La predicación en las misiones populares dadas por los PP. Paúles en España (1940-1970)

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Author: Pablo Domínguez, C.M. · Year of first publication: 1987 · Source: XIV Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca.
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Introducción

mission-crossDespués de habernos situado en lo que fueron las misiones populares en el período 1940-1975 queremos presentar ahora cuál era el mensaje doctrinal transmitido, es decir, cuál era la predicación que se hacía. Hay que notar que hemos reducido el período de estudio en cinco años (1940-1970). La razón princi­pal es que hasta este momento hay una unidad temática común en todas las misiones, lo que facilita el estudio y unifica la predicación misionera. La uniformidad que existe en este período se rompe con los años setenta, en los que se realizan nuevos ensayos de misión popular. Hasta el inicio de la década de los setenta se siguen dando misiones que podemos llamar de corte tradicional, sirviéndose de los «manuales» publicados hasta entonces, y por otra parte comienzan a darse otras con esquemas y temarios nuevos, dejándose sentir la influencia del Concilio Vaticano II1. Esquemas y temarios que no siempre fueron bien recibidos por los misioneros, por considerarlos poco adaptados a las gentes o por parecer demasiado teóricos o propios para otras latitudes.

Una de las muchas limitaciones que tiene el presente traba­jo es que al tratarse de una panorámica general sobre la predicación en las misiones populares no podemos detenernos en un estudio analítico de cada uno de los temas, lo que supondría un estudio de la Teología, el Dogma y la Moral vigentes en este tiempo. Pretendemos únicamente dar una visión de conjunto del contenido de la predicación y resaltar los puntos más importantes.

Las fuentes de las que nos servimos son las publicaciones hechas, para uso exclusivo de los misioneros, de los temarios de predicación y de los «manuales del misionero»:

  • Predicación misionera (1941-1942): se trata de una anto­logía de grandes misioneros de la C.M., con relieve particular del P. Codina, hecha por el P. Escribano. Son las predicaciones «de siempre». Las que se copiaban a mano y se aprendían de memoria2.
  • Manual del misionero (1943): una especie de «libro de bolsillo» donde se encuentra todo lo necesario para una mi­sión, incluidos los esquemas de predicación3.
  • Breviario de Predicación Misionera: preparado para la misión de Valencia y que sirvió para otras misiones posterio­res, sobre todo en las grandes ciudades4.
  • Manual del Misionero (1963-1964): «manual» en cuatro tomos, alguno de los cuales es «copia» de publicaciones ante­riores, preparado para la Misión de Sevilla y de Jerez de la Frontera. Estamos en tiempos conciliares, tiempos de renova­ción, y, aunque da mayor importancia a la fuente bíblica y a las explicaciones actualizadas de Teología Moral, repite en general la teología anterior5.

Estas fueron también las fuentes de las que se sirvieron los misioneros para preparar sus misiones hasta la década de los setenta.

El método usado en el trabajo ha sido el análisis de estas fuentes fijándonos sobre todo en las funciones principales (Plática, Doctrina y Sermón). El análisis es general, sin profun­dizar en aspectos concretos, resaltando lo que creemos funda­mental en la predicación misionera. Por tanto es un análisis expositivo más que crítico, una constatación más que una justificación o una descalificación.

Tres líneas marcan nuestra hipótesis de trabajo: por una parte, constatar si el contenido transmitido correspondía a la totalidad e integridad de la doctrina cristiana y la preparación o competencia de su exposición; por otra, si la predicación misionera está orientada a influir en la vida social y, por tanto, en la España de estos años; y finalmente, si la misión vicencia­na en España sigue siendo la misión catequística de sus orí­genes.

Dividimos el estudio en tres apartados: en el primero señalamos unos presupuestos orientativos que den perspectiva al objeto de estudio. En el segundo intentamos resaltar el contexto en el que se realiza la predicación, que en cierto sentido está condicionada por el contexto social y teológico-pastoral en el que se da. Y en el tercero estudiamos los tipos de predicación y sus contenidos, objetivo central y primer plano de ese cuadro hipotético que queremos dibujar.

I. Presupuestos orientativos

Señalamos una serie de presupuestos que nos ayudarán a comprender mejor el contenido de las predicaciones misionales en este tiempo que nos ocupa. Nos ayudarán también a leer dichos contenidos desde una perspectiva más objetiva:

1. Raíces históricas

Damos por conocido que las misiones vicencianas tienen sus raíces en la misión catequística francesa, consistente y estructurada, que se orienta a la alfabetización cristiana y a la conversión religiosa de las masas católicas, centrando su ac­ción en la predicación, los catecismos, la confesión y la comu­nión final, como un camino catecumenal en sentido amplio.

Por otra parte, influyen en las misiones de este tiempo la experiencia de grandes misioneros españoles de siglos anterio­res y del presente, que con su estilo y doctrina han marcado el estilo de la misión acercándose más al tipo de misión peniten­cial-sacramental.

Así pues, las misiones dadas por los paúles quieren ser fieles a sus raíces vicencianas. sobre todo en el aspecto catequístico y en el estilo sencillo, pero también sufren la influen­cia de las misiones clamorosas, típicamente españolas desde el s. XVI, sobre todo en sus sermones enfocados a mover (sermo­nes de moción) a los fieles a la conversión y a la confesión. Así lo reconoce el P. Escribano: «En conclusión: nuestras funcio­nes tienen su origen en San Vicente; pero con no pocas filtra­ciones y muy importantes de los grandes Misioneros españoles de las centurias XVI, XVII y XVIII. Somos, si nos atenemos a nuestras tradiciones, Misioneros tan de San Vicente como españoles. ¡Adelante en ambas cualidades!, y demos gracias a Dios por una y otra»6.

2. Desarrollo de la catequesis

La catequesis, a nivel de contenidos, permanece en cierto modo fosilizada, estática, «definitiva» desde el s. XVI hasta el Concilio Vaticano II. El Concilio de Trento es la matriz, la plantilla, de la Teología Pastoral, del Dogma y de la Moral y, por tanto, de la catequesis. Todavía los Manuales de 1964 citan el «catecismo romano» (1566) y en la catequesis escolar y parroquial de este tiempo siguen usándose los catecismos de Astete y Ripalda7.

Este presupuesto nos coloca en que la misión popular transmite el contenido de la fe fijado por el Concilio tridentino: la moral y la Teología dogmática, eclesiológica y cristológica que de él surgen son las que se explican y en las que se instruye al pueblo. El Concilio Vaticano II es un hito en la historia de la Iglesia y lo será también en la historia de las misiones popula­res, a las que invita a la creatividad y a la renovación que la Iglesia se ha trazado con la fuerza del Espíritu.

3. Contenido de las predicaciones

Desde ahora ya señalamos que el contenido de las predica­ciones no es «original», ni ofrece novedad alguna que no sea en el estilo o en la acentuación de algún aspecto concreto, como puede ser el de la confesión general. Se trata de instruir en las verdades fundamentales de la fe y de la vida del cristiano, sirviéndose de la enseñanza oficial de la Iglesia. Por eso el esquema misionero es el esquema del catecismo: lo que se debe creer, lo que se ha de esperar y lo que se debe obrar para ser buenos cristianos8. El juicio que se puede hacer al contenido misional es el mismo que se pude hacer a la Teología que se enseña en las cátedras de las universidades y seminarios9.

4. Uniformidad temática y tradición misionera

Desde los orígenes de las misiones, los misioneros debían ir a misionar con los sermones y las doctrinas bien aprendidos, incluso «ensayados» delante de sus cohermanos. Desde el comienzo se sigue la tradición de escribir los sermones, de forma que puedan ser aprendidos y predicados por otros misioneros10.

Este presupuesto nos hace ver que la predicación fue la misma desde los orígenes hasta el período de nuestro estudio, donde comenzarían las innovaciones para evangelizar en línea conciliar al hombre de hoy.

5. Objetivos de la misión

La predicación parece estar supeditada a los objetivos que pretende la misión y que desde sus orígenes se han mantenido. Unicamente los señalamos para tenerlos en cuenta y compren­der la insistencia de la predicación en algunos aspectos: Ins­truir al pueblo; Confesión general; Arreglo de pleitos y discor­dias; La Cofradía de la Caridad; Servir a los sacerdotes11.

II. Contexto de la predicación

Orientados por los presupuestos, que enmarcan el cuadro de la predicación, reducimos ahora el ángulo visivo a una dimensión más concreta y cercana: el ambiente en el que se hace la predicación. El contexto condiciona la predicación, a pesar de que, como hemos dicho antes, sea una predicación secular. Los principios se aplican en situación, la misma predicación está supeditada, en cierto sentido, al contexto social y teológico-pastoral en el que se realiza la misión.

1. Modelo de una Iglesia de cristiandad

Es conocido de todos que en estos momentos existe una simbiosis entre la Iglesia y el Estado, que se «complementan mutuamente». Nos encontramos con el llamado nacional-catolicismo y un modelo de Iglesia de Cristiandad. La Iglesia participa activamente en la acción social y política y el Estado controla la acción eclesial.

El ser un Estado confesionalmente católico tiene una in­fluencia importante en el estilo de las misiones, incluida la predicación. Existe una fuerte socialización religiosa, por lo que no importa tanto la instrucción religiosa —que tiene sus cauces institucionalizados— cuanto la llamada a la conversión y a las buenas costumbres. Esto hará que la dimensión catequi­zadora de la misión pase a un segundo plano, centrándose principalmente en motivar a la conversión, a confesarse, a cumplir como buenos cristianos, que en algunos casos se identifica con buenos españoles12.

2. Contexto teológico pastoral

La predicación misionera no se siente ajena a la teología y a la pastoral de toda la Iglesia. Representante cualificado de esta teología es la Universidad de Salamanca en la que domina la Neoescolástica o Neotomismo. En la predicación de la Iglesia, y en particular de las misiones, está presente una soteriología concreta. Nos parece importante remarcarlo porque la predi­cación girará en torno a una idea de salvación cuya síntesis puede significarse con la frase «ir al cielo»: después de la muerte acaecida en gracia de Dios, el alma entra, detrás de una eventual purificación, en la visión beatífica de Dios, en espera de recuperar su cuerpo resucitado y glorioso al fin de los tiempos, después del juicio final. El mediador de esta salvación es Cristo, ya que se lia ofrecido en la cruz, recuperando para los hombres la posibilidad que habían perdido a causa del pecado original, y en cuanto que comunica la gracia a través de los sacramentos. Señalamos las características principales de este concepto de salvación porque son las que se van a mani­festar en toda la predicación, así entenderemos mejor el conte­nido de la misma: se trata de una salvación espiritualista, individualista, ultraterrena, pasiva, minimalista y ritualista. La predicación de las misiones transmite este concepto de salva­ción. Esto hace que la predicación no difiera demasiado de la que se hacía en los siglos anteriores, ya que el concepto de salvación es el mismo.

Por otra parte, al tipo de pastoral que la Iglesia realiza desde siglos pasados se le puede llamar «pastoral del miedo»13 y de desprecio del mundo. Pastoral que sólo con el Concilio Vaticano II será superada oficialmente con la reflexión que éste hace sobre la Iglesia («Lumen Gentium») y el diálogo que abre con el mundo («Gaudium et Spes»). La misión participa activamente en esta pastoral del miedo, como veremos más adelante.

3. Contexto de la propia misión con sus funciones

El contenido de la predicación está envuelto en el ambiente de la misma misión, creado por todas las «funciones»14 y actos misionales, desde los oficiales y multitudinarios (presentación de los misioneros, rosario de aurora, via crucis, procesiones, comunión general, acto de desagravio, consagración del pue­blo a Cristo Rey y a la Virgen patrona del lugar…) a los personales y sencillos entre los misioneros y la gente del lugar.

Vista la misión y sus funciones en una panorámica general da la impresión de que ha dejado de ser catequística. El sermón ha podido con la catequesis, la «doctrina» ha perdido catego­ría y se deja en manos del misionero inexperto15 y la fuerza se pone en las funciones y actos espectaculares que conmueven los corazones. La misión popular vicenciana se ha hecho esencialmente «española», que diría el P. Escribano.

En el tiempo de nuestro estudio las funciones eran tres:

a) la plática: cuya finalidad es ordenar los actos humanos a una vida más cristiana. Se hace por la mañana y en ella se explican los mandamientos;

b) la doctrina: cuya finalidad es lograr una saludable confesión. Se tiene por la tarde antes del sermón;

c) el sermón: cuya finalidad es la conversión, el arrepenti­miento de las culpas y el examen práctico para la confesión general.

Se tiene por la noche y es el acto misional por excelencia16.

Como vemos, la importancia que se daba a la catequiza­ción en los orígenes de la misión se da ahora al sermón de movimiento, lo accidental pasa a central. San Vicente, en su tiempo, ya era contrario a esta práctica de olvidar la catequesis en favor del sermón17.

Llega un momento en el que no se distingue lo que corres­ponde a cada una de estas funciones, ya que tienen un mismo fondo común del que toman los misioneros el tema que deben desarrollar18. Los tres géneros de predicación coinciden en lo esencial, por lo que sus contenidos se identifican: «…el método esencial no ha de cambiar: ante todo enseñar las verdades de nuestra fe, lisamente con claridad, sin disputas ni insultos; enseñar para convertir, pues no hay conversión posible sin conocimiento de la fe, y predicar siempre, a toda clase de auditorios, las doctrinas, las pláticas y los sermones y acerca del matiz que se les debe dar, no cabe más que la prudencia y la flexibilidad del misionero en cada caso»19.

III. Formas de predicación y su contenido

Teniendo en cuenta lo dicho en los apartados anteriores, nos detendremos ahora en los tipos de predicación y sus contenidos. Será una visión global, no munuciosa, pero que pueda clarificar cuál era la doctrina y el mensaje transmitido en las misiones populares. Nos fijaremos en las tres funciones principales: Plática, Doctrina y Sermón.

1. La plática

Es la predicación que se hace por la mañana, mientras se dice la misa y en la que «se precisa mucha concisión en los conceptos por la brevedad del tiempo, y mucha claridad, bien fundamentada, por la importancia de los temas»20.

1.1. Crisis de esta función

En este período la plática está en crisis. Parece que sobra o que es una función de relleno. En algunas misiones se cambió su objetivo y se redujo a dar una serie de instrucciones a personas piadosas —las que asistían a misa— sobre la vida de piedad, modo de oír bien la misa, frecuencia de los sacramen­tos, etc.21.

Las dificultades provienen del tiempo que se les da, el público que asiste, el hecho de predicarse mientras otro misio­nero dice la misa (había que interrumpir en el momento de la consagración y no se daba la comunión en esa misa). Algunos misioneros desean que se haga como era tradicional: tener la plática después de la misa22; incluso el P. Escribano proponía volver a la tradición original y hacer por la mañana el «ser­món» y dejar la plática para la noche, después de la doctrina, «ya que la doctrina de entonces era verdadera catequesis y nada más, y, por tanto, no tenía el menor parecido con la plática»23. Reconoce además que mientras no se revalorice el sentido antiguo de la plática «nuestras misiones, pese al es­truendo y soberanos resultados que al exterior se muestren, quedarán bien incompletas y muy lejos de los frutos que Dios espera de ellas»24.

No se está de acuerdo con la plática, tal como se hace, ya no sólo por razones externas, sino porque «una cosa es pasar rápidamente por los-diez mandamientos de Dios y cinco de la Iglesia y deberes del propio estado en busca de los pecados que contra ellos se hayan cometido, y otra muy distinta, que el pueblo se dé cuenta exacta de qué sea lo que su Dios le exige en cada uno de ellos; de cómo ha de guardar positivamente toda la ley de Dios, si ha de salvarse, según el dicho de nuestro Señor: «Si vis ad vitam ingredi, serva mandata»»25.

Es en esta situación de crisis en la que debemos incluir este tipo de predicación

1.2. Contenido de las Pláticas

Fijándonos en los temarios (ver Apéndice) se puede obser­var que el contenido fundamental es la explicación de los mandamientos. En la plática, a través de una metodología deductiva, se desciende del principio teórico a la vida, que debe ser iluminada por aquél: «Empiécese con un resumen general de toda la doctrina contenida en cada mandamiento. A conti­nuación se desarrolla el punto señalado, según nuestro método tradicional: naturaleza o extensión de la virtud, motivos y medios. La exposición de la plática debe ser clara, dialéctica y con autoridad aunque en forma reposada e insinuante»26.

A las pláticas que hemos estudiado se les puede aplicar —relativizando los adjetivos-10 que el P. Escribano dice de las pláticas del P. Codina: «son una admirable explicación de los diez mándamientos, con las tres grandes cualidades de nuestra tradicional predicación misionera: claridad, sencillez, solidez; y tan acomodadas hoy como entonces a la vida y mentalidad de nuestras aldeas. Brilla en ellas esa característica tan de nuestros misioneros: la precisión y aplicación práctica de la doctrina expuesta a cada género de personas de que se componen los auditorios de una misión… También, muy según nuestro espíritu, se abstiene en absoluto de cualquier alusión política o que pudiera ofender a tal o cual persona; y en el sexto precepto cumple con inmensa delicadeza el prescindir de pormenores y modos de pecar, que siempre escandalizan; pero es un terrible fustigador de los vicios, sin perdonar a ninguna clase social ni silenciar a nadie sus deberes o lo grave de sus culpas»27.

La plática, discurso instructivo o moral, trata los manda­mientos, no como medio de preparación para la confesión, cosa que hace el doctrinero a la tarde, sino para «instruir a los fieles, muy al pormenor sobre sus deberes de cristianos y de sus estados y particulares empleos»28.

El contenido de las pláticas está expuesto en clave moralis­ta y se orienta a la vida y costumbres de las personas que escuchan. Recuerda las obligaciones y deberes del buen cristia­no. La motivación que hay dentro es una llamada al cumpli­miento de los mandamientos, hasta en sus mínimos detalles, desde el más anciano hasta el niño que acaba de estrenar el uso de razón. La enseñanza tan detallada y minuciosa responde a lo que podemos llamar una moral casuística y cuyo horizonte es el premio o castigo eterno, de acuerdo con las obras realiza­das. Se acentúa, en algunos casos de forma exagerada, el aspecto del castigo y la conveniencia de cumplir los manda­mientos por las consecuencias que trae el no hacerlo así (recor­demos la «pastoral del miedo»). Los ejemplos de castigos a quienes no han cumplido los mandamientos son innumerables en las pláticas del P. Codina29. En las publicadas en los años posteriores, aun existiendo, no son tantos y la presentación de los mandamientos se hace de forma más positiva, orientadora y menos terrorífica.

Las pláticas, en el conjunto de toda la predicación misio­nal, ejercen una influencia en el ámbito cultural-social y actúan como factor de fijación y vehículo de comportamientos mora­les y sociales, tanto individuales como colectivos. En la situa­ción de cristiandad que vive España la predicación puede contribuir a legitimar con principios teológicos y cristianos el orden social30. Resalta en las predicaciones la condena de costumbres inmorales o escandalosas (diversiones, bailes, pla­yas, libertinaje en las relaciones amorosas…)31. Se constata un avance y una nueva mentalidad en la predicación de 1964 al incluir entre las «especies sociales de escándalo», a la vez que los espectáculos y diversiones inmorales, las injusticias sociales y la opresión del débil32.

La plática se convierte en una lección de teología moral. Desde la explicación de los mandamientos, que sintetizan el actuar cristiano, se recorre toda la vida, exponiendo la doctri­na con precisión teológica y con una intención educativa, referida sobre todo al individuo, a su formación individual con Dios, el legislador de los mandamientos y que después será el juez. Esto favorece una religiosidad individualista. No obstan­te, no se puede ignorar la predicación que se hace sobre el amor al prójimo como una dimensión importante en la vida del cristiano33.

2. La doctrina

Se trata de la catequesis propiamente dicha. En tiempo de San Vicente es la primera y principal función misional. El mismo santo le atribuye la mayor parte del fruto que se obtiene en la misión: «Todos están de acuerdo en que el fruto que se obtiene en la Misión se debe al catecismo»34. La doctrina debería corresponder a lo que en los orígenes de la Misión se llamaba el «catecismo mayor», del cual no se podía prescindir por ninguna razón y todavía menos por hacer el sermón de movimiento35.

2.1. La función de la Doctrina

En el período que estudiamos, como ya hemos visto, las cosas han cambiado sustancialmente. En parte porque la pláti­ca de la mañana explica los mandamientos, en parte porque la doctrina es considerada como «género menor» y, finalmente, porque se ha reducido a tratar sólo el sacramento de la penitencia36. Hay que tener en cuenta también la influencia de otros tipos de misión, cuya finalidad era que todos se confesa­ran y que hace que la misión vicenciana pierda su dimensión esencial de la catequesis y centre su atención en el sacramento de la penitencia.

Perdida su dimensión catequística, la doctrina se convierte en una charla instructiva, como la de la mañana que explica los mandamientos. Por lo que dicen los «Manuales» suponemos que en el período estudiado la Doctrina era esa charla instruc­tiva que preparaba para la confesión y en ellos se desea la vuelta a lo que fueron la doctrina —catecismo— y el doctrine­ro, que no era un predicador, sino meramente un catequista «ad captum populi»37. Existe el intento de no olvidar la dimensión catequística y de dar la importancia necesaria a la confesión: «repetimos que el objeto primordial de nuestras misiones ha de ser que ningún sector o clase del auditorio se acerque al confesonario sin haber recibido la predicación de todo lo necesario para hacer una buena confesión general… El fruto de la Misión se recoge en el confesonario»38.

2.2. Contenido de las Doctrinas

La confesión es el tema estelar de las doctrinas, y podemos decir también de las misiones de este tiempo: «…la Hermandad considera la confesión general como EL TRABAJO MAS SUSTANCIAL Y ESPECIFICO de sus Misiones y el FIN PRIMARIO a que tiende toda la predicación misionera»39. La confesión general y la falsa vergüenza son temas centrales desde los orígenes de la Misión, fundamentados en la confe­sión del anciano de Gannes y el llamado por San Vicente «primer sermón de la Misión» en Folleville40.

La experiencia de las misiones atestigua que para la mayo­ría de los misionados la confesión general era necesaria41. Esto hace que entre las preocupaciones del doctrinero esté el lograr que todos hagan una buena confesión general. Para todos «la confesión general extraordinaria de la Santa Misión es su «renovación espiritual y el punto de partida de una nueva vida»»42.

Así pues, el contenido de las doctrinas gira en torno a este eje central: la confesión, su comprensión, las condiciones, las excusas que se ponen, la vergüenza… En la metodología a seguir se dice que este tema tan importante en la misión «debe tratarse con claridad y bondad, para inspirar confianza a todos, y de manera especial a los vergonzosos, que tanto abundan»43.

Se presenta la confesión como sacramento de la misericor­dia de Dios: «La confesión es el beso de paz que Dios da al alma»44. La explicación que se hace es detallada y profunda, tanto teológica como prácticamente, fundamentándose en la teología y pastoral propias de su tiempo. Se hace cercana a la gente, solventando las dificultades que se puedan poner45. No pretende, como sucede con los sermones e incluso con las pláticas, convencer por el miedo, su finalidad es «enseñar». La doctrina es convincente y positiva: «Si bien el pecado es algo negativo, la predicación misionera sobre la confesión general extraordinaria durante las santas misiones es la obra misional más positiva que puede concebirse, pues se ordena esencial­mente a poner a las almas en estado de gracia, a proporcionar­les un aumento de gracia santificante y una gracia sacramental verdaderamente extraordinarias»46. La confesión se coloca en una dinámica de arrepentimiento-perdón-gracia santificante.

En la predicación de la doctrina se destaca entre los mayo­res males y dificultades para una buena confesión la vergüenza o la «falsa vergüenza», para la que las misiones populares tienen su propia doctrina47.

En los temarios de 1964 aparece, además del pecado-arrepentimiento-confesión, el signo del perdón o satisfacción expresado en el «apostolado individual y organizado, para la vida de gracia y para la vida de la iglesia» y el compromiso del miembro que pertenerce al Cuerpo Místico expresado en el «ejercicio de la caridad»48 y también al hablar el doctrinero de un cambio de mentalidad «en nuestra concepción del dinero, del trabajo, de la propiedad, del tiempo libre, de las diversiones, de las leyes, de la misma sociedad» y de un cambio de estructuras económicas y sociales49.

La confesión es explicada como la recomposición de una ruptura con Dios, a un nivel individual, cuyos bienes son el perdón de los pecados, la liberación de las penas eternas, el aumento de la gracia santificante. La confesión bien hecha abre las puertas del cielo, devuelve la paz, la alegría y la libertad50. La doctrina se apoya también en la necesidad de la confesión para evitar la condenación eterna y merecer la gloria. No existe una dimensión de encuentro entre Dios —Padre misericordioso—, aunque no está ausente este ima­gen, y el hombre —hijo pródigo—. Por el contrario, se acentúa la imagen del Dios-juez y del hombre reo en el tribunal de la confesión51.

A pesar del remarcado aspecto individual de la confesión, la doctrina no deja de recordar su componente eclesial, tanto en la contricción, que «no puede ser auténtica si no tiende a la reconciliación con la Iglesia y al sacramento en que se mani­fiesta y acaba»52, como en la satisfacción, que se manifiesta en el compromiso cristiano en la vida y sobre todo en el ejercicio de la caridad y, más concretamente, en el perdón de los enemigos53.

Además de la catequesis sobre la confesión, el doctrinero debía ayudar a hacer bien el examen de conciencia, preparar a los fieles a realizar una buena confesión. Por eso en las doctri­nas se hace un examen exhaustivo de todos los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia. Dentro de la seriedad y profundidad del tema, el doctrinero se sirve de metodologías catequísticas que hagan asimilable el mensaje que transmite. En este sentido el Breviario de 1948 cuida mucho una metodo­logía adecuada: se expone la doctrina brevemente o sirviéndo­se de la doctrina del día y a continuación se hacen las pregun­tas (necesarias para hacer bien un examen) documentándolas con ejemplos bíblicos e historias, a veces humorísticas, que no hagan pesado el propio examen, cumpliendo la norma de que «la doctrina ha de tener un tono familiar y amable, pero nunca chabacano. Se le puede dar una nota graciosa, sin pasar a la bufonada. Como está ordenada a la confesión y ésta siempre cuesta, el doctrinero ha de extremar el cariño a las almas»54.

La doctrina, reducida su catequesis prácticamente al sacra­mento de la penitencia, consigue su objetivo de preparar bien para hacer una buena confesión, al menos la experiencia de las misiones confirma el tiempo dedicado a las confesiones y los frutos en ellas recogidos.

3. El sermón

Con el sermón se pretende conmover y motivar a todos al arrepentimiento de sus culpas y prepararlos a una buena confesión general.

3.1. Función central de la misión

Con el tiempo, y por razones que ya hemos señalado, el sermón, que en los orígenes era algo accidental, pasa a ser casi el centro de la misión. No obstante, en el fondo de todo misionero, misión y manual se deja sentir la huella vicenciana y su carácter catequístico: «En todas las predicaciones misiona­les, se ha de dar mayor importancia a la instrucción religiosa, especialmente de las verdades necesarias»55.

La finalidad del sermón es persuadir, conmover, de ahí que se le llame también «sermón de movimiento»56. No faltan las críticas a este tipo de predicación y tampoco su defensa57, ya que para lograr su objetivo usa un discurso retórico, sirviéndo­se de las reglas de la oratoria y sus gestos espectaculares como tomar el crucifijo entre las manos y hablarle emocionadamen­te58 o detener la comunión general para hacer todavía un último acto de contricción y reconciliación entre todos59. «El sermón ha de tener un tono dramático y sentido de verdad, evitando la monotonía de estilo y de voz que aísla el predica­dor del público. El predicador-disco es muy poco eficaz»60.

Los peligros que corre este tipo de predicación están pre­sentes en la C.M., desde San Vicente a nuestro tiempo. Por eso no dejan de recordar los «manuales»: «Robustézcaselos (los sermones) con marcado contenido dogmático y sin perder al mismo tiempo la unción evangélica y la emoción. Lúchese tenazmente contra los vicios declamatorios llamados amanera­mientos, tales como el sonsonete molesto y el engolamiento. No puede aislarse el predicador del auditorio, ni prolongar el sermón más de 35 minutos»61.

Estando así las cosas, en nuestro tiempo el sermón es la función central de la misión. Se tenía por la tarde cuando las personas quedaban libres de sus quehaceres y lo hacía normal­mente el misionero más experto y con más facilidad de palabra y de convicción.

3.2. Contenido de los sermones

La unidad temática de los sermones se mantiene, más que en ninguna otra función, desde los orígenes de la Misión hasta nuestro tiempo. Existe una especie de «liturgia misional nues­tra, en la cual ningún Misionero se atrevería a cambiar nada por su cuenta, y, por tanto, todos habían de decir lo mismo y casi con idénticas palabras»62. «Los temas de nuestros sermo­nes son inmutables: véanse los que hemos impreso y los que se usaban en los tiempos de nuestro Fundador: los mismos. Podrá a lo más, si hay tiempo, añadirse algún sermón moral o apologético apropiado a las necesidades de este o aquel audito­rio, pero lo demás, intangible»63.

Los «novísimos» son el contenido central de los sermones, en los que más claramente se deja sentir la «pastoral del miedo». La predicación tendía a la conversión de la gente y a hacerla estable en la práctica cristiana, mediante la presenta­ción de razones válidas tomadas, principalmente, de la Escritu­ra, los Padres, el catecismo y los teólogos. La intención del sermón no es tanto enseñar cuanto convertir, conmover a través de motivaciones presentadas con estilo simple, claro y conjuntado, con una hábil acción dramática de manera que no se hable sólo a la mente, sino también al corazón y a la fantasía de los oyentes. De esta forma las personas eran motivadas y conmovidas por el miedo del inevitable impacto con la muerte fisica, con el peligro de la muerte eterna, pero también reasegu­rados por el amor personal de Dios a cada uno de ellos por el que debían esperar en el perdón, en la perseverancia final y en el premio eterno por el bien hecho.

Sintetiza el P. Escribano el contenido de los sermones cuando dice: «Pero, al fin, todos los temas de sermones de Misión ¿qué son sino del temor de Dios? Amenazas, ruegos, quejas de Dios, exhortaciones a la penitencia, terribles juicios divinos, castigos o dichas sin fin, truenos y rayos contra los públicos pecadores, misericordias y dolores de Cristo por salvarnos, etc., etc. Con ello, con eso, desde S. Pablo acá, los mayores genios del catolicismo, los mayores amantes de Jesús crucificado han sojuzgado las más rebeldes voluntades y han traído a su traer pueblos y naciones, auditorios asombrosos, inmensos»64.

Aunque se habla de la misericordia de Dios65, la mayor parte se la lleva el Dios justiciero y la explicación vigorosa, atemorizante, de los novísimos: fin del hombre, muerte, juicio final, infierno, gloria…, con una descripción minuciosa de las penas y castigos, por medio de una interpretación literal de los textos bíblicos. Casi no cabe diálogo en libertad entre el hombre y Dios. Si el hombre no cambia al ver lo que Dios ha hecho por él, debe hacerlo viendo lo que le espera. Si la misericordia de Dios, el amor de Jesucristo —expresado en los sermones como el «rescate» que ha pagado por el hombre66 con su pasión y muerte— no bastan para convertir, se usa la «amenaza» del miedo67.

Constatamos en el Manual de 1964 que esta retórica del miedo se ha suavizado y se presenta la doctrina de una forma más positiva, sin renunciar a colocar al hombre ante los interrogantes últimos y la respuesta que da la teología dogmá­tica. Presenta la historia del hombre dentro del plan salvífico de Dios que exige la voluntad libre del hombre68. Dentro de este plan se incluyen los temas de la predicación y las experien­cias profundas del hombre: así se habla del pecado como el fracaso del plan de Dios y yerro del hombre en su destino69 o de la penitencia como «metanoia = cambio de mente… Volver a empezar el camino… volver a la casa del Padre»70 o del infierno como contrapunto de la gloria y del juicio en la línel tradicional de la «ponderación exacta, el justiprecio de nues­tros méritos y deméritos contraídos durante la vida terrena»71. Dentro de ese plan de Dios se habla de la muerte, sin silenciar la experiencia profunda de esta realidad para todos, como una liberación o nacimiento a la vida eterna y participación plena en el Reino de Dios72. También sin callarse la verdad sobre un Dios juez supremo y justo, centra el plan salvífico y el proyecto del hombre en la misericordia de Dios: la «historia del mundo, escrita con amor, reescrita con misericordia: la Nueva Criatu­ra, hijo de Dios, incorporado en fraternidad a Cristo»73.

Parece ser que es el contenido de los sermones el que más fácilmente llega y el que más tiempo se retiene, sobre todo por el estilo del sermón y porque trata de las experiencias más profundas del hombre y del creyente. Es en los sermones donde se transmite una imagen de un Dios juez, pero también misericordioso, de un Cristo sufriente por nuestros pecados, de una Iglesia legalista y jerarquizada. Es en los sermones donde se aprende a vivir una religiosidad individualista orientada a la salvación personal, y una fe contractual. Es en los sermones donde con mayor fuerza se predica una moral cristiana negati­vista, prohibitiva, sin demasiado espacio para la vida presente, ya que el cristiano debe tener su mirada fija en el más allá, donde llegará a través de un viacrucis de renuncia, sacrificio y penitencia. En los esquemas de 1964 aparece un sentido más positivo del hombre y de la religión, y un cierto optimismo al enfrentarse con la vida.74

La imagen de Dios, de religión, de moral o de Iglesia que predican los misioneros en sus sermones no es otra que la explicada por la Iglesia en este tiempo75 y que los manuales exponen con cierta competencia y actualización teológica y que los misioneros completarían con sus lecturas y estudios76.

3.3. Breve relieve de algunos contenidos

Nos parece interesante resaltar sintéticamente algunos de los contenidos más significativos de los sermones:

3.3.1. Imagen de Dios: Dios aparece en el claro-oscuro del Juez y Padre misericordioso y paciente; recompensador (premio y castigo) y rico en misericordia. Se predica un Dios creador y ordenador del cosmos77.

3.3.2. Anuncio de Cristo: de la predicación se entresaca un Cristo sufriente, que ha dado su vida por la salvación del hombre; el Cristo del via crucis y el Cristo juez78. En los esquemas de 1964 esta imagen sé completa con la «gran fisonomía de Jesús: es humano y con el pecador es la misericor­dia encarnada… Jesús anuncia la misericordia». Y aparece un Cristo que vive en cada uno de nosotros, que vive en el pobre, en el indigente, en el cautivo… y que es la Cabeza del Cuerpo Místico79.

Sin embargo, algunos misioneros reconocen que no es Cristo el centro del mensaje. Aún relativizando el estilo y la exageración, sorprende lo que dice el P. Escribano: «No lo digo sin dolor; en más de una Misión, en la que he tomado parte, he podido decir después del último acto del sermón de la Perseverancia: «Señor, he ahí una Misión donde después de diez días o más de haber predicado a nuestras anchas tres Misioneros a un pueblo ávido que se nos entregaba resuelto a oírnos cuanto quisiéramos decirle, ni uno de los tres le hemos dicho ni media palabra de Nuestro Señor Jesucristo». Que no dimos con El en ninguno de nuestros temas, ni el de las Doctrinas, ni el de las Pláticas, ni el de los Sermones, ni el de los niños. Una Misión sin Jesucristo apenas. ¡Una verdadera aberración! ¡No puede ser!»80.

3.3.3. Devoción mariana: la predicación sobre María tiende a fomentar una verdadera devoción. María es presentada como Corredentora, Madre de Dios, dispensadora de gra­cias, madre nuestra y Madre del Cuerpo Místico81.

Conclusión

Una primera conclusión que sacamos es que la misión popular de los paúles en esta época es una evangelización extraordinaria, no tanto por lo que dice como por la forma de decirlo. La misión es un anuncio proclamado con toda la fuerza de la palabra y del testimonio.

Una de nuestras hipótesis de trabajo era que la predicación de las misiones ha influido en el comportamiento social de la España de este tiempo. Parece que esa influencia ha sido cierta, aunque no es medible, pero sí queda claro que a nivel teórico no se pretendió una influencia política82. El hecho de que los contenidos se repitan desde tiempos atrás confirman esa finali­dad apolítica, es decir, que no están pensados para la situación política que vive en estos momentos España. Otra cosa será el enfoque dado por los misioneros, hijos de una época y deudo­res de una mentalidad. Creemos que la misión cumple indirec­tamente una tarea de fijación de normas y de comportamientos que concuerdan con la situación vigente en este tiempo y en este nacional-catolisicmo, en el que existe una mutua depen­dencia entre la Iglesia y el Estado, de ahí que la predicación influya en el ambiente socio.político, llegando a convalidar la ley civil como emanada de la ley divina83 y a mantener de esta forma la situación socio-política inspirada teóricamente en principios cristianos, ya que el Estado es confesionalmente católico. Las misiones propugnan un «cambio espiritual de la Patria»84 y en esa medida influyen en el ámbito social, cristia­nizando costumbres y comportamientos civiles o combatiendo aquellos contrarios a la religión85.

El contenido de las predicaciones es fiel al Magisterio de la Iglesia y está presentado con competencia teológica y metodo­lógica. En la predicación misionera, como en la pastoral de la Iglesia, preocupa sobre todo el conocimiento de las verdades necesarias para salvarse y la sacramentalización, como expre­sión de fe y fuente de gracia. Por eso, los ejes de la predicación misionera y eclesial son el Dogma, la Moral y los Sacramentos.

Nos atrevemos a concluir que la misión popular de los paúles ha perdido su dimensión catequística, quizás por aco­modarse a transmitir la catequesis fijada ya desde el s. XIX y reafirmada por Pío X, centrada en la transmisión del Dogma, la moral y el culto, en los que la misión pone su fuerza. Pero también por la influencia de otras misiones sintiendo muy de cerca el riesgo de conformarse con una misión «clamorosa». Riesgo que no siempre se supera para mantener el carácter docente e instructivo que debían tener las misiones vicencia­nas86.

Lo que ha quedado de las predicaciones de las misiones ha sido una imagen de cristianismo, de Iglesia, de Dios, de fe, de moral…, que el hombre misionado ha tenido que profundizar y hacer crecer según las líneas conciliares. Los misioneros habla­ron con el lenguaje teológico de su tiempo y transmitieron la doctrina de su tiempo, que hoy, desde una nueva perspectiva, podemos injustamente descalificar.

Los misioneros de ayer y los misioneros de hoy tienen presente lo que le decía a un misionero San Vicente: «la voluntad de Dios es que nos acomodemos a las circunstancias de las personas,de los lugares y de los tiempos»87.

  1. Pionero de los intentos de renovación doctrinal puede ser considerado el P. Rafael Ortega, cfr. R. Ortega, Los nuevos métodos de evangelización, en «Anales» 76 (1968) 10, 469-479. No faltó tampoco la inquietud renovadora en el P. Veremundo Pardo, cfr. V. Pardo, El largo camino de los temarios misionales, en «Anales» 87 (1979) 2-3, 51-54. Puede confirmarse la influencia del Vaticano II en el Temario general y especial (ciclostilado) preparado por el P. Jaime Corera con la colaboración de los PP. Julio Suescun, Pedro Sanz, Ventura García y Martín Tirapu para misiones en la Provincia de Huesca en los primeros años de la década de los setenta.
  2. Escribano Eugenio (ed.), Predicación Misionera. Doctrinas de la Santa Misión. Litografiadas en la Casa-noviciado de la. Congregación de la Misión, siendo Visitador de ella D. Ramón Sanz. Madrid. Año 1865, t. II, Madrid, Editorial «La Milagrosa», 1941. En adelante lo citaremos con las siglas PMD 1941.
    Escribano Eugenio (ed.), Predicación Misionera. Pláticas de la Santa Misión. Sr. Buenaventura Codina, Obispo de Canarias, Sacerdote que fue de la Congregación de la Misión’ fundada por San Vicente de Paúl, t. III, Madrid, Editorial «La Milagrosa», 1942. En adelante lo citaremos con las siglas PMP 1942.
    Escribano Eugenio (ed.), Predicación Misionera. Sermones de la Santa Misión por varios antiguos sacerdotes de la Congregación de la Misión, tt. IV y V, Madrid, Editorial «La Milagrosa», 1942. En adelante lo citaremos con las siglas PMS 1942.
  3. Escribano Eugenio, Manual del Misionero, t. I, Madrid, Editorial «La Milagrosa», 1943. En adelante lo citaremos con las siglas MM 1943.
  4. Breviario de Predicación Misionera compuesto por varios Misioneros de la Provincia de Madrid con ocasión de la Misión de Valencia (1948), tt. 1 y II, Madrid, Editorial «La Milagrosa», 1948. Lo citaremos con las siglas BPM 1948. Los autores de este Breviario fueron los PP. Sedano, Nieva, Manzanal y Pardo, cuyas siglas figuran en la presentación, entre las que se encuentran también los iniciales del P. Pedro Langarica. Cfr. V. Pardo, a. cit., p. 52.
  5. Hermandad Misionera de San Vicente de Paúl, (ed.), Manual del Misionero, t. I: «Ordenamiento misional, formularios y cánticos», Madrid, Editorial «La Milagrosa, 19633; t. II: «Esquemas misionales (1.’ Serie) (P. Eugenio Escribano, C. M.), Madrid, Editorial «La Milagrosa», 19642; t. III: «Temas misionales (2.’ Serie)», Madrid Editorial «La Milagrosa»,. 19642; t. IV: «Esquemas misionales (I’ Serie)», Madrid, Editorial «La Milagrosa», 1964. Lo citaremos con las siglas MM 1964 y el tomo en números romanos.
  6. MM 1943, I, p. 27; MM 1964, I, p. 40.
  7. El catecismo romano es citado por los manuales, cfr. MM 1964, IV, p. 245.
  8. El P. Domingo García escribe así en la presentación del Manual: «Nos hemos de esforzar grandemente en que todos nuestros misio9ados conozcan y sepan cuanto es necesario para la salvación eterna: el Credo. los Mandamien­tos, los Sacramentos y las oraciones. Esta instrucción ha de abarcar toda la vida cristiana de servir y amar a Dios con fervor y santidad. Mas el misionero ha de convencer y promover la conversión del pecador en justo, del justo en fervoroso, y del fervoroso en santo», MM 1964, 1, p. 4.
  9. Véase por ejemplo la Teología que se explica en este tiempo: Patres Societatis Iesu in Hispania professores, Sacrae Theologiae Summa, 4 vol., Madrid, BAC, 1954.
  10. Escribe el P. Tobar en la Introducción del Manual de 1943: «Y como desapareció de entre nuestras juventudes la costumbre de copiar cada uno todas nuestras funciones, pidamos al Señor que cuanto antes nos sea dado repartírselas impresas a cada Misionero… En adelante, los Superiores no han de permitir que ningún Misionero, joven o no, salga a Misión sin la certidumbre de que lleva bien sabido (mejor de concepto que de memoria) lo que ha de predicar; y sería muy laudable volver a la práctica de que nuestros jóvenes… declamaran en el comedor nuestras funciones», MM 1943,1, p. 12; cfr. PMD 1941, II, p. 7.
  11. Sobre los objetivos de la misión en tiempos de S. Vicente cfr. Alfonso Tamayo, San Vicente y las Misiones, en «Anales», suplemento al tomo 91 (1983) 2, 143-145. Esos objetivos en las misiones de nuestro tiempo:
    — Instruir al pueblo, cfr. MM 1964, II, p. 24;
    — Confesión general, cfr. MM .1964, I, p. 40;
    — Arreglo de pleitos y discordias, cfr. MM 1964, IV, pp. 528 y 517-518;
    — Cofradía de la Caridad o en nuestro tiempo «apostolado organizado» y «ejercicio de la caridad», cfr. MM 1964, IV, pp. 529-587;
    — servicio a los sacerdotes, cfr. BPM 1948, 11, pp. 258-266; MM 1964, I, pp. 43-44; MM 1964, II, pp. 458-470.
  12. Una conferencia a los padres termina con esta «consigna y resumen»: «Esposo + Esposa + Dios = Plenitud del bien, que tiende a difundirse y crecer en una nueva creación = los hijos para el cielo y para la patria», MM 1964, IV, p. 632; cfr. MM 1964, IV, pp. 633-642 («Conferencia para las autoridades»).
  13. Cfr. Jean Delumeau, Le péché et la peur. La culpabilisation en Occi­dent (XIIP-XVIIP siécles), París, Fayard 1983, sobre todo la tercera parte «La pastorale de la peur», donde resalta la predicación de los misioneros lazaristas.
  14. «Funciones» es el título que desde el principio dan los misioneros españoles a todas y cada una de las predicaciones de la misión, que en nuestro tiempo son tres: Plática, Doctrina y Sermón.
  15. El P. Escribano recoge de un reglamento italiano esta afirmación: «Antes de hacer predicar a los principiantes es bien aplicarles a hacer la «doctrina», y cuando ya estén suficientemente expertos en ella, tendrá el superior de la casa la mira a sus «pláticas de instrucción» o «sermones de movimiento»», MM 1943,1, p. 29.
  16. Cfr. MM 1964, II, p. 24.
  17. Cfr. Coste VI, 379; XI, 257.
  18. Cfr. MM 1943, I, p. 21; MM 1964,1, pp. 131-132:
  19. 19. MM 1964, I, p. 128.
  20. MM 1964, I, p. 34.
  21. Cfr. MM 1964,1, p. 156; MM 1943, p. 39.
  22. Cfr. MM 1964, I, p. 157; MM 1943, p. 40.
  23. MM 1964, I, p. 159; MM 1943, p. 41.
  24. MM 1964, I, p. 160; MM 1943, p. 42.
  25. MM 1964, I, p. 156.
  26. 26. BPM 1948, I, p. 15.
  27. PMP 1942, p. 29.
  28. MM 1964, I, p. 154; MM 1943, p. 38.
  29. Pueden verse algunos ejemplos de castigos en PMP 1942, pp. 28-29, 191-193, 209-211, 359, 425-427, 455, 488-490, 678.
  30. Véase a este respecto la plática del P. Escribano, escrita en 1941, «Ruego cristiano a los terratenientes de Andalucía», PMP 1942, III, pp. 337­348. También las «ventajas para la sociedad del cumplimiento de los manda­mientos», BPM 1948, I, p. 238; y cuando se habla de la «función social de la Propiedad», BPM 1948, I, pp. 325 326.
  31. Cfr. PMP 1942, III, pp. 450-455, 461; BPM 1948, I, p. 306; MM 1964, IV, p. 85. Entre las normas para los confesores aparecen algunos criterios para juzgar los bailes: los que son gravemente deshonestos, otros de moda condenados por algunos obispos, y otros peligrosos: el «tango», el «fox-trot», el «camel-trot», el «cheeck-tocheck», el «shummy»…, cfr. MM 1964, I, p. 285.
  32. Cfr. MM 1964, IV, p. 85.
  33. Cfr. MM 1964, IV, p. 85.
  34. Coste, I, 129.
  35. Cfr. Coste, XI, 257; VI, 379. Al propio S. Vicente se le atribuyen dos pequeños catecismos, uno para cada sesión, cfr. J. Guichard, Saint Vincent de Paul catéchiste, en «Cahiers catéchistiques» 61/64 (1938/1939) 171-190/257­278.
  36. Cfr. MM 1943, pl 36; MM 1964,1, pp. 151-152.
  37. Cfr. MM 1943, I, pp. 33-34; MM 1964,1, pp. 147-248.
  38. MM 1964, I, p. 40.
  39. MM 1964, I, pp. 117-118. Adviértase el cambio sustancial del fin primario de la misión.
  40. Cfr. MM 1964, IV, p. 493; Coste, IX, 58-60; XI, 169-172.
  41. Cfr. MM 1964, I, pp. 116-117. Es necesaria a todos los que a sabiendas hicieron confesiones malas, ya sean sacrílegas o nulas. «O confesión buena si hemos pecado mortalmente o condenación eterna». Es conveniente a los que de alguna manera dudan de sus confesiones; es útil a todos, excepto a los escrupulosos; es perjudicial a los verdaderamente escrupulosos, cfr. MM 1964, IV, pp. 485-492.
  42. MM 1964, I, p. 117.
  43. MM 1964, IV, p. 493.
  44. BPM 1948,1, p. 175.
  45. Cfr. MM 1964, IV, pp. 467-500.
  46. MM 1964, I, p. 118.
  47. Cfr. MM 1964, III, pp. 260-272; BPM 1948, I, pp. 193-201.
  48. Cfr. MM 1964, IV, pp. 529-550, 551-587.
  49. Cfr. MM 1964, IV, pp. 562-563.
  50. Cfr. MM 1964, IV, pp. 470-471.
  51. Cfr. BPM 1948,1, pp. 175-178, 203.
  52. MM 1964, IV, p. 481.
  53. Cfr. MM 1964, I, p. 118; IV, pp. 517-528, 551-587.
  54. BPM 1948,1, p. 8; cfr. BPM 1948, II, pp. 179, 187.
  55. BPM 1948, I, p. 7.
  56. Cfr. BPM 1948, I, p. 7.
  57. Escribe el P. Escribano: «Un reparo voy oyendo demasiado a muchos y no vulgares Misioneros en contra de los sermones de Misión… Se afirma que son mera pirotecnia, pólvora en salvas, sensiblería, que han contribuido a formar ese cristianismo o pietismo sin fondo, de sentimiento nada más; o sea, que nuestros sermones no enseñan, encierran poca o ninguna doctrina… No sé si formulo bien la objeción. Vamos a suponer esa falta de contenido doctrinal. Aún así no veo que sean del todo reprobables. Dice San Pablo a Timoteo (I Tim. IV, 13): «Attende lectioni, exhortationi et doctrinae»; tres ministerios del sacerdote para con los fieles: «Iectioni», la lectura de los libros sagrados; «exhortationi», el ruego, la conminación, la súplica paternal para que sean buenos; y «doctrinae», la enseñanza de las verdades dogmáticas o morales», PMS 1942,IV, p. 15. En el mismo lugar el P. Escribano defiende los sermones por tener esa función de exhortación y por fidelidad a la tradición.
  58. Cfr. MM 1964, I, p. 194; IV, p. 250.
  59. Cfr. MM 1964,1, pp. 162, 196; PMD 1941, II, pp. 470-475.
  60. BPM 1948,1, 00. 7-8.
  61. BPM 1948, I, p. 15.
  62. PMD 1941, II, p. 7.
  63. MM 1964, I, p. 161.
  64. MM 1943,1, pp. 42-43; MM 1964, I, pp. 160-161.
  65. PMS 1943, V, pp. 139-156; BPM 1948, I, pp. 97-102; MM 1964, IV, pp. 287-304.
  66. Cfr. BPM 1948,1, pp. 104-105.
  67. Cfr. PMS 1943, V, pp. 442-443.
  68. Cfr. MM 1964, IV, 177, 181, 182.
  69. Cfr. MM 1964, IV, p. 187.
  70. MM 1964, IV, p. 191.
  71. MM 1964, IV, p. 210; cfr. MM 1964, IV, p. 238.
  72. Cfr. MM 1964, IV, p. 199.
  73. MM 1964, IV, p. 287; cfr. MM 1964, IV, pp. 287-304.
  74. Cfr. MM 1964, IV, pp. 305-339, 341-361, 171-181.
  75. Véanse los autores que se estudian en este tiempo: para moral Arregui, Ferreres, Noldin, Merkelbach, Zubizarreta, Zalba…; para el dogma, Profesores de la Compañía de Jesús (Sacrae Theologiae Summa, 4 vol. Madrid, BAC 1954 —con diversas ediciones hasta 1964—) y Tankerey para Dogmática-ascética…
  76. Dice el P. Escribano en la presentación de los esquemas del año 1964: «Si estos «Esquemas», escritos no sin gran trabajo y para los cuales no me contenté con fundarlos en nuestras funciones, antiguas o modernas, sino que consulté con todo espacio autores gravísimos y de ahora de Derecho, Moral y Teología, si con todo os pareciesen faltos de ciencia y profundidad de doctri­na, yo me atrevería a suplicaros que no os contentéis con ellos: sea vuestra preparación remota el estudio concienzudo de excelentes libros, verbigracia, los que os sirvieron de texto en los años de carrera y la Summa Theológica de Santo Tomás de Aquino; y si aún os pareciera poco, algún autor modernísimo, de los más famosos de Moral, Teología y Derecho, pues de las tres disciplinas ha de necesitar a todas horas el misionero en el púlpito, en el confesonario y puede ser que en la calle», MM 1964, II, p. 34.
  77. Cfr. PMP 1942, IV, pp. 52-56; BPM 1949, I, pp. 96-101, 119; MM 1964, IV, pp. 65, 171, 287-304.
  78. Cfr. PMP 1942, III, p. 211; BPM 1948, I, pp. 70-71, 153-174; MM 1964, IV, pp. 222-223, 263-286; PMP 1942, IV, pp. 52-56.
  79. Cfr. MM 1964, IV, pp. 291, 299, 302.
  80. MM 1964, I, p. 164.
  81. Cfr. BPM 1948,1, pp. 124-133, 143; MM 1964, IV, pp. 393-423.
  82. Cfr. MM 1964, II, pp. 39-40. En el Manual de 1948 entre las observaciones que hace está esta: «En todas las partes seamos siempre maes­tros en las virtudes de la sencillez y prudencia evangélica, rehuyendo toda alusión política», BPM 1948, I, p. 10. No se descarta la influencia social, así en el programa de la Misión de Valencia, sugerido por Pío XII, se pretende: la instrucción religiosa, la formación moral y defensa de la juventud y de la familia, ejercicio de la caridad y Restauración de la Justicia Social, cfr. BPM 1948,1, p. 9; cfr. MM 1964, II, p. 41.
  83. «…inducir a los fieles a respetar y obedecer toda ley civil justa como auténtica derivación de la autoriad de Dios», MM 1964, IV, p. 4.
  84. BPM 1948, I, p. 26.
  85. Véanse las «Conferencias especiales» a los esposos, autoridades, universitarios, abogados, militares, comerciantes, obreros, clase sanitaria…, cfr. MM 1964, IV, pp. 619-784; BPM 1948, II, pp. 243-334.
  86. «Si reducimos la Misión a solos unos breves días de acalorar y entusiasmar las almas, corremos el triste riesgo de que, pasada aquella llama­rada de virutas, tornen luego a su antigua frialdad», MM 1943, I, p. 11.
  87. Coste, I, 227.

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