La Virgen María en santa Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 1983 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1983.
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rostros_luisa_06En julio de 1981 se cerró el año «jubilar» de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Jubilar, porque celebramos el 150° ani­versario de las Apariciones de María a Santa Catalina, prometiéndole su asistencia para las dos Comunidades y dándole, además, un mensaje para el mundo.

A mí —y creo que a otros también— me ha servido de ocasión para in­terrogarme: Santa Luisa, la Fundadora, ¿profesó una devoción especial a María y se la legó a sus Hijas?

Para poder responder a esta pregunta, refirámonos, en primer lugar al ambiente en que se desarrolló la vida de Santa Luisa. Hay que remontarse a San Bernardo y al influjo de las Cruzadas —que traen el primer plano la Humanidad de Cristo— para ver extenderse por Europa la devoción a la Virgen María, Madre de Jesús. Toda la Edad Media es como un canto de alabanza a María cuyos santuarios y peregrinaciones brotan por todas partes

Al comenzar el siglo XVII, el movimiento mariano se consolida en Fran­cia. San Francisco de Sales, pero especialmente Bérulle y su Escuela, pro­fundizan en la mariología publicando escritos de verdadera teología mariana.

Desde la corte se fomenta la devoción a María. El 10 de febrero de 1638, Luis XIII, animado por Richelieu, consagra a María el Reino de Fran­cia. Ana de Austria, en 1644, encarga al Hermano Fiacre que vaya de vez en cuando, en nombre suyo, a peregrinar a los principales santuarios: Notre Dame de Gráce, Chartres, Loreto…

En el pueblo cristiano se dan como dos mentalidades y hasta dos formas de vivir el culto a María. Una, popular, sensible, sencilla, que se alimenta con peregrinaciones, imágenes, cuadros, flores y rezos. Otra, propia de personas instruidas, que podríamos llamar seria y hasta crítica.

(De intento dejamos de lado los extremismos de los jansenistas y de los que simpatizaban con los hugonotes.)

En ese ambiente se encuentra, pues, Santa Luisa y podríamos per­cibir en ella como un desdoblamiento: por una parte, la mujer culta, con fina mentalidad, incluso avanzada, piadosamente crítica, bajo la dirección de San Vicente; pero, junto a esto, con una devoción mariana sencilla y popular.

Lugar que ocupa María en la devoción de santa Luisa

Santa Luisa siente íntimamente y vive la devoción a María. Pero no po­demos decir que sea esta devoción el eje de su espiritualidad.

Echando una mirada a sus escritos, podríamos percibir:

  • que la devoción a María no es para ella algo tan decisivo como, por ejemplo, el servicio a los pobres;
  • tampoco es el punto central de la evangelización a esos pobres;
  • ni siquiera presenta a María, al menos frecuentemente, como modelo que imitar y venerar;
  • en sus cartas, el nombre de María aparece como de paso y pocas veces.

Su todo es Cristo y el imitarle es su vida.

Sin embargo, no quiere esto decir que considere la devoción a María como de poca importancia o insignificante.

  • Es devota de sus misterios, que medita y analiza; ama a María, le reza y hasta compone oraciones en su honor.
  • Pero hay un momento en su vida —la peregrinación a Chartres–­en que su amor a Marfa estalla en una llamarada. Nos conmueve: leerlo. Allí están las tres preocupaciones que llenaron su vida: su hijo, la Compañía, el pecado-muerte. Y las tres se las presenta a la Señora de Chartres.
  • Algunas frases de sus Ejercicios espirituales rezuman cariño mariano.
  • Los autógrafos expresamente escritos sobre María —oraciones y meditaciones— nos descubren a una mujer que profundizó en los mis­terios marianos y amó con todas sus fuerzas a María. Son páginas admirables, pocas, pero que nunca le agradeceremos lo suficiente el haberlas escrito.

Cómo ve santa Luisa a María

Debido a los directores espirituales que tuvo en su juventud, quedó en Santa Luisa la tendencia a considerar la esencia divina, a ponerse en presen­cia de la Trinidad; …y al hacer oración, Luisa contempla un hecho extra­ordinario, sucedido en la eternidad pero proyectado sobre el mundo: El Dios eterno, inmenso y omnipotente, decide venir a la tierra a hacerse hombre.

Esta decisión divina es para ella el centro de la humanidad. Todo el mundo gira sobre este hecho y todos los hombres viven envueltos en la realidad de esa decisión eterna.

Se sitúa como espectadora delante de ese acontecimiento único, penetrando en los personajes: Dios trino, el Hijo y la mujer que se necesita para realizar este misterio, María.

María en el designio divino

El Misterio de la Encarnación se realiza en tres fases:

  • Primera, la decisión de que el Verbo se encarne y la elección de María para Madre.
  • Segunda, la revelación de este designio al primer hombre que había pecado, y la promesa de realizarlo.
  • Tercera, su realización en el tiempo: Jesucristo hombre y María su Madre.

Santa Luisa recalca la decisión eterna más que su realización, segura­mente bajo la influencia franciscana del convento de los Capuchinos que la dirigieron en su juventud. Se ve, además, que Luisa, como buena lec­tora, conoce la interpretación dada por la escuela escotista al pasaje de San Pablo a los Colosenses (1, 15-18) sobre el motivo de la Encarnación: Que el Verbo se habría encarnado aunque el hombre no hubiese pecado, ya que el plan divino era que Cristo debe ser el primogénito de toda criatura. Andando el tiempo, expresaría esta idea:

«Mi espíritu se ha acordado de un pensamiento que tuvo: Que el plan de la Trinidad Santa era, desde la creación del hombre, que el Verbo se encarnase para hacerle llegar a la excelencia del ser que Dios le quería dar mediante la unión eterna que quería tener con él, como estado el más admirable de sus operaciones exteriores».

Pensamiento expresado de forma condensada. Con él único, o el principal motivo de la Encarnación es el deseo la humanidad con la divinidad. Es cierto que otras veces manifiesta que el Verbo se encarnó para redimir a los hombres.

Fuere cual fuere el motivo, para ella está claro que

«según el designio divino, desde toda la eternidad, María era nece­saria para la Encarnación del Hijo cíe Dios…»

porque el Verbo debía nacer de una mujer, como todos los hombres.

María pertenece, gracias a esa elección eterna, a la esencia de la En­carnación y a la economía de la Redención. María no puede separarse ya de Jesús ni Jesús de su Madre. Es ésta una idea común a los grandes espiri­tuales franceses del siglo XVII. Bérulle la expresa en su Vida de Jesús; Olier, en la Vida interior de la Santísima Virgen, y frecuentemente se la encuentra en los escritos de San Juan Eudes. Pero Santa Luisa le da una pro­fundidad más divina. Ellos ponen la raíz en la Encarnación; Luisa, en el decreto dado en el seno de la Trinidad, pues

«la Virgen Santa fue elegida para estar estrechísimamente unida a la divinidad».

Es corriente en Santa Luisa contemplar el decreto eterno, que se realiza en el tiempo e influye en nuestras vidas. Se diría que habla de una experiencia personal, tiene la convicción de que Dios tiene ya decidido cuando nace lo que pretende de ella, y ella sólo tiene que colaborar en su realización. Sabe que Dios quiere que vaya a Él a través de la cruz. Es un convencimien­to y una doctrina que inculca a las Hermanas. Y esto que percibe en ella misma, lo aplicará a la Santísima Virgen. Vive, como los hombres sus contemporáneos, una espiritualidad del cumplimiento de la voluntad de Dios. De ahí que encuentre

…una dinámica para su vida

Trabajando por los pobres al lado de San Vicente, comprendió que la: verdades teológicas no son únicamente para contemplarlas; aprendió que hay que vivirlas. Por ello, el decreto eterno, la voluntad de Dios es como una dinámica en su vida mariana. Es la fuerza que la empuja a alabar Dios y a entregarse a María:

«Santísima Virgen, recibe mis deseos y mis oraciones, con mi corazón que te doy todo entero, para glorificar a Dios por la elección que su bondad hizo de ti para ser Madre de su Hijo…».

Cuando siente temor a causa de sus pecados, reza, impulsada por ese pensamiento:

«Padre Eterno, te pido misericordia por el designio que tuviste, desde toda la eternidad, de la Encarnación de tu Hijo. Y por tus méritos, Salvador mío, por el amor que tuviste a la Santísima Virgen, dame esta gracia».

Cuando, espantada, mira los destrozos que la impureza puede hacer en la Compañía, se fija en ese designio y escribe a San Vicente:

«También le suplico, por el amor de Dios, mi muy Honorable Padre, para el cumplimiento de su santa voluntad, que pida perdón a Nuestro Señor, de todas las faltas contra la pureza exterior e interior, por amor a la elección que hizo de su Santísima Madre».

Cuando, «toda su vida, en el tiempo y en la eternidad, quiere honra y amar» a María,

… agradece a la Santa Trinidad la elección que hizo de María».

Desde aquí ya todo es sencillo. Todo se sucede suavemente como un hilo de seda que va desprendiéndose del capullo.

Grandeza y prerrogativas de María

El designio divino lleva a Luisa a engrandecer a María:

«Fue la única pura creatura que siempre ha sido agradable a Dios», lo que la hace ser asombro de toda la Corte Celestial y admiración de todos los hombres» (8) … Por eso será eternamente gloriosa esta bella alma, elegida entre millones, por la adhesión que tuvo a los planes de Dios….

A veces, Santa Luisa parece decir que la Virgen no fue elegida, sino hecha expresamente para ser Madre de Dios. En frase berulliana, la con­sidera

«la obra maestra de la Omnipotencia en la naturaleza puramente humana».

La contempla en lo más alto de la creación, casi en el umbral de la di­vinidad. María es el único ser creado —a excepción de Jesús— que se acerca tanto a Dios. Escogiendo palabra a palabra, con una audacia sencillamente inocente, nos asombra con esta frase:

«María fue el único ser hecho capaz por el mismo Dios, de una manera extraordinaria, de gozar de la plenitud de la divinidad»…

«… Y será en el cielo para los bienaventurados gloria accidental, como Dios es la gloria esencial.

… Con todo, Luisa de Marillac concluye que María tuvo virtudes heroi­cas, que fue Inmaculada y Madre de la Gracia porque fue elegida para Ma­dre de Dios, puesto que esta elección exigía en justicia todo lo demás.

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