José Herrera

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Vega Herrera, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: Anales.
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P. José Herrera

14-07-79

R. Dominicana

Anales 79, p.634

EL PADRE HERRERA, por sí mismo

«… Y viniendo a lo primero le diré: Que mis padres fueron muy pobres; propietarios de unas tres cabras, algu­nas gallinas, algunos almendros y algu­nas tierras de pan llevar pobrísimas que no daban para el «gofio» del año, que era menester comprar con lo que daban los animales domésticos. Fui­mos catorce hermanos, de los que on­ce llegamos a mayores. Cuando íba­mos a misa -a más de una hora de camino- llevábamos los zapatos al hombro, y los quitábamos y poníamos a la puerta de la iglesia.

Cuando tenía siete años dije a un misionero que quería ser como él, pero al verme tan pequeño me dijo que te­nía que comer todavía mucho gofio. Dos Hijas de María del barrio, como a los demás muchachos, nos enseña­ron gratuitamente lo que ellas sabían: doctrina y leer y escribir. Estuve yen­do medio año a una escuela nacional que distaba dos horas a pie, y aprendí algo de cuentas. A los doce años es­tuve seis meses con los Padres nues­tros de la calle Agustín Millares, o de la Gloria, preparándome para el in­greso en la Escuela Apostólica de Gua­dalajara. Era superior el riojano P. Res­tituto Trepiana, un santo y sencillo varón. En estos seis meses con el en­tusiasmo con que hoy leen los chicos los tebeos, leí los cuatro tomazos de «La vida de los santos», seguramente de principios del XVIII, porque tenía las eses parecidas a las efes y San Vi­cente era todavía Venerable, porque decía: Vida del Venerable Vicente de Paúl, etc.

A Guadalajara vine «solito» por mar y ferrocarril, y llegué el 17 de septiem­bre de 1912. Se había fundado el año anterior y me llenó de gozo cuando en la puerta me recibió el P. José Ma­ría Fernández, que fue el superior du­rante los cuatro años que allí estudié las humanidades con losPP. Franco, Segura, Bengoa y otros que han muer­to o no perseveraron.

A mediados de septiembre del 16 lle­gamos a Madrid para hacer el novicia­do, hasta el 8 de septiembre del 18, en que fuimos a Hortaleza para estudiar Filosofía. Era superior el P. Sierra, que tenía fama de sabio; director el P. Aga­pito Alcalde, y subdirector el P. Vicen­te Monte, y Visitador el P. Arambarri. Como mis papeles llegaron tarde, mi vocación empezó el día de la Inmacu­lada, por eso hice los votos el día 9 de diciembre de 1918. Desde 1918 a 1920 cursé los dos primeros cursos filosóficos en Hortaleza, en la casa más antigua, hoy bastante modificada. Era Superior el P. Higinio Pampliega. Desde el 8 de octubre de 1920 hasta la misma fecha de 1921, estudié en Ma­drid el tercer curso filosófico: Ética, Historia Natural, Física, etc., y desde 1921 al 23 los dos primeros de Teolo­gía con el mismo Superior, Director de E., el P. Tobar y Visitador el P. Atien­za. Desde 1923 a 1924 estudié tercer curso teológico en Cuenca, año de la fundación de esta casa, siendo Supe­rior el P. Tobar y obispo Mons. Cruz La Plana, gran amigo de la CM que nos regaló el Seminario de San Pablo. Y desde 1924 al 25 estudié el cuarto y último curso, con los mismos Supe­rior y Visitador. El obispo hasta 1921 fue el Dr. Prudencio Melo y Alcalde, y desde esa fecha -tal vez no sea exacta- el Dr. Eijo Garay, que fue el que me confirió las órdenes menores y creo que el subdiaconado. Por cier­to que cuando toqué las vinajeras lo hice con la mano izquierda, y él, son­riente, me preguntó un tanto guasón: «¿No sabe usted dónde tiene la mano derecha?»

La tonsura me la confirió, el Sába­do Santo de 1925, Mons. Diego y Al­colea, Patriarca de las Indias y arzobis­po electo de Santiago, en la cual hubo órdenes de todos los grados; sacerdo­tes y religiosos, muchísimos. Nosotros solos éramos 30 de tonsura, y con to­das las ceremonias del Sábado Santo antiguo la cosa duró desde las 6,30 hasta las 12. Uno se desmayó. Este mismo señor Patriarca nos ordenó de sacerdotes el 12 de julio del mismo año. El nuncio Mons. Tedeschini nos ordenó de diáconos, no recuerdo el día. Si por ahí anda el P. López, que es mi condiscípulo, le puede preguntar o con­sultar su ficha.

El 18 salí de Madrid para La Oro­tava, mi primer destino, con el P. Chu­rruca, que había venido a la asamblea provincial. El 19 asistí a la fiesta de San Vicente en Cádiz, donde el P. J. Sánchez pronunció en la Casa Cuna un bellísimo panegírico. El 24 dije la misa en Las Palmas, donde pude ver a mi padre y a dos hermanos durante unas horas que pasó por allí el barco. No los había visto desde 1912. Tampo­co se me ocurrió pedir, ni al superior decirme, que subiera unos días a Te­jeda a ver al resto de la familia, ni se me ocurrió acusarles de inhumanos por ello vistas las cosas desde los pre­supuestos evangélicos y los ejemplos de S. V., del B. P., etc. Fue menester que pasaran varios años para que al P. B. González se le ocurriera llamar­me para una novena que le habían pedido los de mi barrio a La Milagrosa, para que yo pudiera estar con ellos unos diez días.

El 25, día de Santiago, estrené temblando el confesonario, pues la víspera, al pasar por La Laguna, el Vic. Cap me había provisto de «licencias perpetuas». Ese mismo día por la tarda volvimos a La Laguna a asistir al solemne traslado del cuerpo de San Fortunato desde el palacio de los marqueses de Nava y Grimón a nuestra iglesia de San Agustín.

En La Orotava fui profesor de latín del colegio de los HH. de la Salle hasta Navidad, en que trasladado el Padre Churruca a San Sebastián de primer superior, y nombrado superior de La Orotava el P. Caminos, fui destinado al Seminario de La Laguna para hacerme cargo del cuarto curso del latín con todas las asignaturas ane­jas, reanudando el curso a partir del 7 de enero de 1926. Era obispo Fr. Al­bino González Menéndez-Regada, O. P. Este profesorado duró hasta 1940 en orden cíclico, es decir, que terminado el cuarto se volvía al primero, hasta el cuarto, etc. En este tiempo tuve da superior a1 P. Alpuente hasta 1929; Montón, 1930; González Guede, 1930; servidor, marzo 1931-septiembre 1934; Diéguez, hasta el 37; G. González, has­ta el 42, año en que, poco después de él, llegué a Madrid para hacerme car­go de los Anales. En estos añs (1926­1942), además de mis trabajos profe­sorales, organicé la Cruzada del Catecismo para cubrir esta actividad co las barriadas que rodean a La Lagu­na -1926-, los Tarsicios -1928-, las Juventudes de Acción C., con medio centenar de centros en toda la diócesis de Tenerife, la Unión Diocesana -1932-, de la que fui nombrado consiliario; la Federación de Estudiantes Católicos, con seis centros (también consiliario); los Padres de Familia, y ayudé a las otras ramas de A. C., por lo que me fue difícil desprenderme del obispo para llenar los deseos del P. To­bar, que me quería en Madrid pero sin molestar al obispo, para lo cual pro­curé preparar un consiliario entre al­gunos de los curas jóvenes discípulos del seminario que se hiciera cargo de estas obras.

En 1942 vine a Madrid, y hasta 1965 estuve al frente ele los Anales, simul­taneando esta dirección con la funda­ción y dirección de las Juventudes de la M. M., cuyo consejo nacional creé en el año de las bodas de oro del P. To­bar llegando a controlar más de 40 centros, de lo que ya no queda ni el recuerdo al cabo de diez años de au­sencia.

En este tiempo han sido superiores Aquilino Sánchez (1942), R. Estévez, Luis Hernández, B. Huerga y J. L. Cor­tázar. No sé precisar muy bien su cro­nología. Y visitadores: A. Tobar (1929­1949), Ojea (1956), Franco (1962) y D. García (1968). Obispos: Eijo Garay y Morcillo.

En 1965 fui destinado a la comuni­dad del Lomo Apolinario de Las Pal­mas hasta la fecha, si exceptúa un año que estuve prestado a La Orota­va. Los superiores que he tenido han sido los PP. Cuevas, M. Leal, Vega, E. Molina. Mis actividades, pocas: al­gún año, dos, profesor de Religión en el Colegio, y con el obispo Pildain, de la Escuela de Capacitación Agraria y de la Escuela de Artes y Oficios. La llegada de Mons. Florido me privó de estas dos clases de Religión, y se las dio a otros curitas que acababan de salir del seminario. Uno de ellos se casó el año pasado. Tampoco el supe­rior era gustoso y lo toleraba. Algunas veces ayudó a los curas. El resto me lo paso escribiendo. En nuestras pa­rroquias les gusta trabajar solos. Úni­camente los primeros viernes de mes ven bien mi ayuda, y llevan a mal cuan­do estos días me llama algún cura. Por eso tengo muchas ganas de que­darme por aquí, por lo mucho que se puede trabajar».

«En Puerto Rico he estado en todas las casas recogiendo los datos: en vivo los próximos y en documentos los an­tiguos, y aún echando una mano, des­pués de cenar, a los compañeros de Manatí y Santo Domingo, los más ne­cesitados de ayuda. Y como el P. Vi­llarroya me ha dicho que podía estar todo lo que quisiera allí, me he deter­minado a dejar mis huesos en aquellas islas del Caribe a ruegos del P. Visi­tador y de los padres de allí, y sobre todo de los pobres de Santo Domingo, que son los más necesitados. Todos los que de verdad amen a los pobres y a la pobreza, pueden hacer en Santo Do­mingo un papel estupendo. Es bueno predicar la pobreza, mejor practicar­la y mejor todavía hacer una y otra cosa».

Notas autobiográficas

EN RECUERDO DEL PADRE HERRERA

Siempre pensé que el P. Herrera ha­bría de morir de pie. En sus bodas de oro decía que cuando le hablaban de su jubilación siempre contestaba que a él sólo le jubilaría el Señor. Y cl Señor acaba de jubilarlo lejos, en camino, como a él le gustaría de­cir: con las armas en las manos, lleno de proyectos casi recién estrenados. Con la inocencia de un niño, la ilusión de un joven y el agotamiento de un viejo trabajador que no se daba cuen­ta del cansancio.

Le gustaba firmarse Misionero de San Vicente de Paúl. Es una buena de­finición y síntesis del dinamismo vital del P. Herrera. Tal como él entendió a San Vicente, desde su autoformación y desde las circunstancias de su épo­ca. Pero tal como él vivió, práctica­mente, su entender a San Vicente y lo vicenciano. Por encima de su afición histórica y su rigor científico, tal vez la selectividad que ejerce todo hom­bre en sus escritos haga que sus li­bros nos digan mucho del alma del P. Herrera con una sinceridad no pre­tendida. Porque lo más importante, sin duda, del P. Herrera ha sido su per­sona y su vida misma. Era ante todo un buen hombre y un hombre bueno. Y su pluma, fácil y popular, sólo me parece una dimensión de su sacerdo­cio. Lo mismo que las misiones. Lo mismo que su dedicación a la juven­tud. Con sus limitaciones, con su gan­ga humana, pero con toda su anchísi­ma buena voluntad.

Las plantas no nacen ni se desarro­llan más que en su propio ambiente. Lo mismo que son precisas determinadascircunstancias para que se traduzcan los  acontecimientos. La familia numerosa del P. Herrera -aún viven seis hermanos- conservan muchos recuerdos de su infancia con la fijeza de una veneración. En «El Espinillo, un pago árido entre riscos y barrancos de Tejeda (Gran Canaria), vio Ia luz y la gracia este misionero de vieja madera. Le llamaron José Remigio. Su ambiente y circunstancias familiares eran humildes, pobres y exigente,, de mucho trabajo, con un gran sentido providencialista de Dios. ¿No sería ésta una buena tierra para la sementera vicenciana, que va casi a per­filar su fisonomía espiritual?

Porque pienso que en primer lugar ha sido un trabajador, un trabajador infatigable; preferentemente peón de cualquier trabajo con tal que fuera sacerdotal. Yo creo que se dejaba abu­sar de su disponibilidad. En pie para cualquier servicio, en pueblos o en ciu­dades, con jóvenes o con ancianos, es­cribiendo libros o postergándolos a sus misiones a sus ejercicios espirituales, a sus confesiones, a sus infinitas ho­ras de confesiones. Como si nunca tu­viera prisa. Como si no advirtiera la fatiga. Como si no le molestaran las interrupciones. Con un trato y un hu­mor siempre igual. Habló mucho del valor santificante del trabajo: lo vivió.

Los años que rubrican su vida en Santo Domingo me parecen de asom­bro. Con su sencillez, con su naturali­dad, como se iba aquí en Canarias al barranco o a cualquier pueblo, se mar­chó, a sus setenta y cuatro años, sin una gran salud, precisamente a Santo

Domingo porque allí había trabajo pa­ra él. Y siempre con la pena confesa­da de no poder hacer más.

Quizá esta capacidad de trabajo le nació de su pobreza y de su humil­dad. Pobreza interior, manifestada en su entrega. Alguien ha dicho que los pobres olían cuándo llevaba dinero. Una vez le pregunté si no le engaña­ban. Me contestó que si no se arries­gaba no podía hacer limosna, porque dinero para llevar a una institución no tenía. Más de una vez tuvo que pe­dir para el transporte público. Y cuan­do se fue a Puerto Rico llevó un ma­letín poco mayor que una caja de za­patos, y lo que dejó aquí ocupaba muy poquito más y eran papeles.

Desde muy pequeño asistió a una misión dada por los PP. Paúles en la Solana de Tejeda, y quiso ser misio­nero. Le contestaron que aún tenía que comer mucho gofio. La semilla es­taba echada.

El P. Herrera dice que dos Hijas de María enseñaban gratuitamente a los niños del barrio lo que ellas sabían: leer, escribir y doctrina. Una de ellas, Hija de la Caridad, dice que él llegó a saber mucho más que ellas.

A los doce años le prepararon unos meses en la calle de la Gloria, prime­ra residencia de los PP. Paúles en Las Palmas, y marchó a la Península. Lue­go, toda la carrera: Cuatro años en la Apostólica de Guadalajara (1912-1916), seminario interno en Madrid (1416­1918), en Hortaleza hizo los votos el día de la Inmaculada de 1918 y cursó dos años de Filosofía, hasta 1920; en Madrid, último curso de Filosofía y los dos primeros de Teología; termi­nó Teología en Cuenca y recibió las órdenes sagradas; la ordenación sacer­dotal fue el 12 de julio de 1925 en la basílica de La Milagrosa. Precisamen­te la celebración del 54 aniversario fue su última misa en la tierra: al día siguiente realizó su participación ple­na y definitiva en el misterio pascual de Cristo.

En La Orotava, su primer destino, sólo estuvo meses. En enero de 1926 ya estaba en La Laguna como profe­sor de latín del seminario diocesano.

En sus años de La Laguna, de 1926 a 1942, el P. Herrera se abre paso en­tre la juventud como un río desbor­dado. Sin condiciones aparentes, na­turalmente poco agraciado, como para transparentar la fuerza interior de su verdadero carisma. Probablemente fue­ron sus años más pletóricos. El mismo año 26 organiza una Cruzada de Ca­tecismo para las barriadas que rodean La Laguna; el 28, los Tarsicios; el 30, creó las Juventudes de Acción Cató­lica, que llegó a tener unos cincuenta centros; la Unión Diocesana, el 32, y no sé en qué fechas, la Federación de Estudiantes Católicos y los Padres de Familia.

Los antiguos jóvenes le recuerdan siempre rodeado de muchachos de San Agustín al seminario, semienvuelto en su manteo, con su ancha sonrisa y su increíble cercanía a todos. Accesible a todos, de cualquier estamento social, le abordaban con sus dificultades de estudio -le llamaron «biblioteca am­bulante»- o para consultarle un pro­blema personal, en la calle, en el con­fesonario o en el salón de San Agus­tín.

En sus bodas de oro sacerdotales se juntaron más de 300 antiguos jóvenes en la eucaristía y en la mesa para ho­menajearlo. Y en su funeral en La Laguna me decían que acababan de invitarle -sin saber si le llegó la car­ta- para las bodas de oro de la Ac­ción Católica.

Creo que fue su obra más querida a juzgar por los papeles que dejó para destruir en su día. Conservaba muchas cartas personales y de organización desde los centros y desde el frente, en que murieron bastantes. Estas cir­cunstancias también le marcan con un rasgo patriótico-polémico-religioso. En una fusión que se entiende desde vi­vir su tiempo con las ideas del tiem­po y el espíritu de lucha contra co­rriente de las ideologías no cristianas. Y quizá, quizá, esta línea entronca con su deseo juvenil de ir a misiones «ad gentes», incluida la posibilidad de mar­tirio, y crece con la búsqueda de mo­delos de identificación, para dar como fruto esos libros entusiasmados del beato Perboyre, San Justino de Jaco­bis y tantos misioneros paúles, prefe­rentemente mártires.

Y aún le queda tiempo para reco­rrer las islas de la provincia de Tene­rife de parroquia en parroquia. Pre­sumía de haber recorrido todos los pueblos de la diócesis, andando o en bestia, en tareas de evangelización.

En 1942 es destinado a Madrid, don­de permanece hasta 1965. De esta eta­pa, muchos padres que convivieron con él le conocieron mejor que yo. Me limito a enunciar la dirección de Anales, los libros, especialmente la bio­grafía de San Vicente de Paúl y la se­lección de sus escritos; de nuevo las Juventudes de la Medalla Milagrosa, con sus centros esparcidos por muchas regiones españolas; las misiones popu­lares, grandes y pequeñas; el trabajo, el trabajo, el trabajo… No se si teorizó la itinerancia vicenciana, pero su demasiado escaso equipaje le permitió andaduras ministeriales.

Del 65 al 74 estuvo destinado en Las Palmas, excepto un año en La Oliva. No se resignaba a la inactividad. El se quejaba de poco trabajo, por lo que se le dejó más suelto y se lo buscaba por los pueblos. Y todavía supo empatar con los jóvenes, «los gamberrillos» del P. Herrera». Y comienza ahí serie popular de temas canarios en pequeños tomos. Como siempre, lo que peor funciona es la parte administrativa.

Con sus setenta años bien pasados seguíamanteniendo una jornada fuerte. Fue cambiando sus catequesis a barrios de Las Palmas por zonas más populares y humildes. Su recorrido de casi todas las tardes llegó a ser: saIida hacia las cuatro a algún centro sanitario, especialmente el Hospital Psiquiátrico y la leprosería, para terminar en La Mareta, a 30 kilómetros de casa, diciendo la misa en un bar, y volver a las diez o diez y media de la noche.

Y finalmente su experiencia de San­to Domingo, en que desde el principio (1975) se «determinó a dejar lo,, huesos en las islas del Caribe». Su gran experiencia de la pobreza y de los po­bres, sobre todo. Sus cartas en deman­da de ayuda son angustiosas. Práctica­mente solo en una parroquia de 20.000 personas a la que le han quitado la paga oficial. «Esta no es la pobreza que se escribe en los libros: ¡qué dis­tinto es vivirla!» Y todavía sus jóve­nes. Y todavía sus confesiones, sus mi­sas, sus charlas (aquí no me controlan los diez minutos de la homilía; cuan­to más les prediques, mejor»). Y to­davía sigue rodando su pluma, hasta que se le paró definitivamente cuando todavía tenía que hablar de su banco de los pobres.

José VEGA HERRERA, C.M

REQUIEM POR EL PADRE HERRERA

I. ÚLTIMOS DIAS Y MUERTE

Un día del pasado mes de mayo lle­gó hasta Puerto Rico -donde me en­contraba transitoriamente con ocasión de predicar allí unas tandas de ejer­cicios a las Hijas de la Caridad de aquella provincia- la noticia de que el P. Herrera estaba enfermo. Enton­ces nos pareció a todos -y los hechos subsiguientes vinieron a confirmarlo con dolor un par de meses después­ que aquella enfermedad era, para el paciente, como el comienzo del fin.

A los pocos días volé a la «Repúbli­ca», donde el P. Herrera, ya octogena­rio, seguía trabajando con la misma ilusión misionera de siempre, pero a medio gas. Y pude comprobar, esta vez «de visu», que la noticia captada en Puerto Rico era tristemente verdad: El P. Herrera se iba acabando poco a poco. Le fallaba el corazón. Aquel su gran corazón misionero, al estilo de San Vicente, que él había puesto tantas veces al servicio de los demás, principalmente si eran pobres, esta­ba dejando de funcionar con norma­lidad.

Durante el mes y medio de convi­vencia gozosa con él en Santo Domin­go, le oí decir repetidas veces, pero con serena tranquilidad, que se can­saba mucho. Se cansaba, en verdad, al subir las escaleras por más que se apo­yara en el pasamanos de las mismas al ascender. Se cansaba al caminar por la planta baja de la casa, bajo el airo­so porche de la misma, festoneado de esbeltas columnas cilíndricas, o al pa­sear por el alegre y luminoso jai.: interior. Los cinco últimos días precedieron a la postrer etapa de enfermedad solía pasarlos fuera ele habitación, bajo el pórtico, sentado una mecedora, leyendo o corrigiendo sus últimos escritos inéditos sobre temas de la Congregación de la Misión en los que era un erudito. Salía fuera porque necesitaba oxígeno para respirar ya que dentro parecía que se axfixiaba.           ¡Y todavía quería ir a Quisqueya!

El 12 de julio tuvo la satisfacción de concelebrar la eucaristía, agotado ya y casi sin fuerzas, con otros cinco compañeros más de la comunidad de San José Obrero donde él residía. La concelebración fue a mediodía y den­tro de la más estricta sencillez e inti­midad. Era el aniversario de su consagración sacerdotal. Con aquella mi­sa, en la que con voz pausada y tran­sida de leve emoción dijo a Dios ¡gra­cias!, cerraba el P. Herrera toda una vida fecundamente sacerdotal y misio­nera que había comenzado tal día co­mo éste pero cincuenta y cuatro años atrás. Aquel mismo día por la tarde ingresaba de nuevo en la clínica (an­tes lo había hecho el 2 de julio y ha­bía estado hasta el 7), para regresar el 14, ya difunto, y ser colocado en el salón parroquial.

Su cadáver fue velado, durante las horas que precedieron al funeral, por los padres de la comunidad, por las Hijas de la Caridad de Santo Domin­go y por numerosos cristianos de las tres parroquias que la Congregación de la Misión tiene en esta capital. El cardenal Beras, arzobispo de Santo Do­mingo, llegó a media tarde para re­zarle un responso y dar el pésame a la comunidad. Al anochecer hubo en la parroquia de San José Obrero una celebración cristiana de la muerte por el P. Herrera, y fue presidida por ocho padres de la comunidad y provincia, incluidos el Visitador y Procurador provincial. A ella asistieron, hasta lle­nar el templo, numerosos fieles de las tres parroquias citadas, entre los que destacaron los de la de San Vicente de Paúl de Los Minas, donde el P. He­rrera había estado destinado tiempo atrás. El día 15, a las once de la ma­ñana, fue el funeral de «corpore inse­pulto», presidido por el obispo auxi­liar, Mons. Pepén, y concelebrado por quince sacerdotes más de la Misión. Finalmente su cuerpo, sacado a hom­bros por los sacerdotes de la comu­nidad, yace sepultado en el panteón que las Hijas de la Caridad poseen en el cementerio nacional «Máximo Gómez» de la capital de esta Repú­blica.

II. BOCETO BIOGRAFICO

El P. José Herrera había nacido el día 1 de octubre de 1899 al pie del imponente macizo montañoso de Te­jeda, en Gran Canaria. Su pueblo, El Espinillo, está entre valles y barran­cos «de aspecto dantesco», no lejos del Roque Nublo, peñasco que cerca de allí mismo emerge como símbolo inequívoco de la canariedad. Aquí hay que buscar la razón del amor profun­do y entrañable que el P. Herrera pro­fesaba a su Canarias natal, y que lue­go fue volcando en algunos de sus es­critos. Los parajes de Tejeda son bron­cos y temerosos, cincelados con lava volcánica, y en sus hondonadas, soli­tarias y silenciosas, todavía queda, aunque poco, algún vestigio de vida y de verdor. No obstante el bravo as­pecto orográfico de su cuna, el P. He­rrera había heredado de ella la tran­quilidad serena y sosegada de sus va­lles más que la terrorífica temerosi­dad de sus peñascos.

Muy pronto, desde el alborear gozo­so de su juventud, sintió el P. Herre­ra la llamada interior maravillosa y potente de una «voz silenciosa» que le decía: ¡A la Misión! Y buscó la mane­ra de dar cauce a dicha llamada po­niéndose inmediatamente en marcha. Y se fue a los sacerdotes de la Mi­sión, que entonces vivían en su recién inaugurada «casa de la Gloria», cono­cida así por el nombre de la calle en que se hallaba ubicada en Las Palmas de Gran Canaria. A1 poco tiempo fue enviado a la Península con el fin de hacer, en Guadalajara, los últimos cur­sos de Humanidades o Latinidad, co­mo entonces se decía. El 8 de diciem­bre de 1916 ingresó en el seminario in­terno de la Congregación de la Misión, y habiendo proseguido después los cur­sos ordinarios de Filosofía y Teología en Madrid y Cuenca, se ordenó sacer­dote para siempre el 12 de julio de 1925.

Su primer destino fue, aunque sólo por unos meses, La Orotava. De aquí pasó a La Laguna, de Tenerife, de cuya casa fue superior. Y en La Laguna dio comienzo a su fecundo apostolado mi­sionero, interesándose desde el prin­cipio por la juventud, hacia la que conservaría siempre un especial cari­ño y simpatía. Como consecuencia de su apostolado entre los jóvenes, fun­dó en La Laguna «la Juventud Cató­lica», movimiento compuesto en su ma­yor parte por estudiantes de aquella universidad. También fue profesor en el seminario que la Compañía dirigía en la diócesis nivariense. Y espoleado por su afición al estudio de temas his­tóricos de la Misión, nos dejó como fruto de su trabajo la «Vida del beato Ghebra Miguel», que fue publicada en Madrid el año 1926. Todavía durante su permanencia en Tenerife continuó cultivando los estudios vicencianos, hasta llegar a escribir el «Alter Chris­tus» o vida del beato Perboyre, que también editó en Madrid el año 1942, luego de narrar en el prólogo de la misma las incidencias por las que pa­só la obra hasta llegar a publicarse.

El año 1943, destinado ya en Madrid, asume la dirección de la revista Ana­les de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, al frente de la cual permanece hasta diciembre de 1963. Son pues veinte años de fe­cundo trabajo de escritor que simul­tanea con sus acciones pastorales al servicio de la Compañía y de la Pro­vincia de Madrid. El P. José María Román, su inmediato continuador en la dirección de la revista, hace una evaluación de la obra del P. Herrera durante aquel largo período (cfr. Ana­les, año 72, enero 1964, núm. 1, pági­nas 11-12). A lo largo de los años en que el P. Herrera dirige Anales, van a ir apareciendo sucesivamente sus obras vicencianas escritas más impor­tantes. No hago más que citarlas: «San Vicente de Paúl» (biografía y escri­tos), en publicación de la BAC, años 1951 y 1955; «Teología de la acción y mística de la caridad», año 1960; «His­toria de la Congregación de la Misión», año 1949; «Hacia las tierras del Ne­gus» y «Abuna Yakob», biografía de San Justino de Jacobis, el año 1947; «Mons. Buenaventura Codina», obispo de Canarias, año 1951; «El obispo de los pobres» biografía de Mons. Lison, año 1964, etc.

Al dividirse en tres la Provincia de Madrid, el P. Herrera se reintegra a su lugar de nacimiento, en Ias Palmas de Gran Canaria que desde ese momento pasa a pertenecer a Ia Provincia canónica de Zaragoza. Cuando el P. Herrera llega a Canarias  por última vez, ha cumplido ya los setenta años. Pero sigue trabajando exactamente igual a como lo hacía en sus años más jóvenes, pues él era de aquellos que no entienden de «honroso retiro» ni de jubilaciones más o menos merecidas. Continúa en Las Palmas su labor sacerdotal tomando parte en Ios ministerios propios de la comunidad y colaborando en las misiones, a las que jamás dejó de dedicarse desde su juventud. Y reasume también su vocación de escritor, aunque volcándola ahora, pues estaba en su tierra natal, sobre temas específicamente canarios.

Y como si su vocación fuera siempre la de Longfellow, en cuya blanca bandera se leía «Excelsior!» (¡más arriba!), pidió y le fue dado subir más alto en la realización de su servicio vicenciano a los pobres. Todavía a los más pobres. Y con casi ochenta año a cuestas se vino en 1976, a las «mi­siones» de Santo Domingo. Y se ence­rró en una de las parroquias-misión más pobres de esta República, en Quis­queya. Y allí trabajaba con amor por los pobres hasta el mismísimo día en que el corazón le comenzó definitiva­mente a fallar.

El P. José Herrera escribió, al final de su vida, la mejor biografía de San Vicente de Paúl. Y la escribió sobre el marco de los campos lujuriosamen­te verdes y alanceados por el sol tro­pical de esta República de Santo Do­mingo. La biografía fue ésta: Evange­lizar «in situ» a los campesinos de Quisqueya, procurando además para ellos una buena suma de pesos con los que poder llevar a cabo «algunas realizaciones promocionales» que tenía en perspectiva. Por eso, después de muerto el padre, todavía siguen dicien­do hoy los cristianos de aquel lugar: ¡Ahora reconocemos que teníamos en­tre nosotros a un verdadero santo!

Santo Domingo de Guzmán, R. D. 19 de julio de 1979

Florentino MENESES, C. M.

¡Descanse en paz, Padre José Herrera!

Ayer, 20 de julio, el P. Luis Sainz, llegado de Puerto Rico, me notificó en Viana la muerte del P. José Herre­ra. Hoy, en Los Arcos, acabo de ofre­cer la misa por su eterno descanso.

Cuando, en 1921, ingresé en el novi­ciado de Madrid, su curso marchó a Cuenca para inaugurar la casa.

Poco le conocí en España; más en América, en la pequeña pero preciosa isla caribeña, cuando en 1963 ayuda­ron a misionarla toda ella unos trein­ta paúles españoles, y en los diez úl­timos años que he pasado en Puerto Rico.

Quiero dedicar un recuerdo a su gran figura misionera. Creo que su larga vida, consagrada a la investigación so­bre San Vicente y la Congregación, me­rece un fresco laurel bordado por al­gún misionero que conozca mejor que yo su vida, enredada entre papeles y cuadernos viejos.

Algunas obras calzó con su firma, y muchos documentos y artículos su­yos aparecieron en Anales a lo largo de los años. ¿Que tuvo lagunas? ¿Quién no las ha tenido en la historia? A los que no somos historiadores nos es más fácil poner reparos y críticas que es­cribirla. Los escritos de él promovie­ron al menos el deseo y anhelo de co­nocer más profundamente la eminen­te figura de San Vicente. El P. Ibáñez ha ido después a estudiar en las fuen­tes -y un mejor marco- la recia personalidad del santo y sabio -eje de la historia del siglo XVII francés-. Ya está dando el dorado trigo de sus estudios -¡gracias, P. Ibáñez!­

El P. José fue un constante y buen lector, y poseyó cultura notable, no común, que vertía en sus escritos v una conversación animada y comunicativa. Cierto que, como tradicionalista inmutable, no cedió de su criterio fuese teológico, filosófico, histórico, político, en lo que era su convencimiento personal. Admiré su carácter irreductible: carácter no es igual a soberbia, la que nunca vi en él. Tampoco, le vimos ofensor de la opinión ajena, v sí defensor de la suya.

Era trabajador infatigable dentro fuera de casa. Buscaba el trabajo y se entregaba a él con ilusión, como a un deber de justicia y de santificación, sin importarle la distancia, ni el sol aplastante, ni los caminos repletos de barro engomado. Peregrinó con las sandalias, concha y bordón del apóstol.

El siguiente episodio es una buena fotografía.

En diciembre de 1978 me ofrecí para sustituirle durante un mes en la pa­rroquia del ingenio Quisqueya, al este de la República Dominicana, para que él, enfermo de diabetes y vencido por los años, descansara y se recuperase un tanto. Lo agradecieron él y el Pro­vincial, P. Emiliano Tobar. Desde la capital, Santo Domingo, dos estudian­tes nuestros me trasladaron a Quis­queya. Yo les indiqué la casa parro­quial. Había misionado allí el año an­terior, cuando, sin párroco, sólo tenía los servicios voluntarios de nuestro P. José González, ahora enfermo.

Lo encontramos rodeado de mucha­chotes. Todos escuchaban la explica­ción del catecismo. Me dio la mano sonriendo, lo mismo que a los estu­diantes, y añadió:

-Ahora acabaré la clase. Inmedia­tamente daré la plática formativa a esos cuatro, que manifiestan deseos de ser paúles. Esperad media hora. -«Okey», padre José.

Le ayudé a ordenar la maleta, pero antes de comer le indiqué que se du­chara, porque sudaba, y estaba pelea­do con el agua. La respuesta fue: -¿San Pablo se bañaba?

-Yo no lo vi. ¿No fuiste tú quien lo secaba cuando se bañaba? Pero tú y yo sabemos que naufragó y cayó en el agua.

Se rió, pero no se bañó.

Los estudiantes lo llevaron a la po­blación.

Pasados cuatro días se volvió de la capital diciéndome que ya había des­cansado y que se aburría sin traba­jar. Le respondí con carácter:

-Hoy mismo te vuelves a la capital. Me miró y, con humildad, respondió: -Esta parroquia es mía, ¿y tú me echas de ella?

-Yo no te echo, pero sí te suplico que hoy mismo te vayas a reponer. ¿Para qué he venido desde Puerto Ri­co, sino para que tú descanses?

Se quedó pensativo. Tomó una coca­cola y dijo:

-Me voy.

-Buen viaje, amigo José…

Un joven le buscó un coche. Montó en él. Se marchó, pero no a la capital, sino internándose por un camino lle­no de barro encarnado que a trancas y barrancas pasó el coche, y se quedó a catorce kilómetros, entre los cam­pesinos, para comenzar una misión.

Vio la escuela en la que dos cate­quistas los sábados daban catecismo, y a kilómetro y medio de ella plantó su tienda, sin alforja ni nada para la misión. Fueron las Hermanas de la Ca­ridad quienes, en la mañanita del día siguiente, me lo comunicaron. Al cole­gio de ellas había llegado a caballo un campesino por una maleta con lo ne­cesario para celebrar la eucaristía, pi­diéndoles al mismo tiempo comida y refrescos.

Una joven Hermana vasca preparó todo lo necesario, y también comidas y refrescos, en bolsas plásticas fuer­tes, llevándolo ella misma en un viejo jeep. Encontró al padre sentado en un bohío roto y viejo dando catecis­mo a los dueños de él, una señora y sus cuatro hijos.

-Buenos días, padre José. El padre Obanos dijo anoche en la homilía eu­carística que usted había vuelto e ido de nuevo a descansar a la capital.

-No dudo que les dijera eso. Me echó de mi parroquia.

-No. El padre Obanos vino para que usted descanse, y desea que se reponga.

-Sé de las buenas intenciones del padre Obanos, enfermo de úlceras y diabetes, como yo.

-Pero es más joven que usted y está mejor.

-No le paso tantos años. El y yo, dos viejos. Salúdelo de mi parte. Dí­gale que estaré entre estos campesi­nos de la caña ocho días instruyéndo­les en la fe. Usted, con el jeep, me trae todos los días comida y refres­cos. Yo estoy descansado ya, herma­na. Después de estos ocho días, iré otros ocho a otro término más cerca­no. Ya hablaré con el padre Obanos, párroco provisional.

-Muy bien, padre José. Que tenga mucha cosecha espiritual. Hasta ma­ñana.

-Adiós. Muchas gracias.

A los dos días llegó el Provincial. No lo esperaba.

-¿Qué tal, Obanos? -Encantado.

-¿Sabes dónde para el padre José? Fue para un mes y a los cuatro días se escapó diciendo que ya había des­cansado.

-Aquí se presentó diciendo lo mis­mo. Yo le contesté: «Esta misma tar­de te vuelves a la capital.» Alquiló un coche y marchó pero no a la capital, sino a un campo cañero para dar una misión, sin casa ni cama y sin anun­ciarla. Es la caraba. Lo supe por las Hermanas.

-Eso me sospeché dado el carác­ter apostólico que impulsa su vida. Tú lo conoces.

-Sí. Pero si hubiese nacido en mi tierra, le cantaríamos el estribillo: «No hay quien pueda, no hay quien pueda, con los mozos de la ribera… » Ya no es mozo, sino un anciano. Pronto, se­gún creo, le cantaremos: «Acuérdate de Jesucristo resucitado…»

-Solamente él resiste esta parro­quia sin fe, sin casa cómoda, sin na­da; ni higiene. Es digno de admiración, pero no de imitación. Tú conoces esto desde que lo misionaste y te caíste re­dondo en la misa, ¿no lo recuerdas?

-Sí, lo recuerdo bien. Me llevaron en volandas a la sacristía y, al recu­perarme veinte minutos después, salí de nuevo, les prediqué y acabé la mi­sa. Una Hermana les había dado el Pan de Vida. Fui al hospitalillo, me hicieron un electrocardiograma y el corazón y la presión eran de toro de lidia. Terminé la misión, pero en Puer­to Rico pasé un mes y medio…

-Tú también eres como el P. José.

-No tanto, hombre.

– Oye, ¿Por qué no vamos visitarle?

-Primero come.

Comimos.    Fuimos y lo encontramos en la escuelita con tres niños y otras tantas niñas de doce a catorce años.  También había una señora. Lo saludamos y, sonriente, dijo:

-Estoy esperando a las personas ­mayores, que llegarán antes de las seis, porque no hay luz eléctrica. La casa donde me hospedo dista bastante y los caminos son barro gelatinos­o.

-¿Esperas muchas personas mayores?

-Unas siete. Pero no cuenta el número; sí anunciar el Evangelio. Aquí no hay vecinos próximos, pero está Dios con el pequeño grupo.

-Muy bien, José. Después irás a reponerte a la capital, ¿no?

-Iré a otro campo a misionar uno de cortadores de caña haitianos. Tú, Tobar, me preparas una camita con colchoneta y una sábana, lo atas todo en el carro y el lunes me llevas.

-¿Por qué no te prepara todo eso Obanos?

-No. Ese no quiere verme en mi pa­rroquia. Me despidió de ella -«risum teneatis!»

-Oye, José, no te eché. Sí te dije que volvieras a descansar a la capital, y me engañaste.

El lunes, el provincial le preparó todo y lo llevó al campo de haitianos. La misma Hermana, todas las maña­nas, le llevaba comida, refrescos y hielo.

No le vi más. Acabada la misión mar­chó a Santo Domingo, por ser en aque­lla semana cuando llegaba el Papa Juan Pablo II.

Otros casos similares podría referir, indicadores de su entrega a la voca­ción evangelizare pauperibus, como en el lema de nuestro escudo.

Ni envidia ni dolo tuvo. Gustó de jugar al dominó, y jugaba mal, con­fundiendo a compañeros y contrarios. Jugaba para sí. Gustó de alternar y complacer. No atribuía importancia a la higiene ni a las enfermedades.

Tenía un carácter amable y miseri­cordioso y un bolsillo siempre abierto al prójimo. Lo suyo, ni se cuidó de ello ni lo administró. Cultivó con amor la vida comunitaria y fue buen amigo de todos.

La Gran Canaria dio a la Misión un gran canario que aprendió a hablar siempre documentado, a amar y no a odiar, a trabajar, estudiar, escribir. Ganó hasta la hora de la muerte el pan que comía, sin ampararse en el retiro.

Escribió la historia de los padres paúles en Puerto Rico. No se ha pu­blicado ni yo la he leído. Otro, según creo, la está completando.

Esto es un sencillo tributo de admi­ración a aquel cuyo temple piadoso, entrega al trabajo y amor a la Con­gregación han edificado a todos. Viva siempre su memoria entre nosotros.

Los Arcos (Navarra), 21 de julio de 1979.

S. Obanos

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