Las bases económicas de la comunidad vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1977 · Fuente: Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, Madrid, tomo 85, n. 4, pp. 462 y ss., abril 1977..
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En el título de este estudio, el calificativo “vicenciana” se emplea en un sentido restringido que se refiere únicamente a la comunidad de la Congregación de la Misión. La comunidad de las Hijas de la Caridad tiene ciertamente el mismo derecho a un tal calificativo, pero por razones metodológicas no se la tiene en cuenta aquí en esta ocasión. Por tanto, no valen para ellas las conclusiones que aquí se dan. Para ser precisos: valen sólo en parte, como se verá a lo largo del trabajo. En esto, como en tantas otras cosas, la comunidad de las hermanas era, desde su mismo origen, mucho más “moderna” que la de sus hermanos los misioneros, y conoció medios de financiación que eran totalmente desconocidos para éstos, como veremos.

Las Reglas Comunes no nos dicen absolutamente nada acerca de la infraestructura económica de la comunidad misionera: origen de los bienes, sujeto de su propiedad, etc. El erunt nobis omnia communia de las Reglas (III 3) es más bien una norma de carácter ascético-práctico para uso de los misioneros de puertas adentro, por así decirlo; no es en modo alguno una norma jurídica que fundamente un derecho ante la sociedad civil o ante la Iglesia. Sólo los superiores pueden avalar con su firma cualquier tipo de acción ante no­tario,[note]VII 421 (VII 362).[/note] y eso “no en cualidad de procuradores constituidos por la comunidad, sino de superiores nombrados por el general”.[note]VII 474 (VII 405).[/note] Hay que apelar por tanto a otras fuentes de in­formación, en este caso a la voluminosa correspondencia del fundador. En ella se basan las ideaes que se exponen en la primera parte de este estudio.

I. Las bases económicas de la comunidad en tiempo de san Vicente

“Nuestro capital es la misión”[note]VI 517 (VI 477). La traducción de la edición castellana es en este caso desafortunada. El texto original dice: “Je sais bien que votre re­venue en (por renuncia a una parroquia) diminuera, mais aussi serez­vous libre pour les missions, qui doivent faire notre capital”.[/note]

San Vicente se preocupó a lo largo de toda su vida como cabeza de la Congregación de dotar a todas las casas de una infraestructura económica sólida que garantizara a los misio­neros medios de vida suficientes para llevar a cabo su acti­vidad ministerial. San Vicente no pretende buscar más que la suficiente seguridad para que los hombres que habitan las casas de la Congregación puedan despreocuparse del gran problema de ganarse la vida, y se dediquen con toda su al­ma a los trabajos propios de su misión. Por esa misma razón Vicente de Paúl rechaza toda apropiación privada (beneficios…) en la que sus hombres pretendan basar su seguridad económica personal:

“Pero ¿qué necesidad tiene usted de disfrutar de esos bienes como particular, usted que quiere vivir apostólicamente, y que está asegurado de ser siempre mantenido a costa de los bienes comunes?”.[note]VII 170 (VII 151).[/note]

A un superior que había preguntado a Vicente si podría aceptar en su propio nombre dos beneficios eclesiásticos para dejarlos a su muerte a la Congregación:

“Usted ha aceptado a Nuestro Señor como su beneficio, y ha renunciado a los bienes de la tierra… para servirle a estilo de los apóstoles”.[note]VII 178-179 (VII 159).[/note]

Escribe en relación a una persona que deseaba una fundación de misioneros, pero sólo les proporcionaba la vivienda:

“No es suficiente que los misioneros tengan donde alojarse. Tienen que tener además lo suficiente para vivir y así poder trabajar, porque el pedir limosna ni les conviene ni les está permitido”.[note]VII 208 (VII 183).[/note]

El sostenimiento vital de los misioneros incluye la ayuda a la casa común en que se forman los hombres en camino de ser en pocos arios misioneros activos:

“¿No es necesario que la casa de San Lázaro, que for­ma a los hombres para darlos a otras casas cuando éstas los necesitan, sea ayudada a sufragar los gastos de su formación?”.[note]VI 162 (VI 154).[/note]

Hasta tal punto se cuida san Vicente de la seguridad y suficiencia económica de sus comunidades que prefiere no fundar casas nuevas si no se asegura de antemano el man­tenimiento de los misioneros. Hay de esto muchos ejemplos en su correspondencia,[note]V 421-422 (V 402), VII 32-33 (VII 35), VIII 249 nota (VIII 236 nota).[/note] pero hay en una carta un texto cu­rioso que resume perfectamente lo que pudiéramos llamar su política económica en este aspecto:

“No somos nosotros como los mendicantes. Estos no tienen más que plantar la estaca y ya están estableci­dos. Pero a nosotros, que no recibimos nada del pue­blo, nos hacen falta rentas”.[note]9[/note]

La CM necesita fuentes de bienes económicos para vivir precisamente porque no recibe nada, ni quiere recibir, por su trabajo con los pobres. A falta de la suficiente seguridad en esta base económica está incluso dispuesto a renunciar a trabajos que le son muy queridos; por ejemplo, a los se­minarios.[note]Véase XIII 395.[/note]

Vicente no es amigo de litigios, y se muestra siempre obediente y sumiso a los obispos, y enseña a los miembros de su Congregación a hacer lo mismo. Es amigo también de arreglar diferencias de derecho amigablemente antes de recurrir a los tribunales. Pero si está en juego la necesaria base económica de sus comunidades misioneras, no tiene miedo de apelar a los medios que le provee la justicia de su tiempo. Tal sucedió en 1658 (san Vicente tenía entonces 77 años, nótese) en un asunto espinoso en que estaba envuelta la subsistencia de una casa de la compañía:

“Me da mucha pena que este asunto haga tanto ruido, y que se vea a los sacerdotes de la Misión reñir con el obispo… Voy a escribir al obispo de Ginebra y tam­bién a nuestra parte (el padre Le Vazeux) para tratar de salir de esto amigablemente, por árbitros o de otra manera. Pero si, después de haber hecho por nuestra parte todo y más de lo que es razonable para llegar a un arreglo, ellos se mantienen firmes para conseguir lu que pretenden, que es arruinar a nuestra pobre comu­nidad de Annecy, me parece que nos veremos obligados a acudir a la justicia eclesiástica o civil para librarnos de un tal daño”.[note]VII 81 (VII 75).[/note]

Una base económica suficiente es siempre necesaria, pues los misioneros no deben recibir nunca nada como retribu­ción por su trabajo. Esta idea es bien conocida y no requiere elaboración especial. Sí sería bueno advertir que, por lo que aparece en su correspondencia, no hizo Vicente una sola excepción a lo largo de toda su vida, ni quiso que la hicie­ran los misioneros. Por ejemplo:

“Si la señora N. le envía a usted algún dinero porque usted ha trabajado en sus tierras y por los gastos que usted ha hecho, es preciso que no lo reciba…, porque hay que tener como máxima el no recibir jamás ningu-na retribución por nuestros trabajos”.[note]VI 150 (VI 144).[/note]

Muy cerca del final de su vida (enero de 1659) recuerda una vez más en pocas lineas lo que había sido siempre la práctica de la comunidad:

“No debemos aceptar nunca una retribución por nuestras misiones, ni de personas ausentes ni de presentes, ni de ricos ni de pobres. No quiero decir que si le envían algún dinero no pueda usted recibirlo a manera de limosna, pero no por haber dado una misión o bajo condición de darla”.[note]VII 434 (VII 372).[/note]

En una ocasión, a instancas del padre Jolly, superior de Roma, manifiesta Vicente su intención de proponer a la segunda asamblea general si iría contra esta norma el aceptar de los obispos el pago de los gastos de viaje cuando éstos llamaban a los misioneros para trabajar en sus diócesis. Pero ya Vicente anticipa su opinión personal: “Soy de parecer que mantengamos con fuerza el no recibir nada de ellos, a no ser que ellos lo deseen absolutamente”.[note]V 484 (V 460).[/note]

Esta es la segunda idea que preside lo que hemos llamado la política económica de san Vicente: como el trabajo die los misioneros se debe dirigir directa o indirectamente siempre a los pobres, no deben recibir jamás una retribución económica como pago de sus trabajos. La asistencia a los pobres es personal: los misioneros dedican a ellos sus personas; pero es también material: los bienes de las comunidades están siempre abiertos a las necesidades materiales de los necesitados. Escribe a un superior:

“Bien veo que es mucho de temer, como usted dice, que si da asilo en la casa a tantos refugiados va a ser pronto saqueada por los soldados. Pero hay que pre­guntarse si para evitar ese peligro usted debe rehusar la práctica de una virtud tan bella como es la ca­ridad”.[note]V 44 (V 44).[/note]

Esto bien podía escribirlo un hombre que predicaba an­tes con el ejemplo, y que en medio de las turbulencias de la Fronda convertía a San Lázaro en un almacén de socorro para los necesitados de París, hasta el punto de que la nu­merosa comunidad pasaba verdaderas estrecheces en las necesidades más elementales como la comida. En una oca­sión Vicente escribe al padre Portail que pida dinero pres­tado para atender a las necesidades de la comunidad y de los necesitados a quienes se daba comida cada día.

Su declarado interés por encontrar fundamentos sólidos para sus obras no le hace perder el sentido cristiano en la propiedad y el uso de los bienes, ni produce en él el más mí­nimo rastro de avaricia o de insensibilidad ante las necesi­dades privadas y públicas: “Las misiones deben constituir nuestro capital”,[note]VI 517 (VI 477).[/note] escribe a un misionero que quería retener una parroquia bajo la excusa de que dejarla a otro sacerdo­te supondría una disminución de ingresos. El verdadero ca­pital de la Congregación es efectivamente para san Vicente la agilidad necesaria para dedicarse a la misión. A asegurar la misión se dedica totalmente la seguridad que proporciona una infraestructura económica sana, para renuncia de buen grado a bienes económicos que pudieran entorpecer la mi­sión. Y, llegado el caso extremo, no abandonará una misión en la que él cree con fuerza por muy dispendiosa que re­sulte a la Compañía, como le sucedió en el caso de los con­sulados de Argel y Túnez, misión que se resistía a abando­nar, a pesar de varias sólidas razones de que se hablará más adelante, y de los que dice:

“Estos consulados son una gran carga para la Compa­ñía por los gastos que hay que hacer para mantenerlos por encima de sus ingresos”.[note]VI 619 (VI 563-564).[/note]

Piensa incluso que en caso de calamidades públicas y pérdidas sociales generalizadas la Congregación debe pagar también su parte:

“Dice usted que la guerra ha arruinado tres casas en Varsovia y cinco en su tierra. Eso es un daño notable, pero no sería justo que ustedes se viesen libres en esa aflicción pública”.[note]VII 5 (VII 12).[/note]

Y cuando pierde bienes importantes, como en el caso de la gran finca de Orsigny, aunque sea por decisiones injustas de la justicia, no por eso pierde la convicción de que “si buscamos el reino de Dios, nada nos faltará, como dice el evangelio, y que si el mundo nos quita por un lado Dios nos dará por otro”.[note]VII 406, 251-252 (VII 349, 218).[/note]

Tres, pues, son las ideas rectoras en el pensamiento de san Vicente acerca de los bienes comunes:

1.° La comunidad necesita una base económica sufi­ciente para asegurar el sostenimiento de los misioneros.

El criterio de la suficiencia económica es específica en muchas de sus cartas en relación a problemas prácti­cos de la vida misionera, y recibe en las Reglas una definición escueta que resume perfectamente su pensa­miento: la vida de los misioneros debe regirse por el standard de vida de los pobres (III 7).

2.° La necesidad de tal base se justifica por el hecho de que todo tipo de trabajo de los misioneros debe ser siem­pre gratuito, pues se dirige a los pobres.

San Vicente sabe muy bien, y lo admite expresamen­te, que la necesidad de ser propietaria impide el que la Congregación practique la pobreza según todas las exigencias del evangelio. Cfr. Reglas Comunes, III 2: “ministeria nostra… quatenus sunt gratis obeunda, nequaquam ferre possint ut paupertatem omnimode profiteamur”.

3.° La base económica es eso únicamente: base nece­saria pero subordinada totalmente a las exigencias de la misión.[note]XI 227-228 (XI/3 141).[/note]

Los modos concretos de financiación de la vida comuni­taria y actividad misionera fueron surgiendo en la vida de san Vicente de una manera espontánea, condicionada como no podía ser menos por la infraestructura económica de la sociedad en que le tocó vivir. Una donación generosa de los Gondy le proporcionó la base económica de sus primeras experiencias misioneras comunitarias. Sobre las rentas de esa donación y el alojamiento en una casa donada, el colegio de Bons Enfants, sobrevivieron él y sus compañeros durante unos seis o siete arios.

Y de pronto le surgió una oferta aún más generosa, la del priorato de San Lázaro, donación que abría enormemente los horizontes de su visión. Esta oferta le cogió totalmente de sorpresa:

“Cuando el prior de San Lázaro me vino a ofrecer esta casa, me quedé temblando, como un hombre sorprendido por un cañonazo que se dispara de improviso: se queda aturdido por este golpe imprevisto. Yo me quedé mudo y totalmente aturdido por una tal proposición”.[note]V 533 (V 510).[/note]

San Lázaro excedía tan desmesuradamente sus primeros ideales misioneros y comunitarios que le costó casi un ario el decidirse a aceptarlo. A pesar de la propiedad de San Lázaro, entre las primeras generaciones misioneras debió permanecer vivo el ideal móvil de los primeros años. Escriben dos misioneros desde Turín en 1659, muchos años después de la adquisición de San Lázaro, y un ario escaso antes de la muerte del fundador:

“Se vive aquí como en San Lázaro, excepto en una sola práctica: durante nueve de los meses del ario todos los misioneros, lo mismo padres que hermanos, dejan la llave debajo de la puerta para ir a hacer su cosecha de almas, de modo que se puede decir de ellos aquí aún con más razón que en otros sitios que son padres de casa de alquiler, lo que será siempre para ellos un tí­tulo más honroso que cualquiera otro que se les pueda atribuir”.[note]VIII 153 (VIII 141-142).[/note]

Efectivamente, para la comunidad San Lázaro suponía la tentación permanente de un estilo de vida cuasi-monás­tico que no parecía convenir al estilo móvil de la comunidad misionera original. Que no se evitó este peligro del todo aparece con claridad en esta carta de san Vicente del año 1657, es decir de 25 años después de su aceptación del priorato:

“Lo que usted me dice de la desigualdad entre las ca­sas de la Compañía me confirma en el miedo que he tenido siempre a que la casa de San Lázaro sea dema­siado atractiva por el buen pan y la buena carne que se comen en ella, por el buen aire que se respira, por los espacios que en ella se encuentran para pasearse, y por las demás comodidades que tiene, cosas todas que hacen que los espíritus sensuales se encuentren en ella muy a gusto”.[note]VI 516 (VI 475-476).[/note]

Que, por otro lado, San Lázaro no era, incluso en térmi­nos puramente económicos, un asunto tan atractivo como parecía a primera vista se ve en este texto escrito por san Vicente un año antes de su muerte:

“San Lázaro es tan viejo que necesitamos albañiles casi continuamente, y éstos nos cuestan más caros que los intereses del dinero que haría falta para construirlo de nuevo”.[note]VIII 41 (VIII 40).[/note]

La propiedad de San Lázaro convertía a Vicente de Paúl literalmente en señor feudal, con derecho incluso de justicia sobre sus posesiones.[note]Esta administración de la justicia fue confiada durante algunos años al hijo de Luisa de Marillac como un medio de vida, después de una prueba frustrada para una carrera sacerdotal.[/note]

Los dos sistemas de financiación, rentas de dinero, pro­piedad y rentas de tierra, incluyen todo lo que fue realmen­te básico en la economía de las comunidades en tiempo de san Vicente. En detalle, he aquí una enumeración de los mo­dos de adquisición de bienes y de financiación de las comu­nidades que hemos podido extraer de la lectura de sus cartas.

1.° Adquisición por donación

Bienes en propiedad:

  • casas
  • tierras
  • negocios
  • beneficios eclesiásticos
  • dinero

Rentas:

  • de tierras ajenas
  • de tierras propias[note]En varios lugares de su correspondencia san Vicente se muestra poco amigo de que las comunidades se dediquen directamente a la ex­plotación de las tierras propias. Prefiere que se dejen en régimen de arrendamiento a personas extrañas, y percibir la renta correspondiente. Cfr. por ejemplo, VI 614 (VI 558-559): “Lo mejor es arrendar las tie­rras, si se puede. No espere usted sacar ningún provecho del trabajo que invierta en la propiedad” (de Balan, en Sedan). Cfr. también VIII 293 (VIII 291).[/note]
  • de casas
  • de negocios
  • de beneficios eclesiásticos
  • de beneficios civiles
  • de capital en dinero

2.° Inversiones

  • compraventa de tierras
  • inversión de capital en negocios
  • compra de oficios civiles.

Unas observaciones sobre algunos de los modos de apro­piación y de financiación enumerados pueden resultar de in­terés. Los negocios que se mencionan se refieren a su parti­cipación como propietario-accionista, y también como per­ceptor de rentas, en varias líneas de diligencias para viaje­ros y en el transporte de mercancías (vino, sal…). Estos pa­recen ser los negocios más interesantes que tuvo entre ma­nos, aunque con cierta frecuencia se queja en su correspon­dencia[note]VII 522 (VII 443).[/note] de la disminución rápida de ingresos de las dili­gencias debida, sobre todo, a la devaluación de la moneda y a la competencia de otras compañías de transporte. Parte de los ingresos de esta fuente ayudaba a los misioneros del norte de Africa, que recibían por este capítulo 1.500 libras al año.[note]VI 49 (VI 49).[/note]

El caso mejor conocido de adquisición por compra de un oficio civil es el de los consulados de Africa que, como se ha visto arriba, resultaron ser gravemente deficitarios en mantenerse por solas las rentas de los bienes de fundación. San Vicente estuvo pensando seriamente en venderlos en 1657,[note]VI 300, 305 (VI 289, 295).[/note] aunque se decidió finalmente en contra, porque “aseguro delante de Dios que no son para hacer negocio, ni por ninguna ventaja temporal; no hay otro motivo que nos mueva a este empleo santo que la caridad por el prójimo y el amor de Dios”.

La enumeración que se ha dado arriba puede sugerir la imagen de una congregación rica en posesiones y sólida en sus finanzas. Nada más lejos de la realidad. Durante los últimos cinco arios de su vida abundan en sus cartas los testimonios de serias dificultades económicas, que en una de 1657 describe así:

“Tal vez diga usted que la Compañía debería comprometerse para librarle pidiendo en préstamo esa suma; bien quisiera que la Compañía pudiera hacerlo. Pero además de la dificultad de encontrar esa suma en préstamo o en hipoteca, porque todo el mundo sabe que está cargada de deudas por todas partes, no puede la Compañía comprometerse más sin ponerse en peligro de sucumbir”.[note]VI 462 (VI 428). Cf-r. VI 614 (VI 559): “Esta casa está casi aplastada por sus propias necesidades y no sabemos a dónde acudir para pagar lo que debemos”.[/note]

Lo más dramático de esta carta reside en el hecho de que está dirigida al hermano clérigo Barreau, cónsul en Argel y preso de los “turcos”, que pedían por su rescate una fuerte cantidad. Hay que creer a san Vicente cuando le dice que no puede materialmente la comunidad pagar el rescate de uno de sus hermanos, pues apeló a todos los demás medios que tuvo en su mano, incluyendo el hacer venir a París al padre Le Vacher, compañero del hermano Barreau, para hacer una colecta en las parroquias y entre las personas pudientes conocidas. Sin mucho resultado, por otra parte. “La cosa me parece imposible”, escribe san Vi­cente el 5 de octubre del mismo año;[note]VI 509 (VI 470).[/note] “la caridad se ha enfriado en París, porque todo el mundo se resiente por las calamidades públicas”.[note]VI 614 (VI 559).[/note]

Todos los medios de financiación enumerados arriba tie­nen una característica que conviene subrayar. Se puede afir­mar que las fuentes económicas de la Congregación proce­den exclusivamente de las clases ricas, y que los misioneros, a través de su dedicación exclusiva a los pobres, funcionan en el sistema económico de su tiempo como distribuidores de la renta nacional, aunque lo hicieran inconscientemente y no fuera ese el fin, ni expreso ni tácito, de su vocación. Parte de los bienes de las clases pudientes llegaban directa o indirectamente a las clases pobres a través de la actividad y de las manos de los misioneros.

Ese papel de intermediarios distribuidores es cierta­mente generoso y desprendido, pero tiene dos inconvenientes obvios. En primer lugar, les hace excesivamente dependien­tes de los que proveen la base de su economía, quienes, llegado el caso, pueden interferir según sus propias ideas e impedir decisiones de pastoral y de gobierno interno, e inclu­so de política general eclesiástica. San Vicente parecía deci­dido a dejar o vender a seglares los consulados por varias razones: la presión de Propaganda Fide, que veía con malos ojos unos cargos tan definidamente políticos en manos de sacerdotes; las complicaciones que tales cargos traían a la Congregación, tal la prisión del hermano Barreau; el fuerte carácter deficitario ya notado; el parecer de padres y segla­res que conocían de primera mano las complicaciones de una tal empresa. Pero prevaleció por encima de todo la opo­Sión de la duquesa de Aiguillon en contra de la idea de dejarlos.[note]VI 315 (VI 304), VII 248 (VII 215).[/note] Esta había donado generosamente a Vicente el capital necesario para comprar los dos consulados africanos.

Segundo ‘inconveniente: ¿qué pasa al trabajo de la Con­gregación si los ricos no quieren o no pueden financiar las obras de los misioneros?.[note]VI 461, 486 (VI 428, 449-450), VII 334 (VII 286).[/note] Las guerras de la Fronda de­jaron muy mal paradas las fortunas de muchos de los bien­hechores habituales de las obras vicencianas. Ya hemos visto más arriba cómo Vicente se queja de que se le cierran mu­chas bolsas por la penuria de los tiempos. Por otro lado, una larga experiencia de relaciones con los poderosos llegó a crear en Vicente un cierto sentimiento de escepticismo acerca de la buena voluntad de aquéllos:

“Aunque el rey haya hecho esperar más limosnas, no se puede sin embargo esperarlas, porque los reyes pro­meten fácilmente, pero se olvidan de cumplir sus pro­mesas, a no ser que haya una persona cerca de ellos que se lo recuerde a menudo. Ahora bien, no tenemos aquí a nadie que tenga tanta caridad para los pobres y libertad hacia su majestad para conseguir este bien. Ya hace algunos años que la duquesa de Aiguillon no se acerca a la reina para hablarle y no sabemos a quién recurrir”.[note]VI 597 (VI 544-545); cfr. XI 25 (XI/4 718): “Los grandes no respiran de ordinario más que honores y riquezas”.[/note]

(Aunque la idea sea marginal a este estudio, no podemos resistirnos en este punto a observar que la creación de las Hijas de la Caridad tuvo entre otros motivos este escepticis­mo de san Vicente, que también compartía, dicho sea de paso, santa Luisa. Con las clases ricas no se puede contar cuando más falta hacen, ni tampoco para los trabajos más exigentes en favor de los pobres.[note]VIII 521 (I 148), XIII 548, 566. Cfr. IX 312 (IX/1 292): “Dios ha llamado a jóvenes pobres. Si hubiese llamado a ricas ¿hubieran hecho éstas lo que hacen aquéllas? ¿Hubieran servido a los enfermos en los servicios más bajos y penosos? ¿Hubieran llevado una marmita….”.[/note] Y cuando los ricos fallan, Vicente se vuelve al pueblo para encontrar en la fuerza del pueblo el remedio a sus propias necesidades. Las Hijas de la Caridad, sin duda la mejor contribución de san Vicente pa­ra paliar los dolores de la historia de la humanidad, eran “pueblo” en cualquier sentido en que se quiera tomar esa palabra. Pues bien: estas mujeres del pueblo vivían en la mayor parte de los hospitales de un salario que recibían de los llamados “padres de los pobres”, es decir, de los adminis­tradores de los fondos públicos municipales de beneficencia, no de la generosidad arbitraria de los poderosos, y esto por política deliberada del mismo fundador[note]El fundador expresa repetidas veces en sus conferencias el ideal de que las hermanas vivan de su trabajo sin depender de nadie: IX 494- 495 (IX/1 449).[/note].)

La práctica administrativa de san Vicente está regida por una serie de ideas basadas todas ellas en un alto aprecio por los bienes temporales. [note]XI 30 (XI/4 723).[/note] Los bienes son, por un lado, fruto y proyección del trabajo humano y son, por tanto, nobles. Y por otro, los bienes que maneja y de que vive la Congregación son, en frase del santo, “el patrimonio de Je­sucristo hecho con el sudor de los pobres”. En su espiritua­lidad no cabe el desprecio olímpico por los bienes materiales que ha pasado con frecuencia como serial inequívoca de espíritu cristiano (recuérdese aquello de “el oro es el estiér-col del diablo” de Papini), pero que es en realidad la marca infalible de un orgulloso y despectivo espíritu pagano, tal el espíritu de un Diógenes.

Porque tiene en alta estima los bienes materiales Vicente practica y exige una muy cuidadosa administración, y advierte contra el fácil peligro de que al administrador “se le pegue a los dedos”, como dice en expresión muy gráfica, algo que no es suyo. Y no por un sentido puritano de la limpieza, como si el dinero fuera sucio. No puede serlo, ya que es patrimonio de Jesucristo y ha sido producido por el sudor de las pobres gentes. Pero pertenece a ellos, y no a su administrador. Este vive materialmente del trabajo de administración, y es justo que así sea, pero los bienes que maneja no le pertenecen en modo alguno.[note]XI 111 (XI/3 36).[/note]

Porque los bienes materiales comunitarios son de los pobres Vicente los defiende con fuerza de cualquier atentado contra ellos. San Vicente defiende con energía sus derechos, sólo que al hacerlo sabe muy bien que actúa como administrador de los bienes de los pobres. Vimos arriba un testimonio claro de esta postura en el caso de Annecy, pero la correspondencia de los últimos arios de su vida ofrece otros muchos casos de su constancia invariable en este aspecto.[note]V 400, 404, 408, 535 (V 383-384, 387, 390, 511 512), VIII 200 (VIII 181); en relación a la pérdida de la gran finca de Orsig,ny: “Si hemos litigado en este caso es porque yo no podía en conciencia abandonar, sin hacer todo lo posible por conservarlo, un bien adquirido tan legítimamente, un bien de comunidad del que yo tenía la administración” VII 406 (VII 348).[/note]

Los misioneros, porque son administradores de los po­bres, deben evitar cuidadosamente los gastos inútiles[note]XI 158 (XI/3 85-86).[/note] y todo aquello que parezca superar el nivel de vida de los po­bres. Escribe con frecuencia en un tono de reproche sobre todo a superiores que gastan en arreglos de la casa que no son necesarios, así como a los que quieren adquirir caballos en propiedad con la excusa de una mayor movilidad para los ministerios, pues pueden los misioneros “servirse de caballos de alquiler cuando sea necesario tomar uno”.[note]V 455 (V 432).[/note] En cuanto a su propio mal ejemplo en contra, Vicente lo justifica por la obediencia a sus “superiores civiles y eclesiásticos”.[note]V 475 (V 450); Abelly, I, cap. 39, p. 186; III, cap. 13, p. 207.[/note]

J. Jacquart[note] Histoire de la France rurale, ed. du Seuil, 1975, tomo 2.°, p. 269.[/note] admira el sentido realista de san Vicente por haber dotado a su Congregación de una sólida posesión agrícola, consistente en 365 hectáreas de tierra de labor en la meseta de Saclay (La admiración puede que lleve implíci­to un ligero tinte de ironía. Se menciona ese dato en un ca­pítulo que trata de la progresiva expropiación de los campe­sinos por parte de la nobleza, la burguesía y las instituciones eclesiásticas[note]Véase también H. Kamen, El siglo de hierro, Alianza Editorial Madrid 1977, pp. 201, 210, 212-213.[/note].). Efectivamente, Vicente era un hombre que rara vez se dejaba llevar de sueños ni de fáciles idealismos a la hora de obrar, sobre todo en materia económica:

“Confieso que se puede esperar alguna cosa de la Pro­videncia; pero no hay que tentar a Dios, quien, habién­dole dado a usted con qué comenzar y sostener una casa… no quiere que se haga un gasto superfluo para luego confiarse a su providencia. No puedo dejar de decirle que vemos en París cantidad de comunidades arruinadas, y no por falta de confianza en Dios, sino por haber construido edificios magníficos que les han dejado agotadas”.[note]VIII 41 (VIII 40), XI 351 (XI/3 242).[/note]

Excluido por principio el que sus hombres vivan, como los mendicantes,[note]Si los mendicantes en tiempos de san Vicente vivían de pedir limosnas, y puede que en tiempos posteriores hasta hoy mismo, in prin­cipio non erat sic. San Francisco de Asís, el creador del verdadero espí­ritu mendicante en la historia de la Iglesia, dice lo siguiente en su famo­so Testamento: “Yo trabajaba con mis manos y quiero trabajar, y los otros frailes quiero que trabajen en trabajo honrado. Y los que no saben, aprendan, no por codicia de recibir el premio de su trabajo, sino por el buen ejemplo y por evitar la ociosidad. Y cuando no nos dieren el precio del trabajo recurramos a la mesa del Señor pidiendo limosna de puerta en puerta”. Esto, como se verá fácilmente, está muy lejos de la imagen popular de un estilo de vida mendicante. San Vicente conocía muy bien la historia del origen del auténtico espíritu mendicante y la de su degradación posterior: X 103 (IX/2 731-732), IX 493 (IX/1 448).[/note] de la variable caridad de donantes oca­sionales, ni tampoco de la retribución por sus trabajos, ni de la plusvalía de una industria que aún no existe más que, en estado rudimentario, o de negocios inseguros, no le que­da a Vicente más solución “realista” que apelar al medio tradicional usado por la Iglesia, por el estado y por los po­derosos para subvenir a sus necesidades: la posesión, de es­tilo feudal o cuasi-feudal, de tierras. Este proceder de san Vicente está claramente condicionado por la infraestructura económica de la Francia de su tiempo. Por eso se puede ha­blar de su sentido realista: las cosas son así. Sólo que Vicen­te es, en este como en tantos otros aspectos, un hombre que inicia una ruptura en los esquemas existentes. Y así, los mi­sioneros beneficiarios de esos bienes sólo pueden justificar una tal posesión no por algún derecho divino o civil, ni por una pacífica tradición secular de propiedad, sino porque se dedican en cuerpo y alma, y también dedican sus mismos bienes, a los necesitados. A falta de una tal dedicación su “derecho de propiedad” no tiene ningún sentido. Quien entre ellos no tiene esa dedicación, san Vicente lo repite con frecuencia,[note]XI 201 (XI/1 448).[/note] debe saber que es un ser parasitario del sudor, de las pobres gentes. Además, en cuanto lo permite la condición de los que trabajan movidos por él, por ejemplo las Hijas de la Caridad, encuentra modos de subsistencia no sobre la posesión sino sobre la base de un salario, modos que prenuncian una infraestructura económica de nuevo curio.

Se podría preguntar al final de esta primera parte: ¿buscaría hoy san Vicente de Paúl la seguridad de su Congregación sobre la base de propiedad cuasi-feudal? ¿O la buscaría en un tipo de posesión capitalista? ¿O bien en ninguno de los dos tipos? A contestar estas preguntas se dirige la segunda parte de este estudio.

II. Las bases económicas de la comunidad hoy

“Si pudiéramos escoger, deberíamos tener siempre, para no engañarnos, el estado más parecido al de Nuestro Señor, que no tuvo ninguna casa en este mundo”.[note]VII 391 (VII 334).[/note]

El interés por un conocimiento del pasado encuentra su máxima justificación en un interés por aprender a vivir hoy vicencianamente, en el espíritu de aquel celebrado dicho de Cicerón de que la historia es maestra de la vida. Conocer a san Vicente lo más a fondo que sea posible le es a la comu­nidad vicenciana urgentemente necesario para vivir (para sobrevivir como vicenciana) hoy.

Conocer a san Vicente, sí. Pero también se necesita co­nocer el tiempo en que vivimos, no sea que la reproducción vital del carisma de san Vicente que se debe intentar hoy se quede en afición arqueológica o en un arcaismo que trata de reproducir materialmente lo que a él mismo, si viviera hoy, ni le pasaría por la imaginación.

La infraestructura del Ancien Régime en tiempo de san Vicente se podría describir rápidamente así: concentración de la mayor parte de la riqueza nacional en manos de la aristocracia y de la Iglesia; una incipiente burguesía que, a través del comercio y de la compra de sustanciosos cargos civiles iniciaba por aquellos días una marcha social ascen­dente hasta llegar a la cumbre algo más de un siglo des­pués, con la Revolución Francesa; un campesinado que en conjunto justamente superaba el límite de la supervivencia y que precisamente en los últimos veinte años de la vida de san Vicente se vio sometido a una progresiva expropiación por parte de la aristocracia, las instituciones eclesiásticas y la burguesía, y a una pauperización creciente debida a los im­puestos de guerra y a las deudas.

En estas circunstancias Vicente de Paúl se vio obligado a buscar los medios de subsistencia de sus comunidades en el único sitio en que se podían encontrar: las riquezas de los ricos y las posesiones y beneficios eclesiásticos. La bur­guesía era aún demasiado débil para proporcionar una tal base, y sus incipientes negocios demasiado inseguros para proporcionar una seguridad suficiente. En cuanto al cam­pesinado, no se podía en buena conciencia esperar nada de él, sino más bien lo contrario: había que ayudarle, cosa a la que se dedicó san Vicente los últimos cuarenta años de su vida.

No existía aún, por otro lado, una concentración sufi­ciente de fondos públicos con los que sostener obras de cier­ta envergadura. Las guerras de Richelieu y de Mazarino se financiaron en su mayor parte con impuestos exigidos en cada ocasión que, naturalmente, gravaron de un modo es­pecial a los más débiles, los campesinos. Los bienes de la Iglesia y los de la aristocracia estaban en buena parte exen­tos de impuestos por ley y por privilegio secular. En este tiempo la riqueza verdaderamente sólida sigue siendo la tie­rra.[note]H. Kamen, o. c., pp. 509, 511.[/note] A Vicente, agudo financiero, no se le escapaba ese hecho, de lo que hay numerosos testimonios en sus cartas.

Estos son, pues, los condicionamientos históricos de la “política económica” de san Vicente. Tres posibles sistemas de financiación estaban abiertos a Vicente en su tiempo, pero de ellos descartó dos por el sentido realista de que he­mos hablado arriba. Podía, en primer lugar, haber asegurado la subsistencia de sus misioneros a través de un sistema de percepción de bienes (dinero o especie) como pago por los ministerios. Este sistema lo descartó desde el principio y ra­dicalmente, pues los ministerios iban dirigidos al “pobre pueblo”, y hubiera sido vergonzoso expoliarle aún más. Podía haber escogido el sistema “mendicante”, pero es cla­ro que un tal sistema malamente puede garantizar la per­manencia de obras sólidas de evangelización. No le quedaba más solución que tratar de conseguir los bienes necesarios donde se hallaban, el dinero y los bienes de la aristocracia y los beneficios y propiedades eclesiásticas. Estas, efectiva­mente, llegaron a ser las bases económicas de su economía a través de donaciones de capital y de bienes raíces, o sea, de fundaciones sobre cuyas rentas se intentaba asegurar el mantenimiento y el trabajo de los misioneros:

“He aquí, señor, cómo son nuestros trabajos en las misiones. Y cuando se ha hecho eso en un pueblo, pasamos a otro para hacer lo mismo, y todo ello a expensas de la fundación, porque nos hemos entregado a Dios para servir gratuitamente al pobre pueblo”.[note]V (372 (V 350).[/note]

La situación hoy es, cualquiera lo ve, totalmente diferente. De hacer desaparecer los beneficios eclesiásticos se ha encargado afortunadamente la historia, así también como el increíble tráfico de compraventa de oficios civiles, tan común en tiempo del santo. Hoy nadie sueña en tales medios porque no existen. Pero aún se puede soñar en encontrarlos en manos de los privilegiados, y el alma vicenciana de hoy se puede ver tentada a encontrarlos ahí. Pero antes de caer en la tentación debe hacerse una pregunta: ¿es lícito hacer hoy lo que en tiempo de san Vicente era inevitable pero que hoy es perfectamente evitable? Hay aún concentración de bienes en manos privadas, al menos en algunos países, pero incluso en éstos la riqueza está altamente socializada en forma de fondos públicos, que eran casi inexistentes en tiempos de san Vicente, y de fondos administrados por instituciones más o menos privadas. Por otro lado, en muchas naciones los misioneros trabajan entre clases modestas ciertamente, pero no tan depauperadas como las que intentaban evangelizar los primeros misioneros, de las que se puede esperar hoy una retribución modesta sin que nadie lo considere ni injurioso ni antievangélico.

Hay que repetir, pues, la pregunta: ¿sigue siendo lícito hoy el esperar la suficiente seguridad económica de los po­derosos? ¿se puede hacer eso hoy con buena conciencia, cuando se sabe hoy tanto de la ilegitimidad en el origen de sus bienes? ¿debe la Misión, aún hoy, basar buena parte de su seguridad económica en la posesión de tierras y en la percepción de rentas?

Si las respuestas son afirmativas, y la Congregación obra, en consecuencia, debe estar preparada para superar los si­guientes inconvenientes:

  • la Congregación seguirá dependiendo, en aspectos importantes de su vida y de su trabajo, como le suce­dió a san Vicente, de los ricos y de sus ideas;
  • se perderá la movilidad necesaria exigida por las ne­cesidades de la misión, pues estará atada a la tierra y a sus posesiones (parroquias en propiedad, casas grandes…);
  • deberá hacer esfuerzos constantes para no caer en la tentación de la vida fácil sobre la seguridad de sus posesiones. Para que se entienda mejor: se verá some­tida a la tentación tan atractiva del aburguesamiento. Tal fue la tentación permanente de San Lázaro, según vimos, a pesar de la vigilancia de un espíritu tan ra­dicalmente misionero y evangélico como el de Vicente;
  • por último, una estructuración de la economía misio­nera sobre bases cuasi-feudales, cual era la de los tiempos del santo, aislaría a los misioneros del modo normal de ganarse la vida no ya de los “pobres”, sino de la inmensa mayoría de la población en todos los países. ¿Quién vive hoy en el mundo de rentas?

La enseñanza del Concilio (“siéntanse los religiosos obli­gados a la ley común del trabajo para procurarse así lo ne­cesario para su sustento y para sus obras”, Perfectae Cari­tatis, 13) supone una revolución en los modos tradicionales de financiación de casi todas las comunidades en la Iglesia. El trabajo es visto por el Concilio como la única fuente para la seguridad económica de la comunidad y para la actividad de sus miembros.

Hoy buena parte de la riqueza está en todos los países socializada, si bien en diferentes grados, como ya se anotó. Habría que ir a buscar la necesaria seguridad económica donde está, como hizo san Vicente en su tiempo. Como al­ternativa a la lista de modos de apropiación y financiación empleados por san Vicente se expone aquí una pequeña lis­ta de modos “modernos” de hacer lo mismo. Verá el lector que todos los modos que aparecen en la lista han estado en uso entre nosotros desde hace mucho tiempo. Lo que se quie­re advertir es que estos medios de financiación son suficientes para cubrir todas las necesidades verdaderas de la misión, sobre todo si se adoptara de verdad un modo de vida auste­ro, según lo exigen las claras enseñanzas de las Reglas Co­munes, por no decir del evangelio. Así se podrían arrumbar definitivamente en el armario de las curiosidades históricas los modos antiguos, aunque parezcan a primera vista vicen­cianos. Sí lo eran, pero para el tiempo de san Vicente, no para el nuestro. He aquí la pequeña lista:

  • subvenciones (estatales, eclesiásticas o de otras ins­tituciones);
  • cobro por ministerios ocasionales (directamente del pueblo o de alguna entidad eclesiástica o civil);
  • salario por trabajos habituales (enseñanza, asistencia social, capellanías, parroquiales);
  • seguros
  • colectas y limosnas (donde aún se estilen).

En tiempo de san Vicente se planteaba inevitablemente a la comunidad una contradicción entre la teoría y la prác­tica. Estaba, por un lado, la práctica: la estructura econó­mica cuasi-feudal, estructura que era del todo inevitable si la Misión quería llevar a cabo su misión. Y estaba, por otro, la teoría: el ideal evangélico de pobreza que obsesionaba a san Vicente y que quería mantener a toda costa entre sus misioneros a fuerza de exhortaciones ascéticas. Que él era consciente de la contradicción, lo expresa paladinamente en un número de las Reglas (III 2). Que la contradicción era altamente peligrosa para el espíritu misionero san Vicente lo veía con claridad.[note]XI 193-194 (XI/3 114-115).[/note] Que era prácticamente inevitable lo ha probado hasta la saciedad la historia posterior de la CM. Las circulares de los superiores generales y las actas de las asambleas generales están llenas a lo largo de todo el siglo XVIII, de advertencias repetidas, por lo visto sin mucho resultado, contra una creciente presencia en la comunidad de un espíritu que sólo se puede calificar de burgués. En efecto, sobre la base de una economía burguesa crecerá sin remedio, por muchos sermones que se digan en contra, un modo de vida burgués.

Como ya se ha dicho repetidas veces, san Vicente se vio obligado a adoptar una tal estructura económica. No le gusta, pero la aguanta. Pero cuando habla según su verdadero espíritu, declara que “si pudiéramos escoger, debe ríamos tomar siempre para no, engañarnos el estado más parecido al de Nuestro Señor, que no tuvo ninguna casa en este mundo”. Hoy sí se puede escoger un estado que se parez-ca más al de Nuestro Señor. Lo permite, además sin exce-sivo riesgo, la estructura económica de la sociedad que nos ha tocado vivir. En algunos países los poderes públicos han obligado por la fuerza a la Congregación de la Misión a escoger un tal estado, y, que sepamos, no ha desaparecido por eso la Misión, ni ningún misionero se ha muerto de hambre, ni han dejado por eso de misionar.

En resumen:

  • el asegurar en tiempo de san Vicente los bienes imprescindibles por medios de apropiación y posesión cuasi-feudales era una necesidad;
  • el hacer hoy lo mismo supondría el buscar una innecesaria seguridad que atentaría contra la fundamental vocación evangélica de la Misión.

Si se quiere hoy tener ideas claras, ser fieles a san Vicente por un lado, e intentar por otro adaptar su espíritu a la mar-cha de la Iglesia y del mundo de nuestros días, habría que distinguir con sumo cuidado lo que pudiéramos llamar la ideología de san Vicente en relación a la base económica de la comunidad, y separarla cuidadosamente de la técnica concreta de financiación que él usó forzado por las circuns-tancias históricas del tiempo que le tocó vivir. Hay que mantener con toda fidelidad, si se quiere seguir siendo vicencianos de verdad, lo que en Vicente es fundamental: lo que no se puede dejar a un lado sin dejar a la vez de ser vicenciano, es decir, lo que hemos llamado su ideología. Pero no hay que tener ningún miedo a descartar los siste­mas de financiación que le fueron impuestos a san Vicente por las circunstancias de su tiempo, pero que hoy no serían necesarios para la supervivencia de la Misión.

Pretender encontrar la continuidad con el espíritu de san Vicente en sus técnicas de financiación sólo llevarían a la ilusión arcaizante de creer que si se viste como san Vicen­te se es ya como san Vicente. Se debe hacer caso a la ver­dad, aunque venga de un campo ajeno al cristianismo, se­gún practicó y enseñó otro gran espíritu evangélico, Tomás de Aquino. Aunque la fundamentación teórica del aserto venga originariamente de Marx, hay que decir que la Con­gregación de la Misión no se renovará a fondo y en serio mientras no renueve a fondo su infraestructura económica. Sólo en la medida en que ésta sea “evangélica” podrá tam­bién llegar a ser evangélica la Congregación.[note]He aquí una sorprendente anticipación de la teoría de Marx apli­cada expresamente a nuestro caso: “Habere superabundantes divitias in communi, sive in rebus mobilibus sive immobilibus, est impedimentum perfectionis” (Sum. Theol. II-II, 188, 7).[/note]

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