La obra de los niños expósitos (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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UNA PEDAGOGÍA ORIGINAL

El extracto del segundo tomo de «El gran santo del gran siglo» que nos legó el P. Coste, proporciona preciosas indicacio­nes. Si queremos adentramos más, disponemos del texto de dos reglamentos: el que concierne a las Hermanas destinadas a los niños expósitos, y el que atañe a las Hermanas Sirvientes de comunidades de Hermanas que prestan sus servicios a esos niños. Son textos copiados en la selección de las reglas de la Casa de los Niños Expósitos de París: datan de 1708 y ostentan la firma del P. Watel. Otro ejemplar, de 1677, está firmado por Sor Juliana Jouvin, IX’ Superiora General de las Hermanas de la Caridad, y Sor María Ana Donnejoi, asistenta, con una anotación que declara haberse remitido a las Hermanas María Catalina Pichard y Escolástica Litteraux; ésta iba a iniciar el estableci­miento de niños expósitos en Tours, el 26 de julio de 1741.

La tradición espiritual en la que estamos, antes de referirse a las grandes ideas, a las declaraciones de principio, no es más que la puesta práctica de una intuición sencilla: tener en cuenta la situación concreta, manteniéndose uno sólidamente anclado en una filo­sofía que la fe cristiana ha impregnado. Eso es, pues: tener en cuen­ta lo cotidiano en sus detalles: el ritmo diario, la adquisición de hábitos que propicien un sano crecimiento, una guía adaptada a la identidad del sexo, como también una acogida delicada para con las alteraciones de la personalidad. Características todas ellas sos­tenidas una a una por la dimensión espiritual. Características que guían toda la acción emprendida con los huéspedes de las casas y que alimentan la comprensión de la estructuración de la persona.

UNA ACOGIDA PLENA DE ATENCIONES PARA CON LOS PÁRVULOS ENCOMENDADOS

Nos impresiona la delicadeza infinita con la que se recibe a los niños. Se respetan con escrúpulo las «normas impuestas»: el registro, el collar y las diversas formalidades. Pero el cuaderno al que aludíamos al comienzo ostenta detalles por los que nos damos cuenta de la calidad de acogida que recibe el pequeño y frágil ser viviente: el 30 de marzo: « …una niña llamada Simone, colocada con nodriza en Villers, designado Saint-Sépulcre» en casa de «María Parsin, mujer de Santiago Prévault; …una niña llamada Magdalena Lebon… entregada para su lactancia a Tomasa Patrue, mujer de Dionisio Boucher, vecino de Denville, cerca de Montfort-Lamauty; … José Lheureux… colocado con nodriza» en casa de «Margarita Plassiére, mujer de Pedro Hallard, vecino de la Folie, cerca de Gif». El manuscrito pone al margen, al lado del número de orden, la repetición, en letra de san Vicente, del nombre de la localidad: «Villers-Saint-Sépulcre, Denville junto a Montfort, la Folie cerca de Gif».El 31 de marzo, nueva partida: es el pequeño Nicolás, «prestado» a la mujer de un cerrajero cerca del muelle Saint-Landry. Y la enumeración continúa hasta el 20 de abril. En total, veinte niños. Unas veces se les llama por el nombre de pila; en otras ocasiones se le adjunta otro, que puede ser el de la familia: Pedro Martín, Sansón Lefort, Toñita Riciére, Francisca Pratuque; o bien faltan ambos nombres. Llevan a veces un sobrenombre de circunstancia, por ejemplo «Juan de la Resu­rrección, encomendado a una nodriza el día 10, dos días después de Pascua». Hay veces en que también la Señorita se permite una reflexión, y así puede leerse: «Carlos, del que se dice es gentil­hombre». Sobre los dieciséis niños del mes de abril, sólo tres se confiaron a nodrizas de la calle de los Panaderos. Dos quedaron en París: los pidieron una lavandera y la mujer de un escultor. Los demás fueron colocados en Chátre-sous-Monthléry, Rocourt-lez-Meulan, Villers-Saint-Sépulcre, Bourdonnet, Doublinville y Méru. De un niño llamado Juan se dice simplemente que fue entregado «a Micaela Damiette, conocida de la Señora de Sous-carriére», Dama de la Caridad, sin ninguna indicación de lugar. A estas partidas hacia la campiña se añaden las que se dirigen al cielo: «del 30 de marzo al 20 de abril hubo cinco decesos».

Son otras tantas menudencias que muestran la ternura con que se acoge y adopta la diminuta vida en sus detalles nimios, al objeto de brindar un espacio en el cual se rehaga.

ATENCIÓN A LA DIETÉTICA Y A LA SALUD

Luisa de Marillac presta atención a las necesidades materiales de los niños expósitos desde el momento mismo en que asume su servicio:

«Tenemos aquí a doce o trece niños y no tenemos lienzos para cam­biarlos; es necesario, si usted lo ve bien, que en la junta de las seño­ras de mañana se haga algo, ya sea decidir hacer colectas en las parroquias, todos los domingos, poner algún cepillo en un lugar visi­ble, que los señores Curas y predicadores recomienden el caso, y hacer aquella cuestación en la Corte como se propuso. Creo que si fuesen a hablar a la señora Princesa de estas extremas necesidades, ella daría algo. Es verdaderamente lamentable que las señoras se preocupen tan poco; deben de creer que tenemos con qué poder subsistir, o bien es que quieren obligarnos a que lo dejemos todo, por cuyo motivo pienso han decidido no hacer nada en absoluto».

Muy pronto se piensa en alimentar a los bebés por medio de nodrizas:

«Pondrá gran cuidado en una buena elección de las nodrizas que les dé, y en cualquier caso, no admitirá a ninguna que no tenga las cualidades requeridas…».

Ahora bien, Luisa es tenaz e insiste para que los bebés admiti­dos antes de la edad del destete puedan disfrutar de una nodriza:

«Que manifieste una atención particular en cuanto a que los niños hayan de tener lo mejor: será exacta en administrar el bien de estos pobres párvulos, y en no hacer gastos excesivos, si bien ha de proveer suficientemente a sus necesidades; pero como lo harían unas madres pobres».

… si esto no llega a obtenerse del todo, es preciso dar a los bebés leche de vaca:

«… si acaso se trajeren en pocos días niños de pecho en cantidad, y que no puedan procurarse nodrizas bastantes para lactarlos, cuidará de que los mantengan con leche de vaca las Hermanas que destine para ello, y ella misma hará todo cuanto esté en su mano; aun así, ave­riguará de la Superiora, si tal vez pueden darse algunos a lactar, ya en la campiña, o bien en la ciudad».

Más adelante se expresará la idea de dar leche de cabra:

«La propuesta que hizo la señora Duquesa de alimentar a los niños con leche de cabra, me ha hecho pensar en otra solución…».

Propuesta quizá en razón de su menor costo, o tal vez para paliar, con un alimento de sabor más fuerte, la falta de leche de vaca.

Tan pronto como es posible, se busca un panadero para sumi­nistrar buen pan a los niños y asegurarles un crecimiento normal:

«Creo que la señorita Violle va a proponer un panadero para cocer el pan en Bicétre… lo mismo para el bien de los niños como para el de nuestras Hermanas».

Se vela por dar nodrizas a los más pequeños, pero no menos por que aquellas sean personas recomendables, y se evita el que traben con los bebés lazos ajenos al contrato por el cual han sido empleadas:

«Les expondrá con energía la solicitud y caridad con que han de servir a estos inocentes párvulos, y en particular que nunca les peguen, ni les maldigan, ni los acuesten consigo por la noche si no tienen quin­ce meses, ni les den el pecho cuando están enojadas… Se guardarán mucho además las nodrizas de tener contacto innecesario con los chi­cos y chicas ya crecidos, y asimismo aun las Hermanas, impidiendo sobre todo que se hable de cosas mundanas, capaces de desviarlas, quitarles el gusto de la vocación y aun abandonarla».

El señor Vicente sigue de cerca eso que está naciendo, se le ve, en 1638, escribiendo a Luisa, cómo ha encontrado algo con qué adornar la casa donde se reciba a los niños:

«El cuadro de la Virgen y de san José llevando al niño Jesús de la mano me parece bueno para esos pequeños niños expósitos …».

Se piensa en lo útil, sin olvidar lo gratuito. El señor Vicente, según lo hace normalmente, opta por un cuadro de la Sagrada Familia, como si quisiera proponer a las pobres criaturitas, pri­vadas por la vida de familia propia, una imagen de esa realidad, de la cual no se benefician, para que rehagan lo que modela la vida de todos los vivientes.

EDUCACIÓN PARA LA VIDA EN SOCIEDAD

El ritmo de la jornada, desde que se acoge a los parvulillos, está enderezado a unaeducación sana:

«… convendrá a la educaciónque se levanten, lo más temprano a las siete, y mientras se les viste, enseñarles a hacer la señal de la cruz, a juntar las manos, entregar a Dios el corazón, y pronunciar los nombres de Jesús y de María, aun a los que comienzan apenas a balbucir».

«A la una de la tarde, se les acostará en sus lechos, sin desvestir­les del todo, y según se vayan despertando, levantarlos, que jueguen un poco, y luego que merienden».

Después, rápidamente, se atiende al atuendo:

«… cuando estén a punto de levantarse, las Hermanas cuidadoras estarán en el dormitorio y les ayudarán a vestirse y, si es necesario, a peinarse…».

«Para habituarles a conservar la pureza y la salud, no les permiti­rán que se levanten desnudos, ni andar descalzos, ni con la cabeza des­cubierta, absteniéndose incluso de peinarles a la intemperie, tal el patio, o en estancia con las ventanas abiertas».

No se olvidan tampoco las ocupaciones:

«Las Hermanas destinadas a trabajar con los párvulos, tanto niños como niñas, cuidarán mucho de que empleen bien el tiempo, ora tra­bajando con ellos, ora observando cómo se las han, o bien elogiando y premiando a quienes cumplen bien con su deber, y a quienes descui­dan su quehacer, corrigiéndoles y amenazándoles».

UNA PEDAGOGÍA ADAPTADA

Niños o niñas, unos y otras son estimulados a desarrollar harmoniosamente sus talentos, en función de la percepción de la propia especificidad en la sociedad:

«Cuidará de hacer que los pequeños aprendan algún oficio, cuan­do para ello tengan edad y capacidad, lo que de ordinario es entre los cinco y seis años; como mínimo, que los niños aprendan a tricotar, y las niñas a hacer encaje y pasamanería; asimismo a escribir, al menos los niños, y que sean dos las Hermanas, una que dirija el trabajo de los niños y otra el das niñas».

«Las que tengan cuidado de los mayores, en particular de los nueve a los doce años, han de procurar que el orden de la jornada trazado para ellos, sea observado… les pondrán a trabajar, lo que de ordinario es, para los chicos tricotar, y hacer encaje para las chicas. Se les llevará a desayudar a las ocho, y después que sigan trabajando hasta el almuer­zo, salvo los chicos que aprenden a escribir, en lo que se emplearán durante una hora al salir del desayuno. Que almuercen después de los pequeños; esto es, las niñas en el refectorio de las Hermanas, y los niños en la estancia donde trabajan, y todos al mismo tiempo. Después del almuerzo, que jueguen juntos algún tiempo, luego vuelta a la obra hasta la cena, salvo los niños, que se pondrán de nuevo a escribir desde las dos hasta las tres, para luego reanudar el trabajo».

Van a tratarse atentamente los menores detalles, para fomen­tar un crecimiento armonioso: se tiene en cuenta, para simplifi­carlo, el exceso de las chicas en engalanarse, las relaciones chico-chica son tratadas con miras a evitar comportamientos impropios:

«Cuidarán, ya desde su edad más temprana, de que no contraigan ningún mal hábito, así el obstinarse, pegarse, mentir, golosear, exponer­se, o hacer boberías semejantes, particularmente entre chicas y chicos, pues aunque en nada de eso pequen, careciendo aún del uso de razón, ello dispone grandemente a ofender a Dios cuando llegue esa edad; por la misma razón, no tolerarán tampoco que jueguen juntos niños y niñas, y hasta procurarán que aun entonces practiquen las virtudes…».

Estemos particularmente atentos a la manera como hay que tratar, en el siglo XVII, a los párvulos más duros:

«… si es preciso castigarles, sea sin pasión, intentando corregirles con palabras, más que con golpes, bien amenazándoles con el castigo, si reinciden, bien prometiéndoles alguna recompensa, si se enmiendan; o aun mostrándose enojadas con ellos por la severidad del rostro, sin palabras; o quizá animándoles con alguna expresión compasiva y cor­dial; otras veces podrán imponerles alguna ligera penitencia, así besar la tierra, o llevar encima algo que les sonroje, privarles de alguna pequeña golosina o chuchería, y cosas semejantes; procuren sobre todo capacitarles para corregirse por la razón, haciendo que reconoz­can su falta; ahora bien, si se hacen incorregibles y se estima necesa­rio un castigo más riguroso, advertirán a la Hermana Sirviente, para que ella misma emplee la vara, o bien les mande a ellas emplearla; lo cual debe hacerse siempre sin pasión, y para ello posponer el castigo algún tiempo después de conocida la falta; y más que nada, que se guarden mucho de pegarles en la cabeza, particularmente a los más pequeños».

ATENCIÓN ESPECIAL A LO ESPIRITUAL

Una atención permanente a lo espiritual recorre y sostiene todo el conjunto del proyecto educativo, aun la atención a la cali­dad del espacio, como lo muestra el cuadro que el señor Vicente proponía a Luisa, para que ornase una pared de la casa en la que recibía a los niños. Velaba él porque los niños pudieran rehacer­se, mediante el arte no menos que el espacio interior. Veamos cómo, el ritmo de cada día está puntuado, desde que se levantan hasta que se acuestan, por tiempos de oración:

“… convendrá a la educación de estos párvulos levantarse no antes de las siete, y al vestirles, que les enseñen a hacer la señal de la cruz, a juntar las manos, ofrecer el corazón a Dios y pronunciar los nombres de Jesús y de María, aun los que no hacen más que balbucir. Una vez vestidos, les darán agua bendita o harán que ellos la tomen, hagan de nuevo la señal de la cruz y digan el Padre nuestro y el Ave María, cinco o seis de ellos a una, y luego las demás oraciones que se acostumbra, particularmente por los bienhechores. A las ocho lo más tarde, les darán de desayunar, y luego que jueguen en el patio, o en la sala, según el tiempo que haga. A las diez y media les llevarán a almorzar todos juntos en su pequeño refectorio, donde todos se sentarán, los chicos a una mesa y las chicas a otra, salvo en invierno, en que se le dará de comer en la habitación; en el momento de darles el potaje, uno de ellos, en pie, dirá muy alto Benedícite, y una Hermana hará que, al mismo tiempo, todos junten las manos. Cuando hayan comido, harán que todos digan en alta voz: ¡Muchas gracias, Dios mío! Y luego el mismo niño dirá de nuevo muy alto: Agimus tibi gratias,etc y después-Retribuere, por los bienhechores: después de lo cual se les hará jugar de nuevo. A la una de la tarde, se les acostará en sus lechos, pero sin desvestirse, y según van despertando, se les levantará, irán a jugar algo y luego a merendar. Que cenen a las cinco en verano y a las cua­tro y media en invierno; después se les deja jugar hasta la hora de acostarlos, que será a las siete en verano, y a las seis y media en invier­no, comenzando por los más pequeños y delicados, y cuidando de que los lechos de los chicos estén separados de los de las chicas, aunque no tengan más de tres o cuatro años. Al acostarlos, que hagan la señal de la cruz, junten las manos y pronuncien los nombres de Jesús y de María, tras lo cual recibirán o tomaran agua bendita. Los domingos y fiestas, que asistan a la misa celebrada en el hospital, y se cuidará de que los chicos estén a un lado y las chicas a otro; que junten las manos y recen a Dios según sus alcances».

Todo el día está embebido en un ambiente sagrado, ambiente que contribuye a poner en perspectiva la fuerza de la vida en la que estos niños son iniciados, para que atraviesen la existencia rodeados de poderes benéficos, que les faltaron en los primeros instantes y que ahora se procura restaurar. Las formas nos pare­cerán tal vez arcaicas en su expresión y maneras, pero ¿no contienen indicaciones claras, para el trabajo de resistencia, de la que tanto hablamos hoy?

CEME

Bernard Massarini

 

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