La sangre azul de la caridad (Las Cofradías de la caridad de París) (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

Llama probablemente la atención el título de esta conferen­cia. Me resultó sorprendente cuando la organización de la Sema­na me lo propuso, y he comprobado después la extrañeza de muchos al escucharlo. Se aclara el concepto cuando se lee la últi­ma biografía de san Vicente firmada por el P. Mezzadri. Al hablar de las fundaciones entre 1625 y 1633, y al referirse con­cretamente a la Caridad del Hótel-Dieu de París, utiliza el autor esa expresión antes de introducir a toda una serie de nombres linajudos entre los miembros de esa Caridad. Y comenta sagaz­mente Mezzadri que «la institución, que antes era designada por el objeto, esto es, cofradía de caridad, de ahora en adelante será reconocible por el sujeto: las damas de la caridad».

De todos es conocida la expresión «sangre azul», expresión de origen español y que se ha extendido a otros idiomas. Indica, como sabernos, noble cuna o ascendencia aristocrática. Y parece referirse a los individuos que, por no realizar trabajos físicos ni sufrir las inclemencias del tiempo, mantenían una piel pálida en contraste con la de los campesinos o artesanos, de piel más cur­tida y oscura. Las venas de aquellos privilegiados, vistas a través de una piel blanquecina y transparente, tenían un aspecto azulado, por lo que fueron etiquetados como personajes de «sangre azul». A este grupo pertenecían ciertamente aquellas primeras damas de la Caridad del Hótel-Dieu, y de ahí la pertinencia del apelativo.

Hay, sin embargo, en la segunda parte del título propuesto para la conferencia una acotación ambigua. Formulado el tema, «La sangre azul de la Caridad», se añade después como elemen­to explicativo un enunciado equívoco: «las cofradías de la cari­dad de Paris». Parece sugerirse de ese modo que estas cofradías son el cauce de caridad de aquella sangre azul. Y esto no es del todo exacto. Porque antes de que se fundaran las Damas de la Caridad en 1634, estaban ya establecidas en diversas parroquias de París las Cofradías de la Caridad desde 1630, habiendo sido la parroquia de san Salvador la primera en acogerlas.

Es necesaria, por tanto, una clarificación de los conceptos, por lo que vamos a empezar situando la aparición de las Damas de la Caridad (las de «sangre azul») en lo que fue la evolución de las Cofradías laicales de Caridad fundadas por san Vicente4.

  1. DE LAS COFRADÍAS DE LA CARIDAD A LAS DAMAS DE LA CARIDAD

Resulta curioso lo decisivo que llega a ser para san Vicente, y para todas sus fundaciones, el año 1617. Fue decisivo para la Congregación de la Misión, ya que el propio santo refiere al ser­món predicado en Folleville el 25 de enero de ese año el germen de la Congregación5. Y fue decisivo para todas las fundaciones caritativas, ya que era el 8 de diciembre de ese mismo año 1617 cuando san Vicente erigía oficialmente la Cofradía de Caridad en Chátillon. «Todo este bien proviene de ahí», les explicará des­pués a las Hermanas cuando les hable de su propia fundación6; por lo que Cofradías, Hijas de la Caridad y Damas de la Caridad están íntimamente relacionadas con este hecho.

1.1. CHÁTILLON Y LA PRIMERA COFRADÍA DE LA CARIDAD: 1617

«Todo este bien proviene de ahí»: Todo comienza en Chátillon. Y conocemos bien el suceso, tanto porque lo relata el pro­pio san Vicente como porque lo han estudiado multitud de vicencianistas8. Sabemos, por eso, del pueblo y del cura, de la mujer compasiva y de la familia enferma, de la persuasión de san Vicente y de la respuesta caritativa de la gente. Pero sabemos, sobre todo, la intuición que le sobrevino al santo al regreso de su visita a la casa: «¿No se podría intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarles a entregarse a Dios para servir a los pobres enfermos?».

Abandonándose a ese impulso, san Vicente reúne a un peque­ño grupo de ocho mujeres el 23 de agosto, dejando él mismo acta de su puño y letra de la identidad de las concurrentes y del con­tenido de la reunión. Les habló, según comenta a las Hermanas años después, de que podían remediarse grandes necesidades con mucha facilidad. «Inmediatamente, añade el santo, se deci­dieron a ello. Tras un corto tiempo de funcionamiento satis­factorio, el grupo tiene ya el 24 de noviembre de 1617 nombre oficial (Cofradía de la Caridad), un reglamento y la aprobación del arzobispo de Lyon. A los pocos días, el 8 de diciembre, en el nombre de la Trinidad y en la capilla del Hospital de Chátillon-les-Dombes, Vicente de Paúl procede a la erección de la Cofradía y se pasa a la elección de los cargos.

Conservamos los Reglamentos primeros, el «General de las Caridades de mujeres», en su versión breve y más larga, y el de la «Caridad de mujeres de Chatillon-les-Dombes», de 1617. En ellos se describe el fin de la Cofradía: honrar a nuestro Señor y a su santa Madre, y asistir a los pobres enfermos de los lugares en donde está establecida, corporal y espiritualmente. Se habla de quienes la componen: un número fijo y limitado de mujeres, viudas y muchachas, que toman el nombre de «sirvientas de los pobres o de la caridad». Se concreta la estructura de las Asam­bleas y administración, así como los cargos y su duración: la superiora o directora, la tesorera o primera asistenta, y la guarda-muebles o segunda asistenta. Todas ellas son elegidas por mayoría de votos para dos años. Con el beneplácito del párroco se elige también un hombre bueno de la parroquia como procurador. Se concreta después el servicio a realizar por las hermanas de la cofradía, tanto en la atención espiritual (Misas, confesión, comunión, etc.) como corporal (comidas, alimentos, abstinencia, etc.). Y se indican diversos actos de piedad que han de practicar para «mayor honra y gloria de Dios».

Encontramos ahí buena parte de los elementos distintivos de las Cofradías que después se irán desarrollando y dotando de una espiritualidad más propia: el carácter eclesial de la Asociación, su decidida vocación laical, la condición femenina de sus miem­bros, la preocupación por un servicio integral a los pobres, el afán organizativo, el cuidado de la formación de las socias, el interés posterior de san Vicente de que dependan orgánicamente de la Congregación de la Misión.

Y nos apercibimos, a decir de Mezzadri, de unos cuantos aspectos que revelan la originalidad del planteamiento de san Vicente: frente al individualismo renacentista solapado en el humanismo, el subrayado de la comunidad solidaria; frente a la concepción de la parroquia como lugar de culto y administra­ción, su relevancia como foco de caridad; frente a la tendencia a marginar a los pobres, la voluntad de compartir; frente a una Iglesia deslumbrante por su influencia y poder, la Iglesia de la caridad; frente al menosprecio de la mujer, su valoración en la sociedad y en la Iglesia; frente al descuido de los pobres y la limosna ocasional, la cercanía a ellos y la caridad organizada16. Todo comenzó en Chatillon, ciertamente; «todo este bien proce­de de ahí». Y todo se irá desarrollando en la mente de san Vicen­te al compás de la Providencia.

1.2. LAS COFRADÍAS DE LA CARIDAD EN LOS PUEBLOS: 1618-1629

Reclamado incesantemente por la señora de Gondi y someti­do a muchas presiones, decide san Vicente, tras varias consultas, regresar a Paris, a donde llega en la víspera de la Navidad de 1617. Se instala de nuevo en la casa de los Gondi; pero no va a ser ya el preceptor de los hijos, sino el misionero de los pobres campesinos que poblaban las extensas tierras de la familia.

Para finales de enero de 1618, tan solo un mes después de su llegada, Vicente da su primera misión rural en la aldea de Villepreux, donde al finalizar la misión dejaría establecida la segun­da cofradía de la Caridad. Esta sería en adelante su práctica habi­tual: fundar caridades en cada uno de los pueblos misionados; de manera que desde 1618 hasta 1625 misionó, según su primer biógrafo Abelly, más de 30 pueblos, dejando en todos como fruto la Cofradía de la Caridad. Así, al nombre de Villepreux le suceden Joigny (9 de septiembre de 1618), Montmirail (11 de noviembre de 1618), Folleville, Paillart y Serevillers (septiem­bre-octubre de 1620). Aún cuando en un principio se habían estructurado como cofradías femeninas, van surgiendo al pronto cofradías mixtas (Joigny en mayo de 1621, Macon en septiem­bre del mismo año, Courboin en junio de 1622, Montreuil en abril de 1627) e incluso cofradías masculinas, siendo la primera la de Folleville, fundada el 23 de octubre de 1620. Como seña­la el P. Román, el éxito de estas cofradías mixtas y masculinas fue relativo, por lo que se acabó prescindiendo de ellas.

Los Reglamentos que conservamos de todas esas Cofradías, además de que reflejan el espíritu y la actividad ordinaria de las mismas, nos ofrecen, a decir del P. Jean Morin, dos constata­ciones importantes: la fidelidad a un cierto número de principios (estabilidad) y una incesante evolución que se debe a una perma­nente adaptación.

La fidelidad y la estabilidad se sitúan al nivel de lo que para san Vicente era esencial: la fe centrada en Jesucristo, la atención a los verdaderamente pobres, la relación vital entre fe y servicio o entre Jesucristo y los pobres, la estructura comunitaria y la forma colegial y democrática de la institución (asambleas, voto secreto, decisiones por mayoría). Estos cuatro elementos aparecen constantemente en todos los Reglamentos de las Cofradías.

La evolución de las Cofradías se centra más en el servicio y se debe a una continua adaptación. Se observa esa evolución en aspectos triviales como el cambio de menús. Pero es significativa especialmente en relación a las nuevas situaciones de pobreza que van apareciendo. Y así la institución va ampliando su campo de acción desde los pobres a domicilio hasta los enfermos en el Hos­pital, la enseñanza a los niños o la atención a los pobres sin tra­bajo. Incluso a nivel de estructura se puede resaltar la evolución en las Cofradías: previsto para las responsables en un principio el mandato de un año, se ve más conveniente ampliarlo a dos. Se introduce, además, la práctica de pronunciar una promesa renova­ble cada año con el fin de salvaguardar la perseverancia.

Cabe destacar finalmente como hecho reseñable en toda esta primera etapa de las Cofradías el papel jugado por Margarita de Silly, la señora de Gondi. No sólo apoyó la obra de san Vicente con sus limosnas y visitas a los pobres, sino que respaldó la fun­dación de numerosas cofradías. Su firma aparece en el Regla­mento de Joigny, Montmirail, Folleville o en la súplica de apro­bación de la Cofradía de Courboin dirigida al señor Obispo de Soissons. Estamos ante una mujer de fe profunda y generosidad admirable a la que tanto le deben todas las obras vicencianas.

1.3. LAS COFRADÍAS DE LAS PARROQUIAS DE PARIS: 1630-1634

«La primera intención del señor Vicente, escribe su primer biógra­fo Abelly, era fundar la cofradía solamente en las aldeas, para aten­der a los enfermos pobres… Pero algunas señoras que poseían tierras en sitios donde se habían dado misiones y fundado Cofradías de la Caridad, cuando vieron los grandes frutos que se producían gracias a la asistencia corporal y espiritual de los enfermos pobres, pensaron que se dan en París las mismas necesidades… Ese hecho les sugirió la idea de que la fundación de aquella Cofradía sería muy útil y hasta necesaria para las parroquias de París. Hablaron a los señores Párro­cos, y éstos al señor Vicente, quien así se vio obligado a hacer dicha fundación en las parroquias con gran bendición».

Es en la parroquia de san Salvador donde primero se funda una Cofradía de la Caridad en 1630, según cuenta san Vicente a las Hermanas cuando les habla de Margarita Naseau23. Conser­vamos algunos elementos del Reglamento de esa Caridad24, así como la referencia que san Vicente escribe a santa Luisa en una carta sobre el destino a esa cofradía de la hermana María Joly.

A esta fundación le van siguiendo otras varias como la de san Nicolás-de-Chardonnet en el mismo 1630, parroquia de santa Luisa, que fue la fundadora de esta Caridad y su primera superiora. Es la misma Luisa la que compone el Reglamento de esa Cofradía, por lo que recibe la felicitación de san Vicente: «Es usted una mujer valiente por haber acomodado de esta forma el Reglamento de la Caridad, y me parece bien”.

Tras la Cofradía de san Nicolás le llegó el turno a la de san Benito, tal como se lo anuncia san Vicente a santa Luisa en carta de 1630 o 1631: «Estamos a punto de poner la Caridad en san Benito; pero no sé por qué razón sucede que cada parroquia de París quiere tener algo particular y no desean mantener relacio­nes con las demás. Casi resulta una injuria decirles: en otras partes se hace como aquí. Otras veces se empeñan en hacer un revoltijo, tomando parte de san Salvador, parte de san Nicolás, nuestra parroquia, y otra parte de san Eustaquio». Para Abelly la cofradía de san Benito habría sido anterior a la de san Eustaquio, pero este testimonio de san Vicente parece contradecir esa opinión.

Vendrán después otras fundaciones en las parroquias de san Sulpicio, san Pablo, san Germán de Auxerre, san Andrés, san Juan, san Nicolás de los Campos, san Lorenzo «y, por decir, así, en casi todas las parroquias de la ciudad y los arrabales de París».

Más allá del éxito aparente que revela esa rápida expansión de las cofradías parisinas, está la realidad de los problemas que pron­to se suscitan. Ya san Vicente ha aludido a alguno en la carta sobre la Caridad de san Benito. Y ello no hace sino poner de relie­ve la dificultad de transponer una estructura concebida para las aldeas a una ciudad como París. De todos modos, la dificultad más grave será otra y la apunta san Vicente al hablar de Margari­ta Naseau en otra conferencia a las Hermanas: «Por aquel tiem­po, las Damas de la Caridad de san Salvador, como eran de ele­vada posición, buscaban a una joven que quisiese llevar el puchero a los enfermos». Para nuestro Fundador era esencial al espíritu y al fin de las Cofradías el contacto directo y la relación personal de la servidora de los pobres con los pobres mismos. Si esa relación desapareciera, buscando servidores intermedios por ejemplo, eso significaría un serio peligro para la institución33. Y de esto alerta san Vicente a santa Luisa y por eso, entre otras cosas, acaban apareciendo las Hijas de la Caridad en 1633.

Si nos hemos fijado, santa Luisa ha sido protagonista de toda esta evolución. Y es que ella tuvo una responsabilidad seria con las Cofradías desde 1629. A partir de mayo de ese año, Luisa empezó su trabajo como visitadora de las Caridades. Eran ya muchas las cofradías en marcha y cada una de ellas autónoma, con lo que aparecían los problemas. No había comunicación entre ellas. Además, siendo la mayoría de los miembros gente sencilla, surgían dificultades de organización y decaía el fervor primero. Se hacía necesario entonces que alguien venido de fuera ayudara a detectar los problemas y a orientar las solucio­nes. Es aquí donde aparece la figura de Luisa de Marillac como la persona a la que san Vicente encarga esta tarea.

Cuatro años estuvo santa Luisa dedicada por completo a esta labor, hasta finales de 1633 en que fueron fundadas las Hijas de la Caridad. No podemos recoger todos los detalles de estas visi­tas a las Caridades en las aldeas y en la propia capital, pero sí señalar algunas constantes35: Acompañada de otras mujeres, escoge siempre transportes públicos y alojamientos modestos para probar la suerte de los pobres; ya en las Cofradías, reunía a los miembros y escuchaba detenidamente la relación de trabajos y dificultades; aconsejaba en las decisiones y exhortaba a una vida santa, poniendo ella misma en práctica las recomendaciones; se preocupaba por la formación de los lugareños y proporcionaba medios para mejorar la enseñanza; fomenta la colaboración con los sacerdotes, pero insiste en la autonomía de las Cofradías. Con toda esta experiencia, santa Luisa llegará a revisar los Regla­mentos, redactando personalmente algunos de ellos.

-Su trabajo principal quedaría en adelante consagrado a la conformación de la naciente Cofradía de las Jóvenes de la Cari­dad. Pero aún respaldaría ampliamente a san Vicente en el impulso de otra de sus obras: Las Damas de la Caridad.

1.4. LA COFRADÍA DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD: 1634

Atento siempre a la realidad y dando tiempo a la acción de la Providencia, san Vicente va abriendo nuevas perspectivas en la organización de la Caridad. La ya larga experiencia de las Cofra­días de los campos y la más reciente, y más inmediata para él ahora, de las Cofradías parroquiales de París le ayudan a dar res­puesta, tanto a la problemática suscitada como a las nuevas nece­sidades, con dos nuevas fundaciones: la de la Cofradía de las Jóvenes de la Caridad (1633) y la Asociación de Damas del H6tel-Dieu (1634).

Es curioso cómo también ahora acaba siendo decisiva la intervención de las mujeres: Margarita Naseau con su intuición y santa Luisa de Marillac con su espiritualidad y constancia en el establecimiento de las Hijas de la Caridad. Y Madame Goussault con su impulso generoso en el caso de las Damas de la Caridad. Venía visitando ya ésta a los enfermos del Hótel-Dieu y comprobando el estado calamitoso en que se encontraban. Se le ocurrió entonces crear una cofradía de la Caridad dedicada expresamente a la atención del Hospital, y acudió a san Vicente para que promoviera y dirigiera la empresa. Y ahí acabó metido nuestro santo.

Antes de adentramos en el conocimiento de esta nueva fun­dación, y familiarizados como estamos con la estructura de las Cofradías anteriores, conviene en este momento subrayar las diferencias entre esta nueva y las ya existentes. Según el Regla­mento de Chátillon, el fin de la Cofradía de la Caridad es «asis­tir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización, que porque no hubiera personas caritativas». El Reglamento de de la Compañía de las Damas del Hos­pital de Paris de 1660 establece, sin embargo el fin siguiente: «Esta Compañía ha sido instituida para honrar a la de nuestro Señor, la de su santísima Madre y la de las demás mujeres que le siguieron y le proporcionaron las cosas necesarias a su per­sona y a sus discípulos, y a veces a las gentes que le seguían; lo harán así asistiendo a los pobres enfermos del hospital de París, a los niños expósitos de París, a los forzados destinados a las galeras, y ocupándose en otras obras de caridad proporciona­das a lo que la misma Compañía crea que puede hacerse en las necesidades más urgentes, todo ello sin ninguna obligación ni bajo pecado mortal o venial».

Las motivaciones y el fin en el caso de las Cofradías nacidas en Chátillon es claro: la asistencia a los pobres del propio pue­blo. Las Damas, por el contrario, no están circunscritas a un lugar, sino a unas obras. Adquieren por ello un carácter más uni­versal; de ahí que serán las grandes colaboradoras de san Vicen­te en todas sus empresas, sin límite de fronteras.

CEME

Santiago Azcárate Gorri

 

INTRODUCCIÓN

Llama probablemente la atención el título de esta conferen­cia. Me resultó sorprendente cuando la organización de la Sema­na me lo propuso, y he comprobado después la extrañeza de muchos al escucharlo. Se aclara el concepto cuando se lee la últi­ma biografía de san Vicente firmada por el P. Mezzadri. Al hablar de las fundaciones entre 1625 y 1633, y al referirse con­cretamente a la Caridad del Hótel-Dieu de París, utiliza el autor esa expresión antes de introducir a toda una serie de nombres linajudos entre los miembros de esa Caridad. Y comenta sagaz­mente Mezzadri que «la institución, que antes era designada por el objeto, esto es, cofradía de caridad, de ahora en adelante será reconocible por el sujeto: las damas de la caridad».

De todos es conocida la expresión «sangre azul», expresión de origen español y que se ha extendido a otros idiomas. Indica, como sabernos, noble cuna o ascendencia aristocrática. Y parece referirse a los individuos que, por no realizar trabajos físicos ni sufrir las inclemencias del tiempo, mantenían una piel pálida en contraste con la de los campesinos o artesanos, de piel más cur­tida y oscura. Las venas de aquellos privilegiados, vistas a través de una piel blanquecina y transparente, tenían un aspecto azulado, por lo que fueron etiquetados como personajes de «sangre azul». A este grupo pertenecían ciertamente aquellas primeras damas de la Caridad del Hótel-Dieu, y de ahí la pertinencia del apelativo.

Hay, sin embargo, en la segunda parte del título propuesto para la conferencia una acotación ambigua. Formulado el tema, «La sangre azul de la Caridad», se añade después como elemen­to explicativo un enunciado equívoco: «las cofradías de la cari­dad de Paris». Parece sugerirse de ese modo que estas cofradías son el cauce de caridad de aquella sangre azul. Y esto no es del todo exacto. Porque antes de que se fundaran las Damas de la Caridad en 1634, estaban ya establecidas en diversas parroquias de París las Cofradías de la Caridad desde 1630, habiendo sido la parroquia de san Salvador la primera en acogerlas.

Es necesaria, por tanto, una clarificación de los conceptos, por lo que vamos a empezar situando la aparición de las Damas de la Caridad (las de «sangre azul») en lo que fue la evolución de las Cofradías laicales de Caridad fundadas por san Vicente4.

  1. DE LAS COFRADÍAS DE LA CARIDAD A LAS DAMAS DE LA CARIDAD

Resulta curioso lo decisivo que llega a ser para san Vicente, y para todas sus fundaciones, el año 1617. Fue decisivo para la Congregación de la Misión, ya que el propio santo refiere al ser­món predicado en Folleville el 25 de enero de ese año el germen de la Congregación5. Y fue decisivo para todas las fundaciones caritativas, ya que era el 8 de diciembre de ese mismo año 1617 cuando san Vicente erigía oficialmente la Cofradía de Caridad en Chátillon. «Todo este bien proviene de ahí», les explicará des­pués a las Hermanas cuando les hable de su propia fundación6; por lo que Cofradías, Hijas de la Caridad y Damas de la Caridad están íntimamente relacionadas con este hecho.

1.1. CHÁTILLON Y LA PRIMERA COFRADÍA DE LA CARIDAD: 1617

«Todo este bien proviene de ahí»: Todo comienza en Chátillon. Y conocemos bien el suceso, tanto porque lo relata el pro­pio san Vicente como porque lo han estudiado multitud de vicencianistas8. Sabemos, por eso, del pueblo y del cura, de la mujer compasiva y de la familia enferma, de la persuasión de san Vicente y de la respuesta caritativa de la gente. Pero sabemos, sobre todo, la intuición que le sobrevino al santo al regreso de su visita a la casa: «¿No se podría intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarles a entregarse a Dios para servir a los pobres enfermos?».

Abandonándose a ese impulso, san Vicente reúne a un peque­ño grupo de ocho mujeres el 23 de agosto, dejando él mismo acta de su puño y letra de la identidad de las concurrentes y del con­tenido de la reunión. Les habló, según comenta a las Hermanas años después, de que podían remediarse grandes necesidades con mucha facilidad. «Inmediatamente, añade el santo, se deci­dieron a ello. Tras un corto tiempo de funcionamiento satis­factorio, el grupo tiene ya el 24 de noviembre de 1617 nombre oficial (Cofradía de la Caridad), un reglamento y la aprobación del arzobispo de Lyon. A los pocos días, el 8 de diciembre, en el nombre de la Trinidad y en la capilla del Hospital de Chátillon-les-Dombes, Vicente de Paúl procede a la erección de la Cofradía y se pasa a la elección de los cargos.

Conservamos los Reglamentos primeros, el «General de las Caridades de mujeres», en su versión breve y más larga, y el de la «Caridad de mujeres de Chatillon-les-Dombes», de 1617. En ellos se describe el fin de la Cofradía: honrar a nuestro Señor y a su santa Madre, y asistir a los pobres enfermos de los lugares en donde está establecida, corporal y espiritualmente. Se habla de quienes la componen: un número fijo y limitado de mujeres, viudas y muchachas, que toman el nombre de «sirvientas de los pobres o de la caridad». Se concreta la estructura de las Asam­bleas y administración, así como los cargos y su duración: la superiora o directora, la tesorera o primera asistenta, y la guarda-muebles o segunda asistenta. Todas ellas son elegidas por mayoría de votos para dos años. Con el beneplácito del párroco se elige también un hombre bueno de la parroquia como procurador. Se concreta después el servicio a realizar por las hermanas de la cofradía, tanto en la atención espiritual (Misas, confesión, comunión, etc.) como corporal (comidas, alimentos, abstinencia, etc.). Y se indican diversos actos de piedad que han de practicar para «mayor honra y gloria de Dios».

Encontramos ahí buena parte de los elementos distintivos de las Cofradías que después se irán desarrollando y dotando de una espiritualidad más propia: el carácter eclesial de la Asociación, su decidida vocación laical, la condición femenina de sus miem­bros, la preocupación por un servicio integral a los pobres, el afán organizativo, el cuidado de la formación de las socias, el interés posterior de san Vicente de que dependan orgánicamente de la Congregación de la Misión.

Y nos apercibimos, a decir de Mezzadri, de unos cuantos aspectos que revelan la originalidad del planteamiento de san Vicente: frente al individualismo renacentista solapado en el humanismo, el subrayado de la comunidad solidaria; frente a la concepción de la parroquia como lugar de culto y administra­ción, su relevancia como foco de caridad; frente a la tendencia a marginar a los pobres, la voluntad de compartir; frente a una Iglesia deslumbrante por su influencia y poder, la Iglesia de la caridad; frente al menosprecio de la mujer, su valoración en la sociedad y en la Iglesia; frente al descuido de los pobres y la limosna ocasional, la cercanía a ellos y la caridad organizada16. Todo comenzó en Chatillon, ciertamente; «todo este bien proce­de de ahí». Y todo se irá desarrollando en la mente de san Vicen­te al compás de la Providencia.

1.2. LAS COFRADÍAS DE LA CARIDAD EN LOS PUEBLOS: 1618-1629

Reclamado incesantemente por la señora de Gondi y someti­do a muchas presiones, decide san Vicente, tras varias consultas, regresar a Paris, a donde llega en la víspera de la Navidad de 1617. Se instala de nuevo en la casa de los Gondi; pero no va a ser ya el preceptor de los hijos, sino el misionero de los pobres campesinos que poblaban las extensas tierras de la familia.

Para finales de enero de 1618, tan solo un mes después de su llegada, Vicente da su primera misión rural en la aldea de Villepreux, donde al finalizar la misión dejaría establecida la segun­da cofradía de la Caridad. Esta sería en adelante su práctica habi­tual: fundar caridades en cada uno de los pueblos misionados; de manera que desde 1618 hasta 1625 misionó, según su primer biógrafo Abelly, más de 30 pueblos, dejando en todos como fruto la Cofradía de la Caridad. Así, al nombre de Villepreux le suceden Joigny (9 de septiembre de 1618), Montmirail (11 de noviembre de 1618), Folleville, Paillart y Serevillers (septiem­bre-octubre de 1620). Aún cuando en un principio se habían estructurado como cofradías femeninas, van surgiendo al pronto cofradías mixtas (Joigny en mayo de 1621, Macon en septiem­bre del mismo año, Courboin en junio de 1622, Montreuil en abril de 1627) e incluso cofradías masculinas, siendo la primera la de Folleville, fundada el 23 de octubre de 1620. Como seña­la el P. Román, el éxito de estas cofradías mixtas y masculinas fue relativo, por lo que se acabó prescindiendo de ellas.

Los Reglamentos que conservamos de todas esas Cofradías, además de que reflejan el espíritu y la actividad ordinaria de las mismas, nos ofrecen, a decir del P. Jean Morin, dos constata­ciones importantes: la fidelidad a un cierto número de principios (estabilidad) y una incesante evolución que se debe a una perma­nente adaptación.

La fidelidad y la estabilidad se sitúan al nivel de lo que para san Vicente era esencial: la fe centrada en Jesucristo, la atención a los verdaderamente pobres, la relación vital entre fe y servicio o entre Jesucristo y los pobres, la estructura comunitaria y la forma colegial y democrática de la institución (asambleas, voto secreto, decisiones por mayoría). Estos cuatro elementos aparecen constantemente en todos los Reglamentos de las Cofradías.

La evolución de las Cofradías se centra más en el servicio y se debe a una continua adaptación. Se observa esa evolución en aspectos triviales como el cambio de menús. Pero es significativa especialmente en relación a las nuevas situaciones de pobreza que van apareciendo. Y así la institución va ampliando su campo de acción desde los pobres a domicilio hasta los enfermos en el Hos­pital, la enseñanza a los niños o la atención a los pobres sin tra­bajo. Incluso a nivel de estructura se puede resaltar la evolución en las Cofradías: previsto para las responsables en un principio el mandato de un año, se ve más conveniente ampliarlo a dos. Se introduce, además, la práctica de pronunciar una promesa renova­ble cada año con el fin de salvaguardar la perseverancia.

Cabe destacar finalmente como hecho reseñable en toda esta primera etapa de las Cofradías el papel jugado por Margarita de Silly, la señora de Gondi. No sólo apoyó la obra de san Vicente con sus limosnas y visitas a los pobres, sino que respaldó la fun­dación de numerosas cofradías. Su firma aparece en el Regla­mento de Joigny, Montmirail, Folleville o en la súplica de apro­bación de la Cofradía de Courboin dirigida al señor Obispo de Soissons. Estamos ante una mujer de fe profunda y generosidad admirable a la que tanto le deben todas las obras vicencianas.

1.3. LAS COFRADÍAS DE LAS PARROQUIAS DE PARIS: 1630-1634

«La primera intención del señor Vicente, escribe su primer biógra­fo Abelly, era fundar la cofradía solamente en las aldeas, para aten­der a los enfermos pobres… Pero algunas señoras que poseían tierras en sitios donde se habían dado misiones y fundado Cofradías de la Caridad, cuando vieron los grandes frutos que se producían gracias a la asistencia corporal y espiritual de los enfermos pobres, pensaron que se dan en París las mismas necesidades… Ese hecho les sugirió la idea de que la fundación de aquella Cofradía sería muy útil y hasta necesaria para las parroquias de París. Hablaron a los señores Párro­cos, y éstos al señor Vicente, quien así se vio obligado a hacer dicha fundación en las parroquias con gran bendición».

Es en la parroquia de san Salvador donde primero se funda una Cofradía de la Caridad en 1630, según cuenta san Vicente a las Hermanas cuando les habla de Margarita Naseau23. Conser­vamos algunos elementos del Reglamento de esa Caridad24, así como la referencia que san Vicente escribe a santa Luisa en una carta sobre el destino a esa cofradía de la hermana María Joly.

A esta fundación le van siguiendo otras varias como la de san Nicolás-de-Chardonnet en el mismo 1630, parroquia de santa Luisa, que fue la fundadora de esta Caridad y su primera superiora. Es la misma Luisa la que compone el Reglamento de esa Cofradía, por lo que recibe la felicitación de san Vicente: «Es usted una mujer valiente por haber acomodado de esta forma el Reglamento de la Caridad, y me parece bien”.

Tras la Cofradía de san Nicolás le llegó el turno a la de san Benito, tal como se lo anuncia san Vicente a santa Luisa en carta de 1630 o 1631: «Estamos a punto de poner la Caridad en san Benito; pero no sé por qué razón sucede que cada parroquia de París quiere tener algo particular y no desean mantener relacio­nes con las demás. Casi resulta una injuria decirles: en otras partes se hace como aquí. Otras veces se empeñan en hacer un revoltijo, tomando parte de san Salvador, parte de san Nicolás, nuestra parroquia, y otra parte de san Eustaquio». Para Abelly la cofradía de san Benito habría sido anterior a la de san Eustaquio, pero este testimonio de san Vicente parece contradecir esa opinión.

Vendrán después otras fundaciones en las parroquias de san Sulpicio, san Pablo, san Germán de Auxerre, san Andrés, san Juan, san Nicolás de los Campos, san Lorenzo «y, por decir, así, en casi todas las parroquias de la ciudad y los arrabales de París».

Más allá del éxito aparente que revela esa rápida expansión de las cofradías parisinas, está la realidad de los problemas que pron­to se suscitan. Ya san Vicente ha aludido a alguno en la carta sobre la Caridad de san Benito. Y ello no hace sino poner de relie­ve la dificultad de transponer una estructura concebida para las aldeas a una ciudad como París. De todos modos, la dificultad más grave será otra y la apunta san Vicente al hablar de Margari­ta Naseau en otra conferencia a las Hermanas: «Por aquel tiem­po, las Damas de la Caridad de san Salvador, como eran de ele­vada posición, buscaban a una joven que quisiese llevar el puchero a los enfermos». Para nuestro Fundador era esencial al espíritu y al fin de las Cofradías el contacto directo y la relación personal de la servidora de los pobres con los pobres mismos. Si esa relación desapareciera, buscando servidores intermedios por ejemplo, eso significaría un serio peligro para la institución33. Y de esto alerta san Vicente a santa Luisa y por eso, entre otras cosas, acaban apareciendo las Hijas de la Caridad en 1633.

Si nos hemos fijado, santa Luisa ha sido protagonista de toda esta evolución. Y es que ella tuvo una responsabilidad seria con las Cofradías desde 1629. A partir de mayo de ese año, Luisa empezó su trabajo como visitadora de las Caridades. Eran ya muchas las cofradías en marcha y cada una de ellas autónoma, con lo que aparecían los problemas. No había comunicación entre ellas. Además, siendo la mayoría de los miembros gente sencilla, surgían dificultades de organización y decaía el fervor primero. Se hacía necesario entonces que alguien venido de fuera ayudara a detectar los problemas y a orientar las solucio­nes. Es aquí donde aparece la figura de Luisa de Marillac como la persona a la que san Vicente encarga esta tarea.

Cuatro años estuvo santa Luisa dedicada por completo a esta labor, hasta finales de 1633 en que fueron fundadas las Hijas de la Caridad. No podemos recoger todos los detalles de estas visi­tas a las Caridades en las aldeas y en la propia capital, pero sí señalar algunas constantes35: Acompañada de otras mujeres, escoge siempre transportes públicos y alojamientos modestos para probar la suerte de los pobres; ya en las Cofradías, reunía a los miembros y escuchaba detenidamente la relación de trabajos y dificultades; aconsejaba en las decisiones y exhortaba a una vida santa, poniendo ella misma en práctica las recomendaciones; se preocupaba por la formación de los lugareños y proporcionaba medios para mejorar la enseñanza; fomenta la colaboración con los sacerdotes, pero insiste en la autonomía de las Cofradías. Con toda esta experiencia, santa Luisa llegará a revisar los Regla­mentos, redactando personalmente algunos de ellos.

-Su trabajo principal quedaría en adelante consagrado a la conformación de la naciente Cofradía de las Jóvenes de la Cari­dad. Pero aún respaldaría ampliamente a san Vicente en el impulso de otra de sus obras: Las Damas de la Caridad.

1.4. LA COFRADÍA DE LAS DAMAS DE LA CARIDAD: 1634

Atento siempre a la realidad y dando tiempo a la acción de la Providencia, san Vicente va abriendo nuevas perspectivas en la organización de la Caridad. La ya larga experiencia de las Cofra­días de los campos y la más reciente, y más inmediata para él ahora, de las Cofradías parroquiales de París le ayudan a dar res­puesta, tanto a la problemática suscitada como a las nuevas nece­sidades, con dos nuevas fundaciones: la de la Cofradía de las Jóvenes de la Caridad (1633) y la Asociación de Damas del H6tel-Dieu (1634).

Es curioso cómo también ahora acaba siendo decisiva la intervención de las mujeres: Margarita Naseau con su intuición y santa Luisa de Marillac con su espiritualidad y constancia en el establecimiento de las Hijas de la Caridad. Y Madame Goussault con su impulso generoso en el caso de las Damas de la Caridad. Venía visitando ya ésta a los enfermos del Hótel-Dieu y comprobando el estado calamitoso en que se encontraban. Se le ocurrió entonces crear una cofradía de la Caridad dedicada expresamente a la atención del Hospital, y acudió a san Vicente para que promoviera y dirigiera la empresa. Y ahí acabó metido nuestro santo.

Antes de adentramos en el conocimiento de esta nueva fun­dación, y familiarizados como estamos con la estructura de las Cofradías anteriores, conviene en este momento subrayar las diferencias entre esta nueva y las ya existentes. Según el Regla­mento de Chátillon, el fin de la Cofradía de la Caridad es «asis­tir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización, que porque no hubiera personas caritativas». El Reglamento de de la Compañía de las Damas del Hos­pital de Paris de 1660 establece, sin embargo el fin siguiente: «Esta Compañía ha sido instituida para honrar a la de nuestro Señor, la de su santísima Madre y la de las demás mujeres que le siguieron y le proporcionaron las cosas necesarias a su per­sona y a sus discípulos, y a veces a las gentes que le seguían; lo harán así asistiendo a los pobres enfermos del hospital de París, a los niños expósitos de París, a los forzados destinados a las galeras, y ocupándose en otras obras de caridad proporciona­das a lo que la misma Compañía crea que puede hacerse en las necesidades más urgentes, todo ello sin ninguna obligación ni bajo pecado mortal o venial».

Las motivaciones y el fin en el caso de las Cofradías nacidas en Chátillon es claro: la asistencia a los pobres del propio pue­blo. Las Damas, por el contrario, no están circunscritas a un lugar, sino a unas obras. Adquieren por ello un carácter más uni­versal; de ahí que serán las grandes colaboradoras de san Vicen­te en todas sus empresas, sin límite de fronteras.

CEME

Santiago Azcárate Gorri

 

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