LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (VIII)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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EL PERFIL DE LA SIRVIENTA DE LOS POBRES

Dicha cofradía tomará el nombre de Cofradía de la Caridad, a imi­tación del hospital de la Caridad de Roma. Y las personas de las que está compuesta principalmente llevarán el nombre de sirvientas de los pobres o de la Caridad.

Las sirvientas de los pobres es el nombre que se ha inventa­do san Vicente para caracterizar a los miembros de cofradía de la Caridad. Podríamos hacernos una pregunta. ¿Por qué las llama sirvientas de los pobres? Podríamos encontrar respuestas muy variadas. Pero fijémonos en una, que desde mi punto de vista, puede ser la más acertada.

San Vicente sirvió a una familia de las más encumbradas de la sociedad de entonces, es decir, fue un servidor o un sirviente de la familia Gondi. Era una familia de la alta aristocracia. Fue un servidor más entre los servidores de aquellos palacios en donde vivían. San Vicente aprendió en casa de los grandes, por ejemplo en casa de los Gondi, a tratar a esos señores. El respeto, la sumisión, la obediencia, la atención esmerada, eran valores que encarnaban al buen sirviente, al buen servidor, que vivía en el palacio. El servidor tenía que estar siempre a disposición del señor y a cumplir su voluntad. Todos los honores eran para el señor. Es interesante lo que decía, años más tarde, a las Hijas de la Caridad»:

«Os quiero decir, para excitaros a la práctica de la santa obediencia que, cuando Dios me puso al lado de la esposa del señor General (Señor de Gondi, Margarita de Silly), me propuse obedecerla como a la santísima Virgen; ¡y sabe Dios cuánto bien me ha hecho esto!». Mirad, hijas mías, os voy a hablar con confianza. Cuando Dios quiso llamarme a casa de la señora generala de las galeras, yo miraba al señor general como a Dios y a la señora generala como a la santísima Virgen. Si me ordenaban algo, les obedecía como a Dios y a la santísima Virgen; y no me acuerdo de haber recibido nunca sus órdenes, más que como venidas de Dios, cuando el señor general el que me mandaba algo, y de la santísima Virgen, cuando era su esposa; no sé por la gracia de Dios, que haya obrado nunca en contra de eso. Me atrevo a decir que, si Dios ha querido conce­der alguna bendición a la Compañía de la Misión, creo que ha sido por la obediencia que siempre tuve para con el señor general y su señora y por el espíritu de sumisión con que entré en su casa. ¡Glo­ria a Dios por todo ello, y para mí la confusión!.

Puede ilustrarnos algo contemplar la relación entre los gran­des señores y los campesinos en la Francia del siglo XVII, tal como la describe Pierre Bourbet: «El señor es aquel cuya supe­rioridad y preeminencia son incontestables… Superioridad cuyo origen, para un campesino, se pierde en la noche de los tiempos, lo que la hace tanto más segura, si no sagrada, y le parece vincu­lada a la naturaleza de las cosas y a todo el paisaje que le rodea.

Por la naturaleza misma, y al menos en el orden civil, el señor es el primero en todas partes. El primero de la aldea, el «primer habitante» como se dice a veces, lo que le sirve para justificar una parte de su derechos, y le proporciona naturalmente toda suerte de honores tributados con más o menos de buen grado».

Pues bien San Vicente quiso aplicar a los pobres todos los honores que se debían en aquella sociedad a los grandes de este siglo. Para la visión de Vicente de Paúl el pobre era el gran señor, aquel que merecía obediencia, sumisión, atención esmerada, cui­dados extremos, respeto profundo. San Vicente realizó una inver­sión de valores. A ellos los llama nuestros amos y señores, aunque esta expresión no es original de él. Y al amo y señor ¿qué se le hace? Se le sirve incondicionalmente, se le entrega todo lo que es y tiene. El amo y señor es el primero, es el que merece todos los servicios, al que se le tributan todos los honores.

Había que servirlos como a los grandes señores que él cono­cía perfectamente. Desde este momento los grandes, los nobles, los poderosos a los que hay que servir tienen un nombre: los pobres. A ellos hay que manifestarles los mejores detalles. Y eso es lo que tiene que hacer la sirvienta de los pobres. No lo hace por miedo, o por un salario, sino por amor.

Este es el trasfondo sobre el que se yergue la vida y la obra de san Vicente de Paúl a favor del pobre, al comienzo de esa intrahistoria que es su vida espiritual y de servicio al pobre en nuestro santo fundador e inspirador.

Escuchemos a Ibáñez Burgos: «Tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac hacen una aplicación complementaria partien­do de la realidad sociológica. Ellos conocían, por experiencia, la relación entre los amos y sus sirvientes en las casas de los gran­des. Sabían que esos señores aristócratas eran, con frecuencia, exigentes, caprichosos, injustos y desagradecidos. Pero sus sir­vientes, en la mayoría de los casos, les atendían con esmero y hasta con cierto cariño. Ahora, los amos, muchas veces duros, de los laicos, en la que frecuentemente el sacerdote está obligado a incensarle, es una especie de semidios viviente. Es el primero en el orden de las sepulturas, siempre en la iglesia, en la que tiene frecuentemente lugar reservado para la sepultura. En ciertos lugares ejerce incluso el derecho de patronazgo, es decir, elige al sacerdote. Frecuentemente sus armas está pintadas a media altura a lo largo de los muros interiores de la iglesia, a veces en el exterior», exigentes, groseros y desagradecidos, van a ser los pobres, y los vicencianos y vicencianas van a ser sus sirvientes, no por miedo o por sueldo, sino por amor y porque, a la luz de la fe, descu­bren en los oprimidos a un Cristo que llama al amor solidario y efectivo».

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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