La fe como experiencia de san Vicente (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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FE Y SEGUIMIENTO DEL DISCÍPULO AUTÉNTICO

El evangelista san Marcos, a partir de la mitad de su evange­lio, nos presenta a Jesús en camino hacia Jerusalén. El viaje está siendo utilizado para formar a sus discípulos. Llega a Jericó, atraviesa la ciudad y sale de ella camino de la Ciudad Santa. Fuera de la población ya, se encuentra con un ciego que está pidiendo limosna a la vera del camino. El ciego no es un perso­naje anónimo, tiene un nombre: Bartimeo9. Está fuera del cami­no, es decir, no acompaña ni sigue a Jesús. Sólo ha oído hablar de él. No le conoce personalmente. Según el pasaje, son muchos los que acompañan a Jesús, pero ¿le siguen de verdad?, ¿con qué ánimo lo acompañan?, ¿han entendido y comprendido, de ver­dad, cómo hay que estar con Jesús y seguirlo? Parece ser que el evangelista recoge esta escena con toda la intención del mundo para descubrir quién ve y quién está ciego de verdad, quién es verdadero discípulo de Jesús y quién no lo es todavía. Pero, deje­mos que sea el evangelista el que nos lo narre en primer lugar:

Fueron a Jericó. Y al salir de Jericó con sus discípulos y mucha gente, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al oír que pasaba Jesús el Naza­reno comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». La gente le reprendía para que se callase, pero él gritaba con más fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «¡Llamadlo!». Y llamaron al ciego diciéndole: «¡Ánimo! Levántate, que te llama». El, tirando su manto, saltó y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?». El ciego respondió: «Maestro, que vuelva a ver». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado». Inmediatamente recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.

El camino hacia Jerusalén está siendo para los compañeros de Jesús un auténtico taller de formación cristiana. Jesús, el maes­tro del mismo, les va instruyendo acerca de todos aquellos aspec­tos que son necesarios para el seguimiento cristiano más genui­no. Y, como clave de dicho seguimiento, Jesús les anuncia, por tres veces, su pasión, muerte y resurrección, que le esperan en Jerusalén. ¿Cómo reaccionan los discípulos conocidos a estos anuncios? ¿Qué caso hacen de los mismos? Constamos, con el evangelista, que es la incomprensión de los mismos lo que cons­tantemente aparece en ese caminar de formación y aprendizaje. Así, después del primer anuncio sobre la pasión, Pedro increpa a Jesús y éste lo manda apartarse de él porque no piensa como Dios, sino como los humanos; después del segundo anuncio, Marcos indica que los discípulos no entendían lo que quería decir ni querían entenderlo pues, a continuación, se ponen a dis­cutir entre ellos, quiénes serán los que ocupen los primeros pues­tos en el reino de Dios o quién de entre ellos será el más importante. Por otra parte, nada más terminar el tercer anuncio, los hermanos Santiago y Juan solicitan de Jesús los puestos de honor en el reino anunciado. Mientras esta petición se realiza­ba de hecho, los otros diez estaban pensando en lo mismo pues se enojan visiblemente ya que los dos hermanos se les han ade­lantado en sus intenciones. Con razón, el evangelista va dejando caer en su evangelio que los discípulos no comprenden por qué ellos no pueden expulsar los demonios» y, en cambio, otros que no son del gremio sí lo hacen. Es decir, con relativa fre­cuencia, según Marcos, los discípulos que acompañan a Jesús no entienden la enseñanza que éste les da y, lo que es más grave, ni desean entenderla.

Después de señalar y encuadrar el contexto del evangelio de Marcos en que se encuentra el pasaje que hemos seleccionado y trascrito, vamos a analizarlo.Ya hemos señalado que los discí­pulos no aceptan el mensaje de Jesús, bien porque no llegan a comprenderlo, bien porque, comprendiéndolo, no desean acep­tarlo. Por lo tanto, para Marcos, los discípulos son incapaces de entender a Jesús, de comprenderlo y de seguirlo. Y esta es la situación que refleja Bartimeo, el mendigo ciego que estaba fuera del camino. Marcos eligió este relato para concluir la sec­ción porque «vio en él una especie de parábola acerca de la inca­pacidad de los discípulos para seguir a Jesús, y de la confusión y desconcierto en que se encontraban los cristianos de su comunidad». Con ella les ofrece una salida que remedie su incom­prensión y su incapacidad en el seguimiento de Jesús.

Como Bartimeo, los discípulos se han colocado fuera del camino de Jesús; sólo lo acompañan por inercia y, quizás, mecá­nicamente. Como él, están ciegos porque no quieren ver. Convie­ne, pues, que nos fijemos bien en la situación del ciego Bartimeo antes y después del encuentro con Jesús. Al principio se nos dice que es ciego y mendigo, que se encuentra fuera del camino por el que pasa Jesús, pero que al oír que es él tiene deseos de cono­cerlo y lo llama a voz en grito. Después del encuentro con Jesús, recobra la vista y, lo más sugerente y significativo, sigue a Jesús plenamente en su camino hacia Jerusalén. En ambas situaciones, Bartimeo es presentado como representante y modelo de los discípulos de Jesús de todos los tiempos.

De esta manera resulta fácil darnos plena cuenta de que en este pasaje evangélico, tanto el camino como la ceguera, tienen un carácter simbólico. El camino simboliza el seguimiento de Jesús; la ceguera, la incapacidad de los discípulos para compren­der las exigencias del auténtico discípulo de Jesús. Y ambas cosas están relacionadas. Los discípulos estaban ciegos y fuera

del camino real de Jesús, tal y como se encontraba el ciego Bartimeo.

¿Qué es lo que cambia la situación del ciego? Entendemos fácilmente que lo que cambia la situación del ciego Bartimeo es el encuentro con Jesús. Dicho encuentro es el momento central del relato. Comprobémoslo. Bartimeo grita; cuando le dicen que le llama Jesús, abandona en el suelo el manto, se acerca a Jesús y realiza su súplica. Esto es, Bartimeo actúa, y actúa e a buena dirección. En concrto:

Cada movimiento es importante. Bartimeo grita cada vez más fuerte con una súplica en los labios, y cuando le dicen que Jesús lo llama, deja todo lo que tiene (su manto de mendigo) y se acerca a Él. (Entonces) Jesús le hace la misma pregunta que había hecho (antes) a los Zebedeos: «¿Qué quieres que haga por ti?», pero la respuesta de Bartimeo es diferente: no pide un puesto de honor en el reino de Jesús, sino recobrar la vista.

Cuando leemos estos pasajes a prisa, como si los conociése­mos, corremos el peligro de perdemos su enseñanza. Y, proba­blemente, sea eso lo que nos ha pasado la inmensa mayoría de las veces. Por ejemplo, ¿hemos caído en la cuenta de cuál es el grito-súplica de Bartimeo? Bartimeo dice de Jesús que es «el Hijo de David, el compasivo, el misericordioso». No menciona la palabra Mesías, con su doble sentido político y nacionalista cenado, sino que invoca al prometido, que viene a ejercer la misericordia de parte de Dios. El que no puede ver a Jesús, a quien tiene delante de él, conoce mejor que los que sí ven quién es. El que pasa por el camino es el que practica la misericordia de Dios, el que tenía que venir. Y ése ¡ha llegado ya! Por eso, su grito es una súplica, una oración; no una proclamación orquesta­da de lo que todos estaban ansiosos por oír, pero que Dios no había prometido nunca: el Mesías político. Como mendigo que es, ha aprendido a pedir por experiencia. Y, más tarde, sabrá hacer la petición que realmente más le conviene a él.

Cuando Bartimeo recibe el mensaje de que Jesús le llama abandona el manto, en que se encontraba sentado, y lo deja tira­do en el suelo. Este gesto tampoco resulta baladí en el evangelio de Marcos. Ante la llamada de Jesús, prescinde de todo lo que él tiene, su fortuna, que es el manto. Como ciego y mendigo, vivía de ello. Ahora lo abandona todo, y se arriesga a perderlo total­mente, pues no sabe con certeza qué va a ser de él cuando se encuentre con Jesús; sólo lo sospecha, sólo lo puede intuir. Por eso mismo, Bartimeo se manifiesta como una persona de fe y, también, de oración auténtica.

Jesús percibe con toda nitidez la fe de Bartimeo. De ahí que le conceda lo que le pide22, pues es lo que de verdad necesita, lo que de hecho le conviene, lo que le hará libre, lo que le concede­rá la posibilidad de tomar decisiones. Hasta ese momento, otros decidían por él, otros le conducían y le llevaban de allá para acá, otros, incluso, se aprovechaban de su situación de pobreza, mise­ria y enfermedad. Su ceguera le convertía en un explotado y, a su vez, en un marginado de su familia y de la sociedad.

Si hasta este momento nos ha sorprendido el caso Bartimeo, aún hemos de dejarnos sorprender todavía un poco más. Reco­brada la vista, Bartimeo toma la decisión adecuada, la de seguir plenamente a Jesús, sin nada que pueda garantizar económica­mente su vida. Y, toma la decisión que, en esas circunstancias, es urgente tomar, la que va en la buena dirección, que no es otra que estar yendo detrás de Jesús en dirección a Jerusalén. Por eso mismo, la respuesta que, según Marcos, realiza Bartimeo nos da la explicación del tipo de ceguera que era necesario curar y sanar en los discípulos de Jesús y, a su vez, el tipo de visión otorgado. No se trata tanto de la visión física, material, sino de la visión que pone en camino de seguimiento. Al convertirse en discípu­lo verdadero de Jesús, Bartimeo realiza lo que antes Jesús había solicitado a Pedro, y éste no había entendido ni aceptado al comenzar su camino hacia Jerusalén. En cambio, Bartimeo comprende que, después de haber recuperado lo que era más valioso para él, tenía que ponerse detrás de Jesús y seguirlo por el camino adecuado, el camino elegido por Jesús y descrito en los pasajes en que Marcos pone en labios de Jesús las condicio­nes para el seguimiento cristiano.

¿Qué ha pretendido contar Marcos al confeccionar este rela­to? Sin duda alguna, proponer a los cristianos de todos los tiem­pos el itinerario de seguimiento de Jesús que es necesario reco­rrer. Esto es, descubrir su situación real, aceptarla y dejarse sanar por Jesús, después de haber tenido un encuentro con él. ¿Cómo se llega a conocer bien la propia situación y abrazarla? La res­puesta la encontramos en el relato del ciego Bartimeo: tener fe auténtica, saber realizar la súplica que más nos conviene y ser una persona de oración. Sólo el contacto con Dios nos ayudará a ello; nos ayudará a descubrir nuestras pobrezas y miserias y, también, a saber buscar los remedios más propios a nuestras necesidades reales sin pretender creamos otras necesidades ficti­cias e inconvenientes para nosotros. Es decir:

A través de este relato, Marcos quería decir a los cristianos de su comunidad una cosa muy importante: que lo que es impo­sible para los hombres es posible para Dios (Mc 10, 27). A ellos les parecía que renunciar a sí mismos, perder la vida, ponerse en el último lugar, hacerse servidores y esclavos de todos… era sen­cillamente imposible. Por eso hacían corno si no hubieran oído lo que Jesús les decía y seguían buscando el poder y la gloria (ocupar los primeros puestos). No sabían que para comprender (ver) aquellas exigencias de Jesús y seguirle como discípulo era necesaria la súplica y la oración. No sabían que el ser discípu­lo no es el fruto de una conquista, sino un don, algo que sólo se puede obtener de Dios con una súplica prolongada y confiada.

Marcos, con un ejemplo gráfico, nos ha ofrecido una lección magistral para poder comprender el lenguaje de Jesús, sus exi­gencias, su camino. Cualquier otra manera de entenderle se vuel­ve errónea, equivocada, lleva a ninguna parte. Sólo el que se deja moldear y transformar por Dios es capaz de seguir el camino adecuado para realizar el querer de Dios, construir su reino. Por tanto, éste es el mensaje que el evangelista ha querido comuni­car a sus lectores al colocar este episodio al final del camino y el aprendizaje del seguimiento. Y éste es el mensaje que nosotros debemos saber leer hoy en él. En el próximo apartado vamos rea­lizar un paralelismo entre lo que ha sucedido con Bartimeo en el evangelio de Marcos y lo que ocurrió con Vicente de Paúl para poder entender así su vida, su fe, su experiencia, y la razón de su vocación y misión.

Santiago Barquín

CEME 2010

 

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