Las Conferencias de San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoHistoria de la Sociedad de san Vicente de Paúl, Sociedad de San Vicente de Paúl2 Comments

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Autor: Varios · Año publicación original: 1979 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1979.
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grupossvpTodos conocemos con qué extraordinaria rapidez se difundió por el mundo la idea original lanzada por Federico Ozanam y sus compañeros. Solamente diez años después de fundada la primera «Conferencia», existían ya grupos análogos en la mayoría de los países de Europa, en América y en África. La Sociedad San Vicente de Paúl existía como tal con una estructura que ha cambiado después muy poco, constituyendo el Consejo General como la co­lumna vertebral del joven cuerpo lleno de vida. Y Ozanam, comprendiendo en los últimos días de su corta vida que había sido un instrumento privile­giado entre las manos de Cristo, pudo contemplar esta «red de caridad que envolvía al mundo».

Una sociedad de San Vicente de Paúl en expansión

No existen estadísticas rigurosas que permitan ver la importancia exacta de la Sociedad y medir exactamente su evolución. Sin embargo tenemos una idea suficientemente aproximada de lo que somos.

La Sociedad existe oficialmente en 112 países. Hay probablemente más de 38.000 Conferencias y alrededor de 750.000 Vicencianos activos, sin contar los auxiliares, simpatizantes, benefactores, etc. (que son muy numerosos en al­gunos países).

También la evolución actual la capta muy bien el Consejo general. Es verdad que, en algunos países se observa un envejecimiento y una no reno­vación de las Conferencias que las llevan a extinguirse progresivamente. A me­nudo son equipos antiguos, creados a veces en los orígenes; por otra par­te esta evolución tiene otra causa: la modificación de las parroquias en los centros de las grandes ciudades cuyos habitantes emigran hacia los barrios extremos.

Pero en conjunto, la Sociedad avanza en progresión incontestable. El nú­mero de instituciones de Consejos y agregaciones de Conferencias en el curso de los tres últimos años es una prueba irrefutable: 614 en 1965; 693 en 1976 y 593 en 1977. Se comprueba también que esta expansión es particularmente vigorosa en países como el Brasil o la India, que hay renacimientos muy notables en algunas naciones jóvenes independientes de África del Norte, y que en Europa y en América del Norte la vitalidad sigue manifestándose por numerosas creaciones de equipos.

Pude, con alegría, dar esta certidumbre a S. S. el Papa Pablo VI en la última visita que le hice en noviembre de 1976. El Santo Padre seguía con gran interés esta evolución y encontraba «admirable» la continuidad de nuestra expansión.

Si se examina la importancia respectiva de los países, se puede establecer un cierto número de categorías.

El primer país Vicenciano del mundo es el Brasil. Con 120.00 Vicencianos y cerca de 8.800 Conferencias, constituye un conjunto muy vivo y bastante homogéneo. El Consejo Nacional con sede en Río de Janeiro acaba de cele­brar dignamente el 100° Aniversario de su institución y en este momento ha podido establecer un panorama muy instructivo de la actividad de los equi­pos. Por otra parte existe toda una serie de realizaciones sociales muy varia­das (residencias de ancianos, dispensarios, orfanatos, centros de formación profesional, guarderías, etc.) que se han reagrupado con. las Conferencias bajo el nombre de «Obras Unidas» y que dependen directamente de los Conse­jos Metropolitanos. Así en el estado de Sao Paulo o de Minas Gerais estas Obras Unidas tienen una considerable importancia. La gran actividad de las Conferencias y de las Obras Unidas viene a aliarse con una auténtica espiri­tualidad vicenciana, espiritualidad muy viva aunque a veces a los europeos puede parecernos muy tradicional. Es de notar, finalmente, que toda la Jerar­quía brasileña sostiene sin discusión las Conferencias y he sentido una gran alegría al oír a Don Helder Cámara, Arzobispo de Recife, alabar a los vicen­cianos por la importante ayuda que le prestan.

A continuación podrían figurar tres países en el palmarés con efectivos que oscilan entre 25.000 y 30.000 vicencianos: se trata de Italia, Estados Uni­dos y Francia. Yo subrayaría el gran esfuerzo de búsqueda y de adaptación que hoy les caracteriza. Iniciativas recientes muestran que la imaginación no ha perdido sus derechos. Podría citar así actividades, muy fuera de lo común, que nuestros cohermanos piamonteses han realizado después del temblor de tierra del Frioul y los de Milán con motivo de la catástrofe de Seveso; en los Estados Unidos he visitado centros de rehabilitación para alco­hólicos o drogadictos. Los famosos almacenes de artículos de ocasión siguen siendo medios de acción incomparables para llegar a las personas pobres que son incontables en este país tan rico.

Las informaciones no permiten situar de manera tan precisa la categoría de países que comprenden de 15.000 a 20.000 vicencianos. Citaría sin embar­go en este grupo la India donde el desarrollo de la Sociedad es muy notable.

Este país —con cerca de 16.000 miembros, masculinos y femeninos— ha visto duplicarse el número de miembros activos desde hace 15 años. Natu­ralmente la Sociedad es importante, sobre todo en el Sur, en el Estado de Kerala que comprende el mayor número de cristianos, pero está también muy extendida en los centros urbanos del Norte como Bombay (donde se encuen­tra además la sede del Consejo Nacional) Delhi, Calcuta, donde colaboramos estrechamente con la Madre Teresa, Madras y su región.

Entre los países cuyos efectivos podrían situarse entre 10.000 y 15.000 miembros, citaría especialmente a Inglaterra, Canadá, Australia, Argentina.

Pero también hay que citar especialmente a Irlanda que con 10.000 coher­manos y cohermanas, es ciertamente el país en que la densidad de los Vicen­cianos es mayor: la irradiación de las Conferencias hacia numerosas naciones anglófonas del Tercer Mundo es, por otra parte, reflejo incontestable de su dinamismo que desborda ampliamente los estrechos límites de su isla.

El Presidente General visita a los vicencianos en las diversas partes del mundo. Y da cuenta de ello en los «Cuadernos Ozanam». He aquí algunos extrac­tos estimulantes y… reconfortantes para los que aman a San Vicente y a los Pobres.

En dos viajes que hice al Brasil en julio de 1976 y en febrero de 1978, me impresionó sobre todo la inmensidad y la variedad de este país al mismo tiempo que su formidable potencial para el porvenir. La Sociedad me parece bien estructurada para contribuir a una participación en el esfuerzo de cari­dad y de justicia que deberá servir de contrapeso a la voluntad de poder que se revela en el mundo financiero y de los negocios. Los medios no faltan. A este respecto recordaré siempre la magnífica reunión celebrado en plena calle en Belo Horizonte (tercera ciudad del Brasil) el domingo, 9 de julio, ante 12.000 vicencianos.

He pasado 36 horas en Belfast en marzo de 1976. De esta ciudad dividida en dos fracciones con un centro destruido por la guerra, he conservado algunos recuerdos. El Hogar «Stella Maris» (Centro de acogida para marineros) dirigido por jóvenes vicencianas: una parte había quedado muy maltratada el otoño anterior, pero en este inmueble, cuyos muros habían sido sustituidos por empalizadas, las animadoras continuaban su trabajo, recibían los equi­pajes de los barcos anclados en el puerto y proseguían su apostolado con la misma sonrisa, a pesar de los riesgos que corrían y de los que eran perfec­tamente conscientes. Al salir del hogar nos enteramos de un atentado come­tido en Londres la tarde anterior, en el Salón de Artes del Hogar, y nos hemos cruzado con un grupo de niños, cuya edad no pasaba de trece o catorce años, que marchaban cantando bajo la bandera orangista hacia no sé qué especie de venganza…

Pero en la reunión del Consejo de la mañana siguiente, con todos los dele­gados que llegaron de Irlanda del Norte, se recordó que nuestra caridad era un signo de paz. Y, en ningún sitio mejor que en Belfast, en los días de la guerra civil, se podía lanzar tan rotundamente esta afirmación.

En mayo de 1977 estuve en Guatemala, en Nicaragua y en Colombia. No podría expresar la alegría que experimenté en contacto con algunas confe­rencias como la de Sansaré en Guatemala; o en la de Masaya, en Nicaragua. La primera, en una pequeña ciudad de la montaña apenas vuelta a levantar después del terremoto, había trazado valientemente algunos proyectos muy valiosos de reconstrucción, que nosotros hemos apoyado plenamente. La se­gunda, animada por una vicenciana con un corazón extraordinario, constituía la vida misma de un barrio indio. Pero quiero citar más bien un recuerdo personal: había llegado yo al aeropuerto de Managua, capital de Nicaragua y me apresuraba a salir con las maletas, cuando el policía me hizo notar que me faltaba el visado en el pasaporte. En efecto: como el visado no se exige en otros países de América Central, no se me ocurrió solicitarlo para Nica­ragua, que, por otra parte no tiene consulado en Francia. Al momento me encontré entre dos guardias armadas que me condujeron al puesto de guar­dia del Aeropuerto. Mis conocimientos de español eran prácticamente nulos y no sabía cómo salir de esta situación, comprendiendo finalmente que ten­dría que volverme a Costa Rica. Entonces una humilde Hija de la Caridad (muy bajita por cierto), vino a verme al puesto de guardia. Luego, movién­dose con celeridad de una oficina a otra, acabó por obtener mi libertad del coronel comandante de la policía que me entregó un permiso de salida; y todo ello sin tener que desembolsar ni un peso. Yo lancé un ¡uf! de alivio. En la salida me esperaban plácidamente una docena de personas, incluido un obispo… pero fue la Hermana la que me salvó de las garras de la policía. Y bendije como nunca a nuestra gran familia vicenciana.

Unidad y adaptación de la sociedad

Hacer un balance de todos estos viajes vicencianos sin duda es aún pre­maturo.

Es evidente que se necesita cierto tiempo para hacer una síntesis exacta y deducir todas sus enseñanzas. Sin embargo, ya al primer golpe de vista apa­recen algunas líneas clave que querría destacar aquí.

En primer lugar la unidad de nuestra Sociedad. Este rasgo es evidente y siempre me sorprende. La unidad aparece ya en el plano exterior. Es en verdad impresionante el ver que de un extremo al otro del inundo, el desarrollo de una reunión de las Conferencias es muy semejante. Me ha divertido mucho ver a jóvenes vicencianos, a millares de kilómetros de París, leer con acento convencido el acta de reunión precedente. También quiero hacer constar la preocupación por la escrupulosa observancia de las Reglas de la Sociedad. He debido explicar muchas veces que la Regla Vicenciana no debe ser un patrón rígido sino un guía para nuestra acción, porque la observancia dema­siado rígida podía llevar a una estrechez excesiva, a demasiados formalismos.

Esta unidad en las estructuras a escala mundial, prueba el genio de Oza­nam y su inspiración cuando se preocupó de formar un conjunto que supe­rase el horizonte francés. Con las adaptaciones que se van haciendo, como las últimas de la Asamblea Internacional de Dublín de 1973, no hay duda de que tenemos, para ejercer la caridad un instrumento magnífico, flexible y eficaz.

He reconocido también esta unidad en nuestra espiritualidad y en nuestra búsqueda. Todos los vicencianos tienen una conciencia aguda de la necesidad de trabajar por una verdadera espiritualidad; pero esta no se desarrolla al azar sino que tiende a encontrar de nuevo y a profundizar en el mensaje de la caridad tal como lo legaron San Vicente de Paúl y Ozanam. Esta búsqueda tiene algo que emociona: el deseo siempre renovado de ir más lejos, más al fondo, de redescubrir lo que realmente alimentará y sostendrá nuestra marcha vicenciana.

Finalmente tenemos la unidad en la caridad. Las formas de acción son naturalmente múltiples y diversas según los países, climas, circunstancias, sirviéndose unos a veces de las ideas de los otros, adaptándolas a su ideo­sincracia y a las necesidades locales. Pero no hay duda de que nuestra caridad es una a través de estas facetas multiformes. Y ahí vivimos verdaderamente el misterio de la caridad de Cristo, maravilla insondable que cautiva y que llena el corazón de agradecimiento.

Esta unidad de la sociedad no significa una esclerosis en formas anticua­das de caridad. En general las Conferencias saben adaptarse y dan prueba de imaginación.

Hay que subrayar un último punto: la parte, cada vez mayor que toman los vicencianos como seglares, en la vida de la Iglesia. Todos mis viajes han quedado siempre marcados por un excepcional fervor religioso de coherma­nos y cohermanas.

En América son numerosos los seglares que participan muy activamente en la vida de la Iglesia como diáconos o «ministros de la Eucaristía» (como se llaman en América del Sur, los seglares autorizados por el obispo para ayudar al culto y distribuir la Comunión). Nuestra acción caritativa tiene así una prolongación en el plano de la Fe y, en verdad, es una gracia muy grande para nosotros que la apertura del Vaticano II haya dado una nueva dimen­sión al mensaje de Ozanam: la Caridad corno medio de apostolado.

José ROUAST,
Presidente Internacional

Asamblea internacional de la Sociedad de san Vicente de Paúl

Del 8 al 11 del próximo noviembre tendrá lugar en el palacio de la UNES­CO, en París, la Asamblea plenaria mundial que reúne periódicamente a los responsables nacionales de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

Los fines de esta Asamblea son esencialmente fortificar la dimensión espi­ritual de la Sociedad, consolidar su unidad y desarrollar la solidaridad entre las Conferencias del mundo entero, bajo el prisma de las necesidades actuales.

Los trabajos de esta Asamblea gravitarán en torno a dos polos:

  • Caridad y justicia: consecuencias de la enseñanza de la Iglesia sobre nuestro comportamiento y nuestra actuación;
  • Desarrollo y acción conjunta: renovación de nuestros métodos y de nuestras actividades en función de las exigencias del desarrollo y organiza. ción de una ayuda mutua internacional más eficaz, especialmente por una adaptación de nuestra cooperación, y de nuestras micro-realizaciones al ser­vicio de los países más desheredados.

Por otra parte la reflexión de los delegados tendrá como objeto dos puntos:

  • Perspectivas de la beatificación de Federico Ozanam, teniendo en cuen­ta lo adelantado del proceso introducido en Roma, el 12 de enero de 1954.
  • Puntualización definitiva del artículo 18 del título III de la Regla, rela­tivo a la elección del Presidente general de la Sociedad.

Los trabajos se desarrollarán alternativamente en Sesiones Plenarias y en grupos de trabajo, mientras que las realizaciones más significativas de la Sociedad serán objeto de exposiciones y de montajes audiovisuales.

En el curso de estas jornadas tendrán lugar varios «tiempos fuertes» es­pirituales:

  • Misa de apertura en Notre-Dame de París, el jueves 3 de noviembre;
  • Noche de ayuno, vigilia y misa en la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, el viernes 4 de noviembre;
  • Misa de clausura en la Iglesia de San Sulpicio, el domingo, 11 de no­viembre.

También se organizarán visitas a los lugares vicencianos más significa­tivos:

  • Capilla de los Sacerdotes de la Misión (urna de San Vicente de Paúl);
  • Capilla de la Medalla Milagrosa de las Hijas de la Caridad (urnas de Santa Luisa de Marillac y de Santa Catalina Labouré) (si es posible);
  • Cripta de la capilla de los Cármenes (tumba de Federico Ozanam).

A. de TARAZZI
Presidente Nacional

 Cómo expresan los vicencianos el servicio de los pobres

Tres aspectos del Servicio a los Pobres:

  1. Se encuadra en el proyecto de Dios sobre el hombre.
  2. Reproduce la actividad de Jesucristo durante su vida terrena.
  3. Nos otorga el privilegio de encontrar auténticamente a Dios.

El servicio al pobre se encuadra en el proyecto de Dios sobre el hombre

«La gloria de Dios es el hombre vivo» afirma S. Irineo. Esta frase del obispo de Lyon en el siglo segundo es una de las que mejor aclaran el men­saje cristiano. La gloria de Dios, es decir, lo que colma los deseos de Dios, lo que representa el éxito de su proyecto, es que el hombre tenga una vida lo más plena posible. Dios es apasionado del hombre, lo quiere libre, firme, desea el pleno desarrollo de su personalidad. El éxito de Dios es la perfec­ción de cada hombre.

Mas existen muchos elementos que contribuyen a desfigurar al hombre. La enfermedad, la injusticia, el pecado atentan contra su dignidad. Los cata­clismos, las guerras, las opresiones, lo abruman. Todo ello le impide ser hombre según Dios lo quiere.

Por consiguiente, cada vez que yo trabajo para devolver al hombre su figura humana; cada vez que, amándole, le doy la posibilidad de amar, cada vez que mi mirada sabe reconocer en un auténtico desecho humano a un hijo de Dios —ayudándole a reconocerse como tal— entro en el proyecto de Dios y contribuyo a realizarlo.

Ayer me encontraba en un hospital de los suburbios de París y me im­presionaron mucho dos escenas: vi en un rincón una docena de personas «aparcadas» allí (no hay otra palabra) en sus sillas de ruedas, inmóviles, sin hacer nada y sin hablar entre sí. Este cuadro daba una impresión de aban­dono y de inhumanidad absolutamente siniestros. Por el contrario, un poco más lejos, me encontré con enfermeras jóvenes que llevaban a los pacientes para seguir el tratamiento y mientras empujaban las sillas, charlaban con ellos y gastaban bromas delicada y respetuosamente, llamándoles siempre «Señor, Señora». Y los enfermos anónimos se transformaban en personas, en interlocutores.

He pensado en la M. Teresa que comentaba así el capítulo XXV de San Mateo: «Tenía hambre, no sólo de pan, sino de paz. Estaba desnudo, no sólo de vestidos, sino de mi dignidad de hombre o mujer. Carecía de refugio, no sólo de una casa de piedra sino de un corazón que me acogiese». Esta ham­bre de pan, de dignidad, de amor, se encuentra en todo corazón humano. El que sabe descubrirlo, cualquiera que sean las apariencias que la enmasca­ran, descubre al hombre según el corazón de Dios. El prisionero, la prostituta, el anciano amargado por la soledad, el joven lanzado a la violencia, siguen siendo, pese a todo, hijos e hijas de Dios.

El servicio al pobre reproduce la actividad de Jesucristo durante su vida terrena

«Amo la pobreza porque Él la ha amado», decía Pascal. De igual manera se puede afirmar: «Amo a los Pobres porque Él los ha amado». Porque, ahí está todo el Evangelio para testimoniarlo, Jesús se interesa muy particular­mente por los Pobres. Con una especie de obstinación, que muy pronto pa­recerá provocación, se ocupa de manera privilegiada de aquellos a quienes la sociedad ha marginado. Una gran parte del Evangelio nos relata hechos relacionados con la actitud de Jesús hacia aquellos que nosotros llamaríamos los perdedores. Se preocupa mucho de los enfermos y en particular de los le­prosos. Estos se creía que sufrían el castigo de la cólera divina, Jesús los acoge y los cura. No rechaza a los posesos, hasta el punto que se le tacha de pacto con el Príncipe de los demonios. Es misericordioso con los pecadores: no condena a la mujer adúltera, sino que le permite recobrar su dignidad de hija de Dios. No desprecia, a las prostitutas, sabe que son más víctimas que culpables y que, en medio de su degradación, son capaces de amar. Consi­dera a los samaritanos como iguales al resto de los judíos y cuando quiere revelar cómo debe vivirse el amor al prójimo elige a un samaritano como modelo. No excluye a los extranjeros, ni siquiera a aquellos que forman parte de las tropas de ocupación y cura al sirviente del centurión. Todos aquellos que, de una u otra manera, no son plenamente miembros de la sociedad en que viven, todos aquellos a quienes se ignora; todos los pobres por causa de su salud, nacimiento, situación social o trabajo, están seguros de encontrar junto a Jesús el amor del que se sienten hambrientos.

Si se estudian cada uno de los encuentros de Jesús se verá su delicadeza, su preocupación por los demás, la manera como hace resurgir en el ser más degradado por la vida al hijo de Dios, creado a su imagen.

Pero su manera de amar se revela con nuevo esplendor el día de Jueves Santo. Antes de instituir la Eucaristía, Sacramento de su don total a los hombres, Jesús se quita su manto, se ciñe una toalla y va lavando los pies a cada uno de sus discípulos. Con mucha frecuencia se ve en esta escena un ejemplo sublime de humildad: ¡Dios arrodillado delante de unos pobres hom­bres! Se trata de mucho más que eso, se trata de la revelación del amor. Cuando está a los pies de Pedro, el fanfarrón que va a negarle muy pronto; de Tomás, el incrédulo; de Judas el traidor, Jesús no se rebaja ante ellos, no se inclina tampoco con condescendencia; porque los ama se pone fraternalmente a su servicio, como hermano fraternal, atento a su bienestar.

El servicio a los pobres nos otorga el privilegio de encontrar auténticamente a Dios

El mismo Jesús proclama claramente esta identificación: Al futuro após­tol Pablo, que perseguía a los primeros cristianos, le declara Cristo cuando se le aparece en el camino de Damasco: «Soy Jesús a quien tú persigue» (Hechos 9,5). También lo enseñó a sus discípulos muy claramente cuando evocó ante ellos el juicio final. A aquellos que han socorrido a los Pobres, aún sin identificarlos con el Señor, les dice: «Tuve hambre y me distéis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era extranjero y me recogisteis; es tuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; estuve en la cárcel y fuisteis a verme» (Mt. 25, 35-36).

Jesús se identifica, pues, totalmente con el perseguido, con el que tiene hambre, con el extranjero, el enfermo, el encarcelado. E insiste: «Lo que hacéis al más pequeño de mis hermanos, a Mi me lo hacéis» (Mt, 25,40).

¡A Mí me lo hacéis! Jesús, encarnado en la Humanidad, la ha asumido por entero. Y permanece presente hasta el fin de los siglos en cada hombre, miembro de su Cuerpo. Jesús sufre en cada uno de los que sufren. Los Pobres son una presencia real de Jesucristo en medio de nosotros. Es imposible eludir esta realidad para encontrar a Dios por otro camino. San Juan nos lo dice: «El que diga «Yo amo a Dios», mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano, a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no puede amarlo» (I Jn 4,20).

Juan Rysbrock, místico flamenco del siglo xiv, lo expresa muy bien: «Si un éxtasis te ha elevado a la altura de S. Pedro y S. Pablo y te enteras de que un enfermo necesita un caldo caliente o cualquier otro servicio del mismo género, te aconsejo que vuelvas en tí un momento de tu éxtasis y vayas a calentar el caldo. Deja a Dios por Dios, encuéntrale, sírvele en sus miembros No perderás nada en el cambio».

Nuestros impulsos hacia Dios, por sinceros que sean, no están libres de ambigüedad, aún en la oración. No nos resulta fácil encontrar al Señor autén­ticamente. Sé, por la fe, que Jesus está presente en el Pobre y encontrán­donos con El en el Pobre no hay ningún temor a una posible ilusión. No me sirvo del Pobre para encontrar a Cristo, es al mismo pobre al que sirvo; pero, al servirlo, comulgo con la presencia real de Cristo y esto transfigura mi acción.

Una anécdota sacada de la vida de la Madre Teresa ilustra esto —¡y con qué humor!— El reportero de un gran periódico norteamericano fue un día a verla a Calcuta. La encontró cuando se disponía a curar la llaga nausea­bunda y repulsiva de un enfermo de gangrena y no pudo menos de exclamar: «Yo no haría eso ni por un millón de dólares». M. Teresa levantó la cabeza y le contestó sonriendo: «Ni yo tampoco»…

Con ese mismo espíritu las Hermanitas de Jesús van por todo el mundo a compartir la vida de los más necesitados. Saben que estos son plenamente miembros del Cuerpo de Cristo y que junto a ellos encontrarán al Señor lo mismo que en el silencio de su capilla ante el Santísimo Sacramento.

El pobre es presencia de Cristo; es también palabra de Cristo. Todos los que conocen por experiencia lo que es un auténtico contacto con el pobre, saben bien las riquezas que proporciona. Todo el que va hacia el pobre con un corazón de pobre, oye misteriosamente a Dios mismo revelarle la verda­dera jerarquía de los valores humanos. Dios habla a quien sabe escuchar a través de vidas que el mundo considera inútiles o fracasadas. Una Religio­sa, misionera en el Cuzco, contaba una historia que lo comprueba largamente. Iba a visitar a un anciano negro de su barrio con una bolsa llena de pro­visiones. El anciano estaba en su choza, solo, enfermo, sin horizontes y sin por­venir… La Hermana entra y charla con él sencillamente. De repente, el an­ciano le pregunta: «¿Es que me quieres?». La respuesta surge del fondo del corazón: «Sí, te amo». El señor guarda silencio un instante, y después salen de su boca atropelladamente estas palabras: «Me amas y te amo, eso es mu­cho más importante que lo que me traes en tu bolsa».

Esto me lleva directamente a mi conclusión: esta misteriosa comunica­ción, esta comunión que se establece, invalida las objeciones que se hacen al servicio de los pobres. Porque en Dios, en Jesucristo, no caben paternalis­mos, tratar de tranquilizar la conciencia, etc. En Jesucristo, no cabe dete­nerse en sentimientos o aspiraciones personales, se encuentra en el pobre a un hermano, hijo de un Padre común cuyo amor abarca a ambos.

Porque Dios es Padre, porque Jesucristo ha venido a compartir la vida humana y le ha dado todo su sentido al resucitar después de morir crucifi­cado, el amor y la vida han quedado transfigurados. Las cadenas se han roto, nuestras dimensiones se han ampliado hasta el infinito, hemos conquistado una nueva libertad. Es evidente, que hay que seguir proporcionando ropa a los que tienen frío, hay que curar las llagas, atender las necesidades, acudir a las urgencias de cada ser que sufre.

Desde el momento en que nos esforzamos en mirar a cada uno de los po­bres a la manera de Cristo, nos resulta insoportable —en el sentido estricto del término: no podemos soportar— saber que un ser pueda estar enloque­ciendo por la soledad; no podemos dejar de acudir al encuentro de cada uno con todas nuestras fuerzas y todos nuestros recursos. Si ardemos en amor a Jesucristo nos identificaremos con los desgraciados, «llorando con los que lloran» (Rm 12,15) y como la caridad cristiana es algo maravilloso que aguza la inteligencia, aumentando la creatividad, nos hace capaces de llegar hasta las fuentes de la necesidad para secarlas, o al menos para levantar diques que eviten catástrofes.

Meditemos, para terminar, en estas dos citas:

Una de la Madre Teresa: «No deis lo superfluo, dad de vuestro corazón».

La otra de San Vicente (sería bueno que no dijese él la última palabra). Está permanentemente sobre la mesa del despacho de Don Helder Cámara «Hay que conquistar por el amor el derecho a dar«.

Padre Francisco MONFORT
(Conferencia de San Vicente de Paúl en Nanterre.)

 

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