«Jóvenes completamente entregadas a Dios para el servicio de los pobres»

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Morin, C.M. · Año publicación original: 1975 · Fuente: 3ª Semana de Estudios Vicencianos.

El P. JEAN MORIN, C.M., nace el 13 de abril de 1923, en Lille (Francia), ingresó en el Seminario Interno el 25 de agosto de 1940, en Dax. Ordenado sacerdote el 23 de diciem­bre de 1948. Licenciado en Teología en Es­trasburgo. Desde entonces se dedicó preferen­temente a la enseñanza en diversos semina­rios franceses. Actualmente, desde el Ber­ceau, dirige la publicación de las «Fiches vicentiennes».


Tiempo de lectura estimado:

I. Observaciones previas

Reconstrucción del aspecto de las primeras Hijas de la Caridad

Reconstrucción del aspecto de las primeras Hijas de la Caridad

Desde que estudio a san Vicente, siempre he tropezado con dificultades, sintiendo la impresión de querer conci­liar lo irreconciliable. El tema de mi trabajo podría resu­mirse bajo este título: «San Vicente, hoy». Y lo comprendo, hay tanta distorsión, que es un trabajo muy arriesgado.

Por esta regla general, el trabajo de un buen historiador, se caracteriza por el desinterés científico que le pone a plena disposición de su modelo.

Yo, no trato de hacer un estudio científico, histórico, profundo, sobre san Vicente: mi fin es muy interesado: Trato de devolver a los hijos y a las hijas de San Vicente, el gusto, la sed, el hambre de san Vicente, que se alimenten de él, para cumplir sus compromisos con la Iglesia y con el mundo.

Los tiempos han cambiado tanto (mucho más en estos últimos treinta años que en los trescientos precedentes) que la tentación es muy grande, al pensar como «hoy», y no tratar de estudiar a san Vicente, sino explotarle, tratar de encontrar aquello que yo necesito hoy… De ese modo mi alimento sería a la carta, en vez de servirme el menú de san Vicente; a mí me gusta de san Vicente…

Cuando hablo a las Hijas de la Caridad, hago algunas veces un pequeño test, no con picardía, pero que aclara muchas cosas. Digo por ejemplo a las Hermanas: «Díganme tres frases, las que les parezcan más importantes de san Vicente». Y siempre hay dos corrientes: Por ejemplo, hay quien toma como frase típica:

  • Dadme un hombre de oración, será capaz de todo.
  • No hay que adelantarse a la Providencia.
  • Hijas de la Caridad, es decir Hijas de Dios.

La otra corriente elegirá, frente a «Dadme un hombre de oración» dirán: «Dejar a Dios por Dios».

Frente a «No adelantarse a la Providencia» dirán: «Hay que ir a los pobres, como quien apaga un fuego».

Frente a «Hijas de la Caridad, hijas de Dios», dirán: «Servir a los pobres, es vuestro papel principal, vuestro asunto más importante».

Aquí tenemos dos perspectivas de las que trataremos al hablar de la Consagración.

Pero pueden darse cuenta de la tentación de buscar en san Vicente lo que justifica nuestra manera de ver, lo que preferimos:

Es un riesgo, y un riesgo muy grave.

Voy, pues, a tratar de deciros lo que san Vicente dijo, desde luego que sin perder de vista el «hoy», pero os dejaré (y ya me lo han reprochado algunas veces) la gran res­ponsabilidad de aplicarla a vuestro hoy. Vuestro hoy, yo no lo conozco bastante, y sería muy fácil y muy peligroso pasar de provincia en provincia lanzando a grandes líneas una evolución. Prefiero decir: Esto dijo san Vicente, esto es lo que yo creo que dijo san Vicente». Hay que conside­raros como adultos, escuchar lo que dijo san Vicente, y luego reflexionar sobre vuestra vida en relación con esa luz.

Vamos a hablar aquí de la consagración. Y voy a ser­virme de una frase que servirá de tema a nuestro estudio, una frase de la que vamos a pesar todas y cada una de sus palabras.

II. Jóvenes completamente entregadas a Dios para el servicio de los pobres

Los tres pilares de nuestra reflexión serán:

  1. Completamente entregadas a Dios.
  2. Las relaciones con los pobres.
  3. La noción de servicio.

Completamente entregadas a Dios

El 22 de octubre de 1650, san Vicente reunía a 7 Hijas de la Caridad, que acababan de recibir su colocación: Dos irían a Montmirail, dos a Hennebont y tres a Nantes. En estos envíos, estos mandatos, estas misiones, hay con fre­cuencia textos magníficos para que reflexionemos, para que meditemos. Podéis encontrarlos en los tomos IX y X. Cuando encontréis: «envío» «hermanas enviadas a…» leedlo, con frecuencia está lleno de mucha riqueza. Pues bueno, ese 22 de octubre de 1650, al dar sus consignas, san Vicente habla de una visita al señor Obispo (lo que os demuestra la importancia que daba a las relaciones, a la pastoral, a la pastoral local) —sigue san Vicente—. «Si os pregunta que quién sois (se trata, pues, de una cuestión de identidad), decidle que sois «pobres Hijas de la Caridad, completa­mente entregadas a Dios para el servicio de los pobres» (IX-533-534). Encontramos en san Vicente esta fórmula re­petida de manera análoga muchas veces, y algunas, palabra a palabra, pero en esta frase y en este contexto (se trata de presentarse a un obispo) la fórmula es muy interesante y significativa: se trata de vuestra identificación como Hijas de la Caridad: «Si os pregunta quién sois» y según san Vi­cente, lo esencial de vuestra identidad está en esta frase: «Jóvenes completamente entregadas a Dios para el servi­cio de los pobres».

Nada me parece más exacto, más concreto que esta carta de identidad que san Vicente da a estas siete Hermanas. Todo se encuentra ahí, y todo es esencia, cada palabra tiene su gran importancia.

  • completamente entregadas: es decir, dadas por com­pleto, plenamente;
  • entregadas a Dios: Se trata pues de una verdadera consagración;
  • para: la preposición tiene aquí una importancia ca­pital, vais a verlo, dá movimiento, sentido, orienta­ción a vuestra vida y a vuestra consagración;
  • para el servicio: lo que califica de manera cierta y segura vuestras relaciones con los pobres;
  • y en fin, la palabra «pobres».

No sólo está todo ahí, está coherente, organizado, orde­nado, y nos permite insistir en el equilibrio específico de vuestra vocación, de vuestra vida según san Vicente.

Vamos a tratar de profundizar cada una de estas pala­bras. Desde luego tendremos que enfrentarnos con la rea­lidad, coger palabra por palabra, una tras la otra. Cuanto más leo a san Vicente, más me cuesta hablar a las Hijas de la Caridad de su vocación. No porque sea muy compli­cada, si no porque es tan sencilla, tan coherente, tan ho­mogénea, tan «una» para nuestro lenguaje humano.

Para hablar eficazmente a las Hijas de la Caridad de su vocación, habría que hablar al mismo tiempo de consa­gración y de servicio, de oración y de servicio, decir al mismo tiempo pobres y Jesucristo, pues san Vicente ha sa­bido unirlo todo en vuestra vida, en vuestra vocación, unirlo, unificarlo. Y expresiones como ésta: «Servís a Jesu­cristo en la persona de los pobres», «dejar a Dios por Dios», o la frase que hemos tomado como tema, tienen tal riqueza, tal unidad orgánica, que casi se turba la conciencia al analizarlas palabra a palabra.

Es apasionante hablar a las Hijas de la Caridad de su vocación según san Vicente, pero es muy difícil. Por ejem­plo: ¿qué sois? ¿Sois primero consagradas, o sois primero siervas de los pobres? Yo creo que el solo hecho’de hacer la pregunta es traicionar el pensamiento de san Vicente y la realidad de vuestra vocación. San Vicente es el que responde: «Jóvenes completamente entregadas a Dios, pa­ra el servicio de los pobres». No dice, daros cuenta, «jóve­nes entregadas a Dios y que sirven a los pobres»; ahí en­contraríamos, por decirlo así, dos fines, dos actos, dos ejes. Por un lado la consagración, por otro, el servicio. El para en la frase cambia todo y todo lo unifica. Termina vuestra consagración y santifica y consagra vuestro ser­vicio. Indica claramente que el servicio de los pobres no es un segundo tiempo de vuestra vocación, de vuestra vida, si no que está presente, determinante, esencial en vuestra misma consagración. Por lo tanto, no existe para vosotras, de una parte vuestra consagración, con pobreza, castidad y obediencia, y de otra parte vuestra actividad apostólica, es decir, el servicio de los pobres. No se com­prendería nada de vuestra consagración, si aunque sólo fuese un momento, se hiciese abstracción del servicio de los pobres. Como vuestro servicio a los pobres se encon­traría fundamentalmente desnaturalizado si se hiciese abs­tracción de vuestra consagración.

  • Una Hija de la Caridad o se entrega toda a Dios, o no será Hija de la Caridad.
  • Una Hija de la Caridad se entregará a Dios «para» el servicio de los pobres o no será Hija de la Caridad.

Esta preposición «para» es verdaderamente esencial en esta carta de identidad que os ha dejado san Vicente.

Y después de dicho todo esto, tenemos que hablar con lenguaje humano, y distinguir para analizar.

«Completamente entregadas a Dios» en esta expresión, ya lo hemos visto, todas las palabras importan.

  • En primer lugar, claro está, Dios, Hijas de la Cari­dad, dice san Vicente, es decir, «Hijas de Dios». Las ges­tiones vicencianas y el compromiso de las Hijas de la Ca­ridad son esencialmente teocéntricos. Es la fe la que anima e ilumina la caridad. Es en nombre de la fe y en la esperanza de un encuentro con Jesús, como una Hija de la Caridad busca a los pobres, ama a los pobres, sirve a los pobres. Por lo tanto el problema de la Hija de la Caridad, es ante todo, un problema de fe.
  • La palabra «entregadas». Como todos los grandes místicos, san Vicente compara este don al del esposo a la esposa. Todas conocéis el hermoso texto de junio de 1656: «Hermanas, comprended esto bien: al entrar en la Com­pañía, habéis elegido al Señor como vuestro esposo, y El os ha recibido como a sus esposas, mejor dicho, os habéis desposado con El, y esto por medio de los Votos, de tal modo que vosotras sois sus esposas y El es vuestro esposo, pues después de 4 años, poco más o menos, os habéis entre­gado a El y esto por los Votos. Y como el matrimonio no es otra cosa que una donación que la mujer hace de sí misma a su marido, así el matrimonio espiritual que habéis con- traído con Nuestro Señor, no es otra cosa que una entrega que le hacéis de vosotras mismas, y El también se entrega a vosotras…» (X 160. Eso es lo que hay que poner bajo el verbo entregar en esta expresión. Es la entrega de un es­poso a una esposa y de una esposa a su esposo).

Y en cuanto a la palabra «completamente», «completa­mente entregadas a Dios», es sinónimo de dos adverbios que se encuentran con frecuencia en san Vicente «entera­mente y puramente»; y es que antes de la fundación de los Sacerdotes de la Misión y antes de la de las Hijas de la Ca­ridad, san Vicente había tenido la experiencia, más bien la frustración, de lo que podríamos llamar: dones parciales. Después de Gannes-Folleville (25 de enero de 1617), nos cuenta el mismo san Vicente, que unos Padres Jesuitas vinieron a ayudarle a predicar las Misiones. Desde luego, esa ayuda, fue útil y preciosa, pero no tardó san Vicente en darse cuenta, de que esa ayuda parcial, no era suficiente. Y en el contrato de Fundación de los Sacerdotes de la Mi­sión, el 17 de abril de 1625, se especifica claramente que se trata de eclesiásticos que se dedicarán completa y exclusi­vamente a la salvación de la pobre gente del pueblo.

Lo mismo ocurrió con las Cofradías de Caridad. Cierta­mente las señoras eran muy abnegadas, pero, como ob­serva san Vicente, «las damas de San Salvador fundaron una Cofradía en su parroquia; servían ellas mismas a los pobres, les llevaban los remedios, la marmita, todo lo que les hacía falta; pero como la mayoría eran de buena condi­ción y tenían marido y familia, algunas veces las fastidia­ba el puchero, y eso las incomodaba, y hablaron de buscar algunas criadas para que lo llevasen por ellas» (IX, 456). Entregadas sí, pero no completamente entregadas…

Así fue como san Vicente hizo la experiencia del don parcial, y pronto se dio cuenta de que el servicio de los pobres exigía un don total. Y ya desde el día 5 de julio de 1640, decía a las primeras Hijas de la Caridad: «Para ser verda­deras Hijas de la Caridad, hay que dejarlo todo: padre, madre, bienes, pretensiones a formar un hogar… Ser Hijas de la Caridad, es ser Hijas de Dios, Hijas que pertenecen por completo a Dios, pues el que vive en caridad, vive en Dios y Dios en él» (IX, 14). Antes de hablar del valor de vuestra consagración, acaso sea útil recordar rápidamente, la historia de la Consagración en la Comunidad.

Cronológicamente, entre vosotras, la consagración fue anterior a los Votos. Estos no fueron más que la fórmula espiritual y jurídica de una consagración ya efectiva, total e indispensable.

Hasta el 25 de marzo de 1642, en efecto, es decir, durante los nueve primeros años de vuestra fundación, las primeras Hijas de la Caridad vivieron su don total a Dios de manera independiente a todo Voto o a toda fórmula. Y vais a ver (y es bueno fijarnos en ello), que la aspiración de hacer Votos salió, como hoy se dice, de la base, y hasta llenó de ansiedad a san Vicente. En efecto el 5 de julio de 1640, san Vicente decía: «Las Hijas de la Caridad, aunque por ahora, no hagan votos, no dejan de estar en un estado de perfec­ción si son verdaderas Hijas de la Caridad» (IX, 14). ¿Qué quiere decir ese, «por ahora»? Quince días después, el 19 de julio de 1640, durante una conferencia, san Vicente habla incidentalmente de la fórmula de los Votos de los religiosos hospitalarios de Italia, en la que se encuentra la expresión: «Nuestros Señores los Pobres», y se maravilla ante esta expresión que desde entonces hará suya.

Pero al parecer lo que dijo el conferenciante llamó la atención a sus oyenes: en el texto (y la secretaria no es otra que Luisa de Marillac) vemos que las hermanas no se conforman con la fórmula : «El fervor con que el señor Vicente leyó el texto de estos votos hizo que algunas her­manas expresaran sus sentimientos… Imaginándose la di­cha de aquellos buenos religiosos que se entregaban por completo al Señor, y preguntaron, si en nuestra Compañía, no podría haber Hermanas admitidas a hacer un acto semejante» san Vicente pareció cogido de sorpresa y res­pondió: «Sí, hijas mías, pero con esta diferencia, los Votos de estos buenos religiosos son solemnes, y no pueden ser dispensados ni por el Papa; los que vosotras podríais hacer, podría dispensarlos el obispo. Ahora que más valdría no hacerlos, que tener intención de que os los dispersaran cuando quisierais».

Todo quedó en hipótesis, pero las oyentes se afirmaron en su terreno. Hicieron una pregunta: ¿Podrían las Herma­nas hacerlos en particular, siguiendo su devoción? Su Caridad respondió que había que guardarse de hacer seme­jante cosa, pero que si alguna sentía deseos de hacerlos que hablase con sus superiores, y luego quedase tranquila, tanto si se los concedían como si se los negaban» (IX, 25-26). Muchas preguntas se hicieron después de esta conferencia… y luego se quedaron tranquilas, según había dicho san Vicente, durante veinte meses.

El 25 de marzo de 1642 se pronunciaron los primeros Votos en la Comunidad. Leemos en efecto, en la conferen­cia sobre las virtudes de Barbara Angiboust, la gran Bár­bara: «Hizo los primeros Votos perpetuos con la señorita y las tres primeras Hermanas que los hicieron en la Com­pañía, el 25 de marzo de 1642» (Las otras dos eran sin duda, Madame Turgis, Maria-Dionisia y Enriqueta Gesseaume) (X, 638).

Y llegamos a 1647. El 22 de septiembre, san Vicente, en su conferencia sobre «la perseverancia en su vocación», lanza la idea de la renovación anual de los Votos y de las Promesas». Sería bueno que aquellas a quienes Dios ha concedido la gracia de entregarse más perfectamente a El, y que le han prometido servirle en la Compañía, renueven sus votos; sí, sería muy bueno. Da nuevas fuerzas y atrae nuevas gracias. Las que pueden hacerlo y están en este estado, que se sirvan de este medio con humildad y con­fianza en Dios que las ayudará. Las que todavía no se han comprometido con los Votos, que renueven sus resolucio­nes, cuando se vean turbadas» (IX, 352).

Que esta idea de la renovación se lance a fines del 1647 en una conferencia sobre la perseverancia, no tiene nada de extraño, para los que leen la correspondencia de san Vi­cente y de santa Luisa en 1647.

Vemos en efecto, que la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad, sufre una gran crisis, precisamente en el 1647, y que las salidas se multiplican. El 24 de junio, santa Luisa es­cribe a san Vicente: «Sor Margarita Tourneton se fue el domingo sin decir ni una palabra… Sólo Dios sabe el estado de mi pobre espíritu en medio de estos desórdenes. Parece como si el Señor quisiera destruirnos…» (III, 207). Pues no se trataba sólo de Margarita Tourneton. El 26 de junio otra carta de Luisa de Marillac: «Toda la compañía está llena de pena, asombro y temor, por la pér­dida de nuestra hermana. Las murmuraciones se hacen con sordina, nadie se atreve a hablar» (III, 209). Aquí tenemos una magnífica definición de lo que se llama malestar… Un mes después, el 23 de julio, tenemos una carta colectiva de las Hermanas de la Casa-Madre a san Vicente: «Esta es para deciros que dos de nuestras Hermanas se han ido esta mañana sin decir palabra. Una es Perrette, que había vuelto de Angers, y la otra Margarita que había vuelto de Fontainebleau. Todas (las Hermanas de la Casa-Madre) rogamos a su caridad que nos diga lo que tenemos que hacer». Hasta llega a tratar un poco más adelante, de ir a esperar a las Hermanas al coche para tratar de detener­las (III, 212). Imagínense ustedes un malestar semejante en una Comunidad todavía tan pequeña…

Y es precisamente durante esta crisis cuando san Vi­cente propone, el 22 de septiembre de 1647, la renovación anual de los Votos y Promesas. Y desde entonces las reno­vaciones de Votos se suceden y se multiplican. La legisla­ción es suave y acomodaticia; unas hacen los Votos, otras no. Otras tardan, cuatro, cinco, seis y hasta nueve años para hacerlos; en algunos casos se empieza por los Votos anuales, luego vienen los Votos perpetuos. Leemos por ejemplo: «Hace dos años que nuestra Hermanita Sor Bár­bara (se trata de Bárbara Bailly) hizo los Votos para siem­pre en «ese día, después de haberlos hecho durante cinco años» (VII, 393). Hay cosas conmovedoras como la preocu­pación de Luisa de Marillac, para coordinar los Votos de las Hermanas con la Misa de san Vicente (pero san Vicente era un hombre muy inquieto, y se encuentra por ejemplo un escrito de Santa Luisa, después de terminada una carta en la que anuncia los Votos a las Hermanas, que dice: «Para entregar al señor Vicente antes de que diga la Misa.»

En 1659, parece que la fecha del 25 de marzo ha sido definitivamente adoptada para los Votos y para la renova­ción, pues santa Luisa escribe a san Vicente el 25 de marzo de 1659: «Todas las Hermanas que han tenido la dicha de hacer los Votos, tanto las que están lejos, como las que están cerca, y yo misma, por indigna que sea, os rogamos mi muy honorable Padre que nos ofrezcáis a Dios en el so­berano misterio, para que hagamos bien nuestra renova­ción, y sobre todo las doce que tendrán la gracia de asistir al santo Sacrificio que vos ofreceréis» (VII, 472). Aquí pa­rece ser que se trata de una costumbre ya generalizada.

Esta es a grandes rasgos, la historia de los Votos en la Compañía de Hijas de la Caridad; hubo primero un período de don total sin fórmula, a lo Margarita Naseau; luego los deseos de base entre 1640 y 1642, y luego el 25 de marzo de 1642 los primeros Votos de las «cinco»; la crisis de 1647 parece haber orientado a san Vicente hacia un ritmo anual (lo dice él mismo en el texto que ya hemos citado) «para tener cada año, nuevas fuerzas y nuevas gracias», y por fin, el 25 de marzo de 1659 en el que al parecer, toda la Comunidad, tanto las que están lejos, como las que están aquí, hacen o renuevan sus Votos.

Sean lo que sean estas etapas, desde Margarita Naseau, la Hija de la Caridad ha sido «una joven completamente entregada a Dios para el servicio de los pobres». Ya veremos, que como sierva, san Vicente hará resaltar mucho, la im­portancia, la prioridad de este servicio; acaso algunas ve­ces esta insistencia parezca una especie de atenuación de relatividad de los valores y exigencias de la consagración. Y no ocurre nada de eso, al contrario. El servicio de la Hija de la Caridad según san Vicente lo ve, exige el don total de la consagración, y esto por dos razones:

  • Porque la consagración es la que da sentido al ser­vicio.
  • Porque la consagración asegura la disponibilidad total para el servicio.

III. La consagración da «sentido» al servicio

Ya hemos dicho, que para una Hija de la Caridad, el servicio de los pobres es un acto de fe, un encuentro con Jesucristo, una manifestación de amor total. Sin este don total, los actos de una Hija de la Caridad están necesaria­mente desnaturalizados, y sus relaciones con los pobres suenan a falso. Tenemos que recordar al hablar sobre esto, lo que dice san Vicente sobre el amor efectivo y el amor afectivo: «Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de las obras de caridad, en el servicio de los pobres hecho con alegría, valor, confianza y amor. Esas dos clases de amor forman la vida de la Hija de la Caridad, y es amar a nuestro Señor tierna y constan­temente» (IX, 593). Tenemos que prestar mucha atención a las definiciones que san Vicente nos da de vez en cuando «Esa es vuestra vocación, el don total (que como hemos visto san Vicente nos presenta como el desposorio con Nuestro Señor) y cuando estas relaciones con Jesucristo disminuyen en intensidad, cuando el don no es total, las relaciones de una Hija de la Caridad con los pobres, se ven inmediatamente afectadas, rotas y algunas veces vacías».

Con relación a todo esto, el diagnóstico de san Vicente sobre la crisis de que hemos hablado, cuando había tantas salidas, es muy significativo. Para él es un problema de las relaciones con Jesús, un problema de fe, un problema de oración. El 31 de mayo de 1648, en efecto, en una de sus conferencias, san Vicente decía a las Hermanas, a penas repuestas de la sacudida: «Es bien cierto, Hijas mías, que una Hija de la Caridad no puede subsistir si no hace ora­ción; es imposible que persevere. Durará un poco de tiempo, pero el mundo la vencerá. Encontrará su oficio muy duro, languidecerá y al fin se irá». Y san Vicente añade —y aquí está el diagnóstico— ¿Y por qué creéis, hijas mías, que tantas hayan perdido su vocación? La han perdido, porque no hacían oración» (IX, 416).

Ese es el diagnóstico de un hombre que tantas veces dijo, que dejar la oración por cumplir un servicio, es dejar a Dios por Dios. El principio «dejar» siempre será de capi­tal importancia para una Hija de la Caridad, pero nunca, en ningún caso, podrá explotarlo, jamás podrá servirse de ello para hacer relativa su vida de unión con Cristo, su oración, su meditación. «Ser Hija de la Caridad, es amar a Nuestro Señor, tierna y constantemente».

IV. La consagración asegura una disponibilidad total

Compromete a:

  • aceptar y asegurar los trabajos penosos y duros de la Caridad;
  • a no preocuparse más que de la caridad, sin tomar parte en nada que no sean los pobres…

Esta vida sin participación es una idea fundamental y determinante de vuestra fundación, y supone la consa­gración. Entregarse toda a Dios «para» entregarse a los pobres; consagrarse a Dios «para» consagrarse a los pobres.

Estamos ciertamente en el corazón de vuestra vocación tal y como san Vicente la ha querido.

Esta consagración se expresa en y por los Votos de pobreza, castidad y obediencia, que tradicionalmente son en la Iglesia las formas del compromiso, del don total. Pero es muy interesante el observar que, al hablar de ellos a las Hijas de la Caridad, san Vicente tiene una manera particular de presentarlos. Es verdad que recuerda todos los principios de espiritualidad que se encuentran en los manuales clásicos, pero añade y subraya un aspecto que os es propio y que está en la línea de todo lo que acabamos de decir, es la línea de una consagración «para» el servicio. Casi se tiene la impresión de que san Vicente da a los Votos motivos de orden profesional, razones de servicio.

Y al tratar de la pobreza: se lee en la conferencia sobre las virtudes de las Hijas de la Caridad, hijas del campo: «Pan tendrán lo suficiente. ¿No sería una vergüenza que las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres gustasen de comer bien mientras sus Amos sufren? (IX, 85). Esa es una reflexión sobre vuestra manera de vivir, con referencia a los pobres. Y esto se encuentra muchas veces en las con­ferencias sobre la pobreza: «Hermanas, debéis tratar de comer, como se hace aquí» (en la casa-madre) y aquí da la razón. «Es una comida semejante a la que hacen los po­bres, y debéis estimaros felices de tener reglas que os obli­gan a ello, no sólo a servir a los pobres si no a imitarles en su alimentación» (X, 406). Lo que es muy significativo en estos párrafos y en muchos otros, es la referencia que hace de vuestra pobreza con la de los pobres. «Ser como los pobres» ese es su criterio. Al háblar del hábito, hace lo mismo, san Vicente recuerda con frecuencia que vais ves­tidas como los pobres, y hasta llega a decir, como los más pobres… «Mirad las Hijas de la Cruz, van vestidas de negro, llevan una cofia cuando van por el pueblo. Puede parecer, que si vosotras fueseis así vestidas iriais más modestas… Pero eso es bueno para las Hijas de la Cruz, pero no para vosotras, que habéis sido elegidas para honrar la pobreza de Jesucristo. El quiere que vayáis así vestidas, como las más pobres» (X, 372). Es una pobreza que va bien con el servicio, se la podría llamar una pobreza-comunión que os hace participadle la suerte de vuestros Señores, los pobres, así participáis de su nivel de vida, de sus alimentos, de sus casas, de sus trajes, en resumen, de su vida. Os dais a Dios en la pobreza para servir mejor a los pobres.

En lo concerniente a la castidad, las perspectivas son las mismas. San Vicente dice: «Las Religiosas están ence­rradas, y no tienen ocasiones de encontrarse con los ex­ternos, pero a vosotras no os pasa eso, una Hija de la Ca­ridad está siempre en medio del mundo. Tenéis una vocación que os obliga a asistir indistintamente, hombres, mu­jeres, niños, a todos los pobres que os necesitan, y siendo esto así ¿cómo conservar la pureza? (X 452, 453). Ese es el contexto de vuestra consagración. Es la consagración de una joven que está siempre en el mundo. Y repite al hablar de la Regla: «Pensarán que como sus empleos las obligan a estar la mayor parte del tiempo fuera de sus casas y entre la gente, y muchas veces solas, deben tener más perfección. No hay nadie que esté entre la gente, como las Hijas de la Caridad, y que tenga tantas ocasiones, como vosotras, Hermanas. Por eso importa mucho que seais más virtuosas que las religiosas» (X, 657). Siempre en medio del mundo… la mayor parte del tiempo fuera de casa…, entre la gente… ese contexto concreto en el que san Vicente evoca siempre que habla de vuestra consagración en la castidad. Y ahí también la referencia está en el servicio, para el servicio. Os dais a Dios con una castidad que os permite, estando siempre en el mundo, estar al servicio de los pobres.

Y por fin vuestra consagración por la obediencia es de igual modo «para» el servicio. Se trata según san Vicente, de una obediencia de siervas. Es cierto que también aquí san Vicente enumera todos los motivos clásicos de la espi­ritualidad, pero insiste sobre todo en las exigencias del servicio a los pobres. Y por eso para él, es seguramente lo que él llama la santa indiferencia, la forma privilegiada de la obediencia de una Hija de la Caridad, esa santa indi­ferencia tan mal comprendida hoy día. Y sin embargo, nada hay de pasivo ni de pequeño en ella, al contrario se trata de una disponibilidad activa, dinámica, vigorosa, llena de voluntad, de la sierva que respeta su contrato con Dios y con los pobres». ¡Os llaman de tantos sitios para que sirváis a los pobres ¡Si vuestra Compañía trabajase según la carne ¿cómo seríais capaces de emprender tan largos viajes? Tenéis, pues, absoluta necesidad de ser todas de Dios. Os piden que vayáis a cuarenta, cincuenta, sesenta leguas… para hacerlo tenéis que estar llenas de confianza en Dios. La Reina os pide que vayáis a Calais a curar a los pobres heridos. Sé, que por la gracia de Dios, hay va-

rias que están dispuestas a ir en cuanto se lo pidan. Sí, sé que las hay que no piden nada, dicen… ¿dónde tengo que ir?… ¡Esa es una buena Hija de la Caridad! Eso es lo que hay que decir (X, 507). «Así tenéis que portaros para ser buenas Hijas de la Caridad, para ir donde Dios quiera man­daros, si os manda a Africa, a Africa, si es al ejército, al ejército, si a las Indias, a las Indias, a donde quiera que os llamen: «Sois Hijas de la Caridad y tenéis que ir»» (X, 128). Hemos presentado en una abreviatura estremecedora, lo esencial de la obediencia de la Hija de la Caridad, su dis­ponibilidad para todo servicio. En otro texto dice: «¿Cómo prestar a los pobres el servicio que les prestáis, si no os movéis de un sitio? ¿Quién irá a los forzados? ¿Quién ser­virá a los enfermos de los pueblos? ¿Quién visitará a los que están en esas guardillas, en esos sótanos sin que nadie les cuide? ¿Qué ocurriría si alguna no quisiese obedecer? Pero, gracias a Dios, eso no ha ocurrido jamás, pero si ocurriera, nada atraería más la cólera de Dios sobre vos­otras» (IX, 563).

Y podríamos continuar para demostraros, cómo cuando san Vicente habla de la obediencia de la Hija de la Caridad, pasa casi espontáneamente y muy aprisa, del plan «disci­plina», «orden interior» al nivel de la disponibilidad con relación a los pobres.

Así pues, al presentar la castidad, la obediencia, la po­breza a las Hijas de la Caridad, se las presenta de una ma­nera particular, específica, y teniendo siempre en cuenta «el servicio».

Esta rápida ojeada sobre la historia del valor y del sentido de vuestra consagración, nos autoriza, según creo, a sacar varias conclusiones:

1ª Desde Margarita Naseau hasta la muerte de san Vicente, la consagración total a Dios, fue concebida y vi­vida como un elemento esencial, necesario, determinante de la vocación de la Hija de la Caridad. Desde luego esta consagración no siempre se expresó en la fórmula de los Votos. Y desde luego, no son los Votos los que os hacen Hijas de la Caridad, como hace con las Religiosas, pues está bien claro que según san Vicente una Hija de la Caridad tiene que entregarse toda a Dios.

2ª Recordaréis la expresión de san Vicente al hablar de los dos amores: «Estas dos clases de amor son como la vida de una Hija de la Caridad, pues ser Hija de la Caridad, es amar a Nuestro Señor, tierna y constantemente». Tam­bién recordaréis el texto sobre el matrimonio espiritual y el diagnóstico del santo en la crisis de 1647. De todo ello podemos deducir, que la vocación de la Hija de la Caridad, es ante todo, una profunda unión con Jesucristo. Es esta unión con Jesucristo la que da sentido y valor a sus rela­ciones con los pobres. Su servicio es un acto de caridad, puesto que en principio es un acto de fe. Podríamos decir, tomando la famosa terminología de Monseñor Barreau: «Es por que conoce a Jesucristo en su consagración, por lo que lo reconoce en el pobre». No se da uno bastante cuenta de que al decir «dejar a Dios por Dios» hay una primera parte de la frase: «dejar la oración», lo que es prueba de que se hacía. Y es que, una Hija de la Caridad es una per­sona de oración, o no es nada.

3ª Entre las Hijas de la Caridad, no se puede separar la consagración y el servicio. En la frase —identidad— como en todas sus enseñanzas, san Vicente ha mantenido tal unidad, tal equilibrio, que se corre el peligro de traicionar su pensamiento, queriendo aun cuando sea con método, distinguir. Y este peligro existe cuando se habla, como lo estamos haciendo, de vuestra vocación. Y existe un peligro mucho mayor en los actos. Ya en tiempos de san Vicente, se manifestó en la Comunidad la tendencia a convertirse en religiosas. Hoy oímos muchas veces, «si san Vicente volviese, en vista de las condiciones actuales de la vida religiosa, ¿qué solución adoptaría?». Lo que más me in­teresa cuando me hacen estas preguntas, es lo que hay debajo. Acaso una tendencia a remplazar la preposición «para» por la conjunción neutra «y»; no ya una consa­gración para el servicio de los pobres, sino mujeres que viven consagradas a Dios «y» sirven a los pobres. Si fuese así, sería algo muy grave, tanto a nivel de consagración, como a nivel de unidad. Se correría el peligro de que hubiese en vuestra Comunidad dos corrientes, dos grupos de pen­samiento. Las que ante todo serían religiosas, y las que ante todo serían siervas de los pobres. Yo me pregunto si detrás de muchas de las tensiones actuales en la Comu­nidad (que se ven sobre todo a nivel de la forma de compro­miso y del estilo de vida), no hay como una oposición entre estas dos ópticas. Y ni la una ni la otra están justificadas si queremos referirnos a san Vicente. Es el «para» el que os caracteriza, y es el «para» el que debe ser vuestra unidad.

Hasta en vuestra consagración, en vuestro don a Jesu­cristo, el pobre tiene que estar presente, tiene que ser un determinante, así como Jesucristo tiene que estar presente en vuestras relaciones con los pobres. Por eso, al hablar de vuestra pobreza, de vuestra castidad, de vuestra obe­diencia san Vicente evoca a cada momento vuestra vida concreta de servicio, las exigencias de una vida siempre entre la gente, siempre entre los pobres.

Relaciones con los pobres

Los pobres en la frase-identidad, es la última palabra porque es el objetivo. La preposición «para» parece un poste indicador que indica la dirección del compromiso, del movimiento, del don total. Es inútil decir que si el ob­jetivo es el pobre, esto no convierte vuestra caridad en filantropía, pues ya sabemos, que el pobre, es Jesucristo. El movimiento de vuestra caridad es profundamente cris­tocéntrico: Sale de Jesucristo por vuestra consagración. Va a Jesucristo por vuestro servicio.

Los pobres: ese es pues el objetivo, el fin de vuestra vocación. San Vicente dice: «Debéis pensar con frecuencia, que vuestro principal motivo, lo que Dios os pide de modo particular, es tener un gran cuidado en el servicio de los pobres, que son nuestros señores. Sí, Hermanas, son nues­tros «amos», por eso debéis tratarlos con dulzura y cordialidad (y escuchad esto con mucha atención pues es muy importante). Es por eso por lo que Dios os ha reunido y aso­ciado, y por eso, por lo que Dios ha fundado vuestra Com­pañía» (IX, 119).

Si hay alguien que esté autorizado para definir y concre­tar el fin, la razón de ser, de vuestra vocación y de vuestra Compañía, es desde luego san Vicente. Y en textos como el que hemos trascrito (y hay muchos) no hay duda posible. Si no hubiese servicio de los pobres, no habría Hijas de la Caridad, ni Compañía de Hijas de la Caridad, ni siquiera con la consagración. Es en esta relación con los pobres, como se afirma, se define, se revela, vuestra identidad de Hijas de la Caridad, y es en estas relaciones con los pobres, como debe construirse vuestra Comunidad y su unidad. Es muy importante, en una Comunidad de Hijas de la Ca­ridad, que haya comunión en una misma relación, un mis­mo tipo de relaciones con los pobres. Yo creo que todas las enfermedades espirituales y pastorales, todo el males­tar, tanto de las Hijas de la Caridad, en plano personal, como de las comunidades, deben diagnosticarse y cuidarse a este nivel de comprender todas del mismo modo las cosas. Se trata para vosotras de una relación de identificación y de unidad.

Para precisar toda relación específica, he procedido de la manera siguiente: he leído mucho a san Vicente estos últimos años; pues, bien, he cerrado todos mis «Costes»1 y me dije: Vamos a ver, cuando san Vicente habla a las Hijas de la Caridad ¿qué palabras repite con más frecuen­cia? Porque si las repite con tanta frecuencia es indudable que contienen un mensaje esencial. Pues bien, inmediata­mente encontré tres palabras… y el número de textos que las contienen es prueba suficiente de que eran esas las que había que elegir. Esas tres palabras son:

  • Todos los pobres
  • Dondequiera que se encuentren
  • Los verdaderamente pobres.
  • Todos – Dondequiera – verdaderamente.

Y vais a ver que detrás de estas palabras, hay todo un pensamiento, toda una voluntad que precisa vuestra iden­tidad, que especifica, caracteriza vuestras relaciones de Hijas de la Caridad con los pobres.

1) Todos los pobres

El texto de base es del 29 de septiembre de 1655: %Ha­béis visto jamás una casa religiosa que tenga tan noble fin? Yo por mí, puedo decir, que no he conocido ni religión, ni comunidad, que haga lo que vosotras hacéis. Las Carme­litas tienen como fin la oración, las Hijas de santo Tomás cantan las alabanzas del Señor y asisten al prójimo cuando pueden: las del Hospital trabajan primero en su propia perfección y luego asisten a los enfermos; así es que, en cierto modo hacen lo mismo que vosotras. Pero no tienen regla que les obligue a ello, y no tienen obligación de asis­tir a todos los pobres, y vosotras al contrario, tenéis sin ex­cepción de personas, ni lugares, que estar dispuestas a ejercer siempre la caridad. Dios os ha elegido para esto» (X, 113). Os ruego que os fijéis de nuevo en la famosa prepo­sición «para» —para esto— Dios os ha elegido para ejercer la caridad con todos los pobres. El texto está bien claro: A vosotras lo que os caracteriza, según san Vicente, es el tener una Regla que os obliga a asistir de manera general a todos los pobres, sin excepción de persona ni lugar. Eso es lo que os especifica, no es sólo el servir a los pobres, es la disposición y la obligación formal de servir a todos los pobres. La no-limitación, la no-elección, la no-especializa­ción entre los pobres, parecen ser para san Vicente, vuestro distintivo y vuestra gracia. Las Hijas de la Caridad no eli­gen a los pobres: «¿No es eso honrar la gran autoridad de nuestro señor Vicente que asistía a los más miserables pecadores… ?» (X, 114). Yo quisiera tener tiempo para po­deros citar todos los textos que dan luz sobre todo esto y en los que san Vicente se extasía ante la diversidad de op­ciones y de compromisos de la Comunidad (X, 124-126).

La variedad para san Vicente no es un handicap, una dispersión de fuerzas. Es la prueba de fidelidad a lo que es vuestra gracia característica, y para él motivo de alegría. Con los sacerdotes de la Misión hace lo mismo. Hacia 1658 hubo una protesta (hubo varias en tiempo de san Vicente), decían: «Somos muy pocos y nos mandáis a todas partes. A Polonia, a Italia, a Madagascar…». Y entonces san Vi­cente tiene una elevación extraordinaria… (el viejo san Vicente, de 79 años, manda a paseo a los jóvenes misione­ros…). Les dice que no tienen que ser como el cararacol que no sale de su concha… Que eso no lo hace él, que cuanto más se esparza por todas partes su Comunidad más le pa­rece que es fiel a la voluntad de Dios y a la llamada de los pobres, de todos los pobres. Este reflejo constante de san Vicente subraya y fija el principal motivo, el específico de vuestras relaciones de Hijas de la Caridad con los pobres, con todos sin excepción.

Saco de aquí dos conclusiones una a nivel de la opción otra a nivel de la óptica.

A) A nivel de la opción: Hay congregaciones hospi­talarias, congregaciones de enseñanza, congregaciones que se centran sobre el mundo obrero, sobre el mundo rural, otras exclusivamente misioneras «ad Gentes»; y algunas veces oímos reflexiones de esta clase: «En vez de ocuparnos de mil cosas, ¿no sería mejor que optásemos? ¿No sería me­jor conservar una o dos? Esto favorecería una mejor pre­paración, una competencia más seria, mejores intercambios entre personas y comunidades ocupadas de las mismas tareas y trabajando en los mismos medios. Y podríamos elegir, los marginados, los disminuidos, los prisioneros, etcétera… Son unas reflexiones tan sabias y tan pruden­tes como las que hacían los contestatarios en tiempo de san Vicente. Y tenemos que admitir que jamás él las aceptó. Todo al contrario, veía en la diversidad una gracia y un signo de fidelidad. Es verdad que las realidades sociales y pastorales han cambiado mucho desde 1660. Pero lo im­portante para nuestras reflexiones de hoy, siguen siendo los motivos vicencianos. No se eligen los pobres, nuestros pobres, son dueños y señores, y tenemos que aceptarlos como son, es la Compañía la que tiene que adaptarse a ellos, a su llamada, a sus exigencias. Elegir a los pobres sería un reflejo de propietarios, de señores, con relación a sus siervos, y somos nosotras las que tenemos que ocupar el puesto del siervo, y no podemos elegir. Jamás san Vicente consintió en cambiar nada en relación con el servicio Hijas de la Caridad-Pobres. Jamás aceptó que la Comunidad eligiese los pobres, la categoría de los pobres. Aceptaba a todos los pobres, tal y como se presentaban: niños abando­nados, heridos en el campo de batalla, hospitalizados, en­fermos a domicilio, niños de la escuela…, dejando muchas veces sin aliento, tanto a las Damas como a las Hijas de la Caridad, como a los sacerdotes de la Misión, por el nú­mero, la variedad y la rapidez de sus decisiones. «No ade­lantarse a la Providencia». Cuando se leen los ocho pri­meros tomos del Padre Coste, que desgraciadamente, no se conocen lo bastante, y que dan mucha luz sobre los dos tomos que por regla general conocemos, se tiene la impre­sión de que san Vicente ha pasado por la vida saltando las escaleras de cuatro en cuatro… Es verdad que no se adelantaba a la Providencia, pero es que la Providencia era tan rápida como él.

Eso que se llama polivalencia de óptica, parece ser uno de vuestros sellos distintivos, la prueba de una disponibi­lidad indispensable a todas las llamadas, a todas las urgen­cias de los pobres. Por eso yo no creo, que la unidad a ni­vel de las Comunidades pueda encontrarse en una elección más limitada en lo concerniente a las opciones. Desde luego, no era esa la unidad que existía en tiempo de san Vicente.

B) A nivel óptico: Sea el que sea su trabajo, el medio social en que se desenvuelve, el arraigo necesario en un barrio, en un sector, en una profesión, la Hija de la Caridad tiene que estar siempre a disposición de los pobres sin ex­cepción. En los compromisos sociales, políticos, y hasta pastorales de hoy día, existe lo que podríamos llamar «mio­pía del medio» una miopía que sensibiliza de tal modo con los sufrimientos, las injusticias, las miserias, del medio en que se trabaja, que fatalmente se llega a ver mal, y al­gunas veces se llega al límite de no ver las miserias, los su­frimientos, las injusticias, de otros medios y otros barrios. No dejemos de señalar, sin embargo y de paso, que esta miopía, puede ser buena para un militante o una militante, pues es dinámica. No se puede hacer todo de una vez. Para que una labor sea eficaz, tiene que ser limitada, y tiene que movilizar todas las fuerzas y toda la persona del mili­tante. Esta miopía del militante puede ser buena y alguna vez necesaria para los militantes: ¿Pero es posible para una Hija de la Caridad, es compatible con su vocación? Su he­rencia son los pobres, todos los pobres, sin excepción de personas. Esa es la óptica vicenciana, la de su servicio. Si una Hija de la Caridad que trabaje por ejemplo, en un centro rural, se hace insensible de manera progresiva hacia los pobres del mundo obrero, corre peligro de que algo esen­cial a su vida de Hija de la Caridad, esté en peligro. Y si trabajando en un medio obrero, se encuentra con que presta muy poca atención a los marginados, a los no-organizados, o sencillamente a los ancianos, o los enfermos, bajo el pre­texto de que el trabajo en estos terrenos es poco rentable para la clase obrera, ¡Cuidado! Hay motivos para temer que algo muy esencial en su vida de Hija de la Caridad esté amenazado. Si una Hija de la Caridad, que trabaja a fondo en un barrio, en una región, en un sector, ve que no le preocupan las necesidades, las llamadas de otros barrios, o del tercer-mundo, por ejemplo. ¡Cuidado! Algo esencial falla en su óptica. Esta especie de miopía, espiritual, pas­toral y sociológica, es un gran peligro para las Hijas de la Caridad… «Vuestra parte, vuestro lote, dice san Vicente, son todos los pobres, sin acepción de personas». Es verdad que debemos entregarnos a fondo y sin reservas al trabajo en que vivimos, pero conservando siempre en lo posible esa óptica de carácter universal, a favor de todos los pobres. Pues todos son nuestros amos y señores.

Insisto sobre este punto que me parece de gran actuali­dad. Se comprende su importancia en relación con la uni­dad de la Comunidad, los medios de vida de hoy, al igual que los ministerios, forman las mentalidades, la persona­lidad, y hasta la espiritualidad. Y se corre el peligro de en­contrar en las Comunidades, las tensiones, los exclusivis­mos, y por qué no, las luchas que existen en los medios de vida de la sociedad. Es verdad que el diálogo es difícil entre las generaciones, pero puede acaso ser más difícil entre las hermanas que trabajan en el mundo obrero, las hermanas que trabajan en los hospitales y las hermanas que trabajan en la enseñanza… estos escollos demuestran sin embargo que cada cual comulga con los sufrimientos, el sufrimiento y los problemas del medio en que vive.

Al leer a san Vicente, yo creo que el nivel de unidad, de diálogo, de óptica que tenemos que profundizar, son preci­samente esas relaciones fundamentales, que siempre deben subsistir, con todos los pobres sin excepción de personas, que desde luego no precisa que nos desmobilicemos a cada momento, pero sí que todas tengan la misma solicitud vi­cenciana, la misma disponibilidad de servicio, por todos los pobres del mundo. Hay en todo esto una dimensión universal que me parece indispensable, y verdaderamente esencial para la vocación de Hija de la Caridad.

2. Dondequiera…

Esta palabra está siempre en los labios y en la pluma de san Vicente, cuando habla de vuestras relaciones con los pobres. Es muy importante que nos fijemos en la expre­sión de «movimiento» que tiene este adverbio.

Tenéis una vocación que está siempre en movimiento. La caridad según san Vicente, desde Chátillon (y ya sabéis que habéis nacido en Chátillon) está siempre en marcha hacia, es un ir hacia. Fue primero la salida en masa, («pa­recía una procesión», decía san Vicente) el 20 de agosto de 1617. Desde ese día empieza a usarse la expresión que será característica de vuestras obras de caridad a domicilio.

Y desde entonces debéis daros a todos los pobres, si tenéis que ir al domicilio de todos los pobres. Es una verdad de Pero Grullo. Esa es lógica vicenciana, lógica agotadora, tanto para las personas como para las Instituciones. Con una Compañía, que no llegaba, ni a la tercera parte de una Provincia en nuestros días, san Vicente lanzó a sus Hijas a una dispersión enloquecedora. Los campos de batalla, París, Angers, Sedan, Polonia, y ya sabéis lo mucho que deseaba mandarlas a Madagascar, es decir, a todos los sitios en que los pobres las necesitaban.

Sería muy interesante, estudiar las imágenes que lle­naban la imaginación de san Vicente, cuando hablaba de las Hijas de la Caridad. Yo he observado lo siguiente: emplea el verbo «ir», habla de la calle, del hospital, de los coches… Es curioso ver que san Vicente cuando habla de las Hijas de la Caridad, no las ve nunca en comunidad, ni siquiera en la Capilla, si no en las calles, con algo sobre los hombros, o entre las manos… «la Hermana de la Caridad que va mañana y tarde cargada con la marmita, con calor y frío, y no para ella, sino para llevárselo a ese pobre que no puede ir a buscarlo, y que se moriría de hambre…» (IX, 487). Y puedo encontrar más citas en las que san Vi­cente dice: «¿Qué es una Hija de la Caridad? es una joven que va y viene». «Os habéis dado a Dios, para ser buenas cristianas y para ser buenas Hijas de la Caridad, asistiendo a los pobres enfermos, no en una casa únicamente… sino en todas partes como hacía Nuestro Señor» (X, 124-28). «Oh, Hermanas mías: entregaros a Dios desde este momento para ir dondequiera El servirse de vosotras, y decidle — ¡Señor!, no seré yo la que quiera ir a Metz o a Cahors, iré a todas partes, seré de todos los sitios, iré a donde Vos queráis que vaya» (X, 513).

San Vicente pone pues, vuestra identidad …Yo soy-Tu eres… con la disponibilidad de ir dondequiera. Hemos in­sistido al hablar sobre la óptica sobre la lucidez con que la Hija de la Caridad debe mirar a todos los pobres sin ex­cepción de sitios ni personas, y tenemos que añadir, que más que de una óptica, más que de una mirada, se trata de una disponibilidad, de una mobilidad efectiva, y desde luego muy sacrificada. «Soy del Havre, pero si quiere, seré de Metz o de Cahors». Un estudio sobre las colocaciones y los cam­bios en la Compañía en tiempo de san Vicente, nos permi­tiría darnos cuenta de la extraordinaria mobilidad de la Comunidad en los primeros tiempos, siempre dispuesta a hacer frente a las urgencias con una suavidad y una rapidez que nos dejan absortos hoy día.

Es verdad que han pasado más de tres siglos; las institu­ciones se han afirmado, los cuartos de alquiler se han cam­biado en casas, la marmita… en administración. Para hoy día poder trabajar, se necesita competencia, diplomas, es­pecialización. Para ser admitidas y aceptadas en un barrio, en un sector, un medio de vida, se necesita tiempo, pacien­cia, tomar raíces. Para ejercer, hay que entrar en una pro­fesión, con todas las exigencias, todas las servidumbres, que de ello se desprenden… Sí, los tiempos no son los mis­mos y hay que ser tan realistas y tan audaces como lo fue san Vicente en su tiempo. Pero a mí me parece, que lo que no se puede hacer, es ignorar y contradecir lo que san Vi­cente nos ha presentado tantas veces como esencial a vues­tra vocación, a vuestro servicio de Hijas de la Caridad. Y el «dondequiera», es decir, esa disponibilidad efectiva, esa mobilidad, forman parte de lo esencial. Acaso más que nunca, esta será vuestra cruz, una tensión, un conflicto entre dos fidelidades; la fidelidad a los pobres de este barrio, de este sector, de este medio, que compromete y obliga hoy mucho más que ayer, y por otra parte la fidelidad superior a todos los pobres, dondequiera que estén, o que os nece­siten. Como dice san Vicente de manera escueta y escalo­friante «Sois Hijas de la Caridad, y tenéis que ir».

3. Los verdaderamente pobres

La Hija de la Caridad que está, por ejemplo, en el mundo rural, ¿reconocerá como Hija de la Caridad la que está en el mundo obrero, aunque viva en S.O.E. y aunque tenga un estilo de vida, que no es el acostumbrado? Las Hermanas de hospital, y las de enseñanza, tienen que reconocer a las del mundo obrero y viceversa. Este reconocimiento mutuo, unificante y de identificación, era para san Vicente una condición sine qua non, el centro principal, la cuestión vital para él era que tanto en el mundo rural, como en el obrero, como en las escuelas o en los hospitales, se tratase de pobres, de verdaderamente pobres. Se ha hablado de la variedad, de la dispersión, que no solamente no inquieta­ban a san Vicente, sino que se envanecía de ello, pero sin­tió la necesidad de un criterio para que, como él decía, la caridad «no llegase a desaparecer» y ese criterio era el «verdaderamente». A partir de cierto momento, en los re­glamentos de las Cofradías, puso gran insistencia en la palabra «verdaderamente» .Hasta una vez exigió en un con­trato escrito, que se orientasen las Cofradías hacia los verdaderamente pobres.

Doy algunos textos —escribe a sor Juana Lepintre el 23 de julio de 1656—. «Nos piden muchas veces en París, que permitamos a las hermanas que vayan a cuidar a en­fermos que no son pobres; pero no podemos consentir que los cuiden, ni siquiera a los confesores» (VI, 39-45); y es­cribe a un sacerdote de la Misión «las Hijas de la Caridad, no son más que para los enfermos abandonados que no tienen a nadie que los cuide» (VII, 65). Dice lo mismo a Ana Hardemont, el 9 de febrero de 1659… Podrían multi­plicarse las citas, está bien claro y es indudable, que según san Vicente, las Hijas de la Caridad sólo son para los ver­daderamente pobres, y nunca quiso suavizar, o disminuir este criterio. Se conocen desde luego algunas grandes ex­cepciones, y sabéis como estas excepciones han confirmado la regla. Pienso por ejemplo en Maria-Dionisia y en Bár­bara Angiboust con la sobrina de Richelieu, la duquesa D’Aiguillon (carta de san Vicente a santa Luisa, I, 239-241) y lo más interesante es la conclusión que saca san Vicente: «No sabéis el valor que esto me ha dado para la caridad», es decir, para las Hijas de la Caridad. En el fondo estaba esperando esa respuesta. Otro ejemplo es el de Margarita Moreau, que también fue pedida por la reina de Polonia y que también rehusó. San Vicente comenta: «¡Oh Sal­vador!, qué gracia ha necesitado esta hermana para dar tal respuesta!» (IX, 588-639).

El adverbio «verdaderamente» así como las palabras «todos» y «dondequiera» revelan por lo tanto algo esencial a vuestras relaciones específicas con los pobres, algo que no podéis ni ignorar, ni olvidar en el día de hoy sin ir con­tra vuestra vocación de Hijas de la Caridad. Reconocemos y aceptamos una vez más que los tiempos han cambiado, que las leyes nivelan y allanan las diferencias cada vez más, y que una Hija de la Caridad en un hospital no puede negar sus servicios a enfermos que no entren en la Bene­ficencia, como tampoco en los colegios pueden negarse a dar clase a niños de familias más acomodadas… Es verdad, los tiempos cambian, pero ¿podemos olvidar el «verdadera­mente», o hacerlo relativo o ensancharlo hasta el punto de vaciarlo de todo su rigor? El pensarlo, creo que sería muy grave para vuestra Comunidad; el «verdaderamente» debe permanecer como una provocación en vuestra conciencia personal y colectiva, un poco como la señal de inseguridad que hace que el chauffeur esté intranquilo.

Para salir de «nuestras obras» y durante el Vaticano II nos hemos lanzado por el camino de insertarnos en las es­tructuras diocesanas, pastorales, profesionales, sociales y es desde luego un gran adelanto, deseado además por la Igle­sia. Pero el «verdaderamente» tiene que ser siempre un criterio esencial en vuestra opción, en vuestros actos, y eso en todas las comunidades y en todas y cada una de las Hermanas. Eso no es fácil en el mundo de hoy pero… ¡hay todavía tantos «verdaderamente» pobres en nuestra so­ciedad…! Hay que relacionar la palabra «verdaderamente» con la palabra «abandonados», para san Vicente, esa es la prueba de la verdadera pobreza; abandonados por la Igle­sia y por la sociedad. Ya hemos dicho que no tenemos de­recho a elegir nuestros pobres… pero debemos reservarnos para los verdaderamente pobres.

Sé muy bien que esto se presta a esas discusiones a que somos tan aficionados ¿quiénes son pobres hoy día? ¿Dónde están? (preguntas que se hacen y se repiten en todas las asambleas desde hace diez o acaso quince años, y luego, cada cual justifica su trabajo… «y mientras tanto los po­bres verdaderos se mueren» dicen los escépticos…») El peligro desde luego es muy grande y se pueden hacer racio­cinios hasta perderse de vista. Pero hay un peligro todavía mayor para una Hija de la Caridad, el no preocuparse por ello, el no darse cuenta de la señal de peligro, el no inquie­tarse, ni preguntarse que quién es el «verdaderamente pobre».

Tenemos que resumir:

No quiero repetir lo que ya he dicho de vuestra consa­gración: «Jóvenes entregadas a Dios para el servicio de los pobres».

Vuestra identidad está en vuestra relación específica con los pobres:

  • Especifica en primer lugar, porque está en relación con Jesucristo;
  • Especifica porque os sitúa en relación con todos los pobres, sea el que sea vuestro trabajo, y eso os tiene que hacer que evitéis lo que hemos llamado miopía espiritual, pastoral y sociológica.
  • Específicas son vuestras relaciones con los pobres puesto que se fundan en un movimiento hacia. Sois jóvenes que van y vienen. «Hijas de la Caridad tenéis que ir… dondequiera».
  • Especifica, por fin, por la elección deliberada, exclu­siva y abnegada, que siempre nos hace interrogarnos a nosotras mismas de quienes son los «verdaderamente pobres».

Así es como yo creo que pueden calificarse vuestras relaciones de identidad y de unión con los pobres.

4. Noción de servicio

«¡Dios mío! ¡Qué hermoso título! ¡Hijas mías, qué her­moso título y qué hermosa ocupación! ¿Qué habéis hecho al Señor para merecerlo? ¡Siervas de los pobres!» (IX, 324).

¡Cuántos textos podríamos aducir bajo este tema «Sier­vas». Tenemos que hacer observar ante todo, que para san Vicente esta palabra tiene un sentido que se ha olvidado o se ha pasado por alto con harta frecuencia, pues a toda costa se le quiere dar un sentido místico; para san Vicente la palabra «sierva» cuando la empleó por primera vez no quería decir la Anunciación, ni quería decir el «siervo de Yahvé», quería decir Margarita Naseau.

Ya sabemos que cuando las cofradías se implantaron en París «las damas encontraron duro y difícil el prestar ser­vicios bajos y penosos y querían mandar a sus criadas a que las remplazaran, esto era contrario al deseo de san Vi­cente. Y aparece Margarita Naseau. Y yo me planteo un problema, que es el siguiente: «En el fondo, ¿quién tuvo la idea de las Hijas de la Caridad?». La respuesta más fácil es desde luego: ¡San Vicente! ¡Santa Luisa! Pero yo me pregunto… ¿No han sido los tres? ¿No ha sido Margarita Naseau? Hay un texto que le hace justicia, un texto en el que el mismo san Vicente nos dice que Margarita Naseau se ofreció para remplazar a las criadas de la Cofradía del Salvador. Así, pues, la primera Hija de la Caridad fue Margarita Naseau. San Vicente lo dice textualmente, y fue por completo una Hija de la Caridad, puesto que se compro­metió al servicio de una Cofradía de la Caridad, y natural­mente, para remplazar a las criadas, a las domésticas de aquella época, y san Vicente al aceptar después de ella otras Margaritas Naseau, fijó los estatutos de morada, traje y modo de vida de las Hijas de la Caridad. Era el modo de ser y de vivir de las siervas. Os podéis dar cuenta de que el contenido socio-profesional tiene una importancia capital.

Siervas: Para san Vicente eran eso antes que nada; una realidad socio-profesional. Un aspecto que vale la pena de ser considerado y de reflexionar largamente sobre ello, cuando se trata del problema de la situación de las Hijas de la Caridad en la sociedad de hoy, tanto del esta­tuto que ellas creen tener o del modo que la gente y los pobres las consideran. Seguro que con Margarita Naseau y las primeras Hijas de la Caridad no había equívoco po­sible —eran sencillamente— y esto se veía con toda cla­ridad— siervas, al nivel de todas las siervas que entonces existían en París.

Leyendo a san Vicente, como hice con la palabra «po­bres», me pregunté: «¿Qué expresiones emplea san Vicente con más frecuencia cuando habla de los servicios de las Hijas de la Caridad?». Y he encontrado tres:

  • «en la persona de los…». «Servís a Jesucristo en la persona de los pobres»;
  • el adverbio «sin embargo». «Recordarán sin embargo, que tienen que preferir siempre el servicio de los pobres»;
  • Y los dos adverbios «corporal y espiritualmente».

«Sirviendo a los pobres, se sirve a Jesucristo. ¡Oh hijas mías! ¡Qué verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres, y esto es tan cierto como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos, y diez veces al día encontrará a Dios» (IX, 252).

Servís a Jesucristo en la persona de los pobres

Vamos a hacer dos observaciones: hay en esta expresión una afirmación que parece una ecuación —Pobres = Je­sucristo— y hay otra afirmación sobre la que no insistimos lo suficiente: Pobres = Personas.

A) Pobres = Jesucristo: Debemos fijarnos en el rea­lismo de san Vicente: lo cree tan cierto como estamos aquí «Sólo los místicos pueden alcanzar esas alturas: se atreven a decir cosas como esa, sencillamente, porque las han vi­vido». Para san Vicente, esta ecuación es mucho más que una afirmación doctrinal, evangélica, es sencillamente, el eco de Gannes, de Chátillon, donde con toda evidencia en­contró a Jesucristo en los dos pobres que le indicaron el camino que tenía que seguir. Fueron los pobres los que le hablaron en nombre de Dios. Jesucristo estaba en los po­bres, san Vicente lo sabía, había tenido experiencia de ello. Una espiritualidad, como ya sabéis es una comunión, una unión de ideas con aquel o aquella de quien nos llamamos discípulos. Vuestra espiritualidad es una comunión con esa experiencia, con esa evidencia. Lo que hace que seáis Hijas de la Caridad, no es el servicio de los pobres, aunque sea de todos los pobres y de los verdaderamente pobres: lo que os hace ser profundamente Hijas de la Caridad es la convicción de que al servirlos, servís a Jesucristo, es la ecuación. Y en ese profundo nivel se unen en vosotras la consagración y el servicio, la fe y la caridad los dos amores, el afectivo y el efectivo. Vamos a hablar dentro de un mo­mento de la prioridad del servicio y de ese «dejar a Dios por Dios» que tantas veces se recuerda. ¿Cómo queréis que un hombre que ha podido decir: «Esto es tan cierto como que estamos aquí» pueda creer que deja a Dios si va a la Eucaristía que el pobre representa? A ese grado de con­vicción, de experiencia mística es al que san Vicente invita sencillamente a las Hijas de la Caridad, y las invita por el camino menos evidente y radiante, el camino de la fe, una fe que hay que reanimar y avivar sin cesar tanto por medio de la oración como por el encuentro con los pobres.

Y ya estamos según me parece en pleno corazón de la unidad y la identidad de vuestra Comunidad. Es por la manera que tenga de hacerlo, por su espontaneidad, por su alegría, por su entusiasmo al encontrar a Jesucristo en los pobres, por lo que se reconocerá profundamente a una Hija de la Caridad —es el medio por el que se reconocerán entre sí, dos, mil, diez mil, cuarenta mil Hijas de la Caridad—, aun cuando no vivan la misma vida, no tengan los mismos ministerios, aunque estén esparcidas a los cuatro vientos en todos los lugares del mundo. Son Hermanas que viven haciendo la ecuación, son provincias, es una Compañía que viven haciendo la ecuación…

Es inútil volver a hablar de la oración, de su importan­cia, sobre todo de la oración comunitaria, de esa participación espiritual que reanima y realiza día tras día esa evidencia vicenciana: «tan cierto como que estamos aquí». A pesar nuestro nos vemos tan sujetos a la influencia del materialismo, de la incredulidad, de los ideales sociales mal digeridos, que algunas veces ese encontrar a Jesucris­to en el pobre, puede parecer a algunos como una especie de expoliación, de enajenación, de injusticia hacia la per­sonalidad del pobre. «Hay que ir al pobre —se dice— como pobre que es. Toda otra actitud hiere la dignidad del pobre, su personalidad, su autonomía».

«Estoy seguro de que no vais a los pobres para ganar el cielo, eso espero». Con san Vicente, y según él, el ser­vicio no es un medio, es un fin: «para» el servicio. Lejos de herir la personalidad del pobre, san Vicente con su ex­periencia de Gannes, de Chátillon, sencillamente ha tomado a la letra, las palabras de Mateo 25, 31: «Todas las veces que lo hagáis a uno de estos pequeños, a uno de estos her­manos, en mi nombre, a mí me lo hacéis…». Ya sabéis que este texto es nuestro texto básico, es el primero que se encuentra en el reglamento de la Cofradía de Chátillon.

B) Pobres = Personas: Precisamente san Vicente te­nía un respeto y una conciencia de la persona del pobre, muy raras en aquella época. Para él, el pobre era ante todo una persona. Claro que inmediatamente ve, y eso también es raro en aquel tiempo, los conjuntos sociales, hoy se di­ría los medios, y acaso, las clases. Se da cuenta del proble­ma social de las prisiones, de los niños abandonados, de los hospitales, de los mendigos. Su primera obra como cape­llán de las Galeras, no fue hacer una Misión, predicar… no, fue dar todos los pasos necesarios para lograr un cambio de local a otro más sano. Socorrió a las víctimas de la guerra, pero también se ocupó de dar los pasos necesarios para lograr la paz, y con peligro para su persona (y digo que con peligro para su persona, porque por sus cartas vemos que tenía que cambiar de domicilio cada quince días, a causa del peligro que corría por su petición a Mazarino). Si se comprometió, frente a los poderes públicos recordándoles sus deberes, no hay que creer que se limitaba a dejar correr los asuntos sin hacer nada, y que se confor­maba con arreglar los desperfectos. No, san Vicente atacaba a las causas y corregía los efectos.

San Vicente se daba cuenta inmediata de los problemas sociales, y los abordaba como tales, con toda la secuela, de informaciones, demandas, gestiones y algunas veces con­testaciones. A cada problema social, su solución social, claro que en límites que señalaba su tiempo. Pero eso no le impide considerar al pobre como a una persona. En esto como en todo, san Vicente, parte de la experiencia. Desde Chátillon comprendió que más que los socorros materiales son las relaciones humanas interpersonales entre el pobre y él o la que lo socorre, las que cuentan. Se leen en el pri­mer reglamento de Chátillon estas hermosas palabras. «Si el pobre enfermo tiene alguien que le acompañe, se le de­jará, y se irá a visitar a otro, cuidando siempre de empezar, por los que tienen alguien que les acompañe, para terminar por los que están solos y así poderles hacer compañía más tiempo» (XII, 428).

Precisamente porque esas relaciones interpersonales es­taban amenazadas en las Cofradías de París, fue por lo que san Vicente, gracias a Margarita Naseau, concibió y fundó a las Hijas de la Caridad. Por lo tanto vuestra Compañía ha nacido para restablecer el contacto entre el pobre y la caridad de Jesucristo. Esta es , me parece a mí, otra idea importante sobre vuestro servicio, un aspecto esencial de vuestra vocación. Ya sabemos que en nuestro mundo so­cializado, es la persona la que se ve amenazada. Los soco­rros, los seguros, los retiros, están todos planificados de modo administrativo. La respuesta a las necesidades, a la miseria, son soluciones sociales colectivas, es preciso que así sea. Pero acaso más que nunca, el carisma específico de la Hija de la Caridad, el carisma de la relación, del en­cuentro, sean de urgente e irremplazable necesidad.

La primera reivindicación de los pobres de hoy ¿no es que se les reconozca como personas?. Su mayor sufrimiento ¿no es en un mundo sin corazón, la soledad, el quedar al margen? Desde luego un gran estudio se impone para ver cómo salvaguardar y vivir estas relaciones, estos encuen­tros con el pobre, en un mundo cuyas estructuras se socia­lizan cada vez más. ¿Cómo por ejemplo salvaguardar esas relaciones en un hospital con horarios y estilos cada vez más planificados en nombre de una solidaridad profesio­nal legítima? Y se encuentran situaciones equivalentes en la mayoría de nuestras opciones actuales. ¡Difícil problema! Evidentemente, no se trata de volver la puerta del prin­cipio, pero también creo que sería demasiado fácil el que vosotras, Hijas de la Caridad, adoptaseis tranquilamente la óptica, los medios de un sector, de una institución, de un medio, abandonando las relaciones directas y personales con los pobres como se hacía al principio de vuestra fun­dación.

Llegamos al aspecto más concreto de la tensión entre inserción y carisma, entre pastoral y carisma. ¡Qué fácil sería que bastase el insertarse, el adaptarse, el solidari­zarse! No es que diga que sea fácil el insertarse, es muy difícil… Pero sería sencillo desde el momento que no ten­dríais que atender a dos fidelidades. Pero insertarse y guar­dar su personalidad, entrar en la pastoral de conjunto y seguir siendo profundamente fiel a la vocación de Hija de la Caridad, eso es aceptar el vivir en tensión perpetua entre la fidelidad a san Vicente y la solidaridad profesional, o social o pastoral. Entre la participación de actos, solu­ciones y administraciones colectivas, y la preocupación siempre esencial de vuestra vocación en las relaciones per­sonales y en el encuentro con la persona de los pobres… Yo me digo algunas veces: Si san Vicente volviese y viese que la Compañía de Hijas de la Caridad se aparta cada vez más del encuentro con los pobres, ¿qué haría? Por lo menos podemos atenernos a lo que hizo en 1630, 1632, 1633. Fundó un nuevo Instituto para volver a tener contacto con los pobres.

2. Recordarán, sin embargo, que tienen que preferir a sus prácticas de devoción el servicio de los pobres. Os daréis cuenta de que es el último artículo del reglamento de 1645; se encuentra en X, 556; en el IX, 215, 216 san Vicente es más claro todavía—. «Hijas mías, el servicio de los pobres tiene que preferirse a todo». Y para que se comprenda bien, san Vicente elige como ejemplo una misa un día de pre­cepto.

El «dejar a Dios por Dios» no es una máxima excepcio­nal en san Vicente, vuelve sobre ello constantemente, y con tanta frecuencia que puede leerse esta pequeña anéc­dota divertida escribiendo a una Hermana que salía para Arras el 30 de agosto de 1656: «Guardaréis todo lo mejor posible todas las pequeñas prácticas de vuestro regla­mento, a no ser que el servicio de los pobres os lo impida, y si es así, eso es dejar a Dios por Dios». Y la Hermana le respondió: «Padre, estamos tan acostumbradas a esto, que con frecuencia hacemos oración mientras vamos y venimos de Misa» (X, 226). Esto es para deciros que esta frase «dejar a Dios por Dios» se repite constantemente. «Atended pri­mero a los pobres y asistidlos, y luego, si podéis, haced lo demás. Enhorabuena».

¿Por qué esta insistencia? Pues sencillamente, porque ante todo sois «Siervas». Para las religiosas, el criterio de perfección era la regla que según decían no podía enga­ñarse. Para la sierva, para la Hija de la Caridad, el criterio es el Amo, el Señor, es el pobre. San Vicente explica y jus­tifica este punto de vista esencial. «De tal modo (cuando se deja la oración por el servicio de los pobres), que estáis seguras de ser fieles a vuestras Reglas y mucho más, puesto que la obediencia está considerada por Dios como sacri­ficio. Es a Dios, hijas mías, a quien queréis servir. ¿Y creéis que Dios es menos comprensivo que los amos de este mundo? Si un amo dice a su lacayo: Haz esto, haz aquello, y antes de que haya terminado, le dice que haga otra cosa, no encuentra mal que el lacayo deje lo que le había man­dado primero, al contrario, está más contento… Pues lo mismo os ocurre a vosotras con Dios. Os ha llamado a una Compañía para servir a los pobres, y para que os sea más agradable, os dio reglas, si cuando las estáis practicando os pide que vayáis a hacer otra cosa, id en buena hora, sin dudar ni un momento de que estáis cumpliendo la volun­tad de Dios» (IX, 216).

Las razones son claras, puesto que hemos aceptado la presencia de Dios en el pobre. La Regla manda que hagáis oración, es Dios quien lo quiere. Pero un pobre os necesita, es Dios quien os llama. Y como dice el texto estará más contento si dejáis lo que os pidió primero, para cumplir esta nueva orden.

Los «sin embargo» de que hablamos expresan lo que para vosotros debe constituir la jerarquía de valores. Por regla general cuando se habla de religiosas y de Hijas de la Caridad, por regla general se fija la diferencia en la clau­sura, y se dice que san Vicente no quiso que fueseis reli­giosas, porque para él, religiosas era sinónimo de Claus­tradas. Es verdad que lo dice varias veces. Pero para vos­otras se trata de algo más que de un problema de clausura, se trata de algo más profundo, de un problema de óptica en la jerarquía de valores. Ese comportamiento-reflejo de «dejar a Dios por Dios» frente a la regla, es muy sintomá­tico, como también en vuestras mismas reglas esas pince­ladas típicamente vicencianas; «en tanto cuanto podáis» «en tanto lo permita el servicio de los pobres». El cri­terio para vosotras no es la regla, es el servicio de los pobres.

La conferencia del 17 de noviembre de 1658 (X, 582, 585) tiene por título: «Levantarse, oración, examen y otros ejercicios». Es una revisión de vida sobre la puntualidad. San Vicente pregunta a las hermanas: las dos primeras responden bastante bien, pero luego… terrible… son las cinco, las seis, las siete… Una hermana dice: «Nosotras leemos un punto de vez en cuando, y luego vamos ensegui­da a servir a los pobres». Podríamos creer que san Vicen­te dijese: «¡No!; escuchad, haced un pequeño esfuerzo…». Pues bueno, lo que dice es: «¡Que Dios os bendiga!». Y a la que confiesa que no es puntual, porque no entiende el re­loj, la dice: «Que Dios bendiga vuestro candor». Pero ¿qué hay debajo de todo esto? Cuando san Vicente presenta el reglamento parece muy duro; pero cuando juzga el regla­mento en contacto con los problemas que se presentan en la vida, ya es otro. Porque lo que le interesa saber son los motivos. Esa hermana no puede hacer oración porque va a visitar los pobres. «Sois una buena hermana ¡que Dios os bendiga!».

Esta práctica de la prioridad del servicio constituye uno de los elementos esenciales de vuestra vocación y de vuestra unidad. Se dice algunas veces, que para que una Comuni­dad lo sea verdaderamente tiene que adoptar la misma je­rarquía de valores. Pues bien, una reflexión en común so­bre ese sin embargo podría acaso llevarnos a esto.

3. Y termino con estos dos adverbios: «corporal y es­piritualmente». Son eco de las dos experiencias de 1617: En Gannes, «espiritualmente», en Chátillon, «corporal­mente». De estas dos expresiones hizo san Vicente la sín­tesis inmediatamente, pues tres días después de Chátillon, se encuentra en el reglamento de las cofradías: «En lo que se proponen dos fines: ayudar al cuerpo y al alma» y tres meses más tarde en el reglamento de noviembre (XIII, 423), se encuentran por primera vez estos dos adverbios que lue­go se repiten constantemente: «espiritualmente, corporal­mente».

Como muchas otras cosas, pasarán de las Cofradías a la Compañía de las Hijas de la Caridad: «No sois sólo para el cuerpo, dice san Vicente, sino para ayudarles a sal­varse (IX, 6). Por eso, hijas mías, debéis saber que los de­signios de Dios sobre vosotras al estableceros, han sido desde toda la eternidad para que le honraseis, contribu­yendo con todas vuestras fuerzas al servicio de las almas, para hacerlas amigas de Dios, y esto aun antes de que os ocupéis de los cuerpos» (IX, 21). Otras referencias IX, 59-60- 180, 593.

Vuestro servicio será pues misionero, o no será nada. Vuestra caridad será evangelizadora, o no será nada. No basta que sirváis, curéis, promocionéis a los pobres, ten­dréis que anunciarles a Jesucristo. Desde luego que no se trata de emplear los métodos un poco rápidos de san Vicente del siglo xvii, pero no se puede atenuar, ni ignorar la ca­lidad misionera de vuestro servicio sin desnaturalizarlo. San Vicente nunca separó Gannes de Chátillón y a los sacer­dotes de la Misión les recuerda que también tienen que preo­cuparse de los cuerpos y a las Hijas de la Caridad las dice que tienen que preocuparse de la salvación de las almas. «Cuando sirváis así a los pobres, seréis verdaderas Hijas de la Caridad, es decir, Hijas de Dios, y así imitaréis a Je­sucristo, pues, hermanas mías, ¿cómo servía El a los po­bres? Los servía «corporal y espiritualmente» (IX, 59).

Vuestro servicio es, pues, evangelización, proclama, anuncio de Jesucristo a los pobres… Y una Hija de la Ca­ridad, sea la que sea su opción, su compromiso, su inser­ción, no podrá, sin renegar, a mí me parece, hacer abstrac­ción de este aspecto esencial de su servicio. ¿Cómo? Los tiempos han cambiado y también los métodos. Pero san Vi­cente ya pensaba en un anuncio de Jesucristo que no ne­cesitaba palabras: «Haced esto (el dar de comer a los pobres) y ya evangelizáis con palabras y con obras, y esto es lo más perfecto».

Hacer esto, es decir, dar de comer, vestir, visitar, todo es evangelizar. Tendríamos que profundizar sobre esta afir­mación, para asegurar a vuestro servicio de hoy día su calidad y su valor esencial de evangelización.

Pero vamos a concluir

Para reflexionar sobre los valores de vuestra consagra­ción y la noción de servicio en vuestra vocación hemos elegido la frase de identidad del 22 de octubre de 1650. «Si os pregunta quién sois, contestad: somos unas «jóvenes completamente entregadas a Dios para el servicio de los pobres». Todas y cada una de estas palabras ya hemos visto que son esenciales:

Primero, una consagración total a Dios, «Ser Hija de la Caridad es amar a Nuestro Señor tierna y constantemente».

Luego, una consagración para el servicio. «Para eso es, para lo que Dios os ha reunido y asociado, para eso ha formado vuestra Compañía». Relación con los pobres, con todos los pobres, siempre con esa universalidad de miras, y nunca a ser posible, con esa miopía (que tiene y puede serle útil y dinámica al militante). Dondequiera, es decir, con una movilidad y una disponibilidad tan rápidas como espontáneas: «Sois Hijas de la Caridad y tenéis que ir…». En fin, unas relaciones con los verdaderamente pobres, con un exclusivismo que siempre será muy sacrificado, siempre será un problema, siempre será la señal de peligro.

En fin, unas relaciones de servicio fundamentalmente cristocéntricas, relación con la persona de Cristo en la persona de los pobres, y luego un servicio creador de rela­ciones y de encuentros con las personas de los pobres; un servicio de prioridad, pues el «amo» que es el pobre, siempre tiene derecho a pedir lo que no estaba previsto, ni en la Regla, ni en el programa del día; y en fin, un servicio que sean los que sean vuestros compromisos, tiene que ser siempre misionero, con una preocupación y una respon­sabilidad evangélicas.

  1. El Padre Coste, historiador de San Vicente.

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