La vida comunitaria

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Víctor Gallástegui, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: Segundo encuentro de animadores espirituales de las Hijas de la Caridad, Salamanca, Octubre-Noviembre de 1979, propiciado por el Secretario de la Comisión Mixta Española.
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Después de la Pascua la presencia física de Cristo es sus­tituida por la comunión en el Espíritu. Esta comunión, según el libro de los Hechos, se realiza a través de la escucha asi­dua de la palabra, la oración ininterrumpida, la fracción del pan. El día de Pentecostés la comunidad afronta el mun­do exterior, según la orden de Jesús: «Id al mundo entero» (Mc 16, 15). El seguimiento de Cristo recibe, de este modo, una transposición pentecostal. A Cristo se le sigue haciéndo­se itinerantes por los caminos del mundo al encuentro de to­dos los hombres para comunicarles la Buena Nueva del Reino de Dios.

I. Fundamentos teológicos de la comunidad cristiana

A) Dios. La vida común es una realidad esencialmen­te teológica. Dios es Amor, Dios es Trinidad, sociedad, co­munión de vida, pura relación hacia… Dios es misterio de comunión. No sólo es amor. Porque el amor no im­plica necesariamente reciprocidad y puede existir sin eco y sin respuesta. Dios es Amistad, es amor recíproco en Trinidad de personas. Las relaciones constituyen a las per­sonas divinas y las personas divinas constituyen una co­munidad. En Dios se da la máxima unidad —identidad de naturaleza— y la máxima distinción —Trinidad de per­sonas—. La Trinidad es principio y modelo de toda verda­dera comunidad. A la luz de la Trinidad se entiende la vida fraterna de la Iglesia y de la Compañía.

B) Iglesia. El segundo fundamento teológico de la comunidad es la Iglesia. El cristianismo es comunidad, ya que Cristo fundó su Iglesia a imitación y semejanza de la Trinidad: «Que sean todos uno, como Tú, Padre estás con­migo y yo contigo; que también ellos estén con nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste. Yo les he dado a ellos la gloria que Tú me diste, la de ser uno como lo somos nosotros, yo unido con ellos y Tú conmigo, para que queden realizados en la unidad; así sabrá el mundo que Tú me enviaste y que los has amado a ellos como a mí» (Jn 17, 1-23).

La comunidad apostólica era comunión de todos y de cada uno con Cristo, comunión fraterna de los discípulos entre sí. La primera comunidad cristiana tiene conciencia de estar congregada por el Espíritu del Señor. «La multitud de los creyentes no tenían sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común» (Hech 4, 32). Entre los primeros cristia­nos resplandecía la unidad —»todos los creyentes vivían unidos»—, la comunión de bienes —»tenían sus bienes en común»—, la participación —»vendían sus bienes y hacien­das y lo distribuían entre todos según la necesidad de cada uno»—, la vida litúrgica «todos acordes acudían con asidui­dad al templo, partían el pan en las casas y tomaban su ali­mento con sencillez de corazón» (Hech 2, 42-47).

La Iglesia es una comunión de vida con Dios en Jesu­cristo, significada y expresada externamente por una comunión de amor con los hermanos. La unión con los hermanos es signo sacramental de nuestra unión y comunión con Dios. La Iglesia vive de una manera intensa y visible su condición de familia de Dios, de comunidad fraterna, a través de la vida comunitaria de los cristianos radicalizados, que son condensación y expresión sacramental de la unidad interior de la Iglesia. Al dogma característico del cristianismo que es la Trinidad, corresponde el mandamiento característico del mismo que es la caridad.

La vida comunitaria abarca todo el proyecto de vida evangélica. Es un valor absoluto en el seguimiento de Cristo. Es una realidad sustantiva, algo en sí, y no, algo funcional, en relación a otra cosa.

Todo en la Iglesia comienza siendo vocación, es decir, don gratuito, llamada personal de Dios en Cristo a vivir la filiación divina y la fraternidad con los hombres. Y el primer elemento del seguimiento de Cristo, según el evangelio, es la vocación. Cristo llama y elige a sus discípulos. La iniciativa es exclusivamente suya. «Llamó a los que quiso» (Mc 3, 13). «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que soy yo quien os elige a vosotros» (Jn 15, 16). Y esta vocación tiene un sentido inmediato: es una llamada a la convivencia con El, que se convertirá en convivencia con los demás, en fraterni­dad. «Instituyó a doce para que vivieran con El y para en­viarlos a predicar» (Mc 3, 14). Compartir su vida, su modo de existencia, para compartir su misión apostólica. El Maes­tro y los discípulos formaban una verdadera comunidad fraternal. La vocación era convocación. Y la comunión era comunión de todos y de cada uno con Jesucristo y comunión y convivencia fraterna de los discípulos entre sí. Seguir a Cristo tiene un carácter absoluto y una dimensión comunita­ria. Por eso la comunidad es una forma concreta de seguir a Cristo. En ella la relación inmediata de cada persona es con Cristo y, sólo en El y desde El, con los demás. La vo­cación es, pues, convocación: llamada a vivir en fraternidad un proyecto de vida cuyo núcleo esencial es esa misma fra­ternidad o vida comunitaria.

La teología de la vida comunitaria consiste, por tanto, en vivir el misterio de la Trinidad y el misterio de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo.

II. Fundamentos teológicos de la Compañía de las Hijas de la Caridad

Las Hijas de la Caridad son buenas cristianas que están llamadas a vivir su bautismo con un acento de radicalidad, consagrándose enteramente y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con unas actitudes evan­gélicas de humildad, sencillez y caridad (Conf. 14-6-1643 y 18-7-1655).

El 29 de noviembre de 1633 Luisa de Marillac va a vivir con las cuatro primeras Hijas de la Caridad al barrio de San Víctor. Seis meses más tarde son doce. El 20 de noviem­bre de 1646 Mons. Jean Frangois de Gondi aprueba la Co­fradía de las Hijas de la Caridad. En 1646 tenemos ya una comunidad organizada y jerarquizada con una finalidad, el servicio de los pobres enfermos.

Los fundamentos teológicos de la Compañía de las Hijas de la Caridad, según la mente de los Fundadores, son los siguientes:

A) Dios, autor de la Compañía. «Dios ha llamado y reunido…» (R.C. I, 1). «El ha querido que viniera una de Lorena, otra de Sedan, otra de Angers, y las otras de otros lugares. El, pues, ha querido que esta Compañía se compu­siera de personas de diferentes países y que todas ellas no tuvieran sino un solo corazón. ¡Dios sea bendito!… ¿Quién os ha fundado sino Dios? Nunca os lo repetiré bastante» (Conf. 6-2-1632). «La Providencia os ha reunido aquí a vo­sotras doce con el designio de que honréis su vida en la tierra» (Conf. 31-7-1634). «Dios desde toda la eternidad os ha elegido» (Conf. 13-2-1643). «Dios es el autor de la Com­pañía. Sí, lo es con más verdad que ninguna otra» (Conf. 14-6-1643). «Dios reúne y elige jóvenes de diversos lugares y provincias, para unirlas y atarlas con los lazos de su ca­ridad y dar a conocer a los hombres, en tantos sitios, el amor que les tiene y el cuidado con que su Providencia vela por ellos, para socorrerles en sus necesidades y así lleguen a conocerle» (Plática de septiembre de 1659).

B) La Santísima Trinidad modelo de vida en la Com­pañía. «La unión es la imagen de la Santísima Trinidad que se compone de tres personas unidas por el amor. De esta forma nosotras no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas unidas juntamente con vistas a un mismo fin, por amor de Dios» (Conf. 26-4-1643). «Es menester que las Hijas de la Caridad, que deben ser una imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean varias, no formen sin embargo, más que un corazón y un alma» (Consejo del 19-6-1647).

C) La caridad será el vínculo de unión en la Com­pañía. «Soportarán gustosas las imperfecciones de sus com­pañeras como quisieran ser toleradas en las suyas y se aco­modarán cuanto puedan a su dictamen y genio en todo lo que no fuere pecado ni contrario a las Reglas, teniendo un especial cuidado en manifestar mucha caridad a aquéllas cuyo humor tenga menos simpatía con el suyo» (R.C. V, 2). «No debemos ser sino un solo cuerpo en varias personas, unidas entre sí con un mismo propósito, por amor de Dios» (Conf. 26-4-1643).

El amor de caridad, ley fundamental del Reino de Dios, es principio de unión y de comunión; y la unión es, a su vez, principio de amor. El fin y el principio de la vida de las Hijas de la Caridad es el amor de caridad. De él arranca y a él tiende. La vocación proviene del amor gratuito del Padre en Cristo. Todo comienza con la iniciativa amorosa del Pa­dre, como en la alianza. Y todo termina en el amor, porque es una llamada a vivir en el amor.

D) Toda autoridad en la Compañía será un servicio. San Vicente quiso que la superiora o responsable de cada comunidad se llamase Hermana Sirviente. «La Sirviente se guardará mucho de mandar a las Hermanas en este tono: vaya allá, haga esto. ¡Jesús mío! No debe hacerlo, pues sería hablar como las amas a las criadas. Cuando tenga algún ruego que hacer dirá, Hermana, le ruego que tenga a bien hacer esto. ¡Jamás un mandato absoluto!» (COSTE IX, 68, 304, 516). «Es necesario que entre vosotras haya una que ocupe el lugar de superiora, unas veces será una, otras veces será otra» (Conf. 31-7-1634). «Si es necesario que haya una superiora y una sierva es para dar ejemplo de virtud y de humildad a las demás; para ser la primera en arrojarse a los pies de la Hermana, la primera en pedir perdón, la primera en dejar su opinión para seguir la opinión de la otra»(Conf. 19-6-1647).

E) Unidas en comunión para la Misión. «Dios ha lla­mado y reunido a las Hijas de la Caridad para honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad contemplándole y sirviéndole corporal y espiritual­mente en la persona de los pobres enfermos» (R.C. I, 1). «Llamadas y reunidas por Dios, las Hijas de la Caridad lle­van una vida fraterna en común, en función de su misión específica de servicio» (Const. 20) «Oh maravilla, Dios elige a jóvenes de diversos lugares y provincias para unirlas y vincularlas con los lazos de la caridad y dar a conocer a los hombres, en tantos sitios, el amor que les tiene y el cuidado con que la Providencia vela por ellos» (Conf. 22-10-1650).

Es juntas como las Hijas de la Caridad se centran en Jesucristo, evangelizador de los pobres, juntas quieren imi­tarle y ser su prolongación, juntas contemplarlo y encontrar­lo en los pobres, juntas quieren servirle en los pobres y jun­tas anunciarlo y revelarlo a los pobres. Este fin las reúne en un mismo espíritu (M. LLORET, Eco, marzo 1979).

Juntas pueden discernir las llamadas del Espíritu, tanto para su proyecto personal como comunitario. Las fraterni­dades de las Hijas de la Caridad nacen del deseo de res­ponder juntas a las llamadas que perciben conjuntamente.

III. La comunidad, fraternidad apostólica

¿Qué es una comunidad de las Hijas de la Caridad? Es una comunión de cristianas radicalizadas (koinonía, so­roridad), don del Espíritu Santo (carisma), signo de recon­ciliación, de perdón, de amor (profecía), para servir corpo­ral y espiritualmente a Cristo en la persona de los pobres (diakonía), con unas actitudes evangélicas de humildad, sen­cillez y caridad (especificidad).

La vida común debiera ser signo visible y eficaz de la presencia de Cristo entre los hombres y un testimonio vivo de que su amor ha unido a las Hermanas por encima de las diferencias temperamentales y sociales, para hacer de ellas un corazón y un alma.

La unidad de los hermanos pone de manifiesto el adve­nimiento de Cristo, y de ella emana una gran fuerza apos­tólica (P. Ch. 15).

Las tres funciones específicas de la comunidad son:

a) Proclamación del acontecimiento salvífico (aspecto profético). La comunidad es una manifestación del misterio pascual. Es la afirmación de la presencia en el mundo de la realidad de salvación. El hombre reconciliado con Dios.

b) Fraternidad (koinonía). La comunidad se esfuerza en vivir la realidad de la comunión de gracia instaurada por la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Bajo este aspecto, la comunidad consagrada es sacramento del amor de Dios, fundamento de nuestro amor mutuo.

c) Servicio (diaconía). Como compromiso en servicio de los hombres, la comunidad entra en el dinamismo inau­gurado por la pascua de Cristo, cuyo señorío es humilde ser­vicio a los pobres y disponibilidad para con los hermanos.

IV. El Vaticano II y la evolución de la vida comunitaria

El Vaticano II surgirió el paso de una comunidad de observancias a una comunidad comunión de personas.

A) Comunidad de observancias. La comunidad de observancias se entendía como vida común: vivir bajo un mismo techo, vestir y alimentarse de una manera uniforme, estar sometidos a un horario común. Primaba la uniformi­dad, la regularidad, la funcionalidad, la institucionalización. Dos virtudes adquirían la primacía: la obediencia ciega y la caridad como ascesis. La tarea del gobierno era uniformar. El gobierno quedaba fuera y sobre la comunidad.

B) Comunidad comunión de personas. En la comu­nión se reconoce, se consagra la primacía de la persona humana, principio, sujeto y fin de todas las instituciones so­ciales (G.S. 25).

La comunidad-comunión de personas tiene en cuenta los principios fundamentales expresados por el Vaticano II: dignidad de la persona, categoría de la persona, la Iglesia misterio de salvación y pueblo de Dios, la autoridad como diakonía. En el sentido táctico tiene en cuenta la participa­ción, el diálogo, la vuelta a las fuentes: el evangelio y los Fundadores.

La vida de comunidad-comunión no se constituye por la vida común, sino por la vida de comunión. La comunión de las personas no es uniformidad de las mismas, sino abrirse desde la afirmación de la propia personalidad a la comuni­cación con las demás personas; es poner todo lo que se es y todo lo que se tiene a disposición de los hermanos; es co­municación de planes, proyectos, preocupaciones, inquietu­des, vivencias, sentimientos, ideas, apreciaciones y sobre to­do la fe en Cristo Jesús y la experiencia de Dios, según 1 Jn 1, 3: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros viváis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucris­to»; es convivir y las personas conviven cuando se compren­den, se compenetran, se aman. La vida de comunidad debe ser vida de fe convivida, de amor virginal convivido y de esperanza, ideales, lucha y entrega por el Reino de los cielos convividos. La vida de comunión presupone dos cosas:

a) La afirmación de la propia personalidad, de la pro­pia e inalienable riqueza vital.

b) La voluntad decisiva de abrirlo todo a la comunión con lo propio e inalienable de los demás hermanos para que ellos se enriquezcan personalmente con lo mío, sin dejar de ser mío, y yo pueda enriquecerme en Cristo con lo de ellos, sin dejar de ser de ellos.

Son necesarios encuentros frecuentes para mantener e intensificar la vida de comunión de los miembros del grupo. Recuerden el famoso consejo del veinte de junio de 1647 en el que santa Luisa pregunta a san Vicente: «Padre, en este momento hay que tratar también de otro asunto: la ma­nera de comportarse las Hermanas entre sí. ¿No le parece a su Caridad que convendría que todos los días dedicasen algún rato para comunicar lo que han hecho, las dificultades que han encontrado y para ver juntas lo que conviene ha­cer?» «¡Oh Dios mío! Sí, dijo san Vicente. Esto es lo que ha­ce falta: una gran comunicación de unas con otras. No hay nada más hermoso. Esto une los corazones y Dios bendice las decisiones que se toman; de tal manera que los asuntos marchan mucho mejor. Todos los días durante el recreo os podéis preguntar: Hermana, ¿qué tal hoy? ¿Le ha ocurrido algo? Hoy me ha sucedido tal cosa. Eso hará entablar una conversación agradable tanto como no se lo puede imaginar. Por el contrario, cuando cada uno trabaja por su lado, sin comunicarse con los demás, la situación se hace insoporta­ble. De manera, Hermanas, que es preciso esto: que no se haga nada, que no se haga nada, ni se diga nada sin que to­das lo sepáis. Es necesario tener este intercambio mutuo».

Lo esencial en una comunidad es que haya intercambios, ya sea partiendo de la vida para ir al evangelio, leído como vicencianos, o partiendo del evangelio para ir hacia la vida.

En función de su trabajo misionero cada comunidad ha de definir su estilo de vida, su tipo de vivienda, sus tiempos fuertes, los momentos de expansión, todo ello recogido en el proyecto comunitario, que debiera abarcar la vida de ora­ción, el trabajo apostólico, la formación permanente, la co­munión de bienes, la vida comunitaria, la evaluación del tes­timonio, la profundización de los valores evangélicos y vi­cencianos, el orden del día. «Comprended, hijas mías, qué grande es el designio de Dios sobre vosotras y la gracia sin­gular que os hace de que os empleéis al servicio de tantos pobres y en tantos lugares. Esto pide de vosotras reglamen­tos. Los tienen ya particulares las Hermanas de Angers. Será preciso hacer otro para las que sirven a los pobrecitos niños; para las que sirven a los pobres galeotes, para las que se hallan en el Hospital General y otros para las que habitan en esta casa, a la que debéis amar y admirar como a vuestra familia. Todos estos reglamentos particulares deben ser tra­zados según el reglamento común» (Conf. 19-7-1640). Pero, a pesar de los varios reglamentos en todas partes eran Hijas de la Caridad:

a) Comunidad evangélica en torno a Cristo, buscado en la oración, en los sacramentos, en la eucaristía.

b) Comunidad fraterna, humilde, sencilla, amorosa, mansa, cordial, tolerante.

c) Comunidad apostólica en actitud de servicio, de querer lavar los pies a los demás.

d) Ligadas a los Fundadores por medio de cartas, vi­sitas, intercambios.

La comunidad implica comunión de personas y las per­sonas se relacionan personalmente por el conocimiento y el amor. Por eso sólo el amor y el conocimiento mutuos crean verdadera comunidad. Todas las demás formas de relacio­narse —trabajo, vivir en la misma casa— son de suyo rela­ciones neutras, impersonales. La fe y la caridad, en cuanto participación en el conocimiento y en el amor mismo de Dios Trinidad son las nuevas facultades de relación que el hombre recibe para vivir en comunión con las divinas per­sonas (1 Pe 1, 22). Por eso resultan no sólo imprescindibles en toda comunidad, sino que son base constitutiva de la misma, ya que una comunidad consagrada es comunidad de fe y de caridad teologales.

La persona es un ser-ahí (ser en situación), un ser-hacia (un proyecto de Dios y un anteproyecto que tiene el dere­cho y el deber de ser libre) y un ser-con (abierto en relación con los demás). Es un ser-en-sí libre, responsable y dueño de sí. La persona es interioridad: ser-en-soledad es ser-en­comunión. Como ser-en-el-mundo el hombre no es una cosa entre las cosas, sino un sujeto frente a un objeto, es la con­ciencia y el sentido del mundo. Como ser-con-los-otros-hom­bres es un ser abierto constitutivamente a los demás en una interdonación personal. Sólo así se crea la koinonía verda­deramente humana.

La comunidad consagrada debe ser el ámbito de la ple­na realización humana y divina de cada persona. Toda co­munidad tiene que ser a la vez:

a) Comunidad de oración frente a Dios.

b) Comunidad de amor frente a los hombres.

c) Comunidad de servicio frente a la Iglesia entera.

La vida común no consiste en ser ni entender todos lo mismo, sino en poner a disposición de todos lo que tenemos, hacemos y somos. Hay que aceptar el pluralismo y la com­plementariedad de las personas que integran la comunidad. Para conseguir esta intercomunión hay que comenzar valo­rando a cada uno como persona única e irrepetible, desti­nada a Dios, llamada a la filiación divina, a la fraternidad con los hombres.

La virginidad, la pobreza, la obediencia, el servicio, la oración deben vivirse en fraternidad y desde la fraternidad. Cada hermana, desde su puesto y con la debida autonomía en el desempeño de su oficio, debe sentir la responsabilidad de la misión común encomendada a la comunidad.

V. Pedagogía de la relación interpersonal comunitaria

A) Creación de la capacidad de relación interpersonal

a) Desmontar los bloqueos que la impiden.

b) Mentalizar y motivar al grupo.

c) Educar, a través de encuentros, revisiones de vida, oración en común.

d) Ir a una purificación de actitudes, a una conversión de ideas.

e) Cultivar la veracidad, el diálogo, la disponibilidad, la sencillez de trato, la comprensión, la igualdad, la amistad —sin ansiedades, desbordamientos, ni represiones—, la ca­ridad fraterna, la hesed bíblica —alianza, amistad, parentes­co— que implica amor entrañable, servicialidad, respeto mutuo, confianza, fidelidad.

Para todo ello es indispensable la oración en común, las celebraciones comunitarias de la penitencia, tanto litúr­gicas como extralitúrgicas, espacios para el encuentro y el descanso, espacios geográficos que favorezcan la convivencia y la intimidad del grupo, la comunicación de experiencias y actividades pastorales, el respeto a la intimidad personal, a la amistad sincera, un clima de libertad, una espiritualidad encarnada y comprometida que nos hace entrar en comu­nión con Dios y con los hermanos.

B) Obstáculos que se oponen a la creación de relacio­nes interpersonales

a) Personales: Caracteres difíciles —irascibles, indivi­dualistas, hipócritas—; personas con problemas sin resolver —inmaduras, inseguras—; personas absorbentes y totalita­rias; personas negativas —pesimistas, intransigentes, tercas, superficiales.

b) Ambientales: Autoritarismo de algunas hermanas Sirvientes; desinterés por los acontecimientos históricos; in­sensibilidad ante los problemas del momento; patrioterismos; predominio de elementos difíciles; atmósfera de temor.

C) Necesidad de establecer relaciones interpersonales

a) Por parte de la persona: Que sea madura, responsa­ble, dialógica, lúcida en sus motivaciones, capaz de silencio y soledad, de aguantar sin dramatizar, de guardar un secreto, abierta a la amistad, dispuesta a colaborar, con sentido del humor.

b) Por parte de la Comunidad: Respeto a la persona, conocimiento de sicología, estructuras flexibles, capacidad de superar los conflictos inevitables.

c) Por parte de todos: Exigencias sobrenaturales: ora­ción, eucaristía, caridad. Sin oración no hay óptica del po­bre, no hay perdón.

Finalmente, nuestra vida comunitaria es comunión total con Cristo, significada y expresada en comunión total con las Hermanas. Es compartirlo todo: lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos. Poner a disposición de los demás, compartiéndolo activamente, nuestros dones de naturaleza y de gracia: cualidades, ideas, tiempo, cosas, nuestra propia vida y, sobre todo, nuestra fe en Jesús y nuestra manera histórica de vivir esa fe, en virginidad, obediencia, pobreza y comunión de amor y de servicio apostólico en favor de los pobres. Vivir es con-vivir. La vida es con-vivencia.

Gracias a Dios vamos encontrando la alegría de marchar juntos en fraternidad con todo el pueblo de Dios, en comu­nión con los pobres… por el mismo camino… Vivimos en esperanza.

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