La autoridad de las hermanas sirvientes

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 2015 · Fuente: El autor.
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Introducción

hermanas sirvientesEs fácil que el tema nos sugiera una pregunta y un sentimiento. La pregunta, ¿por qué tratar este tema cuando hay infinidad de asuntos más preocupantes para las Hijas de la Caridad y para la humanidad, como son el paro, la deuda externa de las naciones pobres, la inmigración, las mujeres maltratadas o el aumento de la desigualdad entre ricos y pobres? Y es cierto, pero la vida diaria puede hacer feliz o infeliz a una Hija de la Caridad, y en la vida comunitaria de cada día la Hermana Sirviente tiene una influencia especial. El sentimiento, ¡ya es hora de abandonar, siquiera por un momento, la menoscabada virtud de la obediencia y preocuparnos del olvidado carisma de autoridad!

Hablo del carisma de autoridad y no del poder, que en tiempo de san Vicente y santa Luisa era absoluto, pero que comenzó a ser dinamitado por la ilustración un siglo después de morir los dos santos. Con la ilustración comenzó el proceso moderno de emancipación, secularización y autonomía de la conciencia individual que produjo una crisis en la autoridad eclesiástica.

La Iglesia y la Compañía que debieran haber recibido este proceso como una liberación que les facilitara mostrar una nueva imagen, lo rechazaron frontalmente dando la impresión de ser unas instituciones puramente anti todo progreso, arcaicas y ancladas en un sistema caduco que tiende, como analizaba Hobbes, a imponer continuamente su voluntad de poder expansionista1.

La autoridad es buena y necesaria, lo que puede llegar a ser malo es querer ejercerla de una manera impositiva, excediéndose en sus atribuciones y obligando a cumplir su autoridad a base de mayor autoridad. Solo ultimamente parece que la Iglesia se ha percatado que los ciudadanos, incluida la juventud, no están dispuestos a someter su voluntad a una autoridad que les quiera restringir su libertad o impedir disfrutar los placeres por los caminos que mejor les convengan. También la Compañía ha advertido esta situación y quiere purificar el ejercicio de la autoridad tal como lo exponía santa Luisa y lo exponen las Constitucionesm, recordando que Jesús era reconocido por la gente como quien tiene autoridad por sí mismo para imponer, pero que, sin embargo, sólo se impone a la naturaleza, a los demonios y a las enfermedades2.

Aunque nos parezca una ilusión, la autoridad ejercida en las comunidades debiera servir de aliciente para descubrir una forma de autoridad distinta de los llamados poderes seculares. Y sería evangelización, si la comunidad pudiera servir de modelo a la sociedad para que encuentre un equilibrio entre autoridad y obediencia, entre poder y libertad.

Autoridad y comunidad

La autoridad es una potestad inherente a la Hermana Sirviente que, hablando humanamente, ocupa el papel que en los grupos sociales desempeña el líder. A la superiora se le puede aplicar muchos de los aspectos que los sicólogos y sociólogos atribuyen a los líderes, entre ellos el de considerar la autoridad no como un poder que posee la superiora, sino como un modo de relacionarse con las compañeras en plan de igualdad.

Hablando desde la fe, la autoridad es un carisma que le concede el Espíritu Santo a la Hermana Sirviente para dirigir y animar una comunidad. Y si es un carisma, se concede en bien de la comunidad. La Hermana Sirviente solo tiene autoridad para el ministerio que le ha sido encomendado: procurar la unidad en la comunidad y conducirla a “servir corporal y espiritualmente a Jesucristo en los pobres con humildad, sencillez y caridad”. Lo cual implica una serie de derechos y obligaciones que son exclusivos de todas las Hermanas Sirvientes.

Las constituciones de la Compañía de las Hijas de la Caridad, siguiendo el evangelio, dicen: “La Compañía de las Hijas de la Caridad reconoce que toda autoridad constituida en la Iglesia procede de Dios” (C 60). El Código de Derecho Canónico afirma que los superiores “hacen las veces de Dios” (cn. 601) y el Concilio Vaticano II que “representan a Dios” (PC. 14). Ciertamente Dios es la fuente de la autoridad, pues nadie tiene poder si no se le hubiese dado de arriba (Jn 19, 11). Pero actualmente se extiende la idea de que Dios no es la fuente inmediata. La autoridad que le viene de Dios a la Hermana Sirviente, le llega “a través de la comunidad”3. Según esta mentalidad, el Espíritu Santo no da directamente el carisma de autoridad a la persona nombrada, sino que se lo da a la comunidad para su propio bien, y ésta lo cede a la persona elegida o nombrada por los superiores. Aunque no se pueda aplicar en su totalidad a las Hermanas Sirvientes, conviene recordar que el Derecho Canónico dice que “los superiores han recibido de Dios la potestad por medio del ministerio de la Iglesia” (cn. 618). La misma mentalidad parece tener santa Luisa, cuando le dice a una Hermana Sirviente: “¿No debe usted tener siempre ante los ojos, cuando ordena algo, que es la obediencia la que se lo hace hacer y no que tenga por usted misma derecho a mandar?” (c. 15).

Sea como sea, santa Luisa aseguraba que la Hermana Sirviente y las compañeras tienen que buscar activamente conocer la voluntad de aquel que les ha confiado la misión, y pone por modelo a san Vicente, que se esfuerza siempre por el bien de la Compañía para que pueda cumplir la santísima voluntad de Dios (c. 335)4. Y la Hermana Sirviente sólo podrá exigir la docilidad de las compañeras en cuanto busca la voluntad de Dios que se manifiesta por los superiores. Pues es una práctica en la Compañía que las Hermanas permanezcan sumisas a la divina Providencia (c. 426), de tal manera que aceptan un destino concreto porque ha sido la santísima voluntad de Dios la que las ha puesto donde están y es para cumplirla por lo que deben trabajar allí, como lo haría el embajador de un rey (c. 202).

Por estar sometida a la voluntad de Dios debe escuchar y respetar las opiniones de las Hermanas, aunque sean contrarias a las suyas, pues en ellas puede descubrir la orientación del Espíritu Santo. Idea que debía tener muy grabada santa Luisa en su mente, pues un día, a solas, se preparó para repetir en una conferencia que los superiores y las Hermanas Sirvientes son la mediación a través de la cual Dios manifiesta su voluntad a la comunidad (E 62).

Autoridad y libertad

La autoridad de la Hermana Sirviente objetivamente ata la libertad de las compañeras, que sólo quedan liberadas, sin salirse del yugo, a través de la búsqueda en común de la voluntad divina; es decir, a través de la obediencia que al ser voluntaria no imposibilita la opción. Es la mentalidad que se propuso inculcar santa Luisa a sus hijas, ya desde los orígenes, cuando todavía se llamaba superiora y no Hermana Sirviente, como aparece en una carta de 1639 sobre las relaciones de la superiora y su compañera (c. 15).

Con el realismo de conocer el poder absorbente del mando, hay que confesar que en toda comunidad existe una tensión natural entre autoridad y obediencia, como la hay entre dos derechos: el derecho divino de la autoridad a dirigir una comunidad, y el derecho humano a la libertad de conciencia dado por Dios5. Del equilibrio entre los dos derechos depende la marcha coherente de la comunidad. Cuando la tendencia al predominio es de la autoridad puede llegarse al absolutismo y a la anulación de las personas, que se sienten inutilizadas e infelices. La autoridad ha olvidado la variedad de dones del Espíritu Santo y se ha preocupado por medio de su autoridad, como en el pasado, de buscar soluciones inmediatas y seguras a los problemas que se presentan. Si prevalece el derecho a la libertad, es fácil caer en un individualismo que engendra ruptura de la unidad comunitaria, bajo capa de madurez personal, que en el fondo no es nada más que impedir avanzar a la comunidad. Si todo grupo humano necesita a alguien que unifique, guíe, ponga orden y dirija las respuestas a las preguntas que se planteen, el equilibrio viene cuando las personas responsables aceptan la autoridad y cuando la autoridad no impone, a no ser para obligar a participar a todos los miembros en la marcha de la comunidad.

Competencia carismática de la Hermana Sirviente

La comunidades vicencianas fueron instituidas para liberar a los pobres. Para desempeñar su misión se requiere que la Hermana Sirviente sea competente, que tenga una competencia religiosa, tal como la exponía hace años J. B. Mertz: “Me parece que hoy es más decisivo que nunca demostrar la legitimación social de la autoridad eclesial a base de una competencia que, para abreviar, llamaremos “competencia religiosa”, una “autoridad de testimonio con fuerza de irradiación sobre la vida social y eclesial”6.

La competencia carismática o religiosa es una fuerza moral para hacer crecer la comunidad, dando a la autoridad religiosa la función de animadora más que de mando. Porque una de las funciones característica de la Hermana Sirviente es comunicar a la comunidad un impulso evangélico para que renueve continuamente el entusiasmo espiritual de servicio. La Hermana Sirviente necesita para ello unas cualidades o disposiciones personales y religiosas, tal como las exponen las Constituciones de las Hijas de la Caridad siguiendo a santa Luisa. La altura a la que eleva el listón la señorita Le Gras sabemos que nunca se alcanzará. Y ella misma lo sabía, como lo manifiesta en el Consejo del 11 de junio de 1654, cuando, espantada de las condiciones que exigía san Vicente a las Hermanas, le dijo: “Padre, es muy difícil encontrar Hermanas que tengan todas las condiciones que usted dice”. “Mire, Señorita, —dice el santo es menester que las tengan, o que les falte muy poco… Padre, dijo la señorita, si encontrásemos personas que diesen esperanza de adquirir con el tiempo todas esas disposiciones, creo que no estarían mal” (X, 810).

La autoridad en la Compañía de las Hijas de la Caridad hay que considerarla como una revolución en el siglo XVII, si tenemos en cuenta que era la época del absolutismo intentado, logrado y contestado de Richelieu y Mazarino. Era un siglo en que las gentes consideraban normal una sociedad piramidal del poder y de la autoridad, estructurada para que una persona de rango inferior no mandara a otra de categoría superior en lo civil y en lo religioso, fuera y dentro de los conventos. Al estar la Compañía integrada por chicas del campo sin cultura y muchas de ellas analfabetas, las razones para nombrar una Superiora ya no podían ser los títulos nobiliarios ni la categoría de la familia a la que pertenecían, sino las cualidades personales de la Hermana y las necesidades de los pobres o de la comunidad. Aquí se encuentra el motivo por el que el señor Méliand, Procurador General en el Parlamento del Reino, no quería dar su aprobación a las Cartas Patentes del rey para que las ratificara el Parlamento7: él veía que las estructuras de la Compañía eran demasiado suversivas para la sociedad de entonces, que nunca había sido así en Francia (c. 320), ya que en la Compañía todas las Hermanas tenían la misma categoría. Y esto, según santa Luisa mejoraba la marcha de la comunidad: “El bien que puede acarrear a la Compañía es que las Hermanas se acostumbren a someterse unas a otras; y que aquellas que parecen tener alguna autoridad sirvan de ejemplo” (c. 229).

Leyendo las cartas y reglamentos de santa Luisa de Marillac a las Hermanas, nos convencemos de que en su mente había un sistema bien estructurado sobre la importancia que tiene la Hermana Sirviente en el gobierno y animación de la comunidad y que aparece modernizado en las Constituciones actuales. En un preámbulo imaginario, sacado de sus cartas, nos enseña que dirigir una comunidad supone el principio de amistad del que habla Jesús: “ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15,15). La Hermana Sirviente y las Hermanas de la comunidad, quieren lograr la convivencia agradable de un grupo de amigas que se quieren. En este empeño la Hermana Sirviente se convierte en una líder carismática, poniendo fuego en el corazón de sus compañeras.

Al servicio de las compañeras

La Hermana Sirviente es la líder que conduce la comunidad hacia un servicio eficaz y cordial de los pobres y hacia una convivencia de amor. Para mejor alcanzarlo, los evangelios les recuerdan un consejo de Jesús: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”8. El Concilio Vaticano II lo sintetizó en una frase: Los superiores “ejerzan su autoridad con espíritu de servicio a sus hermanos” (PC. 14). Consejo que tienen en cuenta las Constituciones cuando afirman que “autoridad y obediencia se viven como un servicio que une a todas las Hijas de la Caridad en un clima de confianza y de diálogo” (C 31b), y recalca que, “aunque la Hermana Sirviente tiene poderes propios”, ostenta el mando “como un servicio, a imitación de Cristo Servidor” (62a)9. Ideal que tiene en cuenta la mentalidad de santa Luisa cuando afirma que las Hijas de la Caridad son sirvientas y a la superiora le da el título de sirviente por antonomasia: “Porque debemos saber, querida Hermana, que el nombre de Sirvienta de nuestras Hermanas que la divina Providencia nos hace llevar, nos obliga a ser las primeras en la práctica de las verdaderas y sólidas virtudes de humildad, tolerancia, trabajo y exactitud a nuestras reglas y prácticas de la Compañía; debiendo creer que estamos en deuda con todas y obligadas a servirlas de ayuda espiritual y temporal” (c. 580).

Santa Luisa no hace nada más que seguir la sugerencia que les hizo san Vicente en una conferencia de junio de 1642: “Quiero deciros que uno de estos días, estando en un monasterio de las Anunciadas, me parece, vi que a la superiora la llamaban ancela. Esto me hizo pensar en vosotras. Esta palabra ancela, mis queridas hermanas, viene de la palabra ancilla que quiere decir sirvienta; y es la cualidad que la santísima Virgen tomó cuando dio su consentimiento al ángel para el cumplimiento de la voluntad de Dios en el misterio de la Encarnación de su Hijo; lo cual me ha hecho pensar, mis queridas hermanas que, en adelante, en vez de llamar a las hermanas superioras con ese nombre de superioras no utilizaremos más que la palabra de hermana sirviente. ¿Qué os parece?; les dijo nuestro queridísimo Padre a algunas de las hermanas. Y su proposición fue aceptada” (IX, 81).

Sirvienta es la que sirve a las Hermanas y también la que les es útil. Ambos sentidos de servir y ser útil, implican que la Hermana Sirviente sea humilde y exacta en cumplir las normas comunitarias, así como tolerante con la diversidad de caracteres. El sentimiento de ser una sirvienta de la comunidad debe llevarla a estar al servicio de los pobres, ciertamente, pero también de las compañeras, como decía santa Luisa: “¡Si supiéramos lo que es el cargo de Hermana Sirviente! ¡Qué humilladas nos veríamos cuando nos lo confiaran, considerándonos ser el fardo de la casa que todas tienen que soportar; viéndonos también obligadas a servir en todos los oficios de la casa con nuestro cuidado, a dar buen ejemplo en todo, y si lo hiciéramos bien, a tomar para nosotras los restos de las demás, llevándolas a todas en el corazón! Tratemos de entrar en estas santas prácticas; prefiramos la voluntad de nuestras Hermanas a la nuestra cuando aquélla no es contraria a la santísima voluntad de Dios” (c. 557).

En una palabra, ser ejemplo animador en el convivir difícil, sin querer sobresalir por encima de las compañeras ni acumular cargos y trabajos que la inutilicen para acoger a las Hermanas. Para expresarlo de una forma que les atraiga más vivamente la atención, santa Luisa emplea las metáforas de Buen Pastor, sacada del evangelio, y de madre, descubierta en la naturaleza femenina. Las dos metáforas encierran aspectos diferentes de las disposiciones de una Hermana Sirviente que es y se siente ante Dios la principal responsable de la marcha de la comunidad.

Buen Pastor

La metáfora del Buen Pastor sugiere una entrega sacrificada hasta arriesgar la vida por las Hermanas a semejanza de Jesucristo, porque, aunque no siempre tenga ocasiones de exponer la vida, no le faltarán situaciones que le exigirán matar su voluntad o romper sus inclinaciones y pasiones para animar a las Hermanas a vivir en la estrecha unión de la verdadera caridad de Jesús Crucificado (c. 119).

Santa Luisa remata una idea que ha meditado en la oración (E 21, 98): que la voluntad libre es lo que constituye la persona, que es la libre voluntad la que define a una persona y la establece en persona. Por ello, exponer la vida por las compañeras se reduce, en la vida diaria, a sacrificar su voluntad en bien de la comunidad. El primer paso es olvidar sus intereses personales y sobreponerse a los cambios de ánimo. Y tanto le preocupaba que lo presentó en un Consejo10. Aunque nos parezca duro y hasta pueda hacer temblar a las Hermanas Sirvientes actuales en una época en que el individuo y la libertad personal están de moda, santa Luisa proponía que “las que tienen cuidado de otras, como si fueran insensibles, no deben pensar ya en su propia satisfacción” (c. 116).

La imagen del Buen Pastor que conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre es una imagen de constante actualidad que ofrece a la Hermana Sirviente motivos para conocer las diferencias personales y las peculiaridades individuales de cada compañera, observándolas y tratándolas, como se expresa a lo largo de las Constituciones: en un clima de confianza y de diálogo…, favorece el diálogo con cada una de sus compañeras…, debe estar cercana a las Hermanas para comprenderlas, conocer su vida, poder escuchar con ellas las necesidades de los pobres y buscar los medios para remediarlas11.

Madre

La imagen de sirvienta que puede evocarnos la figura ya anticuada y superada de criada, queda paliada con la representación entrañable de madre, si la tomamos en su sentido natural, como la tomó santa Luisa cuando le escribía a su amiga Sor Bárbara Angiboust que debía ser para su compañera más madre que las madres corporales y tratarla de una manera cordial y tolerante en sus debilidades, teniendo cuidado de su salvación y perfección, pues también las Hermanas Sirvientes cometen fallos. Pero, sobre todo, porque la autoridad, el derecho a mandar no le proviene de ella misma, sino de la obediencia al nombramiento, cuando aceptó la carga (c. 15).

Las Constituciones ni una sola vez llaman madre a la Hermana Sirviente. Es un acierto, porque la realidad, no la imagen, de madre en la actualidad ha sido muy criticada. Hoy todo el mundo rechaza, como peyorativo, el paternalismo, y la autoridad también puede caer en el maternalismo de una mujer bondadosa que crea un clima para vivir en armonía y un ambiente de buenas relaciones. Es una persona cálida y humana, a quien nadie se le enfrenta porque está llena de bondad, pero corre el peligro de tratar a las compañeras como hijas pequeñas y necesitadas de protección, que poco a poco se van acostumbrando a una especie de infantilismo. A la larga, las compañeras le exigirán más coraje en el servicio y más energía para hacer más creativa a la comunidad. Por ello, la idea que rezuman las Constituciones por considerarla más actual es la de amiga y compañera.

Con todo, hay que defender a Luisa de Marillac que escribía en una época en cierto modo paternalista y casi feudal. El amor maternal, además, fue una necesidad en ella porque experimentó lo que significaba carecer de madre durante su niñez y ansiaba saborear sus virtudes para mostrarselas a su hijo, sin padre desde los doce años. Sintió la sensación de abandono, siendo una niña, y la carencia de cariño, y sabía lo que era sufrir por no sentirse amada ni tener unos padres a los que poder amar.

No se puede rechazar la imagen de madre, porque haya sido degradada por un exceso de maternalismo. De la analogía de madre se concluye que si la Hermana Sirviente es consciente de su maternidad, tiene la conciencia de entrega a los pobres y a la comunidad, que es lo que pretendía la santa. Si la figura del Buen Pastor nos parece un tanto divina y nos evoca al Hijo de Dios en el evangelio, la imagen de madre parece más humana. El calor y el cariño maternales sensibilizan el lenguaje áspero del vocablo sirvienta. Al añadir santa Luisa la ternura sacrificada de una madre a la solicitud de la sirvienta, pretendió dar calor humano a las relaciones entre la autoridad y unas Hermanas adultas.

El símbolo maternal es típico para indicar el corazón de una mujer hacia su hija a la que, siempre la aguanta y la ama con ternura. Tal vez se preferiría hablar de amiga más que de madre. Pero la madre guarda en su corazón un amor más inquebrantable. Para ser amigas el amor tiene que ser mutuo. Si una de las dos no quiere, nunca podrán ser amigas, mientras que la madre siempre es madre y la amará como madre, aunque la hija no quiera o la rechace. Así debe ser la Hermana Sirviente para sus compañeras. El amor de amigas suele romperse, el de la madre nunca.

Una carga pesada

Y sobre todo, viene bien ser una madre, porque dirigir a las otras es una carga pesada (c. 540), y las compañeras tienen obligación de ayudarla “a fin de que el trabajo que les damos con nuestras miserias les sea útil para su salvación y Dios sea glorificado y nosotras humilladas” (c. 398), porque “siempre tendrán bastante trabajo con soportarnos, unas veces por nuestro carácter y otras por la repugnancia que les da la naturaleza y el espíritu maligno” (c. 331). Todo dependerá de los ojos con los que se la mire. De ahí nace el principal deber de una Hermana Sirviente, el de tener “bastante generosidad para llevar este peso y para ayudar a las Hermanas a mirarlo como a yugo del Señor, y bastante mansedumbre y tolerancia para tratar a su mundo sin pasión” (c. 608).

¿Por qué tanta insistencia en recalcar santa Luisa unas virtudes y condiciones que nos suenan a tener aguante? Sencillamente porque para ella el cometido de Hermana Sirviente más que un cargo es una carga, es un yugo. Las Constituciones con un lenguaje más actual dice un servicio, pero todo servicio es una carga. Aunque todas las personas buscan, por instinto, el honor y el poder, el puesto de Hermana Sirviente no es un puesto de poder o de honor, pues se obtiene unicamente por la obediencia, dice la Santa. Ocupa un puesto en el organigrama de la comunidad y no un sillón artificial que se ha introducido como algo reverencial. Tampoco es un privilegio ni una recompensa a ciertas cualidades o trabajos realizados ni, por lo tanto, hay que considerar un fracaso o una injusticia cesar en el cargo, aunque duela humanamente. De acuerdo con las ideas de santa Luisa hay que asumir la mentalidad de que el puesto de Hermana Sirviente no es vitalicio en forma de rotación de una a otra comunidad; lo aconseja el canon 624 & 2 y lo prohíbe el Estatuto 64 c: “Una Hermana que haya desempeñado el oficio de Hermana Sirviente durante doce años consecutivos no podrá ser nombrada inmediatamente para otros cargos de gobierno, a excepción de un caso de necesidad real a juicio de la autoridad competente o si se trata de cargos de gobierno a nivel provincial o general”.

Santa Luisa retrata la carga de la Hermana Sirviente con tres imágenes que solamente con leerlas nos hacen temblar, pues suenan tremendamente duras al oído: fardo, yugo y mulo, con la salvedad de estar escritas en la sociedad del siglo XVII: “Espero, Hermana, que habrá abrazado con gran sumisión de espíritu el yugo, que le ha dejado la divina Providencia, ya que es el señor Vicente quien nos ha ordenado la dejemos a usted. Entre, pues, de nuevo con gran humildad y desconfianza de usted misma, recordando la enseñanza que el Hijo de Dios nos ha dado al ordenarnos que aprendiéramos de El a ser mansos y humildes de corazón. Entre usted con el mismo espíritu que le hacía decir que no había venido al mundo para ser servido sino para servir; y escúchele gustosa decirnos que quien se humilla será exaltado y que el que sea el mayor se debe hacer el más pequeño para ser grande delante Dios. En fin, querida Hermana, véase como el mulo de la casa que ha dé llevar toda la carga, y así será cuando trate a las Hermanas con tolerancia y dulzura, ocultándose a usted misma sus faltas para ponerse ante los ojos las suyas propias, advirtiéndoles caritativamente sus fallos en el momento en que les sea más útil, no mostrando jamás tener un afecto particular, sino tratándolas de tal suerte que todas crean que son amadas y toleradas por usted” (c. 118).

Para interpretar bien esta carta, conviene reflexionar su contexto: Sor Magdalena había sido retirada de Hermana Sirviente de Angers por unos meses y sustituida por Sor Turgis, a quien los Superiores consideraban más capacitada para avivar la comunidad. Después de unos meses la nueva responsable terminó de encauzar y reavivar la comunidad, y Sor Magdalena volvió de Hermana Sirviente. Aprovechando esta circunstancia, la Superiora Luisa de Marillac, expone la naturaleza y el papel de la Hermana Sirviente: el cargo es un yugo que unce pesadamente a la comunidad y a la Hermana Sirviente que se soportan por una dura necesidad. De ahí que la Hermana Sirviente venga a convertirse en el mulo de la casa. Esta situación sólo se puede sobrellevar con humildad, tolerancia, dulzura y amor, convencidas de que “las que tienen cargos han de ser los mulos de la Compañía” (c. 477).

¿Por qué tanta insistencia en resaltar la dureza de ejercer la autoridad? Recordemos lo que dicho anteriormente. La sociedad francesa del siglo XVII era piramidal y esta estructura se reflejaba en los conventos y en las casas de mujeres consagradas, donde los puestos de autoridad o de mando solamente podían ser ocupados por las personas nobles. Es decir, las Hijas de la Caridad, chicas del campesinado bajo, por lo general, recibían el puesto de las nobles, y ser Hermana Sirviente era un honor. Hoy en día parece que todo ha cambiado, que la autoridad en la Compañía vuelve a ser lo que siempre había sido en la Iglesia. En los primeros siglos del cristianismo hubo que obligar a aceptar el episcopado a Cipriano, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Basilio, Juan Nacianceno, Juan de Nissa, etc. Tampoco hoy abundan las Hermanas que aspiren a ser Sirvientes, pues la autoridad ha sido despojada de todos los atractivos mundanos y convertida en un servicio duro y difícil.

Sin embargo, aunque haya Hermanas que rehuyen ocupar el puesto de superiora, y aunque hoy existe una democracia articulada sobre la igualdad de derechos, todavía ser Hermana Sirviente mucha gente lo considera un honor, por eso de tener la autoridad. Y es esa mentalidad la que santa Luisa quiere desterrar de las comunidades, cuando exclama: “¡Si supiéramos lo que es el cargo de Hermana Sirviente! ¡Cómo nos veríamos humilladas cuando nos lo dan, considerándonos que somos el fardo de la casa que todas tienen que soportar!” (c. 557). Maravillosa visión de una mujer inteligente con un sentido práctico de la vida para recordar que “es una máxima que aquellas que ya no están en el cargo deban ser las más humildes y obedientes de la casa” (c. 447). Es decir, aún tiene presencia aquello que decía Platón: “La verdad, sencillamente, se reduce a esto: la ciudad [comunidad] en la que muestren menos deseo de gobernar los que deben hacerlo, será, sin duda, la mejor y necesariamente la más tranquila”12.

Por eso, santa Luisa quiere mostrar —aunque sea de una manera exagerada— el lado más sombrío del cargo, al tiempo que señala la correlación que existe entre la autoridad y las Hermanas tanto para la alegría como para las penas. Aunque no se pretenda, la autoridad, aún entre las Hijas de la Caridad, es siempre un yugo para los súbditos, y la Hermana Sirviente, mujer con sus peculiaridades, es un peso para las Hermanas. El yugo ciertamente supone sujeción y falta de libertad impidiendo trabajar por libre, pero supone también un trabajo compartido y, por lo mismo, más llevadero. La Hermana Sirviente es el yugo que une a todas las Hermanas en el mismo trabajo de servicio y en la misma dirección. Quien se sale del yugo deja de colaborar en el servicio comunitario y obstaculiza que las compañeras sigan colaborando.

Disposiciones de la Hermana Sirviente

Para ser un buen pastor y una madre que llevan una carga pesada, la Hermana Sirviente debe asumir las disposiciones de humildad y de igualdad con las Hermanas, sin olvidar, no obstante, el carisma de autoridad que le ha dado el Espíritu del Señor, y por lo mismo, ser consciente de su responsabilidad.

Humildad que libera o, lo que es igual, la dimensión vicenciana

Es corriente y hasta natural que las palabras superiora y autoridad llenen de orgullo a una persona humana. La Hermana Sirviente es la última responsable del gobierno comunitario, la que tiene la última palabra y al final la que decide; es decir, tiene la autoridad, y la autoridad siempre es considerada un honor que llena de orgullo. No es corriente, pero tampoco improbable, que una Hermana Sirviente se sienta imprescindible en la comunidad bien porque tiene valores bien por el halago de ser nombrada superiora, con la consecuencia normal de atribuirse personalmente los éxitos de todas, o también porque las compañeras depositan sus aspiraciones en la autoridad y ella percibe cuánto espera la comunidad de la Hermana Sirviente. Aunque a veces pueda abrumarse, en el inconsciente cala la idea de que ella es la autoridad de la que no se puede prescindir. Por eso, santa Luisa que había usado el nombre de sirvienta en un sentido análogo para señalar la identidad de la Hija de la Caridad, ahora lo emplea también como realidad para indicar el oficio o la misión que desempeña la superiora de la comunidad: servir. Es su principal función si nos atenemos al crudo significado de “tener los trabajos más fuertes de espíritu y de cuerpo” (c. 331) o de ser “insensibles sin pensar en su propia satisfacción” (c. 116).

La postura de sirvienta le pide una actitud de humildad que le brota a Luisa de Marillac de tres experiencias, dos personales y una social. Las experiencias personales son su carácter orgulloso, del que continuamente se queja y lucha en la oración para dominarlo, debido a la marginación familiar y social que probó desde niña por su nacimiento fuera de la legitimidad. La otra experiencia personal se la inculcó la doctrina renano-flamenca del anonadamiento tan grata a Luisa de Marillac. La experiencia social se la daba el hecho de que todas las personas de origen bajo estaban ansiosas de medrar y de figurar en la sociedad. Y más que las Hermanas particulares, la Sirviente “debe tener humildad para considerarse deudoras de todas y obligada a servirlas” (c. 580); una humildad que la lleve a “desconfiar de ella misma” (c. 116) y a aplicarse ella misma el consejo que da: “Si conociéramos nuestras obligaciones, ¡cómo temeríamos el peso de los cargos que se nos quisieran dar y cómo nos haría emplear con las otras el miedo que debiéramos tener de no servir para nada ni a nosotras mismas, a fin de que el trabajo que les damos por nuestras miserias les sea útil para su salvación y Dios sea glorificado y nosotras humilladas eternamente, como lo merecemos, si no hemos hecho uso de nuestro empleo según la voluntad de Dios!” (c. 398).

A la Hermana Sirviente le es difícil, pero necesario, descender cuatro escalones hasta el humus de la tierra: Primero, reconocer sus fallos y su pequeñez. Segundo, desconfiar de ella misma y confiar en Dios. Tercero, saber rogar más que mandar. Y cuarto, reconocer el dolor que pueden causar sus decisiones y deficiencias. Y mientras desciende se reviste de cuatro sentimientos: admitir que se puede contradecir a la Hermana Sirviente porque ella no siempre tiene la razón; aprender de Jesús que la autoridad es un servicio a la comunidad; preferir el parecer de las Hermanas al suyo, si no se opone a la voluntad de Dios; pero sabiendo que ella es quien lleva el peso de la última responsable. Y al descender los cuatro escalones, la humildad la empapa del lema saber ceder, aunque crea tener la razón, valorando así las opiniones de las compañeras.

Es obligación suya escuchar a las Hermanas y tener en cuenta sus opiniones, aunque sea ella quien tenga la última palabra, pues “mediante el diálogo, se comparten las experiencias, las diferencias quedan atenuadas, se preparan las decisiones” (C. 34), y “exige información reciproca e incluye el derecho de orientación y supervisión, así como la necesidad de dar cuenta” (C. 63b). Es decir, se le exige saber consultar por la sencilla razón de que nadie conoce todo, y aunque lo conociera, ningún hombre o mujer posee las dotes suficientes para resolver todas las situaciones complicadas que se presentan en la vida. Este es el motivo por el que se han instituido los Consejos Domésticos (C. 82f). Si se tienen con regularidad en los tiempos establecidos y se acude a ellos en las ocasiones difíciles, la Hermana Sirviente siempre podrá consultar a las Hermanas.

Pero sin olvidar que el Consejo es un dinamismo consultor y, aunque sea peligroso actuar contra el parecer unánime del Consejo, la Hermana Sirviente puede tener razones que solo conoce ella para no seguirlo. Ella es libre y es quien tiene la autoridad que la hace ser la última responsable de las decisiones.

Se puede afirmar que la frase “pedir consejo” es una de las frases más frecuente en las cartas de Luisa de Marillac. Ella consultaba al P. Portail, al Abad de Vaux y continuamente a san Vicente y, aunque parezca extraño, éste también la consultaba a ella. Todavía conservamos una carta de la señorita Le Gras a su Superior reducida escuetamente a preguntas sobre todos los aspectos de la Compañía (c. 71). No hay reglamento que componga el Superior que no se lo envíe a la Superiora para que lo corrija, lo cual indica que es una consulta efectiva. La mayoría de las cartas entre ambos guardan alguna consulta o respuesta. Santa Luisa hasta reflexionaba las consultas en la oración y luego las escribía para no olvidar las respuestas (E 96). Los mismos consejos que continuamente da a sus hijas en las cartas no son nada más que respuestas a consultas que le habían hecho o que debieran haberle dirigido. Uno de ellos vale para siempre: “Sea breve cuando crea que tiene necesidad de consejo u obligación de darlo; de otra manera una se hace fastidiosa y se desprestigia” (c. 705).

La Hermana Sirviente siempre tiene a quien consultar. Los superiores están a su disposición. Y si el asunto es urgente, a su lado tiene Hermanas interesadas, como ella, en el bien de los pobres y de la comunidad. Puede suceder que la Hermana Sirviente, en un momento determinado, no tenga a nadie capacitado a quien consultar. Santa Luisa saca de la vida de santa Teresa una solución propia de una santa: “cuando nos faltan los hombres, Dios se comunica más abundantemente” (c. 441).

Igualdad o, lo que es igual, la dimensión humana

Una igualdad que lleva a la Hermana Sirviente a decir siempre hagamos, y nunca hagan sin echar mano a la obra, “porque con la primera orden se pone en igualdad con sus Hermanas, mientras que con la última se sale de la igualdad y del trabajo y se aísla en su autoridad” (c. 713). La postura de igualdad con las compañeras en cuanto miembros de la comunidad, se la exigen más estos tiempos que se caracterizan, según Pablo VI, por dos aspiraciones: igualdad y participación, asimilables a las que expone Puebla: comunión y participación13. La igualdad participativa exigida en la sociedad civil bajo el apelativo de corresponsabilidad, obliga a toda la comunidad por Constituciones: “La vida comunitaria establece entre las Hermanas una coparticipación que abarca desde las condiciones materiales de la existencia hasta los compromisos espirituales y apostólicos. Mediante el diálogo, se comparten las experiencias, las diferencias quedan atenuadas, se preparan las decisiones” (C 34). Es así como la comunidad entera elabora el Proyecto comunitario, que santa Luisa menciona con el nombre de Reglamento para cada comunidad. Pero sorprende más la igualdad que proponía santa Luisa ya en el siglo XVII, “una igualdad tan grande que, cuando todo esté bien establecido en la Compañía, se podrá juzgar apropiado que cada año las Hermanas sean Sirvientes una después de otra“ (c. 727).

Duro golpe a la escala social de aquel siglo situado en el honor y sostenido por los órdenes sociales, pero también sorpresa para cierta modernidad que, al exigir un poder rotativo en la sociedad civil y aún eclesial, se cree innovadora. Lo que intentaba primar santa Luisa era el predominio del elemento carismático que debe lucir en una comunidad. Porque si cada Hija de la Caridad no vive en una comunidad animada por el Espíritu de Jesús, quiere decir que no se constituye en comunidad de vida consagrada. El gran peligro de la modernidad consiste en considerar lo jurídico en exclusividad. El elemento jurídico es importante y necesario para que un grupo funcione, pero para que sea comunidad el elemento carismático es imprescindible.

Santa Luisa lleva el sentido de igualdad a la práctica, al escribir sus cartas, con raras excepciones, para toda la comunidad, recordando a la Hermana Sirviente la obliga- ción de leerselas a toda la comunidad reunida, si no indica lo contrario para algún párrafo o para la carta entera. Pues la igualdad es el armazón de la paz comunitaria “que consiste en comunicarse la una a la otra, diciéndose lo que han hecho cuando están separadas; diciéndose también la una a la otra a dónde van, cuando salen: una por obligación de sumisión, y la otra por obligación de tolerancia y complacencia” (c. 482). Como si nada, ha condenado que una Hermana Sirviente no comunique a la comunidad los asuntos que competen a todas, cuando no hay peligro de que los externos lleguen a saberlo (c 495).

La igualdad no destruye la obediencia, como se ve en el Hijo de Dios que, igual al Padre y sin dejar de ser Dios, se hace obediente hasta la muerte, y servidor de los hombres. De igual modo, tampoco la destruye la diversidad de obligaciones, misiones o tareas entre las Hermanas. Así lo afirman las Constituciones con un lenguaje moderno: “Toda Hermana tiene el derecho y el deber de participar en el gobierno según las modalidades indicadas en las Constituciones y Estatutos. En esta misma óptica, cual- quier cargo en la Compañía se considera como un servicio temporal de duración deter- minada. La participación efectiva en las responsabilidades implica colaboración y ejer- cicio de poderes adecuados en todos los niveles de gobierno. Esto exige información reciproca y presupone el derecho de orientación y supervisión, así como la necesidad de dar cuenta” (C. 63).

La palabra democrático se ha introducido en las comunidades, sin embargo algunos teólogos modernos prefieren llamarlo sinodal —caminar con—, pues las comunidades no son democracias ni oligarquías ni monarquías ni repúblicas, al estilo de las sociedades civiles, sencillamente son comunidades donde las Hermanas en colegialidad dialogan al estilo de los sínodos. Se podría aplicar al funcionamiento de una comunidad sinodal lo que decía san Cipriano de la diócesis: Nada sin la autoridad de la Hermana Sirviente, pero tampoco nada sin el parecer de la comunidad.

Autoridad o, lo que es igual, la dimensión vocacional

La tercera postura de la Hermana Sirviente es sentir que es ella quien posee la autoridad sin romper el equilibrio con la libertad de conciencia de las compañeras. Luisa de Marillac podría estar ilusionada por el futuro de la Compañía, pero no era ilusa. Tenía la cabeza en el cielo, pero caminaba con los pies en la tierra. La igualdad que predica para todas es en cuanto Hijas de la Caridad y miembros de la comunidad pero sin exigir la uniformidad que destruiría la diversidad de funciones que desempeña cada una al participar responsablemente en el gobierno de la comunidad. La función de la Hermana Sirviente es gobernar revestida del carisma de autoridad que le da el Espíritu Santo al ser nombrada por los Superiores Mayores (c. 15). Cosa que santa Luisa expresó con la frase sencilla de que “Dios da a los superiores su espíritu” (c. 281), pero que matizó con otra frase tan verdadera como aquella al decir que la autoridad “no se debe ejercer con absolutismo, sino con caridad” (c. 331). Si la Hermana Sirviente abandonara su obligación de dirigir, perdería fuerza y credibilidad. La autoridad se le da para que integre y oriente a la comunidad en su vida y servicio. Pues ella es la llamada por oficio a determinar, con sinceridad y sin pasión interesada, lo que cree ser la voluntad de Dios.

La postura de igualdad y de servicio nunca pueden anular la autoridad, si se quiere mantener la cohesión de la comunidad. Con fina perspicacia, casi ironía, atestigua santa Luisa ambas posturas: “Generalmente todas se sienten muy felices de la condición de sirvientas de los pobres, pero hay muy pocas que puedan sufrir la menor palabra que se les diga con mucha autoridad y aspereza. Por ello nos debemos acostumbrar a rogar y no a mandar, a enseñar con el ejemplo y no con el mandato” (c. 727). Parafraseando a san Agustín, la Hermana Sirviente podría decir: Con vosotras soy Hija de la Caridad, para vosotras soy Hermana Sirviente. Aquello es una gracia, esto una responsabilidad.

Responsabilidad o, lo que es igual, la dimensión profesional

La autoridad da responsabilidad y la igualdad, libertad personal. Y como las Hijas de la Caridad gozan de una libertad que les da su ocupación de andar por las calles (E. 62), son un poco superioras en el servicio. De ahí que cuando vuelven a la comunidad necesitan una autoridad, una cabeza que dirija el grupo para no morir desmenuzado por el individualismo, que ya asomaba en tiempos de santa Luisa en algunas comunidades, como en Richelieu, Saint Germain en Laye, Fontenay les Roses.

Si todas las Hermanas son corresponsables, asumirán los asuntos de la comunidad como propios, evitando la Hermana Sirviente absorber y acumular tareas que puedan hacer las otras. Si el paternalismo es inaguantable en comunidad, el maternalismo es insoportable. Cuando una Hermana Sirviente copa demasiadas tareas o quiere controlar todo sin actualizar la subsidiariedad, va horadando su ánimo, la fatiga se apodera de ella, se desanima y el mal humor aviva la brusquedad que llevamos dentro, los encuentros se hacen molestos y se convierten en tropiezos que hieren. La suspicacia y la sensibilidad convencen que nuestras tareas son las más pesadas y las otras, más llevaderas.

Es cierto que las Constituciones dice que la Hermana Sirviente “tiene poderes propios” y que “es responsable de los bienes temporales de la comunidad”, pero “según las Constituciones y Estatutos, se atiene a las directivas de la Provincia” (C. 82e), que desde el tiempo de los fundadores, propone que puede haber una especie de ecónoma distinta de la Hermana Sirviente14, una o varias Asistentas y un Consejo Doméstico, y donde no lo haya, la comunidad toda compone ese Consejo15. El motivo que pone santa Luisa vale igualmente para la actualidad: Si la comunidad de Hijas de la Caridad es un grupo de amigas que se quieren, todas participan y comparten la vida y el servicio, y todas son responsables de la marcha de la comunidad. La Hermana Sirviente tiene que asumirlo y organizar la vida comunitaria según esta postura.

En las cartas que les envía Luisa de Marillac implica a todas las Hermanas diciendo algo de cada una de ellas. Sin embargo, aclara que, aunque todas sean corresponsables, la Hermana Sirviente es la última responsable con una responsabilidad especial y única para cumplir la misión que Dios ha encomendado a su comunidad16: “el cuidado de esa pequeña familia”. Y las pequeñas dificultades no pueden hacer llorar a lágrima viva, pues es la ignorancia la que hace creer que es un honor y una satisfacción (c. 557).

La obediencia de la Hermana Sirviente

Luisa de Marillac sabía algo de latín y podría haber explicado a sus hijas que obedecer viene de obaudire: escuchar. Una Hermana Sirviente, si quiere ser fiel a su fundadora, se siente impulsada a obedecer [escuchar] la voluntad de Dios que puede manifestarse por medio de las compañeras a las que debe escuchar, como se lo aconsejaba a la Asistenta y a la Hermana Sirviente de Angers. A ésta le pedía que se venciera un poco en sus repugnancias y se pusiera en situación de obedecer, no con un deseo que la tuviese inquieta, sino que le diese paz y serenidad; y a aquella, que temía no poder obedecer teniendo un cargo de mando, la saca de dudas y le escribe: “¡Ah! querida Hermana, tiene usted necesidad de pedir a Dios la gracia de mantenerse en sus debidos límites para no excederse en emprender lo que no debe, y no pensar que está usted ahora más exenta de toda humillación y obediencia que lo estaba antes de que tuviera ese cargo; al contrario, está usted mucho más obligada a ello para dar ejemplo a las demás” (c. 466).

Exigencia para el ejercicio de la autoridad

A la Hermana Sirviente, para que actúe como el Buen Pastor, como madre o como la sirvienta sacrificada de la comunidad, se le pide que sea: mujer espiritual, alegre y liberada. Santa Luisa lo presenta como un camino a andar sin desanimarse ni desfallecer.

Mujer espiritual

La Hermana Sirviente lo es de una comunidad de vida consagrada que incluye un mínimo de organización, de trabajo y de vida en común, pero lo específico es vivir como una enviada de Jesús a los pobres. “Por eso no se puede contentar con ser una mera administrativa, una eficiente organizadora, sino, también y sobre todo, debe ser el ojo, la conciencia y la memoria de las exigencias evangélicas de la vida fraterna y apostólica”17.

La Señorita Le Gras, santa Luisa de Marillac, había experimentado, que una persona humana se siente incapaz de conducir y de animar una comunidad si no está dirigida por el Espíritu Santo. El la guía y le habla y ella tiene que responder. Necesita, por ello, sumergirse en la vida y en el diálogo del Espíritu divino. La vida espiritual no es otra cosa que la respuesta que da cada persona a la acción del Espíritu Santo para que se incorpore a Jesucristo en bien de los pobres18. Al igual que el Espíritu Santo se aposentó en Jesús, como enviado del Padre, así también hace su morada en la Hermana Sirviente, como enviada de Jesús. Por medio de esta mujer, el Espíritu de Jesús, el espíritu de la Compañía, dirige y anima la comunidad, especialmente en el momento crucial de decaimiento comunitario. Es una situación en la que necesita vivir la vida espiritual y activar el don de profecía para denunciar los males y animar a las compañeras a salir de la apatía y avanzar por un camino que han trazado entre todas. La señal de tener el Espíritu Santo son las virtudes de humildad, sencillez y caridad.

La animación de la comunidad es el tema favorito en las cartas de Luisa. Pero una animación que brota de una mujer espiritual que anima a incorporarse a la humanidad de Jesucristo, sirviendo a los pobres y conviviendo con otras Hermanas, a las que advierte cordialmente y en particular de sus pequeñas faltas y las anima a imitar a Nuestro Señor, cuando estaba en la tierra, trabajando en la renuncia de sus propias satisfacciones, en quebrantar sus hábitos e inclinaciones naturales para contentar a Dios sirviendo al prójimo. Debe dar un tiempo a las Hermanas para que le hablen en particular, por lo menos una vez al mes cada una, aunque no sea más que un cuarto de hora, tolerando las faltas que le declaren, compartiendo con ellas las penas que puedan manifestarle, y sin que ni una sola perciba lo que las demás le han dicho (c. 621).

Mujer alegre y esperanzadora

Cuando san Vicente se encontró con la señorita Le Gras, se dio cuenta que era una mujer marcada por algo que la salpicaba de tristeza. En las cartas que le dirigía el santo frecuentemente aparece la frase esté alegre como una pasarela para salir de la angustia y del complejo de culpabilidad. Santa Luisa lo aprendió y lo copió para enseñarles a las Hermanas que no deben llorar, sino alegrarse, porque estén donde estén tienen a Dios con ellas (c. 325).

Una mujer que tiene la misión de dirigir y dar ánimos a otras personas tiene que ser alegre y estar liberada de tantas depresiones como invaden hoy día a las personas estresadas. A pesar de la igualdad buscada por todos y proclamada en todas partes, la Hermana Sirviente es un punto de referencia en la comunidad para lo bueno y lo malo. Su influencia en el ambiente de la comunidad es patente y frecuentemente determinante en el ánimo de las Hermanas. Por ello, no basta que sea alegre, hay que manifestarlo al exterior (c. 659), sin mostrar, por otra parte, más alegría con los de fuera que con las Hermanas. La alegría en la autoridad es un foco de luz en las indecisiones y un alivio en las incertidumbres, contagiando la confianza de tener la clave para solucionar los problemas. Cuando las Hermanas sienten la alegría de una dirigente llena de esperanza, se convencen de que pueden lograr sus aspiraciones. La tristeza es una señal de miedo o de fracaso ante lo difícil y angustioso que es tomar las iniciativas. Lo relativamente fácil es seguir a quien ha iniciado un camino con prudencia, contenta y sin miedo.

En la sociedad falta alegría, esperanza y seguridad. Parece que vivimos en un mundo triste y desconfiado, en el que pueden hundirse las comunidades. Sin considerarlo un canto de sirenas, sino, más bien, un poema profético nos vendría muy bien asimilar la alegría que santa Luisa pedía a las Hermanas Sirvientes: “¿Está usted animada?… Conciba deseos de hallarse en situación de obedecer, pero con un deseo que no inquiete, sino dulce y tranquilo… Dejando sin apenarse el resto al gobierno de Dios… Haga de su parte lo que pueda con mucha paz y tranquilidad para dejar sitio a los designios de Dios sobre usted y no se apene ni preocupe por todo lo demás… La Hermana Sirviente que se manifieste alegre exteriormente”19.

  1. Thomas HOBBES, Leviatán (cp. 11), Alianza Editorial, Madrid, 1989, p. 87.
  2. Mt 7, 29; 8, 26; Mc 1, 22. 25. 25-27; Lc 4, 39.
  3. Clodovis BOFF, El evangelio del poder-servicio. La autoridad en la vida religiosa, Sal Terrae, Santander 1987, p. 33.
  4. Benito MARTINEZ, La Señorita Le Gras y santa Luisa de Marillac, CEME, Salamanca, 1991, p. 136s.
  5. Patrick GRANFIELD, Los límites del Papado, DDB, Bilbao 1991, p. 8 (introducción).
  6. Johann Baptist MERTZ, Las órdenes religiosas, Herder, Barcelona 1978, p. 87.
  7. Para que el Parlamento registrara las Cartas patentes del Rey, se requería que el Procurador General las presentara con la anotación de requiero o consiento que se registren.
  8. Mt 20, 24-28; Mc 10, 41-45; Lc 22, 24-27; Jn 13, 12-15.
  9. Ver Jean GALOT, La Superiora religiosa según el Concilio, Mensajero, Bilbao 1968, p. 24
  10. Consejo del 19 de Junio de 1647 (SV. X, 764)
  11. C 31 d; 36; 62 a.
  12. República, (L. VII, ap. V), Aguilar, Madrid, 19772, p. 781
  13. Octogesima adveniens, n. 22s y 47; Puebla. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, n. 326-329.
  14. c. 332, 388, 402, 552…: E 18, 47…
  15. c. 465, 466. 679, 727; E 42, 43, 44, 48, 73, 91.
  16. c. 15, 115, 116, 118, 177, 191, 207, 331, 398, 403, 441…
  17. Clodovis BOFF, El evangelio del poder-servicio. La autoridad en la vida religiosa, Sal Terrae, San-tander 1987, p. 69 (él lo pone en masculino).
  18. Benito MARTINEZ, La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac, CEME, Salamanca 1991, p. 16.
  19. c. 119, 140, 455, 654, 659.

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