Las Hijas de las Caridad, mujeres consagradas

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 2012.
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La intención directa que tiene Luisa de Marillac al escribirle una carta a la Madre Superiora de las cistercienses de Argenteuil es la de aclararle que las Hijas de la Caridad, igual que las benedictinas, tienen una vocación divina que las introduce en una vida consagrada. Pero indirectamente a nosotros nos dice que, seis años después de fundarse la Compañía, ya es, de hecho, una Asociación, Cofradía o Compañía distinta e independiente de la Asociación de las Caridades, aunque oficialmente no esté aprobada por el Arzobispo de Paris.

Nacimiento de la Compañía

Aquellas jóvenes que desde 1631 se unieron a Margarita Naseau para servir a los pobres por vocación y no por un salario, sustituyendo a las mujeres de las Caridades que lo hacían por un jornal, fueron evolucionando poco a poco. A toda joven que seguía los pasos de Margarita Naseau, Vicente de Paúl la enviaba a casa de la señorita Le Gras para que la preparara y la colocara en una Caridad, creándose cierta rela­ción estrecha de amistad entre las jóvenes y la santa, y a ésta un día le asaltó la idea de fundar con ellas una congregación religiosa para reparar el voto que hizo siendo joven y que sin culpa no pudo cumplir. Lo consultó con el director que se opuso: «Us­ted se debe a nuestro Señor y a su santa Madre; entréguese a ellos y al estado en que la han puesto, esperando que ellos indiquen que desean alguna otra cosa de usted».

No quedó muy convencida y semanas después insistió. Vicente lo rechazó de plano, pues era convertirse «en sirvienta (solo) de esas pobres muchachas y Dios quiere que lo sea de él y quizás de otras muchas personas a las que no serviría de ese modo», así como «cambiar de estado»; serían religiosas con clausura, y con clausura se acabó el servicio a los pobres. Y le mandó con firmeza que de «una vez para siempre, no pensase en eso». Sin embargo, en febrero de 1633, el santo le anuncia en forma de profecía que «nuestro Señor quiere servirse de usted para alguna cosa que se refiere a su gloria».

Conversando entre ellos, pensaron cons­tituir con estas jóvenes un grupo dentro de las Caridades. Hacia verano, Vicente creyó que la voluntad de Dios estaba clara; hacia septiem­bre ya estaba decidido, y por octubre, Luisa comenzó una experiencia de fines de semana1. En noviembre, todo estaba preparado. Margarita Naseau había muerto en la pri­mavera de ese año 1633 en el hospital de apestados de San Luis. Luisa eligió a María Joly y a otras dos o tres jóvenes y el 29 de noviembre de 1633 iniciaron la primera comunidad de Hijas de la Caridad. Vicente de Paúl con la autoridad que le daba el arzobispo de París y la Santa Sede para instituir las Cofradías de la Caridad, fundó la «Caridad de viudas y solteras de pueblo». No se implantaba en ninguna parroquia, sino en la vivienda de la Señorita Le Gras. Su director no sería el párroco sino Vicente de Paúl, y éste nombró superiora a la señorita Le Gras.  Pertenecían al grupo de Caridades que había iniciado en Châtillon el mismo Vicente de Paúl. Una nueva concepción de vocación consagrada brotaba en la Iglesia2.

Durante los dos primeros años, ni Luisa ni el superior Vicente tenían ideas claras sobre lo que pretendían con esta agrupación. Sin duda alguna, querían algo más que una simple cofradía de personas piadosas y caritativas, sin que viesen aún con claridad en qué consistía este algo más. Sin embargo, aprovechando las directrices del Concilio de Trento sobre las cofradías diocesanas, dieron un cambio rotundo a la situación de las mujeres de vida consagrada en el servicio a los pobres y en el apostolado. Con audacia, tesón y perspicacia, sin romper nada aparentemente, revolucionaron de tal modo las instituciones de vida consagrada que hoy lo vemos como un cambio sistémico radical.

En 1639 la Compañía de Hijas de la Caridad ya tenía una estructura teológica externa de personas consagradas, y una configuración orgánica interna de vida comunitaria. Así aparece en dos cartas autógrafas de Luisa de Marillac del año 1639. Son las cartas n. 14: A la Madre Superiora de las Benedictinas de Argenteuil, y la n. 15: A las Hermanas Bárbara Angiboust y Luisa Ganset en Richelieu.

Ambiente social

Empiezo por analizar la carta n. 14: A la Madre Superiora de las Benedictinas de Argenteuil. Para entenderla bien, convendría tener presente el ambiente social en el que se escribió. Las mujeres en el siglo XVII estaban envueltas en tres prejuicios desde que nacían: La mujer era inferior por naturaleza al hombre y estaba sometida a padre, marido, hermanos o tutores. Segundo, a la mujer se la consideraba fuente de tentación para el hombre y causante de sus pecados. Y tercero, la mujer decente debía estar casada o en un convento. La mujer soltera era considerada como mujer ligera, fácil de conquistar y hasta de vida dudosa. Teniendo en cuenta que entonces el convento de las religiosas suponía clausura, y que las Hijas de la Caridad no vivían en clausura, sino viajando y andando por las calles de la ciudad y por los caminos de los pueblos, la gente las veía como seglares solteras. Así nos explicamos la preocupación de los fundadores por que no viajaran solas, sino en compañía de personas conocidas; de ahí que en algunas posadas las tomasen por mujeres de vida sospechosas; de ahí que en Sedan y en Narbona se las confundiera con esa clase de mujeres. Y este fue el argumento que expuso santa Luisa al Ayuntamiento de Paris para que permitiera poner una fuente dentro del patio de la Casa de las Hijas de la Caridad: porque la pobreza en la que viven estas mujeres «les ha quitado los medios para comprar el agua y las obliga a ir a cogerla ellas mismas a la fuente donde escuchan conversaciones sucias e indecorosas entre los aguadores que a menudo las insultan y las maltratan, impidiéndolas coger agua» (D 721).

Circunstancias inmediatas

La gente que conocía a estas jóvenes sabía que pertenecían a una asociación caritativa y que no eran religiosas. También a algunas de las primeras jóvenes la Compañía les parecía sencillamente una cofradía de seglares dispuestas a hacer el bien a los pobres, y sin más se apuntaban. Pero también bastantes jóvenes, cuando se cansaban, se iban. Sor Maturina Guérin lo recoge en su memoria: «Yo le oí decir [a Santa Luisa] que al principio, cuando comenzaron las jóvenes, éstas venían en gran cantidad, pero perseveraban muy pocas, y que ella sufría mucho al ver tanta diversidad de caras; de suerte que no viendo otra cosa, este sufrimiento era casi continuo» (D 946).

Y parece que así las consideraron las religiosas cistercienses (benedictinas reformadas) que se habían establecido en Argenteuil3, en un monasterio fundado en 1635 por Dionisio Desnaut, capellán de la reina Ana de Austria. El año anterior, se había establecido también en Argenteuil una cofradía de la Caridad (X, 671) dirigida por «una muchacha ciega», amiga de una prima de la Hija de la Caridad, Bárbara de Saint-Leu. Con permiso de san Vicente, Bárbara fue a la boda de su hermano y parece que visitaron a las cistercienses que convencieron a Bárbara para que entrase de lega en el monasterio. Las religiosas consideraron que era una buena obra facilitar la entrada en un convento a una mujer soltera que pertenecía a una cofradía de seglares piadosas.

Sin embargo, parece que tanto la ciega como Bárbara y su prima barruntaban que las Hijas de la Caridad tenían una vocación divina de mujer consagrada, pues fueron a hablar con san Vicente para que la permitiera cambiar de congregación. San Vicente no se lo autorizó, pero Bárbara entró en el monasterio. Poco después necesitaron otra lega y se fijaron en otra de «aquellas jóvenes» y ésta acudió a santa Luisa. Esta conocía a una joven que deseaba ser religiosa sin dote, lega, y santa Luisa se la envió a las monjas cistercienses con la carta siguiente4.

La Chapelle, hoy 16 de mayo de 1639

Señora:5

Tal vez le extrañará que, sin tener el honor de conocerla ni de ser conocida de usted, me tome la libertad de escribirle. No lo haría a no ser por la seguridad que tengo de que no lo tomará a mal, pues es por el amor a Dios, a quien queremos servir y amar, por el que le envío una joven de este lugar, que es buena y está llena de buenos deseos, para ocupar el puesto de hermana lega, que me han dicho hay en su monasterio.

Lo he sabido por una de las jóvenes, sirvientas de los pobres enfermos de las Caridades de las Parroquias, a la que Dios ha llamado y puesto en esta condición desde hace ocho años6. No he querido creer, señora, que haya sido usted la que haya encargado desviarla de su vocación, no pudiendo imaginarme que los que conocen su importancia quisieran intentar oponerse a los designios de Dios y poner en peligro la salvación de un alma, privando de socorro a los pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades y que realmente sólo son atendidos por los servicios de estas buenas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere tener por miembros suyos. Quiera Dios, Señora, que la que tiene usted ya en su casa la sirva bien y esté contenta; quiero creer que no había sido llamada de verdad a la condición en que estaba, de lo contrario, sería reprensible. Pero, Señora, le suplico que no vuelva a permitir que, con consentimiento de usted, sean de nuevo probadas, porque podría servir de tentación a otras muchas. Esto, no obstante, Señora, no me impediría seguir siendo, como lo soy, en el amor de Jesús Crucificado su humilde y obediente servidora.

Ld Marillac Le Gras

La vocación a Hija de la Caridad

La carta intenta a toda costa demostrar a las cistercienses que las Hijas de la Caridad tienen una vocación divina de personas consagradas a Dios como las cistercienses. Era la misma enseñanza que, junto con san Vicente, intentaba inculcar a las jóvenes que formaban parte de ese grupo: que Dios les había dado una vocación de consagradas.

Antes de 1636, era muy poco lo que exigían a las chicas para unirse a la cofradía: que quisieran, que fueran sanas y fuertes para poder servir a los pobres enfermos y que no tuvieran una sico­logía complicada; es decir, que tuvieran «buen espíritu y buena voluntad», y fueran capaces de cumplir con el objetivo de la Asociación. Lo demás, ya lo irían adquiriendo o corrigiendo. Da la sensación de que a las jóvenes no se le exige mucho más de lo que se les pide a las señoras que se integran en las Caridades.

Desde mayo de 1636, sin embargo, aparece en la mente de los fundadores que las jóvenes de la Caridad formaban ya una pequeña Compañía7 y que, por ello mismo, las que quisieran pertenecer a ella necesitaban tener vocación. Pero el sentido de la vocación de la Hija de la Caridad parece que tiene muchos matices para Luisa de Marillac según las circunstancia en que lo aplica y a las personas a las que se dirige.

Es el problema humanamente indisoluble de cómo compaginar la voluntad de Dios y la gracia divina con la libertad del hombre, pues pocos suelen saber con certeza cuál es su vocación. A veces parece que da la iniciativa a la joven que se ofrece a Dios para servirle en los pobres y darles la felicidad, convencida de que ella también será feliz en ese estado de vida (se dan a Dios… sin ningún interés8). Dios acepta esta entrega que le hace la joven y le da una gracia especial para que lo cumpla: el carisma de su vocación indeleble,  que encierra otras gracias necesarias para cumplir su misión. Eso sí, Dios la acepta si la joven que se entrega para ser Hija de la Caridad tiene la intención de vivir siempre el nuevo género de vida y cumplir todos sus compromisos y obligaciones, como se lo escribe santa Luisa al Hº Ducourneau (c. 618).

Hay cartas en las que santa Luisa parece considerar la entrega-vocación como iniciativa de la joven en su dimensión humana: emplea las palabras deseo, preparadas, origen, edad, salud, condición, capaces, o las frases «que no sea el deseo de ver París lo que las mueva a venir, ni la necesidad de asegurarse la vida», «temo mucho los espíritus de esa región; tampoco conviene, de poder ser, que pasen de treinta años, y hay que conocerlas, si se puede, desde su cuna», «la experiencia nos ha hecho ver que esas jóvenes no suelen dar resultado», «¿que no encuentra muchachas que tengan ganas de darse en la Compañía para el servicio de Nuestro Señor en la persona de los pobres? Pues usted bien sabe que las tenemos de más lejos»9.

Sin negar que esos condicionamientos sean parte integrante de una verdadera vocación divina, pues entonces como hoy, la persona entera, la personalidad y las mediaciones materiales pueden entrar como constitutivas de la vocación, hay que tener presente que la vida religiosa en aquella época se consideraba por lo general una ocupación como otra cualquiera y que ordinariamente la decidían los padres10. A menudo, eran las circunstancias económicas y sociales o el orden de nacimiento lo que imponía el estado de vida a escoger: casada o religiosa, ya que la soltería era mal vista y peligrosa para una mujer. Por otro lado, esa ocupación en un convento era para siempre, mientras que aplicada a las jóvenes de una cofradía secular fácilmente podría considerarse como una ocupación temporal en una obra de caridad que diera sustento económico y situación social.

Desde 1639 se ve, por esta carta, que los fundadores consideraban la vocación con la fuerza que le daba Bérulle: responder afirmativamente a la voluntad de Dios que manifiesta su designio eterno sobre una persona para que siga una forma de vida determinada dentro del misterio de la Providencia (llamadas y puestas por Dios… oponerse a los designios de Dios… peligro de condenación)11. La persona nace con la impronta de la vocación eterna que realiza en la historia siguiendo a la Providencia divina.

Como la convicción de que la iniciativa de la llamada viene de Dios es tan firme en santa Luisa, se puede interpretar que, para ella, aquellas exigencias humanas y sociales exigidas a las jóvenes son las señales de una verdadera vocación, pues se supone que la vocación concuerda con los gustos, deseos y aptitudes de una persona, como lo había insinuado San Francisco de Sales12. Son exigencias humanas y sociales de las que se vale Dios para manifestar su voluntad sobre el destino de esa persona (quiero creer que (Bárbara que había abandonado la Compañía para entrar en el Císter) no había sido llamada de verdad a la condición en que estaba, de lo contrario, sería reprensible).

Estos matices sobre la vocación de Hija de la Caridad se entremezclan frecuentemente dándole un colorido especial a su grandeza: «Ser llamada por un Dios, ¡qué grandeza de vocación! Y esto se conoce por la queja que Dios mismo da cuando algunas personas quieren injerirse en trabajar a su servicio sin que El las haya llamado. Y Nuestro Señor ¿no da a entender la grandeza de la vocación cuando dice a sus Apóstoles: «no sois vosotros, sino yo quien os he elegido»? Gran estima, pues, debéis hacer de vuestra vocación. Humillaos, queridas Hermanas. Confundíos ante esta gracia y sed agradecidas por ella. Pues si no os humilláis a la vista de vuestra nada asombrándoos de que Dios os haya sacado de la pobreza, de la bajeza, para servirse de vosotras, ¿qué sería de vosotras, mis queridas Hermanas? Si hubierais permanecido en la forma de vida de vuestro lugar de origen, hubierais sido como las demás compañeras, ocupadas como pobres gentes en trabajos manuales. Y nadie os hubiera considerado personas, como a tantas otras de vuestra clase. Por eso, vosotras y yo, tenemos muchos motivos para humillarnos profundamente» (E 72).

Grandeza de la vocación a la Compañía por su fin

Santa Luisa viene a decirle a la Madre Superiora que la vocación de las cistercienses no es superior a la de estas muchachas, pues las Hijas de la Caridad son necesarias para Dios y los pobres; y sin compararla con la vocación cisterciense, destaca la grandeza de la vocación divina que tienen estas jóvenes por el fin para el que han sido llamadas: socorrer «a los pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades y que realmente sólo son atendidos por los servicios de estas buenas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere tener por miembros suyos».

El servicio corporal puede quedar resumido en este párrafo de una carta a su entrañable amiga Sor Bárbara Angiboust: «En nombre de Dios, queridas Hermanas, no se desanimen por sus trabajos ni por verse sin más consuelo que el de Dios… ¡Y bien!, ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también y no quiere darles mayor alivio. Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por darles alguna pequeña ayuda, y permanezcan en paz. Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad; ahí está su consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían usarlo viendo sufrir tanto a sus Señores y nuestros… Nos vemos obligadas a hacer lo mismo en esta ciudad, donde hay parroquias que tienen cinco mil pobres, a los que se les da la sopa. En nuestra parroquia la damos a dos mil, sin contar a los enfermos» (c. 410).

Pero la señorita Le Gras sabía que sus hijas no fallaban en el servicio material, por eso insiste en el servicio espiritual: «En lo que se refiere a su comportamiento con los enfermos, ¡por Dios! que no sea por salir del paso, sino llenas de afecto, hablándoles y sirviéndoles con el corazón; informándose con detalle de sus necesidades, hablándoles con mansedumbre y compasión, proporcionándoles sin ser demasiado importunas y sin agitación la ayuda a sus necesidades y sobre todo teniendo mucho cuidado de su salvación; no separándose nunca de un pobre o enfermo sin haberle dicho una palabra buena, y cuando los vean en una gran ignorancia, enséñenles a hacer actos de fe, de contrición y de amor» (E 55, n. 182).

Y como lo repetía sin cesar el Superior Vicente de Paúl deben «prepararlos a hacer cuanto antes confesión general» y los que estén en trance de muerte que hagan actos de fe, esperanza y caridad, necesarios para la salvación, así como tener dolor y arrepentimiento de todos sus pecados, «procurando infundir temor a los que lo necesiten y confianza a los demasiado temerosos». Pero también a los que se curen que les enseñen «lo que han de hacer para vivir como buenos cristianos» (E, 47, n. 148).

Sirvienta, Hija de la Caridad, amiga de los pobres

Llama la atención que la carta describe las estructuras de la Compañía similares a las que aparece en documentos posteriores. Así, las llama sirvientas de los pobres enfermos de las Caridades de las Parroquias, como la llamarán el documento de Erección de la Compañía (1646) del arzobispo de Paris y el de la Aprobación definitiva (1655)13. Sin embargo, poco más de una año después, en una conferencia san Vicente les dice: «Nadie jamás se ha preocupado de daros un nombre. Pero, con el correr de los tiempos, el mundo, al veros dedicadas totalmente al servicio de los pobres y de otras buenas obras, os ha llamado comúnmente Hijas de la Caridad. Estimad mucho este santo nombre y obrad de manera que os mostréis siempre dignas de llevarlo. ¿Qué creéis, hermanas mías, que quiere decir este hermoso nombre: Hijas de la Caridad? Nada más que Hijas del buen Dios, porque el que está en la caridad, está en Dios, y Dios en él» (IX, 67). Y de aquí en adelante Hijas de la Caridad será el nombre corriente que se les aplique en cartas, conferencias y documentos comunes.

Es decir, que los fundadores no eran ni rígidos ni intransigentes, y no tienen inconvenientes en convertir a las sirvientas de los pobres —sus «amos y señores»14en Hijas de la Caridad. Hoy día, acaso haya llegado el día de presentarse como amigas de los pobres y no como sirvienta, pues no es fácil presentarte como sirvienta ni tratarlos como a los amos, porque los pobres, decía san Vicente, con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros… Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son quienes nos representan al Hijo de Dios (XI, 725).

Ser sirvienta fue una intuición inmensa y necesaria en aquel siglo, pero difícil de prolongar en nuestra sociedad increyente que lucha contra la opresión de la mujer y está preocupada por colocar en el mismo plano de igualdad a todos los empleados, colaboradores y pobres. El mundo evoluciona y ha dado a la sirvienta de antaño el sentido moderno de trabajadora asalariada. Por eso acaso haya llegado el tiempo de que, sin suprimir el sentimiento de ser sirvienta de los pobres, de estar a su servicio, de serles útiles, haya que dar más énfasis a la mentalidad de ser amiga de los pobres que los acoge para reconocer su dignidad y promocionar su futuro. Ello supone que les inspiran confianza, que confías en ellos para que ellos confíen en ellas. Si confían el uno en el otro, lo que les dicen lo ven como venido de Dios.

Ya en la primera carta conservada que dirigió a san Vicente hasta el final de su vida, y esta misma carta, llama a los pobres los miembros de Jesús15. Frase usada para designar a los pobres desde los primeros siglos del cristianismo. Y ella sabe que también ella es miembro del mismo cuerpo de los pobres cuya cabeza es Cristo, como dice san Pablo16. Y si forman un solo cuerpo todos son amigos en plan de igualdad. Y cuando alguno sufre convertido en miembro doliente de Jesús, los otros deben ganarles la confianza para ayudarlos como amigos.

  1. SV. I, 141, 175, 238, 261, 266.
  2. SV. I, 251, 261, 266; GOBILLON, O.C. 1. 2°, cp. I, p. 49 ss. Ved la Vida de Santa Luisa: Benito Martínez, C. M., Empeñada en un paraíso para los pobres, CEME, Salamanca 1995, ps. 73-80.
  3. Coste, I, 412, nota 5. No confundir con la abadía medieval donde en 1129 era abadesa Eloísa, famosa por sus amores con Abelardo. Ese año Suger, abad de Saint-Denis, expulsó a las monjas  de la abadía y la unió a la de Saint-Denis (masculina) hasta la Revolución francesa que la suprimió.
  4. SV. I, 399, 412, 414.
  5. En francés Madame, era un título de categoría social que también se daba a las Abadesas y Prioras de monasterios, dirigidos, por lo común, por  mujeres de la nobleza.
  6. Tanto san Vicente como santa Luisa fijan el comienzo de la Compañía con la entrega de Margarita Naseau, hacia 1630-1631.
  7. SV. I, 282-283, 363. Compañía en el sentido que hoy se da a las Sociedades de Vida Apostólica. Hasta esa fecha, se consideraba una cofradía o asociación eclesial tal como lo expresa el Título V de la 1ªparte del Código de Derecho Canónico.
  8. SL. c. 115, 191, 202, 322; 176, 402, 426.
  9. SL. c. 50, 116, 618, 717.
  10. Lo vemos en la vocación de san Vicente, de muchos santos y reformadores de su tiempo.
  11. SL. c. 115, 150, 197, 271, 323, 365, 370, 394, 420, 421, 681; 72, 436, 630.
  12. Ved Antonio SÁNCHEZ RECHE, «La vocación en San Francisco de Sales». Extracto de la Tesis Doctoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, en Excerpta e Dissertationibus in Sacra Theologia, Vol. XL, n. 4.
  13. SV. X, 698s, 711s. También la aprobación del Rey Luis XIV, el registro del Parlamento y las obediencias o pase, como documento de identidad, que da san Vicente a las Hermanas que viajan (X, 718, 738; 725, 727).
  14. «Signori e padroni» era frase común para indicar la total posesión de algo o sobre alguien, al estilo de hoy día: Se hacen dueños y señores de la casa. Pero en especial, para designar a los Señores de un pueblo o lugar, de un hospital… En este sentido, san Camilo de Lellis se la aplicó a los pobres, y san Vicente la hizo suya (IX, 119; X, 266, 332); santa Luisa solo usa la palabra «maîtres» (dueños) (L. 43, 424, 571).
  15. SL. c. 3, 115, 487; E 111 n. 296.
  16. Rm 12, 4-5, Co cp. 12.

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