La formación permanente, urgencia necesaria

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Santiago Azcárate Goñi, C.M. · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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Introducción

Centrada esta Semana de Estudios en el tema de las «Urgen­cias pastorales de la Familia Vicenciana» he de confesar que sentí ante el Programa presentado una doble extrañeza. Siendo de carácter pastoral el planteamiento, me chocaban en primer lugar temas como la santidad y la vida espiritual, la formación permanente y la transmisión de la fe. Comprendí más tarde que, porque son el alma de todo nuestro ser y nuestro obrar, estamos ante temas que sustentan y alientan todo el quehacer pastoral. Me sorprendía después que, en medio de aspectos tan densos como la santidad o la caridad, apareciera la formación perma­nente. ¿Es del mismo calado este tema?, me preguntaba. Com­probé a continuación que sí al leer diversos documentos de la Iglesia y al analizar la reflexión de teólogos y pensadores que tanto han profundizado últimamente sobre este asunto.

Y es que no estamos ante un tema ahora de moda como en otro tiempo ha podido estar la liturgia, los laicos o la Doctrina Social. Tampoco se trata únicamente de una urgencia de los tiempos provocada por la celeridad de los cambios sociales o por un afán de novedades. Para nosotros, cristianos conscientes, la Formación Permanente no es como para los profesionales un requerimiento exigido por el avance de los conocimientos técni­cos. La Formación Permanente, para nosotros, encuentra su razón de ser original en el dinamismo de la vocación: formarse permanentemente significa crecer como vicenciano correspon­diendo al don que se ha recibido. Es verdad que no faltan las razones puramente humanas, como la realización personal pro­gresiva o la continua actualización para estar al día y ser más efi­caz en el servicio, pero estas razones quedan asumidas y especi­ficadas por las razones teológicas. Insiste, por eso, la Iglesia en que la Formación Permanente supone ante todo fidelidad a la vocación recibida y proceso de continua conversión1.

Este planteamiento determina ya de entrada el alcance de la Formación Permanente: ya no se trata tanto de estar actualizado, cuanto de capacitarse para responder adecuadamente a la gracia de la vocación. La Formación Permanente aparece así como una continuación natural y necesaria de aquel proceso de estructura­ción de nuestra personalidad cristiana que se inició en el Bautis­mo y se concretó en nuestra vocación. Tiende, por lo tanto, la formación permanente a mantener vivo un proceso general e integral de constante maduración mediante la profundización tanto de los diversos aspectos de la formación (humana, espiri­tual, apostólica, profesional y vicenciana) como de su específica orientación vital e íntima a partir de la vocación de evangelizar y servir a los pobres y en relación con ella.

Podríamos decir en síntesis, con Amedeo Cencini que la for­mación permanente es y constituye el núcleo central de un cier­to camino de renovación de la vida religiosa en el plano perso­nal y en el comunitario, a nivel de servicio y de expresión del propio carisma; que esa formación no consiste esencialmente en cursos y encuentros extraordinarios, sino que sigue el ritmo de los días y las ocupaciones ordinarias, de los meses y los años; que la formación permanente es sobre todo intervención de Dios en nosotros, y no tarea o esfuerzo del hombre2. Viene a ser, en definitiva, vivir en disposición de dejarse trabajar por el Señor para que él nos moldee y conforme a su imagen, y recree así en nosotros una criatura nueva. Ese es el objetivo de la Formación Permanente y esa es a la vez la tarea. Por eso, la formación abar­ca toda la vida; no acaba nunca. Se consuma en el encuentro definitivo con Dios en la vida eterna.

1. Algunas afirmaciones fundamentales

Dada la magnitud de esta empresa, entendida en ese horizon­te de plenitud, no puede extrañarnos que haya variado tanto el diseño de la Formación Permanente con respecto al inmediato pasado y que haya merecido la atención de tantos Documentos de la Iglesia. Cada vez más se alude a este tema desde diferentes instancias, pero todas ellas destacan y acentúan la urgencia de cultivar este aspecto. De ahí que convenga, en orden a asumir más conscientemente esta necesidad, recordar algunas de las afirmaciones más reseñables del Magisterio:

a) Pastores dabo vobis

En esta Exhortación apostólica dirigida a los sacerdotes des­pués del Sínodo de 1990, y firmada el 25 de marzo de 1992, se consagra el valor de la Formación Permanente y se alerta sobre su transcendencia para el sacerdote, y por ende para el consagra­do y aun para todo cristiano. Sitúa la perspectiva de la formación permanente en el hecho mismo de la vocación y afirma que es de ahí de donde emerge su significado en cuanto a que la formación permanente es necesaria para discernir y seguir esa continua llamada o voluntad de Dios. Hay un `sígueme’, advierte, que acompaña toda la vida y misión del apóstol, por lo que se requiere una fidelidad continua a esa llamada. En este sentido, concluye la Exhortación, la formación permanente es expresión y exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser… Pero es también un acto de amor al Pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el sacerdote… Y más aún, es un acto de justicia verdadera y propia.3

Esas afirmaciones afectan naturalmente a la misma realidad de la persona que se entrega a Dios. También para cualquiera de nosotros, la formación permanente es un requisito de fidelidad por cuanto nos posibilita crecer de manera dinámica en nuestra fe y madurar paulatinamente a una calidad mayor en el compro­miso. Es, además, para nosotros vicencianos un acto de amor a los pobres porque manifiesta que deseamos ofrecerles los mejor de nosotros mismos, desplegando de continuo todas nuestras capacidades. Y es un acto de justicia porque nos compromete a darles lo que legítimamente pueden esperar de nosotros (no las recetas manidas, sino las más adecuadas para cada momento y situación). Podríamos concluir parafraseando el Documento y diciendo que sólo la Formación Permanente ayuda al cristiano a custodiar con amor vigilante el misterio del que es portador para el bien de la Iglesia y de los Pobres.4

b) Vida fraterna en comunidad

Este Documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, publicado el 2 de febrero de 1994, destaca que la renovación comunitaria ha conseguido notables ventajas de la formación permanente; siendo una de sus finalidades formar comunidades maduras, evangélicas, fraternas, capaces de con­tinuar la formación permanente en la vida diaria5. Para lograr ese objetivo, el documento señala dos aspectos que se han de pri­vilegiar en la formación permanente: la dimensión comunitaria de los consejos evangélicos (el consagrado no es un llamado a nivel individual, sino un convocado con otros) y el desarrollo del carisma originario (fundamental para lograr la unidad de todas las dimensiones).

c) Vita Consecrata

En esa misma línea se sitúa la Exhortación post-sinodal «Vita Consecrata» de 25 de marzo de 1996 cuando asienta que la formación es un proceso vital a través del cual la persona se convierte al Verbo de Dios desde lo más profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo. 6Desde esa perspectiva general, entiende la formación permanente como una exigencia intrínse­ca de la consagración religiosa situándola en un dinamismo de fidelidad adecuado a las distintas etapas vitales y que abarca diferentes niveles (vida en el Espíritu, dimensión fraterna, apos­tólica, profesional, carismática, etc)7.

d) Caminar desde Cristo

Todos estos elementos están recogidos y asumidos en el suge­rente Documento «Caminar desde Cristo», publicado también por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica el 19 de mayo de 2002. Hacién­dose eco de lo que decía ‘Pastores dabo vobis’, comienza seña­lando que la formación no es sólo tiempo pedagógico de prepa­ración a los votos, sino que representa un modo teológico de pensar la misma vida consagrada, que es en sí formación nunca terminada, ‘participación en la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón… los sentimientos del Hijo.8

Esto supone, añade, dejarse instruir por cualquier parte de ver­dad y belleza que encuentra uno junto a sí… dejarse formar por la vida de cada día, por su propia comunidad y por sus herma­nos, por las cosas de siempre, ordinarias y extraordinarias, por la oración y el cansancio apostólico, en la alegría y en el sufri­miento, hasta el momento de la muerte. En este orden, serán decisivas actitudes como la apertura hacia el otro y la alteridad y, en particular, la relación con el tiempo, dejándose moldear especialmente por el año litúrgico.

e) Christifideles Laici

Si todos los anteriores documentos se referían fundamental­mente a las personas consagradas, no es porque no podamos encontrar en relación con los laicos afirmaciones semejantes. Así, y a modo de ejemplo, ya la Exhortación apostólica de Juan Pablo II «Christifideles Laici»afirmaba en 1988 que la forma­ción de los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir entre los programas de acción pas­toral, de modo que todos los esfuerzos de la comunidad concu­rran a este fin. 9Se reafirma esta aseveración cuando se advierte que no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de nosotros, sino que es necesario hacer lo que Dios quiere. Y se concluye dicien­do que para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz. De entre los diversos aspectos que atañen a la formación de los laicos, y que veremos un poco más adelante, destaca especialmente la formación en la doctrina social de la Iglesia ; aspecto éste tan recordado también en todos nuestros documentos vicencianos.

Hay, pues, en esta variada documentación eclesial toda una dimensión nueva de la formación permanente para nosotros, más centrada en una vivencia despierta y «comprehensiva» de la realidad que en un tiempo específico dedicado a la lectura o al estu­dio. Una dimensión que se orienta a vivir con intensidad la cir­cunstancia y el tiempo de cada uno, ya que es ahí donde se va forjando la personalidad adulta y donde se va desplegando la madurez vocacional.

Dejando ahora a un lado documentos más propios de nuestras Instituciones como las Constituciones o los Itinerarios Formati­vos, es claro, desde todos estos planteamientos eclesiales y en coherencia con la espiritualidad vicenciana, que en la adhesión progresiva a Cristo y en la adquisición personal de su identidad se sitúan las coordenadas y categorías de la formación permanen­te. No es, pues, algo que atañe a un periodo de la vida, ni privi­legio de unos pocos sujetos. La formación es como la respiración. No respirar significa morir; no formarse significa deformarse.

En este contexto, resultaría hoy insuficiente una formación orientada únicamente a la adquisición de conocimientos metódi­cos, como resultaría también ridícula una formación centrada sólo en una introspección psicológica o en un interrogarse por los estados de ánimo. La formación nos ha de llevar a los creyen­tes, y específicamente a los más comprometidos, a contemplar en Cristo las cualidades del hombre nuevo y a tratar de confor­marnos personalmente a ellas. Hemos de buscar, por tanto, una formación que capacite a la persona para esa contemplación que, como diría Edith Stein, madure hasta llegar al amor, de modo que se pueda ver incluso el bien en el mal, haciendo nuestras las actitudes y las acciones de nuestro Salvador.

2. Algunas claves de cara a la formación permanente

Pese a ser tan ponderadas las afirmaciones apuntadas y tan frecuentes las apelaciones a esta necesidad, la Formación Perma­nente es más invocada que puesta en práctica; poco teorizada y no suficientemente organizada en un sistema lógico y coherente; justificada más en el plano funcional que en el de la evolución profunda del ser creyente; más extraordinaria que ordinaria y situada con frecuencia en ocasiones de aniversarios que se quie­ren premiar; fragmentada en cursos de actualización y no unifi­cadora de la vida ordinaria; y, en fin, más propuesta por los supe­riores que sentida por la base. En este contexto, la Formación Permanente no es percibida generalmente como una gracia, sino temida como una posibilidad incómoda. De ahí que convenga exponer algunas claves que nos han de ayudar a superar malen­tendidos para acabar asumiendo el auténtico sentido de la For­mación Permanente.

a) La formación es de por sí permanente

Casi todos procedemos de una época en la que la formación inicial era la fundamental: aquella que preparaba a la persona para ser adulta y para afrontar con eficacia las situaciones de la vida. La posible formación posterior se orientaba al mantenimiento de unos recursos, dando por supuesto que ya no era posible «crecer» más. Este tipo de mentalidad ha sido predominante entre nosotros y es probablemente responsable de los fenómenos de inercia y aplana­miento, de jubilación precoz y de autosuficiencia que todos vemos. Todos conocemos compañeros que pretenden saberlo todo (¿qué me vas a contar a mí?) y que dicen no necesitar de los libros, lo cual les ha llevado a penosas consecuencias: una vida que se ha ido alejando progresivamente del ideal, una pasión por la vocación que poco a poco se ha disipado, una persona que se ha ido deslizando hacia la insignificancia y la apatía, un consagrado que se ha instalado en la rutina y el aburrimiento.

La lógica que está detrás de esta concepción reductiva de la formación ha de invertirse por completo. La perspectiva normal desde la que hay que observar y programar el camino de madu­ración de la persona es la de la vida en su totalidad. La forma­ción es de por sí permanente. Y sólo a partir de ese principio se subdividen después las correspondientes etapas. Sólo del con­cepto de formación permanente se puede deducir el de forma­ción inicial. Y es que la formación permanente no es lo que viene después de la formación inicial, sino lo que la precede y la hace posible, el seno que la cobija y le da identidad.

b) La formación permanente, exigencia intrínseca de la vocación

La fe no es una realidad estática que se posee. La fe es un pro­ceso de adhesión total a Jesucristo que sólo se produce al cabo de un largo recorrido. Por eso sólo se llega a la fe tras un cami­no de formación permanente, tras una larga conformación con la madurez plena de Cristo, tras un lento itinerario de gestación en nosotros del hombre nuevo. De ahí que la vida del cristiano es formación en sí misma hasta el punto de que lo que llamamos «formación» no es una exigencia extrínseca a nosotros, sino una necesidad intrínseca; no es algo teórico a aprender y repetir, sino algo esencial a vivir y crecer.

c) Es la vida vivida el lugar normal de la formación

Hemos de afirmar desde lo antedicho que la formación inicial prepara al sujeto para el compromiso, pero es la formación per­manente la que forma al cristiano; porque es el trabajo respon­sable y serio, la vida común (en familia o en comunidad) el ser­vicio a los pobres, la experiencia de oración, el anuncio de la Pascua de Jesucristo en los acontecimientos humanos… el lugar primario y pertinente de la formación. Hay, pues, una inevitable tensión entre las dos etapas formativas, tensión en la que la for­mación permanente aparece como el «horizonte de sentido» de la formación inicial; no sólo su perspectiva originaria, sino también la final; su objetivo natural y su acabamiento; lo que hace que la vida vivida en la donación de uno mismo sea de verdad el lugar normal de la formación.

d) En la formación permanente se revela la verdad del hombre: santo y pecador

La formación permanente subraya otra dimensión del nuevo pensamiento formativo: la formación como misterio, o como acogida del misterio del hombre y respuesta a él. Misterio en cuanto posibilidad de mantener unidos polos aparentemente opuestos: los limites y las aspiraciones del hombre, o el santo y el pecador presentes en todo ser humano, su libertad y su escla­vitud. Una dinámica formativa que se prolonga a lo largo de toda la vida permite penetrar hasta el fondo en ese misterio del hombre, hasta descender, por ejemplo, a los infiernos de su iniquidad y hasta ascender también a la cumbre de su dignidad. Es en la for­mación permanente donde se revela esta ambigüedad constitutiva del ser humano y donde se pueden corregir los unilateralismos y exageraciones, en sentido optimista o pesimista, de las visiones parciales que no saben acoger el misterio. Llega a ser así la forma­ción como un ministerio en el que nos aplicamos cada día y desde el que nos podemos disponer a ofertamos la mutua ayuda para la superación de crisis y para el crecimiento en la vocación.

3. ¿Qué es la formación permanente?

Después de todo lo ya dicho, puede parecer innecesario el preguntamos qué es la formación permanente. Pero me parece que es ahora cuando estamos en condiciones de dar una defini­ción. Definición que ha de partir de una premisa personal.

a) Una premisa personal

Tengamos en cuenta, y esta es la premisa, que la posibilidad de la formación permanente y el punto de encuentro de ésta con la etapa de formación inicial está marcado por la «disponibilidad de cada uno para dejarse instruir». Nuestra formación depende de la libertad que tenemos para dejarnos tocar-educar por la vida, por los otros y por toda situación existencial; y depende también de la capacidad que pongamos en el aprender de la vida y de la expe­riencia. Todo esto supone la acogida de una serie de factores:

  • el compromiso pleno, activo y responsable de la persona en cuanto primera protagonista del proceso educativo. Uno se tiene que implicar.
  • una actitud fundamentalmente positiva frente a la realidad: de reconciliación y agradecimiento hacia la propia historia y de confianza en los demás.
  • la libertad interior y el deseo inteligente de dejarse instruir por cualquier fragmento de verdad y de belleza que nos rodea, gozando de lo que es verdadero y bello.
  • la capacidad de relación con el otro, de interacción fecun­da, activa y pasiva con el otro hasta dejarse formar por él.

Se trata de aprender a aprender; es decir, de vivir en un esta­do perenne de formación a lo largo de toda la existencia. Ese estado interior constante de libertad (de disponibilidad para el aprendizaje) es el punto de llegada de la formación inicial y donde se abre la permanente. Se pretende que en un primer momento el sujeto se sitúe frente a sus inconsistencias y apren­da a precisarlas, a situarse ante ellas con sentido de responsabi­lidad, para encontrar el camino que le permita ser cada vez menos dependiente de ellas e impedir que falseen su relación consigo mismo, con los demás, con Dios y con su palabra. Es elemental que el sujeto se conozca a sí mismo, sobre todo en lo que se refiere a sus inmadureces y sus consecuencias, ya que de lo contrario quedará anudado a ellas y bloqueado en su creci­miento. En este sentido, la formación inicial es determinante; ya que si no propone un método para que uno se conozca y empie­ce a liberarse, la formación permanente será pura teoría y, en definitiva, algo forzado (por parte de quien debe organizarla) y ficticio (por parte de quien la sufre).

b) Hacia un intento de definición

Desde la perspectiva apuntada, la formación permanente puede entenderse, a decir de Amedeo Cencini, como la disponi­bilidad constante para aprender que se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego también extraordinarias, de vigi­lancia y discernimiento, de ascesis y oración, de estudio y servi­cio, de verificación personal y comunitaria… que ayudan conti­nuamente a madurar en la identidad creyente y en la fidelidad creativa a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida. 10Es, por tanto, un proceso que prolonga en el tiempo la formación inicial y el camino de conversión continua.

En esta dinámica adquieren importancia los elementos perso­nales y comunitarios que configuran nuestra vida: las experien­cias positivas y las negativas, la puesta en común de la oración, las vivencias espirituales que compartimos, el discernimiento comunitario, el proyecto comunitario, la corrección fraterna, la revisión de vida, el servicio concreto a los Pobres, el tiempo de ocio que disfrutamos… Es como si la vida toda estuviera salpica­da de innumerables ocasiones formativas que nos mantienen jóvenes y capaces de mejorar continuamente, que sostienen alta la tensión saludable del crecimiento y que conservan despierta la capacidad para apreciar las novedades y la belleza de la vida.

Resulta entonces decisivo para toda comunidad y para todo cristiano definir con detalle un proyecto de formación permanente cuyo objetivo prioritario sea acompañar a cada uno con un progra­ma que abarque toda su existencia. Ningún cristiano ha de sentirse solo y abandonado en lo que respecta a su crecimiento humano y espiritual. Ninguna fase de la vida puede considerarse neutra o sin particulares problemas. El tiempo que a cada uno le ha tocado vivir nunca debe ponerse entre paréntesis por el deseo de futuro o por la nostalgia del pasado. Ningún tiempo debe sustraerse a su propio ritmo; a ningún tiempo se le puede forzar a ser otro.

Hay, fijaos bien, una juventud de espíritu que permanece viva en nosotros en la medida en que cada uno busca y encuentra en cada ciclo vital una tarea distinta que desempeñar, un modo específico de ser, de servir y de amar, una novedad de vida entre­gada a Dios en un carisma particular, en nuestro caso el vicen­ciano, que tenemos que gustar y testimoniar sin lamentarnos de lo que fue en otro tiempo ni perdernos en la ensoñación de lo que está por venir. Esto es lo que da sentido al paso grave del tiem­po. Y eso es lo que se ha de intentar articular en un proyecto serio que abarque todas las fases de nuestro itinerario vital.

4. Convicciones a afirmar

Para que ese proyecto serio sea una realidad sólida, conviene asentarlo en unas convicciones que los sostienen y lo orientan.

a) El dinamismo de la fidelidad

Los documentos eclesiales se refieren, en primer lugar, al dinamismo de fidelidad como a la razón primera para cultivar la Formación Permanente: No hagas estéril el don que posees y que te fue conferido… Persevera, leemos en la primera Carta a Timoteo (4,14-16)… Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en tí, insiste San Pablo en su segunda carta al mismo colaborador (1,6) Las Hijas de la Caridad, dicen en el documento sobre Formación Permanente, hemos emprendido un camino que estamos llamadas a recorrer desde un dinamismo de fidelidad11. Es, por tanto, la fidelidad esa primera convicción sobre la que hemos de asentar nuestra necesidad de formación permanente.

Una fidelidad que no se entiende hoy, como se entendía antaño, en un sentido estático de conservación e inmovilismo, sino de crecimiento y dinamismo. Durante mucho tiempo, la fidelidad se comprendía como repetición de esquemas, mantenimiento de lo recibido, fijación de las estructuras, sacralización de las costumbres. Y nada se cambiaba en la comunidad, ni se variaba en los textos, ni se modificaba en los usos, porque en perpetuar lo recibido, tal y como nos había llegado, estribaba el valor de la fidelidad. Podían comprobarse los mismos horarios y los mismos hábitos en los luga­res más diversos del mundo. Y podían encontrarse repetidos los mismos esquemas a lo largo de varios siglos. Y es que la fidelidad se venía a identificar con la uniformidad y la inmutabilidad.

Actualmente, sin embargo, tenemos otra perspectiva. Enten­demos, más bien, la fidelidad como algo dinámico, vivo, en pro­greso. Tenemos una visión de la vida como un camino a recorrer, y es entonces la fidelidad la actitud que nos mueve a no parar­nos, a avanzar en el camino, a progresar en nuestro crecimiento. Es la fidelidad la convicción que nos mantiene alerta ante las dificultades del camino y la virtud que nos empuja de continuo a seguir conformando nuestra persona con la persona de Cristo. Por eso guarda relación la fidelidad con la formación permanen­te: porque es desde nuestro deseo de ser fieles al Señor y a su misión desde donde comprendemos que tenemos que vivir des­piertos para avanzar cada día en nuestra respuesta sincera a Dios. Sin el dinamismo de la fidelidad, la formación permanente es una carga pesada para nosotros. Desde la fidelidad, la formación permanente resulta, por el contrario, una saludable experiencia.

b) La identificación con Cristo

Desde la espiritualidad vicenciana que compartimos y que nos alienta, es la identificación con Cristo la meta de nuestro vivir. Hacer lo que Cristo hacía, tener sus mismos sentimientos, continuar su misión, revestirse de sus actitudes son expresiones que constantemente encontramos en los escritos de los Fundado­res. Es de tal magnitud esta empresa de configurarnos con Cristo, que no podemos realizarla de un sólo golpe. Necesitamos toda una vida para llegar a ser como Él. Necesitamos de la conversión para volver de continuo a Él. Y será Él quien nos plenifique y nos configure a su imagen en el más allá al que caminamos.

Siendo tan desbordante este objetivo, resulta lógico el enten­der que es toda nuestra realidad personal y comunitaria la que queda afectada. Nunca llegamos a la meta. Siempre hay un paso más que dar. Siempre queda un aspecto que comprender. Siem­pre aparece un nuevo elemento a trabajar. Y es toda esta dinámi­ca siempre inacabada e inacabable la que nos va perfilando con Cristo. Sin este dinamismo de identificación con Cristo, la for­mación permanente es teórica y superficial. Desde la convicción de que tenemos que ser como el Señor, la formación permanen­te resulta, por el contrario, una rica e inagotable tarea.

c) El reclamo de una identidad

En tiempos de globalización y de intercambio, está apare­ciendo el afán de identificarse como una necesidad de los pue­blos y de las personas. Busca cada uno el distinguirse del otro con el fin de sentirse él mismo y vivir su vida. A este propósito ha de mirar también el cultivo de la formación. Ésta tiene como fin, según dicen todos nuestros documentos, el crecimiento de cada uno de nosotros en el sentido del carisma que hemos reci­bido. Ser vicencianos constituye, por lo tanto, la entraña de nues­tra identidad. A conseguir esa identidad está enfocada nuestra formación. Y en el mantenimiento de esa identidad está la razón de nuestro itinerario formativo. Sin esta perspectiva de la identi­dad, nuestra formación permanente será genérica e insignifican­te. Desde la convicción de que en cada uno de nosotros se ha de ver al vicenciano, la formación permanente resulta, por el con­trario, un reto desafiante y provocador.

d) El compromiso con el servicio evangelizador de los pobres

Evangelizar a los pobres o servir a Cristo en los pobres no sólo configura nuestra identidad, sino que manifiesta nuestra vocación. A diferencia de quienes sirven por un sueldo o de quie­nes están motivados por un espíritu de solidaridad, nuestro ser­vicio y trabajo es testimonio de nuestra fe, expresión de nuestra esperanza y vehículo de nuestro amor. No puede, por eso, que­dar reducido a una oferta de mínimos, ni a un parcial empleo de nuestro tiempo. Ni tan siquiera se puede conformar con el apor­te de los mejores medios técnicos. Nuestra entrega a Dios en los pobres tiene que ser total. Y nuestra aportación personal, con todo lo que somos y con todo lo que tenemos. Esto conlleva necesariamente el recuerdo constante de lo que estamos llama­dos a ser y la búsqueda continua de los mejores medios, lo cual recaba un proceso permanente de formación. Sin esta perspecti­va del servicio a Cristo en los pobres, nuestra formación sería mera erudición o simple puesta al día. Desde la convicción de que se trata de servir mejor al Señor en quienes son su encarna­ción, la formación permanente resulta, por el contrario, un com­promiso íntimo y vital.

e) La conciencia de una necesidad

Dice el número 52 de las Constituciones de las Hijas de la Caridad que la formación, recorrido de toda la vida, prepara a las Hijas de la Caridad a dar respuestas siempre nuevas a las continuas llamadas de Dios. Esta afirmación sirve también para todos nosotros. Si la formación es recorrido de toda una vida, eso quiere decir que tenemos que tomar conciencia de su necesidad. Porque nunca acabamos de responder totalmente a Dios, y nunca terminamos de identificarnos con él, y nunca somos del todo fieles, y nunca conseguimos perfilar completamente nuestra identidad… Por todo ello, necesitamos siempre de la formación para sostener nuestro crecimiento. Sin esa conciencia de que es necesaria, la formación será para nosotros algo imposi­ble, una imposición puntual que se elude siempre que se puede. Desde la convicción de su necesidad, la formación per­manente resulta, por el contrario, una actividad que se busca y que se cultiva.

f) La apertura a la realidad

El vicenciano no es un contemplativo en el sentido reductivo de la palabra. El vicenciano vive en el mundo, encuentra a Dios en el mundo, sirve a Dios en el mundo. Por su espiritualidad de encarnación, sabe que todas las cosas son sacramento de Dios, y todos los pobres presencia de Cristo. No puede, por lo tanto, vivir de espaldas a lo que acontece, ignorar los cambios que se suceden, desconocer el sentido de lo que pasa. Esto conlleva, como dice el itinerario formativo de las Hijas de la Caridad, apertura para acoger la realidad de aquí y ahora, descubriendo en ella, junto con los signos de muerte, los signos de vida y de esperanza, que nos exigen nuevas respuestas a los nuevos inte­rrogantes.12Sin esa apertura a la realidad, nuestra formación será para nosotros irreal e irrelevante. Desde la mirada intensa a nues­tro mundo, la formación permanente resulta, por el contrario, estimulante y creativa.

5. Dimensiones a cultivar en la formación permanente

Aun cuando la persona es una realidad única e integral, sole­mos distinguir en ella aspectos diferentes que la determinan: lo personal y lo social, lo cósmico y lo transcendente… Todos esos aspectos se han de abordar de manera específica a la vez que global en la formación con el fin de que podamos llegar a un des­arrollo equilibrado de la persona y a un crecimiento armónico de su ser. Es por esto por lo que todos los documentos que hablan de la formación se acaban refiriendo a las distintas dimensiones a cultivar. La «Pastores dabo vobis» se refiere a los aspectos humano, espiritual, intelectual y pastoral (71-72). La Exhortación «Vita Consecrata», partiendo de que es la vida en el Espíritu la que tiene la primacía, distingue en la formación permanente la dimensión humana y fraterna, la dimensión apostólica, la dimen­sión cultural y profesional y la dimensión del carisma (n° 71). Se repiten, como vemos, prácticamente los mismos elementos en unos y otros documentos. Quizá por eso, el Itinerario Formativo de las Hijas de la Caridad, en su parte de la Formación Perma­nente, recoge todos ellos y los distribuye en cinco dimensiones que ahora vamos a recordar13:

a) Formación humana y para la vida fraterna

Ya el frontispicio del templo de Delfos en Grecia consagraba el lema Conócete a tí mismo como meta del existir humano. Y es que es básico para una persona el alcanzar el conocimiento de sí misma, con sus potencialidades y con sus limitaciones, para echar las bases de su crecimiento. Ésta es una tarea primordial en la formación y una tarea perenne, por cuanto nunca alcanzamos un conocimiento perfecto de nuestro ser. Es por eso por lo que hemos de trabajar de continuo el nivel de nuestra libertad inte­rior (sentido crítico), la integración de nuestra afectividad, la capacidad para comunicarnos con todos y especialmente en la comunidad o en el grupo, la serenidad de espíritu, la sensibilidad hacia los que sufren, el amor por la verdad, la coherencia entre el decir y el hacer14.

b) Formación espiritual

La vida en el Espíritu, dice Vita Consecrata, tiene para nosotros la primacía15. Llamados a una creciente identificación con Cristo, es el Espíritu el que ha de guiar ese proceso y es el cultivo de los elementos espirituales de la persona lo que ha de posibilitar la consecución de esa meta. Esto supone vivir mejor las exigencias de la vida de «buenos cristianos» que es en último extremo lo que todos somos. Esto requiere disponibilidad inte­rior sin reservas a las constantes mociones de Dios. Exige apro­vechar al máximo los tiempos de oración, silencio, contempla­ción, meditación, reflexión, intercambio… Implica mantener una actitud de discernimiento continuo a nivel personal y comunita­rio para buscar siempre la sintonía con la voluntad de Dios. Reclama el estudio doctrinal y práctico del Catecismo, la Sagra­da Escritura, la Cristología, la Moral, la Espiritualidad… con el fin de aprender también a razonar lo que creemos y vivimos.

c) Formación apostólica

Llamados a compartir la misión de Cristo en el servicio evan­gelizador de los pobres, hemos de estar siempre en disposición de aplicarnos con eficacia y sentido cristiano a esa labor. Esto supone esfuerzo por nuestra parte para abrir la mente y el cora­zón a la misión de evangelización, urgidos por un amor de Cristo que nos apremia (cfr. 2 Cor 5,14). Esto significa en la práctica abrirse a la actualización de métodos y objetivos en las activi­dades apostólicas: pastoral, catequesis, nueva evangelización16. Y educarnos en la solidaridad, la doctrina social, el ecumenismo y la dimensión misionera. No podemos olvidar que no es la nues­tra una misión sin más, sino una misión de evangelizar. Tenemos que ir a los pobres como testigos de Cristo. Tenemos que ser para ellos apóstoles de un Evangelio que los redime. De ahí que haya­mos de formarnos continuamente en el espíritu de la Iglesia y en el conocimiento de los signos de los tiempos, con el fin de ade­cuar nuestro testimonio de Cristo a las determinadas urgencias de la Iglesia y a los condicionamientos del mundo actual.

b) Formación cultural, técnica y profesional

Esta dimensión de la formación, asentada en nuestro caso sobre una sólida base espiritual y apostólica que capacite para el discernimiento, implica una actualización continua y una parti­cular atención a los campos en que se desarrolla nuestro carisma de servicio a Cristo en la persona de los pobres. Necesitamos, por eso, una sensibilidad despierta para percibir cuanto afecta a la situación de los pobres. Necesitamos una mentalidad flexible y abierta para saber acoger las nuevas realidades y abordarlas con eficacia en estos tiempos y desde la coherencia con nuestro carisma. Necesitamos no anclarnos en los conocimientos que ya tenemos o en las técnicas que ya dominamos, sino aplicarnos al aprendizaje de los nuevos métodos e instrumentos, no por un afán de novedad, sino para ofrecer a los pobres los recursos más adecuados a nuestro nivel y a nuestra cultura17.

c) Formación vicenciana

Dado que es la vocación vicenciana la que confiere unidad a nuestra vida de fe y la que da el tono a todas las demás dimen­siones, habremos de aplicamos con constancia a adquirir una formación vicenciana rigurosa y viva. Para esto se ofrecen medios sobrados a nivel de comunidades, de Provincias y de Familia Vicenciana. Esta formación nos ha de mantener en contacto diario con el espíritu de los Fundadores y con sus escritos, con la tradición vicenciana y con su actualidad. La cultivamos cada día en la vivencia ordinaria de la comunidad o de los gru­pos y en la entrega fiel a las tareas. Y la reforzamos con la lectu­ra de los textos vicencianos, los cursos y jornadas, los intercam­bios en la oración, la relación con los compañeros… Con todos estos medios, perfilamos nuestra identidad y definimos los ras­gos de toda nuestra misión y nuestra vida.

6. Una propuesta: formarse al ritmo del tiempo

Siendo tan comunes todos estos elementos que vamos citan­do y tan repetidos en los distintos escritos, hay, sin embargo, un aspecto al que apenas se refieren y que me ha sorprendido al encontrarlo en el n° 15 del Documento Caminar desde Cristo. En este sugerente texto, se habla, como en todos, de la necesidad de la formación permanente y de los ámbitos en que se puede realizar; pero se añade una precisión que conviene destacar: la relación con el tiempo. Las personas en formación continua, dice al final de ese n° 15, se apropian del tiempo, no lo padecen, lo acogen como don y entran con sabiduría en los varios ritmos (diario, semanal, mensual, anual) de la vida misma, buscando la sintonía entre ellos y el ritmo fijado por Dios inmutable y eter­no, que señala los días, los siglos y el tiempo. De modo particu­lar, la persona consagrada aprende a dejarse modelar por el año litúrgico, en cuya escuela revive gradualmente en sí los mis­terios de la vida del Hijo de Dios con sus mismos sentimientos, para caminar desde Cristo y desde su Pascua de muerte y resu­rrección todos los días de su vida.

Curiosamente, ésta es la perspectiva que Amedeo Cencini adopta como eje de su reflexión en su obra La formación Perma­nente. La consagra ya en la misma introducción a su obra cuan­do afirma con rotundidad que la formación permanente consiste en permitir que el ritmo de la propia vida se vaya plasmando y adecuando cada vez más al ritmo y a los tiempos del año litúr­gico18. Y va después desarrollando con rigor y precisión esa afirmación. La recurrencia a alguna de sus ideas nos puede ayu­dar a concluir esta reflexión que estamos haciendo y a aplicarla después a nivel personal y comunitario19.

a) El desafío del tiempo

Dos son, al decir de este autor, los criterios a los que debe ate­nerse todo proyecto de formación permanente que quiera ser de verdad viable: el criterio del tiempo, o de la continuidad en el tiempo, y el criterio de los contenidos, o de las pistas pedagógi­cas que han de proponerse. A esto último es a lo que más nos hemos referido prácticamente hasta ahora. Vamos por eso en este momento a centrarnos en ese otro criterio del tiempo que es tan determinante.

Partiendo de que la formación permanente sólo comienza cuando una persona ha dado una perspectiva definitiva a su vida; es decir, en nuestro caso, cuando ya hemos tomado la decisión de seguir al Señor por este camino de la vocación vicenciana, se establece la distinción entre tiempo concentrado y tiempo distendido.

Para el creyente, el tiempo concentrado es el tiempo humano que celebra el acontecimiento divino de la muerte-resurrección de Jesús. Es tiempo concentrado porque quien lo celebra o recuerda está enteramente poseído, sin ninguna distracción ni mengua de atención, por el acontecimiento mismo y su misterio, por la fascinación de su verdad y su belleza, por su carácter de contemporaneidad, que lo hace actual en su vida. Sin ese tiempo concentrado, sin esa fijación en el misterio pascual de Cristo, el individuo no sabe quién es ni quién está llamado a ser, y su tiem­po se hace banal y disperso, inconsistente y vacío. De manera que de este tiempo concentrado deriva la relevancia del resto del tiempo del hombre. Y de manera también que el camino que nos ha de conducir a la unidad de vida pasa necesariamente por la decisión de reservar tiempo para la única cosa necesaria: la contemplación-celebración del misterio de Cristo. Es fácil con­cluir que una existencia carente de tiempo concentrado es una vida sin sentido en una persona sin centro y sin amor. Y en una persona así no es posible activar ningún dinamismo de forma­ción permanente.

El tiempo distendido es, por otro lado, un tiempo que parte del centro, asume su memoria y revive su sentido, extendiéndo­lo al resto de la jornada e irradiándolo en cada instante de ella. Brota del tiempo concentrado y lo actualiza en cada uno de los instantes de la vida. Viene a ser como esa serie de círculos con­céntricos que surgen desde un golpe central en el agua y se van extendiendo hasta abarcar la vida toda. El acontecimiento cele­brado en el tiempo concentrado alcanza así en el tiempo disten­dido a toda la persona y la va moldeando de acuerdo con el eje que la constituye. ¡Es la gracia de la formación permanente!

Y se llega entonces al tiempo cumplido, es decir, a esa unión íntima entre el tiempo concentrado y el tiempo distendido, entre el misterio pascual de Cristo y la existencia del creyente, que se acaba identificando cada vez más cumplidamente con la vida y los sentimientos de Cristo. Y ésta es precisamente la gracia de la formación permanente: el poder acoger dentro de los estrechos límites de nuestra existencia cotidiana el misterio del amor cru­cificado y resucitado, llegando a ser configurados por él en los sentimientos y en los afectos, en el pensamiento y en las accio­nes, en los gestos y en los deseos. Cuando esto sucede, podemos decir que la formación permanente es efectiva en nosotros, por­que el misterio de Cristo está afectando a nuestras fibras más íntimas y las está transformando y transcendiendo.

Situada la formación permanente en el horizonte del tiempo, podemos ahora destacar los ritmos distintos que adquiere en la vida: el ritmo existencial y el cotidiano, el semanal y el mensual, y finalmente el anual con todo el cortejo del Año Litúrgico.

b) Ritmo existencial

Situados en esta perspectiva del tiempo, hemos de percatar­nos de que la formación permanente tiene el mismo ritmo que la vida20. Nace de la fe elemental en el misterio del vivir ordinario, se hace posible a partir de la aceptación incondicional del mismo en su hecho cotidiano, estriba en la convicción de que la vida te forma si la respetas, si la aceptas de manos de Otro. En esta con­versión de lo ordinario en extraordinario consiste ante todo la formación permanente. No en acontecimientos fantásticos o eventuales, sino en una vida intensamente vivida. Yendo más a lo práctico: afirmar que es la vida la que nos forma significa subrayar el valor educativo en sí mismo de dos acontecimientos habituales en nuestra existencia: el valor educativo del trabajo que realizamos y el valor educativo de la comunidad o de la familia en que estamos.

El trabajo forma porque es el ámbito en el que aprendemos cada día a revestirnos de las actitudes de Cristo-Servidor, de manera que crecemos y maduramos en la medida en que nos ejercitamos en la capacidad de entrega. Y la comunidad o la familia forma porque es una escuela segura, y a menudo dura, de alteridad, de relación con el otro. Conviviendo con los otros, aprendemos a obedecer a Dios y a las mediaciones de que Él se vale. Y vamos así avanzando en la calidad de nuestra propia personalidad. Aunque teniendo en cuenta, eso sí, que el trabajo y la vida común forman a quienes se dejan formar y acompañar; que la comunidad o la familia es formativa en la medida en que la hacen formativa sus componentes, o en la medida en que uno se hace cargo de los otros hermanos y de todo el grupo.

c) Ritmo cotidiano

Toda esa realidad global que nos constituye se va expresando a través de los distintos ritmos vitales; ritmos como el cotidiano, que abarca la regularidad de nuestro día ordinario y se expresa a través de unos rituales que repetimos y nos conforman21. Y es que los rituales ponen de relieve no sólo el ritmo sino también lo que la persona ama y cree, todo aquello que la persona o la comunidad elige como ayuda para permanecer fieles, diaria y creativamente fieles.

Por otro lado, dado que ponemos en Dios el objeto último de nuestra formación, el ritmo cotidiano de esa formación habrá de seguir el ritmo de su intervención, de manera que la relación con el Señor ha de constituir la respiración secreta de nuestra forma­ción permanente. Desde aquí habremos de organizar, por lo tanto, la oración de cada día tanto de la comunidad como de cada persona. Y desde ahí habremos de comprobar la veracidad de la oración en nuestra vida así como su incidencia en nuestro creci­miento. La formación permanente nos enseña, en definitiva, la circularidad o reciprocidad entre oración y acción; por lo que si aquella se ha de verificar en ésta, la acción nos ha de educar a buscar y encontrar a Dios en la historia y en el prójimo.

d) Ritmo semanal

En nuestra vida social se da una articulación del tiempo con ritmo cotidiano y con ritmo semanal22. La semana se constituye sobre la relación entre días laborables y no laborables. De ahí que el ritmo semanal de la formación permanente viene dado por la capacidad de encontrar el justo equilibrio entre aspectos rele­vantes de la vida: entre trabajo y descanso, entre ferialidad y fes­tividad, entre deber y distensión… o entre Marta y María, entre la gente a la que hay que servir y el Maestro al que hay que escu­char. En este contexto, si el tiempo es de Dios, nuestra vida cre­yente habrá de manifestar ese señorío de Dios dando testimonio de que le damos una primacía en nuestro ritmo vital: con un cier­to tiempo de oración semanal más prolongada, reservando momentos para el estudio de sus «cosas», manteniendo espacios de reflexión sobre la inserción de uno mismo en la hora de Dios. La organización de la semana ha de manifestar, en definitiva, que el centro de nuestra vida está en Dios. Una semana sin ese tipo de paradas o tiempos significativos dedicados a Dios ven­dría a ser como una partitura musical sin pausas ni signos expre­sivos: oiríamos sonidos, pero les faltaría color, vibración, vida.

Aquí tendría que entrar también el imprescindible tiempo de la distensión. Una distensión que no consiste en no hacer nada, sino en elegir una diversión que mantenga inalterado el grado de compromiso con el ideal a alcanzar; lo cual no sólo va a ser rela­jante, sino formativo y recreativo. Cuando trabajo y distensión se hacen desde ese ideal, reflejan lo que es esencial en la vida y lo expresan de forma diversa pero igualmente intensa.

e) Ritmo mensual

Si la formación quiere ser permanente, debe adoptar también un ritmo mensual23. Y encontramos aquí un elemento de enorme importancia en el proceso formativo, aunque a menudo últi­mamente minusvalorado: el retiro espiritual. Esta práctica es determinante para la formación en la medida en que supone un verdadero retiro (psicológico más que físico) de lo que son las preocupaciones ordinarias para pasar un periodo con el Señor, entrando en diálogo con él y entablando diálogo con nosotros mismos. Ese retiro es, en expresión de Romano Guardini, un ejercicio de recogimiento. Recogimiento que significa plegarnos sobre nosotros mismos, llevar nuestras fuerzas de la dispersión a la unidad, simplificar nuestros deseos, aprender a descansar en nosotros mismos, sin ansiedad. Se trata de recoger la vida y de contemplarla. Contemplarla para aceptarla en sus aspectos claros y obscuros, en sus aspiraciones y en sus mediocridades, en sus conquistas y en sus miserias. Es clarificador, es bello y es lumi­noso llamar mensualmente a recogimiento nuestra propia exis­tencia para captar en ella los pasos de Dios, reconocer en ella su proyecto, confrontarla con su Palabra y abrirla cada vez más a su intervención. Es la única forma de pertenecerle a Dios de verdad y de crecer personalmente desde su Voluntad, de manera que si nos saltamos esta cita mensual, corremos el riesgo de bajar la guardia y de perder sensibilidad espiritual.

¿Y cuáles pueden ser, por el contrario, los frutos de un since­ro recogimiento? El descubrimiento de la propia identidad y res­ponsabilidad con la consiguiente capacidad de vigilancia y sen­sibilidad ante la vida; el orden interno (sosiego, armonía) y externo (en la habitación, en las cosas, en la figura) con un esti­lo propio; la educación de los sentidos y de la atención en torno a lo que nos es esencial y evitando el riesgo de dispersión; la estabilidad personal y la creatividad serena; el humor habitual y el equilibrio vital; el reconocimiento de nuestra debilidad y la reconciliación con Dios y con los hermanos.

f) Ritmo anual: al compás del Año Litúrgico

Si el tiempo es un reto para todos en su fluir inexorable y decisi­vo, en la perspectiva creyente es, sobre todo, un don: un don gracias al cual se cumple y renueva el misterio de la redención, asumiendo una forma bien definida y articulada a lo largo de un periodo preciso: el año litúrgico24. Esta medida se convierte por eso para el creyente en forma adecuada de formación permanente, de manera que si el tiempo es don, la formación permanente resulta gracia.

Fijémonos que hay una densidad de sentido en la fe cristiana que no puede expresarse en los ritmos cotidianos, semanal y men­sual, sino que necesita una secuencia más larga. El año se transfor­ma así en año litúrgico, y sus tiempos quedan marcados por el ritmo de los misterios de Cristo. Encontramos aquí un tiempo con­centrado en Cristo y en su misterio en el año litúrgico en cuanto tal, y topamos después con un tiempo distendido que narra duran­te todo el año los misterios de su vida, desde Adviento hasta Pen­tecostés. Dos aspectos cabe subrayar aquí de cara a la formación: la totalidad del misterio de Cristo (con su consiguiente referencia a la totalidad de nuestra formación) y la singular peculiaridad de los diversos ritmos del año ligados a cada uno de los misterios.

Para que toda esta realidad tan rica sea significativa en la for­mación de la persona cristiana, se requieren algunas condicio­nes: capacidad para poner de continuo el misterio pascual del Cristo en el centro de la vida; decisión de vivir cada fragmento del tiempo como «tiempo cristiano» y cada acontecimiento exis­tencial como acontecimiento pascual; libertad para reconocerse como parte de ese proceso y dejarse educar por él; constancia para vivir el propio tiempo como tiempo litúrgico. A partir de aquí, y recurriendo a la categoría del deseo tan básica en el pro­ceso de formación, podemos encarar las características formati­vas de los distintos tiempos litúrgicos.

— Ritmo de Adviento: Deseo insatisfecho

El Adviento es tiempo de la espera, el tiempo que se nos da para que aprendamos a vivir esperando25. Es el tiempo del deseo de Dios y del aprender a esperarlo. En todo este proceso de deseo-espera, hemos de pasar por tres fases: la de la purificación del deseo mediante la pregunta constante de qué o a quién espe­ramos; la de la oración del deseo mediante la plegaria paciente en la espera (aprendizaje del sabor de las cosas de Dios, afina­miento del espíritu, profundización en el sentido de lo divino); intensificación del deseo a través de la perseverancia fiel en la espera (Deseemos, hermanos, porque hemos de quedar satisfe­chos. San Agustín)

— Ritmo de la Navidad: Deseo satisfecho

Con el misterio de la Encarnación se cumple la expectativa y el Dios lejano se hace carne entre los hombres26. No sólo respon­de a las expectativas, sino que toma la iniciativa y responde de modo totalmente nuevo a los deseos del hombre. En Navidad, Dios se revela a sí mismo como Amor y le revela al hombre que puede por amor experimentarlo en su vida. La historia se convierte en camino de encuentro con el Señor. En la contempla­ción de este misterio aprende entonces el creyente que nunca la fe es tan madura y adulta como cuando sabe reconocer en cada instan­te de una humilde historia terrena el gran misterio del amor eterno.

— Ritmo de la Cuaresma: Deseo de configurarse con la muerte de Cristo

El tiempo de Cuaresma prepara y entrena al creyente para salir del círculo triste de sus objetivos, de su perfección privada y un tanto ambiciosa, para entrar con Cristo en Jerusalén y par­ticipar del misterio de la redención27. Es el tiempo en el que madura progresivamente la decisión de ser como el Hijo, de no ser sólo beneficiario pasivo de la redención, sino partícipe por la gracia de la Cruz de Cristo, llamado por amor a configurarse con él en la muerte, para luego configurarse con él en la resurrección.

Hay que aprender, por todo ello, en Cuaresma a captar la poten­cia vital de Jesús en la Cruz. Ante esta cruz comprende cada cre­yente el fondo de su radical debilidad y constata la impotencia personal para superarla. Y entiende entonces la redención no como un producto de sus conquistas, sino como un don del Amor misericordioso y total de Dios al ser humano.

— Ritmo de la Pascua: Deseo de configurarse con la resurrección de Cristo

En la Pascua celebramos y comprendemos que la meta de la identificación con Cristo es la donación de la propia vida al mis­terio pascual. Y es que no basta con que el discípulo siga una regla y sea fiel cumplidor de ella, sino que es indispensable que ame lo que es y lo que está llamado a ser, que esté cada vez más fascinado por su vocación, que encuentre gusto en ser totalmen­te de Cristo y totalmente de los hermanos28. Fijémonos, en este sentido, que los santos no son personas carentes de deseos, sino personas que han aprendido a desear con los deseos de Cristo, sobre todo en cualidad, pero también en cantidad. Desear con sus deseos es vivir su vida resucitada, y a eso ha de tender nuestro itinerario formativo tan patente en la Pascua.

— Ritmo de Pentecostés: Deseo de anunciar

El ritmo de Pentecostés marca la etapa de la efusión del Espí­ritu sobre los cristianos con el fin de que se pueda llevar a cabo la obra de formación iniciada por el Padre y continuada por el Hijo29. Es en Pentecostés, contemplando la acción y el efecto del Espíritu sobre los apóstoles cuando comprendemos que nos con­sagramos a Dios para hacer el anuncio del misterio pascual de Cristo. En Pentecostés entendemos cómo el Espíritu de la verdad opera en el discípulo transformándolo, de donde colegimos que la auténtica formación es siempre un proceso transformador, proceso que cambia radicalmente a la persona. Desde este punto de vista, la formación permanente es dejarse acompañar por el Espíritu, acogiéndolo tanto en la suavidad y delicadeza de su amor como en la intensidad y fuerza de su provocación. Por eso, la for­mación permanente sólo es real en quien deja que el Espíritu actúe en él con dulzura, pero también con violencia. En este proceso y en esta referencia al Espíritu, cabría destacar el papel de los Ejer­cicios Espirituales como factor de recogimiento y renovación, así como el modelo de María en cuanto perfecta discípula siempre abierta a aprender de su Hijo y a acoger al Espíritu.

— Ritmo del tiempo ordinario: Deseo extraordinario

También el tiempo ordinario es tiempo de salvación y de san­tidad, pero con una condición: que haya detrás un deseo intenso, un deseo extraordinario30. Es decir, una motivación fuerte para caminar, para aprender de todo y de todos, para crecer en la pro­pia experiencia cristiana, para mejorar la calidad de las aspira­ciones, para entender el sentido de la vida que transcurre, para vivir plenamente cada etapa de la vida sin añoranzas ni falsas ilu­siones. Se trata de recuperar la dignidad y el valor de lo cotidia­no, devolver eficacia a lo normal y no despreciar lo que es ruti­nario, aprender a dejarse formar por las mediaciones de siempre (la comunidad, la familia, la oración cotidiana, el trabajo…) sin esperar el gran acontecimiento. La clave está en aguzar la pers­picacia para vislumbrar en cada acontecimiento ordinario la hue­lla de Cristo, siendo conscientes de que cuanto más vivo sea el deseo de configurarse con el Señor, más capaz será la persona de captar el sentido formativo de la vida diaria y más libre será para dejarse formar por ella.

Conclusión

Desde la intensidad de todo lo apuntado, la Formación Per­manente se revela, pues, para nosotros no en su aspecto de acti­vidad extraordinaria que implica unos Cursos puntuales o unas Jornadas esporádicas que nos sirven para recrear conocimientos, sino como una dimensión fundamental en el proceso de creci­miento de la persona. Una dimensión que se proyecta desde la propia exigencia de la vocación y que posibilita una respuesta permanente en fidelidad y un crecimiento personal continuo. En este sentido, la Formación Permanente tiene más que ver con la vivencia consciente y comprometida de la realidad de cada día en todos sus órdenes que con la programación de unos estudios específicos. Éstos naturalmente son necesarios y han de entrar en nuestro horizonte como elemento a cultivar; pero es en la viven­cia intensa de cada jornada donde vamos realizando nuestro pro­yecto vital. Esto supuesto, es la vida ordinaria, con sus relacio­nes interpersonales, su planificación del trabajo, sus tiempos de oración, su capacidad de discernimiento, su vivencia del ocio… la que nos ofrece el marco real para nuestra formación perma­nente; es decir, para nuestro crecimiento personal y vocacional hasta alcanzar la meta de la santidad en el seguimiento de Cristo. Porque de esto es de lo que se trata: de llegar a configurarnos con Cristo. A ello nos ha de ayudar el vivir con intensidad el ritmo de nuestro tiempo. Y en ello hemos de apurar todas nuestras energías. Es por eso por lo que hemos de tomar tan en serio esta realidad de la formación permanente como urgencia necesaria para nues­tro ser cristiano y para nuestra misión de evangelización en el servicio de los pobres.

  1. Juan Pablo II: Pastores dabo vobis Roma (1992) n° 70.
  2. A. Cencini: La formación permanente Madrid (2002), p. 285.
  3. Pastores dabo vobis, n°, 70.
  4. Ibídem, 72.
  5. CIVC: La vida fraterna en comunidad Roma (1994) n° 43. Cfr. N° 44-46.
  6. Juan Pablo II: La vida consagrada Roma (1996) n° 68.
  7. Ibid. n° 69-71.
  8. CIVCSVA: Caminar desde Cristo Roma (2002) n° 15.
  9. Juan Pablo II. Christifideles laici, Roma (1988) no 57. Cfr. N° 58-60.
  10. A. Cencini: o. c. pp. 40-41.
  11. Compañía de las Hijas de la Caridad. Provincias de España: Itinerario Formativo: Formación Permanente, p. 6.
  12. Compañía de las Hijas de la Caridad. Provincias de España: o. c. p. 14.
  13. Ibídem, pp. 19-21.
  14. Cfr. «Vita Consecrata», n° 71. PdV, n° 72. ChL, n° 60.
  15. Vita Consecrata, 71. Cfr. PdV, n° 72. ChL, n° 60.
  16. Cfr.Vita Consecrata, 71. Cfr. PdV, n° 72. ChL, n° 60.
  17. Cfr. Vita Consecrata, n° 71.
  18. A. Cencini: o. c., p. 15.
  19. Las reflexiones que siguen no son sino un resumen de las ideas que Cen­cini expone en las páginas 63 a 283 de su obra ya citada.
  20. Cfr. A. Cencini: o. c., pp. 89-103.
  21. Ibídem, pp. 105-136.
  22. Cfr. A. Cencini: o. c., pp. 137-146.
  23. Ibídem, pp. 147-180.
  24. Cfr. A. Cencini: o. c., pp. 181-188.
  25. Cfr. A. Cencini: o. c., pp. 189-197.
  26. Ibídem, pp. 199-207.
  27. Ibídem, pp. 209-222.
  28. Cfr. A. Cencini: o. c., pp. 223-235.
  29. Ibídem, pp. 253-283.
  30. Ibídem, pp. 253-283.

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