Jesucristo, Evangelizador y Servidor de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Francisco Javier Sáez de Maturana, S.C. · Fuente: Semana Vicenciana, Congregación de la Misión en Perú.
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jesucristo_evangelizador_de_los_pobres-277x300Los historiadores dicen de san Vicente de Paúl, que los sencillos le adoraban, los grandes le consultaban, los maestros de vida espiritual le tenían por un hombre cabal, los partidos le discutían sin que ninguno de ellos consiguiera tenerlo entre sus partidarios, los revolucionarios y ateos le llamaban «su santo». Él solía apelar a sus raíces y repetía: «Sólo soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de 15 años».

Vicente de Paúl, quien después de un largo proceso, no exento de luchas, sombras, dudas y perplejidades, va descubriendo el abandono que sufren los pobres, movido de su pasión por Jesús, dejará de ser «buscador de sus negocios», para convertirse en «buscador de los negocios de Dios», es decir, de la lucha por la justicia, la defensa de los pobres y la concientización de las personas a favor de los pobres.

Él es una gloria de la Iglesia, porque quiso el mismo querer de Dios: Que el hombre viva. De su carisma viven ustedes, y tratan de seguir a Jesús, como él, animados por su misma pasión.

La referencia de Vicente de Paúl fue el mismo Jesús. Ustedes conocen mucho mejor que yo la lectura que él realizó del evangelio. Yo, en esta noche, pretendo, sencillamente, hacer memoria menor de Jesús, el amigo de los pobres. Ojalá les pueda servir esta aproximación para vivir con renovada intensidad su vocación cristiana, siguiendo los pasos de Jesús, en el camino que abrió Vicente de Paúl.

1. Algunos datos de la vida de Jesús

Veamos lo que las fuentes nos dicen sobre su nacimiento. Leemos en Lucas: «Y sucedió que mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2, 6-7).

En Belén, tal y como leemos en el evangelio, vemos a un Dios que se ha despojado de lo que las religiones ven como característico de la divinidad, esto es, majestad, grandeza….Un Dios, cuyo signo no es el incienso, sino pañal y establo; un Dios, cuyo señorío es nacer entre pañales y animales. Ahí vemos al Dios todopoderoso, que es un niño desvalido; el que era la Palabra, era aquel bebé que no sabía hablar. El Mesías, que había de ser «el camino», no sabía andar. Sería la verdad omnisciente, pero esta criatura no sabía ni siquiera encontrar el seno de su madre para mamar. Iba a ser la vida aunque se moriría si ella no lo alimentase…El que era el creador del sol, tiritaba de frío y precisaba del aliento de un buey y una mula. Había cubierto de hierba los campos, pero estaba desnudo.

En la cueva de Belén, «no conocemos a un Dios potente, sólo conocemos a un Dios amante», dirá J. Moltmann. El pensador ateo E. Bloch, ha dicho: «Se reza a un recién nacido en un establo. No es posible una mirada a las alturas hecha desde más cerca, desde más abajo, desde más en casa. Por eso el pesebre es verdadero: un origen tan humilde para un fundador no se lo inventa absolutamente nadie. Las sagas no pintan cuadros de miseria, y menos aún los mantienen durante toda una vida. El pesebre, el hijo del carpintero, el visionario que se mueve entre gente baja, y el patíbulo al final… todo esto está construido con material histórico, no con el material dorado tan querido por la leyenda…».

Luego, Lucas añade a continuación sobre el anuncio del nacimiento en primer término a los pastores (2, 8-11). Un rabino escribió: «no hay en el mundo oficio más despreciable que el de pastor». El evangelista debió querer transmitirnos lo que aparecerá después claro a lo largo de todo el relato: que los más pobres son los destinatarios primeros de la Buena Noticia. En suma, al margen de la historicidad de lo contado, parece cierto que Lucas apunta a un origen pobre de Jesús y a que a los pobres -los pastores- se les anuncia en primer término la buena noticia del nacimiento de Jesús.

Respecto a su familia, en los relatos evangélicos se nos proporciona algún otro dato que nos permite concluir razonablemente que Jesús formó parte de una familia humilde, radicada en Nazaret, una pequeña y desconocida aldea de la Baja Galilea. Lucas nos dice que, cumplidos los días de la purificación de la madre, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor y que, al hacerlo, ofrecieron «un par de tórtolas o pichones» (2, 22-24), que era la ofrenda propia de las familias pobres, como indica el Levítico 12, 6-8: «Al cumplirse los días de su purificación… presentará al sacerdote…un cordero de un año como holocausto…Esta es la ley referente a la mujer que da a luz un niño o una niña. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones…».

Los evangelios nos dicen que Jesús era carpintero, no obstante la palabra que figura en el texto griego es «tékton», es decir, un artesano de la construcción, que trabajaba en la madera, la piedra, el hierro, etc. La gente que ejercía la profesión de tékton formaba parte de ese 5 % de personas, cuya vida era pobre, aunque tenían lo necesario para vivir a las justas. Es posible que dedicase algo de su tiempo a la agricultura, cultivando los productos necesarios para el consumo familiar. Jesús era un pobre.

El grupo de sus discípulos más íntimos parece también formado por gente perteneciente al pueblo sencillo. Aunque no conocemos con detalle el «status» de los «Doce», sí sabemos que cuatro de ellos eran pescadores, otro un publicano…También sabemos que entre los seguidores más fieles hay que contar a un buen número de mujeres, las cuales en tiempos de Jesús contaban bien poco.

Finalmente tenemos certeza de que terminó su vida «fuera de la ciudad» (Heb 13, 12), sufriendo la muerte de un excluido, que en ningún caso podía aplicarse a un ciudadano romano, salvo que se hubiera rebelado contra el emperador. Es decir, murió colgado del madero de una cruz, padeciendo así una muerte destinada a los malditos de Dios (Dt 21, 23).

2. Jesús: feliz entre los pobres

Jesús, el hijo de un artesano y de una sencilla mujer, un hombre normal, como los demás, con un talante sencillo y atractivo, que provocaba alegría; que hacía sentirse bien a los niños, que un día arrancará aquel piropo «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!» (Lc 11,27); un hombre de buena salud, que resistirá largas caminatas, noches sin dormir y tiempos sin comer, se siente feliz entre la gente, pero, de manera particular, entre los pequeños, los pobres, los marginados, aquellos seres humanos para quienes el hecho básico de vivir es una dura carga; aquellos que han sido despojados hasta de su dignidad. Pablo nos dirá que estos pobres y despreciados a los ojos del mundo han sido escogidos por Dios para confundir a los sabios y poderosos del mundo (1 Cor 1,26-31).

Jesús, lleno hasta las entrañas del amor y la misericordia del Padre, que son suyos, pues el Hijo tiene el mismo código genético que su Padre, quiere que todos experimenten la ansiada intervención de Dios ya comenzada, pero, según él, de forma especial los pobres, los enfermos, los niños, las mujeres, los pecadores, los que estaban claramente señalados por el sistema como malditos de Dios porque no tenían en ellos los signos que los acreditasen como bendecidos: riqueza, salud o el estricto cumplimiento de la Ley. Ellos son los preferidos y los privilegiados. Desde ellos quiso proclamar e iniciar el camino del Reino.

El Reino es para todos, pero los pobres son los primeros

«Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», dirá Benedicto XVI. «Pobres de nosotros, dirá Vicente de Paúl a los sacerdotes de la Misión, si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a los pobres! Porque nos hemos dado a Dios para esto y Dios cuenta con nosotros…Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegido para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es accesorio».

Ama, defiende y se dedica a los pobres

Las fuentes cristianas son claras: Jesús amó, defendió y se dedicó a los más pobres e indefensos de la sociedad. Los amó, no de palabra, sino efectivamente, con un corazón entrañable, haciéndoles un lugar en su propia vida, y así hacerles ver que tienen lugar en el Reino de Dios, es decir, en el corazón del Padre.

Jesús tuvo preferencia por los más pobres y marginados de la sociedad que no pudo ni quiso disimular. Es la misma preferencia que Dios manifestó en el AT. A ellos se dedicó sin poder político, ni económico, ni religioso alguno. Sólo contaba con la fuerza de su palabra y sus gestos, y es con palabras y gestos como proclama desde los pobres algo que todos deben saber: ¡Que los maltratados son los hijos predilectos de Dios! Él sabe que en medio de ellos, siendo uno de ellos está haciendo la justicia de Dios, y está diciendo que nunca, en ninguna parte, se construirá la vida tal como la quiere Dios si no es liberando a estos hombres y mujeres de su miseria y humillación. Nunca una religión será bendecida por Dios si no introduce justicia para ellos. La religión que no se preocupa del pan, la salud, la dignidad, la vida de todos, no es cristiana.

Jesús no amó ni puso nada por encima de los pobres, ni siquiera la religión, la Ley o la seguridad de su pueblo. Lo primero para Jesús es el Reino, y en él, una vida digna, sana y dichosa para la gente, no la religión.

Vive entre los más pobres

Siempre hay un momento fundante. También para Jesús. Desde el bautismo, donde vive una experiencia decisiva, marcante, Jesús, lleno del Padre Dios, misericordioso y compasivo, y consciente de la realidad que le rodea y de la que él es parte, impulsado por el Espíritu, se lanza a comunicar y hacer presente esa misericordia de Dios en medio de sus hijos e hijas, desde los sufrientes. (¡Ojo¡ Ahí tenemos un punto de discernimiento para saber si nuestra espiritualidad, si lo que hacemos, si nuestra la labor evangelizadora y misionera, son cristianas o no).

Después de ser bautizado, en las orillas del Jordán, regresa a su tierra. Y en la sinagoga de Nazaret, Jesús, el hombre de las entrañas conmovidas, presenta el programa de su vida, su pasión más querida: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Jesús se sabe, pues, enviado a evangelizar a los más pobres («ptochoi»).

Los evangelios nos dicen que Jesús vivió en medio de los pobres. No sólo se acercó y ayudó a uno o unos cuantos mendigos o necesitados que se encontró o que acudieron a él. Jesús vivió entre ellos. Es decir, vivió con el estrato más oprimido: los que están en lo más bajo de la escala social.

En Galilea, la inmensa mayoría de la población era pobre pues estaba compuesta por familias que luchaban día a día por sobrevivir, pero al menos tenían un pequeño terreno o algún trabajo para asegurarse el sustento, viviendo toda su vida al nivel de la pura subsistencia. Son los que en la lengua griega son llamados pénes. Pero, cuando en los evangelios se habla del «pobre», se está hablando del ptochós, esto es, del que no tiene ni lo necesario para vivir. La persona que vive al límite o por debajo del mínimo vital. Jesús habla siempre de estos últimos, los ptochoi, en plural. Es la familia cuando, víctima de la enfermedad o de las deudas, de una sequía o una muerte, es expulsada de sus tierras y se ve reducida a la miseria y obligada a vivir de la mendicidad. Son los desposeídos de todo.

Los campesinos habían podido vivir dignamente de su trabajo en tiempos pasados, pero el desarrollo injusto de la sociedad, que favorecía a los poderosos de las ciudades de Séforis y Tiberíades, reconstruidas y mimadas por los Herodes, a costa de altas tributaciones con las que expoliaban a las mayorías, los empobreció hasta las últimas consecuencias. Muchas familias campesinas, abrumadas por las tasas y tributos se hundieron hasta la miseria. Una mala cosecha, la enfermedad del padre, o del varón responsable de la familia, o su fallecimiento podían ser el comienzo de la tragedia. Al no poder responder a las exigencias de los recaudadores, los campesinos pedían préstamos a los terratenientes que controlaban los almacenes de grano.

Luego, al no poder pagar sus deudas, se veían obligados a desprenderse de sus tierras que pasaban a engrosar las propiedades de los más poderosos. El resultado era cruel. Lujo escandaloso en estas ciudades, miseria, deudas y hambre en las aldeas; enriquecimiento de los grandes terratenientes, pérdida de tierras de los campesinos pobres. Esto trajo consigo, en tiempos de Jesús, la inseguridad y la desnutrición; privadas de su pequeña propiedad, algunas familias se desintegraban; aumentó el número de jornaleros mendigos, vagabundos, prostitutas, bandoleros y gentes que huían de sus acreedores.

¿Quiénes son estas personas? Son los niños y niñas, víctimas de la desnutrición, con vidas truncadas, que en ocasiones son llevados hasta Jesús por sus madres, y él los abraza y los bendice, deseándoles el shalom, esto es, una vida plena, dichosa; mujeres, sin duda las más vulnerables e indefensas, porque, además de pobres eran mujeres, como la prostituta que acude a la puerta del fariseo, donde se celebraba el banquete (era frecuente verlas a las puertas de los pudientes; señal de que solicitaban sus servicios, y luego las marginaban) que baña los pies de Jesús con un perfume, a saber cómo lo había comprado, y llora ante él su indignidad y el desprecio que sufre; mujeres viudas que no han podido casarse de nuevo, esposas estériles repudiadas por sus maridos; hombres desesperados, que esperaban ser contratados en la plaza, por no poder llevar a sus hogares algo; mendigos que van de pueblo en pueblo o tullidos y ciegos que piden limosna junto a los caminos o a la entrada de las aldeas. Su situación era lamentable. Tal vez, el mismo Jesús pertenecía a una familia venida a menos que se había quedado sin tierras. Tanto él como su padre José probablemente tuvieron que recorrer las aldeas buscando algún trabajo para su oficio de artesanos.

Jesús vive entre ellos, porque son los pobres quienes definen en qué consiste el Reino y en qué consiste para Dios ser rey, ser Dios: Compasión gratuita con el que sufre. El Reino es ante todo para los pobres, porque Dios es misericordia y justicia, y atiende en primer lugar a los que más sufren y necesitan. La soberanía de Dios es misericordia con los débiles, rehabilitación de las víctimas, reinserción de los excluidos. Cuando llega el Reino de Dios, los pobres ya no son los sufrientes objetos de la opresión y la humillación, sino sujetos con la dignidad propia de ser los primeros hijos de Dios.

Seres humanos con rasgos comunes

Hay algunos rasgos comunes que caracterizan a este sector oprimido: Todos ellos son víctimas de los abusos y atropellos de quienes tienen poder, dinero y honor; todos viven en una situación de miseria de la que ya no podrán escapar. No pueden defenderse de los poderosos; no tienen un patrón que los proteja porque no tienen nada que ofrecer como clientes protegidos en aquella sociedad de patronazgo dominante desde las ciudades ricas del entorno de Galilea y se expresaba en una estructura social de tipo clasista: los «buenos patronos» ofrecen ayuda económica a sus clientes; los «clientes fieles» apoyan a los patronos y les conceden honor. Entre unos y otros se establecían relaciones de poder, en línea de egoísmo mutuo y no de gratuidad, pues unos necesitan a los otros. Aquellas gentes, en realidad, no interesan a nadie, pues nada podían ofrecer.

Todos ellos son, lo que podríamos llamar, el «material sobrante del imperio y de la dinastía herodiana». Vidas sin futuro. Son los despreciables, o mejor, los «prescindibles», es decir, «aquellos que carecen de valor para el sistema, pues no tienen influjo ninguno, ni en un plano laboral, ni en un plano afectivo o simbólico. Pueden ser prescindibles los esclavos que ya no ofrecen rendimiento, las prostitutas envejecidas, incapaces de realizar su «servicio», algunos enfermos, especialmente los locos. El número de «prescindibles» varía de sociedad a sociedad y ellos pueden volverse relativamente numerosos en momentos de crisis, como fueron los tiempos de Jesús. Son prescindibles, de manera que todo seguiría igual si ellos murieran. Éstos son los pobres en sentido estrictamente dicho: aquellos que malviven al margen de la sociedad, por «culpa» propia o por razón del sistema, sin posibilidad de que se escuche su palabra. En la realidad latinoamericana están muy presentes estos «rostros sufrientes», y el DA los nombra en 27 categorías, y en dos ocasiones (13 de las cuales se repiten en ambas enumeraciones).

3. ¿Por qué elige a los pobres?

Jesús vivía una vida insegura y de itinerante, desde que había dejado a su familia y el taller de Nazaret, y, por este motivo, estaba siempre cercano a este mundo de indigentes. Vivía prácticamente como uno de ellos: sin techo y sin trabajo estable. No llevaba consigo ninguna moneda con la imagen del César, por lo que no tenía problemas con los recaudadores. Vivía entre los excluidos haciendo presente el Reino de Dios y su justicia. Era su forma de vida: se marginó y le marginaron.

¿Por qué los pobres? Porque ese es el dinamismo de la encarnación: nada tiene de extraño y complicado. Se sabe enviado por el Padre-Madre para que sus hijos tengan vida, y si es Madre, como cualquier madre, da más amor y más cuidado a los más pequeños y débiles de la casa. Y ésa fue la práctica de Jesús: se colocó junto a «los sin vida», sencillamente porque son imagen de Dios e hijos suyos. Y es que lo único que interesa a Dios es el hombre y el mundo. Y aquí conviene recordar aquella frase de Juan Pablo II, «el camino de la Iglesia es el hombre». Jesús se puso de parte de los «débiles», de los «nadie», de los que sufrían más de la cuenta por causa de quienes acaparaban un poder que se traducía en agresiones constantes a la vida de aquellas gentes. Ellos, los pobres, son los primeros destinatarios del Reino. Este «privilegio» de los últimos, los pequeños, es crucial para entender bien en qué consiste el Reino de Dios que Jesús anuncia.

Como Jesús, Vicente de Paúl entró en el mundo de los pobres y dice: «Hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos…, enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sentimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia…»

Son ellos, los desposeídos, a los que Jesús declara felices, incluso en medio de esa situación injusta que padecen, no porque pronto serán ricos como los grandes propietarios de aquellas tierras, sino porque Dios está ya viniendo para suprimir la miseria, terminar con el hambre y hacer aflorar la sonrisa en sus labios. Él se alegra ya desde ahora con ellos. Si su reinado es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Ésta es la fe de Jesús, su pasión y su lucha.

Muchas veces necesitaba gritar ¡Abba!, pero no para él, sino en nombre de todos aquellos que llenaban de angustia su corazón, pues su oración, como todo su vivir, no puede entenderse sino el horizonte del Reino. Necesitaba la soledad, pero no para perder de vista a los que a él acudían, sino para meterlos más dentro de las entrañas, para recoger todas sus lágrimas, todas sus esperanzas, todos sus dolores, todas sus noches; todos los amaneceres de los pobres. «La soledad del Maestro está llena de aullidos humanos y diabólicos, de las terribles fuerzas del mal, de todos los dolores humanos, de sus angustias y esperanzas, y

también de la sonrisa de los niños, de la bondad de la suegra de Pedro que le había puesto la cena, del niño que había ofrecido sus peces asados para la multitud. Todo aquello era el entramado de su soledad, y con aquello se iba él al desierto. Él necesita el desierto»

Y son los pobres los primeros destinatarios del Reino, no porque sean mejores que los demás, sino porque son los que más necesitan escuchar esa buena noticia del Dios amigo de la vida. Es obvio que Jesús no se dirige a un grupo social o religioso que se hubiera preparado de un modo especial para recibir a Dios y que tuviera las disposiciones religiosas requeridas para ello, a un pequeño resto de gente particularmente piadosa, escogida de entre una masa del mundo destinada a la perdición.

Las disposiciones interiores no tienen nada que ver con la elección de Jesús de los pequeños, los marginados sociales, los enfermos, los desfavorecidos, la pobre gente víctima de la injusticia. La opción de Jesús no tiene nada que ver con el valor moral, espiritual o religioso de esa gente. Al respecto dirá G. Gutiérrez: «La razón última de amar a los pobres, no es porque ellos sean mejores que los ricos, sino porque el Dios compasivo de la vida no quiere que les sea quitada la vida a los más débiles de sus hijos e hijas».

Las razones de Jesús están exclusivamente basadas en el horror que el Dios que Jesús conoce siente por el estado del mundo y en la decisión divina de venir a restablecer la situación en favor de aquellos para quienes la vida es más difícil. Jesús revela a Dios, no la vida espiritual de sus oyentes.

Los pobres, ptochoi, a los que Jesús se acerca sólo se definen por su «necesidad», sea cual fuere su identidad cultural o religiosa. Jesús no se preocupa por saber si el pobre es más honrado que el rico o viceversa. Ahora lo que importa es que el Reino viene para todos, y por eso es necesario proclamarlo allí donde están los más perdidos y alejados de todos, en el campo de pobreza de la tierra.

Jesús sabe que el Padre Dios es parcial. En la línea de la tradición de su pueblo, Jesús vive a Dios como Padre de huérfanos y protector de viudas. Y así hace Dios justicia a todos. Dios no sería realmente imparcial y justo si dejase a cada uno donde se halla, si dejase a los pobres a su propia suerte. Jesús hace visible y efectiva esa parcialidad de Dios. No hay más que mirar la lista de personas con las que más se relacionó.

En la parábola del juicio final, que encontramos en Mateo 25,31-46, se combina una descripción grandiosa del juicio de «todas las naciones» reunidas ante su rey y una sencilla escena pastoril que se repetía todos los días al atardecer, cuando los pastores recogían sus rebaños. Los que le escuchan están familiarizados con el lenguaje. Se habla del «hijo del hombre» que llega como rey con un cortejo grandioso, «acompañado de todos sus ángeles», y se sienta en su «trono de gloria». A los oyentes les hacía vibrar, pues conocían y querían lo que sobre él está escrito en el libro de Daniel.

Ante el rey comparecen todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Es el momento de la verdad. Todos los habitantes del orbe, Israel y los pueblos gentiles, van a escuchar el veredicto final. El rey comienza por separarlos en dos grupos, como hacían los pastores con su rebaño: las ovejas a un lado, para dejarlas al fresco durante la noche, pues así les va mejor; las cabras a otro lado, para cobijarlas en el interior, porque el frío de la noche no les hace bien. El rey y pastor de todos los pueblos tiene con cada grupo un diálogo esclarecedor. Al primer grupo le invita a acercarse: «Vengan, benditos de mi Padre»: son hombres y mujeres que reciben la bendición de Dios para heredar el Reino «preparado para ellos desde la fundación del mundo «. Al segundo grupo le invita a apartarse: «Apártense de mí, malditos»: son los que se quedan sin la bendición de Dios y sin el Reino (no hay maldición para los que no tuvieron entrañas de misericordia, porque Dios no maldice a nadie). ¿Dicta sentencia este juez? No hay tal sentencia. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ha escogido. Los que han orientado su vida hacia el amor y la misericordia terminan en el Reino del amor y la misericordia de Dios. Los que han excluido de su vida a los necesitados, fueran quienes fueran, se autoexcluyen del Reino de Dios, donde sólo hay acogida y amor.

¿Cuál es el criterio para separar a unos y otros? El criterio es clarísimo: La reacción compasiva activa o la indiferencia ante los necesitados, los sufrientes. El rey no pronuncia palabras altisonantes, ni se menciona siquiera la justicia o la solidaridad. Habla de necesidades básicas en todo ser humano: comida, ropa, algo de beber, un techo para resguardarse. No se habla tampoco de «amor», sino de cosas tan concretas como «dar», «acoger», «visitar», «acudir». Compasión real y efectiva al necesitado, no amor teórico. No se habla de consejos ni de mirar con lástima y dolerse por el sufrimiento de tantos y tantas, sino de acciones de ayuda concretas.

La sorpresa se produce cuando el rey asegura: «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron». El primer grupo manifiesta su asombro: nunca han visto al rey en estas gentes hambrientas, enfermas o encarceladas; ellos han pensado sólo en su sufrimiento, en nada más. La extrañeza es compartida por el segundo grupo: ni se les había pasado por la cabeza que podían estar desatendiendo a su rey.

Pero éste se reafirma en lo dicho: Él está presente en el sufrimiento de estos «hermanos pequeños». Es el mismo Jesús quien se identifica con los necesitados y expulsados del mundo y los llama «hermanos». Ellos son los hermanos de Jesús. Ellos representan a Jesús y sólo ellos. Jesús no tiene otros representantes. Lo que se les hace a ellos se le está haciendo a él.

No está claro en la parábola si el juez es Dios o Jesús o ambos. Por eso, de la parábola se deduce, también, que el mismo Dios se identifica con cada ser humano, concretamente con todo aquel que, por el motivo que sea, se ve sometido a situaciones de sufrimiento en todas las formas en que una persona puede sufrir en este mundo. Si Dios es Padre y Madre, y una madre se identifica hasta tal punto con su hijo que puede decir «Todo lo que le hagan ustedes a mi hijo, me lo hacen a mí», las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas.

En ningún momento se dice que los que son declarados «benditos del Padre» hayan actuado por motivos religiosos, sino por compasión. No es su religión ni la adhesión explícita a Jesús lo que los conduce al Reino de Dios, sino su ayuda a los necesitados. La salvación se halla ligada a la acción positiva a favor de los pobres, abriendo así nuevos caminos para entender la fe. El camino que conduce a Dios pasa, antes que nada, por la compasión hacia los «hermanos pequeños». La vía de acceso a Dios es la ayuda al necesitado. Y en esto, nadie tiene el monopolio, pues bien sabemos de hombres y mujeres que, o no han conocido a Jesús o se han alejado de la religión, pero que caminan por esta senda de compasión. El que pase por la vida indiferente a las necesidades más perentorias de los seres humanos, es decir, sin mostrar el más mínimo gesto de amor, ése ha malogrado su existencia.

4. Signos de vida a favor de los pobres

Jesús proclamó la Buena Noticia de su Reino como salvación ofrecida a los pobres no sólo con su predicación, como queda ya dicho, sino también con su vida entera y su actuar concreto. En realidad, prácticamente todo lo que los relatos evangélicos nos dicen sobre el actuar de Jesús parece confirmar esa su especial cercanía al mundo de los pobres y la incondicionalidad de su opción en favor de su dignidad y liberación.

Los estudiosos suelen destacar, al considerar la práctica de Jesús, dos actividades concretas que parecen tener especial importancia para mostrar el compromiso de Jesús con los pobres y excluidos. Me refiero a sus milagros y exorcismos y sus comidas o banquetes. Jesús, al observar el dolor y el sufrimiento de los campesinos y de otras personas pobres que se estaban empobreciendo cada día más y clamaban por su pan de cada día, conmocionado por el «desvalimiento » y la condición rota de muchas personas sinceras, descubrió que lo que la gente necesitaba era curación.

¿Qué hace Jesús al curar? Al curar, Jesús se pone del lado de la gente humilde, toma una actitud de empatía, responde a las esperanzas y necesidades de los campesinos y «prescindibles», sobre todo. Les muestra que Dios está con el pueblo pobre enfermo, atento a sus esperanzas. Y los curaba, más que nada, haciéndose cercano a ellos, dejándoles acercarse, haciéndose samaritano. Es más: al curarlos, Jesús les enseña que ellos tienen poder de curarse a sí mismos, pues Dios está con ellos. «Tu fe te ha curado», les dirá. Jesús no curaba a los enfermos desde fuera, como por un poder mágico, sino a través de la fe y del poder de los propios enfermos; contaba con ellos. Los milagros de Jesús no imponen la fe, pues eso violaría el principio de que Dios nunca viola la libertad humana, ya que, en tal caso la fe, no sería una respuesta libre a la gracia.

Así es como Dios cura. Así «interviene» Dios siempre. La «intervención» de Dios está muy ligada a la manera de pensar, de sentir y de esperar de una determinada época. «¿Por qué Dios hacía tantos «milagros» antiguamente, en tiempo de Jesús o en la Edad Media o en el siglo XIX, y hoy no los hace?», se pregunta a veces. Es muy posible que en tiempos antiguos no hayan tenido lugar tantos fenómenos «milagrosos» como se cuentan. Pero también es muy posible que la «intervención» de Dios en cada época tenga lugar, o sea percibida, de manera distinta: en una cultura o en un pueblo que espera intervenciones «milagrosas» o extraordinarias de Dios, dicha «intervención» de Dios se manifestará en forma de «milagros» mucho más fácilmente que en nuestra época. Es Dios el que cura siempre, pero Dios cura siempre desde el propio ser humano y desde el mundo. En consecuencia, el hecho de que en nuestro tiempo se den menos curaciones «milagrosas» no significa que Dios está hoy más lejos o que ya no cura. Todas las curaciones, también hoy, nos vienen de Dios, aun cuando sean el médico o la penicilina los que nos curan.

Jesús comunicaba ánimo y esperanza al pueblo en general y a los enfermos en particular. Les infundía la esperanza en que Dios los iba a curar. Y así era como Jesús los curaba. Así era como les revelaba que Dios es sanador, que a cada ser humano y a todos los seres los llama a vivir sanos y felices, y que a cada ser humano y a todos los seres les ha puesto dentro de sí el maravilloso poder de curarse.

Jesús no empieza convocando para el Reino a los sanos y fuertes, a los ricos y entendidos, sino a los pobres de su entorno, muchos de ellos enfermos, poseídos por demonios de diverso tipo, deteriorados, rotos. A su juicio, la enfermedad no es signo del pecado del hombre, sino ámbito donde Dios tiene que actuar para manifestar su Reino. Por eso, el signo de Jesús será curar a los enfermos, un signo de amor. Curar significa descubrir la enfermedad de los demás, tomarla como propia. Curar significa acoger, ofrecer dignidad, compartir, acompañar, amar… Curar es dejarse ayudar, caminar juntos. Así cura Jesús. Es aquello que decía Vicente de Paúl: «…hay que servirles con compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devoción…, haciéndoles presente la bondad de Dios».

Los banquetes o comidas de Jesús con los pecadores y excluidos, con los campesinos y pescadores cargados de sudor, que también simbolizan el Reino, han sido ampliamente estudiados en las últimas décadas, a la luz de las más recientes investigaciones de antropología cultural. Por ellos, Jesús era llamado «comilón y borracho».

Si Jesús hace así Reino entre los pobres y marginados de cualquier signo, no hay otro modo de hacer Reino hoy.

5. ¿Es todo esto un humanismo más?

Al hablar así, puede surgir la pregunta siguiente: ¿El mensaje de la parábola del juicio final queda reducido a un humanismo más? El cristianismo es un humanismo, sí. A Jesús le preocupan las mujeres y los hombres por encima de todo, porque esa es la preocupación del Padre, pero en sus palabras hay mucho más que un humanismo. De hecho la parábola se refiere al juicio de Dios, eso es evidente. Jesús tampoco fue, un revolucionario obsesionado con los problemas de los hombres, hasta el punto de olvidarse de la cuestión fundamental que es Dios. La relación de Jesús con su Padre Dios fue mucho más fuerte y honda de lo que podemos imaginar. Y, sin embargo, lo que de verdad le preocupó no fueron los problemas de la teología, sino los problemas de los seres humanos. Porque él sabía muy bien que lo decisivo, para Dios, no es que se tenga una teología muy bien elaborada, sino, en este caso, tener muy claro «dónde» y «cómo» podemos nosotros encontrar a Dios. Jesús dejó muy claro que cada persona encuentra a Dios, en la medida, y sólo en la medida, en que toma en serio el dolor, y también la felicidad, de los demás. Por eso dijo que irán a la perdición los que dejen a los que sufren con su sufrimiento.

El referente de la parábola es Dios. Lo que ocurre es que «a Dios no lo ha visto nadie» (Juan 1,18). No está al alcance de los hombres. Lo que dice es que el camino, que tenemos para saber que encontramos a Dios, es constatar si nuestra relación con cualquier ser humano es la que tiene que ser. Dicho más claramente: lo que Jesús vino a enseñar es que a Dios se le encuentra en el ser humano, que el que encuentra al ser humano y se relaciona correctamente con él, ése es el que encuentra a Dios. En este sentido, es exacto decir que Dios se identifica con el ser humano. Por tanto, quien «se humaniza» hasta lo más hondo de su ser y se relaciona con los demás, sean quienes sean, con sentimientos y hechos de «profunda humanidad», ése, aunque ni siquiera piense en Dios, ni sepa que Dios existe, en realidad ése es el que encuentra a Dios en la vida.

Viviendo como vivió y siendo como fue, Jesús ha trazado el camino para encontrar a Dios: acoger, defender, unirse, fundirse y confundirse con todo lo que es debilidad, dolor, sufrimiento y pobreza en esta vida. Por eso, a la hora de la verdad, resultará que han encontrado a Dios los que han dado de comer al hambriento, de beber al sediento, los que han vestido al que no tiene qué ponerse…

Al anunciar y hacer presente el Reino entre los pobres lo que hace Jesús es encarnar este amor compasivo y eficaz de Dios entre los que nadie ama. Él es la parábola viva de Dios. Jesús es la imagen viviente de Dios, que introduce un estilo de vida diferente. «Jesús es una parábola viva de Dios en la solicitud por el hombre y su historia de dolor, por los publicanos y pecadores, por los pobres, tullidos y ciegos, los desheredados y los poseídos «por malos espíritus»: así es como cuida Dios de los hombres».

Lo subversivo de Jesús fue este estilo de vida. Empleando una metáfora médica o de salud: Jesús es la célula regeneradora, anticancerígena, que ha introducido en este mundo un dinamismo, un modo de vida que lo cambia.

6. ¿Está cerrado el Reino a los ricos?

Jesús fue severo con las riquezas y a veces también con los ricos. Llama «injustas» a las riquezas, porque en realidad son efecto y causa del empobrecimiento de los pobres. En la parábola del pobre Lázaro, se pone bien de manifiesto que hay un rico porque hay un pobre, y viceversa. Por eso, no se puede servir a Dios y al dinero acumulado y convertido en «dios». Un dinero obtenido por explotación, fraude y usura es «riqueza de iniquidad», que provoca dos fatídicos males: deshumaniza al rico y aplasta al pobre en la miseria. Jesús llega a decir: «¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo!» (Lc 6,24).

¿Es que Jesús estaba contra los ricos? No. Jesús no fue un fanático defensor de los pobres rechazando a los ricos. Sólo quiere ser signo claro de que Dios no abandona a los últimos, y lanza un grito en su nombre para construir un mundo nuevo donde los últimos y las últimas sean los primeros y las primeras.

Jesús no fue un extremista que sólo acepta a «sus pobres». Busca y ama también a los que poseen casa, tierras, bienes… a quienes anuncia el Reino. No hay que olvidar que entre los discípulos o amigos de Jesús hubo gente que vivía desahogadamente, en un mundo de pobres. Se dejó invitar a mesas bien surtidas, por ejemplo, a las comidas que organizaban los publicanos, que eran gente que no pasaba precisamente hambre y, además, el dinero que tenían era de origen oscuro y bastante dudoso. Y en dos ocasiones, que sepamos, asistió a

algunos banquetes donde fue perfumado con ricos y caros perfumes, por unas mujeres que daban que hablar (Lucas 7, 37-38; Juan 12,3).

Además, sabemos también que Jesús solía ir acompañado de mujeres a las que hoy llamaríamos señoras «de buena sociedad», que además «le ayudaban con sus bienes». Tal es el caso de Juana, la mujer de Cusa, un hombre que ocupaba un puesto de confianza en la corte del rey, ya que era nada menos que administrador de Herodes. En este contexto se menciona también a una tal Susana, que, si es nombrada, debe ser porque era persona conocida. Y Lucas termina diciendo que también iban con Jesús «otras muchas que le ayudaban con sus bienes» (Lucas 8, 3)41. Eran mujeres que poseían bienes. Y tan cierto

como eso, es que no se reservaban aquellos bienes para ellas, sino que, con lo que tenían, ayudaban a Jesús y al grupo. Algo parecido hay que decir de Marta y María, cuya casa frecuentaba Jesús (Lucas 10,38-42).

Pero, sin duda, más significativa fue la relación que Jesús mantuvo con los publicanos, algunos de los cuales eran individuos que manejaban mucho dinero, que extorsionaban a la pobre gente y que además eran los colaboradores más directos con el poder imperial, ya que ellos eran quienes cobraban los impuestos para los romanos. Pues bien, sabemos que Jesús mantenía buenas relaciones de amistad con esta clase de gente, poniendo en una ocasión al menos a uno de ellos como ejemplo de buena conducta ante Dios, en contraste con los «observantes» fariseos. Es evidente, pues, que Jesús no tuvo inconveniente en mantener buenas relaciones con gente de dinero. Pero teniendo en cuenta que hizo eso solamente cuando se trataba de personas que no se aferraban a retener sus bienes, sino que estaban dispuestas a dar lo que tenían. Eso es lo que pasó con Zaqueo (Lucas 19,1-10).

Conclusión

Jesús, movido a compasión, mira con mirada de amor y respeto, tratando a cada persona como única y amable, bien diferente a la de muchos fariseos y hombres de la religión. Y al mirar, percibe y se siente dolido al ver personas desgraciadas y cansadas, incapacitadas para acoger la gracia gratuita del Padre bueno con todos y agotadas por el peso de la injusticia, la enfermedad o el desprecio. Llama a la conversión, pero mira más sus sufrimientos que sus pecados, pues lo que necesitan es conocer una vida nueva. Y la gente lo notaba, pues sentían que les devolvía las ganas de vivir. Mucha gente, con su mirada, le decía y nos está diciendo: «Mírame… para que yo sepa que existo». A sus discípulos y discípulas, les pide que pongan «simpatía en la mirada» para ver mejor, pues con ella se re-crea a las personas.

A Jesús se le conmovían las entrañas al «ver» a las personas. Las entrañas duelen cuando se abren los ojos ante el sufrimiento de las personas, y, sobre todo, cuando se consiente que todo esto alcance las entrañas del corazón. Es verdad que la visión es previa a la conmoción de las entrañas, pero por sí sola no basta. Se requiere haber quedado seducidos por el amor misericordioso de Dios mismo, de tal forma que los ojos no puedan mirar de otro modo. La influencia de los ojos en el corazón es grande, «ojos que no ven, corazón que no siente», pero la inversa no es menos real: «Corazón que no siente, ojos que no ven».

Jesús lo vivió así, por eso quiere que vivan así sus discípulos. Jesús quiere discípulos y discípulas que miren con ternura las heridas del mundo, y que, movidos a compasión, hagan signos a fin de dar alivio, esperanza y vida. No los quiere para condenar, acallar y derrotar a los «que no son de los nuestros». Quiere seguidores entusiastas, capaces de imaginar lo que la realidad puede llegar a ser, porque de alguna manera ya la van contemplando a su lado; que se dejen llevar por el aire del Espíritu haciendo Reino, sabiendo que éste crece con signos históricos liberadores; persuadidos de que sólo en la medida en que hay ciegos que recuperan la vista, paralíticos que vuelven a caminar, leprosos que son curados, endemoniados que son liberados, hambrientos que son alimentados…, el Reino, promesa y realidad, se vuelve parcial pero que resulta suficientemente inteligible a los hombres.

Jesús les enseñará por las aldeas de Galilea a mirar con ojos nuevos. Jesús, por donde va, mira a la gente a los ojos, y quiere que los suyos miren con amor. En una inscripción antigua de alrededor del año 180 a Jesús se le llama «el de los ojos grandes». Y es que iba mirando y se dejaba afectar por las personas sufrientes,

pues ni sabía ni podía mirar a la gente con indiferencia. Mirar para hacer el bien siempre y a todos.

Les invito a mirar los ojos de san Vicente de Paúl, que ustedes bien conocen, y que a todos impresionan. No sé cómo miraba Jesús, pues no tenemos retrato alguno suyo, pero creo que Jesús miró a través de sus ojos, pues estaba lleno de él. Les confieso que, desde que de niño acompañaba a mis hermanas al colegio de primaria que tenían las Hijas de la Caridad en mi pueblo, me impresionó la mirada de Vicente. No sabía porqué, pero me llamaba la atención. Y esos mismos ojos los veía en sor Serafina, en sor Lourdes, en sor Máxima. La mirada de Vicente es una mirada de niño, no infantil, es una mirada de quien ha acogido el Reino en su corazón, y en el que están, preferentemente los pobres.

Así como Francisco de Asís se convirtió en un Cristo viviente, de tanto que contemplaba al Crucificado, así ustedes, y todos los cristianos, mirando a Vicente de Paúl, podemos vislumbrar los ojos de Jesús, el Hijo del Padre e Hijo de María, quien desde abajo, desde los pobres, nos ha dado la salvación.

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