La santidad en san Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Benito Martínez Betanzos, C.M. · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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Acepto con gusto el título de la charla: «La santidad en san Vicente de Paúl», primero, porque al poner en san Vicente me da libertad para hablar, bien de su santidad personal bien de las ideas que tenía sobre la santidad, soslayando el peligro de separar persona, vida y pensamiento; y segundo, porque prefiero la pala­bra santidad a la palabra perfección o a la frase plenitud de vida1. No me gusta la palabra perfección porque, ya por definición, nunca la alcanzaremos, pues «perfecto es aquello a lo que nada le falta, ni cuantitativa (perfecto, en este sentido, significa acabado) ni cualitativamente (es perfecto, en este sentido, lo que no puede ser mejorado ni rebasado)»2. Y el hombre siempre es perfecciona­ble. Llegar a la perfección es imposible para un ser humano crea­do. Así lo afirmaba también san Vicente3. Por su parte, la expre­sión plenitud de vida cristiana tiene idéntico significado, pues ¿qué hombre o mujer puede alcanzar la plenitud de vida? Plenitud es sinónimo de perfección cualitativa o de totalidad cuantitativa y el ser humano es incapaz de alcanzarlas. Plenitud y perfección son atributos exclusivos de Dios y nunca, aunque quiera, se los podrá conceder a un ser humano, que por ser creado es ya imperfecto y limitado. Me diréis que la santidad es exclusiva igualmente de Dios, y es cierto, pero hay varios matices esenciales que las dife­rencian: uno, que la perfección y la plenitud no tienen grados, son el no hay más, y a este summum el hombre no puede llegar ni con la ayuda divina, mientras que la santidad tiene grados, más o menos, y algunos de esos grados están al alcance de los seres humanos, con la ayuda de Dios; dos, que ya sólo el esfuerzo de santificarnos, nos hace santos, pero no perfectos; y tres, que por el bautismo somos entregados al Padre y, por ello, somos santos e hijos de Dios, mas no perfectos. Se puede achacar que perfección, según la Biblia, en su acepción moral significa bueno, fidelidad a la voluntad divina4. Lo que pasa es que estamos hablando en cas­tellano, y en castellano —y en la mayoría de las lenguas actuales—tiene el sentido que le he dado. Es cierto que santidad es una expresión que, para algunos, suena a algo pasado, arcaico, mien­tras que perfección y plenitud de vida parecen expresiones más modernas y están más de moda5.

Los ideales terrenos y la santidad

Algunos biógrafos modernos se han escandalizado porque autores anteriores presentaran a Vicente de Paúl santo ya desde niño y han intentado retratar a un adolescente o a un joven alejado del ideal cristiano de santidad y que necesitó una conversión para encaminarse a la santidad. Nos los han pintado a él y a la familia como unos campesinos pobres que escogen por egoísmo a uno de sus miembros, sin preocuparse si el chaval tiene vocación, para que los saque de la pobreza a través del entramado clerical y sacer­dotal, considerado como un empleo terreno más que como un ministerio eclesial. No estoy de acuerdo con el fondo de la tesis, y me parece oportuno indicar ya desde ahora que la santidad de Vicente de Paúl no fue fruto de una conversión en sentido de ruptura, sino la evolución natural de su piedad juvenil. Veamos.

Primero, la vocación no era considerada por los contempo­ráneos del joven Vicente de la misma manera que hoy día. En la primera mitad del siglo XVII se pensaba que para tener vocación bastaba desear ser sacerdote, ya que el sacerdocio es el más gran­de de los ministerios que puede ejercer un hombre y, por ello, quererlo es lo mejor que se puede desear. Es la idea que propa­gará san Francisco de Sales, y es la idea que defendía san Vicen­te hasta 1636, cuando le convence más la idea del Oratorio de Bérulle de que la vocación personal es una llamada de Dios6. Cuando el hijo de Luisa de Marillac, Miguel, duda de su voca­ción, san Vicente consuela a la madre, diciéndole: «Ayer vino acá su doble primo el señor de Rebours. Quedamos de acuerdo en que lo mejor para su hijo es el estado eclesiástico». Sin más, como si fuera una de las profesiones del mundo, aunque, cierto, añade: «Su temperamento parece tender más bien a él que al mundo». Y ya está. Así se concebía la vocación entonces; y si ahora no siente atracción, es decir, no tiene vocación, es «que quizás ha sido ese joven el que ha embarullado su fantasía en esto… pero que, si las cosas se le representan debidamente, la razón volverá a ocupar su puesto»7. La razón, no la llamada. Esto pensaba san Vicente de Paúl hacia 1635, cuando nadie niega que ya fuera un santo.

Pero, en cierto modo, tampoco parece un disparate en la actualidad, pues no se puede admitir que la respuesta a la llama­da divina tenga que ser una respuesta desencarnada; al contrario, la respuesta vocacional encierra una motivación personal y social convertida en mediación divina. No cabe duda que hay «vocaciones» que son llamadas explícitas de Dios a determina­das personas, tal como lo hizo a Moisés, a los Apóstoles o a san Pablo y Matías. Igualmente hay llamadas a una persona concre­ta para entrar en una determinada Institución Religiosa, como aparece en la vida de algunos santos. Pero no se olvide que lo más natural es que Dios manifieste su voluntad a través de la naturaleza creada por Él para que cada hombre extienda el Reino de Dios, le dé gloria y encuentre su felicidad. La manifestación del llamamiento divino no está expresada claramente y al hom­bre puede quedarle alguna duda de cual sea en concreto la volun­tad de Dios. De ahí que esta llamada divina admita diversas respuestas humanas. Dios respeta la capacidad de iniciativa racional de la libertad del hombre. Vicente dio una respuesta desde su situación y desde la situación del mundo. Era una res­puesta racional, de acuerdo con el modo de pensar entonces, sabiendo a qué se comprometía y con la decisión de cumplir las obligaciones que entrañaba la vocación elegida de ser sacerdote. Y Dios admitió como buena esta respuesta positiva, porque en ese género de vida, de acuerdo con las situaciones personales, familiares y sociales, podría darse el encuentro entre el hombre terreno y el Dios santo, podría encontrar la santidad.

Segundo, no se puede aplicar al campesino del suroeste fran­cés la situación social y económica que los historiadores aplican a los campesinos del resto de Francia8. El País Vasco, el Bearnés, Guyena y Gascuña eran Países de Estado con Parlamento, admi­nistración y tributación autónomos que habían creado un campe­sinado propietario de sus tierras sin que apenas hubiera arrenda­tarios. La familia de Paúl no era pobre, aunque sí pauperable, como todo campesino, en tiempos de guerra o malas cosechas.

Por parte de su madre, parece que los Moras eran burgueses y Señores de Peyroux9, a 20 kms. al sur de Dax, con una serie de derechos sobre los habitantes y tierras del pueblo, como la justi­cia, el orden, la imposición de su horno, molino, lagar, etc., por los que recibían tributos y rentas, al tiempo que se liberaban de muchos impuestos. Parece también que varios hermanos de su madre eran abogados y funcionarios y que alguien de la familia Moras, acaso los abuelos de Vicente de Paúl, tenía casa en el pueblo de Puy, como residencia permanente o para pasar algunas temporadas.

Por parte de su padre, los Paúl eran campesinos fuertes, con tierras, bosque y ganado en Puy y en otras partes cercanas a Dax, como en el pueblo de Saint-Paul. Al ser una familia de funcio­narios, burgueses y campesinos pudientes, se supone que tenía influencias en el entramado social. Por eso se puede decir que Vicente de Paúl pertenecía a una familia capacitada y autorizada por la costumbre y la mentalidad social de la época para aspirar a más, para medrar en la escala social y eclesial sin contradecir a la santidad. Así lo vemos igualmente en las familias de Saint­Cyran, Bérulle, Francisco de Sales, Arnauld, Marillac, Attichy, etc. Y así lo pretendieron san Vicente y santa Luisa para el hijo de ésta, Miguel Le Gras. Esta costumbre únicamente era realiza­ble para las familias que podían tener influencia en la colación de beneficios clericales que pertenecían al rey, a los nobles, a la alta burguesía o al alto clero. Y si era realizable, quiere decir que se consideraba normal. Añadamos que lo corriente en aquel siglo era que los segundones de estas familias entraran en la adminis­tración pública, en los conventos o en el estado clerical. Ningu­na de estas aspiraciones se oponía directamente a la búsqueda de la santidad, porque entonces era impensable la separación de mundo y trascendencia. La sociedad francesa era de tipo sacral; lo sagrado lo impregnaba todo y no había distinción entre social, político y religioso10, como puede verse en las llamadas Guerras de Religión y en las personas que llegaron a santas y que, desde niños, habían sido entregadas a los conventos o a la Iglesia como abades, abadesas, obispos o sencillos frailes, monjas y sacerdotes. A finales del siglo xvi, tener o no tener vocación dependía gene­ralmente del beneficio familial y de las necesidades de la Iglesia. Santo Tomás y el Concilio de Trento tan sólo le piden al sacerdo­te moralidad de vida y ciencia para desempeñar su ministerio11. La noción de una vocación personal fue una novedad en la Francia del siglo XVII introducida por Bérulle, Olier, Bourdoise y los ora­torianos, sulpicianos y sacerdotes de San Nicolás de Chardonnet.

La familia Paúl-Moras, a iniciativa del señor Comet, —empa­rentado colateralmente con los Moras— escogió, con el asenti­miento de Vicente, el estado clerical. ¿Por qué? Pienso que, por un lado, le consideraron con capacidad suficiente para llevar los estudios eclesiásticos y llegar alto en la Iglesia. Cuando, a los quince años, fue a estudiar al colegio de Dax, pasó de golpe tres cursos y en sólo dos años se preparó para estudiar teología, ade­más de considerársele con aptitud para ser preceptor de los hijos del juez Comet. Lo cual supone que de niño, aunque guardara el ganado, tuvo profesor particular, bien en su casa, bien, y es lo más probable, en las temporadas que pasaba en casa de sus abue­los maternos. Y por otro lado, porque vieron en él cualidades pia­dosas. A pesar de aparecer en el futuro con un carácter sombrío, duro y brusco, tenía un temperamento afectivo y compasivo: devoción infantil a la Virgen, limosnas de puñados de harina o de 30 sueldos a los pobres, lágrimas cuando a sus veinte años y recién ordenado sacerdote va a Roma y ve la tumba de los após­toles, llanto cuando visita a sus parientes y renuncia a ayudarlos económicamente. Años más tarde exclamará: «¿Piensa usted que no quiero a mis parientes? Les tengo todos los sentimientos de ternura y de cariño que otro cualquiera puede tener por los suyos, y este amor natural me apremia bastante para que les ayude»12. Era un joven bueno que pensaba cumplir con las obligaciones sacerdotales y también, sin duda, buscar el bienestar material que, para la gente de entonces, no se oponía a una vida sincera de sacerdote, como tampoco hoy día se opone a la santidad el deseo de familias buenas de que sus hijos estudien, se gradúen y aspiren a puestos de relieve en la sociedad y en la Iglesia.

Tampoco se oponían para Vicente de Paúl, cuando ya era santo, en 1638, y escribía a santa Luisa sobre el futuro de su hijo Miguel: «He hablado con el señor Pavillon de su hijo; creo que es conveniente que acabe la teología, que se haga sacerdote, que se ejercite algún tiempo en los ejercicios de piedad convenientes a los eclesiásticos y, una vez hecho esto, no pongo ninguna difi­cultad en que el señor Pavillon lo reciba. Aparte de esto, el joven sería inútil a dicho señor Pavillon y tendría una pena insoporta­ble viéndose en unas montañas en la extremidad del reino, sin hacer nada, e inútil para todo cargo. En nombre de Dios, señori­ta, créamelo: yo sé lo que es esto. Espero que, si su hijo hace lo que acabo de decir, no le faltarán buenos empleos; si Dios quie­re mantenerme en vida, le prometo cuidar de él como si fuera de mi sangre»13. Parece que san Vicente no oponía la santidad al deseo de medrar en la sociedad y en la Iglesia. Más, me da la sensación de que san Vicente consideraba este anhelo humano como el resultado de una programación que hubiese hecho Dios al crear el universo y, de acuerdo con la naturaleza, quedase pro­gramado en el hombre el amor propio, la responsabilidad y la lucha por la felicidad personal, como si la santidad no fuera nada más que vivir según la naturaleza humana programada por Dios14, cumpliendo, así, su voluntad.

Santidad y voluntad de Dios

Porque cumplir la voluntad de Dios entraba de lleno en el concepto de santidad que tenía Vicente de Paúl, y que en el fondo es admitido también en la actualidad. Un día le escribió a santa Luisa: «¡Qué poco se necesita para ser santa: hacer en todo la voluntad de Dios!»15. Cuando el santo comenzó a dirigirla, la machaca con la idea de cumplir la voluntad de Dios, para que él y ella tengan siempre un mismo querer y no-querer con Dios, pues es el fin al que han tendido los santos y sin ello nadie puede ser feliz, hasta declararle ella que había sido él quien le había enseñado a amar la voluntad de Dios tan justa y misericordiosa16. Es cosa natural, por lo tanto, que ella, su mejor discípula, la seño­rita Le Gras, dijera a una señora que la santidad consistía en la unión de la voluntad del hombre con la de nuestro buen Dios, por­que también san Vicente declaraba rotundamente que la santidad consistía en hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, hasta tal punto que su voluntad y la nuestra no sean nada más que una17.

Y ésta era también la idea de todos los espirituales de entonces. Ante tantas calamidades, guerras y enfermedades de origen des­conocido contra las cuales los hombres y la ciencia se sentían impotentes, aquella gente religiosa se lo atribuía al querer de Dios; la gente consideraba el mundo dirigido por la Voluntad divina que por medio de su Providencia actuaba castigando con guerras y catástrofes naturales o premiando con la paz y las buenas cose­chas. Al hombre, arrepentido o agradecido, sólo le tocaba aceptar el beneplácito divino18 sin adelantarse a su providencia19. Algu­nas veces san Vicente añade expresiones espirituales más místicas, identificando el querer de Dios con su amor benevolente al mundo, pero en el fondo nunca abandonó la interpretación ascéti­ca de permanecer ante el querer de Dios como los soldados a las órdenes de los mandos o como los mulos ante su amo20.

Se podrá objetar que eso no es santidad, que cumplir la volun­tad de Dios de este modo es un determinismo que lleva a consi­derar a Dios un déspota que exige a los hombres una obediencia ciega, anula la libertad humana y convierte al hombre en un autómata y a la divinidad en Deus ex machina21. Pero guste o no guste, hay que admitir que aquellos espirituales, incluido san Vicente, intentaban ser santos movidos por esta mentalidad. Aunque ciertamente Vicente de Paúl, hombre práctico más que teórico, que se guiaba más por la experiencia espiritual que por una ideología, en la vida ordinaria humanizaba la doctrina22. Para él el problema no está en cumplir la voluntad de Dios, que hay que cumplirla siempre, sino en saber cuál es la voluntad de Dios y dónde está. Y así divide la voluntad humana en pasiva y activa. Ante lo mandado o prohibido, es decir, ante el pecado o la bondad, la voluntad de Dios está clara, como igualmente está clara su voluntad ante los sucesos naturales que se presentan como inevitables o ineludibles: aunque haya que luchar por evi­tarlos, cuando no se los pueda eludir, hay que acatar pasivamen­te el querer de Dios, considerado como el gran Programador de este PC que es el universo. Viéndolo bajo este aspecto, podemos decir que no está lejos de lo que modernamente algunos llaman el designio inteligente.

En los demás acontecimientos de la vida la voluntad de Dios no se presenta con toda claridad y le toca a la inteligencia huma­na descubrirla y a la libertad del hombre, cumplirla activamente, siguiendo a Jesús y guiadas por el Espíritu Santo, de acuerdo con el objetivo que Dios ha dado a los hombres de amarse mutuamente y que Vicente de Paúl concreta personalmente como el de hacer felices a los excluidos23. De ahí sacará una serie de conse­cuencias sobre la voluntad de Dios: Dios ha creado el universo que evoluciona y se rige —expresión de su voluntad— de una manera racional. Su voluntad es que todo ser creado, especial­mente el hombre, actúe y se gobierne por la razón. Deduciendo el santo que todo lo que es racional es voluntad de Dios, pues Dios no puede contradecirse24. Pero Dios ha puesto en la creación un programa de amor siempre en bien de los pobres, y esta voluntad de Dios se antepone a cualquier otra, aun a la manifestada en las Reglas. Al servirlos y evangelizarlos, lo racional es buscar la voluntad divina en los evangelios, en las Reglas, obedeciendo a los superiores, orando, consultando a los entendidos, analizando las causas y los sucesos de la vida, pues Dios habla a través de ellos siempre en bien de los pobres. Pero en última instancia es el hombre libre el que decide guiado por la razón y la prudencia25.

Es así como san Vicente hace de cada suceso una experiencia espiritual, y concluye que es la razón del hombre la que descubre la voluntad divina que, a su vez, atrae a la voluntad humana a su cumplimiento, implicando de este modo, para alcanzar la santidad, a la libertad humana, hasta tal punto que, al ser el hombre de buena voluntad quien discierne lo que es voluntad de Dios, es él el que decide y ejerce su voluntad, convencido, eso sí, de caminar de acuerdo con la voluntad divina. ¿Qué es si no lo que dice a santa Luisa?: «Estoy seguro de que usted quiere y no quiere lo mismo que Dios quiere o no quiere, y que no está jamás en disposición de querer y no querer más que lo que nosotros le digamos que nos parece que Dios quiere o no quiere… Si su divina Majestad no le hace conocer, de una forma inequívoca que Él quiere otra cosa de usted, no piense ni ocupe su espíritu en esa otra cosa. Déjelo a mi cuenta; yo pensaré en ella por los dos»26. Y así, hay frases dichas a santa Luisa que nos aturden: «Sí, señorita, ciertamente le ayu­daré a cumplir la voluntad de Dios, mediante su gracia y el buen uso que Él la hará hacer de ella; y creo, efectivamente, que con­vendrá que vaya a los pueblos, cuando esté usted un poco más fuerte, para acabar de robustecerse»27. «Y si no tiene la posibili­dad de suplir su falta (sustituir a una Hermana), parece ser que la voluntad de Dios es que ella espere, pase lo que pase»28. «Ya que la voluntad de Dios es que nos acomodemos a las circunstancias de las personas, de los lugares y de los tiempos»29. O la que escribió al señor de Comet sobre la muerte de su hermano: «Él no murió cuando murió porque Dios lo hubiese previsto así o decidido que el número de sus días fuese tal, sino que Dios lo previó así y el número de sus días fue conocido que era el que era, por haber muerto cuando murió»30. Todo esto lo escribía un santo. Y me pregunto, ¿para él, quién cumple la voluntad de quien? La respuesta puede ser discutida, pero no se olvide que algunos historiadores, al considerar la fundación de las Carida­des, la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, los Ejercicios a ordenandos o las Conferencias de los martes como el resultado inmediato de un acontecimiento, han concluido que para san Vicente la Voluntad de Dios se confunde con la expe­riencia vivida en los sucesos.

La santidad sacerdotal

Otra acusación que se hace a san Vicente es el haberse orde­nado de sacerdote a los 20 años, cuando el concilio de Trento había establecido la edad mínima legal a los 25 años. Y se añade que Abelly falsificó la fecha de nacimiento para librarle ante sus lectores de esa irregularidad. Sólo que el Concilio de Trento fue admitido en Francia por el gobierno y el clero 14 y 15 años des­pués de ordenarse san Vicente y que Abelly escribió la Vida des­pués de la reforma llevada a cabo por los muchos y buenos refor­madores del clero, entre ellos el Vicente de Paúl ya santo. Pero a principios del siglo era frecuente ordenarse de cura sin tener la edad canónica, de tal manera que la irregularidad se había convertido en norma regular con la condición de pedir luego la dis­pensa a Roma. Coste cita una carta de la Secretaría de Estado al nuncio de Paris extrañándose del gran número de sacerdotes franceses ordenados antes de la edad canónica y que pedían regular su situación31. Uno de los motivos, si no el único, por los que Vicente fue a Roma, meses después de ordenarse, segura­mente fue el de arreglar su situación. Y pienso que para el joven sacerdote Vicente no fue un trauma ni un pecado. La norma había sido modificada por la costumbre, con tal de acudir luego a Roma. Y así en una conferencia a los misioneros en 1642, expresa, como lo más natural, «la idea de enviar a Roma a los que no tuviesen la edad para ser sacerdotes y obtener de Su San­tidad el poder ordenarse antes de la edad»32.

De la carta que escribirá años más tarde al canónigo de San Martín, diciéndole que «si hubiera sabido lo que era el sacerdo­cio, cuando tuvo la temeridad de entrar en ese estado, como lo supo más tarde, hubiera preferido quedarse a labrar la tierra»33, nada se infiere contra el modo de entrar, sino contra la temeridad de ser sacerdote por la grandeza y santidad de su naturaleza y ministerios que le había descubierto Bérulle; así se lo escribía a un abogado un año antes de morir: «Y está tan metido en mí este sentimiento que, si no fuera ya sacerdote, no lo sería jamás»34.

La santidad ministerial

Nada más ser ordenado sacerdote, intentó ser párroco de Tihl, una parroquia cercana a su pueblo natal. No lo logró, pero lo intentó. Y no se concluya que era para vivir comodamente de sus rentas. Que únicamente fuera por ese fin, es una afirmación gratuita. Cuando más tarde fue nombrado párroco en Clichy y en Chátillon, lo fue de verdad.

Es cierto que ordenado sacerdote estuvo once años sin cura de almas. Era lo común entonces y no escandalizaba a nadie. Hacia 1600, año de la ordenación de Vicente de Paúl, para 18 millones de habitantes había en Francia alrededor 100.000 sacerdotes secu­lares y otros cien mil regulares. Los sacerdotes con cura de almas eran una minoría. La mayoría buscaba ocupación como sustitutos temporales, parecidos a muchos trabajadores actuales con contra­to temporal. Todos los curas querían tener cura de almas, pues no se olvide que la cura de almas era un beneficio con remuneración muy apetecida35, y quien lo lograba era un agraciado con buenas aldabas. Muchos sacerdotes una vez logrados algunos beneficios se retiraban a su país natal para vivir de su patrimonio. Esta costumbre absorbía los excedentes sacerdotales, dedicándoles a funciones pastorales secundarias. Lo que debemos evitar es un doble anacronismo: Uno, considerar el sacerdocio con mentalidad moderna, creyendo que todo el clero del siglo xvii conocía y vivía el ideal sacerdotal defendido por Bérulle, san Vicente maduro y otros reformadores, cuando los católicos se habían acostumbrado a considerar el sacerdocio como una institución social más que un sacramento de salvación. Y otro, catalogar la noción de santidad de entonces con mentalidad del siglo XXI.

Conviene aclarar el anacronismo de atribuir a la época en que vivió san Vicente las mismas características religiosas de nuestra época. Hoy en general los hombres y la sociedad prescinden de Dios. Ni le destruyen ni le hacen desaparecer, sencillamente no se preocupan de él. Lo que quieren es poner en evidencia que la ciudad vive sin Dios o sin dioses, que ningún Dios tiene poder en la vida ciudadana ni siquiera en la de aquellos hombres que continúan creyendo en él. Y así están logrando que desaparezcan el poder y la influencia de Dios en la vida de la sociedad y, por lo tanto, también se ha diluido la religión de muchos en cuanto conjunto de creencias y costumbres que los religan con Dios. Sin embargo, la dimensión religiosa del ser humano que lo relacio­na con un dios sagrado está presente en muchísimos hombres, en muchos más de lo que se piensa.

De entre estos, hay muchos que buscan, que buscamos la san­tidad, pero dentro de una sociedad indiferente hacia lo sagrado y que silencia o excluye la influencia divina en las ciudades. La san­tidad, la relación y la unión con Dios la buscamos por caminos y medios distintos de aquellos que vivían los hombres del siglo xvn.

En los círculos espirituales de París

A finales de 1608 llega a París. Parece que después de termi­nar sus estudios en Toulouse estuvo en Roma y, según cuenta él, dos años cautivo en Túnez. Aunque algunos biógrafos lo han puesto en duda, yo lo admito por la única razón que una aventu­ra tan descabellada no podía contarla como cierta nada menos que a un juez y abogado de Dax, que podía verificarlo con bas­tante probabilidad. Vicente ya tenía 27 años cuando lo escribió y sabía lo que escribía. Era un hombre hecho y derecho, con una personalidad madura, en una época en que la precocidad era mucho mayor que en la actualidad. No se olvide que los niños a los diez años pasaban a ser hombres. No existía la adolescencia ni la juventud tal como son concebidas hoy día. En las cartas que envió al señor de Comet no parece que Vicente considerara su cautividad como un castigo de Dios por su mala vida o por haber usurpado el sacerdocio. Él se presenta como un sacerdote bueno, que quiere vivir bien su vida sacerdotal, aunque al estilo de entonces, y pienso que este trance doloroso logró avivar más la devoción sacerdotal que guardaba dentro de él.

En París, hacia 1602, comenzaban a bullir círculos de espiri­tualidad36. Uno de los más famosos era el que se reunía en el palacio de Bárbara Juana Avrillot, esposa de Pedro Acarie; de ahí el nombre por el que se la conocía, señora Acarie y, una vez viuda y haber profesado en las carmelitas, por María de la Encar­nación (beata). Círculo frecuentado por su primo Pedro Bérulle, Andrés Duval, Ángel de Joygeuse, Benito de Canfield, Brétigny, Gallemant, Miguel de Marillac, la marquesa de Maignelay, per­teneciente a la familia Gondi, y otros espirituales. Todos ellos seguían las inspiraciones del cartujo dom Baucousin y la espiri­tualidad renanoflamenca a través de la Perla evangélica, el Breve compendio de Isabel Bellinzaga (Gagliardi), de la Regla de Perfección de Benito de Canfield y de los escritos de santa Catalina de Génova. La mayoría de ellos leía también los escri­tos de santa Teresa de Jesús, y algunos, los de san Juan de la Cruz. Por lo que sucedió meses más tarde pienso que Vicente de Paúl tomó contacto con esos espirituales al poco de llegar a París o bien porque él buscaba directamente la santidad o porque ellos descubrieron en aquel joven sacerdote ansias de santidad y le invitaron a sus reuniones. Todos ellos buscaban la santidad —o como decía Bérulle, la divinización— a través de la oración contemplativa y el desprendimiento.

Es momento ya de ver el sentido que ha tenido la santidad a lo largo de la historia y concluir que la santidad es un atributo exclusivo de Dios. Santidad es una traducción, a través del latín, de las palabras griegas agiotes y osiotes. La primera encierra la idea de separado del mundo, trascendencia, pureza, simplicidad, en Dios sólo hay divinidad sin mezcla ni mancha ni nada de terreno. Y la segunda, firmeza y permanencia. Ambos atributos corresponden en exclusividad a Dios. Cuando digo atributo, no quiero decir una cualidad que posee Dios, como la justicia o la omnipotencia; la noción de santidad se refiere a la divinidad consi­derada en sí misma. Por eso es fácil identificarla con su trascenden­cia y su gloria, a pesar de la inefabilidad divina. No hay que consi­derar, sin embargo, la santidad como algo estático, sino dinámico hacia la creación. Cuando el hombre se encuentra con esta energía divina, con la santidad, queda santificado. De ahí que santo es sólo Dios, y todo hombre que está unido a Dios es también santo, al igual que todo aquello que nos une a Él. Lo que no está unido a Dios es terreno, y pecado, si voluntariamente nos separa de Dios o nos impide unirnos a Él37. La santidad en el hombre, es por lo mismo, expresión de un encuentro entre Dios y el hombre.

Muchos conventos situados a lo largo del Rin desde Suiza hasta Flandes, vivieron la santidad, en cuanto relación unitiva con Dios, de acuerdo con los escritos de san Gregorio de Nisa, el pseudo Dionisio y Eckhart, buscando en la contemplación infu­sa una unión esencial con Dios. Es la espiritualidad renano-fla­menca que seguían Bérulle y los espirituales del círculo de Aca­rie. Estos espirituales concebían la santidad como una línea recta dirigida por un extremo hacia Dios, al que se debía alcanzar por la oración contemplativa, mientras que por el otro extremo se separaban de lo creado por medio del desprendimiento de todo lo terreno hasta el anonadamiento total. De ahí ese unirse con Dios en la oración mística prescindiendo de todo lo creado, aun de las facultades del alma —unión esencial— y hasta de la misma humanidad de Jesús. Es cierto que Bérulle pasó del teocentrismo al cristocentrismo, pero al Cristo Dios, definiendo la santidad como la unión con la divinidad manifestada en la humanidad divinizada de Cristo38.

Con estos espirituales comenzó a relacionarse Vicente de Paúl al llegar a París, contagiándose de su espiritualidad de tal manera que sólo un año antes de morir dirá a los misioneros: «¿Qué es la santidad? Es el desprendimiento y la separación de las cosas de la tierra, y al mismo tiempo el amor y la unión con su divina voluntad… es romper el afecto a las cosas terrenas y unirse con Dios»39. Sacerdote bueno, también él se dio a la oración y al desprendimiento personal en busca de la santidad. Puede pare­cer que esta afirmación no esté muy de acuerdo con la carta que envió dos años más tarde a su madre en la que presenta una serie de ambiciones materiales que no respiran desprendimiento. Tal como lo pensamos nosotros en el siglo xxi, no; tal como lo pensaban aquellos espirituales de comienzos del siglo xvii, sí. Vuelvo a indicar que el anacronismo es un disparate en la historia.

El desprendimiento

Hay que tener presente que las categorías sociales de aquella época eran consideradas como queridas por Dios, y todos los hombres debían intentar ascender en la escala social por medios lícitos. Se sentía una obligación hacer fructificar los talentos que Dios daba a cada hombre para escalar o comprar puestos en la pirámide social. Todo ello estaba admitido por la corte, la socie­dad y la Iglesia, y hasta reglamentado. A quienes llegaban a los puestos de la nobleza, alcanzados o comprados, se les asignaba el título de nobles de toga. Un año antes que san Vicente escribie­ra la carta a su madre, san Francisco de Sales publicaba la Intro­ducción a la vida devota, como una conclusión a la que había lle­gado desde que aparecieron la Devoción moderna y los Ejercicios de san Ignacio de Loyola para presentar la santidad en todos los estados sociales. Idea resaltada más firmemente aun por los hugo­notes al defender que el éxito económico y social en esta vida son signo de estar predestinado por Dios a la salvación eterna.

El desprendimiento que propugna la espiritualidad renanofla­menca es el desprendimiento interior, en especial del amor pro­pio, el anonadamiento interior en cualquier estado social. Y san Vicente comenzaba a adquirirlo cuando fue acusado de robo y su única defensa fue decir Dios sabe la verdad. No fue ese lance el comienzo de una conversión, era el avance continuo y natural en el camino de la santidad, por el que ya caminaba desde joven. Ni por un momento parece que se le ocurriera decir que un muchacho le había llevado la botica, y aceptó la calumnia como un desprendimiento interior. Cuando el juez de Sore lo denigró delante de Bérulle y sus amigos, san Vicente estaba entre espiri­tuales que comprendían y aconsejaban esa postura. Hay con­tradicción entre lo que he dicho y la carta a su madre, sólo si no se comprende la diferencia que existe entre el desprendimien­to interior de las facultades y la situación social en la que vive cada persona. Era una interpretación puntual que también admi­tía san Vicente40 de la primera Bienaventuranza, la de los pobres de espíritu.

Nos viene así otro aspecto de santidad que siempre ha estado presente en la humanidad, incluido el cristianismo: el rechazo o desprendimiento del mundo. Hasta el Concilio Vaticano II, se puede decir que en general la espiritualidad cristiana tenía de la creación una visión dualista de origen neoplatónico transmitida por el agustinismo: alma y cuerpo, pasiones y virtudes, natural y sobrenatural, mundo y Dios, etc. y, aunque la teología ha recor­dado que lo sobrenatural no anula ni sustituye ni disminuye lo natural, sino que supone la naturaleza, la cura, la perfecciona y la eleva41, sin embargo, entre muchos cristianos se había llegado a la conclusión que la santidad incluye el desprecio del mundo, el contemptus mundi, interpretando de una manera vulgar a san Juan42. Se defendía que la santidad es algo sobrenatural, y que cuanto más se vive lo natural, menos sobrenatural es una perso­na. Ya desde los padres del desierto y los orígenes del monacato, se consideraba la santidad como el alejamiento y aun el despre­cio del mundo, arrastrando a muchos hombres y mujeres a los monasterios y conventos. La Iglesia ayudaba a las religiosas a desprenderse del mundo por medio de la clausura de grandes muros y fuertes verjas. Cierto que no se puede negar que la asce­sis y la mortificación están en el evangelio y ningún cristiano puede rechazarlas; son expresión común de toda vida espiritual, hasta llegar a formar en aquellos años uno de los puntales de cualquier vida espiritual. El mismo san Vicente las aceptaba como parte del evangelio y se las exponía a santa Luisa como el plan de vida espiritual que debían llevar las jóvenes que empe­zaban a ser Hijas de la Caridad: «Dígales en qué consisten las virtudes sólidas, especialmente la de la mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de los recuerdos, de la vista, del oído, del habla y de los demás sentidos; de los afectos que tenemos a las cosas malas, a las inútiles y también a las buenas»43.

Siguiendo el dualismo corriente y cierto pesimismo agusti­niano propio de la época, San Vicente, sin acercarse al calvinis­mo ni llegar al jansenismo, también estaba convencido de que la naturaleza era mala y llevaba al pecado: «Pues mirad, —decía a las Hermanas— lo mismo pasa con la vida de los hombres que han salido de la masa corrompida del mundo para servir a Dios. Es una vida que no va según la naturaleza, porque… seguir la naturaleza es ir hacia abajo. Por eso no cuesta ningún esfuerzo, dado que es como la corriente de agua que nos inclina a esas cosas… Si no seguimos mortificándonos continuamente y yendo contra nuestras inclinaciones, si dejamos a nuestros ojos en liber­tad para que miren todo lo que se presenta, evitando sobre todo mirar a un hombre en la cara —no hay que hacer eso nunca, a no ser por necesidad—, inmediatamente nos disipamos y vamos hacia abajo»44.

Así el desprendimiento del mundo se equiparaba a la santi­dad, dando a los religiosos el apelativo de vivir en un estado de perfección, como si la santidad fuera propia de los religiosos. Aparentemente también san Vicente lo admitía y decía: de las dos clases de personas que hay en el mundo, «unas están en sus ocupaciones y no se preocupan nada más que del cuidado de su familia y de la observancia de los mandamientos; las otras son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las órdenes y también aquellos que Él pone en comunidades, como las Hijas de la Caridad, que… no dejan de estar en este estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad»45. Digo aparentemente porque años más tarde reto­cará esta mentalidad: «Del religioso se dice que está en estado de perfección, no que sea perfecto; pues hay que establecer una diferencia entre estado de perfección y ser perfecto;… aunque el religioso haya hecho lo que dijo nuestro Señor, esto es, vender todos los bienes y dárselos a los pobres, si ustedes quieren, no por eso es perfecto, aunque esté en el estado de perfección»46.

¿Qué es entonces la santidad? —se preguntaba san Vicente— Y se respondía: «Es el desprendimiento y la separación de las cosas de la tierra, y al mismo tiempo el amor a Dios y la unión con su divina voluntad. En esto me parece a mí que consiste la santi­dad»47. Si uno de los dos extremos de la santidad es el despren­dimiento del mundo, el otro extremo es la unión con Dios por medio de la contemplación infusa. Esta mentalidad llevó a mucha gente a dedicarse a la oración en busca de la contempla­ción y a identificar oración contemplativa con santidad y el grado de santidad con la altura de la contemplación. Aunque no lo diga con plena claridad, también san Vicente lo indica en la conferencia que dio a las Hermanas el 31 de mayo de 1648, y se lo sugiere a un misionero: «Ya sabe usted, padre, que aunque la vida contemplativa es más perfecta que la activa, no lo es más que aquella que comprende a la vez la contemplación y la acción, como es la suya, gracias a Dios»48.

Las alturas sociales y la santidad

Fuera Carlos du Fresne o Antonio Le Clerc de la Forét quien lograra para él un puesto de Capellán de la Reina repudiada Margarita de Valois (Margot), los espirituales que acudían al Círculo Acarie, tenían influencias entre los nobles, para bien y para mal. Todo indica que a finales de 1609 o principios de 1610 el sacerdote Vicente de Paúl era considerado un sacerdote que buscaba a Dios; y los datos posteriores nos indican que se había dado a la oración bajo la dirección de Bérulle. En 1611 hizo los Ejercicios en el Oratorio y, aunque no se hizo oratoriano, Bérulle le consideró digno de sustituir al párroco de Clichy, Bourgoing, que entraba en el Oratorio. Y sin que renunciara a la parroquia de Clichy, por influencia de Bérulle fue nombrado al año siguiente preceptor de la familia Gondi. Sin contar que ya era abad de la abadía de San Leonardo de Chaumes, aunque la cedería en 1616, el sacerdote Vicente de Paúl era párroco de Clichy, Preceptor en casa de los Gondi y, por designación del señor Manuel de Gondi, fue nombrado además párroco de la iglesia arciprestal de Gamaches, Canónigo tesorero de Ecouis, prior del priorato agustino de San Nicolás de Grosse-Sauve, y, para mí, en 1617 o antes, Vicente de Paúl era ya santo de verdad. ¿En qué me apoyo? En lo siguiente.

Los espirituales del círculo de Acarie vivían la oración y a ella se entregó Vicente de Paúl. Y en verdad que avanzó. Hacia 1614, siendo preceptor en casa de los Gondi, Vicente de Paúl aparece entrando en una Noche Mística que los biógrafos cono­cen como tentación contra la fe, pero que tiene todas las notas de ser la Noche Oscura de los Sentidos que san Juan de la Cruz49 coloca como la puerta que introduce a la contemplación infusa llamada oración de quietud. Hacia 1617 parece que Vicente ha pasado esa Noche. Lo cual quiere decir que ya es un santo de verdad poseído por el Espíritu del Padre y del Hijo —el Espíritu Santo—, y desprendido de todo pecado y de las imperfecciones voluntarias, según el lenguaje que usaban los espirituales de aquel tiempo.

La noche mística del amor o santidad

Vicente junto a los espirituales del círculo Acarie buscaba la santidad, es decir, hacer la voluntad de Dios que se conocía a tra­vés de la oración y se cumplía por el desprendimiento interior. Pero cuando se halla en esa situación de pasar a ser lo que llama­mos un hombre santo, realiza el gran ofrecimiento a Dios y al hermano de dar la vida por el otro, pidiéndole a Dios que le dé a él la situación dolorosa en que vive su amigo el teólogo que conoció siendo capellán en el palacio de la Reina Margarita de Valois. Y Vicente de Paúl creyó que Dios había aceptado el ofre­cimiento y le había cargado con las dudas de su compañero de las que se verá libre solamente mediante otro acto sacrificial de amor: consagrar su vida, por amor a Jesucristo, al servicio de los pobres50. Pero tengamos en cuenta que Vicente no entró en la santidad por haber hecho el ofrecimiento, sino que hizo el ofre­cimiento porque ya había llegado a la santidad, al amor-caridad. En su caminar de cumplir la voluntad de Dios, desprenderse inte­riormente de todo afecto a lo creado y de entregarse a la oración, llegó a la Noche mística de los sentidos como una etapa común a todos los cristianos que siguen a Jesús. Y a ella hubiera llega­do, aunque no hubiera hecho el ofrecimiento. El ofrecimiento fue el punto final de la ascética, del esfuerzo que estaba hacien­do aquel joven sacerdote mediante la gracia y las virtudes teolo­gales que había recibido en el bautismo para el encuentro con Dios santificador. Con su esfuerzo y la gracia divina había alcan­zado el desprendimiento interior de sí mismo hasta llegar a sacri­ficar su vida por aquel teólogo que sufría, y el Espíritu de Dios se le presenta en una contemplación infusa para ser Él mismo quien le purifique por medio de algunos de los llamados siete dones a través de una purificación llamada Noche mística y que algunos teólogos modernos, siguiendo a un contemporáneo y conocido de san Vicente, Luis Lallemant, llaman segunda con­versiónY 51. como un fruto de la santidad se ofrece a servir a los pobres que ya visitaba en estos años oscuros en el Hospital de la Caridad que los Hermanos de San Juan de Dios habían fundado en París. Ofrece su vida al servicio de los pobres, si Dios le libra de aquellas tentaciones contra la fe. Y como una cosa corriente en la vida espiritual, Dios le saca de aquella situación, porque Dios así lo quiere para todos los que han llegado a esa etapa de la vida espiritual, como por dos veces52 san Vicente se lo insinúa a las Hijas de la Caridad. O también podemos decir que Vicente, con las disposiciones o dones que había recibido en el bautismo acogió la fuerza del Espíritu divino y salió por sus propios pies de la Noche mística, porque, a pesar de las dudas, buscaba la santi­dad. Su oración contemplativa de inmediato será de quietud y de tiempo en tiempo experimentará la presencia del Espíritu en su interior que se ha apoderado de él de tal manera que Vicente tiene conciencia de su presencia en lo más íntimo de su interior y expe­rimenta la gratuidad de su acción en su mente y en su corazón; ya es santo, ya es san Vicente de Paúl.

La santidad virtuosa

Una vez salido de la Noche, desde 1617, van sucediéndose los hechos de Gannes, Folleville, Chátillon, Mácon, Marchais; hace Ejercicios en Valprofonde y en Soissons; y se intensifican sus relaciones con el pueblo sencillo que tiene y vive otro con­cepto de santidad, la santidad ética o virtuosa, la santidad de vida por medio de las virtudes, «Dios es el Dios de las virtudes, Deus virtutum, les dirá a los misioneros, y si os ha escogido para prac­ticarlas es que vivís por Él y su reino está en vosotros»53.

Hombre realista y práctico nunca olvidará esta mentalidad de la santidad moral o ética que aprendió desde niño en su fami­lia y en su pueblo. Sólo que cuando tenga que dirigir Señoras, Voluntarias, Hijas de la Caridad, sacerdotes y misioneros se apoyará en la Biblia, en la Alianza que Yahvé hizo por medio de Moisés con el pueblo escogido, implicándole a cumplir los man­damientos54, y el cumplimiento de los mandamientos implica también el de las virtudes: «Santificaos y sed santos; porque yo soy Yahvé, vuestro Dios. Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy Yahvé, el que os santifico» (Lv 20, 7-8). Desde el mo­mento en que Dios dice esa frase, la santidad tiene un sentido ético en la historia humana, de tal manera que el sentido moral de la vida es el sentido más común que tienen de la santidad los cristianos que quieren llevar una vida espiritual y en general todas las gentes; también san Vicente se lo repetirá continuamen­te a los laicos, Hermanas y misioneros55, hasta afirmar que «la perfección consiste en la perseverancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas56 y que trabajar por adquirir las virtudes es trabajar por agradar a Dios y en ello consiste nuestra perfección57, amenazando a las Hermanas con el peligro de per­derse si no son más virtuosas que las religiosas»58.

Y así, en el siglo xvii y más claramente cuando fue canoni­zado Vicente de Paúl, se acuñó la mentalidad de que santo es el hombre o la mujer que ha practicado las virtudes en grado heroico59. Más que una definición de santidad era una marca que daba a conocer si una persona había sido santa. Y si es una marca de santidad, es conveniente examinar entonces qué significaba para san Vicente heroicidad. «Practicar las virtudes heroicas» no quiere decir que el santo sea un héroe que ha vivido y ejercitado las virtudes de su estado de una manera inasequible a las demás personas. Lo que quiere decir es que su santidad le ha unido tan estrechamente a Dios que Dios ha estado presente en él y ha rea­lizado todo lo que el hombre es incapaz de hacer por sí mismo. En palabras de San Vicente «esas virtudes no son virtudes comu­nes, sino virtudes de Jesucristo»60. Es el fruto del amor de amis­tad que une al santo y a Dios. Sólo el amigo de Dios que le ama, dialoga con Él y le permite que actúe en su interior, es capaz de responder a los retos que presenta diariamente vivir las virtudes cristianas que exige la santidad61.

Nueva visión de la santidad

Desde que salió de la Noche mística, en el interior de san Vicente de Paúl comienza a bullir otra idea de santidad. Su huida a Chátillon puede considerarse como el ansia de encontrar esa nueva santidad que se había instalado en su corazón más que en su mente. Él nunca olvidará que para entrar y salir de la Noche fue el amor al prójimo quien le abrió la puerta. En aquellos actos de amor encontró la santidad, o mejor, pienso que aquellos actos de amor eran la verdadera santidad, pues santidad y amor se identifican. Por eso, donde el Antiguo Testamente dice que Dios es santo, san Juan dice que Dios es amor62.

La santidad, la unión con Dios sólo puede realizarse por el amor, porque Dios es amor, y el hombre no es nada más que un animal que ama con el amor divino, depositado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo (Rm 5, 5). De tal manera que le lleva a san Vicente a afirmar que lo importante en la santidad ya no es cumplir la voluntad de Dios, sino cumplirla por amor a Dios

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. La santidad divina es, pues, la misma realidad que el amor, y la santidad humana será ya, para san Vicente, una rela­ción de amor, el encuentro del amor humano con el amor divino en los pobres64. Esta es la gran paradoja divina: que la santidad que refleja la alteridad de Dios con el mundo, lo incorpora a su santidad. De ahí la preocupación de insistir tanto a las Hermanas como a los misioneros en hacer oración y no salir nunca de ella.

Desde noviembre de 1618 hasta septiembre de 1619, san Vicente dialogó frecuentemente con san Francisco de Sales que se hallaba en París y quedó subyugado por su bondad. Su amis­tad le afianza en la nueva experiencia de santidad que había descubierto en el trato con la gente de Folleville, Chátillon y de los pueblos que misionaba. La unión directa con el único Santo es una exigencia de la santidad, pero incompleta. La santidad ya no es para él una línea recta hacia Dios, sino un rayo que zigzaguea de pobre en pobre donde encontramos a Dios. Idea que ya nunca abandonará, explicándosela a los misioneros: «Santo Tomás pro­pone la cuestión siguiente: ¿quién es el que más merece, el que ama a Dios y descuida el amor al prójimo o el que ama al próji­mo por amor de Dios? Y da él mismo la respuesta, diciendo que es más meritorio amar al prójimo por amor de Dios que amar a Dios sin entrega al prójimo… ya que la perfección de la ley con­siste en amar a Dios y al prójimo. Dadme a un hombre que ame sólo a Dios, un alma elevada en contemplación que no piense en sus hermanos; esa persona, sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios… se detiene a saborear esa fuente infini­ta de dulzura. Y he aquí otra persona que ama al prójimo, por muy vulgar y rudo que parezca, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál de esos dos amores creéis que es el más puro y desintere­sado? Sin duda el segundo, pues de ese modo se cumple la ley más perfectamente»65.

Hay varios datos que confirman que Vicente de Paúl, ha ido cambiando el sentido de la santidad, debido al trato con la gente en las misiones, primero; por influencia de san Francisco de Sales, después, y finalmente por el encuentro con las señoras de las Caridades y las Hijas de la Caridad. Primer dato, en 1602, cuando san Francisco de Sales frecuenta el círculo de Acarie, se manifiesta un contraste radical entre la concepción salesiana de santidad y la beruliana66. Segundo dato, cuando en 1618 san Vicente encuentra a san Francisco de Sales, cuyos libros había leído, queda atado a su mentalidad sobre la santidad y el amor, de tal manera que le dice a santa Luisa que lea el Tratado del amor de Dios, especialmente en lo que toca a la voluntad de Dios y a la indiferencia, y que haga los Ejercicios siguiendo la Intro­ducción a la vida devota, que, por su parte, santa Luisa se lo recomienda también a las Hermanas de Angers67. Tercero, pien­so que este cambio de postura ante la santidad fue la causa prin­cipal por la que Olier, beruliano convencido, dejó en 1635 la dirección de san Vicente para tomar la del P. Condren, superior del Oratorio.

La santidad es expansiva

Este nuevo concepto de santidad no es que sea más moderno, es que es el único cristiano y evangélico. No olvidemos que la santidad no es estática, porque Dios tampoco lo es. Dios sale al encuentro del hombre para que participe de su vida divina en un intento de poner la santidad en la historia del mundo. La santi­dad es algo dinámico, es la energía divina que se comunica a los hombres, les sale al encuentro, y en ese encuentro el hombre des­cubre el mundo divino.

San Vicente de Paúl comprendió bien lo que es la santidad de Dios, que no separa, sino que penetra en el mundo a través de Jesucristo, llamando a ser santos no a las personas únicamente individuales, sino a toda la humanidad, y que, por lo tanto, mien­tras haya pobres no puede haber santidad en el mundo, porque la pobreza es la negación de Dios y la destrucción de la Iglesia a la que Jesús incorpora a los bautizados, formando un cuerpo místico, cuya cabeza es Él y cuyo espíritu es el Espíritu Santo, y firmando la alianza de hacer santos a los hombres si cumplen el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente y al prójimo como a uno mismo (Lc 10, 27), o más conciso aún, si se aman unos a otros como Él nos amó (Jn 13, 34). San Vicente lo concretizó en amar y servir a los pobres: «¡Por la caridad, por Dios, por los pobres! Si conociera usted su felicidad, hermana, se sentiría realmente llena de gozo; pues, haciendo lo que usted hace, cumple la ley y los profetas, que nos mandan amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nos­otros mismos. ¿Y qué mayor acto de amor se puede hacer que entregarse a sí mismo por completo, de estado y de oficio, por la salvación y el alivio de los afligidos? En eso está toda nuestra perfección»68.

Caridad perfecta

San Vicente, al equiparar la santidad con la caridad perfecta, no la considera tanto cualitativamente —en grado sumo—, cuanto extensivamente: abarcando a Dios y al prójimo. Y es que para san Vicente, si Dios llama a todo un pueblo y le hace santo, por­que ha visto su aflicción y quiere liberarlo de sus opresores, y si Jesús reúne a los bautizados en Iglesia y la convierte en su espo­sa santa, para liberar especialmente a los pobres, quiere decir que la santidad es solidaria con los pobres69. Por eso, san Vicente, siguiendo a san Lucas (6, 36), a la santidad la llamará compa­sión: «El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compa­sión en el estado glorioso que posee desde toda la eternidad en el cielo, quiso hacerse hombre y pontífice nuestro, para compa­decer nuestras miserias. Para reinar con él en el cielo, hemos de compadecer, como él, a sus miembros que están en la tierra. Los misioneros deben estar llenos de este espíritu de compasión, ya que están obligados, por su estado y su vocación, a servir a los más miserables, a los más abandonados y a los más hundidos en miserias corporales y espirituales»70.

Y si la santidad se identifica con la compasión quiere decir que la santidad es personal ciertamente, pero en relación comu­nitaria con el pobre. Así nos explicamos que, al ir creciendo su experiencia de la presencia compasiva de Dios en los pobres, la plasmará en aquel texto tan conocido: «No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exte­rior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuen­cia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos repre­sentan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los genti­les y por piedra de escándalo entre los judíos; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo !»71.

Y si la santidad en el hombre, aunque sea personal, está en relación con Dios y con los hombres, conviene volver a lo dicho anteriormente. Santidad quiere decir que en Dios no hay nada terreno ni mundano, en Dios sólo hay divinidad, Dios es puro Dios, y así la santidad se identifica con su simplicidad72. La con­clusión que pone san Vicente es que no puede existir santidad en los hombres si no buscan la unión. Y aunque alguna vez la pone como objetivo del amor de Jesucristo, recomendándosela a los misioneros que marchaban a Irlanda73, la mayoría de las veces la pone como fruto del amor en la Trinidad que hace la unión de las tres Personas divinas, modelo de la unión comunitaria74. Pues la unión es la manifestación humana de la simplicidad divina, de la pura divinidad, o sea, de la santidad trinitaria lograda por el amor divino que llamamos, al igual que san Vicente, Espíritu Santo.

Santidad y revestirse del Espíritu de Jesucristo

Por el amor, el Padre envía al mundo a Jesús como portador de la santidad, y desde entonces en la Humanidad de Cristo tene­mos un camino llano y asequible de encontrar la santidad a tra­vés del seguimiento. Copiando a san Pablo escribirá san Vicente al P. Portail: «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar ocul­ta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo»75, pues «debemos formar nuestros afectos sobre los de Jesucristo para que sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfec­ción. Los santos son santos por haber seguido sus huellas… Por eso, hay motivos para esperar de la divina bondad que pondrá en nuestra alma todas las virtudes que nos harán agradables a sus ojos y nos concederá la gracia de seguir de cerca a Jesucris­to y de vivir su vida»76.

Los hombres no pueden ser santos si no se unen a la huma­nidad de Cristo e imitan sus virtudes, porque la humanidad de Cristo es el único lugar en la tierra donde encontramos la santi­dad al ser la única que está intimamente unida a la divinidad. Cuando san Vicente dice que Jesucristo es el adorador de la divi­nidad del Padre, quiere decir que es adorador de la santidad del Padre77, y que al ser enviado al mundo con el encargo de traernos la santidad, nos implica a seguirlo y a unirnos a su humanidad en una comunión de vida y en una continuación de su misión. De ahí dos consecuencias: primera, que participar en la Eucaris­tía y comulgar frecuentemente son imprescindible para alcanzar la santidad78; y segunda, que ya sólo se puede ser santo desde los pobres, continuando su misión de evangelizar y santificar a los pobres, pues si los pobres son el lugar teológico donde encon­tramos a Dios, son también el lugar santificador donde encon­tramos la santidad. No es extraño que un día escribiese a un misionero: «¡Qué felicidad para usted poder trabajar en lo que él mismo hizo! El vino a evangelizar a los pobres, y ésa es también su tarea y su ocupación. Si nuestra perfección se encuentra en la caridad, como es lógico, no hay mayor caridad que la de entre­garse a sí mismo por salvar a las almas y por consumirse lo mismo que Jesucristo por ellas»79. O que lo imprimiera en el comienzo de las Reglas de los misioneros80 y de las Hijas de la Caridad81.

No es enteramente la santidad que enseñaba Bérulle ni tam­poco en su totalidad la que aconsejaba san Francisco de Sales, es la santidad que ha descubierto Vicente de Paúl, más asequi­ble a los pobres y más apropiada para quienes se entregan a su servicio y evangelización. El armazón del edificio espiritual de san Vicente seguirá siendo beruliano. De san Francisco de Sales tomará los materiales y hasta la pintura, pero los planos de ese edificio que encierra la santidad los fue diseñando él a lo largo de su experiencia de vida. Y llama la atención que logra admira­blemente unir la santidad ontológica, en cuanto unión con la divinidad en Jesucristo, con la santidad ética o moral alcanzada a través de la respuesta a la acción del Espíritu Santo en nos­otros. Se ve claro cuando identifica la santidad vicenciana con revestirse del Espíritu de Jesucristo: «Para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo… Esto quiere decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imi­tar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto sig­nifica también que nosotros no podemos nada por nosotros mis­mos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo… (La Compañía) siempre ha deseado revestirse del espíritu del evangelio, para vivir y para obrar como vivió nues­tro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la com­pañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular.

Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habi­ta personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu»82.

Fundadas las Caridades, la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad, viene la etapa final en la vida y en la mentalidad de san Vicente sobre la santidad. Las Voluntarias, los Misioneros y las Hermanas están llamados a la santidad, como todos los cristianos. Pero cada uno según su estado. La santidad es única: unirse a Dios incorporándose a la Humanidad de Cristo, pero el camino es diferente según cada estado y cada persona. A cada Institución que él ha fundado y a cada uno de sus miembros hay que darle el espíritu de Jesu­cristo, pero apropiado a su vida y a su servicio evangelizador. En el bautismo el Espíritu Santo nos ha santificado, nos ha hecho hijos adoptivos del Padre, partícipes de su naturaleza divina, nos ha incorporado a Cristo y, para que desarrollemos esta vida divina, nos ha dado gratuitamente el don de su presen­cia, las virtudes teologales y los dones —esas disposiciones que nos capacitan para ser iluminados y guiados por el Espíritu divino—. Es decir, la santidad es un don gratuito de Dios, es el don del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el gran obrero del Padre que trabaja en el interior de los hombres para darles las mismas cualidades que depositó en el Hombre Jesús e incorporarlos a su Humanidad. Dejarse conducir por el Espíritu de Jesús —que es el Espíritu Santo— es el verdadero seguimiento. Dejarse conducir produce la responsabilidad personal de vivir de tal manera que su influjo abarque toda la existencia. Aquí reside la ética o moral de la san­tidad en el hombre: en que depende de nosotros permitir al Espí­ritu divino que nos una a Jesucristo. ¿Cómo lo expresamos los vicencianos en la vida de comunidad y en el servicio? A través de las virtudes propias de nuestro Espíritu. La señal de que te dejas conducir por su Espíritu, el camino para incorporarse a Cristo son las famosas tres o cinco virtudes que conforman nues­tro espíritu. Para ello hay que vaciarse de uno mismo y revestir­se del Espíritu de Jesús. Y en esto consiste la santidad de los vicencianos: adquirir el espíritu propio, revistiéndose del Espíritu de Jesucristo, a través de la humildad, sencillez y caridad o humildad, sencillez, mansedumbre, mortificación y celo por las almas. Pero teniendo en cuenta que la persona humana, cierto, siempre es y está en relación con la santidad divina, pero también en relación con la santidad de la comunidad, pues la llamada a la santidad se dirige, al mismo tiempo, a cada persona individual y a toda la comunidad.

Claro que ello es hacer la voluntad de Dios, claro que para ello tienes que desprenderte de todo lo mundano que lo impida, claro que para ello tienes que llegar a sentir la presencia del Espí­ritu en la oración, claro que para ello tienes que incorporarte a la Humanidad de Cristo y vivir de una manera heroica sus virtu­des. Son caminos diferentes que nos destierran y nos conducen a la única santidad: la unión con el Dios tres veces santo.

  1. Más largo sería explicar la equivalencia entre santidad y experiencia de vida teologal o expresión del misterio pascual, que modernamente suelen usar algunos teólogos.
  2. André COMPTE-SPONVILLE, Diccionario filosófico, Paidós, Barcelona 2005 (vocablo «Perfecto»).
  3. SVP,XI,211-212.
  4. Ver Rafael ORTEGA, «La vida de perfección cristiana» en Vicente de Paúl evangelizador de los pobres, CEME, Salamanca 1973, pp. 245-246.
  5. El Concilio Vaticano II dedica el capítulo V a la «vocación universal a la santidad en la Iglesia». Habla de santidad y muy poco de plenitud de vida cristiana o de perfección. San Vicente emplea indistintamente las palabras santidad y perfección, pero cuando habla de perfección lo hace en el sentido de perfeccionarse, de tender a, de trabajar por, de una meta hacia la que hay que tender plus ultra (XI, 384).
  6. San Vicente decía: advierto «a los que me piden consejo para recibir el sacerdocio que no se comprometan a ello si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a Nuestro Señor por la práctica de sus virtudes y las demás señales seguras de que su divina bondad les ha llamado a ello» (VII, 396). Ver René TAVENEAUX, Le catholicisme dans la France clas­sigue 1610-1715, t. I, S.E.D.E.S. Paris, 1980, pp. 158-159.
  7. SVP, I, 546.
  8. Ver Pierre GOUBERT, El Antiguo Régimen. Vol. 1 y 2, Siglo xxi, Madrid 19803; ID. Cent mille provinciaux au xvne siécle. Beauvais et le Beauvaisis de 1600 á 1730, Flamarion, Paris 1968; Boris POR-CHNEV, Les soulévernents populaires en France de 1623 á 1648, S.E.V.P.E.N, Paris 1963; Jean-Pierre GUTTON, La société et les pauvres en Europe (xwe – xvine siécles) FUF, Paris 1974 ; Robert MANDROU, Francia en los siglos XVI/ y Km, Labor, Barcelona 1973; Emmanuel LE ROY LADURIE, Les paysans de Languedoc, t. 1, S.E.V.P.E.N., Paris, 1966; Marcel MARION, Dictionnaire des Institutions de la France aux xvne et xvme siécles, Edit. A. & J. Picard & Cie., Paris 1968 (Réim­pression de la éd. Originale de 1923); Guy CABOUDIN / Georges VIARD, Lexi­que historique de la France d’ancien Régime, Armand Colin, Paris 1978.
  9. Ver Charles BLANC, «La parenté de Monsieur Vincent» en Bulletin de la Société de Borda, 1960, ps. 116-128.
  10. Ver Marcel GAUCHET, El desencantamiento del mundo, Trotta/Universi­dad de Granada 2005.
  11. Summa Theologica, Supl. 31, 1-2 y q. 36; Concilio de Trento, Sesión XXIII, Decretos sobre la reforma, cp. XIV; c. 12-13 de ref.
  12. Abelly cuenta que hacia 1650 el señor de Fresne le dio mil libras para ayudar a sus parientes, despojados de todo por los soldados y, cuando a duras penas el santo las aceptó, exclamó la frase citada, y continuó: «Pero debo obrar según los movimientos de la gracia, y no los de la naturaleza, y pensar en los pobres más abandonados, sin detenerme por los lazos de amistad, ni de paren­tesco» (L. 3°, cp. XIX, p. 745-746). Asimismo le conmovió el hecho de aquel sacerdote, que había abandonado la Congregación de la Misión y que en una ocasión le había salvado la vida a san Vicente; le había pedido varias veces su readmisión, pero en vano. Se le ocurrió la idea de recordarle al santo el servi­cio que le había prestado. Ante aquel recuerdo el santo se dejó conmover y le dirigió una carta de la que Collet nos conserva sólo estas palabras. «Venga, padre, y le recibiremos con los brazos abiertos» (V, 516).
  13. SVP, I, 523.
  14. SVP, IX, 493; IX, 693.
  15. SVP, II, 34.
  16. SVP, I, 133, 150, 405.
  17. SVP, XI, 212-213; ABELLY, III, C. V, 32. Ver Benito MARTÍNEZ, La Seño­rita Le Gras y santa Luisa de Marillac, CEME, Salamanca 1991, p. 131-140.
  18. Ver la conferencia a los misioneros, sobre la pérdida de la finca de Orsigny, donde deduce que Dios se la ha quitado, porque castiga a los que ama (SVP, XI, 363s); o la repetición de oración sobre los malos sacerdotes causantes de que Dios castigue a la Iglesia y al mundo (SVP, XI, 204-207).
  19. SVP, I, 1311.
  20. SVP, XI, 530, 532.
  21. Así Giuseppe TOSCANI, C. M., vocablo «Dios» en Diccionario de espiri­tualidad vicenciana, CEME, Salamanca 1995, p. 134.
  22. De ahí que en la conferencia que dio a los misioneros el 7-03-1659 sobre la conformidad con la voluntad de Dios, inspirada en la Régle de perfection que el capuchino Benito de Canfield había publicado en París (Chastellain) en 1609, únicamente se detiene en las dos primeras partes y no en la tercera que trata de la voluntad esencial de Dios o vida supereminente.
  23. SVP, XI, 273. Por poner unas citas: las Reglas, las conferencias sobre la vocación de las Hijas de la Caridad (5 y 19 julio 1640), sobre el espíritu de la Compañía (2, 9, 24 febrero 1653), sobre la conservación de la Compañía (25-05-1654); sobre finalidad de la Congregación de la Misión, sobre sus miembros, las máximas evangélicas y el Reinado de Dios (6, 13 de diciembre de 1658 y 14, 21 febrero 1659).
  24. SVP, I, 173; IX, 385.
  25. Conferencia del 7 de marzo de 1659 sobre la conformidad con la volun­tad de Dios (XI, 445 ss). Ver la piadosa astucia del santo: «Toca al superior mirar no solamente por las cosas espirituales, sino que ha de preocuparse tam­bién de las cosas temporales; pues, como sus dirigidos están compuestos de cuerpo y alma, debe también mirar por las necesidades del uno y de la otra, y esto según el ejemplo de Dios que, ocupado desde toda la eternidad en engen­drar a su Hijo, y el Padre y el Hijo en producir al Espíritu Santo, además de estas divinas operaciones ad intra creó el mundo ad extra, ocupándose continuamente en conservarlo con todas sus dependencias y produciendo todos los años nuevos granos en la tierra y nuevos frutos en los árboles, etc… Esta consideración me parece muy oportuna para hacerle comprender que no debe dedicarse únicamen­te a lo que es más elevado, como son las funciones que se refieren a las cosas espirituales, sino que además es preciso que el superior, que en cierto modo representa toda la amplitud del poder de Dios, atienda a las más menudas cosas temporales, sin creer que esta atención es indigna de él. Así pues, entréguese a Dios para buscar el bien temporal de la casa adonde va. El Hijo de Dios, al enviar al principio a sus apóstoles, les recomendó que no llevasen dinero; pero luego, al crecer el número de sus discípulos, quiso que hubiera uno del grupo qui locu­los haberet. Y que se cuidase, no sólo de alimentar a los pobres, sino también de atender a las necesidades de sus compañeros. Más aún, dejó que algunas muje­res fuesen tras él por este mismo fin, quae ministrabant ei. Y si manda en el evangelio que nadie se preocupe por el día de mañana, esto debe entenderse de no estar demasiado apurado ni solícito por los bienes de la tierra, pero no de que tengamos que descuidar por completo los medios para poder vivir y vestirnos; de lo contrario, no sería necesario sembrar» (SVP, XI, 241).
  26. SVP, I, 126.
  27. SVP, I, 340.
  28. SVP, I, 407.
  29. SVP, I, 274.
  30. SVP, I, 81.
  31. Pedro COSTE, El gran Santo del gran siglo. El Señor Vicente, t. I, CEME, Salamanca, 1990, p. 25.
  32. SVP, XI, 42.
  33. SVP, V, 540.
  34. SVP, VII, 396.
  35. San Vicente decía a los misioneros: «Al comienzo de la Iglesia… había muy pocos sacerdotes; sólo se ordenaba a los necesarios, según los beneficios que había; y cuando un sacerdote fallecía, aquel que había sido escogido para el beneficio, tomaba las órdenes, de forma que muchas veces se le nombraba antes de ser sacerdote; pero por fin se creyó más conveniente y oportuno, y hasta necesario, que hubiera más sacerdotes. Por eso, aunque no hubiera nin­gún beneficio, recibían las órdenes con un título de patrimonio, y así aumentó el número de sacerdotes. Pues bien, este título es diferente según los lugares, o al menos los señores obispos piden más en un sitio que en otro: en París se necesitan 50 escudos, en otras partes 100, y en otras basta con 80; algunos hay que se contentan con 50 libras, más o menos» (XI, 139-140).
  36. Louis COGNET, Histoire de la Spiritualité chrétienne. T 3: La Spiritualité moderne, Aubier, Paris 1966, p. 233-273.
  37. Ver Hermano John DE TAIZÉ, La aventura de la santidad. Fundamentos bíblicos y perspectivas actuales, PPC, Madrid 2000; Ambroise-Marie CARRÉ, La sainteté, Cerf, Paris 2004.
  38. Paul CocHols, Bérulle et l’École frawaise, Seuil, Paris 1963, p. 68-77.
  39. SVP, XI, 584.
  40. SVP, IX, 708, XI, 307, XI/4, 519, 650-651; ver III, 459.
  41. Gratia non tollit naturam, sed supponit, sanat, pmficit et elevat eam, es un adagio teologal.
  42. Cp. 15 y 17 del evangelio y 1 Jn 2, 15-17.
  43. SVP, I, 305.
  44. SVP, IX, 845, 759.
  45. SVP, IX, 32-33.
  46. SVP, XI, 212.
  47. SVP, XI, 845, 726.
  48. SVP, III, 151.
  49. Noche, 1, 8-9; Subida, II, 17; Llama, can. 3, vr. 3, n. 33-36.
  50. SVP, XI, 725-726.
  51. Louis LALLEMEANT, La doctrine spirituelle, DDB, 1959; Javier GARRI­DO, Proceso humano y Gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristiana, Sal Terrae, Santande1996, p. 375 ss. Frangois-Regis WILHÉLEM, Dociles á l’Esprit, Éd. des Béatitudes, CORDES 2004, p. 40 ss.
  52. SVP, IX, 385-388.
  53. SVP, XI, 432, 436, XI, 691; Deus virtutum es la traducción que hace la Vulgata de Dios Sebaot (Sal 79, 5. 8; 83, 9; …)
  54. SVP, V, 401; IX, 305; XI, 325.
  55. Ver la conferencia a las Hermanas sobre Humildad, caridad, obediencia, paciencia del 14-07-1658, y a los misioneros Sobre la finalidad de la Congre­gación de la Misión del 6-12-1658.
  56. SVP, II, 107.
  57. SVP, XI, 384-385.
  58. SVP, IX, 1176.
  59. El Papa Benedicto XIV, siendo el Cardenal Prospero Lorenzo Lamberti­ni publicó, entre 1734 y 1738, los cinco volúmenes de su extensa obra «Sobre la beatificación de los siervos de Dios y la canonización de los beatos», cuya idea central es la heroicidad de las virtudes. Y esta mentalidad aparecerá en las biografías de san Vicente desde su canonización en junio de 1737 por el Papa Clemente XII.
  60. IX, 309.
  61. Ver el artículo del Cardenal Ratzinger (Benedicto XVI) en «L’Orserva­tore Romano» (6-08-2002).
  62. Lv 19, 2; 20, 7-8.26; 22, 31-33; 1 In 4, 7-8.
  63. Vale la pena poner todo el texto: «Uno de nuestros hermanos clérigos, en la repetición de la oración que le mandó hacer nuestro veneradísimo padre, dijo que no era suficiente hacer las cosas que Dios nos pide, sino que había que hacer esas cosas por amor de Dios. Entonces el padre Vicente tomó la palabra y le dijo a aquel buen hermano: Hermano mío, acaba usted de decir una cosa que es preciso pensar y considerar, y ruego a Dios que le bendiga. En efecto, padres y hermanos míos, no basta con hacer las cosas que Dios nos ordena, sino que además es preciso hacerlas por amor a Dios; cumplir la voluntad de Dios, y cumplir esa misma voluntad de Dios según su voluntad, es decir, lo mismo que nuestro Señor cumplió la voluntad de su Padre durante su estancia en la tierra» (SVP, XI, 309).
  64. Ver el texto tan tierno y profundo a los misioneros: «Me acuerdo, a pro­pósito de esto, de una idea del obispo de Ginebra, que decía con palabras muy divinas y dignas de tan gran hombre: «No me gustaría llegar a Dios, si Dios no viniese hacia mí». ¡Palabras admirables!… Estas palabras brotan de un corazón perfectamente iluminado en esta ciencia del amor. Si esto es así, un corazón verdaderamente lleno de caridad, que sabe lo que es amar a Dios, no querría ir hacia Dios, si Dios no se adelantase y lo atrajese por su gracia» (SVP, XI, 136). Se podrían analizar las semejanzas en los sentimientos sobre el amor entre san Vicente y santa Luisa de Marillac y también algunas peculiaridades exclusivas de santa Luisa: ver Benito MARTÍNEZ, C. M., La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac, CEME, Salamanca, 1991, p. 148 ss.
  65. SVP, XI, 552.
  66. Étienne-Marie LAJEUNIE, St Franlvis de Sales et l’esprit salésien, Édi­tions du Seuil, Paris 1962, p. 62-65.
  67. Tratado del Amor de Dios, L. VIII y IX; SV. 149, 213; SL. 77, 681.
  68. SVP, VII, 326. Idea repetida en la Conferencia del 17 de julio de 1640: Sobre la Vocación de las Hijas de la Caridad.
  69. Las citas son muchas, bastan unas cuantas: SVP, IV, 229; V, 63, 553; IX, 160, 374; IX, 956, 989; X, 347.
  70. SVP, XI, 771.
  71. SVP, XI, 725.
  72. Idea muy repetida por santa Luisa expresada con las frases pureza de intención y pureza de amor o puro amor (E 14, 23, 33, 55, 87 y especialmente E 105).
  73. «Estad siempre unidos y Dios os bendecirá; pero que esta unión sea por la caridad de Jesucristo, ya que toda otra unión que no esté cimentada con la sangre de este divino Salvador no puede subsistir. Por tanto, tenéis que estar unidos entre vosotros en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo» (SVP, XI, 71).
  74. SVP, IV, 229; IX, 956; XI, 548-549.
  75. SVP, I, 320.
  76. SVP, XI, 524.
  77. SVP, VI, 370; XI, 411, 416.
  78. Conferencias a las Hermanas del 22 de enero 1646 y del 18 de agosto de 1647.
  79. SVP, VII, 292.
  80. SVP, XI, 416.
  81. SVP, X, 874.
  82. SVP, XI, 410-411.

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