La gracia de la fidelidad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

fidelidadEsta conferencia para la preparación de la renovación anual de vuestros votos tiene como tema la «fidelidad». Para esta conferencia hemos encontrado un texto en el que apoyar nuestra reflexión.

En su primer viaje a México, el Papa Juan Pablo II celebró una Eucaristía en la catedral metropolitana (21.01.1979) a la que estaban invitados todos los religiosos/as. Les habló sobre la fidelidad. Las palabras que pronunció en la homilía nos han servido de inspiración. Y también, aunque por contraste, un modo de oración de súplica que, por estas fechas de la Renovación anual, alguna vez he escuchado a algunas Hermanas. Las Constituciones 1.3 y 2.5, cuando hablan de la fidelidad, también han iluminado el tema de la conferencia. El título está tomado del final de la fórmula con la que anualmente renováis vuestros votos.

I – ¿Oración sobre la fidelidad…?

Alguna vez, al celebrar la Eucaristía el 25 de marzo con las Hermanas que renuevan los votos, en la «oración universal» he escuchado la súplica de alguna Hermana aludiendo a la fidelidad. En ella pedía al Señor que venga en ayuda de aquellas Hermanas que permanecen fieles, y también de alguna otra que no lo ha sido porque ha dejado la Compañía.

En esas dos peticiones subyace y se expresa un concepto y un aspecto de lo que significa fidelidad, sin duda. Pero todos estaremos de acuerdo también en que la fidelidad comprende otros aspectos. En general se podrá decir que dejar la Compañía es un modo de infidelidad a la vocación (no pretendemos hacer un juicio moral). Pero el hecho de permanecer en la Compañía renovando los votos no garantiza automática y necesariamente que se esté viviendo la vocación con fidelidad. Supongo que quienes seguimos aún en el camino vocacional, tenemos la experiencia personal de las infidelidades que cometemos aun permaneciendo dentro.

¿Qué significa, pues, ser fieles a la vocación a la que Dios nos ha llamado? ¿Qué se entiende por fidelidad? ¿Cómo vivir en fidelidad?. He aquí el tema de esta conferencia.

En relación a este tema, y con motivo de la renovación anual de los votos, sería provechosa la lectura de dos conferencias de San Vicente a las primeras Hermanas en las que trató sobre la fidelidad a Dios y a la vocación: 22 de septiembre de 1647 y 3 de junio de 1653. En esta última hablan ampliamente también Santa Luisa y otras Hermanas. Resalta, ante todo, la fidelidad como constancia y perseverancia. Pero en la conferencia del 4 de marzo de 1658, San Vicente destaca otro aspecto de la fidelidad. Dice así: «¡Pero ya hace tantos años que estoy en la Compañía!. No es la duración lo que permite juzgar si una Hermana es digna de llevar el hermoso nombre de Hija de la Caridad, sino el que esté revestida interiormente de ese ropaje de la caridad para con Dios y con el prójimo. Eso es lo que la convierte en Hija de la Caridad» (CE. n° 1945). Reflexionemos también nosotros sobre otros aspectos de la fidelidad.

II – Dimensiones de la fidelidad

Entre las invocaciones y alabanzas que dirigimos a María en la letanía del rosario, una de ellas es «Virgo fidelis», Virgen fiel. ¿Cuál es el significado profundo de esta invocación? ¿Cómo fue la fidelidad de María? ¿Cómo ser fieles a ejemplo de ella?

La fidelidad de María incluía cuatro dimensiones. Las mismas deberían ser igualmente, las dimensiones de nuestra fidelidad a Cristo en el camino de nuestra vocación vicenciana. Guardan entre ellas una íntima relación e interdependencia. Las cuatro son necesarias y se complementan. Sólo por metodología, y porque en cada una de ellas se destaca un aspecto distinto de la fidelidad, las tratamos por separado.

1. La fidelidad es búsqueda

«La primera dimensión —de la fidelidad de María— se llama «búsqueda». María fue fiel ante todo cuando, con amor, se puso a buscar el sentido profundo del designio de Dios en ella y para el mundo. «Cómo sucederá eso» preguntaba Ella al ángel de la Anunciación… No habrá fidelidad si no hubiese en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda» (Juan Pablo II).

Jesús invitaba a creer en El y a seguirle. Ser cristiano es seguir a Cristo camino, verdad y vida. (3) La vida cristiana es una peregrinación y el cristiano un «peregrino en la fe».

En este camino de la fe, en la vocación vicenciana, deberíamos tener clara la meta o lo que es lo mismo, la opción por Cristo en la Compañía. (Yo en la Congregación de la Misión). Aun así, mientras hacemos el camino, se van presentando tramos difíciles, días oscuros, obstáculos a nuestro caminar: corrientes culturales, acontecimientos históricos, catástrofes, signos de difícil lectura en el mundo, en la Iglesia, en la Compañía… que nos suscitan interrogantes, dudas, conflictos a la fe y a la vocación. Ahí se pone a prueba nuestra fidelidad. Entonces es necesaria esa cualidad de búsqueda. Tenemos que preguntarnos, como María, «¿qué significa esto?». ¿Qué nos está diciendo y pidiendo Dios a través de estos signos? Y la respuesta tendremos que buscarla en la oración, en la reflexión desde criterios evangélicos y el estudio personal y con otros, en el discernimiento cristiano en comunidad… porque no tenemos teléfono directo con el Espíritu Santo.

Con frecuencia esta actitud de búsqueda tenemos que ejercerla a un nivel más simple , más cercano y concreto: ante problemas en la comunidad, revisión de obras, cambio de servicio o de casa, calumnias, decepciones, enfermedades, desgracias familiares, jubilación… que nos crean perturbaciones y dudas. ¿Qué significa esto? ¿Cómo tengo que situarme ante esa nueva realidad?

De hecho se nos está pidiendo una nueva respuesta. El «sí» inicial y global a Cristo y a la vocación hay que concretarlo y explicitarlo en otros «sí» de nuestra historia personal.

La Compañía se prepara para la próxima Asamblea. El tema: Carisma e inculturación en un mundo en cambio. Todas las Hermanas están convocadas a buscar juntas cómo ser fieles al carisma en las distintas culturas y situaciones. Una ocasión más para ejercitar la fidelidad como búsqueda.

2. La fidelidad como aceptación

«La segunda dimensión de la fidelidad se llama acogida, aceptación. El «cómo sucederá esto» se convierte, en labios de Maná, en un «Fiat». Que se haga, estoy pronta, acepto: este es el momento crucial de la fidelidad» (Juan Pablo II).

Esta segunda dimensión de la fidelidad es consecuencia lógica de la primera. De poco nos servirían los pasos dados en la búsqueda del plan de Dios sobre nosotros, si una vez discernido no lo asumimos. A la búsqueda tiene que seguir la aceptación. Como en María: ‹,¿ Cómo puede ser esto?» ¿Qué significa? Pero… «que se cumpla en mi tu palabra».

Probablemente todos tenemos la experiencia de haber descubierto lo que Dios nos estaba pidiendo en tal o cual situación. Pero nos faltó generosidad; no estábamos decididos a cambiar ni a luchar por superar determinadas dificultades. Otras veces nos hemos quedado en simples buenos deseos, en un «me gustaría», «estaría bien», «sí sí, lo sé y lo veo, pero… «. Han podido más el miedo, la comodidad, el temor a lo nuevo y a desinstalarnos. Nos ha faltado coraje, riesgo, confianza a la hora de tener que dar un nuevo «sí» de aceptación a aquello que Dios nos estaba pidiendo en nuestra historia personal o comunitaria.

Se nos está pidiendo un «sí» a algo que, con frecuencia, está más allá de nuestra lógica humana y racional, más allá de nuestras evidencias y claridades. En los designios de Dios sobre nosotros hay más zonas de misterio que de lógica y evidencia. El «fíat» de María fue desde la fe y el abandono confiado en Dios, más que desde la comprensión plena del plan que el ángel le propuso. Dios nos ama y nos conduce ciertamente, pero nos desconcierta y sobrepasa. Como María, a veces tendremos que acoger en silencio lo que no entendemos y meditarlo en el corazón. Ella y nosotros optamos por el camino de la fe. Y desde la fe tenemos que acepta las nuevas llamadas de Dios que van apareciendo en nuestra vida.

3. La fidelidad es coherencia

«Coherencia es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que cree. Ajustar nuestra vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones persecuciones, antes que permitir rupturas entre lo que se vive y se cree: esto es la coherencia. Aquí se encuentra, quizá, el núcleo más íntimo de la fidelidad» (Juar Pablo II).

La vocación específica es una llamada de Dios, y una aceptación por nuestra parte, de un modo concreto de seguimiento de Cristo: a vivir el evangelio a la manera de los Fundadores, según un «espíritu propio». La fidelidad a la vocación requiere vivir en conformidad con lo que esa llamada-respuesta conlleva, con las exigencias de este proyecto de vida concreto al que hemos dicho «sí». Efectivamente, en esa coherencia radica lo más íntimo de la fidelidad.

Sería una contradicción haber asumido libremente un proyecto de vida y luego vivir en desacuerdo con lo que ese proyecto implica. La vocación vicenciana es un modo de seguimiento radical a Cristo. Vivirlo en la mediocridad, el conformismo, la rutina sería una contradicción, una incoherencia.

Ciertamente que en nuestro caminar en la fe y en la vocación vicenciana haba altibajos, momentos de mayor o menor coherencia. La fidelidad no los descarta Porque no son tanto los fallos aislados los que minan y socavan los cimientos de k fidelidad al proyecto vocacional que hemos abrazado, cuanto la falta de vibración tensión espiritual, la superficialidad y carencia de motivaciones profundas. A este respecto Jesús habló de la sal que ha perdido el sabor.

Cuanto esto acontece estamos interiormente desajustados, porque vivimos el una contradicción que rompe la armonía con Dios, con el espíritu de la Compañía, con nosotros mismos. Y esto nos impide ser felices.

Seguramente que nuestra respuesta concreta a la vocación nunca se ajustará a las altas exigencias del ideal. El constatar este desnivel no debe llevarnos al desánimo, sino a una continua conversión. Al ideal le corresponde ejercer la función de un imán que atrae hacia sí la pobre y deficiente realidad en nuestro modo de encarnarlo.

No saquemos la conclusión de que esta dimensión de la fidelidad que llamamos coherencia es fruto de un esfuerzo tenaz por nuestra parte, y de nuestra responsabilidad a la hora de cumplir la palabra empeñada. Nuestra debilidad viene a desmen­tirlo. Es más bien correspondencia a la gracia, pues es el Señor quien construye la casa, si bien con el trabajo de los albañiles. Por eso oramos repetidamente: «Señor, ven en mi auxilio»; «date prisa en socorrerme».

A esta dimensión de la fidelidad como coherencia se oponen también ciertas pertenencias o identificaciones con otros grupos o espiritualidades. Hay diversidad de carismas y espiritualidades, óptimos sin duda para aquellos a quienes Dios llama por ese camino. Reconocerlos y admirarlos no significa abrazarlos. Algunas experien­cias recientes confirman que frecuentemente en tales Hermanas se ha dado una progresiva desidentificación con el espíritu de la Compañía y con la comunidad. Conocemos el empeño de los Fundadores para que las primeras Hermanas conocie­ran y asimilasen bien el espíritu propio. San Vicente se atrevió a afirmar que no todas las máximas evangélicas obligan, incluso algunas pueden ser contrarias al espíritu propio.

La fidelidad como coherencia aparece en María en dos pasajes similares de la vida pública. En ellos Jesús alaba a su madre no sólo porque buscó y aceptó el plan de Dios sobre ella sino, sobre todo, porque lo estaba cumpliendo. Ella es la «Virgo fidelis» con una fidelidad consecuente.

4. La fidelidad como constancia

«La fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por algún día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida… Sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El «fíat» de María en la Encarnación adquiere su plenitud en el «fíat» silencioso al pie de la cruz» (Juan Pablo II).

Dos rasgos, entre otros, que marcan la cultura actual son el hedonismo y la libertad. La búsqueda del placer sin traba alguna, el «pasarlo bien» es el criterio supremo de valoración. Mucha gente acepta y se compromete con algo o con alguien gratificante en un determinado momento, y se rechaza cuando ya no lo es. Se dice «sí» cuando todo va bien, o se prevé que lo irá, y «no» cuando aparece la dificultad y la prueba. Es la cultura de lo provisional y del fragmento, del compromiso débil, del «mientras vaya bien».

Este rasgo de la cultura actual está en la base de muchas rupturas en la familia, en el miedo a compromisos «para siempre» y a proyectos de vida que conllevan opciones en principio definitivas. Hoy resultan más atrayentes y más conformes con ese rasgo de provisionalidad de la cultura ciertos voluntariados a tiempo parcial y limitado.

(Recientemente escuché a un religioso, buen conocedor de la cultura actual, aunque no del sentido que las Hijas de la Caridad dan a la renovación de sus votos, que el futuro de la vida consagrada lo estaba marcando la Compañía de las Hijas de la Caridad. Al preguntarle yo por qué, me contestó: «porque su compromiso es por un año; por eso no le van a faltar vocaciones». Naturalmente que le informé del sentido de la renovación anual de los votos de la Compañía y del modo de pensar al respecto de los Fundadores. Santa Luisa decía que no se aceptaran jóvenes para un tiempo limitado sino aquellas que «tengan intención de vivir y morir en la Compañía»).

La vocación es un camino evangélico para el seguimiento de Cristo al que se opta desde la fe. ¿Qué sentido tendría una fe en Cristo solamente por un tiempo o bajo determinadas condiciones? Decir a Cristo «yo creo en ti», «yo me entrego a ti» son adhesiones por encima de cualquier contingencia. No es signo de adultez cristiana decir «sí» cuando todo va bien e introducir «no» cuando aparece la dificultad; ni negar en la noche o en días oscuros lo que se asumió en un día de sol y claridad. La comparación que usó Jesús del que pone la mano en el arado y mira hacia atrás tiene algo que ver con la fidelidad como constancia.

En el universo cultural que nos ha tocado vivir, cuando a casi todos los productos se les pone «fecha de caducidad», no están de moda valores como la constancia, la lealtad duradera a los compromisos asumidos y a la palabra empeñada, la firmeza para afrontar las dificultades. Pues en un ambiente así se necesitan testigos a favor de esos valores, cimentados en convicciones sólidas, con capacidad para afrontar serenamente las inevitables dificultades del camino con una plena confianza en la fuerza del Espíritu.

La auténtica fidelidad es aquella que, sin descuidar las otras dimensiones anterio­res, dura hasta el final, hasta las últimas consecuencias. Así fue la de Cristo, el testigo fiel. Así fue la de María. Ella no abandonó en los momentos difíciles («estaba junto a la cruz», Jn. 19,25) el «sí» al plan de Dios dado en la Anunciación. Es una fidelidad hasta el final, un «sí» constante.

Afortunadamente no estamos hablando de imposibles. Vosotras y yo conocemos a algunas Hermanas mayores, entre muchas, testigos vivientes de fidelidad. Recor­dad a esas Hermanas mayores cuyo rostro («espejo del alma») refleja serenidad, armonía interior, alegría y paz. Son vidas logradas. Lo confirman también con sus palabras. Alguna vez, cuando me ha correspondido atender a algunas Hermanas en los momentos finales de su vida, les he preguntado si estaban contentas con su vida. Su respuesta ha sido: «Mil veces que naciese sería Hija de la Caridad». Ellas son una parábola viviente, narrada hoy, sobre lo que es, lo que significa y comprende la fidelidad, y sobre los frutos que produce.

Que María de la Anunciación, a cuyo ejemplo mañana también vosotras diréis «sí» al plan de Dios una vez más y con una hondura mayor, acompañe vuestro caminar durante todos los días del año. Que como Ella viváis en búsqueda y aceptación, en coherencia y constancia. Una fidelidad así es un don de Dios que pediréis al final de la fórmula de los votos: «Concédeme, Señor, la gracia de la fidelidad por tu Hijo Jesucristo Crucificado y por la intercesión de la Virgen Inmaculada».

One Comment on “La gracia de la fidelidad”

  1. excelente este artìculo, contribuye a despejar el conocimiento y sobre todo a meditar nuestro Carisma y entrega generosa tal como lo hizo Marìa en el SÎ definitivo al Padre….gracias hermano por esta motivaciòn…

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