Las escuelas vicencianas

Francisco Javier Fernández ChentoEducaciónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Sor Elisabeth Charpy, Sor Marie Geneviéve Roux. · Año publicación original: 1986 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1986.
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En los distintos libros que tratan de la educación en el siglo XVII, apenas se men­cionan las escuelas vicencianas (de las Hijas de la Caridad y de los Sacerdotes de la Misión), lo que puede resultar extraño. De hecho la obra de San Vicente en favor de la educación es una obra muy modesta con relación a la de los Jesuitas, Ursulinas, o de un Carlos Dém; a o un Juan Bautista de la Salle.

La obra de Vicente de Paúl y de sus colaboradores para la instrucción de la juven­tud se inscribe, naturalmente, dentro del marco de toda su acción en favor de los po­bres de su tiempo. El analfabetismo es una forma real de pobreza. La obra de Vicente de Paúl coincide también con una de las preocupaciones del Concilio de Trento (1545-1563), convocado para hacer frente al progreso de la Reforma Protestante. La Reforma Católica se preocupa de la instrucción de los niños y del pueblo cristiano.

 

1. LA ACCION EN FAVOR DE LA JUVENTUD POBRE

El Señor Vicente rehusó siempre hacer una selección entre los pobres; los acepta a todos como son, en sus situaciones concretas, con sus necesidades y sus llamadas particulares.

En Chatillon, durante las misiones en los campos o cuando visita las Cofradías, se encuentra con muchos niños y jóvenes y se da cuenta de su ignorancia. El Padre Dodin dice que el 75 % de la población masculina y el 90 % de la población femenina, en el siglo XVII, son analfabetos. Esta situación es todavía más grave en el campo y Vi­cente no puede permanecer sordo ante sus necesidades.

 

ACCION DE LAS COFRADIAS DE LA CARIDAD

Las Cofradías de la Caridad van a preocuparse rápidamente de estos jóvenes; la instrucción de los pobres llega a ser una de sus funciones como lo es el cuidado de los enfermos.

En 1630, el reglamento de la Caridad de la parroquia de San Nicolás de Chardonet en París, dice:

«Que pueda haber, en el futuro, una maestra de escuela que enseñe perfec­tamente a los pobres».

Luisa de Marillac, que visita las diferentes Cofradías, presta gran atención a todos estos niños.

«Si había una maestra de escuela en el lugar, la instruía en su oficio. Y si no había, ponía todos los medios para que la hubiera», dice Gobillon, su pri­mer biógrafo.

Pero encontrar maestras de escuela no resulta cosa fácil. El Señor Vicente comu­nica sus reflexiones a Luisa de Marillac:

«Creo que sería muy conveniente poner en Villeneuve una maestra de es­cuela: pero ¿dónde la encontraremos? A Germana no le disgustaría ir allá, …pero, ¿cómo retirarla de Villepreux, si no ponemos allí a alguna otra? ¿Y a esta otra, de dónde la tomaremos?».

 

ACCION DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD

Las Hijas de la Caridad, desde su fundación, participan en la obra de las Cofradías y la perfeccionan si es preciso.

«Vosotras os habéis entregado a Dios para el servicio a los pobres enfer­mos y la instrucción de la juventud, y esto principalmente en el campo», ex­plica el Sr. Vicente el 16 de agosto de 1641.

Cuidar a los enfermos, enseñar a la juventud, esos son los servicios que prestan las Hijas de la Caridad en todas partes donde se hace una implantación. Así se van abriendo «escuelitas» a través de Francia:

en París:      parroquias de San Nicolás, San Lorenzo y muchas otras…

en el norte: Montreuil sur Mer, Arras, Liancourt, Chars, Nanteuil…

en el oeste: Serqueux, Bernay, La Roche-Guyon, Chateaudun, Varize, Richelieu…  en el este:            Brienne, Sedan, la Fére, Saint Fargeau…

en el sur:     Cahors, Narbona, Ussel…

Las Hijas de la Caridad, enviadas a Polonia en 1652, abren también una escuelita en Varsoria.

Al principio las Hermanas desempeñan indistintamente sus funciones, pero poco a poco se ven obligadas a especializarse. Luisa de Marillac les imparte una formación inspirada en los métodos pedagógicos de las Ursulinas.

 

ACCION DE LOS SACERDOTES DE LA MISION

Al dar misiones en los campos, el Señor Vicente descubre la ignorancia del clero. Desde 1636, acoge en el colegio de «Bons Enfants» en París (en ese momento Casa Madre de la Congregación de la Misión), a jóvenes para prepararlos al sacerdocio y a sacerdotes para completar su formación. A esos cohermanos les explica su decisión:

«El Concilio de Trento recomienda los Seminarios. Nosotros nos hemos en­tregado a Dios para servirle también en esto».

La modesta obra de los Sacerdotes de la Misión en el campo de la enseñanza es de matiz apostólico dentro de la perspectiva del sacerdocio.

 

2. LAS CARACTERISTICAS DE LA ESCUELA VICENCIANA

El Señor Vicente y Luisa de Marillac recuerdan con frecuencia a las Hijas de la Caridad ellas características de las «escuelitas», especialmente en lo que se refiere a:

  • Aquellos o aquellas a quienes se recibe en dichas escuelas,
  • la enseñanza que se ha de impartir,
  • las actitudes pedagógicas.

 

AQUELLOS A QUIENES SE RECIBE

Las niñas pobres

Esta palabra se repite continuamente en las cartas de San Vicente y de Sta. Luisa y en las Conferencias, cuando hablan de las alumnas a quienes instruyen las Hijas de la Caridad.

Son pobres, las que no pueden ir a las escuelas de pago de las Ursulinas o de las Visitandinas.

«Vuestra Compañía mis queridas Hermanas, tiene también la finalidad de instruir a los niños en las escuelas en el temor y amor de Dios, y esto lo te­néis en común con las Ursulinas. Pero como ellas tienen casas grandes y ri­cas, los pobres no pueden ir allá y han acudido a vosotras».

En 1641, Luisa de Marillac pide al chantre de Notre-Dame autorización para abrir una escuela para la niñas pobres del barrio de Saint Denis en París, autorización que le fue concedida:

«…para enseñar a niñas pobres solamente y no a otras».

Se trata de niñas. En el siglo XVII apenas se ve la utilidad de instruir a las niñas. En las escuelas gratuitas, abiertas en las ciudades y en los pueblos, solamente se ad­mite a los muchachos; el Rey y los Obispos prohíben la escuela mixta.

El Señor Vicente y Luisa de Marillac se interesan pues por las niñas de las que nadie se ocupa.

 

Las adolescentes

Muy pronto se presta una atención particular a las niñas mayores, deseosas de aprender ellas también, aunque con frecuencia sólo pueden acudir después de su tra­bajo.

«Hay que preferir siempre y recibir cuando vengan, a aquellas que van a tra­bajar para ganarse la vida».

Algunas, debido a su trabajo no podrán ni siquiera ir hasta la escuela y las Herma­nas deberán sacar tiempo para ir a donde se encuentren a fin de instruirlas.

«Instruirán con el mismo o más cuidado a las que casi nunca puedan ir a la escuela como son las pastoras, vaqueras y otras que guardan ganados, to­mando a las unas y a las otras en el tiempo y lugar donde las encuen­tren».

 

Las «que piden limosna».

Se llama la atención de las Hijas de la Caridad hacia otra categoría de pobres: las niñas que piden limosna. Las Reglas de la maestra de escuela y las de las Hermanas de las aldeas recomiendan a las Hermanas que se esfuercen por instruirlas.

«Cuidarán además de instruir a las niñas pobres… especialmente a las que mendigan su pan…».

«Enseñará las verdades de la fe a las niñas pobres que piden limosna cuan­do tenga tiempo y ocasión…».

 

Los niños expósitos

Desde que las Hijas de la Caridad tienen la responsabilidad de los niños expósitos (1636), Luisa de Marillac vela por la educación de los mismos. En 1647, después de su instalación en el castillo de Bicétre, escribe al Señor Vicente:

«Pienso que es conveniente no marcharme de aquí sin haber dejado una maestra de escuela capacitada para enseñar a leer y a coser a las niñas… Las Damas no han pensado en disponer un local. Hemos visto uno en el piso bajo que sería muy indicado para los niños, a los que hay que separar de las niñas… la de las niñas se haría en el piso de arriba».

 

A las Señoras de la Caridad ni siquiera les pasa por la mente que los niños expósi­tos puedan ir a la escuela.

Las Hijas de la Caridad tienen como misión precisamente instruir a todos los aban­donados, a los marginados por la sociedad de ese siglo XVII: las niñas pobres, las que piden limosna, las que van a trabajar, los niños expósitos.

 

LA ENSEÑANZA QUE HAN DE IMPARTIR

En el siglo XVII «Instruir» significa más bien «Educar», es decir dar una formación humana, intelectual, moral, espiritual. Se trata, ante todo, de formar buenos cristianos. El abecedario de la gente sencilla, compuesto por Gerson, comprende, además del al­fabeto, las oraciones: el Padre Nuestro, Ave María, Credo, y los diez mandamientos de la ley de Dios. Es muy significativo saber que el primer libro impreso fue la Biblia, en 1455.

La instrucción que proporcionan las Hijas de la Caridad coinciden con las preocu­paciones de la época. La enseñanza gira en torno a tres puntos:

  • la educación cristiana,
  • el aprendizaje de la lectura,
  • el aprendizaje de un oficio.

 

La educación cristiana

Cuando el chantre de «Notre Dame», dio a Luisa de Marillac autorización para abrir una escuela, especificaba su cometido:

«educar (a las niñas pobres) en las buenas costumbres, letras gramaticales y otros piadosos y honestos ejercicios».

Las Reglas de la maestra de escuela precisan la importancia de esta formación cristiana, la prioridad que hay que darle:

«Pondrá más cuidado en instruir a las niñas en la doctrina cristiana, la devo­ción, la modestia, la obediencia, la pureza y otras virtudes necesarias, que en enseñarles a contestar en el catecismo cosas menos importantes o demasiado elevadas para ellas».

Hacer que Dios sea conocido o según la expresión de Luisa de Marillac «cooperar a la salvación de las almas rescatadas por la sangre del Hijo de Dios», es el primer ob­jetivo de las escuelas vicencianas.

 

 El estudio de la «letras gramaticales»

Se trata sobre todo de enseñar a leer. El reglamento para las Hermanas al servicio de los niños expósitos dice:

«A la una (una Hermana) reunirá a los mayores para explicarles el catecis­mo y enseñarles a conocer las letras».

Para esto, Luisa de Marillac se procuró grandes carteles con el alfabeto que se co­locaban en las paredes, los mismos que utilizaban las Ursulinas. Parece que esta práctica se extendió en las diferentes escuelas según decía San Vicente:

¿No véis cómo en las escuelas se empieza enseñando las letras a los niños y luego se va avanzando poco a poco?.

Parece que entonces no enseñaban a escribir, seguían en esto la costumbre del tiempo.

«No creo que sea necesario que las niñas aprendan a escribir.» escribe Lui­sa de marillac hablando de los niños expósitos (17).

 

El aprendizaje de un oficio

 * Para las niñas

En 1640 la marquesa de Maignelay pide al Señor Vicente una maestra de escuela para las niñas de Nanteuil:

«Sería de desear que les pudiese enseñar algún oficio».

La formación profesional que se da a las niñas consiste especialmente en el aprendizaje de la costura. Para los niños expósitos de Bicétre, Luisa de Marillac manda comprar agujas, hilo y pide sábanas viejas para hacer pañales.

«Es para enseñar a coser a las niñas», escribe a Sor Isabel Hellot.

A Sor Juliana Loret, que se encontraba en Chars, le pide que se continúe la fabri­cación de encajes.

«(Le ruego me diga)… si las que aprendieron a hacer encaje continúan ha­ciéndolo. Supongo que también les enseñará usted a las que no saben ha­cerlo».

 

Para los muchachos

Una Cofradía de la Caridad (Macon sin duda, pero otras harán también lo mismo) prevé un aprendizaje junto a un maestro-obrero para los muchachos pobres.

«…en cuanto a los muchachos (de 8 a 15 años), se les pondrá en algún ofi­cio, como de tejedor, que no cuesta más que tres o cuatro escudos por cada aprendiz».

Otra solución distinta se prevé si los muchachos son numerosos.

 

«…o bien se organizará una manufactura de algun trabajo fácil, como me‑

dias de estambre donde se les hará vivir y trabajar bajo la dirección de un eclesiástico y el gobierno de un maestro obrero.» (A continuación se detalla

el reglamento de la manufactura.

En cuanto a los niños expósitos, Luisa de Marillac pide a las Hermanas que dis­ciernan bastante pronto (antes de que los niños tengan 12 años) quiénes pueden co­locarse como aprendices.

«intentando conocer sus inclinaciones».

 

LAS ACTITUDES PEDAGOGICAS

Después de Foleville y Chatillon, la mirada del Señor Vicente sobre el mundo y es­pecialmente sobre el mundo de los pobres se modifica. Su mirada hacia el hombre desprovisto, miserable, despreciado está ahora impregnada por su fe en Jesucristo. Sabe, por experiencia, que Jesucristo habla a través del Pobre, que Jesucristo se ha hecho Pobre, que Jesucristo está en el Pobre, que el Pobre es Jesucristo.

«Los Pobres son nuestros Amos y Señores», se complacía en repetir.

Toda su vida, todo su ser, todos sus compromisos están ahora marcados por esta fe en el hombre y en Jesucristo. Con Luisa de Marillac invita a las Hijas de la Caridad a vivir concretamente la Fe recibida en el Bautismo en sus relaciones con los niños, los jóvenes, a través de:

  • una bondad delicada,
  • una atención respetuosa,
  • una gran sencillez.

 

Una bondad delicada.

«…Practique tanto como le sea posible sus reglas, sobre todo la que nos re­comienda servir a los pobres con cordialidad y mansedumbre».

Es el consejo que da Santa Luisa a Juana Francisca encargada de un orfanato en Etampes. Esta actitud de mansedumbre, de delicadeza, de bondad, debe ser la im­pronta de cada una de las acciones de la jornada.

 

ü  Al acogerlas

«a aquellas que por timidez no se atrevan a ir tratarán de atraerlas cordial­mente y recibirlas con mucho gusto».

 

ü En el momento de las lecciones

 

«Les ruego también que instruyan a sus colegialas con mucha dulzu­ra».

ü Al corregirlas

«Las Hermanas que sirven a los niños pequeños… procurarán corregirles con pequeñas privaciones o con palabras persuasivas que les animen al bien».

 

Si a veces es necesaria una corrección más fuerte, el uso de los azotes, muy utili­zado en el siglo XVII, ha de seguir ciertas normas. Para que se utilice sin pasión, es la Hermana Sirviente (la Superiora) quien lo hará, pasado un tiempo después de la falta y no a la vista de los demás.

Toda corrección debe ser punto de partida para una vida mejor. Hay que darle va­lor al niño y no aplastarlo.

«Las corregirá con gravedad, pero con dulzura, animándolas con la esperan­za que manifestará concebir de que no recaerán más en aquellas faltas que las ha corregido».

 

Una atención respetuosa

El Señor Vicente y Luisa de Marillac piden a las Hijas de la Caridad y también a los Sacerdotes de la Misión, que presten atención a cada niño, a cada joven, que les ha­gan caso, reconozcan sus valores, sus capacidades, su «originalidad».

 

No reprocharles su ignorancia

«Tienen que hacerlo con suavidad y delicadeza, sin avergonzarlas por su ignorancia» recomienda Luisa de Marillac para la instrucción de las muchachas mayores.

Las reglas para las Hermanas de las aldeas piden a las Hijas de la Caridad que ac­túen con discreción:

«Hacer que las vergonzosas y tímidas entren en un lugar especial y acomo­darse a sus debilidades».

 

Discernir las capacidades de cada uno

La Hermana encargada de la educación de los niños expósitos se preocupará de señalar a la Señora de la Caridad tesorera de la Obra, los muchachos que sean capa­ces de aprender un oficio o de servir en una casa. Debe estar atenta para conocer sus gustos y sus aptitudes. A los muchachos de más de 12 años si son «inválidos o impe­didos» podrán dejarlos en la casa hasta la edad de 16 años.

Este discernimiento se hace también ante la vocación religiosa de los jóvenes se­minaristas. El Señor Vicente apoya a uno de los alumnos de San Carlos que está en contra de su padre que le obliga a que sea sacerdote. El Señor Vicente mismo escribe al padre:

«Si se casa en contra de su voluntad, lo hace por un buen principio, que es para evitar ofender a Dios. Lo hace porque está en edad para hacerlo y lo hace porque se lo han aconsejado personas prudentes y piadosas»

.

Ir en busca de las jóvenes allí donde se encuentren

Las Reglas de la maestra de escuela y las de las Hermanas de las aldeas, ya cita­das, insisten en la importancia de ir en busca de las jóvenes donde se encuentren sin forzarlas a ir a la escuela:

«…enseñar las verdades de la fe a las pequeñas que mendigan el pan ya a la puerta de la casa o por los caminos, al menos cuando van a los campos…

«… instruirán a las pastoras, las vaqueras… en los tiempos y lugares donde las encuentren, no solamente en las aldeas, sino también en los campos y

caminos…»

Para el Señor Vicente y Luisa de Marillac, la estructura de la escuela es menos im­portante que el hecho de ir en busca de los jóvenes allí donde están y aceptando su condición.

 

Una gran sencillez

La sencillez, virtud muy vicenciana, permite a las Hermanas comprender a los jóvenes. Se trata al mismo tiempo de una sencillez de corazón y de una sencillez de medios.

ü  Sencillez en la acogida

Hacer que el alumno participe y vaya descubriendo por sí mismo es más positivo que darle una enseñanza magistral. Luisa recomienda a Ana Hardemont en Montreuil sur Mer:

«pero no diga: «vengan al catecismo…» sino: «vamos a hacer la lectu­ra»».

ü  Sencillez en los locales

«Dispondrá la escuela lo más aseadamente que pueda, pero con sencillez y sin exceso, teniendo y haciendo tener el respeto debido a los lugares donde quiere Dios se hable de El».

ü  Sencillez en el lenguaje

Las Hermanas pondrán interés en expresarse sencillamente, familiarmente, de modo que los niños las puedan comprenden bien, Luisa de Marillac explica: a una Hermana que daba el catecismo.

«pueden dar alguna explicación familiar, nunca cosas «sublimes». Las Reglas de la maestra de escuela insisten mucho en ese punto.

«Las instruirá en el catecismo… haciendo de modo que las niñas entiendan bien lo que responden, a cuyo efecto les hará varias preguntas familiares… y con otras palabras distintas de las expresadas en el libro».

La instrucción que se imparte en las escuelas está enfocada ante todo, a formar hombres y mujeres. El éxito escolar, aunque necesario, ha de estar en segundo lugar.

Todo niño, sea el que sea, debe sentirse a gusto en la escuela, estar alegre, como los alumnos del Seminario menor San Carlos con su profesor:

«El Hermano Damiens encanta a los alumnos».

 

3. ¿Y HOY?

 

«Enseñar y evangelizar con amor a los niños y jóvenes de las clases más pobres» era un proyecto audaz e innovador en el siglo XVII.

Hoy, este proyecto está en nuestras manos. Es el patrimonio de la Iglesia para el servicio al hombre, y nosotros, hijos de San Vicente, compartimos la responsabilidad del mismo.

De este recorrido histórico que acabamos de hacer, podemos entresacar fácilmen­te algunas líneas específicas que constituyen los ejes fundamentales y permanentes del proyecto vicenciano. A cada época y a cada comunidad educativa corresponde traducirlas en su realidad concreta.

 

1)      RECIBIR A LOS NIÑOS Y JOVENES DE LOS MEDIOS MENOS FAVORECIDOS

Acoger a los niños y jóvenes de los medios menos favorecidos, los que están «desprovistos» de todo, los que han vivido situaciones de fracaso y orientar todas nuestras opciones en función de sus necesidades.

Bien sabemos que actualmente el mundo de los jóvenes es un mundo que sufre. San Vicente dice:

«Id en su busca… salid a su encuentro…», ¡todo un programa!

 

2)   TRABAJAR EN LA PROMOCION DE LA PERSONA

Trabajar en la promoción de la persona, es decir, descubrir y valorar en cada uno lo mejor que hay en él, avivar la Esperanza, permitir a estos jóvenes que crean en la vida y se pongan en marcha con posibilidades de éxito.

Y esto mediante la comprensión y el esfuerzo de todo el equipo educativo.

 

3)   REVELAR A LOS ÓOVENES QUE DIOS LOS AMA

Revelar a los jóvenes, con frecuencia heridos por la vida, que Dios les ama: el cli­ma de confianza, de sinceridad, de amistad que se vive en la obra, la calidad de las re­laciones, la atención a cada uno; serán a menudo signos de este amor y los primeros jalones para un anuncio explícito de Jesucristo.

 

PASION POR EL HOMBRE. PASION POR JESUCRISTO

Este es el único polo que debe movilizar nuestras energías. Hoy, escuchemos a San Vicente que nos dice:

«Evangelizar es hacer efectivo el Evangelio»,

«El Amor es inventivo hasta el infinito».

 

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