La superstición superada. Rue du Bac. 8. Fenómenos místicos y visiones marianas

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina Labouré, Virgen MaríaLeave a Comment

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Autor: Jean Guitton · Traductor: Antonio Beneyto. · Año publicación original: 1973 · Fuente: Ceme.
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8. Fenómenos místicos y visiones marianas

El método que hemos utilizado en este libro es el de la superación.

Y de hecho, en todos los terrenos, siempre hay que su­perar, remontar, «sublimar» —incluso aquello que creemos más pobre en nosotros—. En esta obra, la superación ha to­mado como ocasión un objeto ínfimo: una medalla. De esta medalla, hemos intentado explicar su simbolismo, y poco a poco la relación que tiene con la historia de la salvación. Hemos dicho cómo ella quisiera hacer concurrir en silencio la piedad de los niños y la piedad de los sabios, según el de­signio evangélico (de los evangelistas y de los apóstoles). De esta forma el humilde objeto, abocado a caer en lo su­persticioso, puede fomentar la vida espiritual: la unión sin imágenes con el misterio transcendente, la oración pura bajo la forma más sencilla.

Hemos tomado a san Pablo como guía. El fenómeno de la calle del Bac, en el lenguaje de Pablo se hubiera llamado profético. Y toda profecía debe ser interpretada. Pablo ha­bía distinguido en los primeros cristianos dos dones muy diferentes, uno de los cuales era el don de profecía y el otro era el don de lenguas, de hermenéutica. El profeta «hablaba en lenguas», sin saber muy bien lo que decía; se le tomaba por loco. El intérprete traducía en estilo claro lo que había dicho el glosista. Y Pablo proponía la siguiente regla: «No despreciéis la profecía, sometedla a examen, trilladla corno se trilla el grano y la cizaña, retened sólo lo que es prove­choso (lo que puede acrecentar en vosotros la energía espi­ritual), lo que es bueno».

El «profeta» se presenta a menudo como un ser vulne­rable en su organismo, como un neurótico, diríamos, pero que a causa de esta, debilidad (que encontramos en varios genios) está inadaptado para el mundo normal, ese que noso­tros llamaremos el «hipomundo», pero que se encuentra du­rante algunos momentos por lo menos, sobreadaptado al «hipermundo»: al misterio total de la historia de la salvación, al surreal escondido tras la historia de este mundo transi­torio. Verdaderamente, la frase de Baudelaire se aplica a los «profetas»: «sus alas de gigantes les impiden caminar». Una de las dificultades es la de encontrar un lenguaje capaz de expresar lo que han visto. Elevados a la continuidad divina, les es preciso expresarse en un lenguaje discontinuo, que no ha sido hecho para traducir el inefable intemporal.

Sobre esto hagamos notar sin embargo, que entre todos los videntes del decimonono o vigésimo siglo, Catalina Labouré debe ser considerada aparte por su equilibrio.

La regla del silencio y del incógnito que se había impuesto, no podía practicarse más que en el interior de una comuni­dad particularmente modesta. Ocultándose en ese silencio clandestino, Catalina se libraba de los inconvenientes del tes­timonio público. Y, por ejemplo, de ese suplicio de las pre­guntas que conocieron Bernardette o los niños de la Salette, de Pontmain, de Fátima. Existen algunos, más de los que nos podemos imaginar, místicos que son desconocidos. Pero su­pongamos que uno de estos místicos tenga un «mensaje», ¿qué hacer? El mismo problema se le plantearía a un poeta, a un pintor, a un sabio desconocidos. ¿Cómo difundir una idea o una imagen, una poesía, una pintura, por el universo, cuando ella misma se ha quedado enterrada, escondida, indiscernible?

No puedo desarrollar aquí mis ideas sobre la «fenomeno­logía mística», sobre el lugar que debería ocupar, en filosofía y en teología. Ya consagré en la Sorbona un curso público a este problema. Pero en el presente libro, dedicado a todos y particularmente a los espíritus modernos de cultura crí­tica y científica, quisiera hacer ver el parentesco de las ex­periencias que tuvieron los místicos con las experiencias de los artistas o de los inventores.

Y, como la forma de invención más fecunda en resultados científicos y técnicos es la invención de las «formas», de las «estructuras», de los «grupos», y de los «conjuntos», llama­da matemática —es el testimonio de un contemporáneo, que es a la vez matemático y amigo de los místicos, lo que pre­sentaré—. Este texto desconocido tiene un gran valor, a mi parecer, porque aclara el uno por el otro estos dos terre­nos (en apariencia tan dispares), el de la abstracción inven­tiva y el del misticismo. En los dos casos, el espíritu humano, con esos órganos imperfectos que son nuestros conceptos, nuestras imágenes, nuestros vocablos, nuestro espacio y nues­tro tiempo limitados, penetra siempre en el interior del Mis­terio creador. Pitágoras había dicho que Dios geometriza siempre. Salomón pudo haber dicho que la Sabiduría divina mistifica siempre.

M. Cordonnier caracteriza a la invención matemática como una aprehensión furtiva de este reverso, de esta poli­metría armoniosa, «mensaje polisemántico de diferentes niveles de estructura». Y en el caso del matemático (Eins­tein, de Broglie, Dirac) los instrumentos son símbolos que permanecen incomprensibles, y a menudo contradictorios, incluso a los ojos de aquellos que los inventan y que los manejan. En el caso del místico sin cultura (Catalina, Me­lania, Bernardette) los símbolos son imágenes dadas por la tradición y por esos buceos en el hiperespacio y en el hiper­tiempo, llamados «profecías», que la fe cristiana considera como «inspirados por Dios». Pero basta abrir un libro del Antiguo Testamento para ver que, aunque Dios «habla por los profetas», la inspiración se transmite por medio de un autor humano, que conserva su temperamento, su mentalidad, su lenguaje, sus límites, sus ignorancias, sus debilidades, sus luchas. Puede incluso ocurrir que Dios hable a los hom­bres a través de instrumentos bastante lamentables: los ju­díos dudaban cuando contaban que Balaam tenía una burra que profetizaba. Se ha planteado, recientemente, el problema de las relaciones de la neurosis con la santidad. De hecho, una verdad muy elevada puede ser transmitida por instru­mentos vulgares. ¿Por qué? ¿Quién lo sabe? ¿Quién ha es­tudiado lo suficiente eso que William James, hacia 1910, llamaba el valor noético de los estados anormales?

Si aclaramos el estudio de los místicos con el de algunos grandes músicos, nos damos cuenta de que a veces una me­dalla, física o psíquica, permite entrar en una zona de exis­tencia prohibida al hombre normal. Pensemos en Schubert, en Schumann entre los músicos, en Verlaine y en Rimbaud entre los poetas, Vangogh y Gauguin entre los pintores. Esto no quiere decir ni mucho menos que la locura, el in­fantilismo, sean las causas de estos estados superiores. Si la locura engendrara genio, los hospitales estarían llenos de poetas e inventores. Lo que ocurre es que una anomalía, asumida por el sujeto, se transforma para él en llave que le permite tener acceso a ese universo que está cerrado para el hombre llamado normal.

Esta observación no concierne sin embargo a Catalina Labouré que era, como ya hemos dicho, una campesina equilibrada. Pero Catalina había conservado gestos infan­tiles que lindan con lo anormal: por ejemplo, el tragarse un trozo de roquete de san Vicente —cosa que no se atrevió a decir su primer biógrafo—.

Hay que anotar también la considerable dificultad que experimenta el vidente al traducir su experiencia puramente inefable al lenguaje ordinario de los hombres.

En 1871, cuando Maximino, el vidente de la Salette, cri­ticaba el relato, que había hecho de su visión del 20 de sep­tiembre de 1846, al día siguiente, decía: «¿Cómo unos niños ignorantes, a los que se les pide explicarse sobre cosas ex­traordinarias, pueden encontrar una expresión justa, que ni los espíritus selectos la encuentran siempre, aunque sólo sea para describir los objetos vulgares? Que nadie se extrañe si hemos llamado cofia, corona, pañoleta, vestido, delantal, medias y sandalias a aquello que apenas tenía la forma. En este bello traje, no había nada de terrenal: los rayos, de matices diferentes, se entrecruzaban, producían un mag­nífico conjunto que nosotros hemos empequeñecido, mate­rializado… Era una luz, pero una luz muy distinta a todas las demás; su resplandor más deslumbrante que el sol no deslumbraba nuestros ojos y la mirábamos sin fatiga. Era un lenguaje, pero un lenguaje muy diferente a todos los demás».

Es probable que Catalina Labouré hubiese hablado de la misma manera. Cuando daba detalles sobre su visión para que fuera traspasada a un cuadro, y cuando comprobaba el trabajo del artista, se ponía triste, desconcertada. Admitía y rechazaba la imagen diciendo que «no era aquello». Así hace el filósofo en el juicio de sus conceptos analógicos, cuando quiere captar y transmitir el Misterio por encima del que nadie puede remontarse: el SER.

Volvamos al testimonio de M. Cordonnier :

En 1926, siendo alumno de la escuela politécnica, fui lle­vado, con ocasión de búsquedas matemáticas intuitivas, a ex­perimentar instintivamente estados de «metasueño» ilustrando la palabra de la Escritura: «Duermo, pero mi corazón vela». En estos estados el cuerpo se sumerge en un profundo sueño, mientras que el espíritu liberado, lejos de perder conciencia, extiende considerablemente el campo de ésta, por una eleva­ción interior, por encima de su objeto y a través de una actitud contemplativa. Cuando más tarde llegué a la evidencia de que el universo es un mensaje polisemántico de diferentes niveles de estructura (revelación primitiva anterior a cualquier libro santo), pensé que por encima de la exégesis literal que hace la ciencia, hay que descubrir una «metaciencia» fundada sobre la ciencia y elevada por la mística. Apliqué entonces a este nuevo terreno complejo la aportación a la contemplación que hacen las ciencias exactas, sabiendo qué profundo silencio interior es necesario, y qué humildad de espíritu, para percibir sin mezclar fantasía imaginaria parásita.

Deseando ardientemente conocer a personas experimenta­das en esa especie de «sobrevuelo» comprobé que, este intenso deseo, era percibido por aquellos a quienes se dirigía, y que circunstancias fortuitas aparentemente, me llevaban casi sin cesar a encontrar místicos que conocían mis búsquedas y mi método. Estos místicos eran muy a menudo desconocidos, excepto para un pequeño número de aquellos que perciben la invitación de seguirlos en la ascensión, excluyendo toda cu­riosidad con respecto a ellos.

Defino al místico como a aquel que ha franqueado, al me­nos ocasionalmente el «muro de la fe», para experimentar la realidad de las cosas divinas. El místico queda dentro del ob­jeto de la fe, pero se le ha permitido traspasar la oscuridad. Y llamo «premístico» a aquel que percibe cosas de la natura­leza normalmente imperceptibles a los sentidos, pero que aún no ha vuelto su mirada intuitiva hacia aquí. Como un sabio que estudia todo lo que vive sobre la tierra sin interesarse por el sol de donde emana la energía de esta vida, así el premís­tico ignora la causa suprema inmanente al universo, pero transcendente, Eterno viviente, Espacio infinito que incluye todo espacio-tiempo. Es igual intentar hablar a un ciego de los colores que intentar comunicar a los otros la percepción del místico, y sobre todo sus visiones «intelectuales», que trans­cienden a las visiones corporales y a las visiones imaginativas.

Y, sin embargo, a pesar de su amor por el silencio, en el que escucha e irradia, el místico se expresa a veces: utiliza en­tonces un lenguaje en el que las imágenes bullen. Su redundan­cia permite suplir el equívoco y la imprecisión de cada una. ¡Bienaventurados aquellos que pueden lograr el puzzle de «ene» dimensiones y asimilar su mensaje transcendente! Como las chinas que «Pulgarcito» tiraba para señalar el camino, los escritos místicos, incomprensibles aparentemente para aquellos que se esfuerzan en seguirlos, se elevan por encima de la superficie de este mundo y perciben cimas que una bruma oculta a aquellos que viven en la llanura.

Por encima de cierta altitud, las estrellas brillan en apa­riencia. De la misma forma, cierta altitud espiritual permite a los místicos «verse intuitivamente» unos a otros, horadar el espacio e integrar el tiempo en una cierta participación de la eternidad. Según los teólogos, su visión de Dios no es aún la visión beatifica del «cara a cara». Es, según yo pienso, una visión «traslúcida» que puede crecer de nueva en nueva dimen­sión espiritual, en el seno de «aquel en el que estamos y en el que nos movemos». Y el motor de esta expansión en Dios, es el Amor.

Aquel que no haya tenido ninguna experiencia de estas visiones no puede saber qué alumbramiento doloroso repre­senta tal tentativa en la que se quisiera decir mil cosas conexas en una sola frase, y cada cosa inagotable de riquezas en mil frases, como las facetas infinitamente numerosas de un dia­mante transcendente… Todo se precipita a la vez en el espí­ritu y ningún humano parece conveniente para recoger las co­sas celestes que lo superan infinitamente… La visión trans­cendente, contemplada primero en un espacio de infinitas di­mensiones, es después proyectada sucesivamente sobre «pla­nos» que dan perspectivas, todas insuficientes, pero invitando al espíritu a que converja hacia el objeto inaccesible encontran­do poco a poco las profundidades. En esa segunda fase, el es­píritu renuncia a expresarse con conceptos, y se vuelve hacia el universo físico que él se ha forjado para reflejar de mil ma­neras las realidades más sobrenaturales en símbolos. Nuestra ciencia no sabe hacer más que una exégesis superficial, des­cribe las «letras» naturales del alfabeto divino sin tener idea de lo que puedan significar en el orden sobrenatural. El mundo de la naturaleza es como un «arpa divina» susceptible de re­sonancias infinitas. Y cada realidad sobrenatural se refleja, no de una forma unívoca, sino según todo un aspectro. Mil pel­daños de la escalera de los seres naturales se gradúan con ma­tices más o menos vivos en resonancia con los «acordes» so­brenaturales… Surgen entonces imágenes según las perspectivas variadas, y el espíritu ve en cada una su grado de parecido y sus «aberraciones»… En la colección de los textos sagrados unas «cuerdas» se ponen a vibrar en resonancia con las visio­nes, como los comentarios de esa película divina explicando en imágenes sucesivas las facetas de la visión original… Todo gravita alrededor de las palabras divinas que iluminan un «cán­tico» inseparable de su «cuerpo», como las ondas y los cor­púsculos de nuestra física moderna.

Sólo se puede penetrar en la comprensión de un texto mís­tico, como en una selva virgen, con una actitud contemplativa que sobrepase la continuidad lineal del discurso para encon­trar la síntesis multidimensional que sólo ha podido «barrer»; síntesis que supera cada frase, pero de la que todos participan en la experiencia interior del místico».

Es importante en esta obra, en la que quisiéramos «des­mitizar» la calle del Bac, definir una vez más, la actitud de la Iglesia católica ante la «fenomenología mística».

Ciertos fenómenos místicos fueron encontrados en los orígenes del cristianismo: lo vemos al leer las epístolas de san Pablo. San Pablo daba, he dicho, una regla de discer­nimiento: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis los fe­nómenos proféticos, sino haced la trilla, quedaos con lo que es bueno» (nunca san Pablo puso «un fenómeno místico» en el mismo plano que la revelación que recibió de la tradición apostólica. La aparición de Cristo, con la que fue favorecido, que fue la causa de su repentina conversión en el camino de Damasco, no la colocaba tampoco en el mismo plano que las apariciones oficiales de Jesús después de su Resurrección ante el Colegio de los Once y de Pedro).

La Iglesia católica se ha esmerado siempre en distinguir entre la Revelación oficial y las revelaciones privadas. ¿Cuál es su actitud ante estas revelaciones particulares, estos «fe­nómenos místicos», estas apariciones?

La Iglesia no se pronuncia sobre su realidad histórica. Examina los mensajes transmitidos por los videntes; ve si están de acuerdo con la fe. En este caso, y, si los hechos es­pirituales se manifiestan de una forma continua y progresiva, la Iglesia permite un culto cuya causa es la aparición, en el sitio donde ha tenido lugar. La fórmula canónica que uti­liza entonces es: «Pie creditur» (la piedad cree que…).

Es por esto también por lo que un pensador católico, dotado de un espíritu crítico, goza de una perfecta libertad para estudiar estos fenómenos. Este católico iluminado es más libre que un racionalista. Renán, cuando estudia el re­lato de un milagro del evangelio, sabe antes de cualquier exa­men que este milagro no es posible. El fiel iluminado del que hablo, cuando quiere estudiar una «aparición» desde el punto de vista crítico, conserva el espíritu libre, condición indispensable para un libre examen.

Lo sorprendente es la negación previa de los espíritus que se llaman «científicos». Si en nuestros días preguntá­ramos a los más grandes sabios del mundo sobre un fenó­meno reciente y público, como el de Fátima, es probable que no se molestaran, a pesar de su culto a la experiencia, su preferencia por los hechos inéditos, prohibidos o para­dójicos. El sabio del siglo XX sabe de antemano que las cu­raciones obtenidas en Lourdes se deben a energías oscuras producidas por el esfuerzo de las conciencias. Quizá en los tiempos venideros, el desarrollo de las ciencias metafísicas y de la «psicología profunda» ¿modificará este estado de espíritu? Me remito a hacer notar la importancia de la en­cuesta. Si la aparición de la calle del Bac, la de Lourdes, la de Fátima, sobrepasa las fuerzas físicas —entonces hay que  volver a replantearse muchos problemas. Habría que ad­mitir, sobre todo, una intervención de la energía espiritual que gobierna el destino de las naciones hecha en favor de la Iglesia católica. Se comprende que ante tal «riesgo», los sa­bios prefieren desaprobar o callarse.

Pero llevemos más adelante el examen y recordemos que a ciertos espíritus, en determinados momentos, les es dado a conocer si no el porvenir, al menos el movimiento de la historia que permite preveerlo confusamente. Este conoci­miento de los tiempos futuros es el que todos buscamos, incluso a través de las indicaciones prospectivas de las «ciencias humanas».

La historia, tal como el hombre la hace y la cuenta se parece a una sinfonía sin acabar. ¿Qué diríamos de un actor que se parara en medio de un verso, «Si, vengo a su templo a ado…»?

Un filólogo, que quiso explicarme el genio de la lengua alemana, me decía que todo depende de la última palabra, y que un niño, que hubiera roto un vaso habría intentado huir diciendo: el vaso que estaba sobre la consola, sin querer lo he… roto; mientras que el niño francés no tendría el pri­vilegio de poder hacer lo mismo. La construcción alemana y la construcción latina responden mejor al misterio de la Historia que depende del último día, que dará sentido a lo que precede.

Supongo que el «vidente» es más historiador (en el sen­tido profundo) que el historiador: durante un instante, ve confusamente la historia entera. Es «profeta» en la medida en que coincide, por la intromisión de una emoción y de una imagen, con la visión total. También el evidente se parece en ocasiones al adivino, adivinando un trozo de porvenir.

Al menos el pueblo lo tiene por tal: el signo de la autentici­dad de una visión consiste en la predicción realizada.

Cuando se estudia a Catalina se citan las profecías que había hecho y que se habían cumplido. En el libro del P. Misermont sobre Catalina, se trataron estas visiones sobre el porvenir. Diré algunas cosas con espíritu crítico y respe­tuoso.

Lo primero es la previsión que Catalina había hecho de la Comuna de París de 1871 cuando hablaba en 1830, cua­renta años antes. En la noche, del 18 al 19 de julio, la Virgen diría a sor Catalina: «Acaecerán grandes desgracias. El pe­ligro será grande, no teman. Habrá víctimas… la cruz será despreciada, la sangre correrá, el señor arzobispo será des­pojado de sus vestiduras… Hija mía, el mundo entero es­tará triste». «A estas palabras, dice la hermana, pensé: ¿cuándo sucederá esto? Entendí muy bien: 40 años».

El segundo hecho se refiere a un caso más particular y que sólo interesa a las Hijas de la Caridad. En la noche del 19 de julio de 1830 la Virgen había dicho a Catalina que cuando las grandes desgracias ocurrieran, «en que el peligro será grande, en que se creerá todo perdido» ella estaría con las Hijas de la Caridad. Había dicho en particular: «Reco­nocerán mi visita en la protección de Dios y la de san Vi­cente sobre las dos comunidades». Había anunciado que en las otras comunidades habría víctimas, así como en el clero de París. Cuando la Comuna estalló en París, las Hijas de la Caridad de la casa de Reuilly se llenaron de espanto. En esta época, sor Catalina no era reconocida como la vidente de 1830. Tenía un empleo mediocre. Una noche en que las hermanas estaban reunidas en recreo, contrariamente a sus costumbres, Catalina tomó la palabra y dijo a sor Dufés, su superiora, que había recibido durante la noche un encargo de la Virgen para la comunidad. La Virgen había di­cho: «dirás a sor Dufés que puede marchar, yo cuidaré la casa. Irá al Sur con sor Clara. Volverá el 31 de mayo». Esta «profecía» se realizó, las hermanas marcharon y volvieron a Reuilly el 31 de mayo.

Cuando queremos establecer que una profecía es autén­tica, es preciso probar que se hizo antes del acontecimiento. Es fácil, ante un acontecimiento (tomemos como ejemplo el desastre de 1940, la llegada del primer hombre a la luna), intentar afirmar sinceramente que lo habíamos visto. Porque es fácil, cuando ocurre un acontecimiento sorprendente, en­contrar en la memoria, incluso a veces en notas personales, un presentimiento furtivo, oscuro. Nuestra vanidad, nuestra ilusión lo hacen pasar por una profecía. Aunque la prueba del antecedente es difícil de establecer. Ya lo he constatado antes, analizando de forma crítica la vida de Juana de Arco, en particular su predicción de que sería herida en el sitio de Orleans.

Hay que hacer notar también que la profecía tiene más fuerza cuanto más alejada está del acontecimiento. Antes de una guerra existen preludios, preparaciones y una especie de sentimiento confuso de una desgracia, como antes de una tormenta. La profecía es tanto más segura cuanto contiene detalles verificados por la fecha del acontecimiento futuro, dado con precisión: será la prueba de que el porvenir existe ya en una conciencia supratemporal y que podemos comu­nicar con la información suprema. Sería un «milagro», o hablando más sencillamente, una prueba de la existencia de Dios. Julio Romains ha desarrollado este punto de vista en un libro llamado «Pour raison garder». Recuerdo que para él ninguna profecía tiene hasta ahora este carácter. Por lo menos ese era su pensamiento. Pongamos une jemplo. Si en 1900, un profeta hubiera dejado un escrito con esas lí­neas: «Dentro de 40 años los alemanes estarán en París y en Clermont-Ferrand y una línea en forma de campana dividirá a Francia durante cuatro años en dos partes», sería una profecía extraordinaria que, a los ojos de un espíritu con tendencia atea, plantearía científicamente el problema de la «providencia».

Dicho esto, volvamos al estudio de Catalina. Según el libro del P. Misermont, parece establecerse que la profecía referente a la muerte del arzobispo de París y la fecha de los 40 años fuera hecha antes del acontecimiento. En 1871, du­rante la Comuna, cinco días antes de la muerte de monseñor Darboy, el cuaderno en el que la vidente había constatado la aparición del 19 de junio fue leído por M. Serpette.

Admitamos pues, que estas profecías entren dentro de la categoría de las profecías en que podemos asegurar la ante­rioridad. Admitamos que Catalina en 1830 hubiera tenido una idea precisa desde el punto de vista religioso de lo que ocurriría en 1870.

No sería la primera vez que ciertos visionarios sin saber ni cultura, se encuentran situados en las profundidades de la Historia, esas profundidades a las que los historiadores y los políticos no llegan. Los niños de La Salette, de Pontmain, de Fátima, merecerían un estudio por parte de aquellos que se inclinan por los fenómenos de previsión. Aunque los niños estuvieran poco dotados y sin ninguna información sobre «lo que pasa», parecen haber sido admitidos un instante para escrutar confusamente los abismos fuera del tiempo. Se puede decir que están más conectados con esta durée pro­funda que los sabios y los políticos, los eruditos, los prospectivistas. En 1830 Michelet había comenzado sus amplios estudios históricos, Michelet era el más «profeta» de nues­tros historiadores. Sin embargo, no he encontrado en su obra ninguna proposición análoga a aquella de Catalina: es decir, que Michelet anunciara en 1830 que en 1870 el ar­zobispo de París tenía que perecer.

La Historia se desarrolla a diferentes niveles. Existe una Historia económica, una Historia militar, una Historia del arte, una Historia del vestido. Pero existe también una His­toria del Espíritu en el mundo.

Si estuviéramos fuera de este mundo es seguro que con­templaríamos de una forma diferente el escalonamiento de estas diferentes historias, diferentes «estructuras» como se dice en nuestros días. Sin embargo, si bien es cierto que exis­ten tres niveles como decía Pascal (carne, espíritu, caridad), se puede decir que la tercera historia es más duradera, más interesante. En el año 3000, el fragmento de la historia de la salvación que representa nuestro siglo nos cautivará.

Uno de los más grandes «profetas» actuales fue Leon Bloy. Filósofo de la Historia, intentó definir lo que era la Historia tomada en su simultaneidad profunda. Yo no acep­to sin crítica lo que pudo escribir sobre La Salette. Pero con respecto a esto ha tenido algunos juicios precisos, en parti­cular éste: «La palabra de María, idéntica siempre a la del Espíritu Santo que la Historia siempre ha llamado su esposo y que la traspasa indeciblemente, está siempre por natura­leza en semejanza con las parábolas. Es siempre, sobre todo, iterativa –Dios que siempre dice lo mismo y que no habla más que de sí mismo». Leon Bloy añadía: «Porque la pala­bra divina es invariablemente asimilada o figurativa, las pro- recias son siempre inverificables desde este lado de la vida. Hasta su cumplimiento sólo es una figura del porvenir. En este sentido, como en todos los sentidos, es como habla siempre un profeta».

No podemos dejar de señalar que el visionario se con­funde cuando fecha el acontecimiento que ha de suceder.

Parece ser que para un vidente los acontecimientos fu­turos le son presentados de una manera estática y fija, como en un cuadro, sin que pueda distinguir el lapsus de tiempo entre el presente y el futuro. Es por lo que cuando se le obliga a medir este tiempo, se confunde. ¿De cuánto tiempo se trata, de diez o de mil años? Tenemos un ejemplo de estos errores sobre la perspectiva en las profecías célebres de los apósto­les, que situaban en el mismo plano un acontecimiento bas­tante próximo como la caída de Jerusalén (que debía tener lugar 40 años más tarde) y el «fin del mundo» que todavía no ha llegado. Por mi parte, yo diría que en una visión mís­tica, no hay ni pasado ni futuro; el místico se encuentra ante una sincronía, un cuadro inmóvil y vibrante, superior a la diacronía que llamamos la Historia y que es el desarrollo de puntos indivisibles.

La visión de 1830 tiene el carácter de un bosquejo anun­ciador. El tema cósmico, tan acentuado en el icono de Pont­main, apenas se encuentra aquí. La llamada a la metanoia (la «conversión», la «penitencia») que será el tema de Lour­des se encuentra también en gérmen en el simbolismo de esta medalla. Pero esta mariofanía que es la primera de una larga serie, es un anuncio. La iconografía mística de la medalla de 1830 es, como ya lo he dicho, de una naturaleza antici­pante y sintética. También el comentario de la medalla está por acabar, aún cuando es más rico que en 1830.

En 1830, no se podía aclarar la medalla más que por el pasado. Un período nuevo ha llegado: 1830-1970, ¡y qué período! Es un período tal que, con la aparición de los pro­gresos técnicos, no ha existido otro parecido en la historia de los hombres. La humanidad, sin saberlo, en medio de muchas pruebas e ilusiones, ha entrado en una era nueva, una tercera edad, en la que sin embargo tiene la posibilidad de aniquilarse por sí misma por el progreso mismo de sus útiles. —Como los autores del Génesis, el primero de todos los libros, la mayor de todas las profecías, tenían ya plena conciencia de ello: el acrecentamiento de las técnicas que po­dían acarrear la guerra, la muerte, el diluvio, la confusión de los pueblos— en suma, todo lo contrario de los bienes que el Espíritu de Dios promete y distribuye. De suerte que, en tanto como lo podamos prever, el plan divino es dejar a la Iibertad humana realizar la amarga experiencia de sus frutos de catástrofe para intervenir en el último acto, en el último momento, con un arca, con un arco iris, un acontecimiento, una salvación que ya no se esperaba.

Y éste es quizás el momento de citar lo que Bossuet decía a propósito de Damasco. «No esperemos que san Pablo nos diga particularidades, habla aún de ello como un hombre que ha visto una cosa extraordinaria… Señala al­gunas condiciones generales que nos dejan en la misma ig­norancia en la que nos halló». Juan Baruzi, que cita este texto de Bossuet, señala que Bossuet reúne aquí a los místi­cos, que, como san Juan de la Cruz, fueron los más severos con respecto a las frases inferiores que habían superado. «Pablo, escribe M. Baruzi, no nos revela nada del secreto de su conversión, y es seguido en esto por los grandes mís­ticos que quisieron callar enteramente el desarrollo concreto de su existencia».

Estas precauciones tienen que estar siempre presentes en el espíritu, cuando se estudia una «visión», aún la más auténtica. Luis Massignon, profesor del Colegio de Francia, que era además un amigo de los místicos dentro y fuera de la Iglesia, expresa puntos de vista análogos a los nuestros a propósito de un místico musulmán. «Muchos creyentes, dice, comparando estas experiencias tanto como los descu­brimientos científicos y matemáticos, como con los hechos positivos de la Revelación misma, se hacen ilusiones sobre lo que estos descubrimientos pueden enseñarnos. Estos son ante todo negativos. Nos familiarizan, por dentro, con la acción purificadora, denudante y reductora que la gracia divina ejerce sobre nuestras personalidades humanas». Mas­signon insiste entonces sobre la idea de que, para penetrar en la comprensión de estas experiencias, debemos primero purificarnos. No podemos, diría yo, ver el sol sin un órgano que tenga afinidad con la luz. No podemos ver a Dios, si Dios no está presente en cierta forma, en el órgano que debe percibirlo. Dicho de otra forma, no podemos conocer la gracia sino es por gracia. Y, para prepararse a la gracia, hay que intentar librarse de lo que la oscurece.

Está de más buscar en la mística, dice además Massignon, procedimientos de exploración geográfica, arqueológica, es­catológica para alcanzar, sea en el espacio actual o por en­cima de los lugares accesibles, sea en el tiempo, períodos futuros o cumplidos, cuando lo que hace es introducirnos en el umbral de lo eterno.

Y sin embargo, añadiría yo, el lenguaje común no se con­funde absolutamente al designar con el mismo nombre de Profeta al que habla en nombre de Dios y al que anuncia el porvenir.

No me prolongaré más tiempo hablando de la profecía anterior, considerada como una previsión del futuro. Siempre resultará difícil establecer la anterioridad de la previsión.

En cambio, es una profecía consecuente, una armonía de visiones mariales a través del tiempo histórico, que le es posible a cada uno considerar. Sé que sobre esta armo­nía, muchos espíritus, guardan silencio con frecuencia. A mi juicio plantea un problema de finalidad, de probabi­lidad y de «negantropía», como las convergencias entre los hechos independientes unos de otros.

Sin dejar el terreno profético y diacrónico de la historia total, quiero añadir algunas observaciones sobre la historia posterior y consecuente de la «visión de la calle del Bac». Porque una visión, una palabra inspirada, un acontecimiento histórico particular (por ejemplo, la toma de la Bastilla en 1789) no tienen sólo un contenido histórico singular, parti­cular, limitado a su fecha dentro de la cronología. Si todo es anuncio o figura, memorial y esperanza, recuerdo y antici­pación, «protología y escatología»; si no hay presente que no sea «monádico», cargado de pasado, lleno de porvenir; si toda parcela de tiempo reproduce el origen de los tiempos y anuncia su fin, es por lo que «un profeta habla siempre y para siempre». El signo de la verdad de su «profecía» es pre­cisamente que se reproduce, como un canto arrojado al agua, en ondas sucesivas cada vez más anchas; que se repercute, que se reanuda, que se enriquece como un tema musical en una sinfonía. En este caso la sinfonía de los tiempos.

Lo que viene a decir una vez más que no podemos estu­diar el acontecimiento de «la calle del Bac», separándolo de su posteridad, de su constelación. El signo de los tiempos no se limita al acontecimiento «Bac» tomado en sí mismo: no es más que la letra de alfabeto en una palabra, sílaba desligada de la frase entera. El signo es el conjunto, la totalidad, y como diría Pascal, «lo concreto» de los acontecimientos místicos emparentados, que se escalonan en la duración his­tórica a partir de 1830, que aún se producen clandestinamente, que se reproducirán, y cuyo sentido no comprenderemos hasta el final.

Se ha hecho notar que la Aparición de 1830 (y esto es admitido también por los que la niegan) es un comienzo, o mejor dicho, un nuevo comienzo de una serie de fenómenos parecidos, como si las «apariciones» formaran cadena y se llamaran una a otra y sin influirse una por otra. No podemos evitar el colocar la aparición de Catalina entre las otras mario­fanías: una estrella no existe por sí misma, no tiene sentido más que cuando se la ve en un conjunto que es la constela­ción. De la misma forma, una palabra puede ser bella, sa­brosa en sí misma, pero esta palabra no tiene su pleno sabor más que en el interior de una frase. Y lo que nosotros lla­mamos una «parte» (¿y qué cosa no es parte, elemento, momento?) no se comprende y no se justifica si la parte no está situada en el interior del Todo. Incluso podríamos sos­tener que para comprender y amar al obelisco de la Concorde, hay que comenzar por ver la plaza de la Concorde entera, yendo siempre del todo a esa parte. Esta necesidad debería guiar siempre nuestros métodos de educación: una primera síntesis debería preceder a todos los análisis.

A decir verdad, es imposible, en las cosas que se desa­rrollan en el tiempo, ir del Todo a la parte: ese es el mis­terio, tan delicioso, del tiempo que discurre, necesario para el pasado, imprevisible para el porvenir porque el Todo del tiempo no nos ha sido dado. Y por otra parte es la razón por la que «la historia» es afortunadamente tan oscura, sujeta a variaciones según las perspectivas y los sujetos. Si miráramos de la misma forma el origen y el fin, la historia sería clara. Algún día lo será.

Apliquemos estas reglas de crítica profunda a las Apa­riciones del siglo XIX. Es difícil escapar a la hipótesis de una «estructura», de una continuación, de una complementación, digamos, de una convergencia. Es el mismo discurso de Dios al hombre, el propio mandato evangélico: «Haced peniten­cia», que se reanuda, se precisa y se continúa a través de imágenes sibilinas y sorprendentes. Así La Salette, Lourdes, Pontmain se miran y se responden… Callémonos.

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