La mansedumbre, la cordialidad y la tolerancia en el espíritu y en la identidad de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: Segundo encuentro de animadores espirituales de las Hijas de la Caridad, Salamanca, Octubre-Noviembre de 1979, propiciado por el Secretario de la Comisión Mixta Española.
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Al buscar una identidad brota inmediatamente la idea de comparación y de igualdad. Y al buscar la identidad de la hija de la Caridad se debe encontrar una igualdad con ella misma, con sus notas esenciales, cuando actúa y cuando vive. Pero al examinar las notas esenciales de la hija de la Caridad podemos analizarlas desde distintos ángulos, dán­donos así identidades diversas.

Identidades diversas

Tenemos una identidad jurídica que encontramos en los documentos oficiales, en especial de papas y obispos. Está centrada en los fines y en la naturaleza religiosa: no son religiosas, son seculares entregadas a Dios para el servicio de los pobres; sus votos son privados. El C.I.C. las cataloga como Sociedades de Vida Común.

Las Constituciones de 1954 parecen querer reflejar una identidad jurídica con la que no estaban de acuerdo las Hermanas.1

Muy afín con la identidad jurídica está la identidad teo­lógica. Es un análisis de las notas esenciales de las Hijas de la Caridad según unos principios de teología, situándolas en la Iglesia y en el plan de salvación.2

Hay otra identidad, la dinámica. Es el espíritu que em­puja a vivir y a actuar de un modo determinado. Da la con­ciencia de hija de la Caridad en el servicio y en el apostola­do, y hace que la hija de la Caridad se sienta ella misma, perteneciente a una Compañía bien definida. Son las virtu­des de humildad, sencillez y caridad.

De él se ha hablado y escrito mucho. San Vicente lo explicó frecuentemente: Reglas, I, 4; Conferencias del 2, 9 y 24 de febrero de 1653, y del 14 de julio de 1659.

Y aún podemos descubrir una cuarta identidad. Viene a ser su espiritualidad. Está reflejada en los capítulos V y VI de las Reglas. Es como el fruto, la realización manifestada de la identidad de espíritu. Es la que más aparece al exte­rior. Es como un vaho que despide la hija de la Caridad al ser, al vivir y al actuar; está hecha de actos diarios por aprendizaje o por contagio de unas Hermanas con otras. Así es, así vive y así actúa la hija de la Caridad, y así lo ha hecho a través de la Historia.

Esta identidad se puede concretizar también en tres vir­tudes: mansedumbre, cordialidad y tolerancia, consideradas como virtudes naturales y sobrenaturales.

Es decir, virtudes adquiridas, consiguiendo una destreza y disposición constante para el obrar y completando el ca­rácter de una persona.

Es decir, virtudes infundidas por Dios en la justicia como un dinamismo de la gracia para que las acciones del hombre queden ordenadas a su salvación y dirigidas a Dios trino, y para que la persona quede capacitada para aceptar la comunicación de Dios.

No es justo catalogar estas tres virtudes como pasivas únicamente, pues son activas y en gran manera. Todas las virtudes encierran algo de aguante y algo de empuje. Y la mansedumbre, la cordialidad y la tolerancia tienen mucho de audacia dinámica para cambiar algo, convencer a alguien, ganar a muchos y renovar la sociedad. Son un empuje sin brutalidad.

Intentaré examinar esta identidad basada en la manse­dumbre, cordialidad y tolerancia.

San Vicente y santa Luisa

Al buscar esta identidad de la hija de la Caridad con­viene constatar que san Vicente da las líneas de las cuatro identidades, pero aparece más como un director de doctrina. Es el Superior General que sólo interviene para dar las di­rectrices y en la dirección última o en los grandes asuntos.

Así vemos la escasa correspondencia que mantiene con las Hermanas: 58 cartas en vida de santa Luisa, 10 después de morir ella y 10 que le escriben las Hermanas.

Pero admiran las grandes conferencias que les da sobre estas virtudes:

  • 1 de enero de 1644: sobre el respeto cordial.
  • 19 de agosto de 1646: sobre el respeto mutuo y la man­sedumbre.
  • 30 de mayo de 1658: sobre la condescendencia y la tolerancia (Reglas 38).
  • 2 de junio de 1658: sobre la cordialidad, el respeto y las amistades particulares (Reglas, artículos 39 y 40).

Y vemos que en la conferencia del 2 de febrero de 1653, sobre el espíritu, pone como una manifestación, como una señal de este espíritu la tolerancia. También vemos que en los momentos prácticos, como son cuando da avisos a las Hermanas que marchan destinadas, aconseja la mansedum­bre, la cordialidad y la tolerancia. Así a las Hermanas en­viadas a provincias, a las enviadas a Nantes, a Sedán, a la Fére, a Arras, a Calais, a Cahors.

La dirección diaria, sin embargo, al detalle, con sus problemas, la lleva santa Luisa. Es ella quien aplica a la vida la doctrina de san Vicente dándole su impronta. Ella dialoga, anima y exhorta a las Hermanas; frecuentemente les escribe (se conservan 321 cartas). De ahí que sea en ella en donde encontremos, siguiendo la Perfectae Charitatis, 2, las notas del ser de las Hijas de la Caridad. Encontrar la mansedumbre, la cordialidad y la tolerancia como una expresión externa del espíritu de las Hermanas; humildad, sen­cillez y caridad.

Ciertamente santa Luisa no tiene un tratado sobre estas virtudes como identidad, ni siempre que habla de una habla de las otras. Conviene leer todos sus escritos para rehacer un convencimiento, unas ideas y hasta una doctrina.3

Mansedumbre, cordialidad, tolerancia y el ser de Hija de la Caridad

Santa Luisa hizo una distinción certera escribiendo a las Hermanas de Richelieu. Les dice que al organizar su vida y su trabajo «la mansedumbre, la cordialidad y la to­lerancia deben ser el ejercicio de las Hijas de la Caridad, como la humildad, la sencillez y el amor a la humanidad santa de Jesucristo, que es la caridad perfecta, es su espíritu» (Castañares, c. 461) (p. 377).

Con esta frase clara y profunda santa Luisa ha abierto una dimensión nueva al espíritu de las Hijas de la Caridad. Las tres virtudes de humildad, sencillez y caridad que pare­cían encerradas, quedan proyectadas al campo de otras vir­tudes, pueden manifestarse ya con otro aire.

Esta doctrina pretenderá inculcar en las Hermanas. La identidad de espíritu la tendrá si es humilde, sencilla y cari­tativa, pero se completa con otra identidad, producida por aquélla como su efecto, si es mansa, cordial y tolerante. Y la manifestación externa de las tres virtudes del espíritu son estas otras tres. Son la señal pública de que existen aquéllas.

Esta relación de causa y efecto la manifiesta en un mo­mento fuerte, cuando impresionada por una conferencia de san Vicente, sugiere a las Hermanas de Angers que el Abad de Vaux podría darles a ellas una conferencia parecida. En la misma carta les dice: «Si la humildad, la sencillez y la caridad, que producen la tolerancia, están bien establecidas entre vosotras, vuestra pequeña compañía estará compuesta de tantas santas cuantas personas sois» (Castañares, c. 595) (p. 505).4

De golpe sorprende porqué ha metido esa frase «que produce la tolerancia». Puede ser un convencimiento de la importancia de esa virtud y lo expone casi inconscientemente o es que para ella tiene un sentido casual, «porque». En am­bos casos santa Luisa le da una importancia central. A lo largo de sus cartas se desliza la obligatoriedad para las Her­manas «de tener» esta virtud, pues la hija de la Caridad que no tiene cordialidad y tolerancia «llevan solamente el nombre y el hábito de hija de la Caridad, pero hacen todo menos sus obras» (Castañares, c. 735) (p. 623).

Ciertamente, estas virtudes son «absolutamente necesa­rias a todo cristiano, pero particularmente a las Hijas de la Caridad» (Castañares, c. 716) (p. 605 bis). Por eso la Her­mana que no la tiene «no puede ser no ya buena hija de la Caridad, pero ni siquiera buena cristiana» (Castañares, c. 341) (p. 276).

Como un resumen se puede afirmar que la humildad, la sencillez y la caridad son el sello, el tampón que graba, y la mansedumbre, la cordialidad y la tolerancia son la imagen que queda grabada, hasta decir santa Luisa que es la marca de que una hija de la Caridad es de Jesucristo (Castañares, c. 408) (p. 337).

Recordando la vida de santa Luisa aparecen las fuentes de estos pensamientos. La primera es san Vicente a través de las conferencias y también y en especial a través de un diálogo que mantenían los dos continuamente. Diálogo en intimidad divina.

La segunda fuente es el poso que dejaban las lecturas de las obras de san Francisco de Sales, como una prolonga­ción de su mansedumbre y dulzura.

Y la tercera, su misma psicología, emotiva y la falta de cariño durante muchos años de su vida.

Así conoció bien el valor de las tres virtudes para vivir, convivir y hacer apostolado.

Mansedumbre, cordialidad, tolerancia y la comunidad

En las entrañas de la identidad de las Hijas de la Caridad obligatoriamente entra la vida de comunidad como un ele­mento necesario.

La vida de comunidad femenina en el siglo )(VII es un resto de la vida religiosa. La Vita Communis es una parte de todas las congregaciones femeninas aprobadas por la Santa Sede, aunque algunas intentan añadirle la Vita Apos­tólica o la Via Media. San Vicente admite la vida en común privándola de la clausura. La vida en común sin clausura no impide el apostolado, sino que lo favorece.

Santa Luisa coincide con esta visión vicenciana y propo­ne una dinámica en la vida común apoyada en la mansedum­bre, la cordialidad y la tolerancia.

1. La base en todas las comunidades es la unión. La unión de las Hermanas es una obsesión en santa Luisa. Frecuentemente salpica sus cartas y pensamientos con una advertencia a la unión. Algunas veces se detiene meditando en alto sobre la grandeza de la vida en común como una proyección sobre la tierra de la vida trinitaria. La unión es todo en la Compañía. Voy a citar únicamente cuatro ejemplos.

  • La comunidad y la obra del hospital de Angers no van bien. Las Hermanas no respetan a los administradores y están divididas. Santa Luisa les escribe una carta conmo­vedora y comprensiva. El centro es la unión entre las Her­manas: «Mas para cumplir la divina voluntad de la cual depende vuestra salvación, necesitáis tener gran unión entre vosotras, que os hará tener gran tolerancia las unas con las otras» (Castañares, c. 127) (p. 104 bis).
  • Ha sucedido la caída del techo de la sala en que ella trabajaba una víspera de Pentecostés. Lo comunica a mu­chas Hermanas; manda dar gracias a Dios; san Vicente lo recuerda en una conferencia. Santa Luisa lo iguala casi con la comunicación que tuvo con el Espíritu Santo en San Ni­colas-des-Champs por el año 1623. Y extrañándose ella mis­ma saca la conclusión tremenda de que el Superior General de la Compañía debe ser el mismo que el de la Congregación de la Misión. Y añade inmediatamente: «Me ha parecido que para ser fieles a Dios debíamos vivir en gran unión unas con otras, y que, como el Espíritu Santo es la unión del Padre y del Hijo, la vida que voluntariamente hemos abrazado, se debe ejercitar en esta gran unión de corazones, que nos impide indignarnos con las acciones de las otras, y nos da tolerancia y cordial mansedumbre para con el prójimo…» (Castañares, III, p. 270) (p. 914).
  • El tercer ejemplo son unos pensamientos sin título y sin terminar. Santa Luisa está pensando sobre la necesi­dad que tienen las Hermanas de ser ayudadas para portarse como verdaderas hijas de la Caridad. Escribe: «3.0. Podría suceder que en lugar de la unión que deben tener todas, se viviera en discordia, que es la cosa más perniciosa para la Compañía y lo más contrario a lo que Dios pide de ellas» (Castañares, III, p. 321) (p. 971).
  • De los avisos que da a las Hermanas que son desti­nadas, recalcando siempre la unión, resaltan los que da a las Hermanas enviadas a Montreuil-sur-Mer: «Se acordarán que las verdaderas Hijas de la Caridad, para hacer bien lo que Dios les pide, tienen que ser una; y como la naturaleza corrompida nos ha quitado esta perfección, separándonos por el pecado de nuestra unidad que es Dios, debemos a imi­tación de la Santa Trinidad, no ser más que un corazón y no obrar más que con un mismo espíritu, como lo hacen las tres Divinas personas» (Castañares, III, p. 327) (p. 977).

2. Entrelazadas con la unión aparecen las tres virtudes:

  • Unas veces la unión es la causa que produce la man­sedumbre, la cordialidad y la tolerancia, necesarias para que exista la alegría en la comunidad c. 103 (p. 83) y 127 (p. 104 bis), especialmente la segunda cita anterior: «unión de corazones, que nos impide indignarnos con las acciones de las otras, y nos da tolerancia y cordial mansedumbre para con el prójimo».
  • Otras veces la unión es un efecto de estas virtudes, honrando con ellas la unidad de la Trinidad. cc. 311, 356, 653 (pp. 248, 289, 551). Completando las citas anteriores aparece la relación de causa y efecto. Así, como un medio para ser ayudada a comportarse como verdadera hija de la Caridad escribe escuetamente: «Ser tolerante, cordial, sumi­sas unas con otras, conservando el espíritu de mansedumbre y caridad». A las Hermanas enviadas a Montreuil les habla larga y detenidamente, para concluir: «La gran unión que debe existir entre vosotras será mantenida por la tolerancia que tendréis unas con otras de los pequeños defectos».
  • A veces indica sencillamente que van juntas la unión, la cordialidad y sobre todo la tolerancia (Castañares, c. 342) (p. 275); III, p. 332 (p. 983).

Mansedumbre, cordialidad, tolerancia y el servicio

¿Existe alguna diferencia entre la vocación y el espíritu de una hija de la Caridad? Hay quien dice que espíritu y vo­cación es lo mismo, o acaso son dos partes de una misma realidad. Quien se siente atraída por el espíritu de la Com­pañía siente la llamada de la vocación; y quien vive su vo­cación vive su espíritu. Un espíritu dado y vivido para los pobres, pues el espíritu de la Compañía dice relación al fin, los pobres. De ahí que las virtudes del espíritu estén íntima­mente relacionadas con el servicio a los pobres.

Buscando en las fuentes de la Compañía la causa o el fin de la dependencia que tiene el servicio a los pobres de esas tres virtudes, descubrimos que es el dar testimonio, el servir mejor y el colaborar con las compañeras.

— Cuando las Hermanas viven pobremente y no tienen nada para dar a otros pobres porque la guerra de la Fronda ha arrasado todo, como en Briennes, el pobre no se queja y el mundo queda edificado si viven unidas y se toleran con mansedumbre y humildad. c. 424 (p. 353).

Y es como una ley social de apostolado que cuando una comunidad ha escandalizado hay que edificar reedificando la comunidad con tolerancia para llegar a la armonía c. 356 (p. 289). Es esto lo que recomienda para Nantes.

— El dramaturgo francés Jean Anouilh, guionista del filme Monsieur Vincent, pone en boca de san Vicente una frase de todos los tiempos. Le dice a una Hermana: «Sólo por tu amor, por tu amor únicamente, te perdonarán los pobres el pan que les das». El pobre siente necesidad de cariño y afecto. La hija de la Caridad debe dárselo con el nombre de cordialidad, y para que sea sincera tiene que brotar de la mansedumbre y de la tolerancia. Así es la natu­raleza de un servicio apostólico, y así lo declaraba santa Lui­sa en su testamento de apostolado, cuando se va a ausentar por unos meses para fundar Nantes y aconseja a sus hijas que vayan a los pobres con mansedumbre y cordialidad. c. 183 (p. 144).

Siempre el pobre lo necesita y siempre lo puede exigir de todas las Hermanas; pues aun las enfermas, le dice a su amiga íntima Sor Bárbara Angiboust, pueden ir a los pobres siendo «verdaderamente humildes, muy cordiales teniendo tolerancia y mansedumbre afable con el prójimo». c. 213 (p. 207).

— También las Hijas de la Caridad, las verdaderas, tie­nen que vivir su espíritu con las compañeras de trabajo. Viven y trabajan juntas; hay que ayudarlas, darles testimonio de una vocación, hay que hacer equipo a veces. Tiene importancia. San Vicente ya lo sentía. En el Consejo del 20 de junio de 1647 dice a las hermanas destinadas a Montreuil­sur-Mer respecto a las empleadas: «Hay que tratarlas con gran mansedumbre, gran cordialidad y tolerarlas totalmen­te». Aviso que impresionó a santa Luisa y que se lo recuer­da cuando les escribe c. 240 (p. 186 bis).

Concluyendo podemos escribir que «uno de los medios más eficaces que pueden emplearse para ganar a las gentes» son «la mansedumbre y la tolerancia» c. 650 (p. 549).

Mansedumbre, cordialidad, tolerancia y la perfección

La hija de la Caridad acepta la llamada que hace Cristo a todos los hombres de caminar a la perfección (Mt 5, 48; 1 Tes 4, 3), y la acepta siguiendo a Cristo e imitándolo ha­ciendo suyo el espíritu que manifiesta en el Evangelio. Ese espíritu es la vocación de la hija de la Caridad que anima toda su vida. Ella lo conoce muy bien: humildad, sencillez y caridad. Sabe también que ese espíritu se proyecta en otras tres virtudes: mansedumbre, cordialidad y tolerancia y que a través de ellas llegará a la perfección. Santa Luisa se lo inculcaba ya a las primeras Hermanas cuando comentaba la frase de Jesús «aprended de mí que soy manso y humilde» (Castañares, III, p. 219) (p. 859). Así se llegará a la unión con Cristo a través de «la práctica de las virtudes, particular­mente de su mansedumbre, humildad, tolerancia y amor al prójimo» (Castañares, III, p. 196) (p. 829).

Este es el espíritu de Jesús centrado particularmente «en nuestra querida virtud, la tolerancia» y que las Herma­nas tienen que pedir «para toda la Compañía» c. 342 (p. 275).

Toda hija de la Caridad debe pensar en su perfección y lograrla «no sólo con actos externos, sino tanto o más con actos internos como son la tolerancia, la cordialidad y la mansedumbre» c. 262 (p. 204). Trabajando en estas virtudes se trabaja al mismo tiempo en la perfección propia c. 202 (p. 160). Pues éstas sí son virtudes sólidas que abarcan todas las dimensiones de una Hermana en su vida y en el servicio a los pobres: agradecer a Dios la vocación, trabajar con los pobres, colaborar con las señoras de la caridad y hacer co­munidad con las compañeras c. 414 (p. 341).

Perfección y caridad es una misma cosa; el grado de ca­ridad puede medirse por el grado de perfección logrado, o si se quiere y es más sencillo midamos la perfección por la virtud teológica de la caridad. El soporte de la caridad es la tolerancia c. 129 (p. 105). El secreto de esta unión está en que la cordialidad y la tolerancia ganan a las compañeras cc. 129, 762 (pp. 105, 467 bis).

Conclusiones

  1. Hay que resaltar la mansedumbre, la cordialidad y la tolerancia con relación al espíritu de las Hijas de la Ca­ridad, porque una Hermana mansa, cordial y tolerante nos muestra que tiene el espíritu de humildad, sencillez y cari­dad. Y acaso sea más sencillo y más optimista alcanzar el espíritu a través de estas virtudes. Es decir, llegar a la causa a través del efecto; de la superficie penetrar en la profun­didad.
  2. Son tres virtudes que día a día adquieren mayor ac­tualidad. La exhortación apostólica «sobre la renovación de la vida religiosa» en el número 39 pone como un medio para renovar las comunidades «la cordialidad tolerante». Cosa que ya había expuesto también la Perfectae Charitatis, 15.
    Y si examinamos la realidad actual de nuestras comuni­dades, vemos el ansia y el anhelo de las Hermanas por estas virtudes. Hoy como en los orígenes de la Compañía estas virtudes pueden revitalizar las comunidades; y las personas pueden ser felices, pues también ahora las condiciones físicas y psíquicas (P.C., 3) necesitan de mansedumbre, cordialidad y tolerancia.
  3. ¿Se puede hacer servicio o apostolado sin estas vir­tudes? Creo que el clamor del pobre actual, lo que pide de la hija de la Caridad es mansedumbre, cordialidad y tolerancia.
  4. Las compañeras de comunidad y de trabajo, los hombres todos nos darían las gracias si empezáramos a me­jorar nuestra personalidad, perfeccionándonos en estas vir­tudes. Un camino puede ser haciendo intercambios sobre las cuatro conferencias de san Vicente citadas al principio.
  1. Sobre la Identidad jurídica estudios asequibles en lengua castella­na son: LLORET, M., Documentos de trabajo sobre la pertenencia a la Compañía y los votos de las Hijas de la Caridad, 1978 (estudio para pre­parar la Asamblea General de 1979); MEYER, R. – HUERGA, L., Una institución singular: el superior general de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, Salamanca (CEME), 1974; FERNÁNDEZ, J., Socie­dades o Asociaciones de Apostolado Consociado. «Revista española de Derecho canónico», vol. 33, 1977 (existe separata); FERNÁNDEZ, J., Exen­ción de las Hijas de la Caridad, R.E.D.C. sept-oct., 1948 (existe separata). VERNASCHI, A. – HUERGA, L., Hijas de la Caridad para este tiempo, «Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad», 86 (julio-agosto, 1978) 7 (existe separata).
  2. Es bastante frecuente al estudiar la identidad de espíritu prolon­garla hasta la identidad teológica. Por eso las obras asequibles en lengua castellana valen para estudiar ambas: El P. A. Dodin tiene varios artícu­los en San Vicente de Paúl, Pervivencia de un Fundador, Salamanca, 1972 (I semana de estudios vicencianos); JAMET, J. y MORIN, J. en Vicente de Paúl inspirador de la vida comunitaria, Salamanca (CEME), 1975 (II Semana de estudios vicencianos); «Ecos de la Compañía», nn. 6-7-8 ( ju­nio-agosto 1979, artículos de RICHARDSON, J., ROCE, L., LLORET, M., FLO­RES, M. P., MORIN, J. y RENOUARD, P.; CORERA, 1., Las Hijas de la Ca­ridad no son religiosas, «Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad» (febrero-marzo 1979).
  3. Al leer las obras de san Luisa o de san Vicente traducidas al cas­tellano podemos interrogarnos sobre la firmeza de este artículo ya que las palabras «douceur, cordialité, support», que continuamente están usando los Fundadores, en especial santa Luisa, las traducen de distinta manera. Pero las palabras castellanas «mansedumbre, cordialidad y tolerancia» siempre aparecen en los originales por «douceur, cordialité et support».
  4. Las citas se refieren a CASTAÑARES, R., Cartas y escritos de santa Luisa de Marillac, Madrid 1945, 3 vol. Aunque la tradución está tomada directamente de los originales. La cita entre paréntesis remite a la edición francesa: Sainte Louise de Marillac, Ses Ecrits, París, 1961.

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