La formación seminarística en tiempos de san Vicente y según san Vicente (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

III. SAN VICENTE DE PAÚL Y LOS SEMINARIOS DIRIGIDOS POR LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN

  1. DE LOS EJERCICIOS A ORDENANDOS A LOS SEMINARIOS PARA ORDENANDOS

Para comprender la aportación de san Vicente de Paúl en la fundación y organización de los seminarios para la formación del clero, es preciso que comencemos refiriéndonos a los Ejercicios para los que iban a recibir las Órdenes.

San Vicente asegura que «no había pensado jamás» en los Ejer­cicios para los Ordenandos: «¿Quién había pensado jamás en los ejercicios de los ordenandos y en los seminarios?…». Ciertamen­te había afirmado que la Congregación no tiene más que un objeti­vo: la evangelización de las pobres gentes del campo: «Al comien­zo, la Compañía sólo se ocupaba de sí misma y de los pobres… Dios permitió que en nosotros sólo se viera esto; pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, nos llamó para que contribuyéramos a formar buenos sacerdotes, a dar buenos pastores a las parroquias y a enseñarles lo que tienen que saber y practicar».

La plenitud de los tiempos se inauguró cuando Agustín Poitier, Obispo de Beauvais, pidió consejo a san Vicente sobre los medios para impulsar la reforma entre los sacerdotes de su dió­cesis. San Vicente aportó su reflexión: no parece que sea fácil cambiar los hábitos de quienes llevan tiempo ordenados, habría que comenzar con los que vayan a ordenarse. En septiembre de 1628, por indicación del obispo, san Vicente dirige con otros dos sacerdotes los ejercicios a los ordenandos de Beauvais. El éxito alcanzado hizo que los ejercicios se practicaran en Beauvais antes de cada ordenación. Y pronto se fueron estableciendo en otras diócesis.

En 1631, a petición del arzobispo de París, san Vicente orga­nizaba en Buenos Hijos los ejercicios para los Ordenandos, que desde 1639 se volvieron obligatorios para todos los que habían de ordenarse en París, así provinieran de otras diócesis. Bons-Enfants y San Lázaro acogieron, durante la vida de san Vicente, a unos doce mil ordenandos. Escribía emocionado en julio de 1633: «Se ha complacido la bondad de Dios en dar una bendi­ción muy especial y que no puede imaginarse a los ejercicios de nuestros ordenandos. Ha sido tan grande que todos los que han pasado por ellos, o la mayoría, llevan una vida como la que corresponde a los buenos y perfectos eclesiásticos».

En Roma, los misioneros iniciaron los ejercicios para los ordenandos en 1642. El Papa Alejandro VII instó en 1659 a que todos los que fueran a ser ordenados participaran en los ejerci­cios organizados por los misioneros.

Para consolidar la obra de los Ejercicios a los Ordenandos, Vicente de Paúl compuso un manual junto con Fraimis Rerrochel, futuro obispo de Boulogne, Nicolás Pavillon, futuro obispo de Alet, y Juan Jacobo Olier. San Vicente lo remitió a varios doctores de la Sorbona, quienes le aseguraron que contenía las materias necesarias para el buen ejercicio del ministerio sacerdo­tal. Este manual, en diversas transcripciones manuscritas, sirvió para los directores de estos Ejercicios, que resultaron ser un importante instrumento de formación del clero.

Los Ejercicios para los que se acercaban a las Órdenes alcan­zaron, a su vez, «la plenitud de los tiempos» en el Seminario para Ordenandos. De acuerdo con los obispos, san Vicente ha ido pro­longado el tiempo de preparación a las Ordenes, primero a un mes, luego a dos, a seis, etc… Así el Seminario de san Vicente no es más que el desarrollo y extensión de los ejercicios a ordenandos.

Ejercicios y Seminario dan la misma formación general; los dos se centran en la piedad, y en las tareas pastorales, más que en la ciencia teológica; utilizan habitualmente las mismas insta­laciones, los dirigen los mismos profesores… Por eso perdurará en el Seminario de san Vicente el carácter práctico y espiritual dado a los estudios y la unión de la virtud con la ciencia…

  1. EL SEMINARIO CONCILIAR DIRIGIDO POR LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN: DE BUENOS HIJOS A SAN CARLOS EN SAN LÁZARO

En el año 1636, el colegio de Buenos Hijos abre sus puertas a un grupo de adolescentes que se sentían llamados por Dios al sacerdocio. Serán instruidos en la piedad y aprenderán latín y las conocidas como humanidades. Es el Seminario diseñado por el Concilio de Trento.

Escribe el primer biógrafo de san Vicente:

Los ríos grandes fluyen siempre, a lo largo de su curso hacia el océ­ano, aumentando e incrementando su caudal con la aportación de los ríos y arroyos que van recibiendo en su cauce. Igualmente, la caridad del señor Vicente, encaminándose siempre cada vez con mayor perfec­ción hacia Dios, iba creciendo continuamente tanto exterior como inte­riormente, no tanto por recibir ayuda de otros, cuanto comunicándose y extendiéndose cada vez más hacia el exterior según las ocasiones que la Providencia Divina le iba deparando.

Hemos visto en algunos capítulos anteriores el celo del señor Vicen­te y la preocupación que tuvo para reavivar el primitivo espíritu ecle­siástico del clero. Precisamente para eso se esforzó en promover los Ejercicios de Ordenandos, las Conferencias y los Retiros de Eclesiásti­cos. Pero como todos esos medios, aunque muy excelentes y muy aptos, aún no producían todo el fruto deseado por su caridad, pensó que sería necesario poner el remedio en el mismo manantial de la clericatura, es decir, preparar y disponer con mucha antelación a los niños que dieran muestras de poseer alguna inclinación y vocación para ese estado, con la creación de Seminarios según los moldes del santo Concilio de Trento.

Por eso, después que fueron a vivir a la casa de San Lázaro, hacia el año 1636, destinó el Colegio de Buenos Hijos para seminario. En él formarían a los jóvenes clérigos en las Letras y Buenas Costumbres, para hacerlos capaces y dignos del estado al que aspiraban.

Pensamos inmediatamente en las reflexiones de Adrian Bourdoise, compartidas por cuantos trabajaban en la puesta en mar­cha de los Seminarios durante este tiempo en Francia: «Las misiones que hacemos por aquí y por allá son de ayuda para una diócesis; pero el Seminario es lo verdaderamente necesario. Hacer una misión es como dar una comida a un pueblo ham­briento; pero iniciar un seminario es facilitar la alimentación durante toda la vida. Hacer una misión en un lugar sin proporcio­narle enseguida sacerdotes que puedan continuar los bienes de dicha misión, es hacer como el príncipe que, habiendo conquis­tado una ciudad al enemigo, se va a atacar a otra sin asegurar una guarnición en la primera… Del mismo modo que los superiores de las órdenes no pueden llenar sus conventos de buenos religio­sos si no poseen buenos noviciados, tampoco un prelado sin un excelente seminario puede disponer en sus iglesias de buenos sacerdotes que puedan sostener el bien realizado por las misio­nes (que será sólo pasajero)».

No tenemos detalles de los comienzos del seminario conci­liar fundado por san Vicente en Buenos Hijos en 1636. A par­tir de las reticencias que manifiesta al P. Codoing en la carta de 13 de mayo de 1644, podemos deducir que los resultados fueron más bien escasos.

Hay que respetar las órdenes del concilio como venidas del Espíri­tu Santo. Sin embargo, la experiencia hace ver que la forma como se lleva a cabo respecto a la edad de los seminaristas no da buenos resul­tados ni en Italia ni en Francia, ya que unos se retiran antes de tiempo, otros no tienen inclinación al estado eclesiástico, otros se van a las comunidades y otros huyen de los lugares con los que están ligados por obligación por haber sido educados allí y se ponen a buscar fortuna por otro lado. En este reino hay cuatro, en Burdeos, en Reims, en Rouen y anteriormente en Agen. Ninguna de esas diócesis ha sacado mucho provecho; me temo que, fuera de Milán y de Roma, las cosas estén lo mismo en Italia. Es muy distinto tomarlos entre los veinte y los veinti­cinco o treinta años. Tenemos veintidós en nuestro seminario de alum­nos de Bons-Enfants, entre los que sólo hay tres o cuatro que sean pasa­bles, y con pocas esperanzas de que perseveren por mucho cuidado que se ponga, de donde saco motivos para dudar, por no decir la consecuen­cia verosímil, de que las cosas salgan como se piensa. El señor Authier y el señor Le Bégue aseguran que les va bien. No dudo de que sea esto verdad en los comienzos; pero la verdad es, padre, que hay muchas razones para temer que, antes de que lleguen a madurar los frutos, los vayan estropeando los diversos accidentes que le he indicado…

Hay otra cosa que puede tener enojosas consecuencias, o sea, la obligación de darle cuentas al señor obispo y a todos los capitulares, aunque la cosa parezca razonable. De san Lázaro no quisimos tratar más que con la condición de quedar dispensados de rendir cuentas al señor arzobispo, tal como se había acostumbrado. Esto puede tener consecuencias desagradables, aunque no tenga remedio, ya que el con­cilio lo ha ordenado así. La sujeción a los señores diputados del cabil­do también merecería una consideración.

Este Seminario conciliar de Buenos Hijos será trasladado al complejo de San Lázaro en 1645, llamándose de san Carlos Borromeo, pequeño San Lázaro, o sencillamente Seminario de san Carlos:

Unos años después de la creación del nuevo Seminario en el Cole­gio de Buenos Hijos, el número de los seminaristas había crecido mucho, y el alojamiento resultaba demasiado pequeño y falto de como­didades para tan gran número de personas. El señor Vicente sacó de allí a los seminaristas que estudiaban Humanidades y los trasladó a una casa situada en una esquina del cercado de San Lázaro fuera de los arrabales, y lo llamó Seminario de san Carlos. Allí los sacerdotes de su Congrega­ción han continuado siempre desde entonces, y continúan todavía ense­ñando Humanidades y educando en la virtud a los niños que dan mues­tras de tener alguna inclinación para abrazar el estado eclesiástico.

CEME

Corpus Juan Delgado

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *