La cruz en la espiritualidad vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Robert Maloney · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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La_CruzPosiblemente, no exista libro alguno de espiritualidad que haya sido más ampliamente difundido que la «Imitación de Cristo». A lo largo de los siglos, millones de sacerdotes, de hermanos, de hermanas, de seglares —hombres y mujeres—, lo han leído y meditado. San Vicente y santa Luisa lo recomendaron con frecuencia a sus discípulos’. Muchas personas —por lo menos hasta una época bastante reciente— consideraban como ejercicio habitual de su vida la lectura diaria de un breve pasaje de la «Imitación de Cristo». Entre los textos más elo­cuentes de esta obra, encontramos las palabras siguientes, de sobra conocidas:

«Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, más muy pocos que lleven su cruz. Tiene muchos que desean la conso­lación y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañe­ros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozar con Él, más pocos que quieren sufrir algo por Él. Muchos si­guen a Jesús hasta el partir el pan, mas pocos, hasta beber el cáliz de la pasión (Lc 22, 42). Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades. Muchos lo alaban y bendicen en el tiempo que reci­ben de Él algunas consolaciones; mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían o desesperarían mucho».

La enseñanza evangélica en la que se basan estas palabras, un tanto duras, dejó una huella profunda y duradera en san Vicente y en santa Luisa. Este artículo enfocará:

  • La Cruz en el Nuevo Testamento.
  • La cruz en la tradición vicenciana.
  • Algunos problemas que suscita la reflexión sobre la cruz.
  • Algunas reflexiones sobre la cruz, hoy.

La cruz en el Nuevo Testamento

La cruz y la resurrección se hallan en el centro de la Buena Nueva. Según los autores de los libros del Nuevo Testamento, Jesús no podía evadirse de su hora. Tenía que padecer la cruz para entrar en su gloria. También sus seguidores tienen que cargar con su cruz, todos los días. Pero la cruz de Cristo, como la de sus discípulos, se contempla siempre en la perspectiva de la fe, en la resurrección.

El Nuevo Testamento insiste sin cesar en el mensaje de la cruz. A continuación, les propongo algunos de los textos más importantes en este sentido, siguiendo su orden cronológico.

Algunos textos fundamentales

«Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6, 14).

En esta carta, escrita en fecha temprana y enviada a los Gálatas, probablemente alrededor del año 54 de nuestra era’, Pablo abre la po­lémica con los judaizantes que se gloriaban de su circuncisión y de su observancia de la ley. Les declara que ninguna observancia exterior (la ley, las reglas de dieta, la circuncisión) tiene importancia alguna; lo importante es ser nueva creación en Cristo. Pablo no se gloría sino del poder de Dios, que exalta la debilidad humana en el Señor crucificado. En un pasaje anterior de la misma carta, escribe: «… estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (2, 19-20). Aquí y en otros pasajes, Pablo afirma que, por el Bautismo, el cristiano queda identificado por la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La persona que vive y muere con Cristo, posee en sí una nueva fuente de actividad, el Señor glorificado, hecho Espíritu vivificador (cf. 1 Co 15, 45).

«Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, quien, existiendo en forma de Dios, no reputó como botín codicia­ble ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres y, en la condición de hom­bre, se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual, Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nom­bre, para que, al nombre de Jesús, doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en las regiones subterráneas, y toda len­gua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 5-11).

Escrito esto probablemente en una fecha comprendida entre los años 54 y 57, Pablo presenta en forma de himno, una imagen de Cris­to «que se anonadó». Cristo se hace semejante a nosotros. Toma libre­mente la condición de siervo y muere con la muerte ignominiosa de los que habían perdido todos sus derechos cívicos: la crucifixión. El acto de abandono de sí mismo que hace Jesús, recibe una respuesta activa de Dios que lo exalta en su resurrección, como Señor del universo. Es así como la soberanía de Dios sobre toda la creación queda restaurada por el anonadamiento voluntario de Jesús.

La doctrina de la cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Co 1, 18).

Dirigiéndose a los Corintios, hacia el año 55, y sabiendo que su comunidad estaba desgarrada por las divisiones, Pablo declara que las normas de la humanidad caída —el estilo de poder y la especulación fi­losófica en los que se apoya el mundo—, son extraordinariamente fútiles. El poder de Dios, la sabiduría de Dios, se revelan en la «flaqueza» humana. El poder del amor doliente, que el razonamiento humano no suele llegar a comprender, es la verdadera fortaleza de los creyentes.

«Plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las cosas en Él, pacificando con la san­gre de su cruz, así las de la tierra corno las del cielo» (Col 1, 10-20).

En este último texto, escrito ya en la tradición paulina, probable­mente entre los años 70 y 80, el autor emplea uno de los primeros him­nos cristianos para presentar una visión cósmica de Cristo, que actúa en la creación y en la Iglesia. Allí donde se encuentra la discordia, Cristo crea la paz. Es el reconciliador absoluto. Él, en quien reside la plenitud de Dios y de la creación de Dios, se entrega al Padre al morir. Y por el mismo hecho, entrega con Él todas las criaturas del cielo y de la tierra.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame. Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien perdiere su vida por amor a mí, la sal­vará. Pues, ¿que aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si él se pierde y se condena?».

El evangelio de Lucas, escrito probablemente entre los años 80-85 está centrado en el seguimiento de Cristo. Al escribir, el autor tiene de continuo presentes en su pensamiento no sólo al mismo Jesús, sobre todo, en su viaje a Jerusalén, sino también a nosotros, los lecto­res, los discípulos que habremos de seguir a Jesús a lo largo de aquel viaje. La sombra de la cruz se proyecta a través de las páginas del «re­lato ordenado» de Lucas (cf. Lc 1, 1, 3), pero esa sombra está ilumina­da por la promesa de la resurrección (cf. 9, 23; 14, 27; 17, 25; 24, 7; 24, 26; 24, 46). La cruz desempeña un cometido «necesario» en la his­toria de la salvación. Al mismo tiempo que Lucas señala con fuerza el sentido salvífico de la muerte de Jesús, su insistencia se desplaza sutilmente hacia el poder salvífico de la resurrección. Sin embargo, la cruz se perfila ampliamente, con su tragedia y su misterio. Utilizando la palabra «cruz» en su sentido metafórico, Lucas saca a plena luz la necesidad que tiene el discípulo de negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguir a Jesús.

«Puestos los ojos en el autor y consumados de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia» (Hb 12, 2).

Este texto, cuya fecha y autor son inciertos, es «un discurso de ex­hortación» (Hb 13, 22). El autor presenta a Jesús, sentado ahora a la diestra del Padre, como el modelo de la paciencia en medio de las pruebas. Y se sirve de este ejemplo para alentar a los destinatarios de la carta a que perseveren hasta llegar a la meta feliz de su carrera. La alegría de la resurrección venidera confiere a la cruz un nuevo signifi­cado.

Algunas ideas fundamentales contenidas en estos textos

Estos textos ponen de relieve la idea de la cruz, pero su principal objetivo es el de centrarlo todo en la persona de Jesús crucificado y re­sucitado. La cruz es el símbolo de la entrega absoluta que hizo de sí mismo. El propio Jesús es nuestra salvación, nuestra vida y nuestra re­surrección. El es la revelación suprema del amor del Padre por los hijos. Él salva a su pueblo de sus pecados. Él es la promesa escatoló­gica. En Él, la persona humana se ve satisfecha en su búsqueda de fe­licidad.

Como resalta con evidencia en estos textos, los escritores del Nuevo Testamento, han desarrollado diversas teologías de la reden­ción, con Pablo a la cabeza, podríamos decir, como pionero. Los tex­tos presentan a Jesús como centro de la historia de la salvación, como cumplimiento de los profetas. Porque así como ha habido una historia del pecado, ha habido también una historia de la redención. Jesús expía los pecados de la raza humana. Es el Cordero del sacrificio, que se ofrece a sí mismo como expiación por el pecado.

Asimismo, la muerte de Jesús queda presentada como un aconte­cimiento cósmico. Las potencias del mal que actúan en el mundo, que­dan vencidas, Jesús sale vencedor de ellas, victorioso del pecado, de la enfermedad, de la muerte. Su padre toma partido por el Crucificado, resucitándolo de entre los muertos.

Pero, al leer estos textos, es muy importante no separar la muerte de Jesús de su vida. El significado salvífico de la muerte de Jesús está en relación con lo que El proclamó y con lo que reprobó. Jesús se iden­tifica con los parias, con los pobres, con los que carecen de poder. En su muerte, como en su vida, es uno de ellos. Existe, pues, una eviden­te continuidad entre su manera de vivir y su manera de morir, entre su enseñanza y el rechazo opuesto a la misma. La muerte de Jesús en la cruz está en relación con la opción que hizo por los pobres y los des­poseídos de poder. Jesús se muestra maravillosamente libre ante los poderosos del mundo. Denuncia a los que imponen a los demás pesa­das cargas. Y él mismo aparece sin poder; por eso, los opresores, los poderosos, lo rechazan. Su muerte por crucifixión es la de aquéllos que no tienen ningún derecho.

Actualmente, hablamos mucho de cristologías, de teologías de la redención, como si hubiera en ella formas «ascendentes» y «descen­dentes». Los sinópticos, partiendo del recuerdo de acontecimientos concretos «ocurridos aquí abajo», van siguiendo la subida de Jesús, a través de su vida, su muerte y su resurrección, hacia la gloria del Padre. En el pensamiento joánico, como en gran parte de la cristología pa­trística y medieval, el punto de partida es «allá arriba» donde el Verbo está junto al Padre en el principio. Sin embargo, en todas estas teolo­gías (ascendentes, descendentes y otras muchas entre ambas), el cen­tro es la persona de Jesús, a quien su amor sacrificial lleva a dar la vida por sus amigos: sus compañeros de entonces y los de ahora.

Además de esta insistencia en la persona de Jesús, a través del símbolo de su cruz, en los textos citados anteriormente aparece también el uso metafórico de la palabra «cruz», a partir de las propias pa­labras de Jesús. En este caso, la «cruz» se refiere a sufrimientos que ex­perimentan los seguidores de Jesús. Para el discípulo fiel, la cruz:

  • significa la entrega de su vida,
  • ha de cargar con ella todos los días,
  • le aporta riquezas mayores que la conservación de su vida, — no puede llevarse, si no es gracias al poder de Cristo que actúa en nosotros,
  • aparece como locura o necedad a los ojos del mundo,
  • conlleva el perdón de los pecados,
  • produce paz,
  • es fuente de gozo y conduce al gozo.

La cruz en la tradición vicenciana

En esta época de la hermenéutica, somos cada vez más conscien­tes de la influencia que ejerce en nosotros nuestro contexto histórico. Como a todos nos ocurre, san Vicente y santa Luisa fueron hijos de su tiempo. En aquel contexto, ambos recibieron buena formación, pero ni el uno ni la otra fueron teólogos especulativos: Ambos asumieron la «teología standard» de su época. Como, ambos también, tenían una buena dosis de sentido común, evitaron los extremos a que llegaron al­gunos de sus contemporáneos. Pero, como sus contemporáneos, uno y otra hicieron hincapié en la cruz, con una referencia poco explícita a la resurrección. Por extraño que pueda parecer a oídos modernos, esto era característico de la teología del siglo. XVII, en Francia.

El lenguaje de los símbolos

Los símbolos son a veces más expresivos que las palabras, porque expresan no sólo un contenido intelectual, sino también las corrientes de fondo afectivo, profundamente personales, que las palabras no lo­gran comunicar. Santa Luisa y san Vicente reconocían, ambos, la importancia del símbolo de la cruz como medio para dar a comprender la profundidad del amor de Dios por nosotros9.

El sello de la Compañía de las Hijas de la Caridad, que estuvo en uso desde 1643, es una de las expresiones del lugar que ocupaba la cruz en el pensamiento de san Vicente y de santa Luisa. Las constitu­ciones actuales de las Hijas de la Caridad lo describen de la manera si­guiente:

«El sello de la Compañía de las Hijas de la Caridad repre­senta un corazón rodeado de llamas en el que destaca un crucifijo. Lleva en torno esta leyenda: «Caritas Christi urget nos». La Cari­dad de Jesucristo Crucificado, que anima e inflama el corazón de la Hija de la Caridad, la apremia a acudir al servicio de todas las miserias» (p. 1).

La conclusión que santa Luisa solía poner en sus cartas, selladas con frecuencia con la imagen que acabamos de describir, expresaba también, verbalmente, su devoción al Señor Crucificado, con fórmulas variadas: «Soy, en el amor de Jesús Crucificado…», «En su amor y en el de su Hijo Crucificado, soy…».

Además, tanto en las cartas cruzadas entre san Vicente y santa Luisa, como en las dirigidas por ambos a sus respectivas comunidades, queda muy claro que los crucifijos desempeñaron un papel significati­vo en la piedad de muchas Hijas de la Caridad y en la de muchos Sa­cerdotes de la Misión. Las Hermanas solían pedírselos a santa Luisa y ésta hacía lo imposible por conseguírselos». Por su parte, san Vicente dice a los Misioneros: «nunca debéis estar sin crucifijo» (XI, 264).

El crucifijo tiene una misión preponderante que desempeñar, en el método de oración, enseñado por san Vicente, especialmente, a las Hijas de la Caridad, de las que algunas creían no tener la formación suficiente para orar bien, ya que no sabían leer ni escribir. San Vicente les asegura que el orar bien no tiene gran cosa que ver con el conocimiento de la lectura y de la escritura, y les aconseja que usen estampas: «Y, ¿de dónde creéis, hijas mías, que aquel gran san Bue­naventura sacó toda su ciencia? Del libro sagrado de la cruz» (IX, 210). Les refiere también la historia de una persona que felicitaba a santo Tomás por los bellos pensamientos que tenía acerca de Dios, y cómo éste respondió que iba a mostrarle su biblioteca, llevándolo ante un crucifijo (Cf. IX, 49). San Vicente explica a sus hijas que si bien sólo algunas podían utilizar métodos de oración como los des­critos en la «Introducción a la vida devota» por Francisco de Sales, todas, en cambio, podían ponerse al pie de la cruz, en presencia de Dios. Si una no tiene nada que decir, puede esperar a que Dios le hable (Cf. IX, 64).

De hecho, para san Vicente, ninguna oración puede agradar más a Dios que la meditación diaria de la pasión y de la muerte de nuestro Señor (Cf. IX, 1103).

Los escritos de san Vicente y de santa Luisa

Los textos en los que san Vicente y santa Luisa hablan de la cruz, son demasiado numerosos para citarlos aquí, de manera ex­haustiva. Además, sus referencias a la cruz las hacen habitualmente de pasada, sin un verdadero desarrollo del tema (a pesar de que santa Luisa sí tiene una reflexión explícita sobre la cruz, que forma parte de una de sus meditaciones escrita en sus últimos años) (SLM, 763­764, CEME, Salamanca, 1985). Las alusiones a la resurrección —ya lo hemos dicho— son relativamente escasas. Yo propongo aquí de una manera sintética, un breve análisis del sentido de la cruz que se des­prende de lo que dicen o escriben los dos santos, en contextos muy variados.

La cruz, símbolo del amor de Dios revelado en Jesús

«Viva tu amor y el de Jesús Crucificado!», exclama santa Luisa, al final como alusión de un acto de consagración que ha fir­mado (SLM, 669, CEME, Salamanca, 1985).

Los dos santos insisten con frecuencia en el amor de Dios por no­sotros (Cf. IX, 255). La cruz es el símbolo del amor del Padre, tal y como se nos manifiesta en la muerte de su Hijo. En sus reflexiones sobre la cruz y sobre el Corazón de Jesús, los dos santos recuerdan a menudo a sus discípulos cuán profundo es el amor que Dios nos tiene. El 5 de julio de 1641, santa Luisa escribe a Sor Isabel Martín: «Ruego a nuestro amado Jesús crucificado que nos sujete fuertemente a su cruz para que, unidas estrechamente a El en su santo amor, nuestros peque­ños sufrimientos y lo poco que hagamos, lo sean con amor y por su amor, en el que soy, querida Hermana, su muy humilde hermana y ser­vidora» (SLM, 63, CEME, Salamanca, 1985).

«Fue preciso que nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en Él», escribe san Vicente a Antonio Portail (I, 320). La convicción de san Vicente, como la de santa Luisa, era con­creta y fuerte: creemos en aquéllos de quienes nos sabemos amados y a quienes amamos. Jesús, con su muerte en la cruz, revela el amor de Dios en toda su profundidad.

Ser Hija de la Caridad es ser Hija de la cruz

El amor al prójimo y, especialmente, el servicio a los pobres, con­llevan, de manera inevitable, «la cruz», en su sentido metafórico. De hecho, ser Hija de la Caridad o Hija del Amor (Cf. IX, 67, 1015, 1025) significa identificarse con el Señor crucificado. Hacia el final de su vida, san Vicente escribe a sor Avoya Vigneron (VII, 209): «Recíbalo, pues (el sufrimiento), como un beneficio de su mano paternal y procu­re usar bien de él. Ayude a su hermana a llevar la cruz, ya que la de usted no es tan pesada como la suya; recuérdele que es Hija de la Ca­ridad y que debe ser crucificada con nuestro Señor y someterse a su di­vina voluntad para no ser del todo indigna de tan digno padre». A santa Luisa, durante una de sus enfermedades, le escribe: «A mi regreso, he sabido su indisposición. Esto me ha contristado. Ruego a nuestro Señor que le devuelva una perfecta salud, como aquélla que tanto me alegró la última vez que la vi. En fin, es usted hija de la cruz ¡Oh, qué felicidad!» (I, 367).

De la misma manera, santa Luisa reconoce que su vocación signifi­ca: identificación con la cruz. En una reflexión sobre la caridad, escribe: «Dios … me ha concedido tantas gracias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a Él por la cruz» (SLM, 687, CEME, Salamanca, 1985). En una época ya tardía de su vida, escribiendo sobre el puro amor que hemos consagrado a Dios y la necesidad de darnos to­talmente a Él, declara: «y para probártelo, te sigo hasta el pie de la cruz, que escojo por mi claustro» (SLM, 821, CEME, Salamanca, 1985).

Se podía imaginar, puesto que hay tan pocas referencias explícitas a la resurrección, que esta espiritualidad encerrara el riesgo de tornarse un tanto sombría, triste… No es tal el caso de san Vicente, que instaba a las Hijas de la Caridad a que fueran alegres, que se mostraran son­rientes en el servicio a los pobres. A veces, tuvo que contrarestar cierta tendencia de santa Luisa a una excesiva seriedad, por ejemplo un día en que tenía que viajar con la expresiva señora Goussault, la aconsejaba en esta forma: «le ruego que esté siempre alegre (con ella), aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza, por la misericordia de Dios» (I, 499).

La cruz y la providencia

Ambos santos profesan una devoción profunda a la providencia. A lo largo de su vida, han tenido cada vez más motivos para convencerse del amor que Dios les tenía y han ido progresando en la confianza de que Dios actúa siempre en los acontecimientos que se presentan, ya alegres, ya do­lorosos. El año anterior a su muerte, san Vicente decía a los Misioneros: «Hermanos míos, tenéis que descansar en los cuidados amorosos de la misma providencia… ni preocuparos más que de buscar el reino de Dios, ya que su sabiduría infinita proveerá a todo lo demás» (XI, 438).

San Vicente y santa Luisa consideran que la cruz es una parte de la providencia.

El 26 de marzo de 1653, santa Luisa escribe a Sor Juana Lepein­tre: «y por eso quizá, nuestro Señor le inspira que permanezca usted en paz al pie de su cruz, completamente sometida a las disposiciones de su divina providencia. Me parece, querida Hermana, que ha encontra­do usted la «piedra filosofal» de la devoción, cuando la firme resolu­ción de hacer la voluntad de Dios calma sus penas» (SLM, 406, CEME, Salamanca, 1985). En los momentos de pruebas o calumnias, los dos santos recuerdan con prontitud a sus comunidades que ellas están par­ticipando, por la providencia de Dios, en la cruz de Cristo. Al final de su vida, santa Luisa escribe a Sor Francisca Carcireux: «tendríamos que recibir de parte de la providencia, sobre todo, el cuerpo de la Compa­ñía, este ejercicio como una participación en la cruz de nuestro Señor y como una ocasión ofrecida por Él para seguirlo» (SLM, 642, CEME, Salamanca, 1985). Un año antes, san Vicente había redactado una de­claración semejante en las Reglas Comunes que daba a la Congrega­ción de la Misión: «Si alguna vez, la providencia de Dios permite que la Congregación, o alguna de sus casas, o alguno de sus miembros sea injustamente objeto de calumnia o de persecución… alabaremos y ben­deciremos a Dios por ello, y le daremos gracias gozosamente por este gran bien que nos viene del Padre de las luces» (RC II, 13). aprende a morir. «Acuérdese, padre, escribe san Vicente al señor Por­tail, de que vivimos en Jesucristo, por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I, 320).

La verdadera santidad brota de la cruz, donde el poder de Dios trabaja en nosotros. En medio de las penas que le causa su hijo, santa Luisa pide a san Vicente: «Hágame usted a mí la (caridad) de pedir a nuestro buen Dios que, por su misericordia, mi hijo participe algún día en los méritos de la vida y muerte de Jesús crucificado, fuente viva de toda santidad» (SLM, 186, CEME, Salamanca, 1985).

En una carta conmovedora a Sor Juana Lepeintre, escribe tam­bién: «Haga saber a las Hermanas que la gente de Nantes murmura de ellas más de lo que se pueden imaginar y por cosas de importancia; pero que es el maligno el que hace esos juegos, y no saldrá victorioso si ellas se apiñan y unen entre sí en torno a la cruz, como los polluelos bajo las alas de su madre cuando los amenaza la lechuza» (SLM, 213, CEME, Salamanca, 1985).

San Vicente, hablando a los Misioneros del martirio de Pierre Bourgoing, les dice: «Ánimo, padres y hermanos míos! Esperemos que nuestro Señor nos dará fuerzas en las cruces que nos vengan, por gran­des que sean, si ve que las amamos y que confiamos en El» (XI, 216).

Unidos a Cristo crucificado y viviendo por el poder de Dios

En sus «Pensamientos sobre la cruz», santa Luisa exclama: «¡Oh cruz!, ¡oh sufrimientos! ¡qué amables sois, puesto que el amor de Dios os ha cedido el puesto, en su Hijo, para adquirir por vuestro medio el poder de otorgar su paraíso a los que las delicias habían arrojado de él!» (SLM, 764, CEME, Salamanca, 1985)».

Sólo cuando se acepta morir con Cristo se encuentra la fuerza para vivir como discípulo suyo: y solamente viviendo con Cristo, se se aprende morir. «Acuérdese, padre, escribe san Vicente al señor Por­tail, de que vivimos en Jesucristo, por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I, 320).

La verdadera santidad brota de la cruz, donde el poder de Dios ti abaja en nosotros. En medio de las penas que le causa su hijo, santa Luisa pide a san Vicente: «Hágame usted a mí la (caridad) de pedir a nuestro buen Dios que, por su misericordia, mi hijo participe algún día en los méritos de la vida y muerte de Jesús crucificado, fuente viva de ida santidad» (SLM, 186, CEME, Salamanca, 1985).

En una carta conmovedora a Sor Juana Lepeintre, escribe tam­bién: «Haga saber a las Hermanas que la gente de Nantes murmura de (.1 las más de lo que se pueden imaginar y por cosas de importancia; Mero que es el maligno el que hace esos juegos, y no saldrá victorioso si ellas se apiñan y unen entre sí en torno a la cruz, como los polluelos bajo las alas de su madre cuando los amenaza la lechuza» (SLM, 213, (‘EME, Salamanca, 1985).

San Vicente, hablando a los Misioneros del martirio de Pierre Bourgoing, les dice: «Ánimo, padres y hermanos míos! Esperemos que nuestro Señor nos dará fuerzas en las cruces que nos vengan, por gran­des que sean, si ve que las amamos y que confiamos en El» (XI, 216).

Un camino privilegiado

Los dos santos estaban absolutamente convencidos de esto. Se lo repetían el uno al otro, lo mismo que a sus seguidores. En una carta es­crita un poco antes de 1634, san Vicente dice a santa Luisa: «Nuestro Señor proveerá, sobre todo, si quiere estar al pie de la cruz, en donde se encuentra al presente y que es el mejor lugar donde puede uno estar en el mundo. Quiéralo así, señorita, y no tema» (I, 206).

En una carta que reúne varios temas de los que hemos visto ante­riormente, santa Luisa escribe a Sor Carlota Royer, con un lenguaje que recuerda el de la imitación de Jesucristo: «Ya ve usted, querida Hermana, que el camino por el que Dios quiere que vaya hacia El es el camino real de la cruz» (SLM, 512, CEME, Salamanca, 1985). Y a Sor Catalina Baucher y Sor María Donion dice: «Sí, queridas Hermanas, el mayor honor que pueden recibir es el de seguir a Jesucristo cargado con la suya (su cruz)» (SLM, 519, CEME, Salamanca, 1985).

En sus pensamientos sobre la cruz, asegura que «las almas esco­gidas por Dios están de manera muy particular destinadas al sufri­miento» (SLM, 763, CEME, Salamanca, 1985). Meditando sobre la ca­ridad, dice de sí misma: «Dios… me ha concedido tantas grancias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a Él por la cruz, que su bondad ha querido tuviese desde mi mismo nacimiento y no habiéndome dejado casi nunca, en toda mi edad (de mi vida) sin ocasiones de sufrimiento» (SLM, 687, CEME, Salamanca, 1985).

Jesús en la cruz como medio para animar a los demás

Ambos fundadores conocieron muchos sufrimientos: la miseria de los pobres; los estragos de la guerra; el trabajo de fundar dos co­munidades; las dificultades de la vida comunitaria a medida que los años iban pasando; las críticas de dentro y fuera de sus comunidades; sus propios combates interiores; la enfermedad, la muerte de sus ami­gos más cercanos; su propia muerte. Llevaron estas cruces como pro­cedentes de la providencia de Dios.

Pero reconocieron que no se debe llevar toda clase de cruz cuan­do es posible remediar el sufrimiento.

Santa Luisa, por ejemplo, escribe a una nueva hermana sirviente, Sor Elisabeth Brocard: «Y si hay alguna sombra que la apena, humí­llese y sopórtela como una cruz muy amable, puesto que es nuestro Señor quien la permite para usted. No quiere esto decir querida Her­mana, que si continúan sus dificultades, y nos las comunica usted, que no trataríamos de darle la satisfacción de que tenga usted necesidad» (SLM, 438, CEME, Salamanca, 1985).

Otras cruces deben llevarse con valentía, ya que evitarlas causa­ría a otros un mayor mal: «Es preferible amar las penas cuando se tie­nen, llevarlas a los pies del crucifijo o comunicarlas a la Hermana que sirve a las demás, que no ir a descargarse de ellas a esa costa», escribe santa Luisa a Sor Juana Lepeintre (SLM, 266, CEME, Salamanca, 1985).

La cruz se evoca especialmente cuando san Vicente y santa Luisa hablan de la enfermedad. Escribiendo a Sor Francisca Carcireux, respecto a la enfermedad de Sor Carlota Royer, santa Luisa dice: «Nues­tro Señor se sirva de ella (de esa prueba) para santificarla, por los mé­ritos de su santa vida y preciosa muerte en la cruz por nosotros» (SLM, 511, CEME, Salamanca, 1985). Al relatar la muerte de Sor Bárbara Angiboust, escribe: «Dios la ha honrado con las señales más excelen­tes de verdadera cristiana y sierva de Dios: por su conformidad con la voluntad de Dios, por las elevaciones frecuentes de su espíritu a Jesús crucificado y por una paciencia admirable» (SLM, 607, CEME, Sala­manca, 1985).

Algunos problemas que suscita la reflexión sobre la cruz

Los judíos y los gentiles no fueron los únicos en ver en la cruz un «escándalo», una «locura». A nivel teológico, siempre surgen dificul­tades cuando se trata de la cruz y, de manera más general, del problema del mal.

Algunas de estas dificultades con que se tropieza para elaborar una teología de la cruz, proceden de las diferentes maneras que se tie­nen de considerar a Dios. Los escritos judíos y los escritos cristianos honran a Dios bajo dos aspectos. Por una parte, como el que está por encima de toda creación, absolutamente trascendental. Por otra, como el que se ha comprometido íntimamente con sus criaturas y sufre con el dolor de su pueblo.

Cuando el cristianismo penetró en el mundo helenístico, se en­contró con un concepto de Dios según el pensar griego, que no se ar­monizaba fácilmente con el aspecto inmanente de la presencia de Dios, según las Escrituras. El Dios griego estaba totalmente encerrado en sí mismo, trascendente al mundo, incapaz de vibrar ante las acciones o los sufrimientos humanos. Por consiguiente, la asociación entre el as­pecto inmanente del Dios presentado por la Biblia y el concepto grie­go de ese mismo Dios tuvo una historia bastante accidentada. En la época de los grandes escolásticos, el enfoque griego ejerció una in­fluencia predominante: Dios, en su ser de Dios, no puede sufrir; Dios sufre solamente en la humanidad de Jesucristo. ¡Qué contraste presen­ta esta afirmación con la de Oseas, para quien «las entrañas de Dios se estremecen» de compasión cuando decide: «no ejecutaré el ardor de mi cólera» (Cf. Os 11, 8).

Pero muchos espíritus y corazones modernos encuentran difícil admitir este enfoque escolástico de Dios bajo la influencia griega. Porque parece situar a Dios a gran distancia de los que sufren. En los «años cuarenta», poco antes de su muerte, Dietrich Bonhoeffer escribía que «sólo un Dios que sufre puede ayudarnos». En los años cin­cuenta, Jacques Maritain declaraba: «Nos es necesario integrar el su­frimiento en Dios, porque la idea de un Dios insensible y apático suscita una rebelión en las masas». En los años sesenta y setenta, una serie de ensayos de Karl Rahner llevaron más lejos el estudio de la cuestión. En los años ochenta, las dos caras del problema quedaron clasificadas en varias presentaciones: la de Jürgen Moltmann, «El Dios crucificado», y los dos libros de Edward Schillebeeckx «Jesús» y «Cristo».

Moltmann intenta construir una teología de un Dios sufriente. Dios sufre —piensa Moltmann— no a causa de una deficiencia de su na­turaleza divina, sino porque escoge libremente verse afectado por lo que afecta a los demás. Schillebeeckx, con un enfoque más semejante a la tradición clásica, sostiene que Dios no sufre, más bien resiste el mal, en Jesús, y es salidario con todos los que sufren, saliendo vence­dor del sufrimiento con su presencia compasiva. Esta presencia se ma­nifiesta de manera «sacramental» en Jesús y en los que, al compartir la vida de Jesús, se oponen a la injusticia.

Pero cualquiera que sea el partido que se tome en este debate, toda esta literatura ha inspirado un nuevo título que atribuir a Jesús:

«Jesús, la Compasión de Dios».

A un nivel teórico-práctico, existe un peligro perenne, no ausente hoy, el de que pueda utilizarse «la cruz» como ideología; es decir, como un argumento para justificar un comportamiento opresor. En una so­ciedad injusta, por ejemplo, se puede echar mano de este argumento para invitar a los pobres a que acepten en silencio la injusticia.

En los años siguientes a la conferencia de Medellín, 1968, se de­sarrolló entre los teólogos, especialmente, en América Latina, una crí­tica profunda del papel que la teología y la piedad popular desempe­ñaban, sosteniendo situaciones de injusticia. Una insistencia demasiado grande en Cristo crucificado y muerto, que aceptó esa muerte con la mansedumbre de un cordero llevado a degollar, ¿no pre­tendía presentar el sufrimiento como voluntad de Dios? ¿No era la ma­nera de cultivar una mentalidad que equivalía a decir: «aceptad la cruz con resignación, para merecer en recompensa la vida eterna»? ¿No era esto allanar el camino al opresor?

Al contrario, los cristianos han de promover el bienestar de todos y la liberación de las estructuras que favorecen sólo a unas minorías, con detrimento de la mayoría, que favorecen a los ricos con detrimen­to de los pobres, a un grupo racial, social o religioso con detrimento de los demás. En realidad, la liberación de la opresión es uno de los sig­nos del reino. El cristiano no puede, pues, permanecer silencioso fren­te a la injusticia. Al contrario, debe estar pronto a sufrir por la justicia. Es cierto que hay que hacer una distinción entre el progreso material y el advenimiento del reino de Dios; pero la vida del reino que ya actúa en los creyentes debe impulsar al cristiano a hacer lo posible por «evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la liberación, a los ciegos la recuperación de la vida, y poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).

Lamentablemente, las ideologías opresoras pueden hallarse pre­sentes no sólo en la sociedad civil, sino también en la Iglesia y en la vida religiosa. «La aceptación» puede alabarse más que una crítica constructiva. Pueden marginarse o reducirse al silencio voces que lla­man al arrepentimiento o a los cambios necesarios.

Existe un tercer problema que puede surgir a nivel de la ascesis personal: es el de una distorsión en la práctica del ascetismo. En la tra­dición vicenciana, las cruces que se impone uno a sí mismo han de uti­lizarse siempre con moderación (cf. RC X, 15); deben contemplarse y practicarse siempre en función de una finalidad apostólica y comuni­taria, deben ayudarnos a servir al pobre, mejor, a vivir en comunidad, mejor, a obrar mejor.

Para san Vicente y santa Luisa estaba muy claro que las cruces más importantes de la vida no necesitan fabricarse. Se imponen por sí mismas. Esto no quiere decir que no quede sitio alguno para una dis­ciplina personal, para prácticas escogidas con sabiduría y prudencia que nos impulsen a la renuncia de nosotros mismos, para alcanzar las metas que se nos proponen. Esto quiere decir que las mortificaciones que nos imponemos nosotros mismos han de estar adaptadas a nuestra vocación de miembros de una sociedad de vida apostólica.

Algunas reflexiones sobre la cruz, hoy

Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir más arriba, me pa­rece que resulta evidente que «la devoción a la cruz» no es simple­mente una «devoción privada», facultativa o una «práctica ascética per­sonal». Se sitúa más bien en el centro de la buena noticia, puesto que la cruz es el símbolo del amor salvífico de Jesús’.

La realidad histórica de la cruz se halla en el centro de la revela­ción; es el «sacramento» del amor de Dios al mundo y de la plenitud de la respuesta humana a ese amor. La cruz de Cristo no se halla, pues, en la periferia de la vida cristiana, donde podría enumerársela entre una serie de otras devociones; no, se encuentra en el centro mismo del Credo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muer­to y sepultado. Descendió a los infiernos. Al tercer día, resucitó de entre los muertos.

El símbolo de la cruz, tan central en la Buena Noticia, habla a nuestra época como habló a todas las edades, pero con aspectos con­cretos diferentes. Con fuerza nos dice por lo menos lo siguiente:

I. Jesús crucificado, en su amor sufriente, se halla en el centro de nuestra fe, resucitado por el Padre, plenamente vivo.

El autor de la primera carta a Timoteo nos dice que la plenitud de la verdad reside en «el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos» (1Tm 2, 5-6). Toda la espiritualidad cristiana está centrada, por lo tanto, en Jesús crucificado y resucitado. Él es el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por Él.

La cruz es el símbolo de lo que más lleva Jesús en el centro de su persona: «En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (lJn 3, 16). Jesús crucificado proclama que el amor que se da es la esencia de ser Dios y de ser humanos. «El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por Él. En eso está el amor, no en que nosotros ha­yamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Carísimos, si de esta manera nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1.In 4, 9-11).

Nada más vital, para el Misionero o para la Hija de la Caridad, que centrarse en el amor de Dios, del que la cruz es el símbolo. La expe­riencia personal de este amor, en un Misionero, lo impulsará a procla­marlo como Buena Noticia. La experiencia personal de este amor, en una Hija de la Caridad, la impulsará a compartirlo como fuente de salud.

El amor que Jesús nos muestra a través del símbolo de la cruz es:

  • Entrega.
  • Sacrificio.
  • Perdón.
  • Salud, curación.
  • Unión.
  • Lealtad a los amigos.
  • Renuncia al poder.
  • Solidaridad con los débiles.
  • Confianza en el poder de Dios.

En nuestro contexto vicenciano, la meditación frecuente en la cruz, como símbolo del amor de Dios por nosotros y de nuestro amor a Dios, tiene una importancia señalada. Permítanme que, para esa me­ditación, les sugiera los textos siguientes que se refieren, explícita o implícitamente a la cruz y que están centrados en el amor de Dios por nosotros, tal y como nos lo revela la persona de Jesús: Jn 3, 16-17; Jn 13, 1-17; Jn 4, 9-10; Ef 1, 3-14; St 1, 17-18; Lc 9, 23.

Como se desprende con toda claridad de estos textos, la cruz, en el Nuevo Testamento es mucho más que un ejemplo. La cruz nos habla de los caminos de Dios. Nos descubre las profundidades de su amor. Proclama que el poder de Dios prevalecerá sobre las intrigas de todos los pecadores. Revela que la verdadera sabiduría no reside en las fuerzas del mal, sino en el amor sufriente. Nos introduce, por fin, en el misterio de la resurrección.

2. Todos los Misioneros, todas las Hijas de la Caridad, todas las per­sonas… tendrán que sufrir.

Por supuesto, algunos sufrimientos pueden y deben evitarse. Pero la ley sin excepción de la existencia humana y el seguimiento de Cris­to es que hay que pasar, inevitablemente, por el sufrimiento y la muer­te. Las palabras célebres de Dietrich Bonhoeffer, escritas de manera profética algunos años antes de su ejecución, captan con exactitud la realidad: «Cuando Cristo llama a una persona, le ordena que se acer­que a Él y muera».

El amor de Jesús hasta la muerte, da sentido a las numerosas cru­ces que sus discípulos están llamados a llevar. Por eso, déjenme que les sugiera que la «cruz», hoy, en la vida de un Misionero o de una Hija de la Caridad, en seguimiento de Cristo, puede tomar de manera concre­ta las formas siguientes:

  • Trabajar todos los días con perseverancia en el servicio a los po­bres.
  • Compartir el sufrimiento de los abandonados y la pena de los marginados.
  • Estar al lado de los abandonados, sufrir por la justicia en soli­daridad con ellos.
  • Dar testimonio de los valores del Evangelio en un contexto des­favorable.
  • Aceptar los acontecimientos que nos desagradan pero en rela­ción a los cuales no podemos hacer nada.
  • Participar en algunas de las privaciones por las que pasan los pobres.
  • Soportar la enfermedad: la nuestra y la de los demás.
  • Comprender a las personas de edad.
  • Soportar la muerte de los amigos.
  • Vivir nuestra propia muerte.

Enfrentarse con el sufrimiento y con la muerte inevitable siem­pre ha sido y lo será siempre, una tarea formidable. Pero en una época que genera la búsqueda de satisfacciones inmediatas, el reto se hace todavía más difícil. Por duro que esto pueda parecer —aun­que ya sabemos que es posible presentar esta misma verdad en tér­minos mucho más positivos— morir es el objetivo de la espirituali­dad cristiana, morir para poder vivir. Cierto, uno puede preguntarse teniendo como mira la «imitación de Cristo», si algunas de las prác­ticas concretas que describe el Nuevo Testamento pueden exigirse a todo cristiano (marchar al desierto, pasar la noche en oración, la ma­nera efectiva en que Jesús vivió la pobreza); pero lo que no ofrece lugar a dudas es esta proposición: «Todo cristiano, en todo tiempo, sigue a Jesús muriendo en El. El seguimiento de Jesús halla su ver­dad, su realidad, su universalidad supremas en el seguimiento del Crucificado.

El seguimiento del Señor crucificado es el supremo acto de fe; significa que se acepta entrar, con esperanza y amor, en el misterio in­comprensible de Dios.

3. El Señor crucificado sufre en las «personas crucificadas» y en los «pueblos crucificados».

El pecado sigue actuando en nuestro tiempo, sigue crucificando al Señor de la historia (Cf. Hb 6, 6). Los miembros de la Misión y las Hijas de la Caridad ven todos los días a esos crucificados. Mas, para el «mundo», es fácil olvidarlos: los 5, 7 millones de habitantes de Haití, pobres desde hace ya tanto tiempo que su situación no representa una novedad; los 2, 5 millones de refugiados bosnios, víctimas de una «pu­rificación étnica»; los 1, 5 millón de somalíes, a punto de morir de hambre. Se nos reta a ver en ellos al Señor crucificado; y de desper­tar las conciencias ante esas desgracias, como hicieron san Vicente y santa Luisa. La contemplación del Señor crucificado no puede redu­cirse a mero ejercicio de piedad; menos aún al recuerdo de un aconte­cimiento pasado. El Señor vive hoy en sus miembros. Está crucificado en los individuos y en los pueblos que sufren. Estamos llamados a verlo y a servirlo ahí, en ellos.

Uno de los grandes dones que recibieron nuestros dos fundadores fue el de reconocer a Cristo en el rostro de los que sufrían y el de mo­vilizar las energías de otros «al servicio de los pobres». Fueron organi­zadores extraordinarios. Para ayudar a los más abandonados de su tiempo, supieron reunir a ricos y pobres, a hombres y mujeres, al clero y al laicado.

«Sabían, citando una frase elocuente de Jon Sobrino, que los pue­blos crucificados, mientras nosotros nos esforzamos por hacerles des­cender de la cruz, ellos nos comunican la salvación».

4. Somos evangelizados por la cruz y, a nuestra vez, evangelizamos con la cruz.

El amor de Jesús hasta la muerte se halla en el centro de la Buena Noticia. Es la fuente de nuestra esperanza más profunda. Jesús se des­prendió de su vida por sus amigos, por nosotros.

La cruz en el Nuevo Testamento se suele considerar a la luz de la resurrección. Sin la resurrección, la cruz sería oscuridad. Y de la misma manera, en la fe del Nuevo Testamento no puede haber resu­rrección sin pasar antes por la cruz. La cruz de Cristo se alza con la re­surrección, en el centro de la Buena Noticia en la que creemos. Juntas, cruz y resurrección, nos dicen cómo nos ama Dios. Ellas nos evange­lizan.

Pero junto a la cruz de Jesús, también la cruz de sus miembros puede evangelizamos. Nuestra vida puede quedar transformada por el amor sufriente de los discípulos de Jesús que asumen los sufrimientos de Él en su propio cuerpo; los enfermos que soportan su prueba con valor; los afligidos que esperan contra toda esperanza; los agonizantes que cifran toda su confianza en la resurrección.

¿Y no nos evangeliza Jesús también a través de otras cruces más «anónimas»: la angustia de los hambrientos de África, la muerte de in­numerables mártires y «desaparecidos» de América Latina, la soledad de las víctimas del SIDA, de la gente de la calle, la tristeza y abando­no de las personas mayores? ¿No nos dirigen esas cruces también un llamamiento a la solidaridad con aquéllos que las llevan a cuestas? ¿No son una proclamación de que el amor compasivo por los más abandonados es la esencia del evangelio? ¿No consiguen arrancarnos de nuestro aislamiento para orientarnos hacia el don de nosotros mis­mos por amor?

Los «pueblos crucificados» tienen mucho que enseñarnos: el perdón concedido a los opresores, la esperanza en medio de circuns­tancias aparentemente desesperadas, la voluntad de compartir lo poco que tienen, la gratitud por la presencia y la ayuda de otros y, según las palabras de Puebla (n.° 1147) «solidaridad, servicio, senci­llez y disponibilidad para acoger el don de Dios». Nos evangelizan desde la cruz.

Sólo cuando hayamos sido evangelizados por la cruz, podremos, nosotros también, evangelizar predicando el mensaje de la cruz. La «locura de la cruz» no sería creíble en nuestros labios si no hubiéramos empezado por aprender su «sabiduría», compartiendo el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas.

¿Hemos aprendido a predicar la cruz sin que nuestras palabras sue­nen a notas falsas? ¿Son nuestras vidas una afirmación de que la cruz tiene sentido? ¿Sabemos encontrar las palabras sencillas, claras, que alientan a los que sufren y los gestos que consuelan a los afligidos?

5. En este contexto mucho más amplio, las «cruces» que nos impone­mos y que llamamos «mortificaciones», desempeñan un papel fun­cional, que a veces puede llegar a ser importante.

Desde una perspectiva teológica, reconocemos hoy, quizá más que nunca (aunque una larga tradición teológica haya expresado esta verdad de diferentes maneras), que la muerte no coincide con la últi­ma constatación médica. La muerte va realizándose poco a poco, du­rante el transcurso de la vida; aunque no sea completa, efectivamente, más que en este último momento (y aun así es difícil de precisar el mo­mento exacto en que se produce). Era, pues, natural que la piedad cris­tiana, sobre todo, al tener que reconocer que pocas personas quieren al pie de la letra «estar crucificadas con Cristo», buscase vivir el segui­miento de Cristo crucificado en vida.

Por eso, la espiritualidad cristiana ha reconocido desde los oríge­nes que soportar de manera heroica un sufrimiento inevitable equivale a cargar con la cruz de Cristo. Morimos con Cristo poco a poco, a pla­zos, podría decirse. El reto concreto es, pues, el siguiente: ya que esos sufrimientos prefiguran nuestra muerte, ¿somos capaces de «dejar con resignación lo que se nos va quitando, de aceptar el crepúsculo como promesa de una Navidad eterna, llena de luz?.

Otras cruces pueden llevarse voluntariamente -lo más que nos sea posible— por diferentes motivos ascéticos, de los que no podemos ha­blar aquí con detalle. San Vicente, lo mismo que santa Luisa, reco­nocían el valor de estas prácticas, aun cuando recomendasen a sus dis­cípulos que usasen siempre de ellas con discernimiento y moderación.

La finalidad que tienen dichas prácticas es la de ayudar al Misio­nero o a la Hija de la Caridad, a llevar una vida mejor «muriendo», es decir, «viviendo» con mayor plenitud. Como lo dice acertadamente Margaret Miles: «El verdadero objetivo de las prácticas ascéticas no es tanto «dejar» cosas, como reconstruir a la persona». Estas prácticas deben tener un punto de referencia positivo, como, por ejemplo, mejo­rar el servicio a los pobres o la vida de comunidad, o la oración.

En una época en la que se concede tan gran importancia a las pruebas científicas y a los datos experimentales, en un clima en el que se busca ante todo los resultados rápidos y satisfactorios, es indudable que la cruz resulta una «locura». Pero, ¿acaso no ha sido siempre así? Para el cristianismo se trata de un reto permanente: nuestra fe nos coloca «al pie de la cruz», sirviéndome de una expresión muy querida para santa Luisa. Tal es, sin duda, la razón por la que los santos han re­comendado con tanta frecuencia la meditación de la cruz, como fuen­te de crecimiento en la vida espiritual.

¿Es la cruz, contemplada en la perspectiva de la fe en la resurrec­ción, alimento que nos vivifica, como lo fue para los fundadores? ¿Es una fuente de gracia enriquecedora para nuestra vida espiritual?

El mensaje de la cruz será siempre difícil de comprender, aun para los mismos mensajeros que lo proclaman. Aunque sea Buena Noticia cuando se lo considera a la luz de la fe en la resurrección, cuesta un elevado precio al asumirlo todos los días. Comunica vida, pero una vida que pasa por la muerte. Hoy como ayer, se encuentra en el centro de la fe cristiana.

«¡Qué precioso es el don de la cruz! ¡Qué espléndido el contemplarlo!».

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