La hermana sirviente, animadora de las hermanas

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 2015 · Fuente: El autor.
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Presentación

hermanas sirvientesLa función de animar la comunidad es colectiva y no un atributo reservado a la autoridad, aunque la Hermana Sirviente tenga en algunos momentos la tarea especial de animación. La responsabilidad, por lo tanto, es de toda la comunidad. Y para que una animación se realice plenamente, tiene que haber una sincera articulación de las funciones de cada Hermana. Este es el papel principal de la Hermana Sirviente, el de articular todas las funciones individuales. De este modo todas las Hermanas son animadoras y no meras animadas, y todas son responsables de la marcha de la comunidad.

La misión de la Hermana Sirviente es netamente positiva: construir y estimular. Tomando una imagen moderna, su papel sería desafiar a las Hermanas a que despierten toda su potencialidad para responder de su vocación y de su misión sin desaminarse. A veces su animación se reducirá a soplar suavemente en las brasas para atizar el fuego. Es el ejemplo que nos da san Pablo en los Hechos de los Apóstoles: iba por las iglesias animando a los primeros cristianos, y en sus cartas más que la idea de imposición resuena las palabras “os exhorto”1.

Si la comunidad existe porque en ella viven personas, la animación de la comunidad requiere también la animación de las personas que la componen. Es acaso, uno de los trabajos más pesados que tiene la Hermana Sirviente. Pesado por la sensación de superioridad molesta que le pueden atribuir sus compañeras, y también incómodo por los límites personales que se supone levanta la otra persona temerosa de que puedan invadir su intimidad. Y, sin embargo, las Constituciones se lo imponen como obligación (2. 21).

Son muchas las cartas que escribió santa Luisa a las Hermanas Sirvientes proponiéndoles objetivos y caminos para una delicada y efectiva animación de cada una de las Hermanas de la comunidad. De todas ellas escojo una, bastante completa y escrita, además, en la plenitud de la vida y del ejercicio de animadora de las Hermanas Sirviente que a cada momento ejercía la santa. Es la carta número 331, escrita según parece en 1650 y dirigida, también según parece, a Sor Cecilia Angiboust, la Hermana Sirviente del hospital de Angers. Debió de causar mucha impresión, pues la sucesora de santa Luisa, Sor Margarita Chétif, la copió en un cuaderno para que nunca desapareciera. El autógrafo se ha perdido y esta es la única copia original que tenemos.

Muy querida hermana:

(20 de septiembre de 1650)

Supongo hace usted cuanto puede por aliviar a nuestra Sor…, y que la mira como a una tierna planta de la que puede esperar buenos frutos para presentarlos un día en la mesa eterna de nuestro buen Dios. ¡Qué feliz será usted, querida hermana, si por su dulzura y cordialidad en advertirla afablemente, puede cooperar con la gracia en su perfección! Se lo ruego con todo mi corazón.

No sé si tienen ustedes la costumbre de lavar las manos a los pobres, si no lo hacen, les ruego se acostumbren a ello. También le ruego, Hermana, que advierta a todas nuestras Hermanas por separado, que sea para ellas buen ejemplo de mansedumbre y sumisión, que sea su consuelo en las pequeñas penas, por su cordialidad y tolerancia; tiene que tener mucha paciencia al darles sencillos remedios, y el mayor es compartir sus aflicciones; y presentarles las consecuencias de apartarse de hacer la voluntad de Dios que no cambia nunca sus designios. A veces también hay que tener cuidado, cuando se cansan de un oficio, de cambiarlas sin esperar a que lo pidan. Por último, es necesaria mucha condescendencia en multitud de cosas, adelantándose a los deseos de nuestras Hermanas, sin aparentar haberlos advertido. Usted sabe que los cargos no deben ejercerse con absolutismo, sino con caridad y que somos Hermanas Sirvientes, lo que quiere decir que tenemos las cargas más duras de espíritu y de cuerpo, y que aliviamos todo lo que podemos a nuestras queridas Hermanas que siempre tendrán bastante trabajo con soportarnos, unas veces, en nuestros momentos de mal humor y otras a causa de la repugnancia que les dan la naturaleza y el maligno espíritu.

Suplico a Nuestro Señor sea su fortaleza y su consuelo, y soy en su santo amor.

Objetivos de la animación a las personas

Al leer la carta debemos tener presente el estilo conciso y denso que emplea santa Luisa. Va directa al asunto y lanza los consejos rápida y certera, como una catarata lanza el agua incesante y veloz sin interrumpir el cauce que continúa mansamente. Comienza animando a la Hermana Sirviente a tener esperanza de lograr frutos permanentes. Si la Hermana Sirviente está desanimada ¿cómo puede animar a su compañera? Necesita confiar en ella misma, en las compañeras y en Dios. Ni complejo de superioridad ni de inferioridad, sino con caridad y por caridad, llena del Espíritu Santo. Confiar en ella y en la compañera la capacita para ilusionarla en el encuentro con Cristo y para motivarla en un camino humanamente penoso a causa del cansancio y la rutina. Supuesta esta esperanza en lograr el adelanto de la compañera y de ella misma, comienza la animación.

Ayudar a la persona

Santa Luisa abre la carta y la termina, animando a la Hermana Sirviente a aliviar o descargar a su compañera de algo pesado: su carga humana, cristiana o vocacional. Y esto en justicia, por el mero hecho de ser aceptada como Hermana Sirviente, pues en la cabeza de santa Luisa zumbaba siempre la convicción de que las Hermanas Sirvientes están en deuda con las compañeras por ser acogidas cuando aceptan el puesto, y están obligadas a servirlas de ayuda espiritual y material (c. 580) No es, por lo tanto, una ayuda generosa o por hacer un favor, es una ayuda obligatoria y responsable por el papel que desempeña la Hermana Sirviente en la comunidad. No ayudar ni animar a cada Hermana es una trasgresión del oficio, del carisma de autoridad, que debe convertirse en servicio.

Pero tanto aliviar como ayudar, suponen también que la Hermana Sirviente está dispuesta a cargar con una parte de la carga de su Hermana, como sujetas al mismo yugo. Así lo entendía santa Luisa, pues siete años más tarde escribía a la hermana de Sor Cecilia, a Sor Bárbara, y le decía: “Usted tiene bastante generosidad para llevar esta carga y ayudar a las Hermanas a que la miren como yugo del Señor” (c. 608). El yugo supone dos hombros para llevar el mismo peso, y si uno se retira, es imposible avanzar.

Y debe ayudar sin humillar, sin demostrarle a la compañera que es incapaz y tiene que venir la Hermana Sirviente en su ayuda. Al contrario, lo ideal sería hacerla creer que es ella sola quien ha superado la dificultad, pues “los que tienen algún cargo deben intentar ayudar a las otras a salir de la dificultad sin que ellas lo adviertan” (c. 116).

Avisarla

Es corriente contemplar la autoridad como el derecho a advertir a quien no obedece y suele considerarse el papel más sencillo y fácil de quien tiene la autoridad. Pero desde dentro se experimenta como la tarea más difícil e ingrata del superior. No es fácil recibir un aviso que nos lleva a sentirnos culpables, ignorantes o imperfectos. Y sale a flote la autodefensa en forma de amor propio. La Hermana Sirviente siente el rechazo que puede engendrar la mujer que tiene como amiga, pero puede también sentir que no avisar se considere comodidad o dejadez de sus obligaciones.

A Luisa de Marillac la experiencia la llevó a poner cauces detallados del modo de amonestar sin herir. Ante todo pide tener habilidad para avisar de parte de Dios, primero en general: “Puede advertir habilmente a todas en general del mal que puede usted temer en particular, y después, el ejemplo de las otras y el remedio que Dios aplica le ayudará mucho” (c. 212); después por separado (c. 331). Más que habilidad se necesita esa sicología innata que suele tener la mujer para avisar “de sus fallos en el momento en que pueda serles más útil”. La habilidad del tiempo oportuno asume un axioma considerado perenne: ver todo, avisar poco. También lo conocía santa Luisa cuando le escribía a la misma Hermana: “Ocultándose frecuentemente a usted misma las faltas de ellas y poniéndose ante los ojos las suyas propias” (c. 118).

No se puede decir que sea habilidad, sino virtud, la manera de avisar que santa Luisa aconseja a las Hermanas Sirvientes. Virtud porque insiste en que los avisos hay que darlos en caridad y cordialidad, con el corazón y el amor más que con la cabeza y la mente. Si recibir el aviso cuesta y para darlo se requiere esfuerzo, es la dulzura y la cordialidad lo que anima a darlo y lo que sana a quien lo acoge. Difícil tuvo que ser a Sor Isabel la obligación de avisar a la espontánea, aunque virtuosa, Sor Enriqueta por su inteligencia y su desenvoltura, pero Luisa la escribió: “Creo que Sor Enriqueta tiene necesidad de mucha mansedumbre y de ser avisada con gran caridad de sus faltas” (c. 177). También le fue difícil a Sor Claudia Carré avisar a las Hermanas de Angers, Sin embargo santa Luisa le recomienda que “excite a menudo su caridad a velar por las Hermanas, advirtiéndolas cordialmente y en particular de las pequeñas faltas que pueda ver” (c. 621).

Consolarlas

No es un papel sin importancia ni indigno para quien consuela o humillante para quien recibe consuelo. El consuelo es la forma más natural y primitiva que tiene una persona de manifestar la compasión ante el dolor ajeno y el bálsamo urgente que espera cualquier persona que sufra. Si la Hermana Sirviente es una madre, ¿cómo no va a consolar a sus hijas “en sus pequeñas penas”? Si es una sirvienta de la comunidad, ¿por qué no va a consolar a las que sufren “adelantándose en la tolerancia y en la cordialidad? (c. 713). Y si es el Buen Pastor, necesita “la cordialidad y la tolerancia” para no ahuyentar, cuando las consuela, a las Hermanas tímidas que sufren. El consuelo necesita, aún más que los avisos, tacto para no herir, pues quien requiere consuelo está sufriendo, ansiosa de abandonar el dolor, y al ser consolada se puede tocar la llaga que duele aún más. En estas ocasiones hay que tener mucho aguante para no dejar de consolar a pesar de la irritación del que sufre, y entrelazar el consuelo al cariño.

La comunicación como medio de animación

La comunicación es un diálogo entre dos personas que se valoran y buscan apoyo mutuo, porque confían la una en la otra y se consideran con capacidad para ayudarse mutuamente en el caminar de la vida. Si hay una verdadera comunicación entre la Hermana Sirviente y las compañeras, todas se ayudan y se enriquecen, pues comparten la riqueza del tesoro que cada una guarda en su interior. Así lo leemos en el trozo de una carta de santa Luisa que no se conserva en su original, sino en la copia que hizo Sor Margarita Chétif, como una reliquia: “Conceda de vez en cuando un tiempo a nuestras Hermanas para que le hablen en particular, por lo menos una vez al mes cada una, aunque no les dé más que un cuarto de hora, tolerando las faltas que le declaren, compartiendo con ellas las penas que puedan manifestarle, pero que ni una sola conozca por parte de usted lo que las demás le han dicho” (c. 621).

Mayor preocupación sentía santa Luisa cuando se trataba de la comunicación entre la Hermana Sirviente y una Hermana joven, como era sor Micaela. De ahí el imperativo de hacerla para que le dé cuenta de sus oraciones, de la práctica de sus resoluciones y de las faltas que cometa en contra, mostrándole gran cordialidad cuando ella se las declare. La Hermana Sirviente debe advertirla que no se acostumbre fuera de casa a faltar a la modestia y al recato que debe tener, así como la importancia de no hablar a otras personas de lo que ocurre en comunidad. La Hermana Joven debe tener la confianza de decirle a la Hermana Sirviente si la ha disgustado en algo. Y para descargar a la Hermana Sirviente santa Luisa termina asumiendo las secuelas: Puede usted leerle la presente, si le parece que lo necesita” (c. 371). Porque santa Luisa pensaba que las recién venidas, aunque sean buenas, necesitan instrucción y práctica (c. 459).

Confianza mutua en comunidad para poder comunicarse

Para que pueda iniciarse una comunicación voluntaria y sincera, debe existir en la comunidad el ambiente de confianza mutua que solo la procucen la cercanía, la disponibilidad y el conocimiento mutuo.

Cercanía

Luisa de Marillac buscaba la cercanía. Ciertamente una cercanía de lugar para poder dialogar en intimidad. Y si ella lo logró por medio de las cartas, mayor facilidad tiene la Hermana Sirviente que vive en la misma comunidad con sus compañeras. Pero el lugar no siempre acerca a las personas. Es posible que el trajín, el servicio, las preocupaciones y hasta el carácter aíslen a unas de otras, a pesar de vivir en la misma casa. Puede ser que en algunos momentos haya que romper barreras para poder comunicarse de corazón a corazón. La cercanía es algo sicológico, una especie de empatía que a veces no se puede explicar, sólo experimentar. Lo cual supone que las dos Hermanas están unidas por los mismos sentimientos de confianza mutua.

Disponibilidad

Al igual que la cercanía, la disponibilidad de la Hermana Sirviente puede aceptarse como una obligación, y entonces se reduce a un tiempo libre y a un lugar apropiado que pone a disposición de las Hermanas para dialogar con ellas. Es una disponibilidad material que ni agrada ni apetece, como algo ingrato que hay que otorgar a las Hermanas. No le apetece hablar con una compañera porque la tiene miedo, porque impone, porque no congenian o por culpa de la dejadez. Es el efecto de considerarse más como gobernante o directora de una obra que como animadora de una comunidad. Pero las compañeras lo sienten y en su interior brota la repulsa. No es la disponibilidad de la que habla santa Luisa cuando pedía a las Hermanas Sirvientes que dieran un tiempo a las Hermanas para hablarlas o que estuviera a disposición de ellas. Tanta importancia concedía a la disponibilidad que escribió a san Vicente que fuera él quien preparara a una Hermana Sirviente nueva “para dar acceso fácil a las Hermanas que deseen hablarle” (c. 659).

Conocimiento de las Hermanas

Es el resultado lógico y natural de una conversación. Para dialogar se necesita saber el asunto sobre el que se va a conversar, pero también conocer a la persona con la que se dialoga, y más aún, si la conversación es entre personas que se quieren, como son las Hijas de la Caridad que componen la comunidad. Santa Luisa conocía bien a todas las Hermanas. Las había recibido en la Compañía después de enterarse de las cualidades personales y familiares, las había formado y destinado teniendo en cuenta cómo era cada una, y ya en el destino, les pedía que le escribieran prometiéndolas que ella respondería a sus cartas, “recordando sus nombres y sus personas” (c. 513). Para no confundirse solía pedirle a las Hermanas Sirvientes que le enviaran los nombres de todas las Hermanas y los lugares de donde eran (c. 391). Si esto lo quería para sí la Superiora General de la Compañía, más necesario se debiera considerar para quien tiene por función animar la comunidad.

Confianza en el desarrollo de la comunicación

Las disposiciones de cercanía, disponibilidad y conocimiento crean un ambiente agradable y apropiado para comenzar una comunicación, pero para que se desarrolle en un clima de confianza, la Hermana busca encontrar además en la Hermana Sirviente,la acogida, la prudencia y la tolerancia o comprensión.

Acogida

Cuatro situaciones suele encontrar la Hermana Sirviente cuando se relaciona con una Hermana. La primera es la más sencilla y grata: la Hermana quiere, busca y está encantada de dialogar con la superiora. Todo va sobre ruedas. La mayoría de las cartas de santa Luisa llevan este enfoque. La segunda es más difícil: la Hermana siente dificultad en hablar con la Hermana Sirviente o sencillamente no quiere, pero las Constituciones, las Normas y el Proyecto lo piden. Santa Luisa lo soluciona de una manera sencilla: “Tenga mucho aguante y, si hay alguna Hermana que le cuesta hablar con usted, acójala con bondad” (c. 404). Tercera situación. Sucede cuando llega alguna Hermana nueva con la que nunca ha convivido y cuya primera impresión le desagrada. Santa Luisa insiste en que también a éstas se le dé una buena acogida hasta en el pensamiento: “Le ruego no se forme ningún juicio definitivo de nuestras últimas Hermanas; usted sabe que los cambios son siempre difíciles y que hace falta tiempo para aprender las costumbres y la forma de servir bien y hábilmente a los pobres” (c. 398). Finalmente se puede presentar la situación en que no hay empatía entre la Hermana Sirviente y la compañera, y hasta ha podido brotar la antipatía. También en este caso es necesaria la comunicación y más que en los anteriores, pues la acogida bondadosa facilita el encuentro y la comunicación (c. 15).

Prudencia

El catecismo define la prudencia como “la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo” (n. 1806). Pero el sentido ordinario que le da la gente es más sencillo. Es saber pensar las cosas para no cometer errores. El hombre prudente es el que sopesa bien las cosas y actúa sin precipitarse, es quien sabe callar y no hablar a destiempo. Después de morir Luisa de Marillac, san Vicente dijo de ella que “nunca había visto a una persona con tanta prudencia como ella”. Pues, según el santo, prudencia es “ver los medios, los tiempos, los lugares en que hemos de hacer las advertencias y cómo hemos de comportarnos en todas las cosas” (IX, 1220); y podría haber añadido que la prudencia se resume en el respeto a la otra persona. Así era santa Luisa. También ella la consideraba esencial en la vida de una Hija de la Caridad y necesaria, además, en la Hermana Sirviente si quiere ganar la confianza de las compañeras en la comunicación (c. 580).

De acuerdo con el significado popular, la prudencia contiene un tanto de sagacidad. A esta se refería Jesús cuando decía que fuésemos sencillos como las palomas, pero prudentes como las serpientes. Santa Luisa era sagaz. Lo había aprendido de niña a través de una sociedad pícara que vivía del engaño para poder sobrevivir o medrar. Conocemos muchos encuentros con personas del mundo en los que tuvo que emplear su sagacidad. Pero, cuando habla a las Hermanas, lo llama habilidad: “Si yo no estuviera mañana en casa, pueden tener la conferencia y comulgar; pero le ruego, Hermana, que si ocurriera que alguna Hermana manifestara amargura o agitación, desvíe usted hábilmente la cosa sin que se note, para que se mantenga la mansedumbre y la cordialidad” (c. 135).

El problema serio que suele destruir la comunicación, aunque sea sin fundamentos, es sospechar que la Hermana Sirviente cuenta a unas lo que sabe de otras. Esta sospecha ya debía constar en tiempo de las primeras Hermanas, pues la fundadora exige que la Hermana Sirviente “sea discreta en todo lo que se le comunique… Y muy reservada en decir las faltas de los inferiores” (c. 659, 291). Más aún, la manda no solo callar lo que sepa de otra Hermana, sino que ni siquiera manifieste sus sentimientos (c. 398). Y lo conmina de forma perentoria: “En nombre de Dios, querida Hermana, no manifieste usted ya más sus sospechas cuando le parece tener motivo para recelar de alguna, y nada de ello diga a las Hermanas; esta prueba es demasiado difícil a la sicología de mujer” (c. 513). El motivo más recóndito para ser prudente lo escribió Luisa de Marillac, cuando era una mujer madura de 53 años: porque todas necesitan creer que son amadas y toleradas por la Hermana Sirviente (c. 118).

Aguante o tolerancia

Es frecuente dar a la tolerancia un sentido pasivo de dejar pasar las cosas, lo cual en realidad no es nada más que dejadez, falta de energía, se tolera todo porque es más fácil y no exige complicaciones molestas, o porque no hay ilusión ni interés en mejorar las cosas. Es lo que sucedía en muchos monasterios y conventos del siglo XVII. Los abades y superiores eran laicos, a veces protestantes o niños, despreocupados por la reforma de sus casas. Tampoco los conventos y monasterios femeninos se veían libres del escándalo y de la mundanidad. Es en ese siglo cuando comenzará una reforma de los conventos en profundidad, en la que intervino de alguna manera, su director Vicente de Paúl.

Tampoco es raro que le demos el sentido de permisividad. El otro no tiene derecho a divergir, a pensar de manera distinta a lo corriente o a ser diferente, pero se le permite como un mal menor. Se le autoriza a expresarse o a ser diferente porque somos tolerantes; se le tolera como una gracia, no como un derecho. Es la tolerancia que vivía la sociedad francesa en la época de santa Luisa. El año 1598 el rey Enrique IV había dado un decreto de tolerancia, conocido por el Decreto de Nantes, permitiendo a los protestantes vivir y dar culto según sus creencias religiosas. Más tarde, en 1648, por el Tratado de Westfalia, se permitía a los católicos o protestantes en regiones de religión distinta profesar publicamente su culto. Pero era una tolerancia permisiva, para acabar con las guerras y buscar la convivencia, no porque los derechos de los individuos que se toleraban nacieran de la persona humana y de su dignidad.

Nunca santa Luisa da un sentido pasivo a la tolerancia.“Una tolerancia descuidada”, —la llama ella—, pues en el fondo o es una dejación o una negación de los derechos ajenos o un sentimiento de superioridad, pero nunca una virtud. Santa Luisa vivió en una época en que Rchelieu fraguaba el absolutismo intolerante de la monarquía y contempló impotente cómo el Cardenal encarcelaba a su tío Miguel y mandaba decapitar a otro tío suyo, el Mariscal Luis de Marillac, por oponerse, entre otra razones, al absolutismo. Nadie, entonces, mejor que ella podía inducir a las Hijas de la Caridad a adquirir la tolerancia, pero siempre en un sentido activo:

Primero, como aguante, perseverancia. Es la perseverancia por la que el Espíritu felicita o anima a las Iglesias en el Apocalipsis: “Tienes perseverancia: has sufrido a causa de mi nombre y no has perdido ánimo”. Bajo esta faceta es la virtud que nos lleva a soportar las debilidades de las Hermanas y poder llevar una convivencia agradable. Hace las veces de soporte y de pilar en el edificio comunitario. Un pilar que hace soportable la diversidad de caracteres en la comunidad. Tanto soporta que, para santa Luisa “la señal de que la caridad está en una Hija de la Caridad es la de tolerarlo [soportarlo] todo” (c. 115). Ciertamente el intransigente ya está rompiendo la caridad con su intolerancia. El fanático ya está hiriendo de muerte al amor no permitiendo al otro ser él mismo, manifestar sus pensamientos, actuar —sin dañar a nadie—, aunque sea de una forma extraña. Ha matado la caridad y, por lo mismo, ninguna Hermana intolerante puede manifestarse como hija de la caridad.

Segundo, como fuerza sobrenatural del Espíritu de Jesús que empuja a superar las dificultades, a convivir pacificamente en comunidad y a servir a los pobres con alegría. En este sentido santa Luisa escribía: “Estoy segura que es para ayudaros a tener tranquilidad después de las tormentas pasadas y a renovarse en el espíritu de unión y cordialidad que las Hijas de la Caridad deben tener, mediante el ejercicio de esa misma caridad, que va acompañada de todas las demás virtudes cristianas, particularmente de la tolerancia de unas con otras, nuestra querida virtud” (c. 315).

¿Por qué será así, ya que lo es? ¿Será porque la tolerancia es un vestido de la humildad, y la humildad es el cimiento de toda la vida virtuosa?

Por eso, Luisa de Marillac concluye que sin tolerancia las Hijas de la Caridad “son personas que unicamente llevan el nombre y el hábito de Hijas de la Caridad” (c.686). Y si realmente las Hermanas Sirvientes meditan sobre la naturaleza de la animación, llegan a la misma conclusión que su fundadora. Si viviera en la actualidad, también hoy Luisa de Marillac, escribiría a las Hermanas de las comunidades que la tolerancia “es nuestra querida virtud”.

En la comunicación la Hermana Sirviente necesita aguante en los dos aspectos de sostener, aguantar la comunicación y de tolerar las discrepancias de la compañera. El primer aspecto refleja un cariz pasivo de paciencia y el segundo una dimensión activa de dinámica.

Para tener aguante con las demás hay que comenzar por tener paciencia con el modo de ser y de comportarse una misma: “¡Qué feliz es usted, querida Hermana, por conocerse tan bien y por amar tanto la santísima voluntad de Dios, nuestro único bien si se cumple en nosotras! A ella suplico con todo mi corazón se haga oír en el suyo querido, enseñándole el aguante que debe tener consigo misma” (c. 441). Es lo que meditó en unas Navidades, escribiendo que no es suficiente reconocer nuestros defectos, sino digerirlos (E 40). Este es el consejo que nos da la sicología social: Si nos hemos acostumbrado a digerir nuestros defectos ya es más fácil tolerar a los demás, pues aprendemos por experiencia lo fácil y humano que es fallar, y entonces —señalaba santa Luisa— “hay que tener mucha paciencia para darles pequeños remedios, el mayor es el de compartir sus penas” (c. 331). Compartir las penas es la verdadera comunicación comunitaria en la que se practica la tolerancia y la cordialidad y hace respirar la santa alegría (c. 194).

Aunque todas las Hermanas Sirvientes fueran santas, no todas podrían controlar los sentimientos que brotan dentro de la naturaleza humana. Los sentimientos son autónomos. La voluntad podrá dirigirlos una vez que se han sentido, pero nunca podrá impedir que broten. Y la antipatía es un sentimiento igual que la simpatía o el amor humano que a veces anida en el corazón de una superiora. La antipatía puede corroer la humanidad de quien está en el cargo y hacer sufrir a la persona que no tiene poder. Una Hermana puede sufrir al sentir la antipatía que le tiene la superiora, bloqueándose así toda comunicación con ella. La Hermana Sirviente necesita controlar los sentimientos de antipatía, necesita aguante, paciencia o tolerancia. Así hoy como en tiempo de la fundadora: “He visto la pequeña antipatía que me dice usted de una de nuestras Hermanas. ¡Dios mío! Es necesario que su caridad tenga gran compasión y tolerancia; bien sabe usted que de ordinario éstos son sentimientos naturales de los que no somos dueños; pero les toca a los que están en los cargos intentarlo y ayudar a las demás a salir de tal dificultad sin que ellas lo adviertan; es menester que no seamos tan sensibles que nos apenemos si no nos hablan, si no nos ponen buena cara, sino tratar de ganar los corazones con la tolerancia y cordialidad” (c. 116).

Es una trampa pensar que el problema es sólo de sicología entre personalidades antagónicas, pues acaso el problema mayor lo proporcione el tiempo. No el hecho de no encontrar tiempo para la comunicación, sino la precipitación para solucionar los problemas en un tiempo breve o que la Hermana cambie al instante, que se vean ya los frutos. Sin embargo, hay que tener paciencia con el tiempo, porque “no hay que pensar que por haber dicho las cosas quizá una docena de veces sea ya bastante”, pues “la memoria no nos es fiel” y hay que ejercitar “un poco la paciencia con todas en general” (c. 398).

Cuando ya era una anciana para su época de 67 años y la experiencia vivida le había dado sensatez humana escribía que las Hijas de la Caridad necesitan mucha tolerancia, condescendencia, mansedumbre y discreción en su conducta sin inquietarse si por mucho tiempo no se ven las cosas en el estado en que se desearía. Basta con hacer lo poco que se pueda con paz y tranquilidad para dejar lugar a las disposiciones de Dios, sin tener pena por todo lo demás (c. 654). Así, un día concluyó que “eso será ser verdaderas Hijas de la Caridad, porque la marca de la caridad en un alma es, con todas las otras virtudes, el de soportarlo todo” (c. 115).

  1. Hch 11, 23; 14, 21-22; 13, 43; etc. 2 Co 5, 20; 6, 1; Ef 4, 1, etc.

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