LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (XIV)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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LA MÍSTICA DEL SERVICIO: CONTEMPLAR A CRISTO EN EL POBRE

Al comienzo del reglamento san Vicente cita el evangelio de san Mateo: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que se os tiene preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer; estuve enfermo y me visitasteis; pues todo lo que hicisteis con uno de esos pequeños, a mí me lo hicisteis». Más adelante, al indicar cómo la sirvientas de los pobres debe darle de comer al pobre le dice que lo haga «como si se tratase de su propio hijo o mejor dicho de Dios, que con­sidera como hecho a sí mismo el bien que se le hace a los pobres».

Encontramos aquí una de las claves de la espiritualidad vicenciana, en la que muy poco se insiste, porque, en el fondo, le tenemos miedo o no nos atrevemos a practicar: se trata de la mística vicenciana. Sin esa mística o si queremos sin la dimen­sión contemplativa, el servicio se asemejará al servicio de cual­quier asalariado, le faltará la dimensión cristológica, en la que tanto insistía Vicente de Paúl a la sirvienta de los pobres.

Meditando y reflexionando en este texto de san Mateo Vicen­te de Paúl llega a esa luz clave de su vida que ilumina todo su caminar, a esa verdad fundamental, de todo cristiano, pero que en Vicente de Paúl tuvo relevancia particular: En el pobre está presente el mismo Cristo. Este es la verdad motriz de Vicente de Paúl. Es la verdad clave de toda su vida. Es una de esas verda­des que configuran toda una vida y la lanzan por los caminos de la santidad. Con la vivencia radical de esta verdad san Vicente se ha convertido en un místico. ¿En dónde encuentra Vicente a Cristo? En los pobres. ¿Quién ilumina a Vicente en el camino de su fe? Cristo encarnado en los pobres. ¿Por qué para Vicente de Paúl los pobres son sus amos y señores? Porque en ellos visuali­za, con los ojos de la fe, al mismo Cristo. ¿En dónde encuentra al verdadero Dios Vicente de Paúl? En todos aquellos que sufren. ¿Por qué los pobres son su peso y su dolor? Porque en ellos encuentra el rostro de Cristo que sufre en ellos. ¿Por qué cuando se deja la eucaristía o la oración por el servicio de los pobres es dejar a Dios por Dios? Porque el servicio de los pobres es un encuentro con Cristo.

Podemos afirmar sin ambigüedades que el centro de su cristo-centrismo está aquí: Cristo se revela, se manifiesta, se encuentra en los más desfavorecidos de la sociedad. «Cuanto hicisteis a uno de mis estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.

Sus palabras son expresión de sus vivencias y éstas son abun­dantes en este sentido. Aquí centra todo el grueso de sus reflexiones cuando motiva tanto a las Hijas de la Caridad como a los misione­ros para entregarse sin reservas al servicio y a la evangelización de los pobres. Porque un servicio y una evangelización sin esta dimen­sión mística serían simples actividades de funcionario, no de una verdadero espiritual, no de un vicenciano.

A un enfermo hay que servirlo con el convencimiento de que él representa a nuestro Señor. Cuando encuentras un enfermo en tu casa en ella tienes un sagrario.

Cuando servís a los enfermos, tenéis que acordaron también de que es a Nuestro Señor a quien representa ese pobre65.

El glorificar y honrar a nuestro Señor es un acto fundamental de la religión y de la fe cristiana. Cuando nos acercamos a los pobres honramos a Jesucristo y contemplamos en ellos la misma sabiduría encarnada de Dios.

«Es menester que sepáis que él está en esos pobres privados de razón lo mismo que en todos los demás. Con esta creencia tenéis que ser­virles y, cuando vayáis a verlos, alegraos y decid dentro de vosotras mismas: «Me acerco a esos pobres para honrar en sus personas a la persona de Nuestro Señor; voy a ver en ellos a la sabiduría encarna­da de Dios que quiso pasar por tal, sin serlo efectivamente».

El acto de adoración está en el mismo origen de nuestra fe y es una actitud básica de nuestro comportamiento como creyentes y cristianos. Está en el centro de nuestra vida cristiana.

Pues bien, para hacer que vuestro viaje o lo que vayáis a hacer sea agradable a Dios, tenéis que proponeros adorar a Nuestro Señor en las personas con las que vais a tratar… De esta forma, hijas mías, si os portáis como hemos dicho, os bendecirá Nuestro Señor por fuera, os bendecirá por dentro, os bendecirá en todo lo que hagáis.

Los pobres son los miembros que poseen un honor supremo, porque ellos representan al mismo Hijo de Dios, encarnan la máxima dignidad de Cristo, son los lugartenientes de Dios, son los vicarios de Cristo, son sus verdaderos iconos.

«El primer motivo, dijo una hermana, es que los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que considera los servicios que se les hacen como hechos a él mismo (Mt 25,40). El segundo, que las almas de los pobres tienen en sí la imagen de Dios, y por consiguiente tenemos que honrar en ellos a la Santísima Trinidad. El tercero es la recomendación que el Hijo de Dios nos ha hecho con sus palabras y ejemplos; para demostrarles a los dis­cípulos de san Juan que era el Mesías, les dijo que los pobres eran evangelizados y los enfermos eran curados».

Servir a los pobres contemplando en ellos la imagen del Hijo de Dios es fuente de felicidad, porque se hace a Cristo, realidad invisible, los que se hace a sus miembros, los pobres, que son sus representantes.

¡Qué felicidad, hijas mías, servir a la persona de nuestro Señor en sus pobres miembros! Él nos ha dicho que considerará este servicio como hecho a Él mismo. ¡Qué buena hermana, preferir ver a los pobres más que a sus parientes y mirar siempre en su persona a la de Jesucristo! ¡Bendito sea Dios por siempre!

Para san Vicente Jesucristo se siente identificado con los que sufren, con los que están en la cárcel, con los enfermos y Él sufre con su sufrimiento.

Acordaos de que es Nuestro Señor a quien hacéis ese servicio, ya que Él lo considera como hecho a sí mismo: «Estaré a su lado en la desgracia» (Sal, 90, 15) dice hablando de los pobres. Si él está enfermo, yo también lo estoy; si está en la cárcel, yo también; si tiene grilletes en los pies, los tengo yo con él. Y otra razón es que tenéis que mirar a los pobres como si fueran vuestros amos.

Y partir de aquí Vicente saca una conclusión, profundamente querida por él: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres». Esta no es una verdad cualquiera. Es una verdad arraigada en lo más profundo de su ser, que constituye la misma esencia de su fe. Es una verdad palpable, verificable, experimenta­da por él mismo. «Y esto es tan verdad como que estamos aquí».

Pero hay texto muy conocido, que ya es un clásico en este tema, que manifiesta con una fuerza inusitada la convicción de san Vicente, una convicción que trata de trasmitir a las Hijas de la Caridad, porque está convencido que es la única manera de reali­zar uno de los elementos fundamentales de su espiritualidad. De esa verdad no se puede dudar. Es una de esas certezas fuerza, es el mayor dinamismo espiritual de servidora de los pobres, es el la convicción motriz que libera energías para la entrega sin reservas a Dios en el servicio de los pobres.

Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta ver­dad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan segu­ro, porque nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a él mismo73.

¿Cuál es el camino para encontrar a Cristo, para descubrirlo, para llegar a Él? Son los pobres, los hombres que sufren, los que padecen. El Cristo de Vicente se encuentra en el enfermo, en el preso, en el galeote, en el niño abandonado, en las víctimas de las guerras religiosas de su tiempo.

El pobre era para san Vicente la presencia cuasi sacramental de Cristo. Ahí radica la dignidad del pobre. San Vicente se encontró con Cristo encarnado y presente en el pobre, desde los primeros años de su transformación espiritual, ya en el regla­mento de Chátillon. Era uno de esos dinamismos vitalizadores de la inmensa actividad desplegada a lo largo de su vida. Esta es la explicación más lógica de esa aplicación genial de Vicente de que ellos son nuestros amos y señores.

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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