La Hija de la Caridad docente, según san Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Jean Morin, C.M. · Año publicación original: 2013 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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cochoapa+practica+prof+108Antes de reflexionar sobre el tema “La Hija de la Caridad docente”, convendría evocar la experiencia de estudiante y de docente de san Vicente, al menos por dos razones:

  1. Vicente de Paúl siempre dio una importancia capital a la experiencia; y todo lo que vivió como estudiante, luego como docente, la encontramos de una manera o de otra en su proyecto y sus realizaciones misioneras relacionadas con la enseñanza.
  2. Para todos sus hijos, un padre debe poder ser una referencia viva e incluso tranquilizadora, sobre todo cuando se trata de san Vicente. Ahora bien, he llegado a veces a sentir a aquellos y aquellas que están comprometidos en estructuras sociales, profesionales o pastorales de vanguardia perfectamente a gusto en su relación con san Vicente de Paúl, mientras que los docentes aparecen quizá un poco más incómodos, como si los primeros estuvieran en plena línea de fidelidad y los segundos un poco al margen. Estoy persuadido de que estas primeras experiencias de Vicente de Paúl fueron determinantes para él y para sus fundaciones y llevándole a considerar la docencia como una importante forma de evangelización y de servicio de los pobres.

Para profundizar el tema « La Hija de la Caridad docente, según san Vicente de Paúl » es necesario recordar la historia de Margarita Naseau.

Margarita Naseau

La primera actividad profesional y pastoral de Vicente de Paúl fue la docencia. Es incluso curioso y sin duda providencial, que la primera Hija de la Caridad fuera también, a su manera, una docente, en la persona de Margarita Naseau.

Conocen ustedes este resumen de la conferencia de julio de 1642 sobre las virtudes de Margarita Naseau (SV IX-1 88-90), pero conviene volver a leer atentamente una parte que se refiere directamente a nuestro tema: “Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las jóvenes, como para asistir a los pobres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra más que a Dios. No era más que una pobre vaquera sin instrucción. Movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud, compró un alfabeto y, como no podía ir a la escuela para aprender, fue a pedir al señor párroco o al vicario que le dijese qué letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás. Luego, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección. Veía pasar a alguno que daba la impresión de saber leer, y le preguntaba: «Señor, ¿cómo hay que pronunciar esta palabra?» Y así, poco a poco, aprendió a leer; luego instruyó a otras muchachas de su aldea. Y entonces se resolvió a ir de aldea en aldea, para enseñar a la juventud con otras dos o tres jóvenes que había formado. Una se dirigía a una aldea, y otra a otra. Cosa admirable, emprendió todo esto sin dinero y sin más provisión que la divina Providencia. Ayunó muchas veces días enteros, habitó en sitios en donde no había más que paredes. Sin embargo, se dedicaba a veces de día y de noche a la instrucción, no sólo de las niñas, sino también de las personas mayores, y esto sin ningún motivo de vanidad o de interés, sin otro plan que el de la gloria de Dios, el cual atendía a sus grandes necesidades sin que ella se diese cuenta. Ella misma contó a la señorita Le Gras que una vez, después de haber estado privada de pan durante varios días, y sin haber puesto a nadie al corriente de su pobreza, al volver de misa, se encontró con qué poder alimentarse durante bastante tiempo. Cuanto más trabajaba en la instrucción de la juventud, más se reían de ella y la calumniaban los aldeanos. Su celo iba siendo cada vez más ardiente. Tenía un despego tan grande, que daba todo cuanto tenía. Aun a costa de carecer ella de lo necesario. Hizo estudiar a algunos jóvenes que carecían de medios, los alimentó por algún tiempo y los animó al servicio de Dios; y esos jóvenes son ahora buenos sacerdotes.

Finalmente, cuando se enteró de que había en París una cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, fue allá, impulsada por el deseo de trabajar en ella; y aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó sin embargo este ejercicio de caridad, para abrazar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario; y Dios lo quería de esta manera, para que fuese ella la primera hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París. Atrajo a otras jóvenes, a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota.

Tenía gran humildad y sumisión. Era tan poco apegada a las cosas que cambió de buen grado en poco tiempo de tres parroquias, a pesar de que salía de cada una de ellas con gran pena.

En las parroquias se mostró siempre tan caritativa como en el campo, dando siempre todo lo que podía tener, cuando se presentaba la ocasión; no podía rehusar nada, y le hubiera gustado tener a todo el mundo en su casa. Hay que advertir que entonces todavía no existían las comunidades formadas ni regla alguna que le impidiese obrar de esta manera.

Tenía mucha paciencia; no murmuraba jamás. Todo el mundo la quería, porque no había nada que no fuese digno de amor en ella. Su caridad era tan grande que murió por haber hecho dormir en su casa a una pobre muchacha enferma de la peste. Contagiada de aquel mal, dijo adiós a la hermana que estaba con ella, como si hubiese previsto su muerte y se marchó a San Luis, con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios.” (SV IX-1, 91-95).

Debemos recordar y subrayar algunos pasajes:

  • Primero, la afirmación del Señor Vicente: Margarita Naseau vino la primera. Afirmación importante, irrebatible en lo que se refiere a sus orígenes y que además, se ilustra fácilmente con la correspondencia de san Vicente en el tomo primero.
  • Margarita Naseau es la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás. En las misiones, me encontré con una buena joven aldeana que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares. Dios le inspiró el pensamiento de que viniese a hablar conmigo. Le propuse el servicio de los enfermos. Lo aceptó en seguida con agrado, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha establecido la Caridad” (SV IX-1, 203). Margarita se encontro, pues, en la Cofradía de San Salvador en 1630. «Se fundó luego una Caridad en San Nicolás de Chardonnet, luego en San Benito, donde había algunas buenas aldeanas, a las que Dios les dio tal bendición, que desde entonces comenzaron a unirse y a reunirse casi sin darse cuenta» (SV IX-1, 203). Las otras Cofradías parisinas también querían tener jóvenes, y es Margarita quien las recluta, preparando así la constitución de la primera comunidad.
  • No era más que una pobre vaquera sin instrucción. Esta frase me parece muy significativa: Margarita no era más que una pobre vaquera sin instrucción, como Vicente a los 14 años no era más que un pobre porquero. Margarita tuvo, ciertamente, una gran influencia psicológica y espiritual en el camino seguido por Vicente de Paúl. De 1617 a 1633, la Caridad estuvo marcada por el periodo de 1610 a 1624 pasado en la Corte y junto a los Gondi. A partir de 1633, las Hijas de la Caridad practicarían la Caridad del medio por el medio; Vicente se da cuenta de la riqueza de sus orígenes, esta riqueza magníficamente expresada en la conferencia sobre la imitación de las virtudes de las buenas aldeanas.
  • Movida por una fuerte inspiración del cielo, no teniendo otro maestro o maestra que Dios, tuvo la idea de instruir a la juventud. Es una verdadera vocación de docente y una vocación única y extraordinaria: ¡una analfabeta pensando instruir a la juventud! Hay en ello algo emocionante y, ya, muy vicenciano. Para un cierto número de docentes, lo que al menos tienen la vocación, el proyecto más generosos y más desinteresado es compartir lo que se tiene. Margarita, va incluso a compartir lo que no tiene, al menos por el momento. Verdaderamente emocionante. Su proyecto es, en principio, profundamente vicenciano porque es, ante todo espontáneamente dirigido a los demás, a los pobres. Ella no estudiará para sí, quiere aprender para instruir a la juventud.
  • Compra un alfabeto… pregunta… luego, sigue guardando las vacas, estudia su lección… Poco a poco, aprende a leer… Habría que hacer varías observaciones. En principio hay que señalar la extraordinaria personalidad de Margarita Naseau. Me pregunto dónde habría llegado una joven como esta si se hubiera podido beneficiar de las condiciones de estudio que hoy tienen las nuestras… diciéndome que de todos modos llegó a ser mucho más y mucho mejor que una mujer letrada y cultivada. Veamos dos pequeñas observaciones:
    • Sin duda han notado que no podía asistir a la escuela. Nada especial; las escuelas no eran para los pobres y menos aun para las chicas y, además Margarita tenía su trabajo.
    • La mención del párroco y del vicario es muy significativa. Ayer hablamos del papel importante de la Iglesia en la instrucción popular. Muy significativa también esta frase: “Cuando veía a alguien que parecía saber leer, le preguntaba: ‘Señor,…’…”; esto tiene el valor de un test: alguien que sabía leer o, al menos, parecía que sabía leer, ¡no podía ser más que un hombre!
  • “Así, poco a poco, aprendió a leer; luego ella instruía…” Observen que el proyecto de Margarita Naseau es siempre muy claro. Verdaderamente había estudiado para instruir a otras chicas pobres como ella. Pero, lo que hay en esto de sorprendente es el temperamento de organizadora, podríamos decir de fundadora, de Margarita Naseau. Se comprende que esta chica extraordinaria impresionara de tal modo a Vicente de Paúl y a Luisa de Marillac. En este pasaje existe el valor y el genio de la autodidacta, la pasión por educar e instruir, la preocupación de la formación de las formadoras y, por último la organización de una red de alfabetización, de pueblo en pueblo. ¡Cómo lamentamos que esta famosa conferencia sobre las virtudes de Margarita Naseau esté tan resumida! Nos gustaría tener otros detalles sobre esta primera Hija de la Caridad que tan manifiestamente tuvo vocación, genio y pasión por la enseñanza.
  • «Cosa excepcional… sin dinero…». Manifiestamente Vicente, el maestro organizador, estaba totalmente asombrado ¡él que conocía bien el precio de cualquier iniciativa de caridad!
  • Observemos también las burlas y calumnias… Estaba fuera de lugar que una chica supiera leer. Con mayor razón no aceptarían que se pusiera a enseñar y, sobre todo como lo precisa más tarde el texto, a enseñar a jóvenes. ¡Era el mundo al revés!
  • «Y, aunque tenía gran cariño… a los pobres enfermos.» Que Margarita Naseau haya tenido un gran afecto por la instrucción de la juventud, este testimonio de san Vicente no lo permite dudar. Es pues evidente que la primera Hija de la Caridad tuvo la vocación, la pasión y el don de la enseñanza, pero ciertamente, de una enseñanza con miras a la gloria de Dios y al servicio de los pobres.

He querido evocar ampliamente la personalidad y la experiencia vivida por Margarita Naseau pues son importantes por dos razones:

  1. primero porque ciertamente se trata, según san Vicente, de la primera Hija de la Caridad. Casi incluso se le podría conceder el título de cofundadora. En un momento en el que manifiestamente ni san Vicente ni santa Luisa pensaban en una fundación de jóvenes, Margarita Naseau se presenta, espontánea y providencialmente, como una especie de prototipo de la Hija de la Caridad que se impondrá a Luisa de Marillac y a Vicente de Paúl;
  2. porque estoy persuadido de que la extraordinaria experiencia de «maestra» de Margarita Naseau fue importante y determinante para las orientaciones apostólicas de vuestra Compañía. En efecto, en los primeros reglamentos se encuentra la mención de la enseñanza; y esto desde los comienzos. Es la aportación de Margarita Marguerite Naseau, el eco de su experiencia y de la de algunas jóvenes «que ella había formado» y de la que un cierto número formaron, sin duda, el primer núcleo de la Compañía.

La función docente en los primeros reglamentos

El 31 de julio de 1634, el Señor Vicente proponiéndose explicar a las primeras Hermanas su reglamente, primero les recordará: «La Providencia os ha reunido a vosotras doce aquí…». Hablemos primero de este «reglamento de las 12», presentado ese día por el Fundador (SV IX-1 21-32). Observamos que la experiencia de Margarita Naseau está ya integrada. Cierto, la primera misión de las doce es el servicio a domicilio de los pobres enfermos en el marco de las Cofradías de la Caridad. Pero la función de maestra está también claramente afirmada: « El tiempo que os quede después del servicio a los enfermos tenéis que emplearlo bien; no estéis nunca sin hacer nada; ejercitaos en aprender a leer, no para vuestra utilidad particular, sino para poder ser enviadas a los lugares donde podáis enseñar « (SV IX-1, 25). Este texto es importante porque prueba que, para las Hijas de la Caridad, la función de docente es una actividad o una opción de los orígenes.

Cuando, siete años más tarde, el Señor Vicente explica de nuevo el mismo reglamento (16 de agosto de 1641), es aún más claro: «Después de la misa, tenéis que ejercitaros en la lectura, para haceros capaces de enseñar a las niñas. Es preciso, mis queridas hermanas, dedicarse seriamente a ello, puesto que se trata de uno de los dos fines por los que os habéis entregado a Dios: el servicio a los enfermos y la instrucción de la juventud, y esto principalmente en los campos. La ciudad está casi toda ella llena de religiosos, por tanto es justo que vayáis a trabajar a los campos. ¿No estáis todas en esta disposición, mis buenas hermanas, sin tener en consideración el pueblo, las amistades, ni los lugares lejanos o próximos?” (SV IX-1, 58).

Criterios

Está claro que desde los orígenes y hasta la muerte de san Vicente, la función de docente estaba considerada en la Compañía de las Hijas de la Caridad como una forma importante de servicio a los Pobres.

Pero, en el pensamiento del Señor Vicente, con toda seguridad, no se trataba de cualquier enseñanza. Recordará con frecuencia los criterios que, para no desarrollarlos demasiado, resumiremos en dos:

  1. la enseñanza de las Hijas de la Caridad debe estar reservado a los pobres;
  2. en las Hijas de la Caridad, la enseñanza nunca debe perjudicar ni adelantar al servicio de los pobres. El Señor Vicente incluso precisa que el ideal sería encontrar una y otra opción en cada comunidad, lo que, como veremos, constituye una idea vicenciana bastante original en la Comunidad apostólica.

1 – Las Hijas de la Caridad deben reservar su ministerio docente a las niñas pobres

Conviene recordar que entonces no existía ninguna ley escolar y que las escuelas de los pueblos se debían a iniciativas privadas y únicamente dependían de sus fundadores. El Señor Vicente pudo entonces, sin gran problema, precisar las orientaciones y las normas de su iniciativa en materia de enseñanza. Pero esto no debe, sin embargo, conducirnos a minimizar su clara voluntad en la materia.

Para él, el razonamiento era sencillo. Las Hijas de la Caridad al ser por vocación siervas de los pobres, toda Hijas de la Caridad, sea el que fuere su compromiso preciso y concreto, deberá ser sierva de los pobres y, por lo tanto, si es maestra, debe ser maestra de los pobres. Y cuando Vicente hablaba de los pobres, para él no se trataba más que de los verdaderamente pobres, de los que no disponían de suficientes medios materiales.

Volvamos junto al Señor Vicente que el 9 de febrero de 1653 comentaba el reglamento de las Hijas de la Caridad. Les decía: “Vuestra Compañía mis queridas hermanas, tiene también la finalidad de instruir a los niños en las escuelas en el temor y amor de Dios, y esto lo tenéis en común con las Ursulinas. Pero como ellas tienen casas grandes y ricas, los pobres no pueden ir allá y han acudido a vosotras». (SV IX-1, 535).

El 2 de noviembre de 1655 comparaba de nuevo a sus Hijas de la Caridad con las Ursulinas: « Las Ursulinas atienden al prójimo instruyendo y recibiendo alumnas; pero lo hacen para los casos ordinarios, mientras que vosotras tenéis que instruir a los pobres en todas partes y siempre que tengáis ocasión, no sólo a los niños que van a la escuela, sino en general a todos los pobres a quienes asistís…. « (SV IX-2, 765).

No es necesario multiplicar textos y referencias. Se conoce la elección privilegiada y, puede decirse, exclusiva del Señor Vicente en favor de los pobres, especialmente en lo que se refiere a las Hijas de la Caridad. Según él, en la medida en que la función docente de la Hija de la Caridad se ejercía con los pobres, estaba al servicio auténtico de los pobres y por lo tanto perfectamente en la línea del espíritu y del fin de la Compañía.

Es este el primer criterio propuesto por san Vicente para la función docente en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

2 – El segundo criterio concierne a la jerarquía de valores y a la relación entre lo que el señor Vicente llamaba los dos designios de la Compañía

Si está claro que la función docente es un ministerio ‘original’ de las Hijas de la Caridad, no es menos claro que es este el segundo de los dos designios de la Compañía primitiva: el segundo en el tiempo y para el Señor Vicente, el segundo en urgencia e importancia.

Margarita Naseau, la primera Hija de la Caridad, apasionada y especializada en la enseñanza, pasó enseguida de la enseñanza al servicio de los pobres enfermos. Esto no fue más que un signo; pero, en caso de urgencia o de concurrencia entre estos dos ministerios, el Señor Vicente tuvo siempre el mismo reflejo que Margarita Naseau. Explicando el reglamento a las Hermanas de las parroquias, el Señor Vicente les decía: « Cuando puedan instruir a las niñas de las parroquias, sin que esto impida la asistencia a los enfermos, se dedicará a ello una de las dos, aunque podrá ayudarle a veces la otra cuando sea necesario…» (SV IX-2, 1203).

A propósito de las Hermanas de Varsovia, escribía: “Doy gracias a Dios de que las hijas de la Caridad hayan empezado ya con su pequeña escuela; me extraña que no se las emplee en la asistencia a los pobres enfermos de la ciudad.» (Carta a Carlos Ozenne. SV V, 353).

Para el Señor Vicente, la asistencia a los pobres y especialmente a los pobres enfermos constituía la primera misión de las Hijas de la Caridad. Pero la instrucción y la formación de las niñas era ciertamente el segundo designio, muy favorecida y prácticamente ejercida en la mayoría de las primeras comunidades, pero siempre de modo que el primer designio no estuviera afectado.

Creo que en esto nos encontramos verdaderamente en fidelidad a la línea que quiso san Vicente con relación a las Hijas de la Caridad. Sería totalmente falso decir que la función docente, en la Compañía, es una desviación o una actividad al margen. Pero sería igualmente falso decir que la función docente debe ponerse en el mismo plano y al mismo nivel que el servicio directo a los pobres enfermos. La función de enseñar en la Compañía se justifica en la medida en la que es una forma de servicio a los pobres.

Conviene añadir aquí un aspecto que me parece muy característico del pensamiento y de la práctica de san Vicente. En su tiempo, había Hijas de la Caridad empleadas al servicio de los pobres: enfermos, presos, ancianos, etc. y había Hijas de la Caridad empleadas en las escuelas. Ahora bien, el Señor Vicente parecía temer la especialización de las comunidades y no querer por una parte comunidades de docentes, y por otra parte, comunidades de siervas de los enfermos, de los ancianos… Insistía mucho en que cada comunidad llevara a cabo uno y otro servicio.

Este temor de una especialización de las comunidades me ha sorprendido tanto más porque la he encontrado exactamente igual en lo que compete a la Congregación de la Misión.

En los Sacerdotes de la Misión, en efecto, hubo igualmente dos designios: la evangelización de los pobres y la formación del clero. El razonamiento del Señor Vicente fue exactamente el mismo. Para él, la enseñanza en los seminarios era ciertamente una tarea importante de la Congregación. Pero no se justificaba más que en la medida en que la formación de los sacerdotes era un medio para una mejor evangelización de los pobres. Nunca las necesidades de la formación del clero debían primar sobre las exigencias y las urgencias de la evangelización directa de los pobres. De cualquier manera, hubo en la Congregación misioneros y docentes. Y aun ahí, el Señor Vicente rechaza la constitución de comunidades especializadas en una u otra opción. Deseaba y procuró que hubiera en cada comunidad misioneros y docentes.

A los obispos que le pedían Cohermanos para los seminarios, respondía que los enviaría con la condición de que pudiera añadir al grupo uno o dos misioneros para evangelizar a los pobres. Era, para él, un modo de asegurar el fin principal de la Congregación, una manera también de mantener a los Cohermanos docentes en contacto diario con los misioneros. No hubo, pues, dos clases o categorías: intelectuales y misioneros; pero hubo una sola comunidad misionera con dos compromisos complementarios.

Encontramos exactamente el mismo proyecto y el mismo reflejo en lo que se relaciona con las Hijas de la Caridad. El Señor Vicente, no quiso expresamente, comunidades reservadas a la enseñanza o comunidades reservadas al servicio de los pobres; sin embargo sistemáticamente constituyó comunidades mixtas y polivalentes.

En 1640, la parroquia de Nanteuil pide una Hija de la Caridad para la escuela, Luisa de Marillac, de acuerdo con el Señor Vicente, responde que desearía enviar dos, de las que una se ocuparía de los pobres enfermos. (II, 93-94). Sabemos igualmente, por una carta del Señor Vicente a la Señorita, de diciembre de 1639, que, «debido a la enfermedad», las Hermanas han tenido que interrumpir las visitas a los enfermos y la escuela (SV I, 173).

En una carta a Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, en agosto o septiembre de 1645, el Señor Vicente decía esto, hablando de los comienzos de la Compañía: «… desde que esta obra comenzó hace trece o catorce años, Dios le ha concedido su bendición tan copiosa que actualmente hay en cada una de las mencionadas parroquias dos o tres de esas jóvenes, que trabajan todos los días en la asistencia de los pobres enfermos, y a veces en la instrucción de las niñas pobres, cuando pueden hacerlo, viviendo a expensas de esa cofradía de las parroquias en donde trabajan, pero con tanta frugalidad que sólo gastan cien libras anuales para su alimento y vestido, y en algunas parroquias solamente 25 escudos. « (SVII, 468). Una carta de Vicente de Paúl, quien se dice muy indigno Superior general de la Congregación de la Misión, da las mismas precisiones prácticamente en los mismos términos: «… hay actualmente en cada una de dichas parroquias dos o tres de esas muchachas, trabajando todos los días en la asistencia a los pobres enfermos y a veces en la instrucción de las niñas pobres-, cuando pueden» SV (II, 55).

Tanto por lo que tiene que ver con los Cohermanos de la Congregación de la Misión como por las Hijas de la Caridad, verdaderamente se tiene la impresión de que el Señor Vicente teme una tendencia maligna, una especie de desviación que llevaría a los docentes a alejarse, lo que sería poco beneficioso para los pobres. Para prevenir este peligro, el Señor Vicente se oriente hacia comunidades mixtas en las que el/la docente estaría siempre en relación con el cohermano que va a predicar la misión en los pueblos o con la Hermana que va a cuidar a los pobres enfermos o a visitar a los presos en las prisiones.

Han pasado más de tres siglos y, entre otros, el problema de la especialización se presenta hoy de manera totalmente diferente. Dios sabe si san Vicente valoraba la competencia: competencia de la enfermera, de la Hija de la Caridad catequista, del sacerdote de la Misión comprometido en los grandes Seminarios o en las Misiones. En su tiempo, sin embargo, la competencia podía adquirirse sin especialización. Esto es cierto seguramente para las disciplinas escolares: matemáticas, letras, lenguas, ciencias, tecnología… Es igualmente cierto para los medios de vida: urbano, rural, obrero, marginal… Todo esto es cierto, pero…

Conviene, yo creo, preguntarnos si la intuición de san Vicente, como muchas de sus intuiciones, no continúa siendo una cuestión para hoy.

Aun hoy, la especialización, que es con frecuencia una exigencia profesional, tiene sus límites y sus peligros; y la comunicación parece ser cada vez más necesaria entre los Cohermanos, entre las Hermanas comprometidos en ministerios diferentes. No es más que en el intercambio permanente y en la comunicación como la orientación fundamental de nuestros Institutos podrá ser protegido hacia los pobres, su evangelización y su servicio.

Conclusión

Es claro que el servicio de los pobres por y en la enseñanza ha sido desde los orígenes un ministerio confiado por san Vicente a las Hijas de la Caridad.

Es claro que este ministerio estaba considerado como venido después del servicio de los pobres en el orden de las urgencias; era el segundo designio que, de ningún modo, debía perjudicar al primero.

Por último, es claro que en el pensamiento y la voluntad de san Vicente, este ministerio, como cualquier actividad de las Hijas de la Caridad, debía dirigirse a los pobres. Para los demás, había que referirse a las Ursulinas.

En cuanto a saber por qué san Vicente, desde los comienzos, consideró la enseñanza como un auténtico y necesario servicio de los pobres, es necesario recordar:

  • que san Vicente estuvo privado de instrucción durante catorce años;
  • que experimentó una promoción humana y social gracias a la enseñanza;
  • que después, el mismo fue profesor;
  • que por último, y sobre todo, encontró a Margarita Naseau, una extraordinaria y apasionada maestra que aportó a la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad toda su experiencia y toda su convicción.

Hay ahí líneas de fuerza y de fidelidad que permanecen y deben permanecer en situaciones tan diferentes de las que conocieron san Vicente, santa Luisa y Margarita Naseau. Esto supone buscar juntas cómo permanecer fieles a lo esencial vicenciano en el contexto de hoy.

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