La miseria de los presos (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
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«Acordaos de los presos, como si vosotros estuvierais presos con ellos, y de los que su­fren malos tratos, como si estuvierais en su cuerpo»

San Vicente de Paúl tenía con las hijas de la caridad un respeto especial, y el solo nombre de «siervas de los pobres» le enternecía. En sus últimas charlas les repetía con fre­cuencia: «¡Oh, qué bello título, es tanto como si dijéramos sierva de Jesucristo, porque El piensa que todo lo que se haga con sus miembros con El se hace!». En octubre de 1655, al hablarles del servicio a los presos, se paró de pronto y ex­clamó:

«¡Oh!, hermanas mías, qué felicidad servir a los pobres presos abandonados en manos de personas que no tienen pie­dad. Yo he visto a estas pobres gentes, tratados como bestias; lo que ha hecho que Dios se haya compadecido. Le han dado lástima; por lo que su bondad ha hecho dos cosas en su favor: primeramente, ha hecho que les compren una casa; en segundo lugar, ha querido disponer las cosas de tal forma que fueran servidos por sus propias hijas, puesto que decir una hija de la caridad, es decir una hija de Dios».

Los presos tenían derecho a la solicitud del santo, viejo ya, quizá más que ninguno de los desgraciados socorridos por las hijas de la caridad; el interés caritativo de éste no ha­bía disminuido con respecto a ellos desde hacía más de treinta años. Al llegar a la corte el rumor de las maravillas que hacía con ellos, el rey le otorgó, el 8 de febrero de 1619, el cargo «de limosnero real de los galeras», cargo que le permitía una mayor iniciativa personal y le facilitaba la entrada en los calabozos infectos de la conserjería y en las otras prisiones de la capital en las que los presos esperaban la partida de la «Cadena» hacia Marsella.

Estos condenados, agotados por el peso de duras cadenas, atacados por la fiebre y faltos de ayuda espiritual y corporal, habían enternecido tanto su corazón que se dirigió al pro­curador general, bajo cuya dependencia se hallaban todas las prisiones, y le suplicó que mejorara la situación de los galeotes, al menos la de aquellos que estaban enfermos. El procurador accedió a los deseos de Vicente y ese mismo año realizó el traslado de los calabozos de la conserjería a una casa del arrabal de san Honorato, cerca de la iglesia de san Roque. Como esta buena obra no tuviera fondos, el cardenal de Retz encargó a sus clérigos el 1 de junio de 1618, que encomendara a estos desgraciados a la caridad de los fieles. Esta petición, según Collet, suscitó no sólo generosos donativos sino que arrastró «a personas piadosas y caritativas a entrar en la cárcel para instruir y consolar a los galeotes».

Desde 1632 Luisa visita a los presos

Que Luisa de Marillac estuviera en el número de perso­nas caritativas que los visitaban es algo muy posible. Desde su matrimonio en 1613, vivía en la parroquia de Saint-Merry, donde actuaba como esposa y madre devota. A pesar de sus jornadas muy ocupadas, sus horas de recreo pertenecían a los desgraciados. Una de sus criadas que la vio en esta ta­rea, atestigua que les llevaba dulces y confituras, «bizcochos y otras cosas buenas. Los peinaba, les limpiaba la sarna y la miseria, los amortajaba». Al mismo tiempo contaba como sus mejores momentos aquellos que pasaba con las Hijas de la Pasión: éstas la admitían para que compartiera su po­bre comida y a unirse en sus oraciones y ejercicios. Su vida le había atraído tanto antes que había deseado enclaustrarse. El reverendo padre Honorato de Champigny, capuchino, la encontró demasiado débil para poder soportar esta vida tan austera. Luisa se resignó con esta negativa, viendo en ello la voluntad de Dios, pero continuaba yendo a ver a estas san­tas almas.

Estas visitas la llevaban muy cerca de la casa reciente­mente alquilada en el arrabal para los galeotes. Es probable, conociendo el cuidado que animaba a Luisa por todos aque­llos que sufrían, que desde 1618, formara parte del noble cortejo de damas de las que Bourdaloue podía decir:

«Bajad, señoras, a estos antros profundos, donde la justi­cia de los hombres muestra todo su rigor; intentad taladrar las sombras de estas negras viviendas; abrid los ojos y mirad, si podéis, a través de estas horrorosas tinieblas, a un miserable agotado bajo el peso de sus hierros, y que nos muestra en toda su figura la imagen de la muerte. Añadid a todos estos tormen­tos del espíritu, el sufrimiento del cuerpo: un calabozo infecto como vivienda, un pan grosero y racionado por alimento, la paja como cama…».

Los biógrafos de Luisa y sus propios escritos no nos pro­porcionan ningún detalle de sus visitas al presidio en esta época. El primer indicio que encontramos del servicio per­sonal que presta a los pobres detenidos se desprende de una carta que san Vicente le dirigió en 1632: ella da a entender, sin embargo, que su entrega hacia éstos no era reciente.

«La caridad hacia los pobres presos, le dice él, tiene un mé­rito incomparable ante Dios. Habéis hecho bien al asistirlos y haréis bien en seguir haciéndolo en la medida que podáis…».

Aunque Luisa haya sido o no del número de las primeras visitadoras de los presos, sigue siendo para nosotros digna de admiración y de alabanza por lo que ha hecho con estos pobres desgraciados, desde esta época, poniendo «a su ser­vicio» a sus hijas y estimulando a las damas de la caridad para que los visitara en una estrechísima colaboración.

Los galeotes de Tournelle

La prisión de Tournelle, que encerraba a los galeotes desde 1618, no era susceptible de recibir las mejoras que re­quería la salud de los detenidos. Por otra parte, la visita a los presos de «personas piadosas y caritativas» —visita que no estaba organizada en esta época— había desembocado en un grave abuso. Mujeres de mala vida se mezclaban en sus filas y «de un lugar de penitencia y de dolor lo convir­tieron en una cloaca de prostitución y de escándalo». Estos desórdenes inquietaban a san Vicente, que, entre dos misio­nes, no se olvidaba de sus galeotes; bien hubiera querido poner remedio pero las prisiones de París no dependían de la administración de las galeras. Si ya cuidaba a los galeotes de la capital, era por benevolencia, y a sus expensas.

Es probable que apoyara fuertemente las decisiones de la compañía del Santísimo Sacramento, de la que era miem­bro, cuando ésta se declaró vigorosamente en la lucha, en 1630, contra las deplorables prácticas que existían en estos calabozos inmundos y mal ventilados, donde los criminales, según la enérgica expresión del conde René de Voyer de Argenson, «se pudrían en vida». Gracias a la compañía que tomó a su cargo, en los últimos meses del año, el sueldo de cuatro guardianes suplementarios, los presos pudieron dejar sus calabozos por unos momentos todos los días para respirar un poco de aire puro.

Vicente en persona, sea a instancias de la compañía, sea por iniciativa personal solicitó e hizo solicitar al rey Luis XIII…

«que tuviera a bien… que la antigua torre que está entre la puerta de san Bernardo y el río fuera destinada para servir de retiro a los pobres encadenados; lo que le fue concedido en el año 1632; y en seguida fueron conducidos allí, y durante algunos años sólo subsistieron por las limosnas de personas caritativas…».

En 1633 la compañía del Santísimo Sacramento tuvo que dejar por un tiempo el asesoramiento del servicio reli­gioso en las prisiones de París, del que se había encargado, por causa de las reclamaciones de algunos curas que consi­deraban esta ingerencia como una «injuria a su dignidad pastoral». El asesoramiento que recaía por derecho en el cura de la parroquia, Georges Froger, párroco de san Nicolas­du-Chardonnet, que se dirigió al arzobispo para obtener el dos de septiembre de 1634, una orden por la que se organi­zaba el servicio del culto en la torre de los galeotes. Un miembro de la compañía del Santísimo Sacramento fue ele­gido como capellán y encontró facilitada su tarea con el apoyo de sus cofrades, cuya actividad se mostraba siempre a favor de los presos.

Quizá nadie ha puesto tanto interés como Vicente, que quería asegurarles la ayuda necesaria desde el triple punto de vista material, moral y religioso. La asistencia espiritual a éstos era una de las obligaciones del contrato que daba ori­gen a la congregación de la misión . También hizo una lla­mada a los sacerdotes de la conferencia de los martes para que diesen misiones a los galeotes antes de la partida de la cadena para Marsella; queriendo prepararlos así para la recepción de los sacramentos de penitencia y de eucaristía y ayudarlos a soportar cristianamente las penas del viaje.

Insistir sobre el papel que Luisa de Marillac tuvo en el servicio de los galeotes no es disminuir en nada el mucho bien que san Vicente les hizo. Fue él quien, en 1632, pre­guntó a Luisa, que en este momento era superiora de la ca­ridad establecida en la parroquia de Nicolas-du-Chardonnet, si no convendría que los presos tuvieran parte en las distri­buciones hechas a los pobres de la parroquia por las damas de la caridad de la cofradía. «Piense un poco, le escribe, si su caridad de Nicolás quisiera encargarse, al menos por un tiempo». Luisa y las damas dieron lo que pudieron pero sus limosnas no bastaban, se hizo una llamada a las damas de la caridad del hospital. Estas aportaron a los pobres en­cadenados consuelos y limosnas.

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