La miseria de los presos (IV)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
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Colaboración con las damas de la caridad

Guiada por un fino sentido psicológico, Luisa compren­día que dos hermanas, sobrecargadas de trabajo, no podían a no ser con mucha dificultad, darles a los presos la asisten­cia espiritual que hubieran querido. ¿Por qué no hacer una obra de colaboración con las damas de la caridad a las que ella misma había iniciado en la visita a los galeotes? Luisa veía que su presencia a la hora de las comidas facilitaría no sólo la asistencia espiritual que ellas aportarían, sino también el servicio corporal a las hermanas. Su rango social —esta­mos en el siglo XVII— obligaría a los presos a mostrar más res­peto durante su presencia en la sala. Enfocada así, esta co­laboración se manifiesta el noveno artículo del reglamento:

«Y como la experiencia ha demostrado que la presencia de alguna dama tiene mucho poder para frenar a tales inso­lentes, harán todo lo que puedan para intentar discretamente que venga de vez en cuando alguna cuando ellas los sirven….

Al no haber regularidad ni exactitud en estas visitas de las damas, Luisa elige el día de una asamblea de las damas de la caridad para que Vicente les haga ver «el bien espiri­tual que se podría hacer visitando a los pobres galeotes, en las horas en que nuestras hermanas les llevan la comida que es una hora bastante cómoda para poder volver a casa luego sin que el cuidado doméstico sufra menoscabo. Es a las 10 cuando se les sirve».

Una vez más, el amor pone a la misma altura a clases de la sociedad que están alejadas. Al lado de los presos abando­nados la dama de la alta sociedad del siglo xvii, la de la bur­guesía, y la joven campesina se encuentran

Elegir bien a las hermanas de los presos

El papel de la superiora no se limitó a la instalación de sus hijas en La Tornelle. Una vez en la obra, exigió que éstas la tuvieran al corriente de todo para que pudiera continuar dirigiendo esta obra de cerca. Llevar a sus hijas a tomar buenas resoluciones, era, después de todo, poca cosa. Era necesaria una acción prolongada en su alma. Su entrega a los presos pedía un conjunto de virtudes que se pierden fá­cilmente en contacto con gentes como éstas.

La tarea de elegir hermanas para esta obra implicaba siempre muchos riesgos. Vicente y Luisa lo hacían conjun­tamente. Sólo algunos meses después de haber colocado a las primeras, Luisa recibió un toque de atención: «No se está satisfecho con nuestra sor Juana que está con los pre­sos… hay que quitarla lo más pronto que pueda…». En con­sejo del 25 de octubre de 1646 aún se trata de problemas pa­recidos a propósito de las hermanas de los presos.

No obstante, éstas fueron las excepciones. La dedicación de las hermanas puestas al servicio de estos desgraciados se manifestaba en un verdadero heroísmo. Una de ellas no po­día dejar marchar «la cadena» «sin procurarle a cada pobre galeote uno o dos escudos que había pedido para ellos a personas caritativas». Los había adoptado verdaderamente y los seguía como una madre sigue a sus hijos.

No dejarse abatir

La naturaleza de sus ocupaciones llevaba a las hermanas empeñadas en esta obra a desanimarse fácilmente. Fue en estas ocasiones cuando san Vicente elevó para ellas los trabajos más bajos a los ojos del mundo mostrando lo que tenía de grande a los ojos de la fe.

«De los pobres criminales abandonados por todos, ¿quién tiene piedad? les preguntaba en 1655. ¡Las pobres hijas de la caridad! ¿No es cumplir lo que hemos dicho: honrar la gran caridad de Nuestro Señor, que asistía a los más miserables pecadores, sin mirar sus hechos?».

Las hijas sacaban de sus exhortaciones la fuerza necesa­ria para no dejarse abatir. Luisa, por su parte, les señalaba la gracia insigne que Dios les concedía al llamarlas para ser las siervas de los presos y las animaba a «renovar en ellas el espíritu de pureza y de modestia», tan necesario en sus tra­bajos, para que fueran «como la luz del sol que pasa conti­nuamente sobre las basuras sin por ello mancharse ni siquiera un poco».

Obligada a ausentarse de París en 1646, Luisa nombra a su asistente, sor Isabel Hellot, para que haga la visita a los galeotes cada ocho o diez días. De esta forma hacía cum­plir la formación sobre la marcha que ella había dado a las «hermanas de los presos» mediante una vigilancia asegurada. En efecto, siempre mostró un interés especial por esta obra. Con ocasión de una visita al procurador general tuvo la de­licadeza de agradecerle particularmente la buena acogida que hace siempre a las hermanas cuando en sus necesidades se acercan a él «tanto para los pobres presos como para los niños

¿Y después?

La Tournelle sirvió de prisión hasta 1790. Pero desde hacía ya un siglo el campo de acción de las siervas de los presos se había extendido. En la capital las damas de la ca­ridad hasta 1660 sólo se había ocupado de los galeotes. En esta época se vieron arrastradas hacia los desgraciados de otras prisiones; con ellas fueron las hijas de la caridad. Dos de ellas fueron mantenidas por las damas, al lado de la con­serjería, hasta la revolución para que prepararan las comidas a los enfermos y los remedios a los prisioneros.

La obra de las prisiones —forma modificada de la de los galeotes— se estabilizaba. Para formarse en la obra, las «sier­vas de los prisioneros» del siglo XVIII buscaban siempre en el mismo reglamento, tan prudentemente elaborado La Tournelle sirvió de prisión hasta 1790. Pero desde hacía ya un siglo el campo de acción de las siervas de los presos se había extendido. En la capital las damas de la ca­ridad hasta 1660 sólo se había ocupado de los galeotes. En esta época se vieron arrastradas hacia los desgraciados de otras prisiones; con ellas fueron las hijas de la caridad. Dos de ellas fueron mantenidas por las damas, al lado de la con­serjería, hasta la revolución para que prepararan las comidas a los enfermos y los remedios a los prisioneros.

La obra de las prisiones —forma modificada de la de los galeotes— se estabilizaba. Para formarse en la obra, las «sier­vas de los prisioneros» del siglo XVIII buscaban siempre en el mismo reglamento, tan prudentemente elaborado por Luisa para las primeras hermanas al servicio de los detenidos de la Tournelle.

Entre ellas, se cita el ejemplo dado en Rennes por sor María Gulhés que tenía como primer cuidado hacia los prisioneros «limpiarlos de parásitos». Después de cambiarlos de ropa, les procuraba todos los alivios que sus necesidades reclamaban. Ocupada en esto, les hablaba de sus crímenes y los preparaba a bien morir, cuando preveía que no podía librarlos de esta triste suerte. Y, como Bárbara Angiboust, ponía cara sonriente a ciertos desgraciados que fueron «bastante inhumanos por maltratarla cruelmente».

¿Preveía Luisa hasta qué punto de heroísmo llegarían sus hijas para cumplir fielmente sus recomendaciones? Fiel al octavo artículo del reglamento: «ni tampoco contestarán… para justificarse cuando se les acuse falsamente», una de sus hijas del siglo XIX verificó al pie de la letra las palabras de san Pablo: «Acordaos de los que están presos como si estu­vierais vosotros mismos con ellos». Después de haber asis­tido a los presos con gran caridad por espacio de cuarenta y un años, ella pasó un año en la cárcel a causa de su fe: «lo que no le impidió seguir procurando los socorros espirituales a las inocentes víctimas condenadas a muerte, sin temer los peligros que podía acarrearle a ella misma».

El campo de acción sobrepasa por fin las fronteras de Francia. Los prisioneros de otros países disfrutan del ser­vicio de entrega de las hijas de la caridad. En Estados Unidos, los esclavos negros —otros galeotes— conocieron también a las siervas caritativas. Una de ellas al verlos «tratar como a animales de carga, consiguió por parte de los guardianes que fueran tratados con menos brutalidad».

Otras Bárbaras… otras Nicolasas… otras «siervas de los presos»… se conocerán en cada siglo en cada nación. Las del siglo xx se inscriben aún en la escuela de su fundadora. Sus consejos las guían en su caminar y las preservan de cualquier mancilla en su relación con este ambiente peligroso.

La asistencia moral a los prisioneros domina sobre la asistencia corporal desde el día en que el estado, compren­diendo mejor sus deberes, procura a los presos lo necesario. Desde ese día también, las hijas de Luisa, siempre fieles a condicionar su acción según las necesidades de la época, dirigen sus esfuerzos más bien hacia el alivio moral.

Un relato del servicio de prisiones de la isla de Cuba nos nuestra la tendencia actual.

«Cada jueves, se lee, vienen dos hermanas a la casa central de detención. Cuando han llegado se separan: dos enormes salas de conferencias están a su disposición. Libremente, los prisioneros vienen a escucharlas: cada una consigue de este modo un auditorio de mil quinientos veinte hombres cada vez. No hay ningún guardia en la sala; pero se ha decidido que durante la charla la hermana hablará y si no ha sido comprendido un punto, será a la salida en el patio donde se plantearán las preguntas. Libertad en esto también: las dos hermanas permanecen juntas y, los que quieren, se acercan a ellas, uno tras otro, sin ser molestados por los guardias.

«Este es el medio de lograr un conocimiento más amplio, y de la religión se pasa a la familia o a la inversa; ellos saben que las hermanas están a su servicio y al de sus seres queridos…».

Y lo bueno que se puede decir, aún en nuestros días, acerca de la hija de la caridad que sirve a los prisioneros, ¿no revierte en elogio y en gloria de su madre espiritual?

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