Las cinco virtudes características ayer y hoy: humildad (IV)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Robert Maloney · Año publicación original: 1993 · Fuente: CEME.
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29PRT2. Humildad
A la mentalidad moderna le resulta difícil aceptar el lenguaje que usa san Vicente al hablar de la humildad. Nos da una especie de escalofrío cuando se llama a sí mismo el peor de todos los pecadores y cuando dice que su comunidad es la más infeliz de todas.
Sin embargo, si se deja de lado el lenguaje que usa, san Vicente ha sabido penetrar en una enseñanza básica del Nuevo Testamento cuando habla de la humildad. En particular el evangelio de san Lucas nos dice que Dios viene a los humildes y pobres de Israel, a los que reconocen tener necesidad de él y tienen sed de él. En este sentido, la humildad es «el fundamento de toda la perfección evangélica, el núcleo de toda vida espiritual» (R. C. II 7). En este sentido san Vicente llegó al corazón mismo del evangelio cuando dice que «la humildad es la fuente de todo el bien que hacemos» (IX 604).
Dejando de lado el lenguaje de san Vicente y su estilo retórico, tan propio del siglo XVII, es de suma importancia articular una formulación de la humildad y de las formas que podría tomar en el mundo de hoy.
a) Humildad es reconocer nuestra condición de criaturas y de redimidos, y admitir que ambas cosas son dones de Dios.
Nuestra relación con Dios es de total dependencia. «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17, 28).
No hay nada que no hayamos recibido. «En verdad tú has formado mi ser; tú me formaste en el vientre de mi madre» (Sal 139, 13). Lo que somos, lo que hacemos, lo que poseemos, viene del Señor.
Dependemos también de los demás en gran manera. Como se mencionó al describir el segundo cambio de perspectiva, el mundo moderno es cada vez más consciente de la interdependencia de todos. La persona humilde reconoce la interdependencia a la vez como un signo de sus limitaciones y como una fuente de enriquecimiento. Necesitamos a los demás y no podemos vivir sin ellos. Caminamos hacia el reino en solidaridad con ellos.
Además de ser criaturas somos pecadores que hemos sido redimidos por el amor gratuito de Dios «Todos han pecado y han sido privados de la gloria de Dios. Todos han sido ahora justificados sin merecerlo por gracia de Dios, por la redención obrada en Cristo Jesús» (Rom 3, 23-24).
Tal vez por una reacción distorsionada ante el excesivo énfasis que se daba en el pasado, la mente moderna tiene dificultad en mantener el sentido del pecado (cf. el quinto cambio de perspectiva descrito arriba). Sin embargo, si estamos alerta, veremos que el pecado se manifiesta de maneras muy variadas en nuestra vida: en nuestros prejuicios, en la tendencia a clasificar a otros indiscriminadamente, en el hablar con ligereza de los aspectos negativos de los demás, en nuestra desgana por la oración, en nuestra incapacidad de ser dinamizados por los valores evangélicos, en la selección interesada que hacemos de los textos evangélicos, en nuestra falta de disposición para compartir lo que tenemos con los pobres, en nuestra falta de ganas de renunciar al poder y solidarizarnos con los necesitados, en nuestra complicidad con las estructuras sociales injustas. A pesar de todo eso el Señor nos perdona con amor y nos da el vivir en Cristo Jesús. No nos salvamos por las obras que hacemos, sino por el don de Dios a través de Cristo Jesús (cf. Gal 2, 21-22). Si no fuera así la gracia no sería gracia (Rom I I , 6).
b) Humildad es gratitud por los dones. En el Nuevo Testamento la gratitud es el otro lado de la moneda de la humildad. Quien ha recibido todo se presenta ante el Señor con espíritu de gratitud. En este aspecto el dar gracias es la actitud cristiana fundamental, que celebramos como «eucaristía» todos los días.
María ofrece el mejor modelo de esta actitud en el evangelio de Lucas:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador,
porque ha mirado la pequeñez de su sierva.
Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí.
Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación
en generación (Lc 1, 46-50).
María exulta alabando y dando gracias a Dios por los muchos dones que Dios le ha concedido. Reconoce los dones de Dios, ni los disminuye ni los niega, y responde con gratitud. Es un eco del salmista: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los dioses. Porque es eterna su misericordia» (Sal 136, 1-3).
Esta clase de gratitud es propia de los pobres. Escribe Henri Nouwen:
«Mucha gente pobre vive en una relación tan estrecha con los ritmos de la naturaleza que todos los bienes que reciben los sienten como dones gratuitos de Dios. Los niños y los amigos, el pan y el vino, la música y los cuadros, los árboles y las flores, el agua y la vida, una casa, una habitación con sólo una cama, todas esas cosas son dones por los que hay que estar agradecidos y que se deben celebrar. Yo he conocido este sentimiento fundamental. Me he visto siempre rodeado por palabras de gratitud: Gracias por su visita, por su bendición, por su sermón, su oración, sus regalos, por su presencia entre nosotros. Aun los bienes más nimios y más necesarios son una razón para sentir gratitud. Este sentimiento básico de gratitud es la razón de toda celebración. Los pobres no sólo están agradecidos por la vida; celebran la vida constantemente».
Pues reconoce que todo es don y gracia, la persona humilde evita con cuidado el hacer comparaciones. Recibe la vida con gratitud y deja el juicio a Dios, tal como con frecuencia nos dicen los evangelios (cf. Mt 7, 1-5). Al orgullo le gusta comparar. El avaricioso tal vez se sienta satisfecho cuando tiene mucho; el orgulloso está intranquilo mientras alguien tenga más que él. La humildad evita las comparaciones. Ve el bien en otros, tal como también lo ve en sí mismo, y da gracias a Dios por ello.
c) La humildad implica una actitud de siervo. Este aspecto es central en el Nuevo Testamento, sobre todo para los que ejercen autoridad. «El que quiera ser primero, hágase el último de todos y el siervo de todos» (Mc. 9, 35). En el evangelio de Juan, Jesús enseña esto a sus discípulos con una parábola en acción cuando les lava los pies.
«¿Entendéis lo que he hecho por vosotros? Me llamáis maestro y Señor, pues lo soy. Pero si yo os he lavado los pies, que soy vuestro maestro y señor, también vosotros os debéis lavar los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis lo que yo he hecho»
Como Jesús, también nosotros somos llamados «no a ser servidos, sino a servir» (Mt 20, 28). Esto es aún más necesario hoy si se tiene en cuenta el tercer cambio de perspectiva descrito arriba. Hoy se espera de la Iglesia en el mundo moderno que las personas de autoridad sean de carácter colegial, dialogante, que sean siervos humildes. Un antiguo himno cristiano del bautismo refleja muy bien este aspecto como propio de Jesús y lo aplica a sus seguidores:
«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual, aunque era de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo y tomó condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre. Y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 5-11).
Pues somos siervos, debemos estar dispuestos a hacer cosas humildes. Con el cambio de modelo en el ejercicio de la autoridad (cf. el tercer cambio de perspectiva descrito arriba) tareas de gobierno que antes gozaban de prestigio, tal la administración, hoy día pueden ser trabajos verdaderamente humildes que exponen al siervo que tiene autoridad a muchas críticas, a la vez que le compromete con muchas reuniones y ti abajo rutinario de oficina muy poco satisfactorio.
d) La humildad supone hoy además el dejarse evangelizar por los pobres («nuestros amos y señores», como le gustaba llamarlos a san Vicente). Esta idea, presente ya en la iglesia primitiva y revivida después por san Vicente, recibe un relieve muy particular en la teología iberoamericana y en la eclesiología «desde abajo» (cf. el cuarto cambio de perspectiva descrito arriba).
Como ministros que somos no sólo debemos enseñar a otros sino también dejarnos enseñar por ellos. Como lo expresa san Agustín, hay semillas de la Palabra en todas partes y en todos los hombres’. Sólo los humildes pueden discernir esas semillas. Debemos oír a Dios que nos habla cuando vemos la facilidad que tienen los pobres en compartir lo poco que tienen, cuando vemos su agradecimiento hacia Dios por los dones sencillos que reciben de Dios, cuando les vemos esperar contra toda esperanza que Dios proveerá, cuando vemos su solicitud y respeto hacia nosotros y hacia Dios. Los pobres nos predican con elocuencia si se lo permitimos.

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