus reglas fueron redactadas en 1816 por Lanteri. En 1819 los suprime el obispo de Turín, Colombo Chiaverotti, y se reconstituyeron en Pinerolo en 1825.

Dentro de este movimiento vanguardista se realzará el valor de la espiritualidad para las clases populares inspirados en varios corrientes espirituales, que se hicieron decisivas en la vida de Don Bosco y que reseñamos a continuación.

3.2.1.- La espiritualidad Alfonsiana

San Alfonso María Ligorio fue beatificado en 1816, de inmediato se emprendió el proceso de canonización que concluyó en 1839 y sus obras fueron publicadas en Turín, por iniciativa de la Amicizia, en 1825, y por eso ejerció mucha influencia en las corrientes ultramontanas del Piamonte que se agrupaban en torno a Roothaan, Lanteri, Guala, Cafasso, Bosco y en la actividad de los misioneros comprometidos en el mundo rural y del clero en cura de almas.

San Alfonso se había formado con los manuales rigoristas y se convirtió cuando se dedicó a las misiones entre el pueblo y se enfrentó a la realidad del hombre envuelto en la miseria y con una vida cristiana superficial. Comprendió que el sur de Italia no se podría conquistar con una pastoral oprimente, centrada más en un Dios-juez que en un Dios-Padre, más en el pecado que en el perdón, más en el infierno que en el paraíso. Su enraizamiento en la realidad popular lo convirtió a una teología más humana, marcada por la referencia a la bondad y la misericordia de Dios, a la confianza en Él y a la esperanza.

Los misioneros que predicaban entre las poblaciones rurales seguían a san Alfonso en el deseo de adecuar la propia acción pastoral a las situaciones concretas de vida de la gente pobre. Redentoristas, Sacerdotes de la Preciosísima Sangre, los Sacerdotes de la Misión, los Pasionistas, los Oblatos y los Jesuitas, eran conscientes de que en relación a los penitentes no era suficiente la aplicación de normas, sino que era necesario valorar, además de las disposiciones interiores, también la situación en la que se elaboraba.

Los sacerdotes con cura de almas o comprometidos con la dirección espiritual se mueven en la misma línea antirrigorista. La doctrina moral alfonsiana con tendencia a la comprensión marcha paralelamente al creciente interés de la Iglesia por las poblaciones rurales y con la creciente sensibilidad hacia las condiciones de vida de los fieles.

La influencia de estas opciones pastorales se refleja también en la vida de piedad. Prevalece, en efecto, en el s XIX una piedad cálida, humana, popular, que tiende hacia el sentimiento, hacia la afectividad, hacia la fantasía, hacia el gusto por lo maravilloso, que valoriza, a veces en detrimento de la profundidad, los elementos sensibles, palpables, carnales, que se basa en la frecuencia más asidua a los sacramentos, que se nutre de un número consistente de prácticas devotas.

La devoción mariana, se desarrolla con procesiones y peregrinaciones, con una vasta literatura sobre el mes de mayo, el rosario, las prerrogativas de María Virgen y Madre, y caen, a veces, en tonos dulzones, afectados y tiernos. También las devociones a la pasión de Cristo, al Sagrado Corazón, a la Preciosísima Sangre, a las cinco llagas, a las tres horas de agonía con su inspiración reparadora y expiatoria estimulaban los motivos afectivos y sensibles.

Es una orientación de la piedad de clima romántico con su gusto por la fantasía, la afectividad, el énfasis sentimental, las razones del corazón. Es una piedad cálida, amable, popular accesible, sobre todo a las masas. Tiene sus lados débiles en la insistencia en la multiplicidad de los ejercicios devotos, en el excesivo relieve dado a la praxis de las indulgencias, en la proliferación de las devociones discutibles y secundarias, en la condescendencia al sentimentalismo, el distanciamiento de la biblia y de la liturgia: una piedad pobre en contenidos teológicos.

Por su parte, Don Bosco promovió en el Oratorio algunas prácticas de piedad (visita al Santísimo, vía crucis, devoción a la Virgen y al Ángel Custodio, el ejercicio mensual de la buena muerte, la novena en honor de Luis Gonzaga y de Francisco de Sales) pero no cedió a la exuberancia devocional típica del catolicismo del s XIX por el temor de irritar y cansar a los jóvenes, dejando de lado devociones muy extendidas como la de la preciosísima sangre y del Sagrado Corazón.

3.2.2.- La espiritualidad Salesiana

En Piamonte el ambiente estaba impregnado de esencia salesiana. En 1638, Juana de Chantal había fundado en Turín la casa de la Visitación que dio amplia circulación a las obras de Francisco de Sales, que habían tenido numerosas ediciones durante el s XVIII, y la vida del santo escrita por el sacerdote piamontés Pier Giacinto Gallizia, editada en Venecia en 1720 y reeditada muchas veces. Circulaban también pequeñas obras impregnadas de espíritu salesiano como la «Guida angelica, ossia practiche istruzioni per la gioventù» de un autor anónimo editada en Turín en 1767, de la que Don Bosco se valió ampliamente en la composición del Giovane provveduto

El Francisco de Sales recibido en Piamonte es el que afectuosamente adoctrina sobre el modo de vivir cristianamente en el mundo, para lo cual la devoción, que consiste en el amor a Dios y al prójimo, no es una condición privilegiada, prerrogativa de religiosos y claustrales, sino un objeto capaz de ser alcanzado por todos los cristianos con el cumplimiento de los deberes del propio estado.

San Francisco de Sales había afirmado, contra el pesimismo calvinista, la continuidad de naturaleza y gracia, el equilibrio de las relaciones entre Dios y el hombre, y había sugerido una perspectiva espiritual caracterizada por una gran concreción rica en sabiduría psicológica, libre de preocupaciones, alimentada de sentido de la medida, fundada en el diálogo confiado con Dios, que quiere la salvación de todos, y para ello ha enviado un redentor, y que ha garantizado una redención universal.

Si a lo largo del s XVII Anonio Arnauld y Etienne Le Camus habían llevado a cabo una lectura rigorista de Francisco de Sales, presentado como un pastor severo, difundiéndola por todo el Piamonte, Lanteri, Guala, Cafasso, Cottolengo, Bosco, en la primera mitad del s XIX hacen una lectura antirigorista, que descubre su dulzura y su piedad razonable y sin excesos.

Don Bosco elige a San Francisco de Sales como modelo y se apropia de alguna de sus características. Su interés por la figura de este santo germina en el seminario de Chieri. En los apuntes redactados la vigilia de la ordenación sacerdotal, en mayo de 1841, escribe: «la caridad y la dulzura de san Francisco de Sales me guíen en todas las cosas».47 Este interés por Francisco de Sales se desarrolla en el Convitto y en el ámbito de las obras de la Marquesa Barolo.

Francisco de Sales encarna en sí la tradición tridentina en los años en que se efectúa en Piamonte una creciente influencia Valdense, pero sobretodo encarna la amabilidad, la caridad, el equilibrio, la discreción, el optimismo. Don Bosco recomienda la lectura de la Introducción a la vida devota porque es un libro que enseña a servir a Dios con familiaridad y confianza filiales.

3.2.3.- La espiritualidad Filipina

Con el filón salesiano se entrelaza la tradición espiritual filipina, mantenida viva en Piamonte por el Oratorio de Turín y por la extraordinaria figura de Sebastiano Valfré, por la biografía del santo escrita s XVII por Bacci y por una serie de Ricordi ai giovinetti, que Don Bosco conocía bien.

El programa de san Felipe Neri se nutre también de la confianza en la naturaleza humana y de amor al arte, rehúye los tonos hoscos y tristes, se ilumina de espíritu festivo y alegría.

Alfonso María de Ligorio, aunque abierto a las sugestiones de Teresa de Avila, es hijo espiritual de Felipe Neri y Francisco de Sales. Madura en efecto su espiritualidad bajo la guía del oratoriano Tomaso Pagano, después pasa bajo la dirección de Mons. Falcoia, embebido de salesianismo.

Francisco de Sales era uno de los autores más leídos dentro del Oratorio. El joven Rosmini se sintió atraído por las lecturas salesianas gracias a las influencias oratorianas. Cottolengo respira el aire de la espiritualidad de Felipe Neri por su director espiritual, Michele Fontana, y de Francisco de Sales, aunque descubre su vocación leyendo a San Vicente de Paúl.

Existen buenas razones para pensar que ya en el Convitto Don Bosco había tenido la posibilidad de acercarse a la figura de Felipe Neri, puesto que ya en 1845 traza en la Storia ecclesiastica un breve pero intenso perfil del santo. En el panegírico de San Felipe Neri, pronunciado en alba de mayo de 1868, Don Bosco presenta al apóstol romano como aquel que «ha imitado la dulzura y la mansedumbre del salvador», que ha difundido «el gran fuego de la divina caridad» traído por Cristo. Al hablar de Felipe Neri, Don Bosco está hablando de sí mismo y del ideal salesiano.

Don Bosco difunde algunos dichos característicos de Felipe Neri como: «Hijitos, estad alegres: no quiero escrúpulos ni melancolía, me basta que no cometáis pecados»; «escrúpulos y melancolía fuera de la casa mía»; «no se carguen con demasiadas devociones, pero sean perseverantes en aquellas que han empezado».

3.2.4.- La espiritualidad Vicentina

Los Paules promueven las misiones populares por el Piamonte, las hijas de la Caridad se dedican al cuidado de los pobres, los enfermos, los soldados ingresados en los hospitales militares y dieron origen a varias fundaciones que adoptaron su espíritu y regla.

La casa de la Misión de los padres Vicentinos funcionaba desde 1830 en el antiguo monasterio de la visitación, fundado por santa Juana de Chantal en 1638 y expropiado por el régimen napoleónico en 1801. Mons. Colombano Chiaverotti había encomendado a los lazaristas la formación de los clérigos que no vivían en el seminario y la predicación de los ejercicios espirituales a los candidatos a las órdenes sagradas.

Don Bosco parti­cipó en la tanda pre­­paratoria al subdiaconado en septiembre de 1840, y la próxi­ma a la Or­de­na­ción Sacerdotal que tuvo lugar del 26 de mayo al 5 de ju­nio de 1841. En la Storia ecclesiastica de 1845 le dedica un apasionado retrato: «animado del verdadero espíritu de caridad, no hubo género de calamidad que él no socorriera; fieles oprimidos por la esclavitud de los turcos, niños huérfanos, jóvenes disolutos, solteras en peligro, religiosas abandonadas, mujeres caídas, galeotes, peregrinos, deficientes mentales, mendigos, todos probaron los efectos de la caridad paterna de Vicente.48 Don Bosco también participó en la Conferencia de San Vicente de Paúl e instituyó un grupo en el Oratorio en 1854.

4.- Humus Espiritual de la Turín en que vivió Don Bosco.

Este entrelazarse de corrientes espirituales anima esta época extraordinaria con iniciativas orientadas a las necesidades espirituales y materiales de los pobres, de los enfermos, de los encarcelados, de las mujeres en peligro y descarriadas, que caracteriza la primera década del s XIX en Piamonte.

La pequeña casa de la Divina Providencia surge en 1832 bajo los auspicios de Vicente de Paúl y acoge a los enfermos rechazados de otros hospitales a causa de sus deformidades. La espiritualidad del Cottolengo se caracteriza por el abandono total en la Divina Providencia y por la dedicación a los hermanos más pobres.

Giulia Barolo, penitente de Lanteri, de Guala y luego de Cafasso, promovió obras de asistencia de las encarceladas, para la rehabilitación de las mujeres descarriadas, para el cuidado de jóvenes enfermas.

Don Cafasso se dedica a la asistencia de los deshollinadores venidos a Turín desde el valle de Aosta, consuela a los encarcelados, acompaña a la horca a los condenados a muerte, implicando en esta experiencia al joven Bosco, sacerdote de 26 años, que quedó fuertemente impresionado.

La barriada pobre de Valdocco se convirtió en el corazón de esta caridad operativa, acogiendo la pequeña casa del Cottolengo, las obras de la Marquesa Barolo y, en 1846, el Oratorio estable de Don Bosco.

La espiritualidad piamontesa de la restauración se mueve en la línea de un humanismo devoto que se sostiene en el principio de que la gracia no suprime la naturaleza sino que la sana, la eleva, la perfecciona con la intuición de que la naturaleza, a pesar de haber sido herida por el pecado, permanece fundamentalmente orientada hacia Dios, la gracia actúa sobre tal disposición de la naturaleza.

En esta espiritualidad piamontesa no se hace notar la espiritualidad francesa de orientación agustiniana con la temática de adhesión a Cristo en su muerte en la cruz, como anulación, abnegación, muerte interior, mortificación de la naturaleza contaminada por el pecado, como oblación, sacrificio, inmolación.

Don Bosco ahonda sus raíces dentro de este humus espiritual, del cual toma las esencias y la linfa, una inspiración, una actitud, una mentalidad. Es un sacerdote rural que tiene viva la realidad nueva de los jóvenes que, salidos de la cárcel o emigrados del campo a Turín para buscar trabajo, se habían integrado mal en la ciudad a los comienzos de la industrialización. Para ellos funda su acción educativa por ser «pobres y abandonados» en la «amabilidad» y en la «Caridad» adaptando la misma metodología pastoral, caracterizada por la dulzura, que había guiado la predicación de los misioneros de Alfonso María de Ligorio, de Vicente de Paúl en medio de las poblaciones rurales.

5.- Influencia determinante de Don Cafasso

Don Bosco se formó en el seminario de Chieri (1835-1841) dentro de un clima de gran austeridad. Joven clérigo se había acercado a las tesis favorables al rigorismo a través del estudio del tratado de teología moral de Alasia, que era el texto usado en el seminario. Recuerda que las relaciones entre clérigos y superiores se caracterizaban más por el temor que por la familiaridad.

Pero después de su ordenación (5 de junio de 1841), se hace beneficiario de la iniciativa pastoral de Lanteri y Guala y entra en el Convitto, donde se respira un clima alfonsiano y encuentra allí la figura de José Cafasso, hombre sereno y sensible que se convierte en su confesor, en el que se refleja la imagen del sacerdote solícito y fervoroso que trabaja para la gloria de Dios y la salvación de las almas con una dulzura que atrae y conquista.

Es Cafasso quien les enseña a contraponer a la idea de un Dios solitario y severo, la imagen de un Dios Padre Misericordioso. Les enseña que la perfección consiste en hacer perfectamente la voluntad de Dios que debe buscarse en las acciones de vida común; que la santidad no consiste en el cumplimiento de gestos excepcionales, sino en la fidelidad a los deberes del propio estado; condena las formas de mortificación austera como una tentación del demonio, sosteniendo que las verdaderas mortificaciones se manifiestan en el sacrificio que exige la fidelidad a los deberes. En su vida fue testigo de sus enseñanzas: se hizo extraordinario practicando, con fidelidad, las virtudes ordinarias.

José Cafasso (1811-1860), paisano de don Bosco, nació en Castelnuovo de Asti el 15 de enero de 1811. Estudió también como éste en el Gimnasio y en el Se­minario de Chie­ri y re­ci­bió el presbiterado el 22 de septiembre de 1833. Fue tam­bién alumno del Con­vitto desde ese mismo año y luego ayudante del Teólogo Luis Guala, y su sucesor en la dirección del mismo. Muy apreciado como formador de sacerdotes, apóstol de las cár­ce­les y de los niños pobres, es­pecialmente de los emi­grantes y limpiachimeneas venidos a la ciudad en época de invierno. Pre­ci­sa­mente para estos últimos había organizado, antes de la llegada de don Bosco a Turín (1841), una ca­tequesis especial en el Convitto. Fue in­com­parable confesor y guía de Don Bos­co, y generoso colaborador de su Obra. Murió el 23 de junio de 1860. En él, dice Don Bosco, se unían la pureza de corazón de San Luis Gon­zaga, la mansedumbre, la paciencia y la caridad de Francisco de Sales, el amor a los po­­­bres de Vicente de Paúl, la austeridad personal y el celo apostó­lico de San Car­los Bo­rro­meo y la bondad y comprensión de Alfonso María de Li­gorio, particular­men­te en la ad­ministración del Sacramento de la Penitencia.

Cafasso está a la raíz de las opciones fundamentales hechas por Don Bosco: ordenado sacerdote le recomendó entrar en el Convitto y terminado este período fue quien orientó su labor a los jóvenes abandonados que frecuentemente terminaban en la cárcel o en la horca. Él es para Juan su verdadero Padre Espiritual, quien inspira y orienta al seguimiento de Cristo en la construcción de su Reino en medio de los jóvenes. No se puede comprender las raíces espirituales de Don Bosco sin hacer referencia a José Cafasso como puerta de entrada de este gran movimiento espiritual turinés de fines de s XIX.

6.- Don Bosco, maestro de una espiritualidad original

Don Bosco no ha elaborado una espiritualidad original. Bebió en fuentes ignacianas, salesianas, alfonsianas, filipinas y las canalizó con gran libertad y habilidad, hacia la acción educadora. Lo nuevo de la espiritualidad de Don Bosco está en el hecho de traducirla en un apostolado creativo, diligente y audaz en el don de sí mismo a los demás. Don Bosco fue un maestro de vida espiritual (no tanto un escritor espiritual) y no se comprendería su labor educativa, si prescindiéramos de las fuentes que la inspiraron y alimentaron.

Los rasgos del espíritu salesiano que nos une y orienta se encuentran profundamente vividos por Don Bosco. No hay que ir a buscarlos en libros, sino en su vida: él es el modelo y el libro abierto en el que se puede leer, sin temor a errores de interpretación, el auténtico espíritu salesiano… Don Bosco encarnaba las virtudes y la espiritualidad del santo patrono, haciendo de alguna manera, innecesaria la referencia al modelo originario… No se veía más necesidad de remontarse más allá, puesto que Don Bosco transmitía una mística, profunda y original, que llenaba la necesidad de los salesianos.

Don Bosco elabora una síntesis espiritual que busca la santidad desde la clave juvenil. Ya en los años de seminario admiró en Comollo, su amigo muerto como seminarista en el seminario de Chieri, el ejercicio extraordinario de las virtudes ordinarias, y expresa en 1844, en su primera obra, el convencimiento de que en ellas consiste «la santidad de los jóvenes»49 y en su reedición dice que la conducta de Comollo era la suma de pequeñas virtudes que lo hacían un espejo de singular virtud.50

Al joven Enmanuel Fassati el 8 de septiembre de 1861, le escribe recomendándole»la obediencia a los padres y superiores» y la puntualidad en el cumplimiento de los deberes, especialmente los escolares.51 La santidad puede ser alcanzada por los jóvenes cuando observa con perseverante escrupulosidad los deberes propios de su estado. Don Stella señala que el Giovane proveduto de Don Bosco no es simplemente un manual de devoción, es un modo de vida cristiana propuesto a los jóvenes.52 Los perfiles biográficos de Domingo Savio (1859), de Magone (1861), de Besucco (1864) tienden precisamente a demostrar que también los jóvenes pueden alcanzar altos grados de perfección.

Don Bosco no sólo sostiene que la santidad puede ser alcanzada en cualquier estado de vida, sino que es fácil llegar a ser santos. La única condición es querer serlo. El camino a la santidad está indicado no por virtudes excepcionales y por hechos extraordinarios, cuanto por la fuerte voluntad y por la denotada perseverancia en cumplir los deberes del propio estado.

Don Bosco, aunque meditó y amó desde los tiempos del seminario de Chieri la Imitación de Cristo, no estuvo marcado por la espiritualidad de la huida del mundo. Cultivó si el desapego de las cosas, la abnegación interior, la compunción del corazón, pero sin complacencias intimistas, en vistas a la actividad apostólica y no a la inmersión en Dios.

Son muchas las enseñanzas que nos deja encontrarnos con nuestro padre y maestro, descubriendo cómo buscó alimentarse espiritualmente y cómo supo insertarse en perfecta comunión, como la Iglesia, en un movimiento espiritual popular.

Preguntas:

  1. A partir de la experiencia de la amicizia que nació de la inquietud de los jesuitas y generó todo un gran movimiento espiritual ¿qué experiencia podemos ofrecer para potenciar la vida espiritual en nuestra sociedad y animar al clero, los laicos y especialmente los jóvenes al camino de la santidad?
  2. El camino espiritual de Don Bosco: ¿Que nos dice de él? ¿Qué nos dice a nosotros?
  3. ¿Quiénes son las personas significativas por las que Dios está buscando guiar mi vida?
  4. ¿En mi vida estoy experimento el dinamismo de crecimiento espiritual que caracterizó a Don Bosco?
  1. «Este era el sitio elegido por la Divina Providencia para que nuestro Ora­torio tu­vie­se su pri­mera iglesia. Aquí comenzó éste a llamarse de San Francisco de Sales por tres razones: 1ª, porque la Marquesa de Barolo tenía intención de fundar una congregación sacerdotal ba­jo este título, y ésta es también la razón de por qué había hecho pin­tar una imagen del santo, que toda­vía puede verse, a la en­tra­da del local; 2ª, porque como nuestro ministerio entre jóvenes exige mu­cha se­renidad y mansedumbre, nos habíamos puesto bajo la protección de este santo a fin de que nos obtuviese de Dios la gracia de poder imitarle en su bondad ex­t­raordinaria y en el celo pastoral. Una 3a razón era tenerlo como patrón para que nos ayudase desde el cielo a imitarlo en la manera que tuvo para combatir los errores con­tra la fe, especialmente el protestantismo que ahora se iba pro­pa­­gando insidiosamente por las poblaciones y, ante todo, en la ciudad de Turín.» Cf. MO, 168.
  2. Título dado por el santo padre Juan Pablo II a Don Bosco con ocasión del centenario de su muerte en la carta «Iuvenun Patris», escrita en 1988.
  3. VIGUERA VALENTIN, Espiritualidad Salesiana, CCS, Madrid 1992, 157.
  4. VIGANO E., 1890.
  5. MARCOCCHI Massimo, En las raíces de la espiritualidad de Don Bosco, 159,
  6. Cf. MO (1), p17-18.
  7. DESRAMAUT Francis, Don Bosco y la vida espiritual, CCS, Madrid , 226.
  8. «el pensamiento de san Juan Bosco no tiene mucho que ver con la escuela francesa, a no ser a través del canal de san Vicente de Paúl. La escuela española del s XVI le fue más familiar. Sus afinidades con santa Teresa y san Ignacio de Loyola son ciertas. Finalmente, algunos creen poder clasificar a san Juan Bosco entre los discípulos de San Francisco de Sales; pero las semejanzas evidentes que se dan entre los dos santos provienen más de las coincidencias de sus gustos y de sus obras, que de una dependencia doctrinal que no ha sido demostrada. De hecho los dos coinciden sobre todo en el aprovechamiento del patrimonio italiano de la restauración católica. La espiritualidad dominante en Italia, que está empezando a ser bien estudiada, se caracterizaba por: un optimismo humanista, una piedad sencilla, una clara preferencia práctica; por una ascesis interior; por una búsqueda constante de la alegría y de la paz del alma y por una oposición habitual al paganismo y al protestantismo. Notas que caracterizaron tanto a Felipe Neri como a Don Bosco entre otros. esta pertenencia de Don Bosco a la descendencia materna de la Italia moderna no puede maravillarnos, cuando sabemos que entre sus inspiradores habituales están Felipe Neri (con el Filipense Sebastián Valfré), san Alfonso de Ligorio, un grupo de jesuitas italianos, entre otros los propagadores de la devoción a san Luis de Gonzaga y, finalmente, san José Cafasso, que había procurado reunir en su doctrina las aportaciones de los ligoristas y de los ignacianos, para luchar contra las infiltraciones extranjeras, jansenistas y otras que turbaban las almas a su alrededor» Cf. DESRAMAUT Francis, Don Bosco y la vida espiritual, CCS, Madrid , 227-231.
  9. DESRAMAUT Francis, Don Bosco y la vida espiritual, CCS, Madrid ,232
  10. Cf. MARCCOCHI M., op. cit., p159.
  11. En el sueño de los 9 años describe el juego de sus compañeros acompañado de Blasfemias (ofensas directas a Dios) Cf. MO (6), p36; sabiendo que muchos se alejaban de las funciones de la Iglesia por divertirse con los trucos de los saltimbanqui, nacieron sus primeras iniciativas oratorianas de las que «excluía a los que hubieran blasfemado o tenido malas conversaciones, o quienes no habían querido tomar parte en las prácticas de piedad» Cf MO (7-8), p47-49.
  12. «Su mayor preocupación fue la de la instrucción religiosa de sus hi­jos, en­señarles la obedien­cia y te­nerlos ocupados en cosas compa­ti­bles con su edad. Mientras fui pequeñito ella misma me enseñaba a rezar; pero cuando ya fui capaz de rezar con mis hermanos, ha­cía que me arro­dillara por la mañana y por la noche con ellos, y todos jun­­tos entonábamos las oraciones y la tercera parte del rosario. Re­cuer­do que ella misma me preparó para mi primera confesión: me acom­pañó a la Iglesia, se confesó antes que yo, me recomendó al con­fesor y después me ayu­dó a hacer la acción de gracias. Luego si­­guió acompañándome hasta cuando vió que era capaz de hacerlo bien por mí mis­mo.» MO (5), p22.
  13. El diálogo sostenido por Juanito con el Señor en el sueño de los 9años, nos expresa el puesto que Margarita ocupaba en lo profundo de su sicología Cf. MO, (6), p36.
  14. Cuenta Juan que después de la muerte del papá sobrevino una terrible situación económica por la cual «se encontraron en los po­treros personas muertas con la boca lle­na de hierbas con las cuales ha­bían intentado aplacar el hambre ra­biosa que las desesperaba». Narra como la situación llegó a generar pánico en la familia y que al ver que nadie tenía como socorrerlos los llamó y les recordó: «mi es­poso, cuando estaba para expirar me recomendó que tuviese confianza en Dios; vengan, vamos a ponernos de rodi­llas y a rezar. Luego, después de una breve oración, nos dijo: en ca­sos extremos hay que buscar también solucio­nes extremas. En­ton­ces, acompañada por el se­ñor Cavallo, se fue al establo, ma­tó un ter­ne­ro, y haciendo cocinar a toda prisa una parte, trató de aplacar el ham­bre de la extenua­da familia.» MO (4), p20-21.
  15. Cf. MB I,
  16. En el sueño de los 9 años se presenta el Señor diciendo que era el hijo de aquella a quién su madre le acostumbró a saludar tres veces al día Cf MO (6), p36. Cuando entra al seminario Margarita le dice: «Cuando vinis­te al mundo te consa­gré a la San­tísima Virgen y te recomendé la devoción a nuestra Madre cuan­do comenzaste los estudios, ahora te digo que te entre­gues del to­do a Ella, apre­cia a los com­pañeros devotos de María, y si llegas a sacerdote, inculca y pro­paga siempre su devoción» MO (28)p119.
  17. MO (9), p51.
  18. MO (9), p51-52.
  19. MO (9), p52.
  20. Cuando estudiaba en la escuela pública de Castelnuovo un compañero lo confrontó diciendo que tenía los ojos vendados y lo invitaba a robar para tener con qué divertirse y él responde: «Si entiendo bien lo que me dices, me parece que me estás aconsejando que me de­di­que al juego y al robo. ¿Acaso no dices to­dos los días cuando re­zas que el séptimo mandamiento es no ro­bar? Quien roba es ladrón y todo ladrón acaba mal. Pero, ade­más, mi madre me quie­re tanto que no me ne­garía la plata que le pida para cualquier cosa lícita que quiera ha­cer. Sin su permiso nunca he hecho nada, y no quiero ahora comenzar a desobedecerle. Si tus compañeros hacen esto, no son buenos. Si no lo hacen, y lo aconsejan a los otros, son unos pícaros y desvergonzados.» MO (13), p63. Cuando seminarista refiere en sus memorias: «En cuanto a los compañeros, me atuve al consejo de mi madre: que me junta­ra con los devotos de María y con los que amaran el estudio y la piedad.» MO (29), p122.
  21. D’AQUINO G. Psicología de Don Bosco, SEI, Turín 1988, p22.
  22. MB I, 296
  23. MO (28)p119
  24. MB I, 414
  25. «Mi madre, viéndome siempre afligido por tantos obstáculos que se opo­nían a que conti­nuara los estudios, y sin poder obtener el consentimiento de Antonio que, por otra parte ya había cum­plido 20 años, determinó proceder a la di­vi­sión de los bienes paternos. Cosa muy difícil, por cierto, pues José y yo éra­mos menores de edad. Por es­to mismo, se debían cumplir muchos requisitos legales y afrontar gra­ves costos. Con todo, se tomó esa determinación… Con aquella división, en verdad, se me quitaba un gran peso de en­ci­ma y que­da­ba plena­mente libre para continuar estudiando» MO, (12) 61-62.
  26. Un ejemplo de esto lo encontramos en las primeras líneas de las MO: «tu­vo mi ma­dre una ventajo­sísima propuesta de matrimonio. Ella res­pon­dió sin dudar un mo­men­to: –Dios me dio y me quitó a mi marido. Tres hijos me dejó él al mo­rir, y yo sería una ma­dre sin corazón si los abandonase cuando más me nece­sitan. Le aseguraron que sus hijos iban a quedar al cuidado de un tutor res­ponsable que vería solícitamente por ellos. –El tutor, -respondió esa mujer generosa- podrá ser tal vez un ami­go, pero yo soy la ma­dre; y no los voy a dejar aunque me ofre­cieran todo el oro del mundo» MO (4)21-22, Al mudarse a Valdocco Juan le pide el sacrificio de mudarse con él y ella accede porque lo siente como voluntad de Dios: «Habiendo en ese momento dos habitaciones desocupadas en la casa Pinardi, las to­ma­mos en arriendo una para mí y otra para mi madre. Un día le dije: – Madre voy a tener que ir a vivir en Valdocco, pero dadas las per­sonas que ha­bitan en la casa, no puedo llevar a vivir conmigo a nadie más sino a Us­ted. Entendió ella muy bien mis razones y me dijo en seguida: -Si crees que eso es lo que quie­re el Señor, estoy dispuesta a partir de in­me­diato. Eso implicaba un enorme sacrificio para mi madre, porque aunque mi fami­lia no fue­ra acomodada, ella era la dueña de todo, amada por todos y consi­derada co­mo una reina por pe­queños y grandes. Enviamos por delante algunas cosas de las más necesarias que, con las que ya tenía yo en el Refugio, sirvieron para hacer algo acogedo­ra la nueva vi­vienda. Mi madre llenó el canasto de ropa blanca y pu­so en él otros objetos indispensables; yo tomé mi breviario, un mi­sal, al­gunos libros y mis apuntes de mayor utilidad. ¡Esa era toda nues­tra fortuna! Salimos a pie de I Becchi hacia Turín. Hicimos una cor­ta parada en Chieri y por la tarde, ese mismo 3 de noviembre de 1846, llegamos a Valdocco. Al vernos en aquellas habitaciones en que prácticamente nos faltaba todo, di­jo bromean­do mi madre: –en casa todo eran preocupaciones porque había al­go para hacer y admi­nistrar; aquí estaré más tranquila pues no tengo na­da de qué disponer ni a quién mandar.» MO (4)21-22 MO (60)214-215.
  27. MO, (9), p52.
  28. En la edición crítica de las MO con las acotaciones críticas del P. Fernando Peraza encontramos un estudio interesante sobre este sueño MO, p24-35.
  29. MO, (9), p52-55.
  30. MO (10), p55.
  31. MO (11), p58.
  32. MO (11), p58; (12) 60.
  33. MO (18), p76
  34. «¡Amigo, me espanta tu fuerza. Créeme, Dios no te la ha dado pa­ra aca­bar con los demás. Él quiere que nos amemos los unos a los otros y nos perdo­ne­­mos; que de­volvamos bien por mal a los que nos ofendan!» MO (18), p77.
  35. Juan, tan ocupado es­tás cuando hablas con los hombres, que ni te das cuen­ta cuando pasas por delante de la casa del Se­ñor.« MO (18), p77.
  36. MO (18), p77.
  37. MO (25), 93-97.
  38. BOSCO, Cenni storici sulla vita del chiereco Luigi Comollo morto nell seminario di Chieri, Torino 1844, en OE I, 27.
  39. Cf. OE XXXV,29
  40. «Antes de tomar una de­terminación definitiva quise ir a Turín para pedir consejo a don Ca­­fas­so, quien ya era mi guía tanto en lo espiritual como en lo temporal. Aquel san­to sa­cer­dote lo escuchó todo: las buenas ofertas eco­nómicas, la insistencia de pa­rien­tes y amigos y mi buena voluntad de trabajar. Pero, sin dudar un mo­mento, me dijo: «Usted tiene ne­cesidad de estudiar la teología moral y la pre­di­cación. No piense en otras propuestas y véngase al Convitto». Le hi­ce caso con gusto e in­­gresé el 3 de noviembre de 1841.» MO (39), p 147-148.
  41. MO (39), p 148.
  42. MO (39), p149.
  43. PERAZA F., Los Ejercicios Espirituales, de Ignacio de Loyola a Don Bosco, CSRFP, Quito 2006, 8-9.
  44. La Compañía de Jesús había sido suprimida en 1773 por Clemente XIV y restituida por Pio VII en 1814. Cf. PERAZA F., op. cit., p 9-10.
  45. Cf. MO (35), p 137-138.
  46. Cf. PERAZA F., op cit., 12-13.
  47. BOSCO G., scritti pedagogici, p. 315.
  48. OE I, 486; III, 217.
  49. BOSCO, Cenni storici sulla vita del chiereco Luigi Comollo morto nell seminario di Chieri, Torino 1844, en OE I, 27.
  50. Cf. OE XXXV,29
  51. EI,209.
  52. STELLA P., Valori spirituali, 80.

One Comment on “Las raíces de la espiritualidad de Don Bosco”

  1. Excelente síntesis, muy buena la presentación del contexto espiritual piamontes en el que se alimento don Bosco de estas claras raices de su espiritualidad.
    Conforta leer un texto así, que puede inspirar a muchos hijos espirituales de don Bosco a profundizar la espiritual y que permite entender la clara sintonia de don Bosco con Vicente de Paul y otros santos claves para comprender el fenomeno de los santos sociales piamonteses del S. XIX.

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