Juan Gabriel Perboyre, primer santo de la Iglesia de China

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

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Autor: Manuel de Unciti · Año publicación original: 1996 · Fuente: Revista "Pueblos del Tercer Mundo", nº 266, Julio de 1996.
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La carta conserva aún, a la distancia de 156 años, unas manchas de sangre. El texto, menudo, apretado, dice así:

«Las circunstancias de tiempo y de lugar no me permiten daros informaciones deta­lladas que podréis conocer por otros conductos.

Llegado a Kou-Tchen-Kieng, me trataron con mucha humanidad todo el tiempo que permanecí allí, pese a que tuve que pasar dos interro­gatorios; durante uno de ellos me obligaron a permanecer arrodillado sobre una cadena de hierro, media jornada, y luego fui colgado en la máquina que llaman hant-sé.

En Ou-Tchnag Fou, he sufrido más de veinte interrogatorios y en casi todos ellos he padecido diversas torturas porque me negaba a revelar lo que deseaban saber los mandari­nes. Si hubiera hablado, se habría desencadenado sin duda alguna una persecución general en todo el Impe­rio. Todo lo que he tenido que pade­cer lo he sufrido expresamente por causa de la religión. En Ou-Tehang­-Fou he padecido diez golpes de hant-sé porque me negué a pisar la Cruz. Más adelante sabréis otros detalles. De la casi una veintena de cristianos que fueron detenidos y llevados conmi­go, dos tercios apostataron pública­mente«.

Esta carta, la última que escribió en su vida, está redactada y firmada por Juan Gabriel Perboyre. Data del año 1840 y, muy probablemente, de los días primeros del mes de septiembre. El vier­nes 11, a eso de las tres de la tarde, su autor moriría en una pequeña colina, fuera de la ciudad. Tenía los brazos, la cintura y los pies atados con gruesos cordeles a una primitiva cruz de troncos de madera… El verdugo le había pasado un lazo por el cuello. Tiró de él una vez hasta casi dejarle sin respiración. Tras unos instantes, volvió a tirar y el ajusti­ciado a punto estuvo de dar el último suspiro. Un tercer tirón, más vigoroso y prolongado que los anteriores, acabó con su vida. ¡La Iglesia de China perdía un misionero excelente! ¡La Iglesia de Chi­na ganaba un mártir! Al cabo de algo más de siglo y medio de estos atormentados sucesos, la Iglesia de China contaría con su primer santo canonizado. El pasado 2 de junio, el Papa Juan Pablo II, inscribió el nombre de Juan Gabriel Perboyre en el elenco oficial de los santos de la Madre Iglesia Católica. La solemne ceremonia tuvo lugar en la amplia plaza que se abre ante la Patriarcal Basílica de San Pedro en Roma. Unos ocho mil miembros de la «Familia Vicenciana» —Padres Paúles, Hijas de la Caridad, Voluntarias de la Caridad, Caballeros de las Conferencias, Juventudes Marianas…— participaron en la exaltación del joven mártir de sólo 38 años que había sido uno de los suyos.

Honraban —ellos, los vicencia­nos, y la Iglesia toda— una diamantina fidelidad hasta la muerte. Un catequista, que tuvo la suerte, y el dolor, de poder colarse hasta la celda de la prisión en que desde hacía meses era torturado el misionero, des­cribe con estas horrori­zadas palabras la condi­ción en que yacía el Pa­dre: «Tenía el rostro hinchado, las carnes desgarra­das colgaban de sus huesos, todos sus miembros eran una llaga, no había en él apa­riencia de hombre«.

No exageraba. De cár­cel en cárcel, de tribunal en tribunal, Juan Gabriel vivió casi un año entero en continuas torturas. La primera de todas, la que más le dolió, sin duda alguna, fue la tortura de su espíritu. Dos «judas«, uno detrás de otro, le habían traicionado. El primero, miembro de la pequeña comunidad cristiana de Hupe, vencido por los tormentos o ganado por halagüeñas promesas, había delatado a sus hermanos en la fe y había dado información sobre la casa en la que se ocultaba el misionero extranjero. Era un 15 de septiembre de 1839. El grupo de los cristianos se había reunido para celebrar la liturgia del santo Nombre de María. Mediada ya la Eucaristía, una voz amiga les avisó que un destacamento de soldados estaba acercándose al pueblo. Pudieron escapar a tiempo; pero allí estaba la traición y esta apostasía de un cristiano fue para Perboyre un tormento agudísimo.

Le seguiría otro de igual tenor. El misione­ro, junto a un puñado de cristianos dispuestos a co­rre la misma suerte que Juan Gabriel, se había escondido entre las malezas de un bosque cercano. Los soldados me­rodeaban por el lugar, pero no daban con el sitio exacto del escondrijo. Uno de la aldea, bau­tizado de poco tiempo antes, ce­dió a la tentación de los dineros que ofrecían los perseguidores a quien les facilitara una pista. ¡Treinta talés, como las treinta monedas de Judas! El padre Juan Gabriel lloró internamente esta apostasía y esta traición, su segunda amar­ga tortura; pero se negó a que sus fieles cristianos trataran de defenderle y de defenderse por medio de la violencia. «¿Eres tú el sacerdote cristiano?«. «Sí, yo lo soy«. «¿Renuncias a tu fe?«. «Eso, ¡nunca!«.

Juan Gabriel Perboyre

Juan Gabriel Perboyre

Preguntaba el jefe de los soldados. O el mandarín, al decir de las crónicas, un tanto románticas, de la época. Contestaba Perboyre. «¿Por qué has venido a pre­dicar tu religión en nuestro país?», fue la siguiente pregunta. ¡Lástima, y grande, que el interrogador no diera tiempo a escuchar la respuesta de Juan Gabriel! Con un gesto decidido, dirigido a los soldados, ordenó que esposaran al misio­nero y le condujeran —faltos de cárcel en la aldea— a la casa de un matón conocido por su fiereza como «¡el tigre!»

¡Lástima, sí, porque Juan Gabriel habría podido decir con toda verdad que, desde su más temprana ju­ventud, ser mi­sionero en Chi­na había sido el sueño más aca­riciado de toda su vida! O casi el más acaricia­do, si se quiere ser exacto en el relato. Otro sueño, el de ser mártir, le había robado antes el corazón, hasta el extremo de que su voca­ción misionera se había ido fra­guando al calor de este ideal. Los que fueron sus compañe­ros en el seminario diocesano de Montauban o en el noviciado de la Con­gregación de la Misión recordarían cómo en una fiesta académica, en una represen­tación de teatro, el joven Juan Gabriel, de entre 15 a 17 años a la sazón, había exclamado con todo entusiasmo: «Ah, ¡qué hermosa es la Cruz que se planta en tierra de infieles y que tantas veces se ve rociada con la sangre de los após­toles de Jesucristo!«.

Podrían haber recordado igualmen­te cómo siendo ya subdirector del novi­ciado de San Lázaro, en París, un buen día, ante la mirada atónita y expectante del grupo de jóvenes que él formaba para ser paúles, había tomado en sus manos las reliquias ensangrentadas de Juan Fran­cisco Regis Clet, el misionero paúl de China que había sido martirizado hacía 10 años, en 1820: «Ésta es la sotana del mártir, ésta la sotana del padre Clet, ésta la soga con la que fue estrangula­do… Qué felices nosotros si un día tu­viéramos su misma suer­te… Rezad pa­ra que mi sa­lud mejore y pueda así pa­sar a China y predicar allí a Jesucristo… y morir por Él«. Y en otra oca­sión: «Pedid para que yo sea como él, como el padre Clet«.

Pero el mandarín no esperó a obte­ner esta res­puesta ni «el ti­gre» se mostró piadoso con el joven misionero de cuerpo frágil y salud tan débil que a punto estuvo de impedirle el ser misio­nero. Las torturas físicas se sumaron ya desde ese mismo día a las torturas espiri­tuales. Ni se le dio en esa jornada alimen­to alguno ni se le ahorró algún maltrato. Sólo al día siguiente se dieron cuenta sus verdugos que Juan Gabriel no podía sostenerse en pie y que para trasladarle a Kutching no quedaba más remedio que acostarle en una litera.

Comenzaba su subida al Calvario. El tribunal de Kutching se empeñaba en arrancarle información sobre los cristia­nos y sobre los misioneros extranjeros. Pretendía que Juan Gabriel los delatara. Pero Juan Gabriel no abría la boca; no había ni modo ni manera de arrancarle la más mínima referencia, a pesar de que sus silencios eran castigados con golpes de correas de cuero en la cara y azotes en las espaldas; a pesar de que el magistrado le castigó a sufrir el tormento de la conga, cepo de dos maderas ajustadas sobre dos largueros que le inmovilizó la cabeza y las manos; a pesar de que se le obligó a permanecer de rodillas sobre rucias cade­nas de hierro durante horas y horas. ¡Y vaya si sabía dónde se escondían los misioneros y dónde, poco a poco, iban surgiendo pequeñas comunidades de cris­tianos!

Llevaba, es verdad, poco tiempo en aquellas tierras. Había logrado poner pie en la China continental un 21 de diciem­bre de 1835. Durante los cuatro meses anteriores se había detenido en Macao, posesión portuguesa, a un tiro de piedra de la China de sus deseos. Estuvo allí aprendiendo la lengua china, según era costumbre de todos los misioneros. Se le hizo muy difícil en un primer momento, y así se lo había hecho saber a sus padres en una carta; una mas de las varias que, durante los cinco meses de su navegación, desde el puerto francés de El Habre hasta la isla o casi isla de Macao, había ido enviando con multitud de pequeños detalles. En otra carta posterior al cabo de casi 100 días de aprendizaje del idioma chino, tenía la alegría de contarles que comenzaba a moverse con cierta soltura en su nueva lengua. Su impaciencia —divina impaciencia, a lo Javier— le estimulaba a aprender el chino con el mayor ahínco.

Poco tiempo en China, sí; apenas algo más de cuatro años; de sólo cuatro años. Y, sin embargo, su correspondencia de esos cuatro años deja bien claro que Juan Gabriel caminaba por China con los ojos —y el corazón— bien abiertos. Se informaba de todo; todo lo veía; a todo lo rodeaba con una inmensa cordialidad. Caminaba, en el sentido más estricto del término, siempre a pie, con un compañe­ro paúl hacia la misión que se le había encomendado, en Honak. ¡Nueve meses de caminata, con tremendas penalidades! Su pluma va contando todo lo que le admiraba y le extrañaba: el cabello de los chinos, más negro que el de los europeos; la nariz de los chinos, más chata que la de los europeos; la tez de los chinos, ni blanca ni roja, sino aceitunada; los ojos de los chinos, rasgados; sus modos de vestir, de comer, de divertirse, de tratarse en sociedad y en familia… Se informaba sobre el número de los bautizados, que no pasaban de 220.000 en toda la inmensa extensión del país y en toda la inmensa masa de unos 300 millones de habitantes. Se informaba —¡cómo no!— de los más pequeños detalles del martirio de su que­rido padre Regis Clet. Trató de orar ante su tumba, al pasar por la región de Han­Keu; pero no le fue posible. Sabía —¡también de esto se informó al deta­lle!— que todavía pesaba sobre todos los extranjeros que osaran penetrar clandes­tinamente en China… ¡la pena de muerte! ¡Y allí estaba, en los cortos años de este su siglo XIX, para demostrar la vigencia de la ley, el martirio del paúl Clet, y el de un mi­sionero fran­ciscano, y el de un obispo de las Misio­nes Extranje­ras de París…

¡Vaya que si sabía! El obispo de Nankín le ha­bía nombra­do en 1837 nada menos que Vicario General de la diócesis y en su condición de tal había tenido que recorrerse toda una ex­tensa región y visitar a las diversas co­munidades cristianas. En la región deHupe su número era notorio y más notorio aún el fervor de aquellos cristianos, pobres y sencillos, dirá, pero ricos, riquísimos, en su cora­zón. Sólo en un año, el anterior a su martirio, había predicado 17 «misiones populares», las que eran tan del gusto de su «padre», san Vicente de Paúl. Dejará caer, como quien no quiere la cosa, una espontánea frase que resume los sudores de su apostolado de misionero: «Es difí­cil imaginarse en Europa las incomodi­dades del misionero«. ¿No había tenido que caminar, a pie o en carreta, 300 leguas, durante medio año, para consolar con su visita a unas comuni­dades que, en su conjunto, no sumaban más allá de los 1.500 fieles, dispersos en una geografía sin fin? Es­cribirá en una de sus cartas: «Después de varias horas de camino, no podía ya con mi alma sino apoyán­dome en un paraguas que, por ello, no podía uti­lizar para resguardar­me de la llu­via que caía a torrentes. Me iba sen­tando en to­das las pie­dras que en­contraba al borde del camino, luego volvía a empren­der Ia marcha, algunas veces a rastras, apoyándome en las manos. Y si se me permite decir todo, diré que habría seguido adelante, aunque fue­ra ayudándome con los dien­tes, por el camino que la Pro­videncia de Dios me había tra­zado«.

Pero el no hablaría, no delataría por más que le ator­mentara el tribunal, 0, mejor dicho, los tribunalcs, pucs que de uno a otro tuvo que ir pasan­do antes de llegar al de Vichang, el mismo que un 18 de febrero de 1820 había condenado a muerte a su bien amado padre Clet.

No iba a ser la suya con­dición mejor que la de Clet. Juan Gabriel lo adivinaba. Juan Gabriel lo deseaba. «Sería inmensamente feliz si se me matara por mi fe«, había dicho al presidente del primer tribunal que entendió su causa cuando éste le insinuó que podía condenarle a muerte.

Para quebrar la fidelidad del misio­nero, los diferentes tribunales echaron mano de las torturas más inimaginables. Aquí le tuvieron suspendido en el aire por la trenza que, al modo de los chinos de aquel entonces, se había dejado crecer el misionero. Aquí le marcaron a fuego sobre la frente la condicion de «infame«. Más allá le colgaron de una viga con gruesos pesos atados a los tobillos. Días y días fue sometido a padecer hambre y sed en una celda fétida. En otra ocasi6n fueron tantos y tan fuertes los azotes que descargaron sobre su cuerpo, que Juan Gabriel cayó tendido sobre el suelo, tan sin fuerzas, que todos llegaron a darle por muerto…

Pero el misionero no abrió la boca. No descubrió las casas en que se escondán los misioneros ni informó de los pueblos y aldeas en que había comunida­des de cristianos. Sólo en una ocasión rompio su silencio. El tribunal le había conminado a que pisara un crucifijo. Juan Gabriel musitó: «¡Cómo voy a causar semejante injuria a mi Dios, a mi Crea­dor, a mi Señor!«. No dijo más. Pero se ganó una buena tanda de golpes con cañas de bambú…

Se aproximaba el fin. Un sacerdote chino pudo ganarse —¿a qué precio?­— a los carceleros y éstos le permitieron visitar a Juan Gabriel en su celda. Le consoló, le confesó, le administró el viático. Juan Gabriel dispuso del poco de papel que le traía el sacerdote chino. Con sus manos ensangrentadas aún, escribió su ultima carta. «Todo lo que he tenido que padecer, lo he sufrido expre­samente por causa de la religión«.

Hay en este postrero texto un supremo dolor —no una acusa­ción— y una muy clara conciencia de su responsabilidad. El dolor de ver cómo, rendidos por las torturas, trece o catorce de los 20 cristianos que habían sido hechos prisioneros con él en el bosque, habían termina­do por apostatar. No habían sabido permanecer fieles. ¡Dolor inconmensurable! ¡Sin límite!

Pero ni siquiera el dolor, con ser tan extremoso, le hizo perder un ápice de su conciencia de responsabilidad. Sabía que, de hablar, se «desencadenaría sin duda alguna una persecución general en todo el Imperio«. Y, ante esta conciencia y ante esta fidelidad a la conciencia, sólo cabe decir: ¡Amor inconmensurable! ¡Amor sin límite!

No exageraba. En 1805, primero, y en 1811, después, el emperador Kiaking (1796-1820) había publicado unos edic­tos de persecución contra los cristianos. La violencia anticristiana, aunque muy desigual en las diferentes provincias del Imperio, había destruído iglesias, encar­celado a misioneros y cristianos, quema­do los libros religiosos, prohibida la menor relación de los ciudadanos chinos con los europeos, sentenciado a muerte, por último, a todo misionero extranjero. La persecución había sido particularmente cruel en el Vicariato Apostólico de Sze­-chwan, cuyo obispo, monseñor Dufresse, de las Misiones Extranjeras de París fue ejecutado en 1815. Murieron en ese mis­mo Vicariato 4 sacerdotes chinos, estran­gulados; otros dos perdieron su vida en las mazmorras; tres más fueron expulsa­dos a Tartaria. En el Vicariato Apostólico de Shansi, habían sido martirizados el franciscano Juan de Triora y el paul padre Clet, y la comunidad cristiana, integrada por unos 45.000 bautizados, había visto, abrumada, cómo dos tercios de los mismos no habían resistido a la persecución.

Datos de sólo 10 años antes de la llegada de Juan Gabriel Perboyre a China, ofrecen un panorama de desola­ción en la Iglesia china. No quedaba en todo el inmenso país más que un obispo, en Nankín. Había desaparecido un tercio de los sacerdotes, prisioneros o exiliados. Todos los seminarios habían sido destrui­dos, excepción hecha del de Macao, bajo las banderas de Portugal, y el de la Corte de Pekín, donde trabajaban como astrónomos y matemáticos tres o cuatro paúles franceses. Había habido entre los cristia­nos chinos testimonios luminosos de heroismo y más aún entre los sacerdotes nativos que, en aquel tiempo, eran unos 89. Pero, ¿qué podían hacer si la mayor parte de los aproximadamente 100 misio­neros extranjeros, muchos de ellos ancia­nos y enfermos, se pudrían en las cárceles o habían sido desterrados a Manchuria? Desde el año 1801 al año 1829, ni un solo misionero extranjero había podido pene­trar en el país.

Juan Gabriel conseguirá hacerlo poco tiempo después, como es sabido, en 1835. Pero su apostolado de misionero, aunque infatigable en su entrega, no pudo durar más que cuatro cortos años. Podía darse por contento, sin embargo. Su her­mano Luis, que tenía cinco años menos que él, no había podido realizar su sueño de evangelizar en China. Había muerto durante la navegación desde Francia al Imperio y su cadáver había sido arrojado al mar. El recuerdo de Luis, paúl como él, acompañó a Juan Gabriel toda su vida de misionero. Parecía como si quisiera trabajar por los dos. Un trabajo humilde, ordinario, sacrificado. Peligroso, tam­bién. En permanente clandestinidad para escapar a la sentencia de muerte. En una carta en que da cuenta de su apostolado, escribe así: «Desde la primera luz del día hasta la caída de Ia noche, nuestra iglesia está llena de gente. Recitamos en primer lugar las oraciones de la mañana, las oraciones de los días de fiesta y una parte del catecismo. Luego viene la misa, con sermón. A continua­ción, la catequesis para los niños. Des­pués de comer, recitamos el rosario, hacemos el viacrucis y terminamos con una charla. Muchos cristianos toman la palabra, según el método sencillo y familiar propuesto por San Vicente de Paúl. Y sumad a todo esto, las confesio­nes, los bautismos, las confirmaciones, los matrimonios, la inscripción en las cofradías, la expedición de dispensas, los exámenes sobre el conocimiento de la doctrina, las instrucciones, las ex­hortaciones privadas, las correciones y los consejos, la intervención frecuente como Juez de paz… Con todo esto os podréis hacer una idea de las ocupaciones de un misionero los domingos y los días de fiesta«.

De septiembre de 1839 a septiembre de 1840. Casi un año, día a día, entre cárceles y tribunales, para pasar revista a su apostolado. Para recordar a sus padres, Pedro y María, campesinos, y a sus siete hermanos, dos de ellos —más él— paúles, dos Hijas de la Caridad, una carmelita descalza, dos casados. Para evocar sus días de seminarista diocesano; su ingreso en la Congregación de la Misión; sus dos años de noviciado; su profesión de los votos de pobreza, castidad, obediencia y servicio a los pobres un 28 de diciembre de 1820; sus estudios de teología en el San Lázaro de París; su ordenación sacer­dotal un 23 de septiembre de 1825 en la capilla de las Hijas de la Caridad; su enseñanza en el seminario de San Floro y su responsabilidad como Superior del pensionado en esa misma casa; su nom­bramiento como subdirector de los novi­cios; la muerte de su hermano Luis, cami­no de la misión de China; la recepción de las reliquias de su admirado mártir, el padre Clet… Y para orar. Hacía cuatro meses que había sido sentenciado a muer­te. «Serás estrangulado en una cruz«, decía el tribunal. Era necesaria la confir­mación de la sentencia por la Corte de Pekín. ¡Dieciséis semanas de angustiosa espera!

Hacia el mediodía del viernes 11 de septiembre el patio de la prisión se llenó con los ruidos ensordecedores de los tam­bores y cimbales. Con los gritos desgarra­dos de siete malhechores que iban a ser sacrificados con él. A Juan Gabriel uno de los soldados le puso encima una túnica de color rojo. Y entre éste y otros soldados le condujeron a la cima de una pequeña colina. Estaba en ella, clavada en tierra, una cruz. Perboyre, en un espontáneo gesto de adoración a la Cruz de Cristo, se arrodilló ante el madero. «Mirad cómo ora«, comentaban algunos a su alrededor. Poco después, al filo de las tres de la tarde, moría degollado. Se cumplía su sueño más acariciado. Sobre su última carta, desde la prisión, unas manchas de sangre, aún vi­vas, a la distancia de 156 años. En la gloria de Bernini, un santo mártir.

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