Juan Gabriel Perboyre en sus cartas a la familia

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Thomas Davitt, C.M. · Traductor: Luis Huerga Astorga, C.M.. .
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En 1840 moría Juan Gabriel. El Hermano José Van den Brandt CM, preparó, imprimió y publicó, en 1940, todas las cartas de Juan Gabriel que pudo rastrear, ya en su original o ya en copia.1 Ciento dos de ellas contenía su volumen. Una nueva edición revisada de esta obra salió a luz en 19962 con el mismo número de cartas: no se habían descubierto otras desde la primera edición.

Sesenta y tres cartas tienen por destinatarios a miembros de su familia; escribe las demás a sus hermanos de Congregación, salvo algunas que dirige a otras personas. De entre los parientes, quien más cartas recibe es su tío Santiago Perboyre CM (1763-1848): suman diecisiete y llenan cincuenta páginas impresas. Siguen a éste el hermano menor Luis (1807-1831), que recibió catorce, y Pedro, el padre (1771-1860), que recibió once. Otros hermanos recibieron, Antonio (1813-1860) siete, y Santiago (1810-1896) seis. De sus hermanas, Antonieta (1815-1898) recibió una: no se conocen cartas suyas a Juana (1805-1854), Marieta (1809-?1826), y María-Ana (1817-1896). Subsisten algunas cartas a primos. No se sabe de ninguna escrita a la madre, lo que indicaría, a mi juicio, que no sabía leer. Hay una carta que él dirige conjuntamente a ambos progenitores: es la que escribe tras saber la muerte de su hermano Luis. Recordemos se trata sólo de cartas que se conservaron. Nos resulta imposible saber si escribió otras no guardadas por los destinatarios.

Cartas a su padre

Pocos meses antes de cumplir los quince años, en noviembre de 1816, Juan Gabriel fue puesto en el internado que dirigía su tío Santiago en Montauban, a unos setenta kilómetros del lugar natal. Se le enviaba para que asistiera, los meses iniciales del currículo, a su hermano Luis, de nueve años. La idea de los padres era que Luis completase la formación secundaria, mientras que Juan Gabriel, el mayor, daría por concluida entonces su escolarización, para ponerse a trabajar en la labranza de la familia. El 9 de mayo de 1817, como a los seis meses de estadía en el internado, Juan Gabriel escribe a su padre. La carta es breve, y dice él ser la primera que escribe, y que nunca ha recibido ninguna. Es una carta típica del escolar principiante, con cláusulas como, Mi hermano está bien, y están asimismo bien el tío y los primos … Necesitamos medias, chaquetas y pantalones. Para concluir escribe, Le abrazo. Abrazo también tiernamente a mi querida madre, hermanos y hermanas (Carta 1). El abrazo a la madre es rasgo que caracteriza la conclusión de casi todas sus cartas al padre. Esta carta presenta un vocabulario y un estilo que sugieren la probable asistencia del tío en su redacción.

Cuando va en junio a Montauban para, según lo acordado, devolver al hogar el hijo, el padre encuentra un cambio en la situación. La dirección del centro recomienda que Juan Gabriel complete su formación secundaria, y luego ingrese en el seminario, donde estudiará para sacerdote. La recomendación no provenía del muchacho, pero al saberla éste, hubo de recapacitar sobre ella. Pedro volvió a casa, y Juan Gabriel siguió en la escuela. El 16 de junio, en una nueva carta, manifiesta Juan Gabriel a su padre que, si no hay objeción por parte de él, aceptará la recomendación. Puede razonablemente suponerse que el tío le asistiera también ahora en la redacción, pues hay dos cláusulas escasamente atribuibles a un quinceañero que escribe por segunda vez:

He consultado a Dios en cuanto al conocimiento del estado que debo abrazar para llegar salvo al cielo. Tras muchas oraciones, me ha parecido ser deseo del Señor que acceda al sacerdocio (Carta 2).

La carta concluye de modo más acorde con sus jóvenes años: sigue necesitando dinero para ropa, y Luis está bien. A continuación abraza a todos, y a la madre especialmente.

Entre esta carta y la siguiente hay un hiato de casi cinco años. Es enero de 1822, y escribe desde París. Está haciendo estudios en la Casa Madre de la Congregación. El tema inicial de la carta reaparecerá en otras que escribe a casa, y son las disculpas por no escribir más a menudo, alegando estar seguro de que el tío mantiene a la familia informada acerca de él (Carta 3). Sigue a ésta la carta del 30 de octubre de 1823, en la cual se disculpa una vez más de no escribir: Admito ser algo negligente; pero dice recordar a la familia en todo momento. Y da al padre un consejo sobre cómo proceder con su hermano Antonio, de diez años. No se le debe empujar hacia el sacerdocio; está en peligro de que lo corrompa el personal empleado de la labranza, el cual puede ser muy malhablado, y no se reporta cuando pierde de vista al amo (Carta 4).

En junio de 1826 el padre debe reconvenirle por no escribir con mayor frecuencia, pero Juan Gabriel no contesta, aun así, hasta finales de agosto, y ha de presentar disculpas por la dilación. Implora oraciones con motivo de la ordenación al sacerdocio que se le aproxima. No hace en esta carta referencia a la madre (Carta 5).

Se ordenaba en septiembre de 1826, pero ni aun así vuelve a escribir a casa hasta el 2 de noviembre, cuando dice haber celebrado misa por sus padres y parientes, y al mismo tiempo agradece a todos sus oraciones (Carta 6). Hay una carta a su casa para el año 1827, y otra para el 1829. Da noticias sobre su empleo en la enseñanza, habla de su salud, e informa sobre sus planes para aquel verano. En la carta del 17 de julio de 1827 no hay mención para la madre hasta la posdata:

Termino esta carta sin referirme al amor filial para con mi muy querida madre, mas no porque la olvide, sino que sé comunicaréis puntualmente a ella mis sentimientos (Carta 7).

En la carta que sigue a ésta, 17 de julio de 1829, refiere lo ocupado que está, pero que aprovecha la ocasión y escribe a casa por úno que viaja en aquella dirección. No hay en ella referencia a la madre (Carta 18). El 15 de febrero de 1832 escribe desde San Floro, donde entonces ejercía la docencia, una carta muy emotiva, al saber la muerte de Luis durante la travesía:

Mi querido padre y mi querida madre, Mezclemos nuestras lágrimas, aunemos nuestras oraciones; ¡nuestro querido Luis no vive ya! ¡Qué noticia tan dolorosa para vosotros, para mí, para la familia entera!

Y prosigue con un consejo sobre cómo mirar el triste acontecimiento, afianzados en la esperanza cristiana y en la confianza en Dios (Carta 29).

La carta sucesiva es de un año después, 12 de enero de 1833, cuando ha asumido su nuevo cargo; no tuvo tiempo de escribir antes de dejar San Floro, pero tan pronto hubo llegado a París, escribió a su hermana, la cual transmitiría sus noticias. El nuevo destino conviene a su salud más que el anterior. Su hermano Santiago es seminarista de primero desde el septiembre antecedente, y Juan Gabriel informa que está bien de salud. Es asimismo buena la salud del padre, según dice comunicárselo una carta de Antonieta. Referencias a la salud, todas las cuales le inspiran este consejo al padre:

No escatime los cuidados que su edad pide; necesita la salud para atender a los requisitos temporales de la familia, como también para pensar seriamente en los asuntos espirituales de la conciencia, pues es de suma importancia que esté presto a responder de ello ante Dios cuandoquiera juzgue oportuno Él mismo llamarle (Carta 32).

Por el tiempo de esta carta tenía el padre sesenta y dos años. No está claro lo que le sugirió la necesidad de este aviso. De hecho el padre vivió otros veintisiete años: fallecía a los ochenta y nueve, en 1860; la madre murió en 1862, a los ochenta y cuatro.

En enero de 1834 refiere cómo Antonieta, la hermana que unos meses antes había entrado en la Compañía de las Hijas de la Caridad, le encomendó una carta para que la hiciese llegar a casa, carta que él dirigió ¡por inadvertencia! al tío Santiago (Carta 42).

Escribe por última vez a casa desde China, el 22 de agosto de 1836, un año después de su llegada a Macao. No es una carta prolija, menos de dos páginas impresas. Hace un resumen del apostolado misional en China. En mitad de ella hay un par de cláusulas, parte de las cuales se citó en el decreto de su canonización:

Tenemos que arrostrar la fatiga y otras contrariedades, mas eso acontece por doquier, y en todo caso hemos de ganarnos el cielo con el sudor de nuestra frente. Sería una inmensa gracia concedida por Dios que padeciéramos el martirio: he ahí algo que debe ser objeto de deseo, no de temor.

Implora oraciones, por él mismo y por la conversión de los chinos, y dice celebrar la misa por los parientes todos meses, el día 4 por los vivos, y el 5 por los difuntos (Carta 83).

Cartas a su hermano Luis

En las cartas a su padre, Juan Gabriel nunca parece estar del todo a sus anchas. Las hay que dan la impresión de haberse escrito para cumplir con un deber, como si Juan Gabriel experimentase, no el deseo, sino más bien la obligación, de escribir a casa. Muy distintas son las que escribe a su hermano Luis. Son claramente cartas que Juan Gabriel deseaba escribir, que disfrutaba escribiendo, que delatan el hondo afecto hacia el hermano, y reflejan claramente el que éste obviamente sentía hacia él.

De las cartas a Luis que se conservan, la más antigua es del 2 de septiembre de 1827. Acaba de transcurrir el primer año de sacerdocio de Juan Gabriel, dedicado a la enseñanza en San Floro. Juan Gabriel lleva una semana en Montauban, donde visita al tío y desde donde escribe. Luis está en la Casa Madre de París, va a terminar su seminario interno, y hará los votos al cabo de tres semanas. Ya el comienzo de la carta contrasta con el de algunas entre las dirigidas al padre, disculpándose de no escribir. A Luis comienza diciéndole:

Las ocasiones de escribirte que se me ofrecen estos días son tantas que no tendría excusa si omitiera el hacerlo: hoy es un joven converso del protestantismo que sale hacia San Sulpicio, y mañana será el P. Gratacap quien haga de correo; éste viaja a París y sin duda irá a verte (Carta 8).

Dice haber llegado a Montauban el 26 de agosto, y que el 28, festividad de San Agustín, se sacudió de encima un panegírico de una hora sobre el Santo, con el cual le habían enjaquimado las ursulinas. Falta en las cartas al padre esa especie de desenvoltura verbal. Las ursulinas y el tío prodigan tales cuidados a Juan Gabriel, que Luis no debe temer por la salud de éste. Juan Gabriel informa sobre asuntos de Montauban que pueden interesar a Luis, así del día en que se distribuyen los premios, y especula luego sobre posibles destinos en la Provincia. Todo el tenor de la carta es más cómodo que cuando escribe a casa.

La carta siguiente a Luis se escribe dos meses después, el 31 de octubre de 1827. Juan Gabriel aprovecha una vez más la ocasión de ir alguien a París: un Padre de San Floro. Felicita al hermano por la emisión de los votos, informa sobre su estadía en casa durante el verano, y comunica lo oído del hogar desde entonces. Resume sus movimientos veraniegos: doce días en el solar de Le Puech, tres en Cahors, doce en Montauban, cuatro o cinco en Carcasona o Montolieu. Un recorrido largo, aunque no prolongado, útil, grato, y no muy caro. Luego continúa:

Y llegó el momento de volver a San Floro, momento álgido de la contienda que no tengo ni el tiempo ni el humor de referirte. Tampoco glosaré las sucesivas fases de mi situación aquí, sobrevenidas tan velozmente: revestido primero de autoridad, luego se me despojó de ella, y heme de nuevo ejerciéndola. Todo ello daría tema a tragedias, hasta a un poema épico… Lo demás, que espere a otro día: son casi las once de la noche (Carta 9).

Hay una posdata que permite escudriñemos algo más el carácter de Juan Gabriel:

El P. Trippier se lleva el sentimiento y la alta estima de la diócesis, exceptuada quizá alguna gente cuya malevolencia le honra. En cuanto a mí, nunca antes sentí tanto la despedida de un compañero.

Juan Francisco Trippier era el portador de la carta. Había ejercido el superiorato en el pensionado de muchachos que iban a clase en un centro estatal. Y era Juan Gabriel el sucesor de Trippier, que estaba en el vórtice de la contienda a que alude la carta, contienda que involucraba al Obispo, al Superior vicenciano del seminario mayor, y al Superior General de la Congregación. Juan Grappin, Superior del seminario mayor, recomendó el nombramiento de Juan Gabriel para suceder a Trippier, oficio que Juan Gabriel ocuparía por tres años.

Otra carta a Luis seguirá a ésta cuando pasen cinco meses, el 24 de mayo de 1828. Luis ha expresado su queja de que Juan Gabriel no le escribe lo bastante a menudo. Juan Gabriel responde que Luis no tiene idea de lo ocupado que él esta,

con entre cuatro y cinco clases o sesiones tutoriales al día. Pues soy director, ecónomo, etc., etc. Debo estar siempre disponible a todos y para todo en todos lados y a todas horas: ¿podría tomarme tiempo y escribirte holgadamente a París?

Se explica a continuación que Luis recibirá esta carta, porque Juan Gabriel ha estado enfermo una semana, y esto le permite el redactarla. Y prosigue en un tono que demuestra la buena relación entre ambos, a juzgar por su modo de chancearse:

Sugieres luego que sostengamos un debate filosófico. Pero ¿olvidas que recorro ahora un sendero distinto? … Si me propusieras alguna cuestión gramatical menor, sería otra cosa, e intentaría responderte. Comenzaría señalando las faltas que se te escaparon en la carta. Te diría, por ejemplo, que en francés la conjunción quoique rige siempre subjuntivo; que ait, tercera persona singular del verbo avoir, no lleva diéresis; que en la segunda e de réfléchir se pone acento agudo y no circunflejo; que una cosa es carta de alguien y otra carta a alguien; que tales y tales giros no son franceses, etc., etc., etc. Ahora, en punto a filosofía ¿qué he de decirte? Ni siquiera pienso ya en ella.

Y Juan Gabriel embroma luego a Luis, que ambiciona hacerse profesor de filosofía:

No es cosa baladí enseñar filosofía en esta época, cuando cada cual se forma su idea personal sobre esta ciencia, cada cual tiene el propio sistema, y cuando hay tantas escuelas como maestros.

Después Juan Gabriel da una lista de macizas lecturas, probablemente para que no se tome en serio (Carta 11).

La carta siguiente es siete semanas más tarde, y se escribe a las diez de la noche, porque Juan Gabriel ha traído a su despacho a dos trastos, que han turbado el descanso de sus compañeros y me impiden ahora el mío (Carta 12). La sanción parece consistió en estar allí derechos un buen rato. Luego informa sobre el hermano menor, Jacou, con dieciocho años en 1928. Estaba en la escuela de Montauban que dirigía el tío. Las referencias son todas buenas, y figura entre los primeros de su clase. Sigue la reiterada mención del síndrome Perboyre: Él hace ya mucho tiempo que no me escribe. Se alude a la posibilidad de que Jacou, siguiendo las huellas de sus dos hermanos mayores, entre en la Congregación de la Misión, posibilidad obviamente ya surgida, y que ambos conocen. Juan Gabriel escribe:

Yo ignoro a qué línea de acción atenerme. Así pues, me abstendré de toda iniciativa hasta que vea con mayor claridad, por lo que atañe a nuestro querido hermano. Si tú tienes luces especiales en esta materia, procede a actuar según ellas.

Decepciona a Juan Gabriel que Luis no le informe sobre los misioneros y las actividades en la Casa Madre, pues sabe lo que le interesan siempre noticias semejantes. ¡Tal vez ansiaba algo de comadreo!

A las cinco semanas, con fecha 16 de agosto de 1828, Juan Gabriel vuelve a escribir desde San Floro. Los dos primeros párrafos tratan asuntos de dinero, asuntos que habría esclarecido una oportuna nota marginal. Parece que Juan Gabriel acepta una sugerencia de Luis, velada apenas, y se aviene a sufragar, como lo ha hecho ya en el caso de Antonieta, que tiene trece años en 1828, una parte de los estudios de Jacou. La carta parece además insinuar que el Superior General, Pedro José de Wailly, ha dado ayuda económica a los Perboyre. A continuación leemos:

¡Imagina lo que me complace ver a nuestro hermano camino del colegio de Montdidier, donde florece el estudio y reina tan hermoso orden! Yo llevo aquí de vacaciones esta última semana. Si no llega por sorpresa algún mandato, estaré todo el tiempo en esta región. Es justo hacer algo por uno mismo, tras haber hecho tanto por otros. Ruega por un hermano que te quiere como a sí propio. Adiós (Carta 14).

Otras cinco semanas, y nueva carta, breve y fáctica, de Juan Gabriel, que escribe desde Cahors, donde ha hecho el retiro anual, demorándose quince días. Ha pasado tres o cuatro en Le Puech: muchos preguntaban por Luis y le enviaban parabienes. Juan Gabriel está a punto de emprender viaje de regreso a San Floro:

La salida de Jacou hacia París iba a ser al mismo tiempo que la mía, pero el P. Brunet, quien debía ser su guía, aún no está listo. Ambos dejarán Cahors el lunes próximo, 29 de septiembre, para llegar a la capital el viernes por la tarde o el sábado por la mañana. Asegúrate de que nuestro hermano sale con tiempo hacia Montdidier. A Montdidier se rumorea vas a ser enviado tú este año; ¡enhorabuena! Te irá bien sub omni respectu. Tendrás cuidado de Jacou (Carta 16).

Hay después de esta carta un nuevo hiato de siete meses: luego Juan Gabriel acusa a su hermano de ponerse mohino y prosigue:

Me consta por qué: crees que no correspondo a todo lo que propones en cuestión de cartas. ¡Oh, Señor! Aplaca tu ira y no provoques la mía… Mas eso sería agravar las penas. Mejor será que te conceda indulgencia plenaria. Todas las circunstancias apoyan el envío de esta carta. Estoy de vacaciones merced a los quince días de Pascua… Releyendo tu carta de octubre (he de leer las antiguas, ya que no las tengo recientes), advierto varias faltas que debo señalarte. Sé que no halaga mucho a un escritor de la capital le instruya un maestrillo de provincias… Así que ¿te doy o no la asistencia que necesitas?

Y pide a continuación ser a su vez asistido por Luis, por sus oraciones, pues le preocupa constante y hondamente la responsabilidad para con otros, es de suponer que los alumnos a su cargo (Carta 17).

Transcurren otros siete meses antes de que Juan Gabriel escriba de nuevo a Luis, el 28 de noviembre de 1829. Es ésta una carta interesante por el modo en que pasa, de la guasa entre hermanos cual Juan Gabriel la solía gastar, al aviso práctico para Luis, destinado a China, y del aviso práctico al espiritual, con una referencia a la posibilidad de estar también él llamado a aquella misión. A lo cual siguen asuntos de dinero relativos a los estudios de Jacou, más una alusión a problemas no especificados del tío en Montauban, y de nuevo al pago por la formación de Jacou, concluyendo con una párrafo sobre el cúmulo de su propio trabajo:

Pese a todas tus amenazas o a todos tus presagios, mi cargo de superior se mantiene… No puedo sino aprobar y admirar tu hermosa resolución de ir para evangelizar a los chinos. Sin mengua del afecto que tengo por tí, ¡qué alegría sentiré de verte cruzar los vastos océanos del hemisferio en empresa tan noble!

Sugiere después la conveniencia de que Luis frecuente cursos de física, etc. en un colegio estatal, pero advierte no ha de ponerse mucha confianza en esa especie de saber, si bien ocupa un lugar como medio sobrenatural, aunque indirecto y remoto, en la evangelización. Esto le lleva a la preeminencia de los conocimientos espirituales, de donde su consejo a Luis, revístete sólo de Jesucristo. Y seguidamente hace referencia a su gran temor de haber sofocado, por mi infidelidad a la gracia, las semillas de una vocación semejante a la tuya.

Lo tocante al pago de los estudios de Jacou en Montdidier parece sufrió por falta de claridad en los acuerdos entre Juan Gabriel, el Superior General, y el P. Pedro-Nicolás Vivier, probable ecónomo de la Casa Madre. Como era Luis quien disponía las cosas, a él se le dice que esclarezca este particular, pero pagará Juan Gabriel. He aquí un pasaje al final de la carta:

No exijas tanto de mí. Si supieras el estado en que estoy, no me tratarías tan sin piedad. Aunque todavía tenemos sólo cien muchachos, yo estoy abrumado de trabajo. Mi fatiga física y mental es extrema. No sé en qué va a parar el malestar generalizado que me aqueja tiempo ha, un estado que empeora progresivamente (Carta 19).

La carta siguiente lleva en el encabezamiento la fecha del 24 de febrero (1830), y la del 11 de marzo en la conclusión. Ha recibido, todas tres el mismo día, cartas de sus tres hermanos, y sobre esto perora un poco antes de acometer los principales temas:

Me acusas de crimen, por no haberte dado nuevas sobre nuestros misioneros del seminario mayor, y de ser normal en mí no darte bastantes noticias. La primera acusación no vale, pues esos Padres escriben a París más a menudo que yo. En cuanto a la segunda, juzgué más cuerdo guardar silencio por motivos de sensibilidad, para no usurpar los derechos de otros…

La Congregación tenía dos casas en San Floro. La arriba aludida era el seminario mayor, y la carta de Juan Gabriel dice más adelante que él sólo de vez en cuando ve a los misioneros que componen aquella comunidad. En la carta anterior Juan Gabriel recomendaba a Luis asistir a clases de física; ahora apoya su asistencia a clases de teología moral. Y prosigue:

Acumula reservas ahora, provéete de todo el saber teológico que necesitarás en el futuro, pues no te será fácil adquirirlo si vas a misiones extranjeras, ni dispondrás de tiempo si te acontece tener un cargo como el mío.

A esto sigue algún guaseo por las faltas gramaticales de Luis, y a continuación:

…sólo escríbeme más a menudo, y disculpa el que no siempre pueda responderte.

Y hay una posdata:

Para que hagas concordar a las dos fechas de esta carta, te diré que hube de interrumpirla apenas empezada y dejar que reposara quince días. Por ahí ves el poco tiempo libre que tengo para escribirte. ¡Reza por mí! (Carta 21).

La carta que sigue a ésta se escribe cuatro semanas después, es corta, y deja advertir lo pesado del trabajo, como lo delataba Juan Gabriel cinco meses antes:

Los quince días de Pascua, que suponen trabajo extraordinario para la mayoría de los sacerdotes, me deparan a mí cierto reposo. Los muchachos están de vacaciones. Es un asueto que yo necesito. En los últimos seis meses no creo hayan pasado dos días sin que me estallara la cabeza, me dolieran todos los huesos, y mi sangre ardiera. Nada me fatiga más que los detalles de la administración; nada como la preocupación exprime mi vigor. Pero no te inquietes por mi salud; aún no estoy reducido al extremo. Aprovecharé los días de vacaciones que restan para reponer fuerzas mentales y físicas (Carta 21).

En julio de 1830 el rey de Francia, Carlos X, disolvía la Cámara de Diputados. El pueblo de París se amotinó en protesta los días 27 al 29, las Tres Jornadas Gloriosas. Cuando la noticia llegó a San Floro, Juan Gabriel temió por la seguridad de Luis, y aún le nombró en el memento de difuntos de la misa. Le inquietó asimismo un rumor de que los despojos de San Vicente hubieran sido arrojados al Sena. Para cuando escribe a su hermano el 24 de agosto, ha entendido lo infundado de ambos rumores. De esto trata en el primer párrafo. Luego prosigue:

Es muy poco posible que éstas vacaciones vaya yo a verte. La situación es bastante crítica. Mi cartera no abulta. Se me necesita en San Floro. Y sin embargo suspiro mucho por una oportunidad de verte antes que salgas rumbo a China. Aunque no disto mucho de emprender el mismo camino que tú, no estoy efectivamente presto ni lo bastante seguro de mí mismo para hacerlo este año. Aplaudo entre tanto tu valor e iniciativa.

Y siguen detalles sobre el modo como costeará los estudios a Jacou y aún le suministrará dinero para gastos menudos. Después Juan Gabriel ruega a Luis compruebe si cierta revista de filosofía cristiana es lo bastante buena como para suscribirse a ella (Carta 22).

No tuvo cumplimiento su esperanza de ver a Luis antes que partiera, y así le escribía el 8 de octubre:

Experimento de manera muy real lo que dijo San Agustín, que no se apercibe uno del apego a alguien hasta que sobreviene la separación. He ahí lo que no puedo aceptar sin conmoverme: saber que partes; y me perdonarás si admito no valer lo bastante como para retener el llanto… Temo no haber mostrado reconocimiento por la vocación que te dio el Señor. Ruégale me dé a conocer su santa voluntad y que yo sea capaz de seguirla… No, mi muy querido hermano, yo nunca te olvidaré. Te recordaré en el altar. Allí estaremos unidos en el corazón divino de Jesús… Escribiré a nuestros padres consolándoles; han de necesitarlo. Te daré noticias suyas lo más a menudo posible. Aprovecha tú todas las oportunidades para escribirnos. Adiós, mi muy querido hermano; te abrazo en Nuestro Señor con todo el afecto de mi corazón (Carta 23).

Sigue a esta carta la enviada tres semanas después, el 27 de octubre, a Le Havre, para que alcanzase a Luis antes que subiese abordo el 2 de noviembre. Juan Gabriel comenta el pesimismo generalizado en la atmósfera de Francia, y cita un rumor de que los árabes van a invadir y saquear París. Ruega a Luis que remita descripciones detalladas del viaje, como también de su apostolado, cuando ejerza éste en China, y de cuanto pueda captar la curiosidad o servir de edificación (Carta 24).

La última carta de Juan Gabriel a Luis se escribió a los ocho meses y medio de haber éste zarpado. En el momento de escribirse, julio de 1831, no había llegado todavía a Francia la noticia del fallecimiento de Luis el 2 de mayo durante la travesía. Juan Gabriel mandó la carta a Macao, donde se esperaba a Luis. Las cartas anteriores comenzaban: Mi muy querido hermano; ésta comienza: Mi muy querido Luis. Juan Gabriel aprovecha una oportunidad que se le brinda para mandar la carta a China. Escritas las fórmulas introductorias, prosigue:

¿Cuántas veces no habré pensado en tí desde que marchaste? Según iba aumentando la distancia, así calaba tu recuerdo en mi memoria y se me ensanchaba más y más el corazón bajo la presión del amor fraterno. El Domingo de Pentecostés ofrecí por ti el santo sacrificio, y no ha sido la primera vez: nunca había llorado así en el altar desde mi primera misa.

Da escuetas noticias de la familia, y expresa la esperanza de ir a Le Puech en verano.

En la carta enviada a Le Havre, Juan Gabriel pedía a Luis que pusiera detalles en la correspondencia remitida desde China. Eso hace, a su vez, él ahora, dando detalles de la situación política y eclesiástica en Francia. Y tiene una observación que hacer sobre el periódico L’Avenir:

Lo redacta, como sabes, una tropa de ultramontanos intrépidos, capitaneados por De Lamenais. Las doctrinas en él propugnadas son no más que elaboración de principios que De Lamenais expuso ya en su obra sobre los Progresos de la Revolución. No tienes idea del revuelo originado por este periódico. En general no gusta a los obispos franceses. Se lee aun así en casi todas las diócesis. Tiene por doquier partidarios fervientes y numerosos adversarios. Le va muy bien en Bélgica. En Roma unos están a favor y otros en contra.

En la docencia de San Floro, Juan Gabriel se había dejado influir por las ideas pedagógicas de De Lamenais (nombre que nunca escribe del mismo modo, siempre incorrectamente). La condena de De Lamenais por el Papa Gregorio XVI, en agosto de 1832, parece fue el motivo de que Juan Gabriel pasara, aquel mismo mes, de San Floro a la Casa Madre en París.

Otra sección de esta carta registra los acontecimientos en varios países de Europa, Estados Pontificios, Polonia, Bélgica, Holanda, Irlanda y Austria. Dice que podría suministrar muchas más nuevas, pero le falta el tiempo. (Carta 26. De paso, habida cuenta del referido pasaje, tendría interés estudiar cómo explicó el Nº 16 del Capítulo VIII de la Reglas Comunes, cuando más tarde fue Director de seminaristas y estudiantes en París).

Cartas a su hermano Juan-Jacobo3

Subsisten seis cartas a Juan-Jacobo, llamado Jacou en la familia. No presentan la misma espontaneidad que las dirigidas a Luis. Jacou era ocho años menor que Juan Gabriel, pero además puede que no se hubieran visto desde que Juan Gabriel salió de casa en 1817 hasta que volvió a visitarla después de ordenado en 1826. La primera que tenemos se escribe desde San Floro en agosto de 1828. Jacou iba a abandonar el centro que dirigía su tío en Montauban para ir al Colegio de Montdidier, y si viniera a San Floro, Juan Gabriel le vería de grado. Jacou tenía 18 años. Juan Gabriel dice estar contento de sus notas, pero que el nivel de Montdidier es alto, y le convendría repetir segundo (según el sistema francés, sexto es el grado ínfimo; desde él avanza el estudiante, año por año, hasta primero, el final). Juan Gabriel recomienda a Luis ser menos taciturno y más abierto, o tendrá en adelante dificultad para relacionarse. Por lo que me toca, sé bien el esfuerzo que exige (Carta 15).

La carta siguiente es de febrero de 1832, a raíz de haber muerto Luis. Se comprende que sea muy emotiva. Dice que sus padres arrostran bien la pérdida. Jacou no escribe lo bastante a menudo. Es curioso que Juan Gabriel acuse en otro la misma falta que otros acusan en él. Advierte a Jacou del peligro de embeberse en la filosofía hasta el punto de que Dios quede en mera idea (Carta 31).

A ésta sigue la carta escrita desde Batavia (hoy Yakarta) en julio de 1835, cuando Jacou cursa tercero en la Casa Madre. Juan Gabriel dice cómo estuvo de salud en la travesía: durmió a gusto, no fue inconveniente grave la alimentación insólita, y el aire del mar le sentó bien. En mitad de la singladura cayó por unos escalones guarnecidos de bronce, quedando muy magullado, pero sin otro daño. Admite haber tenido siempre antes un miedo a la mar que ya no tiene. Refiere cómo, para aligerar el tedio de la larga travesía, solía representarse lo que Jacou estaría haciendo en la Casa Madre a distintas horas del día (Carta 59).

Viene a continuación la carta escrita desde Macao en septiembre de 1835. Es muy breve: no tiene cosa que registrar desde lo que puso en la de Batavia (Carta 66).

Tres meses después vuelve a escribir desde Macao, y es interesante la cláusula inicial: Debo apurar y darte noticias mías para que no estés demasiado tiempo sin ellas. Es una breve carta, que trata ante todo del paso a, y recorrido por China, el cual empieza aquel día. Va vestido de chino, lleva la cabeza rapada y una larga coleta, se ha dejado crecer los bigotes, balbucea el chino, y come con palillos (Carta 71).

Su última carta a Jacou es desde el interior de China, en septiembre de 1838, un año antes de su detención. Ha recibido la que Jacou le escribió, diciendo que rogaba a Dios para que le hiciese otro Francisco Javier, lo que Juan Gabriel considera una paparrucha (Carta 94).

Cartas a su hermano Antonio

Antonio tenía once años menos que Juan Gabriel. En las cartas a sus hermanos, Juan Gabriel demuestra estar afectivamente muy vinculado a Luis, menos a Jacou, y mínimamente a Antonio. Dada la diferencia de edad, y tener Antonio sólo cuatro años cuando Juan Gabriel sale de casa, lo obvio sería que Juan Gabriel no conociera bien a Antonio. Esto se refleja en el tenor especial de las cartas que le dirige. Dan la impresión de ser el tipo de cartas que un hermano mayor, miembro de una comunidad religiosa, piensa debe dirigir a un hermano mucho menor que sigue en casa. También éstas son cartas breves. Escribe la primera a un Antonio de quince años, que está en el colegio de Montgesty, desde San Floro, en julio de 1828, casi dos años después de su ordenación. El párrafo inicial trata las faltas ortográficas en la carta de Antonio. Cuando Luis incurría en tales faltas, Juan Gabriel le embromaba por ello. No embroma a Antonio. Juan Gabriel es el hermano mayor que se muestra comprensivo, cuando un hermano mucho menor comete esas faltas. Antonio recibe además el consejo de acatar cualquier aviso que le den sus padres, pero sobre todo que procure agradar a Dios. Juan Gabriel envía saludos para los padres. La carta es muy corta (Carta 13).

La carta siguiente se escribe en París y es de casi cinco años después. Antonio está en casa. Comienza: Se pensaría que estás enojado, tanto cuesta extraer de ti una carta. Juan Gabriel desea saber si Antonio ha sido o no llamado a filas. Antonio es nuevamente urgido a reportarse con sus padres, a atender a sus deberes religiosos, a hacer una buena confesión, y a no seguir el mal ejemplo de casi todos los jóvenes, que abandonan la religión. Tenemos un hermano y una hermana en el cielo: reunámonos con ellos (Carta 34).

Nueva carta diez meses más tarde, como respuesta a otra en la que Antonio comunica que el padre está enfermo. La primera reacción de Juan Gabriel es que no se miren gastos en el tratamiento. Y continúa: Estemos ciertos de que el buen Dios le aflige solamente por su bien. Sufriendo extingue la pena expiatoria del purgatorio y merece además la gloria del cielo. Juan Gabriel aconseja al padre que haga confesión general, que trate esto con su confesor. Dice a Antonio que, aunque joven, podría morir cualquier día: Vive como si cada día fuese el último de tu vida. Envía una docena de medallas milagrosas. En una posdata manda parabienes por la festividad de San Antonio, de allí a tres días (17 de enero), y dice que ese día celebrará la misa por Antonio (Carta 43).

Otros tres meses, y de nuevo una carta, breve también, con quejas para Antonio de que no ha comunicado más noticias sobre el estado de salud del padre. Da nuevas de Antonieta, que ha entrado en la Compañía de las Hijas de la Caridad el año anterior y está en París. Refiere que aquel sector de la ciudad se ha librado de la reciente violencia callejera a causa de estar en él el cuerpo de San Vicente, visitado por grandes multitudes durante la última novena (Carta 47).

Sigue a esta carta otra con la fecha del 20 de enero de 1835, ocho meses después. Es muy breve, y comienza felicitando el Año Nuevo a todos en casa. Y a continuación la cláusula, no olvides, mi querido hermano, que nuestra vida desaparece como una sombra, y que llegada la muerte seremos tratados como merecen nuestros vicios o nuestras virtudes. Como en la carta del año anterior por este tiempo, Juan Gabriel recuerda la festividad de San Antonio y dice haber celebrado misa ese día por Antonio (Carta 54).

Y la carta siguiente, aquel mismo año (1835), es de septiembre. Comienza refiriéndose a otra que ha escrito al padre desde Java, no conservada. Dice haber llegado ya más lejos que Luis, y añade: No penséis, pues, que ir a China es ir a la muerte. Compañeros míos que han venido a este país viven igual que en otras partes. Hace referencia a algo observado por Antonio, quien dijo se vería privado de los buenos consejos recibidos hasta entonces, una vez hubiera partido rumbo a China Juan Gabriel, el cual responde:

Debes ante todo recordar que Dios ha encomendado especialmente tu salvación a tu párroco y a tu confesor. A ellos debes acudir con frecuencia para recibir sus instrucciones y consejos. Si con eso no van bien tus asuntos espirituales, atribúyelo a negligencia tuya, y no a la falta de medios de salvación en mi ausencia (Carta 65).

Dije arriba que Juan Gabriel tiene cartas al padre en las que no nombra a la madre, ni siquiera en una posdata o cláusula adicional. Pues bien, la madre es nombrada en todas las cartas a Antonio. En las cartas al padre emplea siempre la formalidad mon père et ma mere, mientras que en las cartas a Antonio recurre casi siempre a los vocablos papa et maman, más hogareños.

Cartas al tío Santiago

Santiago Perboyre era ocho años mayor que el padre de Juan Gabriel. Había entrado en la Congregación de la Misión en 1783, a los veinte años. No consta la fecha de su ordenación: tuvo que ser por el comienzo de los disturbios revolucionarios. Ejerció clandestinamente su ministerio durante la Revolución, y cuando se consolidó la estabilidad, abrió en Montauban un centro docente. Murió en 1848.

Es verosímil que Santiago ejerciera gran influjo sobre Juan Gabriel desde que éste ingresó en aquel centro. Las cartas al tío difieren no poco de las dirigidas a otros parientes, pues aparte de ser cartas de sobrino a tío, son además las que un Padre joven escribe a otro antiguo. De hecho interesan, más que por lo que nos digan sobre la familia, por la mirada que nos posibilitan a los asuntos de la Congregación. Suelen contener referencias casuales a otros parientes, como que va bien a un hermano o hermana. Se conservan diecisiete cartas al tío. La primera se fecha en San Floro el año 1832, cuando Juan Gabriel tiene 30 años; la última es del año 1836 y se escribe en Honan.

Escrita en febrero de 1832, la primera carta glosa la noticia de la muerte de Luis. Como cuando escribe a sus padres, también aquí se expresa con gran emotividad. Y dice, según va a concluir, que Luis,

cruzó los mares buscando una muerte de mártir. Halló sólo la de un apóstol. ¿Por qué no se me encuentra a mí digno de ir y llenar el vacío que él deja? ¿Por qué no puedo ir yo y expiar mis culpas con el martirio que su alma inocente ansiaba con tanto ardor? ¡Ay, tengo más de treinta años, años que se deslizaron como un sueño, y aún no he aprendido a vivir! ¿Cuándo aprenderé a morir? El tiempo se esfuma como una vaga sombra, y sin notarlo llegamos a la eternidad (Carta 30).

La carta siguiente es desde París, poco más de un año después. Como tantas otras, comienza pidiendo disculpas por haber tardado tanto en escribir, y admitiendo que no hubo en realidad motivo para la tardanza. Un párrafo indica que el Superior General había sugerido a Santiago Perboyre volver a París y reintegrarse a la plena vida de comunidad. Juan Gabriel señala haber sido ésta una mera sugerencia; al parecer se quería que fuese confesor de las Hijas de la Caridad en la Rue du Bac. Juan Gabriel cerciora al tío de que puede seguir en Montauban sin incurrir en censura o irregularidad (Carta 37).

Sigue otra carta pasados apenas tres meses. En París hay epidemia de gripe, y están afectados su hermano Santiago, un seminarista de primero, y no pocos Padres, mas a ninguno impide el desempeño de la actividad normal. El fin principal de la carta es rogar al tío que remita a París cuantos ejemplares encuentre de las Meditaciones de Pierre Collet, CM (1693-1770). Juan Gabriel acudía al tío para obtener información, libros y documentos sobre la Congregación en la época que precedió a la Revolución.

La carta de dos meses después comienza con disculpas por no escribir. Habla al tío sobre compañeros que van a misiones extranjeras. Un Padre, un Seminarista y un Hermano acaban de salir hacia Siria. Dos Padres están a punto de zarpar rumbo a China, y llevan consigo una imprenta. En espacio de un mes irá a Constantinopla otro misionero, y partirán más hacia Siria en primavera. Añade:

Los que marchan están colmados de dicha. Los que quedan pueden consolarse sólo con la esperanza de seguirles más adelante.

Luego dice:

Si por ventura tiene antigua información impresa tocante a la Congregación, como consuetudinarios, reglamentos, etc., sería una satisfacción para mí el recibirla como regalo (Carta 38).

Los consuetudinarios eran cuadernos con directivas para quienes ejercían cargos.

Una carta de noviembre de 1833 (Carta 39) no contiene nada interesante, si no es la disculpa por la tardanza en escribir. La siguiente, del 14 de diciembre, es bastante larga. Comienza con asuntos de una fundación de Hijas de la Caridad en Montauban, entre prolijos detalles sobre cómo debe contribuir a ella la ciudad. De las cartas de Juan Gabriel, no pocas de las escritas en París demuestran que está muy enterado sobre lo que el Superior General y su Consejo piensan y hacen. Obviamente, se muestra deseoso de tener lo mejor informado posible al tío por cuanto atañe a la Congregación. Muchos misioneros anteriores a la Revolución ya no retornaron a la vida de comunidad. Juan Gabriel adjunta una circular del Superior General con destino a solos los misioneros franceses, y enviará la general de Año Nuevo cuando esté impresa. Informa sobre la Medalla Milagrosa, dándole este nombre, y sobre la curación merced a ella de un misionero con una hernia monstruosa. Dice que Juan-María Odin, misionero francés activo en Texas, está en París camino de Roma;

pide a gritos obreros que recojan la abundante cosecha entre los protestantes y los indígenas (Carta 40).

Vuelve a escribir a las siete semanas, o sea finales de enero. El tío había rogado a Juan Gabriel le obtuviese permiso del Superior General para sentarse a la mesa con las Hijas de la Caridad cuando iba a oír sus confesiones. El sobrino ha de confesar: Hice cuanto pude por defender su causa, pero no la he ganado. El General dijo haber resuelto nunca dar ese permiso a nadie, y que ya se les había rehusado a muchos. El tío Santiago puede hacer su refección antes o después de ellas, en una estancia aparte, no con las Hermanas.

El tío Santiago preguntaba también acerca de los sufragios por los misioneros fallecidos, y Juan Gabriel le cita en latín siete líneas de la Asamblea General de 1868. A otra pregunta sobre estipendios de misas le contesta con citas de una circular del Superior General en 1788.

Conforme al deseo de la Asamblea General anterior, en 1829, el Superior General ha nombrado una comisión para que estudie antiguos decretos. Carlos-Francisco Lamboley (1763-1847) es el presidente, Juan Gabriel el secretario. Se reúne una vez por semana. Juan Gabriel enumera recientes destinos, y dice al tío Santiago que si cambia de idea y va a París, será bien acogido por el Superior General. El tío Santiago sucede en edad al más joven entre los misioneros que sobrevivieron a la Revolución. Ésta es una de las cartas que da al tío noticias de la familia. El padre de Juan Gabriel padece agudo reumatismo, así que dos docenas de medallas milagrosas, destinadas al tío en Montauban han sido desviadas hacia el padre en Le Puech. Al margen se añade después que hay otras dos docenas de medallas en camino para reemplazar a las desviadas (Carta 44).

La Carta 46, del 15 de marzo de 1834, suministra información sobre Antonieta, la hermana de Juan Gabriel, Hija de la Caridad, que ha concluido el seminario en la Rue du Bac y recibido su primer destino en otra casa de París. Juan Gabriel hace luego preguntas muy detalladas sobre un joven que solicita a través del tío Santiago la entrada en la Congregación. Dice en fin que ha zarpado para China otro joven misionero, y que dos que fueron allá antes han llegado y escrito a París.

La carta siguiente, con data 20 de mayo, 1834, es brevísima. Jacou, su hermano, va a recibir la tonsura la víspera del Domingo de la Santísima Trinidad. Dos compañeros recibirán el sacerdocio, algunos otros luego en septiembre. Uno de los que se ordenaron en Cuaresma acompañará en verano a los destinados a Levante (Carta 48).

Nueva carta a los dos meses, más larga. Comienza con noticias sobre las Hijas de la Caridad y dice querría ver el desarrollo de su obra en Montauban. Dice haber oído más de una vez que la diócesis de Montauban echa en falta a la Congregación de la Misión, la cual estuvo al frente del seminario. Se refiere a pasados desacuerdos que no especifica, y asegura que afectarán a futuras peticiones, si la diócesis quiere el retorno de los misioneros. Pero arguye que se han declinado muchas peticiones similares, en cuanto a encargarse de los seminarios, pues es prioritario el envió de padres a misiones extranjeras. Las veinticuatro medallas milagrosas prometidas al tío se han multiplicado hasta doscientas: promete mandarlas por las Hermanas la semana próxima. Dos misioneros que zarparon hacia China en septiembre han escrito desde Batavia (Carta 50).

Una breve carta acompaña a la circular del Superior General del año 1835. Dice que su hermano y su hermana se le unen y envían al tío los parabienes del Año Nuevo (Carta 53).

El 27 de enero de 1835 refiere al tío cómo ha llevado a la Rue du Bac un paquete con cien medallas milagrosas ordinarias y diez de plata, y también grabados sobre la medalla. De la tercera edición de la historia de la medalla se han vendido en un mes casi los 20.000 ejemplares, y está preparándose una cuarta edición ampliada. Envía también el Nº 3 de los Annales de la Mission (Carta 55).

En una carta sin fecha, pero claramente de febrero de 1835, Juan Gabriel comunica al tío Santiago que está destinado a China y zarpará de Le Havre hacia el 10 de marzo. Ha escrito a sus padres dándoles la noticia; espera de ellos hagan este sacrificio como buenos cristianos, y sugiere al tío les sostenga con su apto consejo, dada la oportunidad (Carta 56).

Las restantes cartas al tío se escriben en: Le Havre, el 18 de marzo de 1835; Surabaya, el 27 de julio; Macao, el 13 de septiembre; y Honan, el 10 de agosto, año de 1836. Son cartas comunitarias, mucho más que familiares. Escasean las connotaciones del parentesco entre tío y sobrino; lo más del contenido se vierte en noticias propias de hermanos en religión. Dice aun así haber escrito a otros parientes. En la carta 57, desde Le Havre, dice que sus padres, habiendo llorado mucho, se han resignado del todo a su partida, y que, en París, su hermano y su hermana están bien dispuestos en este particular. La Carta 61, desde Surabaya, que llena cinco páginas impresas, es casi toda notas de viaje. Dice haber escrito una carta al padre: no se conserva; y otra, por diferente embarcación, a su hermano Jacou. Esta carta a Jacou es la 59, arriba glosada. La Carta 64, desde Macao, contiene casi toda ella noticias de la Congregación. Dice aun así haber escrito a sus dos hermanos. La carta a Antonio es la Nº 59, y la escrita a Jacou, la Nº 66, ambas citadas arriba. Manifiesta ser deseo suyo que todos sus parientes atiendan ante todo a los asuntos que les importan, y a él no le presten atención sino orando por él. Hay una cláusula muy interesante acerca del influjo ejercido sobre él por el tío: Sabe debo a ella – la Congregación –, lo mismo que a usted, más de cuanto puedo decir.

La última carta, Nº 76, escrita desde Honan un año después, el 10 de agosto de 1836, llena veintitrés páginas impresas. Cuenta su viaje, desde la colonia portuguesa de Macao, donde ha estado cerca de cuatro meses, a la estación de su destino en el interior de China. Deja Macao el 21 de diciembre de 1835 y llega a Honan en junio de 1836. Es un relato muy detallado del largo itinerario, alternándose el camino por tierra con la navegación fluvial. La relación es fáctica, con escasas reflexiones personales sobre lo que veía o experimentaba. Lo explica en parte su fatiga. Como otras cartas al tío, ésta comienza también, Mi muy querido tío, expresión que emplea todavía otra vez en la carta. Más reveladora aún es una cláusula en este párrafo: mandará la carta cuanto antes pueda, pues,

estoy obligado a responderle lo antes posible, por ser el mejor de los tíos, y por el afecto que me tiene…

A diferencia de otras, termina esta carta con, Soy de por vida, mi muy querido tío, su afectuoso y atento sobrino

El otro punto revelador, en esta larga e interesante carta, es el interés de Juan Gabriel por Francisco Régis Clet. Próximo a Ou-tchang-fou, donde Clet fue ejecutado, chocó a Juan Gabriel una coincidencia: el primer oficio del breviario que le tocó recitar apenas llegado, el 25 de abril, incluía la conmemoración de san Cleto, Papa y mártir. Cleto en francés resulta Clet. Juan Gabriel dice:

No necesité una semejanza tal para acordarme de que estaba en el suelo mismo donde nuestro querido mártir, el P. Clet, dio su vida por Jesucristo.

Cuando refiere su llegada, en mitad de la noche, a la casa que la Congregación tenía en Nanyang-fou, dice:

Aunque ésta es la casa donde se apresó al P. Clet, yo estoy a salvo y en completa seguridad.

Epílogo

Hacia el final de la carta de 1832 a un primo suyo, párroco de Jussies, decía:

Debo de hacerme tedioso con tanto parloteo (Carta 28).

Tediosas no es por cierto adjetivo para calificar sus cartas. A través de las dirigidas a sus parientes se nos sincera en diversos grados. Las que dirige a sus hermanos de comunidad suministran importantes datos sobre la Congregación cuando está desplegándose, pasada la Revolución. En muchas cartas, bien a compañeros o bien a otras personas, se manifiesta competente en el manejo de diversas materias. La referencia espiritual aparece siempre allí donde juzga él que la pide el contexto. Son cartas que abarcan su vida, desde los quince años hasta la muerte. No tenemos, para ningún otro de nuestros beatos o santos, una correspondencia de esa envergadura.

  1. Lettres du Bienheureux Jean-Gabriel Perboyre, Prêtre de la Mission. Annotées et publiées par Joseph Van den Brandt, Frère Lazariste, Pékin, Imprimerie des Lazaristes, 1940, 300 pages.
  2. Saint Jean-Gabriel Perboyre, Prêtres de la Mission: Correspondence, Annoté et publiée par Joseph Van den Brandt, Frère Lazariste, Pékin, 1940; Nouvelle édition revue et corrigée, Congrégation de la Mission Rome 1996, 324 pp.
  3. Siendo yo seminarista de primero, en 1946-47, un anciano Padre irlandés, Joseph Sheehy (1865-1948), me refirió que el P. Jacques Perboyre, aún en vida, pues moriría en 1896, residía en la Casa Madre cuando él a su vez hacía el seminario en París. Por entonces oyó, pues, el P. Sheehy, que a la muerte de Juan Gabriel no existía de él efigie auténtica. Jacques se le parecía mucho, creían todos, con lo que las efigies obtenidas para la beatificación y posteriormente están basadas en el aspecto de éste.

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