La obra de Federico Ozanam (XII)

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Autor: Léonce Celier .
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CUESTIONES SOCIALES

Historia de las letras, de las costumbres y del pensamiento, defensa e ilustración del Cristianismo a lo largo de los siglos que unen la antigüedad con el renacimiento, tal es la obra a la cual Ozanam había dedicado su existencia de escritor. Evocando las partes de esta obra que han sido publicadas, y los fragmentos que han quedado de las que no pudo terminar, nosotros hemos recorrido el campo que su propia voluntad asignaba a su labor. Un cuadro semejante, sin embargo, está lejos de bastar para encerrar todo lo escrito por él.

Se hallaba demasiado implicado en el movimiento intelectual y religioso para no obrar, y amaba demasiado las ideas para que su acción no se ejerciera lo más a menudo por la palabra y por la pluma. Polémicas juveniles con los San Simonianos, discusiones en la Conferencia de Historia y, más tarde, alocuciones en el Círculo de los Estudiantes; por otro lado, comunicaciones en las asambleas de San Vicente de Paúl, reseñas sobre la Propagación de la Fe, artículos de El Corresponsal y de La Era nueva; no se trata, en suma, sino de obras de circunstancias, intermedios en el cumplimiento del gran designio, pero no podemos omitir estos escritos hechos a vuela pluma. No podemos hacerlo porque nos muestran a Ozanam lanzado hacia las cuestiones vitales, que la actualidad crea a nuestro alrededor: expansión religiosa, justicia, caridad y libertad, problemas sociales. Los pensamientos que vamos espigando a través de las conferencias, los artículos, e incluso las cartas de Ozanam, parecen más acordes con nuestro tiempo que con el suyo. Se le cita como un precursor, si no como una autoridad. Sus amigos, los editores de las Obras completas, no pudieron ya negligir estas obras menores: recogieron una buena parte de ellas. La omisión sería aun menos perdonable hoy que en 1855. Sin embargo, un estudio detallado es imposible y tendremos que contentarnos con resúmenes sobre la participación de Ozanam en los debates sociales de su época.

Ozanam no es un sociólogo ni un economista. Su infancia desahogada no le puso en contacto con las duras realidades de la vida obrera; su temperamento y sus gustos no le llevaron al análisis crítico de los hechos sociales, ni al estudio razonado de la producción y de los intercambios. En el instituto, en la facultad, su labor ha seguido otros caminos. Nos lo confiesa él mismo, en 1833, en una carta a Falconnet, en la que felicita al amigo por haberse «ocupado mucho del gran problema del mejoramiento de las clases trabajadoras, problema con el que yo he apenas pensado». Y, haciendo un balance de los meses transcurridos, él no encuentra allí más que «algunas ideas muy vagas de derecho y legislación, cierto número de nuevas nociones sobre la filosofía de la Historia, ligeros conocimientos de economía política, sugeridos sobre todo por las discusiones de la Conferencia (de Historia)»

Las «ideas muy vagas de legislación» han dado lugar en el curso de los años siguientes, a un conocimiento bastante extenso de las ciencias jurídicas. Ozanam, que las estudiaba por obediencia, no tuvo quizá conciencia de haberse enriquecido de su contenido. Les debe sin embargo mucho. Incluso para su enseñanza de literatura comparada, su formación de jurista no fue vana: ella ensanchó su horizonte y guió la lectura y la discusión de sus textos. Para la formación de su pensamiento en general, y de su pensamiento social en particular, le fue un favor de la Providencia.

Si es verdad, sin embargo, que fue la enseñanza del Derecho que le facilitó la primera ocasión de exponer sus ideas sociales, no son las Pandectas, ni el Código civil, y ni incluso el Código de comercio que se las hicieron concebir.

No olvidemos que fue en mayo de 1833 que nació la Conferencia de Caridad. Al fundarla, Ozanam y sus amigos no tenían la menor intención de estudiar, y mucho menos de resolver, la cuestión social, que se presentaba a penas ante la opinión. Ellos deseaban acrecentar en ellos mismos la vida cristiana. Habiendo medido, en sus encuentros con incrédulos, las exigencias de su propia fe, querían asegurar ésta, realizarla y, al mismo tiempo, atestiguar para Cristo por su acción. Entonces, «¿qué hacer para ser verdaderamente católicos sino lo que place más a Dios? : socorramos pues a nuestro prójimo, como hacía Jesucristo». La obra adoptada fue la más sencilla, la más  modesta que se pueda imaginar: la visita a los pobres en su domicilio. Ozanam se entregó con fervor a esta idea. En ella encontró, para su corazón, impresionantes emociones, y, para su espíritu, un vasto tema de meditación y estudio.

Aproximarse a la miseria, tocarla con el dedo, esclarecer las causas, seguir sus efectos in vivo, en una afectuosa familiaridad con aquellos que se sienten agobiados por ella, tal fue la iniciación de Ozanam en la ciencia social: es por la Caridad que se introdujo en ella.

La pequeña conferencia no tardó en reclutar nuevos adherentes, a multiplicarse, a llegar a ser la Sociedad de San Vicente de Paúl, de la que Ozanam siguió siendo el sostén y el propagador en Lyon y en París. Esta extensión trajo, a su experiencia personal, el apoyo de otras experiencias que hacían sus hermanos. Ya no podría excusarse de haber a penas pensado en las clases laboriosas: a partir de 1836, presiente los terribles conflictos que va a acarrear el nacimiento del proletariado industrial, y el deber que se impone a los cristianos de hacer todos los posibles para amortiguar el golpe. Está tan convencido de ello que escribe, en términos casi idénticos, a tres amigos suyos. Podríamos decir que se trata, aquí, de la base fundamental de su pensamiento. Lo desarrollará sin cambiar la orientación. He ahí la exposición, o casi:

«Si la cuestión que agita hoy al mundo a nuestro alrededor no es una cuestión de personas ni una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social; si es la lucha de los que no tienen nada y de los que tienen demasiado; si es el choque violento de la opulencia y de la pobreza lo que hace temblar el suelo bajo nuestros pies, nuestro deber de cristianos es interponemos entre esos enemigos irreconciliables, y hacer que unos se despojen como para el cumplimiento de una ley y otros reciban como un favor; que unos cesen de exigir y otros de rehusar; que la igualdad opere tanto como sea posible entre los hombres ; que la comunidad voluntaria reemplace el impuesto y el empréstito forzoso; que la caridad haga lo que la justicia no sabría hacer.»

En un artículo sobre El protestantismo en sus relaciones con la libertad, que publicó el año 1838 El Universo religioso,» Ozanam nos presenta otra de sus posiciones sobre la cuestión social. Sin enfocar directamente su tema, nos muestra, sin embargo, en el siguiente pasaje, el camino que seguían sus reflexiones: género humano por vía de sacrificio y no por vía de rebelión; por un largo y algunas veces invisible trabajo y no por una deslumbrante catástrofe. Ella no intenta hacer romper las cadenas por las manos de los esclavos, sino que se propone liberarlos por las manos de los maestros…. Sin sublevar a los pobres y los pequeños contra los derechos pretendidos de la riqueza y el nacimiento, con el peligro de una lucha sangrienta e ineficaz, la Iglesia enseña al nacimiento y a la riqueza a abdicarse ellas mismas… Esos pueblos y esos príncipes, acostumbrados a contar y a operar tan sólo sobre las masas, ella les enseña a tener en cuenta la dignidad individual, no por la perspectiva de la insurrección, sino por el diario espectáculo del martirio. Los furores de la muchedumbre y de sus jefes se vieron obligados a confesar algo que era más poderoso que ellos, viniendo a expirar ante el santuario de la personalidad cristiana.»   

La enseñanza que Ozanam inaugura en Lyon el 16 de diciembre de 1839, se ve llamada por sí misma «la cátedra de Derecho comercial». Fue probablemente con este título que las deliberaciones del Consejo municipal habían sido tomadas y los créditos acordados. Tratábase, sin embargo, de una fundación completamente nueva, en una ciudad en que el Derecho no se enseñaba en parte alguna. Era imposible limitarse a una rama especial cuya preparación va precedida, en las facultades, por el Derecho civil y la Economía política. Por otra parte, el temperamento del profesor no le llevaba mucho a encerrarse en los artículos de un código. Concibió, pues, su curso como una iniciación jurídica, para uso de los negociantes y fabricantes que componían su auditorio. No tuvo tiempo de tratar ciertas materias que, como la jurisdicción consular, las quiebras y el derecho internacional del comercio, entraban desde luego en su planteamiento pero él desbordó ampliamente a éste. Dedicó varias de sus cuarenta y siete lecciones a los principios generales del Derecho, a las cuestiones del estado y la capacidad de las personas y, por fin, a los problemas sociales.

A partir del 15 de enero de 1840, en sus cartas a Pessonneaux, habla de sus digresiones filosóficas e históricas y de las severas verdades que no le hacen retroceder. Insiste en ello, un mes más tarde, en una carta a Lallier: «Me esfuerzo por vivificar la enseñanza de la letra de los códigos por su espíritu, por consideraciones históricas y económicas: invado incluso el terreno de la Economía social; me esfuerzo por inspirar a mis auditores el amor y el respeto de su profesión y, por consiguiente, la observación de los deberes que ella impone; les digo verdades severas y su benevolencia me da, de buena gana, derecho a ello».

Quizá su auditorio estaba, mejor de lo que creía el propio Ozanam, preparado para oírle. Fue aplaudido, y el éxito le dio valor. Hacia la mitad del año, su vigésima cuarta lección fue enteramente dedicada a «esta clase numerosa, que se relaciona también con el comercio, y de la que tenemos prisa en ocuparnos: la clase de los obreros».  

Esta lección contiene la primera expresión pública y la única expresión ordenada del pensamiento social de Ozanam. La crítica se halla muy medida. Él analiza, sin condenarlas en principio, las condiciones de la producción del trabajo. Había dicho, en su lección inaugural: «Al tratar algunas de estas cuestiones económicas de las que nuestro tiempo se halla tan fuertemente preocupado, nos esforzaremos por conciliar, con el respeto conservador de las instituciones actuales, las vistas progresivas que se adelantan a los perfeccionamientos futuros» Mantuvo su palabra. No  condenó la libertad de empresa, ni la ganancia, y ni el salario. Puso en guardia contra los peligros y reprobó los abusos.

Seguro de sus investigaciones históricas, es a la luz del pasado cristiano que él ilustra la cualidad humana de las comunicaciones entre el industrial y el asalariado, y define la tasa natural del salario. Esta tasa comprende «todo cuanto el obrero aporta al servicio del industrial… la voluntad, la educación y la fuerza»; para la voluntad, los gastos de existencia: «la más débil de las recompensas es no morir»; para la educación, lo que él llama el interés y la amortización: la educación de los hijos; para la «fuerza vital, que debe un día agotarse, la jubilación, sin la cual él… colocaría su vida a fondo perdido». La insuficiencia de la tasa real, en relación con estas condiciones absolutas, engendra una situación peligrosa, generatriz de violentos conflictos. Sin duda, «la caridad pública debe intervenir en las crisis. Pero la caridad, es el samaritano que vierte el aceite en las llagas del viajero atacado. Es cosa de la justicia prevenir los ataques».

Apartando la «intervención dictatorial» del Gobierno, juzgada por experiencia como «contraria al desarrollo de la industria» y «atentatoria a la vida del comercio», no es menos severa para la libertad absoluta «cuyo resultado es poner el obrero al capricho del empresario». Él espera que el progreso de los conocimientos «conseguirá hacer prever mejor las posibilidades de consumo, los medios de producción, y las medidas de distribución». Cuenta con la conciliación imparcial de los intereses y con un régimen de asociación que uniría sus obreros a su trabajo como a su propia cosa y desarrollaría en ellos el espíritu de propiedad. No excluyó, no obstante, la intervención oficiosa de los poderes públicos en las «circunstancias extraordinarias».

En un párrafo siguiente, que trata de las «aberraciones en las relaciones entre el amo y el obrero», tiene palabras severas sobre la explotación : «Hay explotación cuando el amo considera al obrero, no como a un asociado, como a un auxiliar, sino como un instrumento del que hay que sacar el máximo provecho posible al menor precio…. El obrero-máquina no es más que una parte del capital, como lo era el esclavo de los antiguos». Y se hace con él lo mismo que se hace con una máquina: el mantenimiento más económico. «De ahí provienen la reducción a lo mínimo de sus necesidades morales e intelectuales, y la supresión de su familia». Ozanam había ya fustigado, en un escrito anterior, a Malthus y a Bentham por haber enseñado «esas ignominiosas doctrinas que reducen toda la economía de la vida humana a los cálculos del interés, y que ahogan a la familia del pobre por no tener lo suficiente para alimentar a sus hijos».  

Los acontecimientos de 1848 no hicieron más que madurar estas ideas  le dieron, por otra parte, la ocasión de hacerlas oir por un público más numeroso. Encontramos la expresión de ello en un artículo escrito en septiembre:

«…Hemos visto al Cristianismo, ese guardián severo de la libertad, de la propiedad y de la familia, predicar sin embargo la abnegación, honrar la pobreza y hacer de la comunidad un ideal que se esfuerza por realizar en todos los grados de la vida religiosa… Eran grandes lecciones, pero peligrosas como todo lo que es grande. Seguramente no agradaban, no agradarán nunca a los malos ricos, a los soberbios, a los que no tienen nada que ganar en este mundo en el reino de la fraternidad, que no pueden escuchar sin turbarse la Vae divitibus del Evangelio, ni las amenazas de la Epístola de san Jaime contra los opresores de los pobres. Pero tampoco se ve que hayan satisfecho más a los malos pobres, los sensuales y todos aquellos que no vieron jamás en la doctrina de la resignación otra cosa que un artífice del clero para asegurar el reposo de los grandes por el silencio de los pueblos. No hay un solo siglo sin que una enseñanza tan dura para la impaciencia humana haya sublevado varios espíritus, o que algunos hayan acusado a la Iglesia de mantener el Evangelio cautivo y le hayan arrancado las páginas a fin de prestarle una interpretación materialista, dando a las promesas divinas un sentido terrestre y sustituyendo la comunidad de los sacrificios por la comunidad de los goces.»

»Jamás —dice también—, el Cristianismo no hubiera consentido a esa comunidad violenta que, cogiendo la persona humana en su nacimiento y empujándola desde la escuela nacional hasta los talleres nacionales, no ha hecho sino convertirla en un soldado sin voluntad del ejército de la industria, un engranaje sin inteligencia de la máquina del Estado.»  

Más explícito todavía, un artículo de octubre sobre las Causas de la Miseria  nos muestra la posición de Ozanam alejada de los extremos, tanto del socialista como del liberal:

«Acostumbrados a no considerar más que el interés temporal en el gobierno de los hombres, los políticos no han buscado las causas de la miseria sino en un desorden material, y se han formado dos escuelas que han condicionado todo con la producción o la distribución de las riquezas. De un lado, la antigua escuela de los economistas no conoce peligro social mayor que una producción insuficiente, ni otra salvación que apresurarla, multiplicarla, por una competencia ilimitada, por otra ley del trabajo que no fuere la del interés personal, es decir, del más insaciable de los dueños. Por otro lado, la escuela de los socialistas modernos pone todo el mal en una distribución viciosa, y cree salvar a la sociedad suprimiendo la competencia, haciendo de la organización del trabajo una cárcel que alimentaría a sus prisioneros, enseñando a los pueblos a intercambiar su libertad contra la certeza del pan y la promesa del placer. Estos dos sistemas, uno de los cuales reduce el destino humano a producir, y el otro a gozar, van a parar por dos vías distintas al materialismo, y no sabemos si sentimos más horror por los que humillan a los pobres, a los obreros, hasta no hacer de ellos más que los instrumentos de la fortuna de los ricos, que por aquellos que los corrompen hasta comunicarles las pasiones de los malos ricos.

»Para nosotros… tenemos una opinión más alta del destino de los hombres… Seguramente, nosotros no desconocemos el imperio de los acontecimientos exteriores… Creemos en la posibilidad de temperar lo que de imprevisto hay en la condición humana a través de la previsión de las instituciones. Estimamos perfectible la sociedad; no perseguimos su trastorno sino el progreso. Sin embargo declaramos que no se habrá hecho nada mientras no se habrá ido a buscar, no hacia dentro sino hacia fuera, las causas de la felicidad del hombre y los principios enemigos de su reposo.»

Podríamos multiplicar las citas. En sus cartas como en sus artículos, Ozanam, apoyado en su fe y. en su experiencia, expresa antes que nadie unas ideas que no han sido extendidas, en Francia sobre todo, sino mucho después, a fines del siglo XIX, y que han llegado a ser clásicas después de las grandes encíclicas de León XIII y Pío XI. Al mismo tiempo que los pensadores revolucionarios o incrédulos, adelantándose a los laicos católicos y al clero, él supo discernir la importancia del problema social que planteaba la evolución económica del mundo moderno. Se inclinó con ternura sobre los sufrimientos de las clases laboriosas; procuró escuchar su voz; quiso, como santo Tomás, «conciliar la aparente contradicción de la justicia y la caridad»; se atrevió a recordar su  responsabilidad a los detentores de la riqueza y del poder.

Este poder, al igual que la riqueza, él no los deseó; no tenía ambición. Su breve campaña de La Era Nueva, de abril de 1848 a febrero de 1849, nos daría, si necesario fuera, la prueba de ello.

Ozanam había nacido y había crecido en un ambiente familiar cristiano, pero también impregnado de tradición legitimista. Sus diecisiete años acogieron mal la revolución de 1830. Numerosas cartas a sus amigos dan fe de ello; no ahorra las críticas ni los sarcasmos al régimen de Julio. No obstante, lo que le reprocha sobre todo, es el desencadenamiento de pasión antirreligiosa que acompañó su nacimiento. En Luis Felipe vio al rey de los volterianos y de los «políticos» en el sentido más molesto de este término.

Sus reflexiones y su joven experiencia había de modificar en parte su actitud. Desde 1834 declara desear el «aniquilamiento del espíritu político en provecho del espíritu social», tiene «para el viejo realismo todo- el respeto que se debe a un glorioso mutilado», pero no se apoyará en él. Él «no niega…, no rechaza ninguna combinación gubernamental», pero no las acepta sino «como instrumentos para hacer a los hombres más dichosos y mejores». «Creo —dice—, en la autoridad como medio, en la libertad como medio, en la caridad como fin… Hay dos clases de gobierno… O bien es la explotación de todos en provecho de cada uno y es la República del Terror, y esta república, yo la maldigo. O es el sacrificio de cada uno en provecho de todos, y es la República cristiana de la Iglesia primitiva; es quizá también la del fin de los tiempos, el estado más alto adonde pueda subir la humanidad.»  

Estas ideas fueron confirmadas por el estudio de la Historia y por el aprofundizamiento de las ideas sociales en contacto con la miseria. Por un lado, Ozanam vio, en la acción de la Iglesia en los tiempos bárbaros, una acción de la Providencia, sacando de un trastorno político y social una extensión del reino de Dios. Por otro lado, el conocimiento adquirido por él de los medios obreros junto con las reflexiones que él le inspiró le persuadieron de la inminencia de luchas sociales violentas, que exigirían una adaptación de las propias instituciones políticas. La «promoción» de la masa obrera le pareció inevitable, y pues conforme con el plan providencial. Es superfluo observar que estas vistas prefiguran, si podemos decirlo, las enseñanzas de Pío XII sobre la Democracia cristiana.

Ozanam las formula desde finales del año 1847 en su discurso sobre Los peligros de Roma y sus esperanzas, en donde figuraba una frase que fue mal comprendida: «Pasemos con los bárbaros».

La Revolución de febrero vino poco después a confirmar a Ozanam en sus ideas y ponerlas a prueba. Confirmarlas, pues los insurrectos, lejos de imitar a los de 1830, atestiguaron a la Religión el mayor de los respetos. Ponerlas a prueba, pues Ozanam, siempre inquieto por servir a lo que él creía, fue llevado a entrar públicamente en la lucha.

Fue con estos sentimientos que se asoció con el padre Maret y que los dos obtuvieron la adhesión de Lacordaire para la fundación de un periódico que se señalaría como programa el preparar un entendimiento entre el pueblo y la Iglesia, y cristianizar el nuevo régimen tal como la Iglesia cristianizó a los bárbaros. Fue La Era Nueva.

La autoridad eclesiástica no lanzó quizá los promotores de esta campaña a emprenderla, pero aprobó, desde el principio, su empresa. Testimonio de ello la carta de monseñor Affre, fechada el 16 de abril de 1848:

«El conocimiento personal que tengo de los principios de los fundadores de vuestro periódico, me lleva a daros en seguida una adhesión de la que me abstuve respecto a otros periódicos publicados bajo el precedente régimen. No solamente estoy completamente tranquilo contra el peligro de una pretendida resurrección de El Porvenir, sino que estoy seguro que vosotros combatiréis eficazmente lo que las teorías de ese periódico han tenido de reprensible. Todos los católicos no tardarán, así lo espero, a estar convencidos de ello. Pero lo que más amarán de vuestra hoja es, sobre todo, la rectitud, la franqueza y una abnegación que hace abstracción de todos los partidos y no desea más que una cosa : la salvación de la Religión y de la Patria.»

Habiendo tomado Ozanam una parte muy activa en la marcha del periódico, bueno es observar que este último no se desvió de la línea que monseñor Affre había así aprobado. Lacordaire, es verdad, se retiró de la redacción, sin ruido y aconsejando mantener la vía que se habían trazado: no lo hizo por ningún motivo de ortodoxia, sino como lo dijo él mismo, por un motivo de opinión política: permanecía, en el fondo de sí mismo, unido al principio de la monarquía constitucional y no creía en la llegada inevitable de la democracia. Ozanam, por el contrario, sin renegar de su amor al pasado y lamentando quizá la monarquía cristiana de san Luis, estaba convencido de que la República era el régimen del porvenir, y no deseaba que este régimen se instaurara con un espíritu de odio contra el catolicismo que no tenía, en sus dogmas, ningún motivo para rechazarlo a priori.

Aparte de su papel de dirección, Ozanam daba a La Era Nueva una colaboración directa. No es posible de medirla con certitud, puesto que ningún artículo iba firmado. Los artículos que fundadamente se le atribuyen, sin correr el riesgo de injusticia, son los que su viuda ha indicado como obra suya.« Hay veinticinco, desde el 16 de abril de 1848 hasta el 11 de enero de 1849. De este número, diez, cerca de la mitad, son dedicados a la defensa de la persona y de los actos de Pío IX, dos o tres son extranjeros a cualquier política: funerales de Ampére, muerte de Chateaubriand, Libro del Pastor de Hermas. Uno, pone en guardia a la gente honrada contra la tentación de abstenerse en el escrutinio. Otro aclara, a la luz de la doctrina cristiana, los límites de la soberanía del pueblo. Otro compara la Convención de 1792 con la Asamblea de 1848, con ventaja para esta última. Dos son una condena motivada por el divorcio. Los más importantes : La moderación en la victoria; Los culpables y los extraviados; Los orígenes del socialismo; A la gente de bien; Las causas de la miseria; De la asistencia que humilla y de la que honra; De la caridad legal, son una exposición de las doctrinas sociales de Ozanam. Si las aplica a los acontecimientos del día, es con plena conciencia y sin ningún espíritu partidista. Predica la mansedumbre hacia los criminales que son unos extraviados, defiende la circunstancia atenuante de su miseria, demuestra que hay que atacar las raíces de ésta y proclama que el hecho de ahogar un motín, no es nada si no se gobierna con un espíritu ampliamente social.

Este lenguaje, que no nos sorprende hoy, pareció peligroso a muchos católicos. Procuraron únicamente restablecer el orden amenazado, aunque tuvieran que emplear la fuerza. Las consecuencias previstas por Ozanam no tardaron en realizarse.

Sin embargo, tuvo que renunciar a una cruzada que no encontraba bastantes reclutas. Se dedicó a sus trabajos profesionales y a sus estudios, así como a la Sociedad de San Vicente de Paúl, tanto como se lo permitieron sus fuerzas y su salud quebrantadas.

En todo ello, nunca Ozanam se presentó como sociólogo. Sus ideas no han sido elaboradas en el curso de un estudio razonado de los fenómenos económicos y sociales. Tampoco son la expresión de un poderoso pensamiento filosófico que fuera para él extranjero. Son nacidas de su piedad y sobre todo de su sentido cristiano.

Estas fórmulas, atrevidas entonces, tomadas de nuevo más tarde por tres Papas, es la meditación del Evangelio que las ha inspirado: es el Amor que las ha dictado. Así, sus pensamientos más atrevidos, sus críticas más severas, sus exhortaciones más vivas, lejos de reducir la parte de la Caridad, hacen de esta virtud lo que ella es realmente: el centro y el motor de toda vida cristiana, tanto en las comunidades y las naciones como en las personas. Más que un precursor, el que habla este lenguaje es un apóstol.

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