La formación seminarística en tiempos de san Vicente y según san Vicente (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA RECEPCIÓN EN FRANCIA DE LOS DECRETOS DEL CONCILIO DE TRENTO.

Las sesiones del Concilio de Trento, inauguradas en 1545, se prolongaron durante dieciocho años (hasta 1563), con múltiples interrupciones (la mayor de 1552 a 1562).

El Concilio quiso que sus trabajos fueran entregados al papa, «a fin de que se concluyan bajo su autoridad y sean puestos en vigor». De acuerdo con esta resolución tomada en la última sesión del concilio, el papa Pío IV confirmó oralmente los decre­tos conciliares el 26 de enero de 1564 y, después de superar las resistencias de la curia, por escrito mediante la Bula Benedictus Deus de 30 de junio, retrofechada a 26 de enero». Pío IV (1559-­1665) precisaba cuáles eran las obligaciones para toda la Iglesia. Pero, para que las leyes tridentinas pudieran ser aplicadas en todos los estados católicos, era necesario que éstos dieran su beneplácito. La recepción de Trento fue, en consecuencia, lenta, pero la vida cotidiana de la Iglesia católica fue transfor­mándose progresivamente.

Francia rehusó integrar las decisiones de Trento en sus leyes constitucionales. Enrique IV temía indisponerse con los protestantes. Y murió en 1610 sin cumplir la cláusula que Clemente VIII le había impuesto para su absolución: la aceptación oficial de los decretos tridentinos. La regencia de María de Médicis y el gobierno de Luis XIII chocaron con el galicanismo del tercer estado21. Esta resistencia a aceptar los decretos del Concilio no provenía de las determinaciones dogmáticas o de las exigencias morales o disciplinarias; el problema eran los decre­tos concernientes a la justicia eclesiástica y a los lazos existentes entre episcopado y Roma. El concilio hería en muchos aspectos la autoridad del rey francés, especialmente en el conflicto que oponía la jurisdicción civil a la jurisdicción eclesiástica, y enten­día de otra manera la autoridad del papa.

En 1610 el clero planteó la cuestión ante el rey y su madre, asegurándoles que en los decretos conciliares no había nada que pusiera en peligro la autoridad real. El 7 de noviembre de 1614, la cámara eclesiástica resuelve enviar al rey una petición en favor del reconocimiento de los decretos del Concilio de Trento. El Clero, sostenido por la Nobleza, rogó al Rey «que tuviera a bien ordenar que el edicto del Sagrado Concilio de Trento fuera recibido, publicado y observado en todo su reino». Para evitar suspicacias, se afirma que tal petición tiene en cuenta la salva­guarda de las libertades galicanas.

Por su parte, el Tercer Estado, en una declaración preparada por el teólogo Edmund Richer, pedía al Rey «que hiciera con­star… por una ley fundamental del reino… que no hay poder en la tierra, sea cual fuere, espiritual o temporal, que tenga dere­cho alguno sobre su reino, para poder privar a las personas sagradas de nuestros reyes… La opinión contraria es… impía… y contraria al establecimiento del Estado de Francia que sólo depende por vía inmediata de Dios”.

La realeza francesa abrazó el punto de vista del Tercer Esta­do y continuó pensando que las «libertades galicanas» consti­tuían el derecho común mantenido con gran empeño desde tiem­po inmemorial en el reino. La propuesta del clero no fue acogida ni por la monarquía ni por el Tercer Estado.

Hay propuestas de un concilio nacional como salida a este enfrentamiento entre los diversos Ordenes del Reino, bien para recibir oficialmente el concilio ecuménico, bien para trazar en su nombre unas normas de reforma para Francia. Si bien esta idea no se lleva a cabo, sí podemos decir que se convoca un a modo de concilio, Asamblea del Clero», estableciendo unos reglamen­tos que exponen los errores a reformar y las medidas a tomar en interés de la vida religiosa en Francia. Pero este reglamento era sólo un mal menor. Lo ideal era que el rey autorizara la publica­ción del concilio.

La realeza francesa, de acuerdo con la propuesta del Tercer Estado, rechazó la legalización de los decretos tridentinos, mien­tras que el clero de Francia, por su parte, declaraba solemnemen­te la recepción de todos aquellos que se referían a la fe y a la acción pastoral. Fue el 17 de julio de 1615. El rey no sanciona­ría esta declaración ni tampoco sus sucesores. Pero, en realidad, el acta del diecisiete de julio proclamaba solemnemente la voluntad reformadora del clero de Francia.

Esta situación provocó que la reforma en Francia quedara, de hecho, a merced de la actitud, reformadora o no, de los obispos en sus diócesis, ya que no iba a existir ninguna norma general para toda Francia.

  1. LA CONFIGURACIÓN DEL SEMINARIO CONCILIAR EN FRANCIA EN TIEMPO DE SAN VICENTE
  2. LA SITUACIÓN DEL CLERO: NECESIDAD DE RELEER LOS DATOS APORTADOS POR LOS BIÓGRAFOS DE SAN VICENTE

Los estudiosos de la situación eclesial en Francia durante el siglo XVII y las biografías de san Vicente de Paúl, desde Abelly, Collet, Maynard, Coste, hasta Román o Mezzadri, dibujan con trazos muy negros la situación del clero. Citan para ello abun­dantes testimonios del mismo Vicente de Paúl.

El reciente estudio de Gérard Carroll nos hace ver que la mayor parte de los textos aportados para probar el deplorable estado del clero corresponden al periodo de años que va entre 1640 y 1660, es decir, cuando ya se ha puesto en marcha no sólo la obra de los Ordenandos, sino incluso la de los Seminarios. Ya antes, el P. Chalumeau nos había advertido de la exageración en que algunos estudios habían incurrido al presentar tal situación; y, más recientemente, el P. Koch ha llamado la atención sobre la inexactitud del informe de Carlos Démia en relación con la situación del clero de Chátillon a la llegada de san Vicente de Paúl a su parroquia en 1617.

Parece, pues, necesario re-leer los datos sobre la situación del clero en la Francia del tiempo de san Vicente de Paúl para no incurrir en exageraciones o generalizaciones extrapolando afir­maciones del mismo san Vicente o de otras personas, pertene­cientes a épocas distintas.

Es de justicia afirmar que no fue sólo la mala situación del clero la causa por la que pudo ganar terreno el protestantismo. Tampoco el atractivo de una vida más evangélica fue lo que pro­pició el incremento de los cristianos reformados, sino muy espe­cialmente el hecho de que no pocos nobles y poderosos preferían la nueva forma de religión cristiana para sacudirse el control de los obispos y de Roma y aprovecharse de los bienes de la Igle­sia. Y ellos imponían el protestantismo a sus súbditos (cuius regio et huius religio).

El protestantismo, después de un comienzo espontáneo y más bien limitado, se difundió con las armas. Los hechos muestran que, lejos de ser disolutos, ignorantes y libertinos, los sacerdotes católicos y los monjes, en su mayoría, prefirieron ser mártires, torturados, antes que renegar de su fe y de sus compromisos.

Tanto en las ciudades como en los campos había, sin duda, buenos sacerdotes. san Vicente nunca ha puesto en cuestión la formación recibida en su infancia, ni ha hablado mal del clero de su pueblo. Él mismo asegura que es entre los pobres donde se encuentra la verdadera religión. Son ignorantes, no saben for­mular los contenidos de su fe, pero las viven, las han recibido de estos sacerdotes.

Ante el desafío del hugonote en Montmirail («¿Quiere usted convencerme de que la Iglesia de Roma está bajo la conducción del Espíritu Santo?»), el mismo san Vicente le responde (es el año 1620) que está mal informado, porque hay muchas parro­quias donde hay buenos sacerdotes y buenos vicarios37. Y en la caridad de Mácon (1621) san Vicente ha logrado implicar a toda la población, incluidos los dos cabildos y el obispo (buenos ecle­siásticos, pues), además de los magistrados, concejales, comer­ciantes, etc…».

No parece que debamos continuar hoy sobredimensionando los defectos del clero de Francia en los primeros años del siglo XVII. No es necesario cargar las tintas para que resplandezca en toda su grandeza la obra de los reformadores, como Vicente de Paúl, Olier, Bourdoise, Eudes, Berulle…

  1. Los PRIMEROS SEMINARIOS «CONCILIARES» EN FRANCIA

San Carlos Borromeo (1538-1584), arzobispo de Milán, con­vencido de que había que poner inmediatamente en práctica los decretos del Concilio de Trento, establecerá en su diócesis instituciones que servirán de modelo a otros obispos. La mayor parte de los obispos italianos y españoles le siguieron en esta ini­ciativa.

También en la Iglesia de Francia, particularmente en las Asambleas generales del Clero, se siente la necesidad de prepa­rar y crear estos establecimientos, a pesar de la oposición del Parlamento de París.

Durante los últimos años del siglo XVI y muy especialmente al comienzo del siglo XVII, algunos obispos se propusieron iniciar la reforma y los seminarios en Francia. Es verdad que prác­ticamente todas las iniciativas terminaron en fracaso. No fal­taron quienes pensaban que era inaplicable en Francia lo que en Italia encontraba su clima natural.

Diversos concilios provinciales ordenaron el establecimien­to de seminarios en las diócesis de su jurisdicción: Rouen, en 1581; Bordeaux, en 1582; Reims y Tours, en 1583; Bourges, en 1584; Aix, en 1585; Toulouse, en 1590; Avignon, en 1594…

El concilio de Bordeaux decretaba en 1582: «Todos los obis­pos de nuestra provincia quedan obligados, cada uno en su dió­cesis, a establecer, a más tardar en la próxima fiesta de Pentecos­tés, los seminarios y a dotarlos de todo lo necesario según las facultades y medios de sus diócesis». El mismo concilio de Bordeaux, reunido nuevamente en 1624, debe renovar idénticas prescripciones e insistir en que todas las diócesis sufragáneas adopten las disposiciones del Concilio de Trento.

En 1629, la Asamblea del Clero hace una llamada al celo de los obispos y ordena el inmediato establecimiento de, al menos, cuatro seminarios regionales. Vueltos a sus diócesis, algunos obispos no saben qué hacer; otros, siguen intentando abrir cami­no; todos se van persuadiendo de que se trata de una obra nece­saria e imposible al mismo tiempo.

¿Cuáles eran los principales obstáculos encontrados por quienes quisieron poner en marcha los primeros seminarios en Francia?

— La falta de recursos. Escribe el Obispo de Arlés en 1602: «No hemos erigido el seminario por la penuria extrema de ingresos necesarios para establecerlo y hacerlo vivir. En efecto, quienes podrían llevar esta carga están ya sobre­cargados con los diezmos reales, ordinarios y extraordinarios».

— La resistencia de las instituciones existentes. Cuando un obispo piensa en un monasterio o un colegio vacíos para establecer el seminario, todo son obstáculos jurídicos.

Por el contrario, los primeros intentos prosperaron allí donde el obispo contaba con la suficiente fuerza como para conseguir que el clero aceptara la nueva institución y pagara una tasa sobre sus beneficios; o donde el prelado fundaba el seminario a sus expensas. La proximidad de un colegio de jesuitas hacía tam­bién más fácil la fundación de estos seminarios.

Concebidos como escuelas de formación de los futuros sacer­dotes, estos primeros seminarios franceses no tienen carácter obligatorio: siguen existiendo otros caminos para acceder al sacerdocio y sólo pueden acoger a un número reducido de can­didatos, dependiendo de los recursos disponibles.

La formación en estos primeros seminarios de Francia está orientada hacia un clero piadoso y dócil, pero con escasas exi­gencias intelectuales.

Tras las tentativas infructuosas de fines del siglo XVI y prin­cipio del siglo XVII, los seminarios florecerán en Francia gra­cias, sobre todo, a:

  • la clarificación de sus objetivos;
  • el compromiso de dirigirlos asumido por algunas congregaciones de sacerdotes;
  • unos ingresos eclesiásticos más desahogados.

Y es que «las grandes directrices del Concilio de Trento fue­ron animando a los artífices de la reforma en Francia. De su esfuerzo nacerán modestamente los seminarios y se desarrolla­rán progresivamente hasta llegar a ser una institución que, no sólo iba a alcanzar el espíritu del Concilio, sino sobrepasar por la perfección de su organización lo que hubieran podido esperar los Padres de Trento».

La contribución de Vicente de Paúl va a resultar decisiva, poniendo en marcha los seminarios para ordenandos, algo com­pletamente nuevo en relación con el proyecto diseñado por el Concilio de Trento.

CEME

Corpus Juan Delgado

 

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