La miseria de los presos (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
Tiempo de lectura estimado:

Vicente sugiere a Luisa que envíe a sus hijas para que sirvan a los presos

Vicente tenía en perspectiva un bien más profundo, más duradero aún. Mira a la señorita Le Gras; mira a sus hijas, que bajo su rusticidad esconden tesoros de virtud y de amor. Ahora son un pequeño núcleo ferviente dispuesto a cualquier tarea por el Señor de la caridad. Atrevidamente, Vi­cente sugiere a Luisa que las convenza para que sean «sier­vas de los presos», y en 1640 las tenemos sencillas, humildes y puras, comenzando sus tareas al lado de los desgraciados encerrados en la Tournelle.

Durante ocho años Luisa tuvo bastantes ocasiones para estudiar de cerca la profunda miseria física y moral de los presos. Veía a estos pobres desafortunados, maltratados por carceleros brutales y ávidos de lucro, obligados a com­prar víveres que sobrepasaban con mucho los precios ordi­narios y carentes de consideración. Su corazón se enterne­cía más y más, sobre todo al ver a los enfermos a quienes, al igual que a los sanos, la administración no proveía más que pan y agua. Una vez más la providencia la había puesto en la escuela de la experiencia… Después de haberse entre­gado personalmente a esta obra durante un largo período, era maestra experta en organizar el servicio a los presos. Vicente lo sabía muy bien… Como siempre, confía en ella, en su sabiduría, en su sentido común, para preparar la rea­lización práctica de aquello que sólo pudo soñar su inmenso amor a Dios.

1640. Comienza el servicio a los presos

Enero de 1640. Luisa se encuentra en Angers organizando a sus hijas en el hospital de San Juan. Le llegan siete cartas consecutivas de Vicente. Encontramos casi como un estri­billo, expresado el deseo de su vuelta a París. «¡Oh!, qué ne­cesaria es vuestra presencia aquí… para los asuntos generales de la caridad», le escribe el 17 de enero. Cinco días más tarde: «en cuanto a vuestro regreso, le ruego que sea lo más pronto posible»; y, para hacerlo posible, le recomienda «que tome una diligencia y que alquile para ello dos caballos fuertes y buenos». La misma insistencia en sus cartas del 28 y 31 de enero del mismo modo que en la del 4 de febrero. El 20 de febrero estalla de alegría al pensar que estará pronto allí. «Bendito sea Dios, escribe, porque prepara usted su regreso, ¡oh!, qué bien recibida seréis y con cuánta impa­ciencia se la espera». Y, veamos precisado el porqué de su prisa: espera ese día «a la hija del señor Cornuel, que ha ofrecido seis mil libras de renta para los presos, para tratar la forma de asistirlos». Casi se oye un suspiro de alivio por su parte cuando le escribe algunos días después: «lle­gará usted a tiempo para lo de los presos».

A finales de mes Luisa estaba de regreso en París para secundarle, ya que había que hacer varios trámites antes para obtener el legado destinado a los presos. Vicente tuvo que suplicar, insistir, apresurar a Mathieu Molé, procurador general, para que un capital capaz de asegurar la renta de seis mil libras fuera puesto en las manos de éste y adminis­trado por él y sus sucesores. Este donativo iba a permitir cl alivio corporal de los presos al poner a su disposición a siervas entregadas.

Si Vicente había reconocido como difícil la organización de la visita a los presos, tarea que proponía a Luisa en 1632, asegurándole que era la propia dificultad de la obra «la que me hace lanzar esta idea en vuestro espíritu», cuánto más difícil era la llamada de 1640, cuando pedía la organización del servicio a los presos.

Dificultades de la tarea

Al poner a las siervas de los pobres, no iniciadas en la vida de la cárcel, en ese infierno que eran las prisiones del siglo XVII, Luisa tuvo que estremecerse, a pesar suyo, al pen­sar en ello. Ella que no actuaba nunca a ciegas, debió enfo­car este proyecto bajo todos sus aspectos. Los presos ¿no se negarían a respetar a estas buenas jóvenes campesinas incultas y rústicas? ¿Osaría exponer así a sus hijas a peligros inminentes entre gentes de mala vida?

El celo de Luisa no era en absoluto de aquellos que pue­den ser detenidos por los obstáculos. Ante una misión en la que el pobre aparecía bajo un aspecto tan repugnante y abandonado, Luisa no podía dudar. Al contrario, se ale­graba por tener ocasión de enviar a sus hijas a cuidar a estos pobres desgraciados, convencida de que Dios las guardaría como hizo con los tres niños en el horno de Babilonia, ya que era por caridad y por obediencia por lo que iba. ¡Esa era su gran teoría!

Hay que señalar que es en este período de la historia de los presos cuando la acción de Luisa se va a hacer sentir más y más. Esta misma época supone además, la adopción general de los niños abandonados, la fundación de nuevas caridades, la adquisición de una casa madre, en la que cada una de sus hijas viene a impregnarse en el amor a Dios y al prójimo y donde Luisa las seguirá maternalmente en su cam­po de acción, al igual que a sus buenas hijas recientemente instaladas en el hospital de Angers. Sus jornadas sobrecar­gadas no le dejaban ni un momento libre, pero tuvo que en­contrarlo para este nuevo servicio destinado a alcanzar los últimos bajos fondos de la miseria moral.

Formación sobre la marcha

Para otras obras, Luisa había podido seguir con ellas, apoyándose en cada ocasión en métodos ya establecidos, una formación por correspondencia. En lo que respecta a las hermanas destinadas al servicio de los presos, en el que estaba todo por organizar, Luisa tuvo que decidirse a favor de una formación sobre la marcha. Si aceptaba poner a sus hijas en tal ambiente, les señalaría primero los peligros a los que se verían expuestas y las precauciones que tendrían que tomar; de ninguna manera disimulaba los peligros de este ambiente corrompido.

Su método general de formación en la vida de las obras era el de instruir a las principiantes en contacto con las más antiguas e incluso en colaboración con ellas. Al faltar anti­guas en este empleo, nos parece más que probable que Luisa acompañara en persona a las primeras «hermanas de los presos» en la prisión de la Tournelle. Allí, vería las condi­ciones en las que éstas harían el servicio.

Sabiendo muy bien, según su propia formación, que la experiencia es la mejor garantía contra el error, pasó sin duda algún tiempo allí con el fin de verlas en la obra. Cons­tatamos su presencia en la Tournelle además, por una peti­ción de san Vicente, para que redactara el reglamento para las «hermanas de los presos», añadiendo: «pero para esto sería bueno saber lo que hacen y ponerlo». Para saberlo, Luisa tuvo que ir.

Luisa redacta el reglamento

En este reglamento, se transparenta la idea maestra que inspiró toda su acción social. Señala en primer lugar el no­ble fin de la nueva tarea: «servir corporal y espiritualmente, tanto en la salud como en la enfermedad, a los pobres pre­sos que están detenidos en París hasta que se hayan ido para ser conducidos a galeras».

Antes que pensar en salvar el alma de los presos, las her­manas ¿no tendrán que mostrarles una vida que les permita tomar conciencia de que tienen un alma? Para esto, el ser­vicio corporal debe ocupar el primer lugar. Este se extenderá en lo que concierne a la alimentación, la ropa y el cuidado de los enfermos.

Procurar a los presos una buena alimentación

El primer abuso que Luisa notó fue el de la escasa ración de pan y de agua que se daba a los encadenados. Quiso sus­tituir ésta por platos bien cuidados y apetitosos. La humedad y la suciedad de la prisión no favorecían su preparación, mandó a las hermanas que prepararan «todos los días en sus casas, su comida, y compraran ellas mismas la carne y demás cosas para su alimento…».

Mandatos llenos de delicadeza por parte de Luisa y muy bien cumplidos por sus hijas. Fue una de éstas la que, según el testimonio de su compañera de la prisión, «se levantaba hacia las tres de la mañana porque la carne no puede guardarse mucho tiempo, y se iba a la carnicería, de donde volvía cargada con setenta y cinco libras de carne».

Para poder preparar la comida primero había que com­prarla. La compra de víveres hecha por las hermanas ali­viaba a los galeotes, ya que los proveedores engañaban en la cantidad y en la calidad de los alimentos que les daban, y evitaba la brutalidad de los guardianes que les distribuían una comida repugnante y que se prestaban a especulaciones vergonzosas en la renta de víveres y otros objetos de primera necesidad. En esto, ¡otra recomendación!: estos víveres eran el bien de los pobres; era obligación pues, el distri­buirlos. Para esto el reglamento precisará que «no se apro­vechen de su comida, directa o indirectamente, y que no fa­vorezcan a los vendedores que les proveen, en perjuicio de dichos pobres».

La experiencia mostró que la lección había sido apren­dida: al ser escasa la carne que llegaba, las hermanas renun­ciaron a su ración, en favor de los galeotes «para no darles motivo de queja o de murmuración…».

Otra precisión. El reglamento dice que «la que haga la receta y el gasto lo registrará para dar cuenta cuando se re­quiera, a aquellos a los que pertenezca». Palabras llenas de sabiduría dirigidas a pobres jóvenes campesinas, siempre ex­puestas al peligro que supone el manejo de dinero. Y san Vicente les dice a su vez: «Es una cosa completamente necesaria para las hijas de la caridad el ser y parecer de buenas cuentas».

Los recursos que estaban a su disposición eran sin em­bargo muy limitados y a veces llegaban a faltar. Fue en estas ocasiones cuando las hermanas se mostraron dignas de su madre espiritual. Para «sus pobres» no dudaron en ir a pe­dir a personas caritativas.

Desgraciadamente, llegaron días, e incluso años enteros, durante los cuales éstas no pudieron contribuir con la limosna deseada, pues los más ricos y los más pobres subsistían y salvaban su vida a duras penas. Fueron necesarios casi milagros de economía para que las hermanas alimentaran a los presos. Podemos juzgarlo por una carta dirigida a Vicente durante las miserias de la Fronda. Con qué solicitud su colaboradora le expresa sus inquietudes por esa limosnera voluntaria que ya no tenía fondos para sus protegidos.

«Nuestra hermana, que está con los galeotes, escribe, vino a verme ayer muy afligida porque ya no tiene pan para sus pobres, tanto porque le debe al panadero, como por lo caro que está el pan. En todos los sitios pide prestado y busca para esto con mucha dificultad».

El alimento que se ha comprado, hay que prepararlo con esmero y de manera que despierte el apetito. El consejo de Luisa a cada hermana que está en la cocina es que «la carne esté en su punto, ni demasiado ni poco cocida». Pero si la cantidad y la calidad eran muy necesarias para mejorar el estado de los presos, debilitados por su vida de inactividad en la Tournelle, la puntualidad le parecía a Luisa más esencial para satisfacer a estos pobres presos. Era pues «a la hora precisa» cuando las hermanas debían llevarles la olla. Comenzaba el verdadero servicio para las «hijas de los presos» ¡pero en qué ambiente! La inquietud maternal no puede ocultarse más.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *