LA SECULARIDAD DE LA COMPAÑÍA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Radicalidad en el seguimiento de Cristo

La secularidad de la Compañía de ningún modo significa reba­jar las exigencias evangélicas; al contrario. Recordemos algunos textos de san Vicente:

«No hay nadie que se mueva entre el mundo como las Hijas de la Caridad y que encuentren tantos peligros como vosotras. Por eso es muy importante que seáis más virtuosas que las religiosas. Y si hay un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad puesto que corréis un gran riesgo de perderos si no sois virtuosas» (SVP, IX, 1176). «Vosotras no sois religiosas de nombre, pero tenéis que serlo en realidad y tenéis más obligación de perfeccionaros que ellas» (Ibid).

La secularidad de la Compañía no significa excluir determina­das prácticas que se dan también en la vida religiosa. De hecho, cuando san Vicente exhortaba a las Hermanas a abrazar ciertas prácticas y virtudes, acudía al ejemplo de las religiosas. Y en las conferencias «sobre las máximas evangélicas», «sobre el espíritu del mundo» y sobre la explicación de las Reglas, se percibe una clara influencia de la vida religiosa, si bien afirmaba con rotundidad que «vosotras no sois religiosas».

San Vicente sabía muy bien que para que la Compañía pudie­se continuar la misión de Cristo era necesario que abrazase las máximas evangélicas y se revistiese del espíritu de Jesucristo. Por eso pide a las Hermanas una vida de oración y comunitaria intensas, sacrificio y ascesis, silencio y recogimiento, pobreza, castidad, obediencia, etc. Las Hijas de la Caridad quieren ser buenas cristia­nas. Aquellas prácticas que podían ayudarlas a serlo, san Vicente las enseñaba, sin importarle de dónde procedían, aunque de hecho se inspirase en lo que hacían las religiosas. Lo cual nos dar a entender que para el Fundador era un espíritu y un fin propios los que diferenciaban a la Compañía de la vida religiosa de aquel tiem­po, más que determinadas prácticas coincidentes.

Cuando las Hijas de la Caridad reivindican hoy la secularidad de la Compañía será, por lo tanto, por fidelidad a lo que quisieron los fundadores, y no por rebajar las exigencias evangélicas que conlleva el proyecto de la Compañía. Está llamada a vivir en el mundo, sin dejarse influenciar por criterios mundanos. De lo contra­rio perdería su condición de ser sal que dé sabor evangélico y leva­dura que transforme la masa.

Secularidad al servicio del fin

Los Fundadores no quisieron que las Hijas de la Caridad fue­ran religiosas para que estuviesen más libres y disponibles para cumplir el fin apostólico. Dicho fin se vive en medio del mundo, en cercanía a los pobres. Las Constituciones afirman que la «vocación de las Hijas de la Caridad requiere constante apertura y presencia en el mundo» (C. 29b). Ahí hacen efectivo el amor afectivo a Dios. Se santifican en el mundo del dolor y en la historia sufriente de cada día, sin apartarse a la intimidad de la clausura, rejas, velo, etc.

¿Hay algunas Hermanas hoy que piensen que el estado de vida religiosa es más perfecto que el de la Compañía, incluida su secularidad? Puede ser que las haya. También entre las primeras Hermanas había algunas que pensaban de esa manera. San Vicente fue muy claro: «Si las Hijas de la Caridad supiesen los designios de Dios sobre ellas y cómo quiere que lo glorifiquen, juz­garían dichosa su vocación y por encima de la de las religiosas. No es que tengan que considerarse por encima de ellas; pero la ver­dad es que no conozco ninguna Compañía religiosa más útil a la Iglesia que las Hijas de la Caridad si se penetran bien de su espíri­tu en el servicio que pueden hacer al prójimo» (SVP, IX, 525). «Este es, mis queridas Hermanas, uno de los estados más excelentes que he conocido; no es posible encontrar ninguno que sea más per­fecto. Si queréis ser grandes santas, aquí encontrareis los medios para ello» (SVP, IX, 623). «Manteneos, pues, en el estado en que Dios os ha puesto»… Manteneos en el espíritu que tenéis». Y unas líneas más adelante, san Vicente define ese estado como «apósto­les de la caridad» (SVP, IX, 732).

Sospecho que para algunas Hermanas que reivindican con insistencia la secularidad de la Compañía, no es la clarificación doctrinal lo que más les preocupa- pues creo que, en general, tam­bién ellas la tienen clarificada-, sino la manera de expresar hoy dicha secularidad en un estilo de vida consecuente con ella.

Las situaciones de la Compañía en el mundo son muy diver­sas: Hay Provincias en las que la cultura reinante les puede estar empujando al secularismo, y en otras al conventualismo. Desde una recta comprensión de lo que significa la secularidad de la Compañía habría que concluir: las Hijas de la Caridad tienen que evitar tanto la religiosización como la mundanización, tanto el conventualismo como el secularismo. Lo propio de ellas sería una agi­lidad y libertad al servicio del fin de la Compañía, sin rebajar las exi­gencias evangélicas y vicencianas. Para ello bastará vivir las Constituciones que no son de religiosas ni de laicas, sino bien pro­pias de Hijas de la Caridad.

Para finalizar este apartado, y a modo de síntesis, recordemos la           definición de secularidad que nos presenta el Léxico de la Compañía: «Consiste en que las Hijas de la Caridad viven esencial­mente su entrega a Dios en y para el servicio a los pobres, según el espíritu de la Compañía y de acuerdo con el estilo de vida que ofrecen las Constituciones y Estatutos, para ser fieles a las inten­ciones de los Fundadores» (Constituciones, Léxico, 205). Es una buena definición que resume lo dicho anteriormente.

Hay que reconocer que la vida religiosa no es hoy como en tiempo de los Fundadores. Desde entonces han ido apareciendo otras muchas congregaciones, religiosas o no, con unos fines y espiritualidades similares a los de la Compañía. Por la puerta que con tanto empeño lograron abrir los fundadores, han entrado otras muchas instituciones y, por lo mismo, las diferencias han disminui­do. Ello no obstante, sería contrario a la intención de la Iglesia minusvalorar esas diferencias. Tanto el Concilio Vaticano II como la Exhortación Vita Consecrata insisten repetidamente en la fidelidad a los distintos carismas que, a través de los siglos, ha suscitado el Espíritu Santo. Tal diversidad hermosea la Iglesia. La tendencia, que a veces se percibe hoy, a dejar en segundo plano tales diferen­cias en favor de la causa común del Reino, más que potenciar esa causa, lleva a una desidentificación e indiferenciación peligrosas que no respetan la dinámica creadora del Espíritu.

Fernando Quintano, CM

CEME 2015

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