La gran novedad de la Congregación de la Misión (IV)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión, Historia de la Familia VicencianaLeave a Comment

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¿NOVEDAD?

Leyendo las historias religiosas de Francia, encontramos que los seminarios, los Ejercicios espirituales al clero y las conferen­cias o reuniones para una formación continua de los sacerdotes ya habían intentado establecerlos en Francia, después del Conci­lio de Trento, muchos reformadores y sínodos franceses, princi­palmente a comienzos del siglo XVII. Vicente de Paúl no hizo nada más que introducir su congregación en la corriente refor­madora del clero en la que ya estaban comprometidos muchos de sus compañeros y amigos con otras asociaciones seculares simi­lares a la suya que habían fundado expresamente para este mismo fin. Así se puede interpretar aquella frase: «El estado eclesiástico secular recibe actualmente muchas bendiciones de Dios. Se dice que la pobre compañía ha contribuido no poco a ello con los ordenandos y con las reuniones de eclesiásticos de París».

Pero no se puede afirmar que por esta tarea la Congregación de la Misión fuese una gran novedad, pues eran los objetivos que ya se habían propuesto otras congregaciones seculares, como el Oratorio de Bérulle, que sí fue considerado una novedad y solo 17 años después de fundarse contaba 60 comunidades y unos 400 miembros. Y es aquí donde encuentro la explicación a los torcidos tejemanejes que empleó Bérulle para que la Congrega­ción de la Misión no fuera aprobada por el Papa. Bérulle se consideraba tan seguro de sí mismo que consideraba su Oratorio, repleto de intelectuales y titulados, como la panacea para refor­mar al clero, mientras que a la congregación del señor Vicente, formada por humildes y sencillos sacerdotes, la consideraba apropiada para misionar a los campesinos, pero incapaz de for­mar excelentes sacerdotes.

EL IMPACTO DE LA CONGREGACIÓN Y DEL VICENTE DE PAÚL

La Congregación de la Misión más que novedad produjo un tremendo impacto social y eclesial; produjo, lo que llama Mertz una terapia de shock para la Iglesia y la sociedad’. Esta impron­ta dio cierta originalidad a la Congregación de la Misión con relación a otras congregaciones seculares contemporáneas. Y me atrevo a afirmar que cuando deje de impactar, querrá decir que la Congregación de la Misión ha muerto.

También me atrevo a afirmar que más que la Congregación de la Misión el impacto lo produjo la personalidad y la santi­dad de Vicente de Paúl. El H° Ducournau dice que para algu­nos el señor Vicente de ordinario no dice más que cosas comu­nes, pero aunque hable de un tema común lo hace con una fuerza nada común en la práctica y en la expresión. Lo mismo se puede afirmar de las obras: hizo lo que ya hacían otros, pero de tal manera que impactaban a la sociedad entera. Y de tal manera la figura del señor Vicente absorbía su obra que, cuando murió, su Congregación quedó desorientada, como vacía, encargando rápidamente a Luis Abelly que redactara una vida oficial del señor Vicente de Paúl para que llenara ese vacío.

Y es que Vicente de Paúl tenía las cualidades de un líder nato’. No sabemos si era buen teólogo y un excelente jurista, pero Richelieu le consultó sobre la validez del matrimonio de Gastón de Orleans y de Margarita de Lorena, y el Gran Condé sobre cuestiones canónicas. Sin mezclarse en la política, no temerá a Richelieu, estará en el lecho de muerte de Luis XIII, negociará con Mazarino, aconsejará a Ana de Austria y, a través de las Damas de la Caridad, será amigo de muchos nobles. Per­teneció al Consejo de Conciencia y muchos obispos le pedían su parecer y su ayuda en asuntos referentes a la reforma de las dió­cesis y de las religiosas. Y todo ello sin tomar partido por ningu­na camarilla de la aristocracia, como hizo Bérulle, ni dejarla de lado habitualmente, como parece que hacía Olier, al contrario, buscó continuamente el apoyo de las clases influyentes que podían mejorar la situación material y espiritual de los pobres.

El realismo le indicaba que sin bienes, sin dinero las misio­nes no podían ser gratuitas, a lo que se había comprometido y se veía obligado por la Bula de erección de la Compañía. Lo dice en infinidad de cartas39. Y esta gratuidad, «no aceptar nunca una retribución por nuestras misiones ni de personas ausentes ni pre­sentes, ni de ricos ni de pobres», admiraba a obispos y párrocos, que, por otra parte, los de París ya lo habían exigido, y era un reclamo para los campesinos que decían: «Estos misioneros son gente de Dios, pues no reciben nada y son muy desinteresados».

Sin embargo, también era una dificultad para que la Congrega­ción se extendiera por otros lugares, ya que para fundar una comunidad san Vicente exigía que a los misioneros se les diera una casa donde alojarse y bienes necesarios para vivir y trabajar sin hacer colectas, como las hacían los clérigos regulares. Hasta quería que sus seminarios se sostuvieran sobre una base económica firme, asignándoles beneficios y rentas. Pocas veces aceptaba dinero de los estudiantes por su propio alojamiento.

La gratuidad que él proponía estaba sostenida por beneficios eclesiales y por fundaciones de las que él era el gestor que debía hacerlas producir invirtiendo los bienes en tierras, compañías de transporte o en impuestos indirectos, como la gabela. Y esta manera de sostener la gratuidad sí podemos considerarla tina novedad.

San Lázaro

Y aquí entra en escena la hacienda de San Lázaro con todas sus posesiones que le daban abundantes rentas y frutos, además de beneficiosos derechos señoriales; y unida a San Lázaro esta­ba la Feria de San Lorenzo, cuyo alquiler le aportaba pingües beneficios. Solo el cercado de san Lázaro comprendía 32 has. fértiles con abundancia de agua para regadío. Pero, lindando con la tapia norte, san Lázaro poseía otras tantas hectáreas de viña, llamada la «Goutte d’or», que producía uno de los mejores vinos de Francia, denominado «vino de Reyes».

Sus rentas y productos le facilitaron las grandes empresas de caridad que dirigió, así como las misiones de Túnez, Argel y Madagascar. Con sus rentas pudo recibir en San Lázaro a los par­ticipantes en las «conferencias de los Martes» y cerca de 20.000 ejercitantes y alimentarlos totalmente gratis, tal como le obligaba el contrato de unión del Priorato a la Congregación. Una economía holgada le ayudó a erigir en San Lázaro el Seminario Menor de San Carlos y en los Buenos Hijos un seminario Mayor, teniendo en cuenta que entre 40 a 70 sacerdotes externos que había en los Buenos Hijos pagaban solo la tercera parte de lo que gastaban. San Vicente comprendió la ayuda incompa­rable que sacaba de San Lázaro y pidió al Papa que aprobara la unión perpetua del Priorato a la Congregación de la Misión.

EL CARISMA, EL FIN Y EL ESPÍRITU

«El pequeño método» viene a ser la expresión externa del espíritu del misionero. Cada institución religiosa recibe del Espíritu Santo su distintivo peculiar en el modo de seguir a Cristo. Este distintivo es una gracia especial llamada carisma que constituye «el patrimonio de cada Instituto», distinguiéndole de otros Institutos Religiosos. El espíritu es la esencia del carisma. Tener un espíritu propio, no es, por lo tanto, una novedad, por­que lo tienen todas las congregaciones, cada una el suyo. Como el espíritu de otras congregaciones, el espíritu vicenciano está en función de la gloria de Dios, de la vida comunitaria y de la evan­gelización a los pobres: sencillez, pues sin verdad no hay amis­tad; humildad porque el amor propio destruye la convivencia y porque los pobres son los amos y señores; mansedumbre, pues es el cauce de la convivencia y el necesitado es exigente; mortifica­ción, para poder cumplir las tres virtudes anteriores; celo, porque es el fin de la compañía. Cierto, no es una novedad poner unas virtudes como expresión del Espíritu de la Compañía, pero si es una peculiaridad poner expresamente esas cinco virtudes, como las cinco facultades del alma de toda la congregación.

LAS REGLAS COMUNES

Vicente de Paúl era afectivo, apasionado y rápido en el pen­sar, pero al mismo tiempo era paciente y organizador. Más que inventor era un organizador que se apoyaba en la experiencia de la vida que, a su vez, le impedía adelantarse a la providencia: en Chátillon organizó las Caridades que ya existían desde la Edad Media y en Mácon organizó la Asociación de la Limosna que ya existía en la ciudad. Su genio organizador más que creador, se manifiesta igualmente al plasmar en las Reglas comunes de su Congregación el carisma que empapaba la vida y sus obras. Las Reglas reflejaban la forma de vida que llevarían los misioneros para imitar a Jesucristo vaciándose del espíritu propio y revis­tiéndose del suyo, como venían haciéndolo desde su fundación.

Llama la atención una frase de una carta que escribió a la Madre Chantal: los misioneros pretendemos vivir religiosa­mente, aunque no seamos religiosos. Es decir, vivir como religiosos sin ser religiosos. Y esta fue la gran batalla de san Vicente: hacer de sus misioneros unos religiosos, cartujos en casa y unos apóstoles en campaña. Estaba enamorado del sacerdocio secular, lo creía necesario para la evangelización de los pobres, pero estaba enamorado igualmente de las Reglas de los religiosos por la vida espiritual y la formación que les daba. Y me lleva a concluir que las reglas de la Congregación de la misión no aportan ninguna novedad, que san Vicente rechazaba el estado religioso, pero no rehusaba sus Reglas. Y así vemos que, a lo largo de la vida, san Vicente suele indicar que los misio­neros deben tener unas Reglas, al igual que las demás congrega­ciones, pues las reglas son necesarias a todas las congregaciones religiosas y, por ello, también a la nuestra; que muchas cosas están inspiradas en otras congregaciones, especialmente en los jesuitas; que no pone en las Reglas los votos, porque ninguna congregación los pone.

Pero sí aportan una peculiaridad: que el ministerio, principal­mente de las misiones, definen nuestro modo de vida. Y como el ministerio exige a los misioneros estar largo tiempo fuera de comunidad, las Reglas les exige una vida comunitaria de «ami­gos que se quieren» mucho más exigente que en otras congrega­ciones: dos horas de recreación cada día y oración en común; es una vida plenamente comunitaria, cuando en muchas otras con­gregaciones es una vida individual en común.

La espiritualidad

La espiritualidad de la Congregación plasmada en las Reglas y que san Vicente inculcó a los misioneros a través de conferen­cias y cartas tampoco es muy original; es la espiritualidad de su tiempo: recoge de Canfield, san Francisco de Sales y sobre todo de Bérulle los mismos ingredientes que cogieron Bourdoise, Olier, Condren y san Juan Eudes, aunque san Vicente los adere­za a su manera dándoles una fisonomía propia e independiente. Pero sin dar sensación de novedad y los historiadores de la espi­ritualidad, desde Bremond hasta Cognet y Krumenacker, se inclinan a decir que el cimiento de su espiritualidad es beruliano, adornado con retazos de san Francisco de Sales, de Canfield y de su genio personal para que le sirviera en bien de los pobres.

La doctrina vicenciana no fue reconocida como fuente donde se pudiera beber, a no ser por aquellas personas con las que se relacionaban los misioneros. Y esto, porque ni san Vicente ni los primeros misioneros escribieron nada para el público. Las cartas que escribió a los obispos para que firmaran la súplica de los obispos franceses al Papa pidiéndole que condenara las «cinco proposiciones» sacadas del libro de Jansenio, no aporta ninguna novedad, como tampoco la aporta la carta que escribió al P. Dehorgny sobre la «comunión frecuente» de Antonio Arnauld, o las pocas páginas de un pequeño tratado que escribió Sobre la gracia. Vicente de Paúl era un hombre de acción, y todo lo que escribió, —las Reglas Comunes y cartas que fueron muchísimas—o habló —conferencias abundantes— fue hacia dentro, a un nivel concreto y práctico; se dirigía a los Sacerdotes de la Misión, a las Hijas de la Caridad y a las Señoras de las Caridades para formar­los como sirvientes de los pobres.

Y así, porque los pobres eran su peso y su dolor, Jesucristo «dorador de los designios del Padre por la virtud de la religión que en Bérulle y sus discípulos está en primer plano, en san Vicente y en la Congregación de la Misión cede el primer pues­to al Jesucristo enviado al mundo para manifestar el amor del Padre, traducido en caridad y en celo apostólico hacia los pobres.

Este matiz de la virtud de la religión, que fue la causa por la que Olier dejó de dirigirse con san Vicente para acogerse a la dirección del oratoriano Condren, fue el motor de la actividad misionera y caritativo-social de la Congregación de la Misión.

CEME

Benito Martínez

 

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