La sangre azul de la caridad (Las Cofradías de la caridad de París) (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. ESPIRITUALIDAD DE LA COMPAÑÍA DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD

Habrá quien piense que la dedicación de aquellas Damas a la caridad no fue sino una moda más de las muchas a las que sue­len ser aficionadas las grandes señoras. Lo podríamos pensar si aquel fenómeno hubiera sido pasajero y no hubiera tenido mucho coste económico. Pero dado que la Compañía quedó ins­tituida con solidez y perduró en el tiempo, y dado que los apor­tes económicos fueron grandes y constantes, hemos de concluir que hubo un espíritu fuerte que alentó y sostuvo la obra. Y es que no hay obra perdurable sin una mística que la mantenga; no hay caridad comprometida sin una espiritualidad que la alimente. Y esta fue la obra mayor de san Vicente: dotar de una espirituali­dad concreta a la buena voluntad de aquellas señoras.

Para empezar, nuestro santo, relacionado con san Francisco de Sales y conocedor de su obra, arraiga en las damas que su per­tenencia a la Compañía y su dedicación a los pobres es una ver­dadera vocación. Cuando en 1647 les anima a perseverar en la obra que han comenzado, les da como razón la vocación a la que han sido llamadas: «Dios es el que les ha inspirado para que abracen esta buena obra… Luego no cabe duda de que Dios las ha predestinado y justificado, con el designio de glorificarlas algún día…». «Él fue quien las eligió desde toda la eternidad para este fin», les repite con frecuencia. Y especialmente cuando las pone en relación con los niños expósitos, les hace ver que es Dios quien las ha llamado para ser sus madres142. No se trata, por lo tanto, de un simple pasatiempo de mujeres ociosas, sino de una verdadera vocación que viene de Dios y que compro­mete la salvación eterna. A partir de esta idea base, podemos rastrear en las palabras que el santo les dirige en sus pláticas la propuesta de una espiritualidad que comparte los rasgos propios del carisma vicenciano.

5.1. UNA ESPIRITUALIDAD CRISTOCÉNTRICA

Quien está en la raíz de toda la espiritualidad vicenciana y de todo impulso de caridad es Jesucristo. En los reglamentos que san Vicente compone para las Damas se repite siempre como primer fin de la Asociación: «honrar a nuestro Señor”. A Él se han de entregar por entero, porque Dios no tolera un corazón partido. Y con los ojos fijos en El, se verán obligadas a portarse como nues­tro Señor, que «se hizo semejante a los pobres viniendo a la tie­rra a instruirlos, a consolarlos y a recomendárnoslos».

5.2. UNA ESPIRITUALIDAD DE ENCARNACIÓN

Estamos ante uno de los rasgos que más se repiten y que mejor identifican a la espiritualidad vicenciana: su firme persuasión de que en el pobre es el mismo Cristo quien se encarna y sale a nues­tro encuentro. La visión parte del capítulo 25 de san Mateo tan citado por nuestro santo. Y así, al hablar de las damas difuntas, dice nuestro fundador que «ellas están ahora gozando en el cielo, ya que saben por experiencia lo bueno que es servir a Dios y asis­tir a los pobres. De ahí que en el día del juicio escucharán estas agradables palabras del Hijo de Dios: ‘Venid, benditas de mi Padre …». Desde esta convicción, les repite con frecuencia que «al visitar a los pobres del hospital y a los pobres niños, visitáis a Dios mismo en ellos», porque «servir a los pobres es servir a Dios». Y no sólo es en los pobres en quienes se encarna el Señor, sino en ellas mismas, que han de «servir de instrumento en manos de Dios», que han de dejar que «sea el mismo Dios quien hable por su boca a los pobres enfermos», que han de «hacer ver y sentir la bondad de Dios a través de su propia bondad».

5.3. UNA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN

La caridad en el pensamiento de san Vicente no es una virtud aislada que se pueda vivir individualmente. Ya en la persona, la caridad ha de estar unida a las otras virtudes. Y a nivel general, la caridad ha de expresar la fraternidad proyectándose desde una vida de comunión. En buena medida, la Asociación de las Damas de la Caridad pudo asentarse porque fue desde el princi­pio una obra aceptada por un grupo. Nunca individualmente se hubiera podido hacer tanto bien. Si se acometieron grandes empresas fue porque se abordaron desde un proyecto común y una espiritualidad de comunión. Por eso les insistía tanto san Vicente en la importancia de las reuniones periódicas. Primero, porque a nuestro Señor le complacen esas reuniones y él mismo prometió estar en medio cuando dos o más se reunieran en su nombre’. Pero es que, además, en las reuniones se animan las damas mutuamente y se instruyen, contraen la mutua caridad entre ellas y siguen el modelo de los discípulos de Jesús. La misma práctica que les inculca san Vicente de comulgar juntas en los sábados de las cuatro témporas así como la costumbre de hacer las visitas por grupos y de preocuparse por las damas enfer­mas y orar por las difuntas infundía en ellas un espíritu de comu­nión imprescindible para su misión.

5.4. UNA ESPIRITUALIDAD DE MISIÓN

Con la terminología y la teología de la época, san Vicente deja claro que el servicio que las Damas realizan transciende la mera asistencia caritativa y se sitúa en el horizonte salvador de Dios. Su labor no es un simple gesto de bondad, sino que «coo­peran a la salvación de esas pobres almas». Tienen que asis­tir, por lo tanto, a los pobres enfermos «corporal y espiritual­mente», dándoles los alimentos y los remedios del cuerpo y preparándoles para los auxilios espirituales que les obtienen la salvación. Por debajo de ese lenguaje propio de aquel sistema, podemos entender que a san Vicente le preocupaba la salud inte­gral de la persona y que por eso insistía en «dar la vida espiri­tual y corporal». Porque nuestro Fundador entiende la misión de los suyos como una participación de la misión de Jesucristo es por lo que insiste en que es a la persona toda a la que hay inte­grar en ese proyecto redentor de Cristo.

5.5. UNA ESPIRITUALIDAD DE COLABORACIÓN

Desde una eclesiología de comunión entendemos hoy que el carisma vicenciano no es una gracia dada a los misioneros e Hijas de la Caridad y al que asociamos a los seglares. El carisma vicenciano es una gracia dada a todos y que compartimos los miembros laicos y «consagrados» de la Familia Vicenciana. Entendemos igualmente que la misión es una responsabilidad compartida no sólo a nivel vicenciano sino con toda la Iglesia. Es por eso por lo que nos abrimos a la colaboración con los diver­sos grupos de nuestra Familia, de nuestra Iglesia o de nuestra sociedad. San Vicente no lo expresaba de esta manera; pero alen­taba una espiritualidad de colaboración que provocaba la cooperación entre los diversos grupos. Las Damas ciertamente conta­ron para sus proyectos con san Vicente y con sus instituciones: con los misioneros, fundamentalmente en la ayuda a las provin­cias devastadas o en el apoyo a las misiones; con las Hijas de la Caridad, que tantas veces se responsabilizaban de las obras con­cretas en relación con los niños expósitos o el Hótel-Dieu; con la Compañía del Santísimo Sacramento; con los sacerdotes de san Nicolás; con otras fundaciones religiosas… Era el amplio espíri­tu de caridad quien las hacía sensibles a las necesidades y abier­tas a la colaboración.

Se trataba, en definitiva, de vivir como verdaderas cristianas y ejercitarse en la práctica de las catorce obras de misericor­dia», por lo que la compasión y la caridad resultaban las virtu­des fundamentales de las Damas. Para mantener vivo ese espíri­tu, san Vicente les proponía una serie de prácticas religiosas: la comunión frecuente por las intenciones del día, la visita al Señor antes de comenzar sus servicios, la oración mental al menos media hora cada día, la misa diaria, la lectura de un libro espiri­tual, el examen general de la noche, la confesión y comunión una vez al mes. Estamos, pues, ante una propuesta seria de vida cristiana que, llevada con fidelidad, alimentaba sin duda la espi­ritualidad de aquellas señoras y las mantenía alerta para ejerci­tarse de continuo en la caridad.

CEME

Santiago Azcárate Gorri

 

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