La Palabra de Dios en san Vicente de Paúl (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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UN ACERCAMIENTO A LA BIBLIA QUE SE TEJÍA EN EL RITMO DE SU PROPIO CAMINAR

Es opinión de quienes han profundizado la cercanía de san Vicente a la Sagrada Escritura sólo hacia la edad de sus 36 años, que coincide con sus dos momentos iluminadores de Chátillon et de Folleville, Vicente entre en un proceso no de lectura o cono­cimiento sino de lectura espiritual, iluminadora, transformadora de su mundo interior y creadora de energía evangelizadora.

¿Podía san Vicente disponer de interés, de tiempo y de mate­rial bíblico para que su estudio pudiese desembocar a resultados diferentes de los que constatamos?

Tal vez en los caminos de Dios, ese momento misterioso de la Providencia divina de que habló tanto el Fundador, le faltaba aun, es decir, el «EMAUS DE LOS POBRES», que abrieron sus ojos y su corazón a la comprensión exacta de la Escrituras… la periferia espiritual estaba muy reducida pero por acción de Dios otro paso comienza y un Vicente de Paúl nace y crece y en su corazón nace de otra forma la Palabra de Dios.

Vicente no acelera sus pasos, pero Dios parece acelerar los suyos y obligar a Vicente a entrar sencillamente «dentro de los sentimientos de Jesús desde donde la Biblia se lee diferentemen­te», que le condujeron como a Pablo a decir «nada me agrada sino es en Jesucristo.

UNA HERMENÉUTICA INVENTIVA

El apoyarse en las realidades invisibles proyecta algunas luces sobre la agilidad desconcertante de la hermenéutica vicenciana. Catequista por naturaleza y por vocación, el buen señor Vicente vive preocupado casi hasta la obsesión de hacer conocer bien a los pobres la buena noticia del Hijo de Dios. El método más adaptado y también el más fácil era el ofrecido por Jesús mismo. El Salvador no solamente utilizó el «pequeño méto­do», sino que también ha utilizado las comparacio­nes más comunes. «¡Que maravillas podría él haberle enseñado al pueblo! ¡Qué secretos no habría podido descubrir de la divini­dad y de sus admirables perfecciones, el que era la sabiduría eter­na de su Padre! Pero ya ve usted cómo hablaba de forma inteligi­ble y se servía de comparaciones familiares: el labrador, el viñador, el campo, la viña, de un grano de mostaza. Así es cómo tiene usted que hablar, si quiere que le entienda el pue­blo, al que anuncia la palabra de Dios».

Con una reflexión más atenta descubrimos que el pensamien­to y la expresión de este catequista bíblico explotan y funden su reflexión sobre un doble movimiento interactivo.

El primero, su certeza de que la gracia viene del Padre, se manifiesta en el Hijo y se difunde en el Espíritu Santo. Esta gra­cia que el bautismo ha difundido en los corazones invita a unir­se a Jesús para unirse al Padre.

El segundo despierta y crea un lenguaje a partir de los pobres. Los pobres constituyen el corazón de la Iglesia. «Es entre ellos donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen senci­llamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol. Vivi­mos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres». Los pobres son los amos y señores. Nuestro Señor no solamente tiene como hecho a él mismo lo que se hace a los pobres sino que Él está en el pobre.

En lo más profundo de su conciencia, el señor Vicente con­serva algunas convicciones muy sólidas que el formula diversa­mente según las ocasiones. Podemos retener tres:

  • La primera es que el hombre no permanece siempre en el mismo estado. Es en Job en donde lo ha aprendido, parangonán­dolo con los justos y de lo cual el hablará con frecuencia.
  • La segunda es la que la Escritura formula en diferentes libros, es que Dios solo da la vida y la muerte. El hace morir y vivifica.
  • La tercera es que Dios «ha querido que todas las cosas del mundo sean inciertas y perecederas para que nosotros busque­mos en Él solamente la solidez de nuestros deseos y de nuestros asuntos». Las degradaciones que Dios ha permi­tido son destinadas a instruir nuestra débil conciencia de que solo Dios hace bien todo lo que se hace y que le pertenece a Él solamente el dar término a lo que Él ha comenzado. El mismo día de su muerte, a la una y media de la mañana del 27 de sep­tiembre de 1660, al momento en que se le pedía una bendición para su familia, él respondió: Que Dios la bendiga » y levantan­do la mano dijo: «Qui coepit opus, perficiet» «Quien comenzó en vosotros esta obra que Él la lleve a término».

Dirigiéndose a auditorios muy diferentes: gentes de la parro­quia y niños en Clichy y tal vez en Chátillon-les-Dombes, Damas de la Caridad o Hijas de la Caridad, sacerdotes o herma­nos de la Misión, san Vicente simplifica o actualiza su exposición.

Evoca los personajes, les da vida y los hace hablar. Termina habitualmente sus conferencias a través de una oración dirigida direc­tamente a Jesús o a la Santísima Virgen. (Existe una colección de 84 oraciones en el libro: «En oración con san Vicente”). Las personas son arrancadas del pasado como Adán, Noé, Abraham, Moisés y a través de una metodología pro­pia se convierten en seres vivientes. Con vivacidad de lenguaje, san Vicente traduce II Sm 11, 2: «Una mirada (seductora) perdió a David» (SVP, IX, 26). Él nos sorprende y nos hace sonre­ír cuando dice a las Hijas de la Caridad que «Nuestro Señor cuando, al ir a visitar a los pobres, pasaba delante de las taber­nas, se reían de él, se burlaban, y tenía que escuchar las cancio­nes indecentes y las palabras groseras que se decían en aquellos lugares».

Muy tranquilamente, él afirma también que san Pedro lloraba continuamente y que Margarita Chétif, que se siente incómoda de vestirse en Arras con una cofia del centro de Francia debía imitar a Nuestro Señor que no cambió nunca su vestido yendo a Egipto.

La razón por la cual las Hijas de la Caridad deben ser sobrias es que Nuestro Señor Jesucristo, fuera de la Pascua, en la cual comía el cordero o en una otra ocasión había comido el pescado, el solo comía pan.

Cuando su memoria se vuelve perezosa o débil el invierte el orden las palabras o atribuye un texto del Apocalipsis a san Pablo. Citando el salmo 65, 1, él escribe tomando el texto masorético: «El silencio es una alabanza a Dios en Sión», dice el profeta y san Jerónimo lo repite». M. Ch. Ozenne, al recibir una carta de san Vicente, podía sorprenderse de una traducción de ese género, pero M. B. Codoing, superior de la casa de Roma habría buscado en vano el pasaje del Nuevo Testamento añadido por san Vicente en su carta: «O que bien sabía el Señor lo que el afirmaba al decir malum pecus inficit omne pecus”. Esta afirmación esta entresacada de las sátiras de Juvenal. Es verdad que la frase se volvió «pro­verbial» y que la regla de san Benito pide «que la oveja enferma debe ser descartada para que no infecte todo el rebaño». Y el señor Vicente sin duda no ignoraba la regla benedicti­na.

CEME

Álvaro Restrepo Álzate

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